Por lo demás, en los Llanos suele perderse el miedo a los peligros, pongo por caso el de las arañas venenosas, del tamaño de un puño, y de las mismas serpientes. Estas últimas sólo en rarísimos casos atacan al hombre; por ejemplo, si se llega a pisanas. Por lo común huyen de él. No son excepción en esto la serpiente de cascabel ni la venenosa equis, en cuya piel parece estar gravada esa letra. Para curar las picaduras de estos animales, los supersticiosos llaneros tienen oraciones ex profeso. El doctor Convers, persona digna de todo crédito, refería el mucho quehacer que en sus cafetales le daban las serpientes. A veces le había apetecido imitarlas y ponerlas furiosas, lo que la gente de allí dice torearlas. La serpiente silba y se retuerce, y con ojos iracundos, parece irse a lanzar sobre el hombre, que le muestra un pañuelo o un trapo cualquiera y que, al arrojárselo luego violentamente al reptil, es mordido con rabia por éste; sus dientes quedan tan fuertemente clavados que, incapaz ya de soltarse, perece allí mismo a manos del llanero. Por lo común, un golpe con una varita bien flexible es lo mejor para hacer inofensiva a la serpiente. En los Llanos encontré, en verdad, muchas huellas de estos animales, pero pocas veces los vi a ellos mismos.

Uno de los próximos días iba a tener lugar el acontecimiento principal de nuestra permanencia en los Llanos, o sea la herranza, marcado de hierro del ganado vacuno. Ya a las tres de la madrugada marchábamos a lomos de rápidos y resisten­tes caballos, y nos dispersamos en amplio circulo, a algunas horas de distancia, con el fin de reunir los rebaños. Al amanecer descubrimos ya las reses, que en grupos de doce a veinte pastaban separadas en las diferentes sabanas. Dos o tres jinetes rodeaban a galope tendido a cada pequeña manada y espantándola la obligaban a sumarse a las reses ya reunidas. A veces se escapaba un animal, y uno de los llaneros había de galopar tras él media hora, y a veces más, hasta darle alcance. Poco a poco iba creciendo el número de las reses, de suerte que hacia las diez de la mañana habíamos juntado ya un rebaño de más de mil cabezas. Y ahora el gran tropel mugía sonora e incesantemente. A seguido, la larga y tumultuosa columna comenzo a correr hacia el hato para su encierro en los cercados correspondientes. A la cabeza marchaban dos jinetes, cuatro a los flancos y otros dos a retaguardia. Después de acabado el encierro nos pusimos a desayunar, y se entenderá fácilmente con qué magnífico apetito lo hicimos luego de aquella fatigosa y velozcabalgada de varias horas.

A continuación se pasó a clasificar las reses. Las de más años quedaron en el primer corral, que era el mayor. Depués seguían los animales más jóvenes y de menor tamaño, y finalmente, en la última corraliza, se encerró a los terneros nacidos durante el año y que estaban aún por marcar. En medio de cada cercado había un gran pedazo de sal, y fuera de esto no se daba a las reses alimento alguno, el mugir era incesante por ello, sumándose además las quejas de los temnerillos separados por primera vez de las madres.

Había que proceder a marcar con el hierro a estas reses jóvenes, pasando luego a adjudicarlas a sus dueños, contarlas y calcular así el aumento del hato. A tal efecto, mozos semidesnudos se lanzaban en pos de los terneros y los agarraban

por el rabo. De un tirón, realizado con rara habilidad, el animal era arrojado al suelo, quedando precisamente de costado, momento en que con toda rapidez le ataban las patas. Luego venían a él con el gran hierro candente cuya forma dibujaba, por ejemplo, una R, y se le aplicaba al flanco. El atemorizado animal podía ya salir corriendo. La pericia que hacía falta para atrapar a las reses y derribarlas la comprendimos bien cuando alguno de nosotros pretendió hacer lo mismo. Los terneros, todavía tan pequeños, tenían una fuerza tan grande, que el torpe domador se veía arrastrado con toda facilidad por el apisonado suelo del corral, de suerte que más de uno de mis compañeros de viaje ofrecía un lamentable aspecto. Como los señores Restrepo y Fernández tenían el hato en común, los animales se iban adjudicando alternativamente a cada uno de los dueños, señalándolos con letras distintas.

