EXCURSIONES DEPORTIVAS

 

Para muchos lectores signficará, seguramente, un agradable cambio de tema el que, en esta época nuestra tan entusiasmada por toda clase de deportes, hablemos un poco sobre algunas excursiones hechas por mí a regiones colombianas bastante desconocidas. Con esos viajes, no sólo deseba ampliar mis conocimientos generales sobre el país, cosa que pretendió nuestra correría por los Llanos y al río Meta, descrita por mi hermano Manuel (*) ; por el contrario, ahora trataba deliberadamente de hacer los viajes como experiencia deportiva.

Con una exploración del macizo montañoso del Huila, quise obtener, a grandes rasgos, una visión de la región donde nace el Magdalena. Esta parte meridional de Colombia, apesar de su considerable distancia deBogotá,fue colonizada ya por los españoles. Como última avanzada de la cultura euro­pea puede considerarse, a tres jornadas de camino al Sur de Neiva, la vieja ciudad episcopal de Garzón. Tanto Garzón como Neiva, tienen todavía templos y otros edificios que dan testimonio del ímpetu y energía de los conquistadores. Estos tropezaron en aquel tiempo con un grupo tribal de los indios chibchas o quechuas, que habitaba esa región desde tiempo inmemorial. De estas curiosas gentes quedan todavía figuras de ídolos talladas en piedra, en tanto que en la altiplanicie no se encuentran tales monumentos de cultura.

La penetración en aquella inmensa comarca se facilita a causa de que más arriba de Girardot se extienden aún, cientos de kilómetros, las inmensas llanuras del departamento del Tolima atravesadas por el Magdalena. Sólo después de un día de viaje hacia el Sur de Neiva, esas llanuras van pasando de modo imperceptible a un paisaje de colinas; el carácter tropical de la Naturaleza va cambiándose poco apoco. Desde hace algunos años ha hecho notables progresos el ferrocarril Huila-Caquetá, lo cual determinará, probablemente, que en 1930 Neiva quede enlazada con Gira rdot por la línea férrea. Entonces pasará a la historia el romántico pero fatigoso viaje a caballo a través de las esteparias llanuras del alto Magdalena. En cuanto a su constitución geográfica, estas tierras encajan bien en el conjunto del paisaje colombiano. Pero económicamente no desempeñan papel de importancia, lo cual, sin embargo, no justifica la indiferencia de los colombianos para esa región del país, que en su mayor parte desconocen. Esas comarcas vivieron un corto tiempo de auge cuando el caucho crudo llegó a alcanzar tan altos precios que su explotación resultaba útil hasta en las lejanas regiones de los afluentes del Amazonas, por lo que también desde el Magdalena se emprendía el camino hacia allá. Entonces se exploró el Putumayo —los colombianos por el No rte, y los peruanos por el Sur—, y casi se llega a producir una guerra a causa de los litigios de fronteras surgidos. Hoy día, la escasa población de aquellas tierras tiene en la ganadería suprincipalfuente de recursos.

A esas regiones me dirigí afines de diciembre de 1927 con mis amigos doctor Clemens Hayozy Ernst Muhs. Un viaje rico en experiencias nos llevó al cabo de algunos días hasta el lugar del La Plata, situado al Surde Neiva . Allí dejamos alpeón con nuestras caballerías y nos encaminamos apie siguiendo el río deLa Plata, e/que, según nuestras noticias, debía de tener sus fuentes en el macizo montañoso del Huila. Pero, tanto los mapas como las referencias verbales, demostraron muy pronto su inexactitud. El pueblo del Huila, elegido por nosotros como punto de partida para ulteriores expediciones, constaba sólo de algunas cabañas, la iglesia y la casa parroquial. En las dos únicas habitaciones de esta casa, que el cura puso amablemente a nuestra disposición, dormíamos sobre un duro suelo de tablas. En una salida que hicimos en dirección al Huila nos encontramos con indios de pura raza. Estaban construyendo un camino que debe de ir al lugar de Santander, en el Valle del Cauca, a través de uno de los pasos que cruzan la Cordillera Central. La disposición y orden de aquellos trabajos nos persuadieron una vez más de la forma carente de todo plan en que el Ministerio de Obras Públicas de Bogotá puede llegar a dar sus disposiciones, con desconocimiento de las circunstancias reales. Aislado totalmente del correo y el telégrafo, accesible, por ambos lados, tan sólo después de días a caballo ypor imposibles senderos entre terreno pantanoso, se halla aquí en vías de construcción un trozo de camino como de 15 kilómetros, el cual, porfalta de dinero, no puede ser continuado. De seguro que mucho antes de llegar nuevos fondos, el camino estará invadido por la maleza, resultando ya intransitable.

