Pero todavía nos quedaba por conocer a los llaneros de verdad... Al día siguiente del Año Nuevo de 1884, fecha que había transcurrido muy en calma y que tampoco es festejada en demasía por tratarse de un tiempo que cae en verano, nos pusimos de nuevo en marcha hacia “Los Pavitos”. La cabalgada fue de dieciséis horas, casi sin hacer alto y en dirección al Meta. De comer, apenas conseguimos nada. Pero sabían exquisitamente los trozos de panela que habíamos conservado en los bolsillos de los zamorros y que, al parecer, son manjar que calma la sed y el hambre. Pasamos por delante de La Loma, una altura de unos 20 metros, situada en la mitad de la llanada y casi enteramente cubierta de selva. Por ser la única colina de esta clase, se la ve a muchas leguas de distancia. De vez en cuando, a lo largo de las corrientes de agua, veíamos hileras de palmas que formaban como columnatas de templos, como altas naves de alguna catedral. Yen torno a las lagunas surgían verdaderos anfiteatros y rotondas de la palma moriche.

A la segunda jornada, a eso de la diez de la mañana, penetramos eñ una zona de espesa yerba que llegaba al pecho del jinete. El avanzar resultaba sumamente trabajoso a las bestias. Por un rato creímos habernos extraviado de la senda y nos acometió una cierta inquietud al no ver más que cielo y yerba en torno nuestro. Al final, por unas palmas que asomaban en la lejanía, pudimos orientarnos. Mientras nos esforzábamos por seguir adelante entre la alta yerba, vimos muy cerca de nosotros un tapir o danta que escapó en seguida. En la situación en que estábamos no se nos ocurrió perseguirlo. Su carne, además, según dijeron, no es particularmente sabrosa.

Por aquel tiempo los vientos alisios comenzaban a soplar del Este, o sea desde el lado del litoral y nos proporcionaban un aire relativamente fresco. Estos vientos de verano, que se mantienen durante seis horas diarias, son gratísimos en medio del calor del trópico. Después de atravesar hacia el medio día una región desértica, bastante seca y arenosa, además llena de serpientes, nos acercamos a uno de los brazos del río Negro, que ahora en la llanura discurre lento y perezoso. Como hace allí una vuelta larga pero muy cerrada y corno la pení isula que resulta se halla totalmente cubierta de selva, resultaba una delicia cabalgar en la fresca sombra y con el río a ambos lados, el cual, de vez en vez, lanzaba vivos destellos a través del follaje.

Alrededor de las dos de la tarde llegamos al vértice del meandro. El río tendría allí un anchura de treinta metros. Gritamos muy fuerte hacia la opuesta orilla para anunciar nuestra llegada, pero nadie apareció. Después de media hora de espera nuestro amigo Abadía, el caucano, decidiose a buscar un vado por donde cruzar con nuestros animales o bien tratar de proporcionarse alguna barca que pudiera haber en la otra rivera, lo cual parecía bastante probable. Se arrojó, pues, al agua, cruzó a nado el ríoy encontró una canoa que era hecha de un tronco hueco, en la cual pusimos las monturas; así pasamos al otro lado, obligando a nadar a las bestias. Ascendimos por la pequeña altura que se lanza en aquella margen y después de cabalgar por espacio de veinte minutos llegamos al hato llamado “Yacuana”, situado en medio de los Llanos y que consta de un rancho con su correspondiente techo de paja de palma, de una cocina y de muchos cercados. Esto formaba el centro de una gran propiedad, en la que, calculando aproximadamente, pastarían una diez mil cabezas de ganado. Antonio Rojas, prototipo del auténtico llanero, nos recibió y nos dio la bienvenida.

Con sorpresa grande supimos que acabábamos de correr un grave riesgo: a unos veinte metros arriba del lugar donde Abadía soltó la canoa había un vado muy fácil y por desgracia desconocido. Entre éste y el lugar de la canoa habitaba un enorme caimán que el día anterior había atrapado un perro del hato y se lo había comido tranquilamente. A pesar de haberle puesto muchas trampas con carne envenenada, no obstante de muchos ardides y persecuciones, no se había podido acabar con el malvado huésped. Abadía, por tanto, al pasar a nado el río había corrido no sólo el peligro de que le alcanzara la descarga de un pez eléctrico, de los que hay muchos allí, y de que al quedar paralizado le arrastrara la corriente, sino que además pudo ser pasto del acechante caimán. Nos congratulamos mucho de que no hubiera ocurrido a nuestro amigo tamaño percance y tomamos nota de aquella seria admonición.

