REVOLUCIÓN

 



Había llegado el mes de diciembre del año 1884. Y con él, los viajes de vacaciones. Aquel año quería yo partir para los Estados del Cauca y Antioquia con el fin de pasar allí algunas semanas. En particular al Valle del Cauca me lo habían ponderado como extraordinariamente fértil y rico y como algo digno de verse. ¡Ojalá no hubiera emprendido aquel viaje! Pero en Bogotá todo el mundo creía que la crisis política suscitada durante el otoño en el Estado de Santander era ya cosa resuelta y que los radicales, poco preparados y mal armados, no iban a cometer la insensatez de lanzarse contra el fuerte poder central y contra un presidente como Rafael Núñez. Mas en los movimientos cuyo destino es estallar de pronto con una fuerza elemental, todo cálculo humano resulta falto de sentido; en tales casos no son ya los hombres los que definen los acontecimientos.

A mediados de diciembre me encontraba en La Mesa en casa de mis compañeros de viaje. El grupo expedicionario lo componían: el joven estudiante de medicina Abadía, que ya me había acompañado por los Llanos; otro estudiante.de igual facultad, Tomás Uribe; un caucano, Inocencio Cucalón, que era poeta y político, y, por último, mi amigo Eugéne Hambursin, un muchacho belga que enseñaba en la Escuela de Agronomía de Bogotá. Eugene era, en el fondo, persona de carácter noble y muy bondadoso, pero, buen radical en su país, reaccionaba como furioso “comecuras” y, a menudo, desconsiderado crítico de los asuntos internos de Colombia.

Nuestro camino discurrió en primer lugar valle abajo, a la derecha de La Mesa, atravesando los más hermosos prados y palmares. Formábamos un grupo muy divertido. Los estudiantes y Cucalón convinieron en jugar a la guerra, y como todos iban armados, se dirigían a los indios que caminaban por la poco transitada comarca diciéndoles que avanzaban con el plan de insurreccionar el Estado del Cauca. Ponían unas caras feroces, ocupaban de cuando en cuando alguna cabaña, se llamaban entre sí con pomposos títulos de general y coronel y metían miedo a la pobre gente, divertiéndose de modo maravilloso.

Aquel mismo día pasamos al Alto del Copó, una eminencia rocosa en la última estribación de la cordillera, desde donde se nos ofreció un admirable panorama de la Cordillera Central, que en frente se extendía, sobre el valle de Magdalena, cuyo paisaje recordaba el de los Llanos. Ya al oscurecer descendimos hasta el pueblecillo de Casas Viejas, donde hubimos de repartirnos en diferentes alojamientos para pernoctar. ¡Cuál no seria nuestro asombro al saber que se nos había ya denunciado como revolucionarios y que trataban de reducimos y tomarnos presos durante la noche! Por fortuna, pronto se vio que todo aquello procedía de una broma, broma de la que yo, por cierto, me había abstenido decididamente cuando vilas trazas que tomaba de convenirse en cosa seria. Más tarde nos enteramos de que ya se había telegrafiado al Cauca avisando que llegaban de Bogotá seis oficiales con el propósito de levantar en armas a aquel Estado. A esto había conducido el imprudente juego de mis compañeros de viaje.

Al día siguiente continuamos bajando, a través de una comarca bastante triste, por el ancho y pedregoso lecho del río Seco hasta llegar a la aldea de Guataquí, a orillas del Magdalena, donde siglos atrás se habían embarcado los caudillos de España, Quesada, Belalcázar y Federmann. La aldea, azotada por las fiebres y de clima sumamente cálido, ofrece una amarga estampa de desolación. La única ocupación de sus habitantes consiste en transportar al otro lado del río a los escasos viajeros que por allí pasan. Allende el Magdalena, junto a los ranchos de Guataquicito, descansamos un poco a la sombra de unos sombríos árboles y entre tanto dejamos tomar algún aliento a nuestras caballerías. Eugéne, que presumía de buen conocedor de ganado, hacia mofa de mi mula, “la Mirla”, un animal pequeño y debilucho. A causa del esfuerzo del paso del río, tenía un aspecto en verdad lamentable, parecía flaquísima y poco menos que inservible como cabalgadura, cosa en la que el crítico, sin embargo, se equivocaba de medio a medio. Después de atravesar a la tarde, en dirección de Ibagué, la llanura que forma el abierto valle, siendo las cuatro llegamos al pueblecillo de Piedras, cuyas viviendas parecían más limpias y cuidadas que las de otros lugares y cuyos habitantes nos gustaron también. Como el nombre del pueblo indica, este se halla rodeado de piedras, que son cascote lanzado, sin duda, hasta allí por alguna erupción del volcán Tolima, ahora ya apagado. El año de 1595, otro volcán, el Herveo, cubrió de una masa de fango toda la llanura que va a lo largo de la cordillera. En dicha masa han excavado fácilmente los ríos los profundos cauces que hoy presentan.

