Los peones y criados de la hacienda se hallan todos dedicados a la preparación del pescado, pues los hermanos Vásquez acababan de llegar de una afortunada correría en la que han obtenido como botín cientos de grandes peces de aspecto parecido al del salmón, que ahora son puestos a secar al sois, después de abrirlos y limpiarlos. La comparación de este pescado cachama es su nombre con el salmón no es cosa arbitraria, pues se trata también de una especie que hacia fines del verano llega de lejos para remontar elMeta hasta su curso superior y el de sus afluentes y desovar, antes del comienzo del invierno, en las claras corrientes que bajan de la montaña.
Después de habérsenos agasajado con increíbles cantidades de pescado, arroz ypláta nos cocidos, el banquete se cierra con el habitual café, y poco después todos se entregan al descanso.
La profunda oscuridad de la noche se interrumpe en torno con un raro brillo del a lejanía. Son losfuegos que se propagan por las partes secas de la llanura. La visión del furioso incendio es de una espantable grandiosidad. Extensiones de leguas quedan totalmente arrasadas y en ellas muere todo ser vivo que no logró huir a tiempo.
Nadie duerme bajo techado, a consecuencia del gran calor, sino que se cuelgan las hamacas bajo el cobertizo abierto que rodea la casa. Cada hamaca se envuelve previamente en el mosquitero, de manera que uno se desliza bajo la red defensiva y, una vez dentro, se acondiciona convenientemente la colgante cama. Como cualquier movimiento que se haga repercute automáticamente en la viga donde se han afianzado las hamacas, trasmitiéndose en seguida a las que ocupan los otros compañeros, la noche transcurre en medio de un considerable vaivén. Ya a la una de la madrugada están en pie los dueños de la hacienda, pues proyecta n una excursión de tres días, por vía fluvial para encrecentamiento de su botín de pesca. Hasta estar listos todos los preparativos, se hace de día, y nosotros, en calidad de espectadores, somos testigos de la romántica partida de los expedicionarios. Dos canoas largas y estrechas son cargadas dé provisiones para el viaje; luego se instalan en ellas los pasajeros y lo hacen con sumo cuidado para evitar el vuelco de las embarcaciones. Especial emoción reviste el acto de llevar a bordo a la cocinera, mujer de increíble peso, cuya lengua, además, no se da un momento de tregua, a pesar del inmenso susto que está pasando. Por fin, zarpan las canoas, y, entre jubilosos saludos, la expedición desaparece por la próxima revuelta del río.
Ahora ha sonado también para nosotros la hora de la partida, y nos ponemos en camino hacia Puerto Barrigón. Se nos han agregado dos nuevos compañeros de viaje que desean, lo mismo que nosofros, agregarse al correo que va hasta el bajo Meta. A ellos les queda todavía como un mes de viaje hasta llegara su punto de destino, una finca del territorio de Arauca. Después de abandonar Barrancas"; llegamos de nuevo a la abierta llanura sin caminos, cuyos confines se pierden a nuestra vista con la sola interrupción de unos grupos de árboles aislados y algunas manchas de selva virgen. A pesar de que las mulas llevan un trote vivo y animoso, el repetido compás del movimiento termina porproducirsoñera, sobre todo porque el sol está quemando despiadadamente sobre nuestras cabezas desde primera hora de la mañana. Parece también que todo el mundo animal se ha refugiado del calor en alguna parte, pues, fuera de algunos patos y otras aves que vemos en una laguna, no descubrimosfauna de ninguna clase. A eso del medio día nos volvemos a aproximar a la selva virgen que acompaña el curso del río Humea, y avanzamos ya por tupida jungla rodeados de toda la maravillosa vegetación de las regiones pantanosas del trópico.
Al cabo de una hora, poco más o menos, alcanzamos el talud de la orilla y volvemos a ver el río. Pero Puerto Barrigón, a orillas del Humea, nos decepciona un tanto, pues este lugar consta de un simple tinglado o cobertizo, sin paredes, y de un trapiche bastante abandonado. La gente que anda por allí no despierta, por su aspecto, demasiada confianza.
