EN LOS LLANOS

A las cinco de la madrugada del día 7 de diciembre de 1883, cuatro jinetes sobre rápidos corceles galopaban por las calles de Bogotá, envueltas todavía en la oscuridad nocturna. Del irregular empedrado saltaban chispas bajo los cascos de las cabalgaduras. Misterioso y oscuro como la noche, esperaba el futuro ante nosotros. La idea de ir a recorrer una región desconocida, cuyos riesgos se duplicaban en la imaginación, llenaba nuestro pecho de un espanto casi placentero, de un miedo que atraía, pues nos sentíamos tan valientes y animosos como amenazados y en apuro. Se levantaban en la fantasía las viejas historias leídas en la niñez con afán devorador, aventuras de caza, con leones y tigres, con indios salvajes, con manadas de reses y rebaños de búfalos... El fantasma de la fiebre amarilla nos hacía muecas horribles y nos llenaba de mortales presentimientos. Era como si viéramos a Bogotá por última vez, como si diéramos el último adiós a la civilización... Silenciosos, casi sombríos, seguíamos cabalgando, arrepintiéndonos por algún momento de la expedición que íbamos a emprender. Pero nadie miraba atrás. Cuando a eso de las seis rompió súbitamente el día, estábamos ya sobre el camino que desde Bogotá sube, en dirección Sur, por las laderas de la Cordillera Oriental. Los espíritus comenzaron a tranquilizarse y despertó el puro gozo de vivir. Bromeando y cantando, dejamos la ciudad.

Era, en verdad, un buen grupo, gente joven y de excelente humor, constituído por dos estudiantes de medicina, ya de los

últimos cursos, por un estudiante de bachillerato, de diecisiete años, y por mí. Uno de los futuros médicos, Alberto, y el muchacho más joven, Simón, eran hijos del mayor propietario de tierras y ganados en la parte de los Llanos que nos proponiamos recorrer. Una familia que se había distinguido por su laboriosidad. Cabeza de ella era el doctor Emiliano Restrepo, quien por su incansable celo, gran saber y hábil desempeño en sus funciones de abogado, había llegado a ocupar una sobresaliente posición, especialmente entre los juristas y en la política liberal. El otro estudiante era natural del Estado de Cauca y le llamaban "el negro Abadía". Este mulato, aplicado y listo en los estudios, y tan servicial como oportuno y chistoso, resultaba un excelente compañero de viaje. Se reunía allí lo que es tan difícil de hallar junto en estas ocasiones: conocimientos previos sobre la comarca que se va a visitar, don de observación, personalidad agradable, afectuosa y sana, así como la conveniente seriedad, para no dar la razón al proverbio "Mentitur qui multum vidif".

Después de tres horas y media de dura cabalgada, alcanzamos la altura del paso de la Cordillera Oriental, esto es, el descenso del terreno que como una rampá se endereza hacia la Sabana de Bogotá. Nos encontrábamos en el Boquerón de Chipaque (3.223 metros sobre el nivel del mar). Soplaba un viento helador. Tiritando nos arropamos con nuestras ruanas y tratamos de avanzar lo más rápidamente posible, pasando ante la pobre cruz de madera que a nuestra izquierda se alzaba en aquella altura. Por pedregosas cañadas se descendía hasta el valle, oculto bajo densa niebla. Pronto nos separamos del camino y avanzamos a la izquierda hacia una casa de campo que distaba como un cuarto de hora y pertenecía a una hacienda, todavía en clima bastante frío, administrada por el hijo mayor de la familia Restrepo, Félix.

