POR LAS ANTILLAS FRANCESAS A COLOMBIA


 

 

El mar, cuando permanece tranquilo y bello, se flace pronto monótono. Pese a que el tiempo no se nos hacía largo, todos experimentamos una íntima alegría al descubrir tierra aquel domingo de diciembre, a las 8 de la mañana. Era la isla La Désirade, de costas amarillas, faltas de vegetación, precipitándose abruptas hacia el batiente mar. A la izquierda se extiende la faja alargada, envuelta en azul, de la isla Marie Galante, del grupo de la Guadeloupe. En primer término, la isla Les Saintes, sobre la que se alza el Fort Napoleón, llamado por su reciedumbre “el Gibraltar de las Antillas”. Navegando por delante del extremo de esta isla, que denominan “Pointe des Chateux”, y ante los tres islotes fortificados que cierran la entrada, penetramos en el puerto. El fondeadero de Pointe-á­Pitre en Guadaloupe es uno de los más hermosos y pintorescos del mundo. En el centro de semicírculo, pegada a la orilla, está la ciudad, cercada por una vegetación de extrema exuberancia. Las palmas se delinean en el quieto horizonte. Nuestro buque es rodeado inmediatamente por pequeños botes. Llega un grupo de negros hasta la cubierta, y con una insistencia a la que a veces no cabe oponer más que gestos violentos, como alzar el bastón, declaran, en un griterío ensordecedor y en un francés horrible, que desean llevarnos a tierra. Hicimos dos visitas a la ciudad, porque esperábamos encontrar allí más frescor que en el buque, cosa en la que, ciertamente nos equivocamos por entero.

Pointe-á-Pitre, edificada sobre un volcán y expuesta siempre a sacudidas sísmicas más o menos fuertes, fue destruida en 1843 por un terremoto, y en 1871 por un incendio; luego volvieron a construirla. Sus feas casas están separadas por delgados muros de piedra, sostenidos a su vez por barras de hierro. También la iglesia de St. Julien se apoya en recios pilares de hierro, de un estilo semigótico, y tiene escaleras de caracol que llevan a una galería de aspecto románico, cuya pintura imita madera. El empedrado de las calles brilla por su ausencia en casi todas partes, y allí donde existe sería mejor que no lo hubiera. Especialmente animada aparece la plaza del mercado, donde se ven negros y negras, lo mismo que mulatos en todas las gamas, y mujeres indias de cabellos lisos, ataviadas con los trajes mas diversos, no faltando los de color rojo vivísimo. Las negras, engalanadas con pesados adornos de poco precio, llevan en su mayoría un vestido de tela indiana, sujeto con un cinturón por debajo del pecho. Otras se ufanan de su indumentaria europea. Se nos ofrece frecuentemente caña de azúcar cortada en pequeñas varas huecas, que están consideradas como bocado exquisito para el postre, lo que exigiría tener los dientes de los negros. El viajero haría bien visitando siempre en primer lugar la plaza de mercado de toda ciudad, y luego las librerías, al objeto de conocer por aquélla la vida material y por éstas la espiritual. La espiritual no debe ser gran cosa en Pointe-á-Pitre, pues, aparte de una infinidad de novelas espeluznantes, sólo estaban allí representados autores como Alejandro Dumas, Julio Verne, Musset y Lamartine. De libros extranjeros ni de obras históricas, que yo pedí, no existía nada.

Después de veinticuatro horas que duró la escala, al medio día del 12 de diciembre suena un cañonazo como aviso de la partida para los pasajeros que se encuentran en tierra. Nuestro buque pone proa a la mar abierta, que brilla plateada en la lejanía rizándose suavemente, y que, separada por una línea de nuestra lisa bahía, se asemeja casi a una cadena montañosa que se empinara bruscamente. El barco se desliza ahora junto a las fértiles orillas cubiertas de amarillas plantaciones de caña de azúcar, sobre las que se alza espesa selva virgen a lo largc de las elevadas crestas (la cumbre más alta alcanza 1.570 metros). Pasamos junto al “río salado” que parte en dos la isla, y rodeando un picudo acantilado, nos acercamos a la ciudad de los funcionarios de Guadaloupe, Basse-Terre, a la que arribamos hacía las cinco de la tarde. Los mejores edificios están bastante arriba, ocultos entre palmeras. A la orilla no se han construido muelles; las casas descienden directamente hasta el mar con sus sombríos muros. El resto de la ciudad es exiguc y feo. A media hora de camino, por encima del poblado y a 800 metros de altura, está el campamento de la guarnición. La vida fluye reposada en esta ciudad de funcionarios, pues como nos dice el Mayor de las tropas, raramente hay desórdenes de carácter político; los negros son buenos y respetuosos