La noche la pasamos en un mísero rancho en medio de los pastos y acostados sobre mesas o en el suelo. A la mañana siguiente seguimos por la llanura, bajo un calor terrible, sin encontrar más que algunas pocas ventas ylos ranchos de Cuatro Esquinas. Los animales, que durante la noche habían carecido de buen pienso, se sostenían ahora malamente. En cuanto a los viajeros, anotemos que nos vimos precisados a ayunar durante dieciocho horas. Hambursin y otro compañero

tuvieron que desmontarse y marchar a pie por aquel abrasador terreno arenoso y tan mortificados por la sed, que tumbados boca abajo, llegaron a beber agua de un charco cenagoso. Entre tanto yo cabalgaba tranquilamente a lomos de mi despreciada “Mirla” y adelantándome entré a Ibagué en las primeras horas de las tarde. Envié dos caballos al encuentro de mis compañeros de correría, que llegaron por fin a eso del anochecer. Los estudiantes que se encontraban allí pasando las vacaciones, habiendo tenido noticia del viaje, salieron a caballo a nuestro encuentro, en número de unos veinte, hasta una venta situada como a dos leguas de la pequeña ciudad. En la venta habían dado buena cuenta de todas las provisiones allí existentes, de modo que no encontramos ni un solo huevo para el desayuno. Esta vez tuvo lugar el baile en nuestro honor, organizado por los estudiantes y que se celebró en una de las casas principales de la localidad. Allí tuvimos ocasión de admirar a las bellezas de Ibagué, muchachas de fina esbeltez y ataviadas con el mejor gusto. La ciudad no desmintió tam­poco esta vez su gran atractivo. ¡Se vive tan gratamente allí!... La vida transcurre en medio de una paz idílica. Las gentes son tolerantes y amables, casi incapaces de malas pasiones.

A pesar de los consejos que nos dieron y a pesar también de la situación política —que se había vuelto amenazadora—, a los tres días nos despedimos de Ibagué para proseguir nuestro viaje. La estación estaba lluviosa e intempestiva y se nos anunció que los caminos se encontraban en horrible estado por el paso del Quindío, el que por la Cordillera Central conduce hacia el Cauca. Semejantes profecías habían de cumplirse con creces, pues gastamos cinco días y medio en cubrir una distancia de aproximadamente veinte leguas en línea recta. Pero ya habíamos hecho nuestros preparativos: el equipaje se hallaba dispuesto en petacas, especie de cofres de piel y de forma cuadrada, cuyas dos mitades encajan entre sí; y habíamos alquilado un buey que, conducido por su correspondiente peón, serviría para el transporte de los víveres, consistentes estos en arroz, patatas, tasajo, o sea came seca y cortada en largas tiras —que se cuece, o bien se tritura entre dos piedras para comerla sin otra preparación—, además, huevos, grasa y cacao. El 23 de diciembre se puso en marcha la caravana, acompañada de numerosos estudiantes de Ibagué, los cuales nos dieron escolta un hora de camino. Sólo después de mu­chas despedidas y abrazos y luego de brindar con las talladas cáscaras de coco llenas del inevitable brandy, nos separamos a la vista de la ciudad iluminada por el sol del crepúsculo y ya muy profunda allí abajo entre el verdor del valle. Todavía está viva en mí la escena de cuando alegremente ascendimos por el monte y desde una eminencia contemplamos una vez más el valle de Magdalena y la azul Cordillera Oriental, que ya por mucho tiempo no volveríamos a ver...