Cuando esa misma noche nos hallábamos alrededor del rancho charlando y tendidos unos en el suelo y otros en chinchorros (hamacas tejidas de red), exclamó súbitamente Antonio Rojas: —¡Ya están allí, al otro lado del río! Nos esforzamos en vano aguzando el oído para percibir algo hacia aquella parte. Antonio seguía escuchando, luego afirmó con aplomo:   —“ Es el negro Brizuela, que viene para marcar el ganado”. Nos tendimos pegados a la tierra y espiamos con la máxima atención cualquier movimiento o ruido. Nada se oía. Antonio dio una gran voz, luego afirmó que los tardíos visitantes traían consigo algunos perros y que al cabo de un buen rato llegarían a nuestro rancho. Sólo cuando los dos hombres se hallaban ya muy próximos nos dimos cuenta de su presencia. Si yo no hu­biera presenciado y comprobado personalmente tan asombrosa demostración de agudeza de oído, hubiese tenido por cosa inverosímil que Antonio pudiera distinguir una voces a media legua de distancia, así fuera de noche y en medio del mayor silencio. Mis amigos y yo no tuvimos, pues, otro remedio que admirar sin reservas la excelencia del órgano auditivo de los llaneros.

Nuestro rancho era sencillísimo, pero extrañamente amoblado. Yo dormía en un camastro que tenía una doble capa de pieles. Las había de jaguar, de puma (el león americano), de oso negro y también de oso hormiguero, cuyos pelos son largos y erizados como de paja. Nos dormimos conJa fantasía llena de soñadoras imágenes y gozamos de un magnífico descanso nocturno. Este, empero, se vería turbado violentamente durante la segunda noche. De repente sonó un grito de alarma, “¡fuego!”. Nos despertamos en medio de una espantosa humareda. Cogí mis anteojos, que tenía allí al lado y en el mismo instante sentí en la mano una penetrante punzada. Nos plantamos fuera de un salto, medio adormilados todavía y sin darnos cuenta de nada. Entre tanto, el fuego estaba y que apagado. La vela que teníamos para alumbrarnos y que estaba puesta en el cuello de una garrafa de mimbre se había quedado encendida en el improvisado candelabro cuando nos retiramos a dormir. El contenido de la vasija, que era melaza de caña, comenzó a arder y a causa del humo que desprendía salieron espantadas de su refugio unas grandes avispas que anidaban en el techo, bajo la cubierta de paja y se arrojaron contra sus supuestos agresores. Otra vez, un “hormiguill”... Abadía fue ef primero que sintió la picadura y el primero, por tanto, en despertarse. Y él dio la voz de alarma, afortunadamente a tiempo de librarnos de males mayores, pues el ranchito hubiera ardido como una casa de naipes. Las picaduras se inflamaban de forma asustante y eran muy dolorosas. A Abadía las avispas le habían picado en la cara y sin pretenderlo hacía una muecas que provocaban gran hilaridad.

Entre cinco y seis de la mañana se presentó Antonio Rojas ante nuestro lecho con una totuma de café que bebimos con fruición. Es el mejor café que he tomado y todos los que se hallen en el mismo caso habrán de confirmar este juicio, personal, no obstante, e influido por el tiempo, las circunstancias y el carácter de la vida en aquellas tierras.

Hacia las seis nos levantábamos y tomábamos un vasito de aguardiente de una botella dentro de la cual habían puesto una hierbas que decían eran buenas contra el ataque de las fiebres. Luego montábamos un buen rato. Sólo más tarde se tomaba el desayuno. Durante éste, los asientos no eran de lo mejor: unos se acomodaban en el suelo, otros en caparazones de tortuga terrestre, animal que se captura y se ceba para comerlo luego como selecto manjar. Por último, la concha sirve de taburete. Vi tortugas de 60 centímetros de largo y 45 de ancho, cuyos caparazones era magníficos como recipientes para usos diversos, aunque su presentación no tenía nada de bello y eran de un color gris terroso.