Después de media hora, levamos anclas. Pronto se echa encima la oscuridad. Caen aguaceros, sin que eso llegue a enfriar la atmósfera. Pasamos ante la isla Dominique, que se levanta allí como una masa negra. Hacia las dos y media de la madrugada atracamos en el golfo de la ciudad comercial de St Pierre en la isla Martinique. Resulta encantador el espectáculo del desembarco de los pasajeros bajo el brillo titilante de las estrellas y la luz soñadora de la luna en menguante, en medic de las incesante gritería de los negros y el deslizarse de las barcas por el agua tranquila, en la que se reflejan algunas luces de la ciudad, construida en anfiteatro. (Desgraciadamente, er 1902 St. Pierre quedó completamente destruida a causa de k erupción del Mont-Pelé, muriendo 25.000 de sus habitantes).

Navegamos hacia la parte oriental de la isla, y después de hora y media llegamos a la ciudad, residencia del Gobernador de Martinique, Fort-de-France. La población está emplazada sobre una enorme bahía, distribuida en varios puertos menores y flanqueada a la derecha por varios fuertes, rodeados éstos por una rica vegetación, como si la enconada guerra quisiera coquetear con la paz en medio de esta suave naturaleza, escondiendo su crudo aspecto bajo una túnica virginal. Todavía más a la derecha está nuestro puerto, una bahía que parece cerrarse por entero, circundada de palmas, semejantes a los lagos italianos, y de tal profundidad que los barcos llegan hasta la misma orilla, a la que se puede pasar por medio de un puente. Este hecho nos libera de la impertinencia de los negros, que en otras partes quieren hacernos desembarcar por la fuerza. En cambio, se nos muestran en un nuevo aspecto; apenas nuestros ojos se han adaptado un poco a la contemplación del espectáculo natural, una docena de negros, muchachotes de unos catorce a diecisiete años, fornidos, musculosos y de excelente contextura, se lanzan al agua, nadan en torno al buque y pordiosean algunos céntimos entre un repugnante croar, “angvá, angvá”, que trata de significar “envoi”. Si se arrojan unas monedas desde la borda, aquella caterva se sumerge como posesa, con sorprendente flexibilidad y rapidez, y allí cabeza abajo, forman con sus piernas un revoltijo curiosísimo, dejando ver las blancas plantas de los pies. El siempre seguro buceador toma la moneda en la boca y la enseña entre muecas al salir a la superficie.

Nos complació mucho una visita que hicimos a la ciudad. Llegamos primero a un lugar de la bahía que está a la derecha del fuerte, y allí, enmarcando el libre espacio cubierto de yerbas, había unos viejos árboles, ejemplares verdaderamente magníficos. En medio, la estatua en mármol de la Emperatriz Josefina, esposa de Napoleón Bonaparte, aquí nacida y aquí sacrificada a la ambición, miraba melancólica al mar rodeada por seis esbeltas palmeras. Junto a este lugar pasa la vía mas bella de la ciudad, con las casas del Gobernador y del Procurador, circundadas de lindos jardines. En todas sus partes la ciudad está bien construida, es amplia, limpia y posee una aceptable pavimentación. Pero al fondo del valle se ven las miserables barracas de madera de los negros. En el borde de la meseta que domina la ciudad están los cuarteles de la Artillería de Marina. Y, realmente, la protección militar es necesaria aquí para los europeos. Los negros, por sumisos que, ante mis ojos, se entreguen presos al servidor de la justicia, armado de un simple bastón de caña y siendo suficiente para ello un mínimo contacto, constituyen, sin embargo, enorme mayoría frente a los blancos y los indios. En el fondo son de natural maliciosos y alimentan un odio mortal contra el blanco, que como a mercancía los trató y maltrató hasta el año 1848. Desde 1870 los negros envían principalmente mulatos como representantes a la Cámara francesa, pues los blancos ya no se atreven a acudir a las urnas.