Hacia las seis hicimos alto en El Moral, colonia de una familia antioqueña que hospitalariamente nos preparó una sopa y nos hizo en su casita sitio donde dormir, aunque sólo en el suelo fue posible ofrecérnoslo. Hacía ya fresco, pues nos encontrábamos a 2.052 metros sobre el nivel del mar.

Y esta es la ocasión de describir con algún detalle las granjas de los antioqueños. El Estado de Antioquia posee la raza más vigorosa, resistente y bella de Colombia, la cual, sagún leyes sociológicas, es también la que por ser la más fuerte de todas, corporal, intelectual y moralmente, podría ejercer una especie de predominio sobre los demás grupos étnicos del país. Los antioqueños son casi enteramente blancos o blancos por completo, en particular las mujeres, sólo el trabajo al aire libre les ha bronceado la piel. A este Estado vinieron muchos españoles a causa de la gran riqueza de minas de oro. Parece que inmigraron además doscientas familias judías que, pese a haberse convertido al catolicismo, fueron expulsadas de España, lo cual, sin embargo, no ha podido ser probado históricamente. Españoles y criollos se mezclaron, pues, con los indios, que en esta región se habían distinguido por su gran valentía y dieron lugar a un tipo diferenciado, en el cual se acusan con más o menos fuerza cada uno de los elementos integrantes.

El antioqueño es musculoso, esbelto y de talla aventajada; sus facciones son regulares y en general hermosas, particularmente los ojos y la recta nariz. Le caracteriza su aversión a la pobreza y su marcada afición al lucro y la adquisición de bienes. Por tal razón no es belicoso y se inclina a la neutralidad en los conflictos políticos. Mas no es cobarde, como le atribuyen, por el contrario, sabe batirse bien. Toda vez que entiende lo útil que el saber resulta para progresar y tener éxito, acude de buena gana a la escuela. Y, como es inteligente, es también, por lo común, más instruido que la mayor parte de los habitantes de los otros Estados. En la Universidad Nacional, los mejores talentos eran en su mayoría gentes de esa raza. El antioqueño es muy trabajador y nada exigente ni pretencioso. Aunque católico ferviente, tiene —dice Emiro Kastos, antioqueño él mismo— la energía y el amor al trabajo propio de los pueblos protestantes. Sus profesiones principales son la minería y las faenas del campo. En cuanto a este último trabajo, el antioqueño es el perfecto granjero que no omite esfuerzo alguno en la tala de selva virgen y que gusta, incluso, de esa tarea, pues ella le brinda la posibilidad de una nueva planta­ción. Y sigue incesantemente en busca de nuevas tierras. Es el “yankee” de este país. Casi siempre se desplaza de un lado a otro; se ven familias enteras que, a pie, tratan de dar con un lugar propicio donde establecerse. Al antioqueño se le encuentra en todos los Estados de la República y también muy a menudo en el extranjero. Canta y toca la guitarra, tiene en alta estima a sus poetas, cuyas más bellas canciones suele saber de memoria. Como minero y en general, como hombre codicioso de ganancias, siente pasión por el juego. También, con ocasión de algún festejo o solemnidad, rinde culto al licor y en estado de obcecación cae en el delito. No son raras las contiendas a golpes ni las riñas con afiladas navajas barberas, en las que se trata de marcar la cara al adversario.

El antioqueño en un verdadero positivista; “Ubi bene, ibi patria” es su divisa. Pero siempre sigue siendo antioqueño y en lo posible conserva el estilo patriarcal. Su vida familiar es ejemplo de perfección y las mujeres son muy virtuosas; viven retiradas como monjas y trabajan incesantemente. En el campo las muchachas van descalzas, por lo cual sus pies son algo grandes; por lo demás, todo su cuerpo presenta, en general, una bella armonía de proporciones. La familia antioqueña tiene muchos hijos, casi siempre unos doce, pero hay casos en que la prole asciende a treinta y aún más, de tal manera que a veces es difícil distinguir entre sí la madre y la hija mayor. En las sierras del Paso del Quindío viven más de seis mil antioqueños. Después de haber talado el bosque y luego de plantar maíz o sembrar trébol, levantan pequeñas casetas de bambú, que cubren con placas de madera de cedro o nogal. Crían vacas y de manera especial cerdos; hacen queso y melaza y llevan sus productos a los mercados de. los lugaies vecinos pertenecientes a otros Estados, que no podrían pasar sin ellos. En las casitas a que nos hemos referido, todo se halla muy limpio, pero su característica es también la suma sencillez.