La principal excursión que íbamos a realizar desde “Yacuana” tenía por objetivo el río Meta, el mayor de los afluentes del Orinoco, al cual se llegaba a caballo en unas dos horas y media de recorrido en dirección Norte. Ya en camino, desayunamos bajo un pequeño cobertizo (cuatro palos y un techo de paja), donde había varias calaveras de tigre, y yo, no sin gran esfuerzo, logré arrancar de ellas algunos dientes auxiliándome de unos guijarros. Con tal motivo, contáronse historias diversas de la caza del tigre, las cuales ahórro al lector, pues en Europa se las recibiría con sonrisas de incredulidad o sarcástica suficiencia, aunque ostentan el sello de la verdad para quien las escuchó de labios de los llaneros en relatos de suma naturalidad y sencillez.

Charlando alegremente, a eso de las dos de la tarde tocamos en el río Meta por el lugar llamado “La Bandera”. Estábamos a unas cuarenta y cinco leguas de Bogotá y a ochocientas sesenta y dos de la desembocadura del Orinoco en el océano. Saliendo del bosque que acompaña al río y que se hunde siguiendo la depresión de la orilla, llegamos a un banco de arena que se levanta como unos ocho pies sobre el agua. El Meta tiene aquí unos doscientos metros de anchura y es romántico y salvaje como el Bajo Magdalena. Al igual que éste, trae aguas turbias y cenagosas. Aquí campa también el caimán y tuvimos ocasión de ver a un talludo representante de estos feos malhechores del río que nadaba tranquilo allí abajo. Atamos a unos árboles nuestros caballos y mulas, nos despojamos de los zamarros y sentándonos sobre ellos contemplamos el gran espectáculo natural que se ofrecía, charlamos plácidamente acerca del futuro del río.

El Meta es hasta aquí generalmente navegable, si bien los muchos meandros y bancos de arena sólo permiten el paso de pequeños vapores. Grande es la importancia de esta vía de comunicación. Ahora para llegar aguas abajo hasta Ciudad Bolívar o Angostura, en el Orinoco —punto que alcanzan aún desde el mar los vapores grandes— se gasta un mes entero a bordo de incómodas lanchas a remo o a vela y sufriendo el fuerte calor y la tortura de los mosquitos. Al navegar aguas arriba y con viento desfavorable, el viaje resulta todavía más largo. En vapor se abreviaría muchísimo. Desde el embarcadero donde ahora nos hallamos, un buen jinete podría llegar a Bogotá en tres o cuatro jornadas. El transporte de cargas llevaría ocho días. El interior de Colombia tendría, pues, dos grandes vías de acceso: la del Magdalena y la del Orinoco-Meta. Por ello un comerciante francés, el señor Bonnet, introdujo por el Meta gran cantidad de mercancías, atraído por la prometida exención de aduanas que debía de compensar en cierto modo el gran riesgo de las operaciones. Con esta perspectiva de ventajas comerciales era ya sólo cuestión de unos meses la llegada de un vapor que el señor Bonnet había pedido. Pero el Gobierno suspendió la libertad aduanera de aquel “puerto”, afectando del modo más sensible a todo espíritu de empresa o iniciativa en tal sentido.

Hablamos además de toda suerte de cazas y cacerías, entre ellas la del jabalí o cafuche, animal que, con su típico andar y el hocico bajo atraviesa aquellos bosques en grandes manadas. Detenidos por un tiro o por cualquier otro ataque, levantan la vista y, ¡ay de aquel que no acierte en seguida con uno de los paquidermos que guían la enorme piara! Se lanzan todos contra él, rodean el árbol a que haya logrado encaramarse, deshacen con los colmillos el tronco, caen sobre el infeliz y lo despedazan. Pero el que en la cercanía de los cafuches se sube a un árbol, así no sea a mayor altura de un metro y permanece allí sin hacer movimiento alguno, pasa inadvertido a la manada y la ve seguir su camino.