Los peones, tanto indios como indias, se habían agrupado igual que gitanos, en torno a grandes calderos, para tomar el desayuno. Este consistía en una sopa de papas, arroz, maíz y yuca. Cada cual se iba sirviendo con su cuchara. Los indios de esta región son parecidos a los de la Sabana de Bogotá. En tiempos fueron súbditos del Zipa de Bacatá, hallándose, pues, bajo iguales leyes políticas y religiosas que los chibchas. Y, como éstos, siguen siendo hoy día pacíficos y dóciles. Curiosos son los apellidos que llevan, pues los españoles no tenían a mano patronímicos para todos; muchos se llaman según lugares (Bogotá, Chipaque, Boyacá) o también con apellidos como Piernagorda, Chizo, Ladino.

Después de tomar un sencillo desayuno, seguimos bajando hasta llegar al pueblo de Chípaque. Su cuadrada plaza se encuentra en un declive y la rodean una capillita, una iglesia más grande y un edificio oficial. El pueblo se halla en medio de muy verdes y crecidos pastos y de campos de cereales. En torno a las casas, se ve gran número de gallinas y cerdos, a los que se alimenta con el mucho maíz que allí se cosecha. De algunos años a esta parte, Chipaque ha progresado mucho en la agricultura; hoy es un ejemplo de fertilidad y de trabajo.

Seguimos bajando, y luego de una hora, aproximadamente, cambiamos nuestros caballos por mulas, pues el camino empieza allí a ser más difícil. En rápida pendiente llegamos hasta el valle del Cáqueza, que corre ya por región cálida,..entre tierras que exhalan los más gratos aromas. Pero el pueblecillo de Cáqueza, cosa curiosa, no fue construido a la orilla misma del río, sino a unos 300 metros sobre el, así que están en cuesta todas las calles y hasta la plaza, en la que se levanta una enorme higuera. Desde aquí se disfruta una hermosa vista de los macizos peñascos que llaman los Organos.

Nos damos cuenta de que el rio se va incrustando cada vez más profundamente pero sólo arrastra tierra de la margen que no se halla cultivada. A la izquierda, donde las orillas caen abruptamente, y que sólo más arriba forman escalones, asoma de vez en cuando, bañado por el sol entre las plantaciones, el alegre ranchito de algún indio. A la orilla derecha amarillean hermosos campos de caña y grandes maizales. Ahora no seguimos el río para, a lo largo de él, salir del valle (si bien el sentido práctico del señor Restrepo ha visto ya la posibilidad de ese camino natural y hasta lo ha trazado), sino que, al estilo de los itinerarios españoles, cabalgamos con gran derroche de fuerzas por los collados que van paralelos al Cáqueza, especialmente por el Alto de Guatoque.

Van descubriéndose innumerables pliegues y arrugas de la cordillera, y todo ello parece querer inclinarse hacia el Oriente. Es un verdadero laberinto de cimas, una delicia o un susto para el geógrafo de profesión.

Ante nosotros vemos abrirse un gran valle, del que sale el río Negro; junto a la erizada montaña de Santa Ana se encuentra con el Cáqueza, y ya unidos discurren por entre amarillentas, empinadas y calvas laderas, en las que ni siquiera pudieron sembrarse pastos, sin duda a causa de los bárbaros desmontes practicados en esos tiempos.

Cantando y disparando sobre las becadas que saltan de entre las matas y arbustos del camino , va transcurriendo el tiempo, y así salvamos por fin la última loma que encajona el valle. Hacia las cinco de la tarde bajamos por un inclinado camino a cuyos lados crecen bellos cactus. Cuando el sol desaparece tras los montes, llegamos a una posada, donde, después de algunos tratos con la patrona, se nos sirve una modesta colación y se nos adjudica un lugar para pernoctar, todavía más modesto. Dos de nosotros duermen fuera, en hamacas, en la parte cubierta del patio; yios otros dos han de acostarse en el suelo en un cuartucho maloliente y sin ventilación y tramar la correspondiente amistad con las sabandijas. Nos tenemos que ir acostumbrando a dormir en hamacas, cosa que fatiga mucho hasta haber aprendido a adoptar la posición conveniente. Se trata de no tenderse a lo largo sino oblicuamente, de modo que la hamaca este lo más tensa posible en la parte central y la cabeza no quede demasiado alta. Nos reímos del alojamiento procurando convencernos, como Don Quijote, de estar aposentados en un "fermoso castillo". También nuestras cabalgaduras estuvieron mal en punto a comida, y al día siguiente trotaban con la cabeza baja.