A pesar del constante trabajo de la gente, de cuyas frentes corría a chorros el sudor, la faena no pudo darse aquel día por terminada. El ganado quedó, pues, encerrado durante toda la noche, en un inacabable mugido de hambre, de sed y de anhelos de libertad. A la mañana siguiente quedó listo el trabajo, y hacia las once abriose por fin la entrada de la talanquera principal. Yo me había subido a un poste de veinte pies de altura junto a la abertura, de tres metros de ancho, de la cerca, con el fin de contemplar la salida del rebaño. Todavía al recordar aquel espectáculo experimento una sensación de mareo. Apenas retirados los palos de la entrada los animales se apiñaron para escapar. Un bosque de cornamentas se apareció a mis pies y el suelo empezó a retemblar como en un terremoto. Con toda fuerza hube de agarrarme al movedizo poste para no ser víctima del vértigo y caer al suelo, lo que hubiera tenido la muerte por consecuencia. Poco a poco fue aplacándose el estruendo de la presurosa manada. Con extraña rapidez volvieron a reunirse los grupos sueltos que habían sido juntados el día anterior, y, guiados por su jefe natural, saltaban hacía los pastos respectivos después de haber calmado la ardorosa sed en una gran laguna próxima. Al cabo de media hora no se veía una res en torno al rancho.

Igual acontecimiento repitiose al siguiente día, pero las reses que hubimos de reunir fueron sólo una setecientas, cosa que hicimos en otra parte del hato y a eso de las nueve de la mañana. Todo el hato sumaba algo más de dos mil cabezas. Al medio día matamos un magnífico y gordo ternero. Según las reglas, se le preparó convenientemente, se le espetó entero en un enorme asador y se le colgó sobre un crepitante fuego. Al cabo de algunas horas estaba el asado a punto y la grasa escurría ya de la rica carne. No creo haber probado nunca cosa más sabrosa que aquellos trozos de carne separados sencillamente a tiras con un cuchillo y llevados con los dedos a la boca mientras el jugo corría por la barbilla... Un espectáculo de primitiva naturalidad, una estampa auténtica de la vida del llanero.

Al otro día volvió a dejarse en libertad a la segunda parte de la vacada. Pero quedaron encerrados algunos becerrillos, pues varios de ellos tenían heridas, en las que insectos dañinos habían puesto sus huevos y otros se hallaban atormentados por las garrapatas. Se limpió, pues, a los animales, ya que las oraciones y conjuros no habían dado resultado. Era enternecedor ver cómo las madres de los temnenillos rondaban celosas por las cerçanías mugiendo lastimeramente. Por las noches venían a amamantar a sus crías. Pocas vacas son estabuladas con el fin de ordeñarlas y utilizar su leche para beberla o fabricar queso; la mayor parte de ellas están en completa libertad y dan de mamar a sus hijos. La vacada se reproduce con gran rapidez. En cuatro años, así calcula el llanero, se duplica una cantidad de ganado vacuno por el estilo de lo que hemos visto, descontando anualmente una décima parte constituida, poco más o menos, por los animales viejos sacrificados, los que mueren, los que se venden por separado o los que devora el jaguar.

El trabajo del llanero consiste, precisamente, en acostumbrar al ganado a vivir en el hato y en amansarlo en forma adecuada. Para ello, no sólo hay que dar sal a los animales, vendarle las heridas que se hacen luchando unos contra otros, sino que además es necesario observarlos cuidadosamente durante cuatro meses y recogerlos todas las noches hasta que se hayan habituado a quedarse en las sabanas vecinas y a recibir cualquier clase de auxilio en el hato, o bien buscar allí algún miembro extraviado del rebaño.

