Ahora, la mal armada “División” cuyo efectivo sería como de setecientos hombres, juzgábase ya lo bastante fuerte como para lanzar una ofensiva contra los radicales del Estado de Antioquia. Con gran sigilo cruzaron el río La Vieja el día 25 de enero. Mi colega Eugéne Hambursin, desoyendo todos los consejos en contra, quería regresar a Bogotá. Por más que le quisimos hacer ver que la Escuela de Agronomía no podía es­tar abierta en tiempo de revolución, nada fue capaz de disuadirle. Yo, por no dejarle marchar solo terminé por agregarme, a regañadientes, llevando también a mi “Mirla”, ya descansada y lustrosa. El 26 de enero llegamos al pueblo de Pereira que dista de Cartago como cuatro horas a caballo y que en 1863 fuera fundado por colonos antioqueños en medio de extensos bosques de bambú. Allí se encontraba en avanzadilla la División de Caucanos y no pudimos seguir el camino, pues esperaban al enemigo de un momento a otro. Durante la noche resultó robado del prado donde pastaba, o bien requisado por las tropas, el bonito caballo caucano comprado por Eugéne para el viaje de regreso. Todas las pesquisas que hicimos a la mañana siguiente fueron totalmente inútiles. Entonces acordamos que yo regresara en mi mula a Cartago para notificar de la pérdida al vendedor del caballo y encargarle de su búsqueda. A las dos y media de la tarde, hallándome ya a lomos de la “Mirla” y cuando iba a pedir mi salvoconducto, las cornetas comenzaron de pronto a tocar generala. Por los cerros del Alto del Oso, que rodean a Pereira, se veían bajar apretadas masas de infantería y a la entrada del pueblo zumbaban ya de recio los disparos. Presencie los preparativos para la lucha y cuando las balas empezaban ya a caer en la plaza puse espuelas a mi mula y me dirigí a Cartago.

No sabía nada de cómo habría terminado el combate de Pereira. Hacia las ocho de la noche estaba yo relatando al padre de Abadía los sucesos de que fui testigo, cuando de pronto lo llamaron aparte. Volvió muy conturbado y me dijo:

“Doctor, tengo que huir. Le entrego mi casa para que cuide de ella. ¿No podría prestarme su mula para salir de aquí? De lo contrario voy a caer en manos del enemigo”. El señor Abadía, si bien hombre todavía vigoroso, debía estar ya bastante por encima de los sesenta años. Me había hecho objeto de la máxima hospitalidad y por lo tanto no vacilé. Fui a buscar mi mula del pasto y el fugitivo desapareció poco después en la oscuridad de la noche. Lo mismo que Eugéne, me quedé, pues, convertido en peatón.

Toda la noche duró la alarma. Se escuchaba la huida de las tropas del Gobierno, que a paso ligero cruzaban la ciudad sin tratar siquiera de defenderla, a pesar de que hubiera sido posible mantener la posición en la línea del río. No pegamos un ojo. Después de las diez de la mañana la ciudad parecía muerta. No quedaba ya ni un solo combatiente. Se recogieron únicamente algunos heridos, a los que el joven Abadía prestó los primeros auxilios ayudado por mí. Un coronel de caballería que llegó con la tibia deshecha, demostró especial firmeza y estoicismo y no dejó de divertirnos su excelente humor.

Un día angustioso, en el curso del cual se esperaban saqueos. Y una larga noche, durante la cual no nos desvestimos. Al tercer día, siendo las nueve de la mañana, entraron por fin en la ciudad las tropas invasoras. Eran algunos batallones de soldados bien uniformados y en buen orden, a los que había equipado el gobierno radical de Antioquia, abundantemente provisto de los medios necesarios. Esa fuerza había sido enviada contra eltauca, leal al Gobierno Nacional, cori el objeto de dar tiempo de agruparse a los radicales dispersos de aquella región, si bien éstos no supieron hacer mejor cosa que proclamar tres distintos presidentes provisionales.