A las siete y media de la mañana nos ponemos en marcha nuevamente y pasamos por una primera prueba. No lejos de la posada había antes un puente de hierro sobre el río, estrechado allí entre dos bloques peñascosos. Al lugar le llamaban sencillamente "el Puente de Hierro". La obra se había encargado, a muy alto costo, en los Estados Unidos, pero, lean y asómbrense ustedes, la longitud del puente se calculó demasiado por lo bajo, de modo que los extremos del mismo se apoyaban sobre los machones de una extensión de solo algunos centímetros. En lugar de cuidar esmeradamente la obra, se la dejó arruinar, y los vecinos del pueblecito de enfrente, Quetame, llegaron en su tontería y maldad a desear la destrucción definitiva de aquel paso. Y ello aconteció al fha. Un día el puente se dobló por la mitad y se precipitó en el cauce. Ahora hay un cable que va de un pilar a otro, y del cable pende una canastilla para el transporte. Pero nosotros hubimos de pasar el río con los caballos. Afortunadamente, el caudal no era muy grande y nos evitamos esperar dos o tres días enteros, cosa que les toca a quienes se encuentran con una crecida. Recibimos algunas instrucciones y nos echamos al río. El agua les llegaba a los animales hasta la mitad de la montura, de modo que nosotros, en lugar de cabalgar, íbamos tendidos sobre el lomo del caballo. El jinete debe imponerse el no mirar al agua sino a su cabalgadura. En caso contrario, puede marearse y entonces está perdido. Todos los años hay algún inexperto que resulta arrastrado por la corriente. Parece que el agua no se mueve, sino que constituye una superficie quieta; el jinete, en cambio, por esa ilusión de los sentidos, cree ser el que desplaza con la misma velocidad de la corriente.

Con una sensación extraña, alcanzamos la otra ribera. Por lo menos, se nos iba algo la cabeza. Sólo después de adquirida una cierta práctica, podíamos cruzar ríos en tales condiciones sin experimentar trastorno alguno.

El resto del camino, excepcionalmente, ha sido trazado bien, por los ingenieros del gobierno, a lo largo de la ladera de la margen del río, y la ruta discurre sin grandes subidas y bajadas, pero la anchura es sólo de un metro; por lo demás, el camino se va ciñendo a los entrantes determinados por los pequeños arroyos que allí pasan. No existe pretil, así que cuando a alguno de los animales le da de pronto por cocear, tenemos que desmontarnos como precaución para no ir a parar a las negras aguas que corren allá abajo a varios cientos de metros de nuestro camino.

Hoy es 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, cuya devoción se ha introducido en Colombia con notable rapidez. En todas las casas, hasta en las más míseras, se ven paños que como banderas penden de palos o mástiles. Son en su mayoría colgaduras de muselina blanca adornadas con cintas azules. Y los pobres, los que no pueden adquirir esas cosas, se sirven de pañuelos blancos o de colores, de colchas de cama o de cortinas; sobre estas prendas se sujetan en todo caso una o dos letras de papel dorado. Y las gentes de pobreza aún más extrema cuelgan sólo manojos de frutillas de colores encendi dos o ramilletes de flores; el ornamento de la naturaleza.

Hacia Monte Redondo, en cuya ladera ha puesto Indalecio Liévano un trapiche con maquinaria de hierro, el camino se hace muy interesante. En el río Negro desemboca ahora el río Blanco, que baja del páramo de Sumapaz. A lo largo de las pedregosas márgenes de este río debió subir en 1538 el alemán Federmann, con sus ciento cinco hombres y algunos caballos, desde los Llanos a la Sabana de Bogotá.