Por razón de los muchos peligros a que se halla expuesta, la raza se ha hecho inteligente. Al ocurrir inundaciones de la parte baja de los Llanos durante el "invierno", el ganado huye a zonas más altas. Para protegerse del jaguar se colocan a veces en apretados grupos y dispuestos en círculo con las cabezas hacia afuera, de modo que los cuernos forman una valla. A los animales jóvenes se les pone en el interior del círculo y no es frecuente que el jaguar se atreva a sacarlos de un salto de aquella astada fortaleza. Es también interesante la confianza del ganado en el pequeño halcón que llaman garrapatero y que posándose sobre las reses les extrae las garrapatas para comérselas.

En general, la raza vacuna introducida por los españoles es grande y fuerte. La cabeza es pequeña, los ojos miran con cierta vivacidad, el cuello es extraordinariamente esbelto, la piel limpia y brillante. Los cuernos son más bien cortos y de bella curvatura. Por naturaleza este ganado es además bastante manso. ¿Será que el clima, lo mismo que el hombre, ha llegado a infundirle una cierta indiferencia? Nunca oí que un toro furioso acometiera a nadie. Por supuesto, con un caballo ligero sería posible escapar a la embestida. Ultimamente, mediante la importación de sementales de Hereford, se ha tratado se mejorar la raza. Gracias a la rápida multiplicación de los rebaños, la riqueza principal de los Llanos está en la ganadería.

También merecería la pena explotar la cría caballar y mular, pues las razas allí existentes son bonitas, ágiles y de una resistencia poco común. Si se considera que durante quince años de guerra de independencia (1810 a 1825), tanto los españoles como los republicanos se llevaron casi todos los animales de la región llanera, habrá que reconocer que esas comarcas son excepcionalmente adecuadas para dicha rama de la ganadería. También la oveja y la cabra darían buen rendimiento.

Casi todas las tardes, entre las cuatro y las cinco, salíamos de caza. Hacía la puesta del sol salen del monte los muchos corzos y ciervos que allí se crían, para apacentarse en grupos en los crecidos pastizales. Se avanzaba a caballo hacia alguno de esos montes, o sea pedazos de bosque, se hacía alto a unos cientos de metros, y luego había que deslizarse a pie en dirección a la pieza. El ojo de azor de mi compadre Fernández descubría los animales a mucha distancia. Para la vista normal del hombre de ciudad, era imposible distinguir su color entre la yerba. El cazador experto se iba derecho hacia el venado; y no tardaba en alcanzarlo el disparo mortal, lo cual nos deparaba un magnífico banquete. Cuando uno fallaba la puntería, los animales se dirigían hacia el monte en frenéticos, formidables saltos. A mí, falto de verdadera rabies venatoria, aquello me parecía lo más hermoso y juzgaba que los brincadores fugitivos habían merecido sobradamente su libertad.

También becadas, patos y pavos encontrábamos a menudo por las grandes lagunas de agua fangosa y rodeadas de árboles. Por allí resonaban nuestras ambiciosas descargas. Un tiro de mi revólver suizo me ocasionó una vez sincera pena. En uno de aquellos estanques nadaba una garza blanca, una "gentil garza". Uno sugirió la idea de matar al ave y como la cosa era dificil, el juego nos resultaba divertido. Ya la garza estaba herida, cuancto una bala de mi revólver la alcanzó en el cuello. El animal se alzó convulsivamente, extendió las alas, abatió el cuello y murió. Se me alabó el disparó, pero me quedé triste. Habíamos cobrado caza bastante y dejamos allí la garza, la gentil garza.

Después de ocho días de vida nómada y venatoria, íbamos a regresar a Villavicencio para pasar allá la fiesta de Navidad. A las tres de la madrugada pusímonos en marcha después de habemos bañado. Las cabalgaduras, que conocían bien el sendero, avanzaban vigorosamente con el aire fresco de la noche. Cada jinete seguía en silencio al de delante sin ver al que encabezaba la hilera. En la lejanía el cielo aparecía rojizo en algunos puntos como iluminado por resplandor de incendios. En efecto, eran algunas sabanas a las que se había prendido fuego para que al arder su seca y alta yerba dejara espacio al pasto fresco y reciente que el ganado buscaba con ansiedad. Un cómodo y nada dispendioso cultivo...