Abajo en el río está amarrada una lancha deforma plana, un bongo, que es la que lleva el correo por vía fluvial, bajando el río Humea y el Meta, hasta el territorio de A rauca. Sólo tres veces por mes hace el recorrido uno de estos bongos, de manera que nos sentimos muy satisfechos de llegar a tiempo y poder tomar parte en la travesía. La tripulación está constituida por tres indios sin falsificaral mando del cap itány timonel, don Melitón Estrada, que, a pesar del nombre español, es también un indio auténtico. Además del nombre, don Melitón ha recibido, como sumo patrimonio de civilización, la grandeza de un verdadero hidalgo, y sus actitudes están llenas de dignidad. Don Melitón aguarda horas y horas la llegada del convoy de mulas que trae el correo, y entretanto apenas sí cambia una palabra con los semisalvajes mestizos que nos rodean. También de nosotros hace caso omiso hasta cerciorarse de que vamos a reconocersu autoridad de mando como comandante de una lancha oficial. Luego de ser admitidas por conformes las autorizaciones que nos extendieran las autoridades de Villavicencio, y no habiendo impedimento para continuar viaje a bordo del bongo, ordenamos a nuestro peón que con las mulas se adelante por tierra, camino más corto, hasta Puerto Cabuyaro. Nosotros hemos de recorrer unos 100 kilómetros río abajo para llegara dicho punto, término de nuestra travesia.
Porfin, entre el continuo griterío de los arrieros, sale del bosque la columna que transporta el correo hasta el bongo, y comienzá la prolga entrega de los sacos y paquetes a Don Melitón. Así empieza a anochecer y se hace preciso retrasar la salida hasta el día siguiente. De este modo tenemos el placer de pasar una noche bajo el húmedo calor tropical de Puerto Barrigón y en medio de muy diversas gentes, colgando nuestras hamacas, entre las de los tipos más siniestros, de las vigas que sostiene el techo del tinglado.
Todavía de noche, nos trasladamos al bongo con toda nuestra impedimenta. Poco después, don Melitón hace sonar un caracol rarísimo por su forma, y avisa con ello la partida de la embarcación. Silenciosamente nos deslizamos en la noche. Los tres indios de a bordo hacen avanzar por medio de lapértigas y corriendo a un lado y otro por la parte de proa. Don Melitón va erguido ante la rueda del timón, y a sus pies estamos acurrucados mi hermano yyo, además de los otros pasajeros que ayer se nos incorporaron para el viaje fluvial.
Al alborear nos hallamos sobre el ya espacioso curso del río, en medio del más soberbio paisaje de selva. Alta e impenetrable espesura nos acompaña por ambas orillas. A menudo vemos gigantescos árboles descuajados que han ido a derribarse sobre el río yparecen querer cerrarnos el paso. Pero don Melitón, con experta mano, sabe guiar el bongo a través de todos los obstáculos y riesgos. A trechos, sin embargo, es tal la cantidad de troncos incrustados en el cauce, que la muy cargada embarcación no puede escapar a sufunesta suerte, y encalla sin remedio entre broncos crujidos. Tripulación y pasajeros tiene que aligerarse de ropa, saltar al agua y, uniendo todas sus fuerzas, sacar a la lancha delato/ladero. Se olvidan entonces todas las terribles historias de caimanes y de peces carnívoros o cargados de electricidad... De cabeza nos arrojamos a las frescas aguas, despertando con ello la infantil admiración de los indios, que parecen no haber visto cosa tal entre gente blanca. Río abajo prosigue alegremente la travesía, de cara al próximo obstáculo, el cual será sorteado hábilmente o, si nos atascamos de nuevo, dará ocasión a otro refrescante bano.