Luego de esta charla nos pusimos a disparar sobre unas zanquilargas cigüeñas que estaban en la otra margen del río y a enviar algunas balas al caimán visto al principio. Entre tanto, se empezó a escuchar un ruido semejante al golpeteo de las pezuñas de un rebaño que fuera acercándose. A un tiempo, los dos llaneros se pusieron en pie como movidos por un resorte y con rostro inquieto gritaron: “¡Los cafuches, los cafuches!”. Acto seguido: “¡Los caballos, los caballos!”. Los cuatro bogotanos nos precipitamos sobre las seis cabalgaduras mientras ambos llaneros tomaban los fusiles y corrían hacia el boscaje. A toda prisa y con harto apuro logramos embutirnos en los zamarros, soltar los animales, saltar sobre ellos y lanzarnos a todo galope ladera arriba, por entre los árboles, hacia campo abierto. Como yo llevaba mi revólver, tomé a poco para unirme a los dos llaneros y librar junto con ellos la lucha. Llegué en el preciso instante en que los animaluchos daban media vuelta y salían huyendo en desaforada carrera. Los disparos de nuestras armas lograron herir todavía a algunos; nos encontrábamos en una zanja de unos dos metros de ancho y sólo uno de profundidad. Los dos llaneros estaban al lado por el cual venía la manada y uno de los paquidermos había cruzado ya el obstáculo. Mi compadre Fernández, en el nervio sismo, se olvidó de un detalle mecánico de su fusil, que consistía en tocar un determinado muelle antes de apretar el gatillo. Un cafuche llegó a clavar sus dientes en la pierna de Antonio Rojas, que sangraba con bastante abundancia, pero con unos cuantos buenos tiros se logró hacer retroceder a la temible tropa. La retirada nos resultó enigmática, pues estos animales no desandan su ruta. Sólo podíamos explicamos aquella suerte por el hecho de que uno de los más pequeños, el que iba a la cabeza, sería el jefe de la banda, pese a que no tenía una mancha blanca en la frente, como al parecer es lo más común. Si muere el guía escapan todos, cosa que entonces debió de ocurrir. Los fugitivos se hallarían en número de trescientos a cuatrocientos y sus saltos eran tales que hacían retemblar la tierra. También nosotros temblábamos; matamos un ejemplar de buen tamaño y el pequeño “cabecilla” de la manada, dejando malherido a otro. En nuestras filas se registraron como bajas la herida de Antonio, la muerte de un perro y las lesiones graves de otro can menor, un precioso animalito negro que estaba lleno de desgarraduras. El resto de la jauría, esto es unos treinta perros pequeños y feos, pero muy fieles y bien enseñados a cazar, salieron ilesos de la aventura.

Con algún esfuerzo arrastramos hasta la orilla los cadáveres de los dos jabalíes. El mayor pesaría, sin duda, varios quintales. Era más pequeño que los que he visto en Europa, pero tan feo como ellos y con los mismos afilados colmillos.

Llamamos a los compañeros que se habían quedado con los caballos. Se descuartizaron los cafuches, separamos los dos jamones de cada uno de ellos y convenientemente atados los ccilocamos sobre las cabalgaduras, detrás de la silla. El resto de la carne se quedó allí y emprendimos el regreso. Yo tomé sobre la montura al perrito herido, que se quejaba lastimero. Al día siguiente murió.

En el hato probamos la carne de los cafuches, que, contra la opinión general, nos pareció buena y jugosa. Pero no comimos mucho, pues nadie tenía demasiado apetito al pensar en el pasado accidente que tan mal pudo haber terminado. Si llegamos a trepar a los árboles nuestras cabalgaduras, asustadas, hubieran comenzado a cocear contra el tropel de los cafuches. Estos hubieran mirado entonces hacia arriba, lo que representaba cercarnos inmediatamente. Al río no podíamos lanzamos por temor al caimán, además, una simple broma jocosa de uno de los nuestros estuvo a punto de traernos graves males. El joven estudiante Simón Restrepo había venido preparando a todos durante el viaje diferentes chascos y jugarretas propias de su edad. Una de sus víctimas concibió el propósito, cuando estábamos a la orilla del Meta, de tomar represalia haciéndole por su cuenta otra broma parecida. Y así, le soltó la cincha de su caballo; cuando a toda prisa salimos luego galopando por la espesura, la montura del joven Restrepo se deslizó junto con el jinete. Ni éste, por suerte, sufrió daño alguno, ni el caballo salió huyendo. Pero el travieso muchacho tuvo que arreglárselas para ensillar rápidamente en medio del peligro y proseguir la galopada.

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