Nuestra segunda jornada amaneció lluviosa y turbia. No habíamos avanzado todavía mucho cuando en una depresión del terreno nos hallamos con tan mal camino que el cabalgar resultaba cosa verdaderamente arriesgada. Profundos surcos (barreales) cruzaban el camino unos junto a otros con desesperante regularidad; las elevaciones intermedias formaban una especie de almohadas paralelas. El animal lograba salir de una zanja, subía un escalón y se chapuzaba en un charco. Yo me apeé y preferí llevar a mi mula “Mirla” por delante. Hice bien, porque poco rato después la mula que montaba mi colega Eugéne se hundió en un pozo de barro de tal profundidad que sólo asomaba la cabeza de la pobre bestia. El jinete pudo saltar sobre dos ribazos laterales. Nos costó mucho tiempo, en aquel terreno tan empinado, sacar del atasco al animal y al terminar la operación parecíamos auténticos poceros. Así se apeó, pues, mi colega y luego un tercero; seguimos caminando, pero ¡qué desfile...! Los pantalones nos los arremangamos por encima de la rodilla y nos calzamos una especie de sandalias con las que el pie desnudo pisaba más ligeramente. Como la lluvia caía de modo torrencial, nos pusimos nuestros grandes abrigos de viaje, cuyos bordes llegaban casi al suelo. Ahora podíamos considerar si tuvo razón Emiro Kastos al escribir: “El Quindío como camino, como carretera nacional, es algo que no tiene nombre”. Por lo demás, nos consolamos con el famoso ejemplo de A. von Humboldt, que en el año 1801 anduvo a pie por estas tierras haciéndose llevar a espaldas de indios en algunos trechos de la ruta. En el año 1827, Boussingault pasó también por aquí. Las observaciones de estos dos sabios son todavía fundamentales.

Alegres y risueños, pese a todos los infortunios, avanzábamos chapoteando en el fango, fumando y charlando. Uno contó la historia de aquel viajero que pasando a caballo junto a un charco, vio flotar en este un sombrero. Ordenó a su criado que lo recogiese y cuando el servidor fue a tomarlo del agua, detrás del sombrero salió además una cabeza. Este pertenecía a otro viajero que allí se hallaba hundido. Luego de expresar su reconocimiento por la amable atención que le habían dispensado, dijo: —“Ayúdenme, por favor, a sacar también a mi mula, que está aquí abajo”. Y, en efecto, sacaron también a la mula.

¡Qué fácil sería, sobre suelo tan firme, hacer aquí un buen camino! Bastaría con cortar, desde una distancia de algunos pasos de la actual vía de tránsito, la frondosidad que impide el paso del sol y la ruta resultaría practicable. Esto es lo que, con éxito han hecho a unas leguas de Ibagué, pero la tropa que allí se empleó fue pronto retirada. Se le había encontrado una aplicación “más útil”. La vegetación penetra tanto en el camino, que sólo el buey, con su andar poderoso y constante, puede avanzar por debajo, acreditándose de nuevo como magnífica bestia de carga. Pero ¡ay del que ose acercarse demasiado a la linde del camino! Eugéne, al tercer día de viaje, fue atrapado por una liana que se le enroscó al cuello y del tal modo que no podía seguir adelante. Por fortuna, consiguió detener a su mula, hasta que el peón, sirviéndose del machete, le líbró de la ahogadora planta.