En virtud de las circunstancias yo había pasado a ser el custodia de la casa de don Félix Abadía, ilustre personalidad entre los “independientes” de Cartago y adicto al partido de Gobierno. En aquella casa, que era rica y principal, se refugiaron además varias señoras, de modo que, contando con el servicio, negras en su mayor parte, se habían juntado bajo mi protección unas veinte mujeres. Hacia las diez llegó la noticia de que debíamos desalojar inmediatamente la casa, pues las tropas la necesitaban para instalarse en ella. Nos quedamos de piedra. En seguida me dirigí al recién nombrado alcalde, lo mejor del cual consistía en apellidarse Bueno, pues, por desgracia, con cada súbita conmoción de esta especie, son los elementos más violentos los que van a ocupar puestos elevados. Le dije que no podía ser que su decisión definitiva consistiera en arrojar de casa a tantas mujeres y ello en el espacio de una hora; él disponía, sin duda, de suficientes locales públicos para alojar a los militares. Me puso de vuelta y media y comenzó a lanzar denuestos contra el viejo Abadía, su adversario político. No sirvieron de nada mis ruegos a la mejor gente del partido liberal, pues se hallaban muy ocupados o tenían miedo del alcalde, que ejercía sus funciones como un poseso, no les fueran a acusar de excesiva benevolencia con los “godos”. En fin, parecía no descubrirse salida alguna, cuando de repente se nos ocurrió ofrecer al energúmeno otra casa del mismo propietario, lo que finalmente aceptó. De este modo quedó felizmente conjurado el peligro de ser arrojados de la residencia. Pero como corrieron rumores de que el señor Abadía tenía tesoros escondidos, se nos hizo un registro, el cual, por lo demás, se produjo muy ordenadamente, pues yo acompañé todo el tiempo al funcionario que lo practicó. Sólo se llevo algunas sillas de montar.

Los días siguientes los pasé como un verdadero esclavo. En cuanto se me ocurría poner el pie fuera de la casa, corría hacia mi todo un tropel de mujeres y con lágrimas me conminaban a que no las abandonase. ¿Qué iba a hacer? Ante tales lágrimas queda uno desarmado. Así, pues, renuncié a salir. Leía, fumaba y dormía casi todo el tiempo en la hamaca. Al cabo de ocho días, por fin regresó Eugéne de Pereira y entre ambos nos repartimos la custodia.

Las tropas antioqueñas, que sumarían como dos mil hombres y que durante un mes permanecieron inactivas en Cartago, observaban muy buena disciplina. Los soldados no dejaban de pagar nada y se comportaban con cortesía, pero hay que advertir que cualquier falta se castigaba rigurosamente, por lo común, a palos, que se suministraban al infractor en presencia de toda la compañía. Entre esas tropas me encontré con algunos conocidos, antiguos diputados o senadores, que habían estado en Bogotá y también algunos de mis estudiantes. No me costó trabajo, por lo tanto, obtener de aquellos atentos oficiales algunas especiales salvaguardias para la casa que se me había confiado, cosa que les agradecí mucho. Así que la familia Abadía pareció quedar asegurada contra la maldad de los adversarios políticos, se apoderó de nosotros la impaciencia; toda vez que el camino hacia Antioquia se hallaba libre y confiando nosotros en que desde allí podríamos llegar a la capital, el 8 de febrero nos pusimos en marcha, pese a todos los ruegos y súplicas. Pasado Pereira, cruzamos el interesante puente sobre el río Otún, tocamos en los pueblos de Santa Rosa y San Francisco, mu y limpios y situados en las altas pendientes de la Cordillera Central y llegamos al Chinchiná río fronterizo entre Antioquia y el Cauca. Su cauçe se halla tan profundamente excabado que parece querer acentuar de modo especial la separación y diferencia entre ambas razas. Un buen camino, si bien muy empinado, lleva de aquí a Manizales, la pujante ciudad, segunda de Antioquia.

Manizales (2.140 metros de altitud, temperatura media, sólo 17°C) domina, como un bastión la comarca. La meseta en que se alza la población queda protegida por los cortes que forman los ríos Chinchiná, Cauca y Guacaica. El paisaje es sublime. Al Sur se ve en la ladera opuesta el pueblo María, “tan poético como su nombre”. En frente está la Cordillera Occidental y hacia el Noroeste se distingue claramente el valle del Atrato por dos líneas azules que corren paralelas. Al Sur y Suroeste, empero, se miran las cimas nevadas del Herveo y del Ruiz y las plateadas cumbres de Santa Isabel. Por desgracia, Manizales está sobre suelo volcánico, hallándose expuesto a terremo­tos. Estos destruyeron casi por entero la ciudad hace pocos años, así que hubo que levantarla provisionalmente a base de sencillas construcciones de madera.