Entre las cuatro y las cinco fueron apagándose las estrellas y el cielo comenzó a clarear ya por Oriente. Pero a las cinco, curioso fenómeno que muchas veces he observado, durante unos diez minutos parece que la noche combatiera una vez más con el día y que ahora pretendiese juntar todas sus fuerzas para la lucha. De nuevo vuelve a reinar la oscuridad. Pero súbitamente cesa la resistencia. La ancha franja de claridad que luce por el Oriente va haciéndose mayor, las nubes se perfilan más nítidamente, primero en blanco, luego en gris bronce, después en rojo claro y rojo carmesí. A las seis, precedido de haces de fuego, surge el sol. Los pájaros, loros y pericos, y los grandes y relucientes guacamayos, gritan y parlotean frenéticamente. Los pequeños colibríes, las tominejas, pasan y repasan veloces con su plumaje de colorines. Todo ha cobrado nueva vida, y el jinete, sobre su cabalgadura que rehincha alegre, se siente invadido de un indecible bienestar. ¡Oh gozo de la mañana, oh dorada libertad!

Han llegado las navidades y con ellas la máxima fiesta del año para los colombianos y para los llaneros. La Nochebuena es la meta de todos los deseos, el tiempo en que van al pueblo principal a presenciar el, en su opinión, incomparable culto y a efectuar sus compras para todo el año. Durante varias noches se habían celebrado procesiones en la plaza de Villavicencio, delante de la iglesia; la gente las había acompañado llena de devoción y se había llevado en andas las viejas y sagradas imágenes. Se lanzaban cohetes, viejos fusiles y mosqueteros repletos de carga eran disparados junto a nuestras orejas. Había en todas las cosas una gozosa vibración.

En esta ocasión conocí, en calidad de pastor de su grey, al Padre Vela, al que como persona privada había estimado ya mucho. "El Pater", como familiarmente se le llamaba, era un fraile dominico, alto, fornido y que andaría por los cuarenta años. Tenía un rostro expresivo y cariñoso, de ro~s mejillas, llevaba, con permiso de la superioridad, una hermosa barba cerrada. El Padre Vela, en su hábito blanco y negrq, era una espléndida y varonil figura. Pero casi nunca, por razón de los rigurosos calores de aquella región, llevaba el hábito de la Orden; con indumentaria civil parecía más bien un recio molinero. Gustaba mucho de montar a caballo y compartir la vida de los llaneros; él era un llanero en el mejor sentido de la palabra. Tenía también un modesto hato, criaba ganado y lo vendía. Tenía que hacerlo ya por el motivo de que el gobierno no pagaba puntualmente la ayuda correspondiente a su mezquino sueldo y porque los habitantes de los Llanos no eran de especial largueza para con su clérigo. La cura de almas era allí cosa de cada cual, pues hecho ya el pueblo a pasar la mayor parte del año sin el consuelo de la iglesia y acostumbrado hasta a efectuar los entierros sin auxilios del clero cuando el Padre se encontraba ausente, su sumisión y respeto ante lo eclesiástico no era cosa muy señalada. Por 06ta causa, cualquier clase de fanático y cualquier cura de los que siempre llevan la religión en la boca, pronto hubiera quedado fuera de lugar en los Llanos. El Padre Vela, en cambio, con su natural rectitud, se había conquistado la plena confianza de la gente. También en sus viajes por el río Meta supo inspirar respeto y veneración a los indios salvajes de aquellas riberas, de modo que siempre había algunos que se hacían bautizar por él. Servicial y tolerante en toda ocasión, el Pater podía ser considerado como un consejero y educador de Villavicencio y sus contornos.