Nos fascinó ante todo el hallazgo con aquellos indios, sacados de sus poblados mediante el atractivo de unos buenos jornales. Eran descendientes de aquella tribu guerrera que en tiempos atacó a Belalcázary le mató muchos de sus hombres cuando desde el Ecuador avanzaba hacia la Sabana de Bogotá. Con sus ojos oscurísimos, contemplaban atentamente los indígenas, y no con especial simpatía, a los recién llegados forasteros. Su lengua, consistente sobre todo en palabras monosílabas, es pobre en posibilidades expresivas, así que han aprendido además a chapurrear el español. En una barraca destinada a los obreros pasamos con ellos la noche. Como durante casi todo el día habían estado mascando coca, tomaron en realidadpoca comida, que era una papilla de maíz y arroz. Esa costumbre está todavía bastante extendida por la región, y el arbusto de la coca se encuentra allí con frecuencia. Sus hojas, previamente desecadas, las llevan los indios en bolsas de lana de oveja tejidas a mano y adornadas con bellos motivos geométricos. Los colores de esos dibujos, azul, rojo y marrón, son tintes extraídos de diversas plantas y resistentes al lavado y a los efectos de la luz. En la misma bolsa de la coca, los indios llevan un fruto leñoso hueco, en el que guardan algo de cal viva. Las hojas de coca, finamente desmenuzadas, se ponen en la boca junto con una pulgarada de dicha cal, y por fermentación se origina un líquido amarillo que parece provoca una marcada sensación de hartura. En tanto que los indiosj, durante horas enteras, apenas cruzaron entre sí una palabra, dándonos una grata impresión por su tranquilidad y limpieza, al otro extremo de la barraca había un grupo de mestizós que, congregados en torno a un crepitante fuego, se jugaban, entre bullay agitado movimiento de naipes, el jornal que tan duramente habían ganado, y el juego duró hasta muy pasada la medianoche. No nos quedó otro remedio que portarnos amablemente con los indios y avergonzarnos de la civilización, representada por los mestizos.

El mal estado atmosférico, así como la falta de dinero y de tiempo, cosas estas últimas que debíamos a las inexactas informaciones recibidas acerca de precios y distancias nos obligaron a dar por terminado el viaje antes de haber podido efectuar un verdadero intento de ascenso al Huila. Sólo a muy larga distancia llegamos apercibir el brillo de sus glaciares en una clara noche de luna. En el viaje de regreso, llegamos al pueblo de Huila en momento oportuno para presenciar la celebración del Día de Reyes, y pudimos observar lo poco profundo que ha calado en la conciencia de aquella población india el cristianismo, que con tanto esfuerzo se le inculcara. La sensación que se experimentaba en la iglesia no era especialmente agradable, a causa de la monótona música con que flautas y tambores desgarraban nuestros tímpanos, así como por el desahogado comportamiento de las madres indias con sus híiitos. Luego de haber acabado por servir nosotros tres como parangón de los tres Magos del Oriente, trance en que nos puso el pobre cura, que más bien parecía misionero que párroco, y luego de ver cómo los indios, pese a las reprimendas del sacerdote confundían de continuo los Diez Mandamientos y las doctrinas fundamentales de la Iglesia Católica, dejamos la casa de Dios con aire cariacontecido y so pretexto de ir a espantar de nuevo algunas gallinas que se habían metido en ella. Después de los oficios religiosos tuvo lugar una procesión, que más semejaba un desfile de niños que una ceremonia seria. Finalmente se regocijaron los indios con el antiguo juego de la “vaca brava “ (1)  en el cual un muchacho cubierto con una piel de vaca es acosado por los que lo rodean; en esa diversión nos evidenciaron de nuevo aquellas gentes su espíritu inocente e infantil.