Hacia el medio día llegamos a la desembocadura del Humea en el Meta, el mayor y todavía poco conocido afluente del Orinoco. Lo alcanzamos todavía en un punto muy alto de su curso, donde la anchura viene a ser como de 200 metros. Ahora, afines del verano, no lleva mucha agua, pero el profundo corte de las orillas permite deducir claramente que en tiempo de lluvias se convierte en un ríoformidable. Pronto don Melitón efectúa una maniobra hacia tierra, y amarramos para preparar nuestra comida en un lugar cercano a un pequeño grupo de ranchos. Vemos acercarse a algunos indios, que, embarcándose en sus estrechas canoas, se dedican apescar armados de arco y flecha. Apoco, un muchacho consigue ensartar, mediante hábily certero flechazo, un pez negro de forma triangular. Con triunfal gesto nos muestra su botín, cobrado por tan prehistórico sistema.
Tras la breve escala, el bongo se pone de nuevo en movimiento sobre la clara corriente del magnífico río. Nadie sabe lo que hay al otro lado de la selva que nos rodea; nuestros acompañantes aseguraron que el Meta constituye la frontera de la civilización y que a nuestra derecha comienza ya la región habitada por los indios salvajes. De cuando en cuando vemos algún ser humano que de pie en la orilla mira acercarse nuestra embarcación y que al hallarnos más próximos desaparece con hosca actitud en la selva. Estos son, pues, los indios salvajes, que, en rigor, sólo se distinguen de nuestros acompañantes por no haberse convertido todavía a lafe cristiana.
Desfilan nuevas estampas llenas de una sosegada y encantadora belleza en medio del paisaje de la selva virgen. Apenas el aleteo de una ave huidiza turba la profunda quietud de estos lugares. Una vez pasamos pegados a una llanura en llamas, más tarde nuestros compañeros descubren la reina de los ríos, una clase de pez de la cual pasan a nuestro lado, río arriba, dos grandes ejemplares. A nosotros nos parecen delfines, iguales a los que saltan en torno a los barcos en la cercanía de las Antillas, y nos asombra mucho encontrar a estos raros animales en el agua dulce del Meta, a mil kilómetros del mar.
No nos faltan, pues, distracciones, y las horas pasan con gran rapidez. Pero, cuando ya contamos con llegar a Puerto Cabuyaro antes de oscurecido, don Melitón ha considerado conveniente que hagamos noche en medio de la selva. De pronto, señala con la mano a un extenso banco de arena y declara que allí vamos a montar nuestro campamento. Asombrados, pero sin hacer oposición alguna, vemos cómo el bongo se arrima a la orilla y saltamos alegremente a tierra a tiempo que, súbitamente, se echa encima la oscuridad. Todos los objetos del campamento, lo mismo que algunas raíces y ramas clavadas en la arena, se esfuman en imprecisos contornos, y ya es plena noche.
Grande es el encanto de esta nocturna calma tropical en la remotísima y olvidada ribera del Meta, mirando sobre nosotros la Cruz del Sur en medio de un mar de luceros, y junto a nosotros la tripulación plácidamente recostada en la arena aún caliente y en torno a la chisporroteante fogata. ¡Felices hijos de la Naturaleza para quienes esta noche es igual a otras mil noches y que no necesitan cuidarse de cosa alguna, mientras nosotros, pobres blancos, todavía hemos de colgar trabajosamente en algunas ramas el mosquitero para buscar el descanso bajo su cálida envoltura!
Aún falta mucho para la salida del sol, cuando ya los tripulantes se dedican a preparar la partida, y abordamos todos nuevamente el bongo. Antes de zarpar, don Melitón pregunta en el silencio como obedeciendo la ley de un viejo uso: ¿Con quién vamos?. Y los tres indios responden desde el extremo de la embarcación: Con Dios . Estas sencillas palabras, de boca de los humildes indios, dan a la travesía una religiosa solemnidad en medio de la selva todavía sumida en el sopor nocturno.
Al cabo de una pocas horas, en las que con la llegada del día nos posee de nuevo el antiguo gozo, vemos asomar ya en el terraplén de la orilla las bajas casas de Puerto Cabuyaro. Saltamos a tierra, sacamos las monturas y el resto del equipo de viaje y buscamos a nuestro peón, al que por fin encontramos, todo soñoliento, detrás de una cabaña. Entre tanto, don Melitón se ha presentado en la plaza del lugar, pero apenas si lo reconocemos, pues aparece con un flamante traje blanco y enteramente poseído de su dignidad de capitán del bongo.