Penetramos por el amplio valle transversal de Chirajara, en cuyo fondo resuena un impetuoso torrente que ha arrastrado hasta bloques de roca. El camino discurre ahora por las pendientes del valle describiendo un arco como de media legua. Algunas partes en las que se produjeron desprendimientos de tierras, han quedado reducidas a la anchura de una veredita, de modo que uno no puede tropezarse con alguien que venga en sentido opuesto, pues no habría manera de cederle el paso, y por eso la mirada se dirige al abismo no sin cierta preocupación. Desde el otro lado del semicírculo vemos animales cuyas grandes cargas pasan rozando la ladera, y ellos siguen adelante, sin el menor susto, y superan aquellos peligrosos lugares, demostrando una vez mas la incomparable seguridad de una buena mula.

El siguiente trayecto del camino fue construido en la roca, sobre abismos y en una anchura de dos a tres metros. El autor de la obra es un ingeniero del gobierno, Dussán. No puede negarse el mérito de esta realización -poco imitada, desgraciadamente, en Colombia-, sobre todo si se tiene en cuenta que durante los trabajos los obreros tenían que descolgarse con cuerdas desde la selva virgen que cubre aquellas alturas, al objeto de hacer en la roca las perforaciones precisas para las voladuras con pólvora.

La pared rocosa retrocede, la ladera del valle se hace más accesible, algunas de las aguas que bajan de la montaña tienen tan maravilloso marco de matorral y selva, que constituyen verdaderas joyas del paisaje. Junto a la hermosura, el peligro. Anotemos que los puentes de madera que cruzan las torrenteras -y que constan de una, o a lo más dos vigas, y encima tablas y tierra, sin protección de pretil alguno- no se hallan siquiera en buen estado, y a menudo han de soportar la carga de los desprendimientos de tierras. Un puente en tales circunstancias, por el cual pasamos, se hundió a los dos días al cruzar sobre él un ganado.

Al atardecer llegamos a Susumuco, una hacienda del señor Restrepo. Abajo, en el valle, hay una casita con un trapiche. Y después de un cuarto de hora de subida, en medio de una región de pastos que parece un paisaje suizo, se encuentra la casa de campo de esa familia, que en clima tan tonificante suele pasar de cuando en cuando algunos meses. El valle es angosto; enfrente hay bosque muy denso, un amplio paraje de caza en el que campa el jaguar. En las cercanías de Susumuco, donde vi los primeros árboles de la quina, hay una magnífica cascada que se desprende por una hendedura de las rocas.

El domingo, 9 de diciembre, encontramos muchos rebaños de ganado vacuno que en grupos de veinte o treinta reses eran llevados a Bogotá. Avanzaban lentamente, entre el constante griterío de los mayorales, deteniendo a menudo la marcha de nuestras cabalgaduras. El traslado de los pobres animales dura por lo menos siete días, y son grandes las privaciones que pasan por la falta de piensos y abrevaderos, pese a que de propósito se han cultivado algunos pastos junto al camino. Es tan dura la fatiga, tan fuertes las lesiones de las pezuñas, que a veces, hasta los animales más rollizos llegan flacos y débiles a la Sabana, ocurriendo que, con los cambios de temperatura, contraen enfermedades pulmonares, y no es raro que sucumban a la tuberculosis.

Los pájaros nos dan particular gozo, sobre todo los mochileros, de amarillo y brillante plumaje, que van y vienen a sus nidos, parecidos a bolsas colgadas en lo alto de las palmeras, y los diminutos colibríes, que volando, dejan tras sí como una estela de colores.