Por Mediación y por las quebradas de Buenavista y Aguacaliente, atravesamos un abrupto y hueco desfiladero de rocas hasta llegar a Machín y al valle del río San Juan, uno de los afluentes del Coello. No vimos nada de las fuentes sulfurosas y termales, que tienen su origen en el macizo del Tolima y poco o nada de las palmas productoras de cera (Ceroxilon), substancia que se aprovecha en la fabricación de cerillas. La lluvia nos impedía contemplar la Naturaleza. Sólo un interesante encuentro tuvimos: el del correo. Algunas mulas, con pesadas cargas sobre sus lomos, avanzaban en dirección contraria a la nuestra y sólo como una media hora más tarde apareció la escolta de los arrieros, algunos de los cuales traían trabucos y carabinas de las que se disparan con yesca; tan grande es la seguridad por estos caminos. Podrían transportarse miles de dólares sin que se produjera asalto ni robo alguno. A mi pregunta de si aquellas armas irían cargadas, me contestaron los hombres del correo: —“No, ¿y para qué?”. Más de un país europeo podría envidiar aquel paso en punto a seguridad y confianza.

En Machín pensábamos pasar la Nochebuena. Ante nuestra insistencia, el patrón se decidió a organizar allí un “baile”. Hizo avisar, pues, a algunos de los músicos de los contornos para que vinieran con una guitarra, un tiple y una especie de pandero, comunicando también a los granjeros vecinos, que vivían muy diseminados por la comarca, la buena noticia de la fiesta. Después de tomar una modesta cena, a eso de las nueve, iniciose la danza en un angosto cuartito. Cuatro muchachas se hallaban acurrucadas en el suelo. Los músicos estaban arrogantemente sentados sobre unos cajones. A la luz de algunas bujías de sebo se empezó a bailar un bambuco. Sólo danzaba una pareja, pero lo hacía con toda el alma. No bailaban agarrados, sino girando en forma parecida a la de una contradanza, acercándose, retirándose, unas veces con pasión, otras con graciosos dengues. La mujer tiene una mano apoyada en la cintura y sus pasos describen la figura de un ocho sin dar la espalda al hombre en ningún momento. Su elegante cuerpo se delinea marcadamente dentro del sencillo vestido. Alternativamente se cantaban cancioncillas populares y al propio tiempo se hacían frecuentes honores al anisado. Yo hube de bailar una vez con la mujer del patrón, según las reglas de la hospitalidad. Hacia las diez de la noche me retiré de la fiesta y dormí magníficamente. Mis compañeros, que se habían retirado antes, no pudieron dormir y ya después de la medianoche, decidieron seguir bailando. Al amanecer, según costumbre, la fiesta acabó con una buena paliza que algunos de los asistentes se propinaron en el patio. Hasta que el frío de la mañana fue devolviendo a los borrachos el buen sentido.

El día de Navidad fue, si cabe, más lluvioso que el anterior. Cruzamos el río San Juan, que iba bastante crecido y pasamos por Toche (2.010 metros de altitud) y por Las Cruces, y luego, siempre por terreno pedregoso y difícil, subimos hasta Gallegos (2.659 metros), a donde llegamos a las tres de la tarde. Habíamos caminado casi nueve horas a píe y sólo habíamos cubierto una distancia de unas cuatro leguas. En Gallegos tuvimos que preparamos la comida nosotros mismos y secarnos de la mojadura. La consabida sopa de arroz con algo de patata, el trozo de carne seca y luego cocida y unos huevos fritos constituyeron el ya invariable menú. Lo mejor era siempre la taza de chocolate, que, por medio del llamado molinillo, una yanilla de madera tallada que se gira entre ambas manos, forma sobre el líquido una capa de espuma grisácea. Pero esta bebida solía estar tan azucarada y diluida con panela, que muchas veces disentíamos si se trataba de agua de azúcar o de cacao. Exquisito sabía a continuación un trago de agua fresca de algún manantial. Como extraordinario, nos permitíamos tomar alguna vez un sabroso bocadillo, o sea compota dura de frutas cortada en trocitos cuadrangulares.