En esta posición militar de primer orden, los cabecillas revolucionarios aguardaban impacientes las noticias sobre los dos cuerpos expedicionarios enviados al Valle del Cauca y al del Magdalena. El día siguiente al de nuestra llegada se produjo a eso de las cuatro de la tarde una gran agitación. Llegaban algunos elementos del ejército disperso, ¡el primero de ellos el general en jefe! La verdad no se hizo esperar mucho. Uno de los cuerpos expedicionarios había sufrido el 5 de febrero un decisivo descalabro durante una desordenada ofensiva para reconquistar la ciudad de Honda, antes entregada por esa misma fuerza. La derrota se debió a la falta de unidad entre los jefes y de disciplina entre la tropa. Abandonando armas y municiones se habían retirado en plena desbandada hacia la cordillera. Solo alrededor de mil quinientos hombres habían permanecido disciplinadamente bajo el mando de algunos severos jefes. Parecía que la retirada hacia Manizales había sido muy dura a causa de la súbita aparición de las guerrillas liberales. En una retirada semejante resultó gravemente herido a bala el joven estudiante Arango. El hecho ocurrió en un pueblecito de la cordillera y Arango había quedado abandonado sin ayuda ninguna, sin médico. Consideré obligación mía acudir en auxilio del joven amigo, cuya madre tenía un gran parecido a la mía. Me dirigí, pues, a la jefatura militar solicitando me prestaran una mula. Los altos jefes me hicieron notar, con toda suerte de bellas palabras, los muchos peligros a que me exponía con tal empresa. Yendo hacia el enemigo, podía quedar entre ambos ejércitos y ello era grave riesgo de muerte. Declaré que tomaba sobre mi toda la responsabilidad. Al día siguiente dije adiós a Eugene; la despedida fue muy seria, pues no sabíamos si nos íbamos a volver a ver.

Bien provisto de toda clase de medicamentos me puse en marcha; pero en la prisa me olvidé de llevar víveres. Armas, prudentemente, no tomé ninguna para el viaje; ni siquiera mi revólver. La subida hasta el paso de montaña tuve que hacerla a pie, pues mi mula casi no podía ya andar. Esta mula me la dieron por el camino a cambio del jamelgo medio lisiado que recibí de la jefatura y el cual me quitó un soldado por orden de un oficial. Entre tanto, me crucé con grandes cantidades de fugitivos. Sólo arriba, por la montaña, encontré dos batallones que parecían todavía bastante disciplinados y que marchaban en un cierto orden. El equipaje y la munición iban detrás, a lomos de mulas o bueyes; los animales se hallaban enteramente agotados. A las ocho de la noche llegué a una cabaña. Un batallón de Ibagué estaba acampado allí entorno a algunas hogueras. Hacía un frío espantoso; por ello hube de alegrarme cuando uno de mis estudiantes ibaguereños me coiidujo hasta un pequeño y angosto cuarto de aquella cabaña, donde se hallaban sentados o acostados, nueve oficiales del batallón junto con su comandante. Por orden de éste, un oficial se escurrió debajo del sitio que servía de lecho y a mí se me señaló dónde dormir, al lado de un hombre arrebujado. Yo también, sin desnudarme, me envolví en mi manta de viaje y me dormí profundamente, pues estaba muy cansado. Me di por contento al haber encontrado refugio a cubierto. A la mañana, la escasa vegetación del paso se hallaba enteramente cubierta de hielo y escarcha. Los soldados tiritaban de frío. Mi mula, que estaba atada a los postes de la única tienda de campaña que allí había, consiguió soltarse; al cabo de dos horas de búsqueda la encontramos entre la espesura comiendo las hojas y ramitas heladas. A eso de las ocho me despedí del batallón y me puse en camino al lento andar de mi extenuada cabalgadura.

El paso de montaña del Páramo del Ruíz va a 3.675 metros de altitud, entre las gigantescas moles nevadas y viejos volcanes del Ruiz (5.300 metros) y del Herveo (5.590 metros). Los glaciares cubrieron probablemente en tiempos todo aquel paso, pues se ve mucha masa arenosa y morrenas, así como gruesos bloques de roca desprendidos. De cuando en cuando, las nieblas ceden por un instante a la fuerza del sol y se hacen visibles las más altas cumbres, sobre todo a la derecha la gruesa capa helada del Ruiz.

Hacia las diez me encontré con algunas compañías de infantería enviadas desde Manizales para la protección del paso. Eran gentes, por lo menos, bien armadas y con disciplina. Mataron en pleno campo una vaca, que seguidamente fue asada sobre un fuego. Pese a mi hambre canina y a que estuve mirando durante una hora, no pude limosnear algo de carne, pues si bien el coronel me había invitado amablemente a participar en el banquete, el hecho no acompañó a sus palabras. En la miserable cabaña en que se cobijaban los soldados, ni dinero ni buenas palabras sirvieron de nada al hambriento. Si yo hubiera sabido sacar muelas, los dueños de la cabaña me habrían traído, sin duda, algo de comer, pues no dejarían de tener alimentos escondidos. Pero no pude hacer nada ante los inflamados carrillos de la hija de la casa, a pesar de que así me lo solicitaron creyéndome médico.