Hoy día, terminado ya el camino, bastante ancho, que de Susumuco a los Llanos trazara el señor Restrepo, debe de disfrutarse a placer la hermosura de aquellos parajes. La nueva vía sortea los lechos de los torrentes, a los que antes había que bajar casi verticalmente en una profundidad de hasta cien pies. El camino actual, excelentemente proyectado y cuyas ventajas pudimos apreciar por haber experimentado todavía una parte del casi impracticable camino viejo, lleva hasta la última eminencia de la Cordillera, el Alto de Buena Vista. La pendiente máxima es del doce por ciento, pero en general no suele pasar del cinco por ciento.

En la altura dicha se habían colocado en el camino, y cayendo oblicuamente sobre éste algunos troncos de enorme ta maño, de manera que el jinete tenía que echar pie a tierra, desensillar la cabalgadura y pasar agachándose por debajo de aquella barrera. Al otro lado, junto a sus caballos, había unos cuantos bizarros personajes, propietarios llaneros, que habían salido a nuestro encuentro para darnos la bienvenida.  Después de cambiar cordiales saludos, nos volvimos a contemplar el paisaje.

¿Cómo describir nuestro asombro y nuestra delicia al ver extendida súbitamente ante nosotros la inmensidad de los Llanos? Es difícil imaginarse la grandiosidad y magnificencia de este panorama, que queda indeleblemente grabado en el recuerdo de quien lo contempla. Nos hallamos en las últimas estribaciones de la cordillera, sólo 700 metros sobre el nivel del mar y en una región de formidable selva virgen. A la derecha vense ríos que por abruptos barrancos irrumpen en la llanura. Y a la izquierda, la cordillera, que se va perdiendo hacia el Norte y que todavía lanza algunos ramales sobre los Llanos, como bastiones avanzados por la azulada lejanía. Son las montañas de Medina, separadas de la cadena principal por un desfiladero. Y ante nosotros, en un perfecto semicírculo cuyo radio mide treinta leguas, ¡los Llanos! No se podría imaginar contraste más impresionante y fuerte que el que forman las macizas, inextricables cordilleras, que ascienden hasta la región de las nieves perpetuas, y esta uniforme llanura tropical. Grande y mayestático es el Océano en su soledad y en su totalidad armónica. Más grande y conmovedor es el espectáculo de los Llanos. Rígidas y muertas son las olas, como una imagen del horror y de la fuerza ciega. Los Llanos tienen movimientos de color y diversidad sin fin; son una imagen de la vida, que no predica al hombre su total impotencia, sino que, al menos, despierta en él esperanzas como las que se alzaron entre los compañeros de Colón al escuchar el mágico "¡Tierra!, ¡Tierra!". A los Llanos se los considera uniformes. Vistos desde aquí, no lo son. En efecto, innumerables ríos cruzan lentamente la llanura como cintas de plata que parecen enrollarse sobre sí mismas en la lontananza. Todos esos ríos están orlados de espesa selva, de suerte que luchan entre sí tres diferentes colores: primero, el gris espejeante de los ríos; luego, el jugoso verde­grís de los pastos, más intenso en la fecunda época lluviosa; por último, las sombras oscuras de los bosques, manchas que rompen la continuidad del verdor. Y por sobre todo ello está la conmovedora virginidad de la Naturaleza, que sublimemente nos pone ante la mirada algo unitario y como creado de una sola pieza, algo que en su misteriosa inmensidad e inagotabilidad parece recordarnos la propia insignificancia y simbolizar el sumo poder.