El día siguiente avanzamos entre magníficos, aunque ya no muy tupidos palmares, pasamos por Las Cejas y llegamos a lo más alto del paso del Quindío, el llamado Boquen, a 3.485 metros sobre el nivel del mar, a cuyo flanco izquierdo se levanta la misma cumbre nevada del Quindío (5.150 metros). Soberbia, casi tanto como el panorama de los Llanos, se abre aquí la perspectiva del Valle del Cauca. Aparece como una extensión inmensa cubierta de negros y sombríos bosques, donde sólo algunos pocos ríos han excavado sus lechos. En la lejanía, formando la rampa del valle, álzase la Cordillera Occidental, uniforme y de un color negro azulenco. Este agreste cuadro podría calificarse ciertamente de adusto y grave, a no tenderse sobre él aquel cielo único, que parece superar en mucho al de Italia por su rutilante azul y su limpia claridad.

En rápida subida, por un resbaladizo suelo de arcilla roja, llegamos a la pequeña ciudad de Salento. La superior categoría de la población se hacía ya notar por la existencia del telégrafo y de farmacia. Bajamos luego hacia el no Boquia, en cuya proximidad encontramos buen asilo nocturno en casa de un antioqueño. De este encantador y verde valle debimos salir a la mañana siguiente por el Alto del Roble (2.080 metros). Durante varias horas habían luchado hasta allí con el terrible camino nuestras pobres cabalgaduras, sucias ya hasta los ollares. Era un terreno de bosque, arcilloso e inundado. Por el medio día llegamos a Filandia, una aldea recién fundada y en la que sólo antioqueños se habían establecido. Era día de mercado y de misa. La plaza se veía enteramente llena de gente de la nueva colonia, que charlaban sin tregua, interrumpiéndose tan sólo para arrodillarse en el momento de alzar. La música eclesiástica era horrible. Un quejumbroso clarinete y una trompeta suspiraban de continuo los mismos compases.

Sopa de maíz, pan de maíz (arepas) y hasta un trozo de pan, amén de los fríjoles y la carne de cerdo, platos habituales de la gente de Antioquia, nos compensaron debidamente de las pasadas fatigas. Y a la tade seguimos el viaje, ahora ya sobre terreno seco, a través de unos bosques magníficos de enormes bambúes y ante los limpios y graciosos ranchitos de los antioqueños. En todas partes obteníamos, por poco precio, leche o pan de maíz.

El Quindío propiamente dicho quedaba a nuestra espalda. El Pasb es tan sano, tan puro el aire, que raramente acontece que enferme algún viajero; muchos llegan a afirmar haberse curado allí de dolencias y malestares, lo que en todo caso es atribuible al mayor ejercicio.

El 28 de diciembre llegamos por fin, después de tres horas de cabalgada, al río La Vieja, que tiene allí 100 metros de anchura. Lo alcanzamos en el lugar llamado “Piedra de Moler” (994 metros de altitud). En la orilla opuesta se veía una casita para el barquero. Del Valle del Cauca propiamente dicho nos separaba todavía una cadena montañosa de bastante elevación. Justamente de aquellas alturas vimos bajar un grupo de unos veinte jinetes y amazonas que ya de lejos nos hacían señales de saludo. Eran los amigos y parientes de Abadía que salían a nuestro encuentro con el propósito de ofrecernos digno recibimiento y acogida. A nosotros, sucios y mal vestidos expedicionarios, con las claras señales de casi seis días de azarosa marcha, la comitiva que se acercaba nos pareció un conejo de hadas y de príncipes salidos de las “Mil y una noches”. Cuando llegamos a la otra ribera nos impresionó hallamos en tan espléndido ambiente, rodeados de tanta civilización y casi no tuvimos palabras para corresponder a la cordial salutación que se nos dispensaba. Sentados sobre la yerba tomamos el desayuno traído por nuestros amigos, que tuvo su buen acompañamiento de vino y hasta algo de champaña. Luego se nos invitó a montar aquellos fogosos y rápidos corceles del Cauca, tan elegantes en el paso de andadura; en seguida, casi sin saber cómo, nos encontramos en Li altura de Santa Bárbara, célebre por una victoriosa batalla librada allí por el general liberal Santos Gutiérrez contra los conservadores el año de 1861. Desde aquella cresta se tiene una bellísima vista de la pequeña ciudad de Cartago (989 metros de altitud), situada en medio de prados verdes como la esmeralda entre plátanos y palmeras y reclinada junto al ondulante río La Vieja, que aquí se ha liberado totalmente de la cordillera y corre a reurúrse al Cauca, del que todavía le separa una legua.