Como el templo, junto con la espiritual edificación y piedad, ofrece en aquellas regiones la única oportunidad de distracción, era siempre muy visitado y más en Nochebuena. Las mujeres se hallaban acurrucadas sobre el suelo de tierra. Un armonio, en el que no era inconveniente interpretar hasta música bailable, elevaba con sus sones el ambiente de la fiesta. Hasta algunos tocadores de guitarra y tiple, muy buenos en su arte, hacían sonar en la iglesia tonadas populares para exaltación y gloria de la Noche Santa. Era en su conjunto una bella fiesta popular, llena de naturalidad y de cordial alegría, en la que todos participaban.

A las navidades siguió una mayor calma. Para pasar el tiempo se organizaban, de cuando en cuando y en plena calle, bárbaras riñas de gallos, espectáculo que nos infunde horror, que nos inspira repugnancia. Los gallos de los Llanos son de buena raza y valientes, de afiladas espuelas y de gran fiereza y saña. Sólo cuando se halla ya muy maltrecho cede el más débil el campo de batalla.

Esta extraña conducta, mitad en son de regocijo, mitad con tintes de barbarie, nos da pie para presentar de una manera más conexa y ordenada el tipo del llanero. El habitante de los Llanos, si bien tostado por el sol tropical, es generalmente de tez blanca; hay que anotar, sin embargo, que su raza constituye un mestizaje de blanco y de indio. Por lo regular, es muy musculoso y de buena complexión. No es raro encontrar hombres de mejillas encarnadas, mientras que las mujeres, en aquel clima, tienden a empalidecer. El hijo de los Llanos es en grado sumo un amante de la libertad. En la guerra de la independencia esta región dio los mejores soldados, gentes de heroico valor en el combate. Pocas veces los españoles resistieron el ímpetu de los tropeles de caballería de los llaneros, sucumbiendo en gran número frente a sus lanzas y sus sables. El llanero es tan feroz en la lucha que se le ha llamado "artista de la. muérte". Después de la victoria, sin esperar recompensa ni paga, desea volver en seguida a sus tierras, pues ama los llanos con verdadera pasión y encuentra el mayor gozo en la existencia nómada, pese a los muchos peligros que ésta ofrece y que él bravamente supera. Nada con excepcional destreza, le place sobremanera dedicarse a todas las habilidades y faenas de la doma de caballos. Es abierto y franco y ello se expresa en la nobleza de su mirada. Su honradez y probidad son proverbiales. Con los buenos es humilde y altanero con los orgullosos. Es sensible y no olvida fácilmente las ofensas, sin llegar a ser vengativo. Es amigo de bromas y de dar chascos; de la especie de estos da idea el suceso siguiente:

El áño de 1876 llegó a los Llanos de San Martín el viajero francés André. Injustamente, sin duda y tal vez a causa de la diferencia de idioma, los llaneros lo tomaron por hombre arrogante, descontento con todas las cosas y siempre propicio a opinar desfavorablemente. Y pensaron: "Aguarda, y ya verás cómo te quitamos esa aspereza para con nosotros". Dicho y hecho: en las cercanías de Villavicencio, lo llevaron hasta un lugar donde había gran cantidad de avispas salvajes, que pican horriblemente. Acto seguido huyeron con sus cabalgaduras, escondiéndose tras de la vegetación. El viajero, en tanto, llegó enteramente desprevenido, junto con su compañero, hasta el sitio peligroso, donde fue atacado por los enfurecidos insectos. "¡Hormiguill, hormiguill!", dicen que gritaba. Los llaneros se morían de risa. André, en su crónica de viajes Tour du Monde, escribe que en los Llanos hay una especie de avispas que atacan al hombre sin necesidad de sentirse hostilizadas. En realidad, no es así. Lo que he contado es la verdad de los hechos referidos por los mismos que en ellos participaron.