Después de un descenso de hora y media llegamos a Villavicencio, lugar principal del territorio de San Martín. Este pueblo, recostado en la cordillera y no fundado hasta 1842, consta de una calle bastante larga, que está trazada en dirección a los montes y recibe los vientos que desde ellos soplan, de una gran plaza cuadrangular cubierta de yerba, y de algunas callejas afluentes. Unos cuantos centenares de personas habitan las poco notables casas del lugar, con cubierta de paja (ranchos), con suelo de simple tierra apisonada y muy primitivas en todos los demás detalles. Sumamente sencilla es también la iglesia, asimismo con techo de paja y piso de tierra; parece un granero grande, al fondo del cual se hubiera levantado un modesto altar rodeado de algunos malos cuadros. El correo y la sede del gobernador y del juzgado se alojan en ranchos parecidos. Pero está muy lejos de nosotros dar una intención de burla a esta descripción, pues para ello tenemos sobrado cariño y estima por los vecinos de Villavicencio. Aquellas buenas y fieles gentes nos acogieron y atendieron, en medio de su sencillez, con una obsequiosidad y gentileza nada comunes. El mismo trato recibirá allí todo viajero que les sea simpático. Recuerdo que la excelente ama de casa que nos prodigó sus cuidados como huéspedes de don Ricardo Rojas, a la sazón socio principal del señor Restrepo, y la cual hizo gala de sus variadas artes de cocina, nos dijo adiós con lágrimas en los ojos, dando una prueba de la afectuosa fidelidad de aquellas personas, que siempre tuvimos ocasión de comprobar.

Villavicencio está a algo más de veintiuna leguas de Bogotá, distancia que cubrimos en dos días y medio. Pero los hijos del señor Restrepo y otros llaneros han llegado a hacer este recorrido, en algunos casos, en sólo unas diecisiete horas y sin detenerse, pero cambiando varias veces los caballos. La población está a 455 metros sobre el nivel del mar y tiene una temperatura media de 28 grados centígrados. Parece ser que Federmann mandó hacer en estos lugares una fragua, al objeto de herrar sus caballos para la subida de la cordillera. Los alrededores han sido antes selva virgen, que se extendía en una ancha franja a lo largo de la cordillera. Las talas han hecho más ameno el actual paisaje. Es frecuente la sensitiva (Mimosa púdica), que cierra sus pétalos al más ligero roce.

Antes de recorrer los alrededores, vamos a dar alguna noticia general sobre los Llanos. En territorio colombiano se dividen en tres partes: las inmensas llanuras del Caquetá, los Llanos de San Martín (donde nos encontramos) y los de Casanare, al Norte. Por estas llanuras, que comprenden casi dos tercios del territorio total de Colombia y son veinte veces mayores que Suiza, extienden sus afluentes el Orinoco, al Norte, y el Amazonas, al Sur. Aquí viven aún en estado salvaje unos cien mil indios, y la cifra quizá se quede corta. El territorio de San Martín, el del centro, perteneció antes al Estado de Cundinamarca; en 1867 se separó de éste, pasando al gobierno de la Unión, y desde 1868 es administrado por un gobernador, nombrado directamente por el Presidente de la República. En 1886 volvió al Departamento de Cundinamarca. Su extensión es, según unos, de 117.000 kilómetros cuadrados, y según otros de 105.000. El Orinoco, a cincuenta leguas, marca al Este la fronterá con Venezuela. Su afluente principal es el Meta, con doscientas veinte leguas de longitud. Una maravillosa red de ríos grandes y pequeños riega la fértil región; es raro caminar más de cuatro horas sin encontrarse con alguna corriente de agua. Los jesuitas fueron los primeros en fundar colonias en estas regiones, y los beneficios fueron muy considerables. Al ser expulsada de Colombia la Compañía de Jesús en 1773, se perdieron los resultados de la colonización. Hasta hace veinte años no se dio nueva vida a este territorio, gracias, especialmente, a las gestiones y trabajo del Dr. Restrepo, que en todo momento ha representado con entusiasmo los intereses del país, haciéndolo también en el Congreso en su calidad de Comisario... Los habitantes civilizados se han establecido a lo largo de la cordillera y sólo lentamente van penetrando en los Llanos propiamente dichos, por el Oeste desde Colombia, y por el Este desde Venezuela. También junto al Meta han afincado ya gentes blancas, de modo que este río constituye una vía natural de comunicación con otras tierras y países.

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