Hacia el medio día llegué a la altura de las centinelas avanzadas en el lugar de Yolumbal. La posición era del todo inexpugnable, pues el camino, tallado en zig-zag, desciende hasta tierra caliente por desfiladeros rocosos y en un trecho de, por lo menos, 1500 metros de longitud. Apenas alcanzadas las últimas alambradas allí tendidas y donde se había acumulado gran cantidad de munición, comencé ya mis preparativos para el descenso. Iba hacia el enemigo, sin saber realmente dónde se encontraba, teniendo que contar, pues, con la posibilidad de que cualquier centinela de una avanzadilla hiciera fuego sobre mí al ver que venía del lado de los radicales. Primero abrí y rompí todas las cartas de personas particulares y en las que sé contenía alguna noticia de carácter político. Luego, a fin de que se me viera desde lejos, me envolví en el paño de lino blanco que llevaba siempre en la silla para cuando había ocasión de bañarse. Lentamente, pero con resolución, cabalgué durante algunas horas y en completa soledad en medio de aquella mortal quietud. Sorprendido de no encontrar obstáculo alguno, llegué hasta el pueblecito de Soledad, que hacía todo honor a su nombre, pues parecía abandonado.

Durante casi un día, los habitantes de Soledad, conservadores, habían detenido en su retirada a las tropas radicales, mediante combates aislados. Se veían los efectos del violento asalto a las casas perpetrado por las hambrientas y derrotadas tropas liberales para conseguir víveres y mantas,, con qué abrigarse en la marcha por el frío paso de montaña. Era una desoladora estampa de guerra. Naturalmente, los ánimos estaban allí muy excitados y me miraron de forma poco grata. Como una docena de individuos mal encarados, combatientes conservadores, me rodearon preguntándome de dónde venía y a dónde iba. Yo respondí concretamente pero sin revelar nada acerca de las posiciones del adversario. Preguntáronme también cómo me había “atrevido” a pasar por allí. Yo contesté: “Porque así me gusta" (*). Cuando noté que se enojaban con mi descaro, les tranquilicé con la declaración de que había de llevar auxilios a un amigo herido y que, sabedor de que los colombianos eran personas humanitarias y que, en todo caso, no causaban mal alguno a un hombre desarmado, me había confiado tranquilamente a cruzar aquellos lugares. Eso sí dio resultado y me dejaron libre bajo la condición, pues me tuvieron por médico, de atender a los heridos que había en el pueblo. Acepté y traté de ayudar en ello lo mejor que pude. Toda la noche tuve que pasármela en vela, y por medio de una cuerda larga, até la mula a mi brazo para que no me la robaran del patio en que estaba. Cuando, al amanecer, me dedi’caba a echar de cuando en cuando un sueñecillo, el animal, ya fresco y despabilado, daba de pronto un tirón y me hacía despertar sobresaltadamente. Al siguiente día no pude partir antes de las ocho, pues me llamaron para que atendiera a dos soldados radicales heridos que una caritativa mujer había asilado por amor de Dios en su cabaña. Uno de ellos tenía la pierna toda gangrenada y terriblemente deshecha. No había salvación. La herida del otro era en el muslo y no interesaba el hueso.

Dos caminos bajan desde Soledad al Magdalena: el uno pasa por Santana, donde hay ricas minas de plata, y va hasta Ambalema, ciudad en tiempos famosa por sus cultivos de tabaco, pero cuyas factorías se encuentran hoy casi devastadas a causa de una enfermedad de la planta, como también por los estragos de las fiebres entre los hombres. El segundo camino va por el pueblecillo de Fresno hasta Honda. Por este último hube de decidirme. Durante toda la mañana me encontré con individuos armados que se dirigían separadamente al punto de concentración de las guerrillas conservadores. Apenas había atravesado el hondo valle de Aguacatal, cuya anchura es de unos 400 metros y su profundidad de unos 1.000, cuando tropecé con las primeras tropas regulares y organizadas del partido de Gobierno. Eran fuerzas de la Guardia Colombiana de Bogotá. Los soldados avanzaban por el camino en columna de a uno; los oficiales iban a caballo. Muchos de los soldados llevaban el kepis encajado sobre la c.opa del sombrero de paja. Tras la columna seguía una caterva de mujeres, pobres indias que seguían a su marido, verdadero o supuesto, a donde el destino lo condujera. Llevan consigo la pequeña caldera de cobre, lá olla, que pueden usar al aire libre yen cualquier parte sobre unas cuantas piedras; en ella preparan la diaria comida:   plátanos, papas, algo de carne seca. La abnegación de estas mujeres, a menudo mal tratadas, se ha exaltado con sobrada razón; sin ellas no podría vivir la tropa, pues no existen unidades de aprovisionamiento de víveres. Hasta las tres de la tarde hube de cruzarme de continuo con todas las fuerzas de los conservadores e independientes que se dirigían a atacar a los liberales. En la totalidad de los casos, me examinaban con sumo interés, pero no se metían conmigo; sólo algunos jóvenes que cabalgaban en compañía de dos frailes gordos, me gritaron algunos cumplidos referentes a mi enseñanza en la Universidad.