Del desamparo de los negros se nos ofreció un convincente cuadro. Nuestro buque tenía que tomar un nuevo cargamento de carbón, que en grandes montones se hallaba ya acumulado en la orilla. Se organizaron dos o tres cuadrillas de negros, en su mayor parte mujeres, y cada uno de ambos grupos constituía una columna, una que bajaba y otra que subía, una que se apresuraba hacia el barco y otra que corría por la carga, llevando ésta desde diversos lados. ¡Qué visión de infierno! Se precipitan aquellas figuras negras, jadeando por el peso que sobre la cabeza traen. Un sudor fangoso cubre sus feas facciones. Las negras de más baja condición se envuelven en una mezquina camisa, que les llega a la rodilla, y en algunas prendas harapientas para cubrirse el busto. La prisa por volcar el mayor número posible de cestos en la negra panza del buque es de una ansiedad febril; y para que ésta no se paralice, un negro viejo va golpeando incesantemente con sus dedos largos y extendidos un tambor del aspecto de un tronco de árbol, sobre el cual se halla montado a horcajadas. En una especie de éxtasis, producido acaso por ebriedad o alucinación, el negro acompaña su satánico redoble con un aullido inarticulado, con muecas del rostro y contorsiones del cuerpo. Su grito, en el que se distingue de cuando en cuando el canto, o, por mejor decir, el balido, de las silabas “be, be”, es repetido por las negras que van y vienen, y las más exaltadas de ellas lo acompañan con estremecimientos y lascivo danzar. Así trabajan febrilmente durante unas tres horas; entonces, toda aquella turba se desploma unánimemente, como cegada por la embriaguez. A las tres horas se reanuda de igual manera el trabajo. El control se practica con sumo sentido práctico, recibiendo cada cargadora una ficha por carga llevada, además de lo cual debe pasar por una máquina contadora, o una báscula, que marca el número de viajes. Especialmente siniestra resultaba la alucinante escena al contemplarla durante la noche. Seis lámparas iluminaban vivamente el barco y la orilla, mientras lo encatadoramente mágico de la Naturaleza se aplastaba bajo lo diabólico y fantasmal de los hombres. Como las ventanillas de los camarotes habían sido cerradas para evitar la entrada del polvo del carbón, a causa del insoportable calor no nos quedó otro remedio que pasar la noche sobre cubierta; pero el ruido que movían aquellos monstruos de carbón hacía imposible todo reposo.

Al día siguiente, a las doce, salimos de Fort-de-France. Después de veinte horas de travesía, aparece la costa del continente suramericano, una línea azul que se parece a la de las montañas del Jura. Al navegar más cerca vemos que estas estribaciones de la Cordillera Oriental de los Andes descienden en abruptos promontorios cubiertos de bosque para dar directamente en el mar, sin transición, dejando de trecho en trecho algún espacio para angostas fajas de terreno y cortándose sólo por estrechas y secas torrenteras. No hay, pues, allí verdaderos valles longitudinales, y también falta la vivienda. Después de una arribada a Carúpano, en la costa de Venezuela, donde perdimos toda una tarde, salimos de nuevo a alta mar con el fin de evitar la multitud de islas y escollos próximos a aquella costa. Los delfines saltan desde hace algunos días en torno a nuestro barco, tan pronto elevándose hasta varios pies sobre el agua como sumergiéndose con pareja rapidez y nadando bajo la superficie cual si quisieran competir en celeridad con el buque. Al otro día, las plantaciones de caña de azúcar junto a la costa, fábricas de muros encalados con altos hornos, y luego los bellos balnearios de Macuto, magníficas villas y, por fin, un camposanto pintorescamente engarzado entre los cultivos de caña que le rodean, todo esto nos anuncia la cercanía de una población de mayor importancia. Hacia el atardecer anclamos ante la ciudad portuaria de la Guaira, en Venezuela.

La Guaira, encajonada en un valle muy estrecho y apretada contra escarpadas peñas revestidas de verdor, debe su importancia a la proximidad de la capital venezolana, Caracas, que se oculta arriba en la planicie (912 metros de altura) en situación sana y protegida. El puerto de la Guaira es muy célebre por sus vientos poco favorables; la mar está allí casi siempre movida y azota con vehemencia contra los muelles, contra el dique de protección y contra los propios muros de la ciudad. Lo que hace aún más perentorias estas circunstancias es la gran cantidad de tiburones, que con las dificultades del desembarco encuentran propicia ocasión de botín. Por lo demás, no puede decirse que sea feo el aspecto de la población, con su iglesia —caracterizada por una torre visible bien de lejos, pero también por la informe fábrica del edificio— y con sus casas de tejados rojos y de muros enjalbegados de blanco y amarillo. En la altura hay un puesto de defensa , cuyos cañones dirigen hacia abajo sus bocas amenazadoras. El insufrible calor (alrededor de 36’C a la sombra!), así como las fiebres, hacen de aquella escala una de las más tristes y duras. Afortunadamente, ahora funciona un ferrocarril que sube a Caracas, de modo que la capital resulta accesible en unas pocas horas, enorme ventaja de la cual no goza Colombia.