Cartago, fundada en 1540 a orillas de otro río, hasta fines del siglo XIX no se estableció en el lugar que hoy ocupa. Esta pequeña ciudad no tiene nada extraordinario. Sus calles están trazadas a cordel y empedradas de guijarro puntiagudo, impresión esta última que conservo vivamente en el recuerdo, pues a consecuencia de las niguas tenía los pies muy sensibles. La plaza mayor es amplia y cuadrada; sus dos iglesias, insignificantes. En un viejo convento, San Francisco, se hallaba establecido un colegio para muchachos. El clima es ya bastante cálido —con una temperatura media de 24°C—, pero el lenitivo lo ofrece el baño en el río La Vieja. De este caudal se saca también el agua para la ciudad y ello no se hace con tinas o cubos, sino con largas cañas de bambú a las que se han cortado dos o tres segmentos.

En Cartago la familia Abadía nos acogió con hospitalidad verdaderamente árabe, o sea en la forma que es proverbial en el Cauca. Particular gusto encontrábamos en los cigarros puros que con finos dedos liaban especialmente para nosotros las hijas de la casa. Era un excelente tabaco, que se cría allí cerca. Durante la operación que he dicho charlábamos con las muchachas. Ellas nos entregaban con una graciosa sonrisa el cigarro recién fabricado.

Ingrato había de ser el despertar de aquellas horas idílicas. El día de Año Viejo por la tarde desfiló por las calles algo que llamaban “música" y un hombre leía con sonora voz un pregón en el que declaraba el estado de guerra en el municipio del Quindío, cuya cabeza era Cartago. Parece que del Norte de la República y de Bogotá habían llegado noticias inquietantes y que el presidente Núñez había implantado en todo el país el estado de excepción. No podíamos creer en una verdadera revolución y decidimos proseguir nuestro viaje valle arriba hasta Cali y luego, si era posible, a Popayán, para bajar luego hasta el Océano Pacífico, a Buenaventura. Solicitamos pasaportes y el joven Abadía, Eugéne y yo partimos alegremente el 3 de enero de 1885 por una región de colinas frondosas y tupidos bosques de bambú.

El Valle del Cauca está enmarcado por las cordilleras Occidental y Central. El Cauca, principal afluente del Magdalena, con un curso de doscientas setenta leguas de longitud, algo más arriba no pasa de ser un torrente de montaña; pero de Cali a Cartago, en un trecho de unas veinte leguas, el valle se abre hasta alcanzar una anchura de ocho leguas aproximadamente. En este trayecto el río es navegable para pequeños vapores, que se transportan desarmados desde el Océano Pacífico. Pero luego las cordilleras van comprimiendo más y más el río y éste, al llegar al Estado de Antioquia, se ve obligado a descender desde un nivel de unos 1.000 metros hasta las bajas sabanas de la región litoral, de modo que su corriente sé vuelve impetuosísima, forma saltos y hace con ello imposible la navegación. El Valle del Cauca no es por igual fértil en todas sus partes. Algunas regiones, a causa de la deforestación y también por su estructura geológica, son secas y arenosas; otras se inundan y forman lagunas de hasta dos metros de profundidad, lo que las hace enteramente insalubres por razón de las fiebres. Pero otras regiones, en particular las que distan de media a una legua del río, ya algo hacia la altura y que tienen una gruesa capa de humus, proporcionan al hombre todo cuanto puede crecer en la Zona Tórrida, ello en gran abundancia. Allí se encuentran la mayor parte de las colonias, en tanto que las tierras de las salientes montañas están casi sin cultivar. Existe, pues, un gran parecido entre el Valle del Cauca y los Llanos. Aquí, como allí, se queman las resecas sabanas, se cría mucho