Después de numerosas privaciones llagamos otra vez a Neiva y de allí seguimos por el alto Magdalena a Girardot. Fue un maravilloso viaje de tres días sobre una balsa cubierta y con mi bote plegable, cuya graciosa traza contemplaron por primera vez aquellas aguas y a cuya vista huyeron incluso algunos niños. Los pocos saltos que forma por allí el río los superamos sin dificultades, debido al bajo nivel de las aguas en aquella época. Las poco pobladas riberas nos ayudaron a gozar en su sublime grandeza el encanto primigenio del paisajefluvial de los trópicos. Radiante amanecer, calor abrasador del mediodía, y noches de profunda oscuridad sobre el suave chapoteo de las aguas, que nos hacían preguntar a las estrellas la causa de la eterna inquietud del hombre. Pero también a nosotros nos deben la respuesta. Una viva discusión con los pocos serviciales hombres de la balsa y una diflcil arribada nocturna al puerto de Girardot, que se halla en un punto donde la comente es muy impetuosa, nos tornaron con demasiada prontitud al suelo de la realidad y de la diaria lucha por la existencia.

Dos intentos de ascender el Tolima, con sus cumbres acorazadas de duros hielos, fracasaron a causa de las tempestades de nieveypor otros percances. El primer intento lo hicimos ya el año 1922. Salimos de Ibagué por el valle del Combeima, y al cabo de dos días y sin especiales dificultades, llegamos al Páramo del Tolima, donde se acaba la vegetación y comienza la zona de los glaciares. Harto audaces y arrojados, quisimos acometer la cima por el flanco oriental, que es sumamente empinado. Fracasamos. Una tempestad, que nos hizo recordar los temporales de otoño en los Alpes, frustró también una segunda intentona por el lado occidental. Se acercaba el tiempo de lluvias, y, viendo lo inútil de hacer nuevos esfuerzos, hubimos de regresar a Ibagué.

En febrero de 1927 volví a preparar con mi amigo Ernst Muhs la subida a aquella montaña. Por desgracia, el camino de aproximación que utilizamos en 1922 se hallaba ahora por entero intransitable, y perdimos cuatro preciosos días abriendo paso con los machetes al buey que transportaba nuestra impedimenta para, a través de la húmeda zona de selva virgen, llegar hasta el páramo. Cuando, después de incontablesfatigasy aventuras, pudimos porfin comenzar la escalada de la cumbre, llegamos en efecto hasta el ventisquero; pero, ante una impenetrable cortina de niebla que se nos opuso, hubimos de iniciar la retirada. A batidos y sin ánimo alguno, renunciamos al desesperado intento de ascensión, y de nuevo volvimos las espaldas al Tolima.

Tras de tales experiencias, fue madurando otra vez la necesaria energía y surgió en mí el afán de coronar el desconocido macizo del Cocuy. Pido al lector hacerse debidamente cargo de las dificultades de una expedición de montana en país tan pobre en medios de comunicación como Colombia; sólo de ese modo se apreciará en justicia el valor de nuestro ascenso, el primero que se hizo a aquel monte. Todavía hasta hace cinco años, casi todos los caminos que unían entre sí a los lugares del interior eran en Colombia caminos de herradura; y si bien hoy día se construyen carreteras y el automóvil va imponiéndose en el país, un viaje a una región muy apartada sigue siendo imposible de realizar si no se prepara antes cuidadosamente todo el equipaje para su transporte por mulas, separando debidamente las cargas. Hay que limitarse a lo más imprescindible, y todas las comodidades se eliminan automáticamente.

*
 El autor de este capitulo se refiere al apéndice del capítulo 8°, “En los Llanos”. (N.  del T.). (regresar*)
1
El autor se refiere a la “Tolle Kuh”, la vaca loca, brava o furiosa, juego europeo que identifica con el visto en el pueblo de Huila. (N. del T.).   (regresar1)
 

 

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