Puerto Cabuyaro es un apartado poblado tropical, que, aparte de la iglesia, cuenta sólo con un pequeño número de cabañas o barracas. Y a pesar de ello, sueñan aquí con un futuro de núcleo comercial como última escala de la navegación por el Meta. En efecto, hasta este punto (300 metros sobre el nivel del mar) el río es navegable para vapores fluviales, que podrían llegar desde las plazas portuarias del océano Atlántico siguiendo el curso del Orinoco. Hasta hace poco, prestaba servicio regular a Puerto Cabuyaro un vapor que traía mercancías con destino a Bogotá, las cuales se transportaban hasta la Sabana, a lomo de mula, por un costo relativamente pequeño. Pero cuando el Gobierno estableció además un puesto de aduanas en el reciente puerto de importación, el movimiento a través de este lugar tuvo un fin prematuro, y el pueblo quedó otra vez abandonado y falto de actividad.
Después de despedirnos cordialmente de nuestros compañeros de viaje y tras corta escala en Puerto Cabuyaro, subimos a lomo de las mulas, ya entretanto repuestas de su fatiga, y nos disponemos a cubrir en sólo dos jornadas, si ello es posible, el largo camino de más de 100 kilómetros que nos separa de Villavicencio. Esto constituye, sin embargo un esfuerzo formidable, toda vez que una cabalgada de doce o más horas no es cosa fácil en medio del calor tropical. Nada, pues, tiene de extraño que de las visiones de la monótona llanura, lentamente desarrolladas, queden en nosotros no más que unas pocas impresiones. Pero al segundo día hemos llegado de nuevo a la proximidad de los montes, pues las cordilleras se introducen aquíprofundamente por las tierras llanas. El último trecho del itinerario atraviesa ahora por selva montañosa, donde la oscuridad nos sorprende de modo repentino. Es ya noche cerrada cuando con nuestros agotados animales llegamos, por fin, a la tumultuosa corriente del Guatiquía, que hemos de cruzar para llegar hasta Villavicencio. Constituye una arriesgada audacia lanzarse al caudaloso río, donde ni vado ni fondo pueden ya descubrirse y teniendo que fiarse ciegamente el jinete al instinto de su fatigada cabalgadura. Pero pasamos el río y, aliviados, entramos en Villavicencio, remansado en su nocturna calma...
Ultimamente se advierten esfuerzos para hacer accesibles los Llanos por medio deferrocarríly carretera. En tanto que la vía férrea, Tranvía de Oriente, busca sólo la penetración en la montaña siguiendo el límite de la altiplanicie, la carretera para automóviles pasa ya de Chipa que y llega hasta Cáqueza. Pero las verdaderas y grandes dificuitades de ambas vías de comunicación empezarán a surgir en los estrechos pasos y abismos de más abajo de Cáqueza. Parece que habrán de transcurrir todavía muchos años hasta que la romántica cabalgada de los Llanos pertenezca definitivamente a la Historia.
Los Llanos siguen siendo una región del futuro. Para la colonización y el cultivo organizado no ha llegado aún el momento, pues a los colonos les fa ltaría la posibilidad de vender sus productos agrícolas con la conveniente ventaja. El camino hacia los grandes mercados lo abrirá un día la navegación por el Orinoco y sus afluentes, entonces habrá deproducirse también, por sí misma y sin forzamiento, una colonización más densa de los Llanos, donde, gracias a la gran cantidad de agua, existen insospechadas posibilidades de cultivo. No es, por elio, mera casualidad que Colombia, poco después de su entrada en la Sociedad de las Naciones, haya defendido en primer lugar la libre navegación en las grandes vías internacionales (en este caso el Orinoco con sus afluentes Arauca y Meta). En la garantía de la libre salida al mar desde todas las regiones del interior del continente está la clave del futuro desarrollo de esos territorios de Colombia.