Por fin, hacia las cuatro de la tarde, encontré en Frçsno a mi estudiante Mango, recogido en la casita de unos antioqueños. Se hallaba tendido en un largo y ancho banco. Habían transcurrido ya cinco días desde que fuera herido y todavía continuaba sin hacerse nada por su curación. La pierna derecha, donde tenía la herida, estaba terriblemente inflamada y de un color azul grisáceo. Yendo en cabeza de su compañía en el ataque a una altura situada sobre el pueblo y ocupada por una guerrilla conservadora, le entró una bala por la parte superior del muslo y dio con él en tierra. Al siguiente día llegaron médicos de las tropas del Gobierno; uno de ellos le hizo un reconocimiento y declaró que se trataba de una fractura sin gravedad, pero no le extrajo el proyectil, sino que se limitó a abrir un canal para la limpieza de la herida.

Cuarenta y un días permanecí en aquel pueblecito cuidando al muchacho. Eran tiempos difíciles y me acuerdo con gratitud de las cariñosas gentes de Fresno, que, aunque pobres y azotadas por la guerra, hicieron mucho bien al herido. Los adversarios políticos del muchacho, varios de los cuales le visitaban, comportábanse con extraordinario tacto, nos apoyaban en todo lo que podían, con dinero, y demás auxilios, por lo que me inspiraban una gran estima. Cuando se vio que los dolores del herido eran cada vez mas torturantes se le quitó el vendaje, al cabo de treinta y un días de espera y entonces pudo apreciarse que no había traza de curación. Siguieron días de angustia, en los que la muerte parecía estar segura de su presa. El muchacho era sereno y resignado, pero se apenaba por su madre. Por fin, cuando las cosas estuvieron más seguras, llegó de Bogotá un buen médico enviado por la familia y después de ponerle un vendaje de urgencia, dispuso el traslado del herido a la capital.

La triste caravana se puso, pues, en marcha. Nueve hombres debían hacer la dificultosa ruta llevando la camilla del doliente viajero. Cabalgábamos lentamente al lado de él o a continuación. Así llegamos a la ciudad de Mariquita (547 metros sobre el nivel del mar; temperatura media 27C). Fundada en 1550, Mariquita fue pronto famosa por sus grandes edificios, sus bellos conventos y hospitales y por su casa de la moneda. Pero desde 1761, fecha en que se dejaron de explotar las minas de oro que había en las cercanías, la ciudad decayó rápidamente.

La casa en que el año 1597 murió leproso Jiménez de Quesada es una triste ruina, al igual que tantas otras mansiones que fueron magníficas. Todo daba la impresión de la destrucción y el abandono. Por los llamados “Llanos” o estepas, de Mariquita, seguimos a lo largo de río Gualí hacia Honda. Por miedo a la fiebre amarrilla cruzamos la ciudad a toda prisa, con nuestro herido,-entre las nueve y las diez de la mañana; pasamos el Magdalena en un gran champán o lancha y nos encontramos ya en el camino de Bodegas a Bogotá, seguido por mí cuando llegué a Colombia. La marcha desde Fresno a Bogotá nos llevó nueve días enteros, mucho si se tiene en cuenta que uno de los hermanos Mango había hecho el mismo recorrido en dos días y dos noches, si bien utilizando una mula excepcionalmente ligera.

Por fin, el primero de abril de 1885, después de una ausencia de casi cuatro meses, pisé ya de noche las calles de Bogotá para anunciar en la casa de Mango la llegada, al día siguiente, de la triste comitiva. La guardia que había a la entrada de la ciudad me dejó pasar sin obstáculos. Todo parecía desolado y muerto. Nada más que patrullas y “tímido paso de esclavo”. Después de cincuenta días dormí por primera vez en una cama.

El autor escribe así, en español, su respuesta. (N del T.).  (regresar*
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