Todos los movimientos y ademanes del llanero son vivos y se hallan llenos de una cierta gracia natural. Es hombre cortés y apasionado, a su manera peculiar, generoso con su querida o su mujer, pero siempre Don Juan y aficionado a conquistas. Al juego y a las diversiones se entrega con predilección en las raras ocasiones que para ello se le brindan. En el hato "Los Pavitos" conocí a un muchacho de unos dieciséis años, chico despierto, que trabajó allí por medio año y se había ganado así algunos dólares. Este mozo, casi un niño todavía, llegó a Villavicencio para aquellas navidades y en una taberna que había frente a nuestra casa se puso a beber anisado y a entonar cancioncillas acompañándose con una pequeña guitarra. Tocó toda la noche, sin cesar; cantó y bebió de lo lindo; de mañana, entre las seis y las ocho, seguía cantando... A las tres de la tarde nos lo encontramos por allí cerca, cabalgando tan tranquilo y ya de vuelta para el hato. De todo el dinero de los jornales trabajosamente ahorrado, sólo le había quedado para comprarse un sombrero pardo de fieltro que nos mostró sonriente. De arrepentimiento por el dinero mal gastado y por la noche pasada en claro, no daba la muestra más leve; al contrario, iba tan ufano como contento.

Especial talento tiene el llanero para hablar y para comprenden con rapidez. Gusta mucho del humor sarcástico y de la mofa. Tiene predilección por el canto, la poesía y la música, pero exagera sus pensamientos y sólo muestra sencillez en las comparaciones con la Naturaleza; en otros casos, se le va la mano en la expresión. Sus heroicas estrofas (galerones) tratan bombástiÉamente del toro, del caballo, de la lanza, la mujer, el desafio. Tan pronto se habla de coger caimanes bonitamente con la mano, como de matar tigres de un sopapo o enviar a un toro, con sólo un puntapié a unas cuantas millas de distancia. Todas estas imágenes, en las más originales coplas de dos o cuatro versos, las improvisa el llanero con asombrosa facilidad y acierto. Su canto lo acompaña con matracas (tubos con piedras o semillas dentro, con los que se lleva el compás), con el tiple o la bandola. Su voz es fuerte, para que se escuche de bien lejos y habla en un tono cadencibso y alargado.

En el llanero se hace manifiesto el estado de transición entre nuestra cultura y la barbarie del indio sin civilizar, entre ley y libertad absoluta, entre sociedád y soledad, entre la total independencia y todas nuestras restricciones, ennparte condicionadas por la misma civilización, como moda, disposiciones de policía, etc. Sobre la actitud del llanero en punto a cultura da graciosa referencia la anécdota que sigue y que fue publicada por el periódico "La Nación" de Bogotá, de probado catolicismo:

Un día llegan a un pueblo del interior dos llaneros muy ignorantes y ven por primera vez un templo. El primero que se atreve a entrar, contempla admirado las preciosidades que encierra la iglesia y en ella se encuentra con el cura. Este le pregunta de dónde viene y hace otras indagaciones por el estilo, deseando saber también cómo anda el hombre en materia de religión. "ACrees -interroga el sacerdote- que Nuestro Señor Jesucristo fue escarnecido y crucificado y que al tercer día resucitó?". El llanero responde con evasivas y busca la primera ocasión de ausentarse de allí. Fuera se encuentra con su compañero y le dice: "Tú, anda con cuidado si es que vas a entrar a la iglesia. ¡No digas nada!, porque parece que andan haciendo pesquisas por una asesinato que hubo"...

Así es el llanero, un tipo humano en íntima vinculación con la Naturaleza, una mezcla de civilización y primitivismo. Sus ojos, tan pronto chispean de fieras pasiones como reflejan la máxima mansedumbre e ingenuidad. Si se le trata cariñosamente, es el más tranquilo, desinteresado y fiel de los hombres y el mejor de los amigos. Si se le agravia, se convierte en un tigre. En él, casi todo es instintivo; no conoce la larga reflexión, la conducta ponderada y armonizante del hombre de superior cultura.

Comentarios (0) | Comente | Comparta