ganado y se practica con provecho la pesquería. Se halla igual clase de ranchos y granjas o hatos, rodeados de frutales y de grandes guaduas que mecen sus largas hojas en el viento. Se ven también las mismas casas de campo en medio de álamos y de yerba que alcanza la altura de nuestros cereales europeos y es tan espesa y uniforme que parece hubieran recortado por arriba. Un cielo hermosísimo se tiende sobre este valle de bendición. A la llegada de los conquistadores, vivía aquí un millón de aborígenes; la actual población apenas llega a la mitad, pues la viruela y el sarampión y de otro lado las incesantes guerras civiles, han costado muchas vidas. La población se halla mezcladísima, pues aquí habitan las tres razas; pero hay regiones donde los negros son mayoría, mientras que los indios propiamente dichos se han retirado ya hace mucho tiempo de las partes muy densamente pobladas del valle principal, de manera que son mucho más frecuentes las dis­tintas matizaciones de procedencia blanca y negra.

En general, el caucano es inteligente y no le faltan dotes creadoras. En circunstancias normales es pacífico y tolerante, además de comedido y bondadoso, pero cae con facilidad en un apasionamiento que no se iguala en ninguna otra región de la República. En cuanto a su religión y sus convicciones políticas es del más ardiente fervor y lo sacrifica todo, familia, vida, hacienda, para lograr la victoria. Por ello, en toda acción de resistencia interviene el caucano de forma cruel y destructiva, sin detenerse ante nada. Aquí está el foco de las revoluciones; aquí, de ordinario, su último reducto. El Cauca da el principal contingente de luchadores en todos los choques sangrientos y los más de los combates se libran con tenacidad y heroísmo dignos de mejor causa. Casi todas las gentes son aquí del temple de su paisano J. H. López, quien, tomado preso por los españoles y llevado al caldaso, lió un cigarrillo con toda tranquilidad ante su sentencia de muerte. (En el último mo­mento se salvó y llegó a ser con el tiempo un famoso presidente liberal). Si a las luchas políticas se agrega aún la lucha de razas en la que los negros, liberados sólo desde hace cuatro décadas, desahogan su odio contra el blanco, resulta que el Cauca es el escenario de la más fiera crueldad; y lo será de la desolación:

Cabe, pues, resumir así el juicio sobre esta región: el Cauca es una tierra donde fluyen la leche y la miel; mayor todavía sería su bendición si los negros trabajaran más, si las gentes todas se entregaran menos al dolcefar nientey cultivaran sus campos con más esmero, si la Naturaleza no fuera tan generosa con el hombre facilitándole casi por sí misma todo lo necesario, si hubiera, en fin, vías de comunicación por medio de las cuales se pudieran intercambiar más rápidamente los productos y llevarlos a otros países. El Cauca sería entonces un paraíso y acaso no dejarían de tener razón los sociólogos que han calculado en veinte millones (André dice cincuenta millones) la futura población de este valle. Pero en la guerra, en la revolución este paraíso se convierte en infierno, en palestra de todas las pasiones y asiento de toda barbarie. Las gentes amables y bondadosas se vuelven tigres. Su furia es tan grande, que llega al ridículo. En una alocución a los liberales tronaba un orador de este modo: era necesario dar tan duro a los conservadores, que de sus dientes se pudiera hacer una columna conmemorativa. Casi por todas partes se encuentran huellas de ruda devastación y las heridas de las guerras civiles no han cicatrizado todavía. De esto nos damos cuenta ya la noche de nuestra primera escala, alojados por el señor Rentería, un conservador cuya magnífica hacienda fue incendiada el año 1877. Le mataron el ganado, sin utilizar para nada la carne y le arrasaron de tal modo los pastos, que al cabo de ocho años no había conseguido alcanzar el nivel anterior de sus bienes y desarrollo. ¿No se malogra de esa manera todo espíritu emprendedor? No es por libre convicción por lo que la mayoría militan en éste o en el otro partido, sino porque en uno de ellos tienen que vengar algún hecho de atrocidad. A éste le han matado el padre, al de más allá se le llevaron un hermano, a un tercero le ultrajaron madre y hermanas; en la próxima revolución han de vengar las afrentas. Así ocurre que entre los conservadores encontramos gente librepensadora y entre los liberales, católicos fanáticos. Cada cual se rige por la ley de la venganza de sangre.

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