Ahora navegamos a lo largo de la costa de Venezuela, y el 17 de diciembre, día en que deberíamos haber desembarcado ya en Colombia, llegamos a otro puerto venezolano, Puerto Cabello, así llamado porque el mar se considera aquí tan manso que los barcos pueden amarrarse con un pelo. También aquí, como en Fort-de-France, penetramos hasta el final de la bahía y pasamos a tierra por un puente de desembarco. Puerto Cabello es una población bastante agradable, bien situada y punto de partida del camino que conduce a la metrópoli mercantil, Valencia, en el interior del país. Un pequeño jardín botánico situado en la costa da ocasión para un paseo placentero y, por lo menos, testimonia hasta cierto punto el sentido artístico de las autoridades. A la izquierda de la boca del puerto, y sólo separada de la costa por un pequeño brazo de mar, hay una isla —que dista de nosotros un tiro de arco- sobre la que se alza una antiquísima y baja fortaleza medio en ruinas. Tiene unos muros amarillentos que miran sobre el mar a la altura de un primer piso y que, guarnecidos de bocas de fuego, suscitan más bien la impresión de desamparo que la de poderío. Esta fortaleza es un venerable monumento de la Guerra de la Independencia. Objeto de muchas luchas, primero sirvió de continuo a los españoles para sus operaciones navales y en el interior. Aquí ha vertido su sangre, o gemido bajo las oscuras bóvedas, más de algún republicano y patriota. Con la entrega de esta fortificación, desalojaron los españoles, el 1° de diciembre de 1823, el territorio del ya libre Estado de Colombia.

El martes, 20 de diciembre, nuestro vapor “Saint Simon”, aunque con tres días de demora, navegó ya a lo largo de la costa colombiana. Hacia las diez nos detuvimos en alta mar. Para sorpresa nuestra, se nos comunicó que aquel era el final de la travesía marítima, que aquel era nuestro punto de destino. La mirada se tendió vagamente en busca de alguna referencia que pudiera servir de fundamento a tal enigma. Nada. En torno a nosotros se veían riberas cubiertas de boscaje. De viviendas humanas, ni rastro; salvo que se tuviera en cuenta un faro que se alza allí a la derecha. En lontananza, por el lado izquierdo, se extiende una llanura negra y pelada, que se nos señala como el delta del río Magdalena, que aquí desemboca. Este era, pues, el país en el que por algunos años debía yo enseñar ciencia.. .Y que comenzaba con semejante desierto. ¿Cómo podía imaginarme allí una cultura, una vida intelectual altamente desarrollada, tal como me la habían pintado?

Por fin, saliendo de la oscuridad, fue avanzando hacia nosotros un pequeño vapor remolcador; de él salieron algunos funcionarios que comprobaron los papeles y volvieron a partir hacia tierra, serían las horas del mediodía, con los cuatro pasajeros que allí querían desembarcar. Esos funcionarios eran, los más, gente muy esbelta, bien parecida, de ojos brillantes y rasgos enérgicos, que tenían en sí algo simpático, de modo que me fui tranquilizando poco a poco. Pero entre ellos había también algunos individuos cuyas heridas, recibidas en las guerras civiles, no despertaban una especial confianza; así el cobrador del vaporcito, que se había sujetado con un pañuelo su mandíbula artificial.

Bajo la opresión de una temperatura ciertamente aniquiladora, llegamos al puerto de Sabanilla. ¡Nueva sorpresa! Sólo que aquí se veían ya unos rieles que se prolongaban hacia el puente de desembarco; pero era en vano buscar una ciudad portuaria. Sobre el calvo suelo arenoso de la bahía había algunas cabañas de bambú con techo de paja; miserables barracas de pescadores. Y la estación de la vía férrea que aquí tenía su origen podía llamarse mejor un tinglado para mercancías, una especie de corral. Pero nos sentíamos felices de librarnos algo de los rayos del sol, si bien es verdad que nos ahogábamos de sed. La gentileza con que nos ofreció unos vasos de agua el Comandante del puerto —el luego, en una de las últimas revoluciones, famoso General Fr. Palacios—la dignidad y firme espíritu con que se expresó, fueron cosas que me impresionaron no poco. Al fin llegó el tren. Tiraba de él una locomotora del más extraño tipo, de ténder panzudo y grandes ruedas. Los vagones tenían sólo dos filas de asientos continuos y gozaban de la máxima ventilación. Montamos y, en medio de un formidable traqueteo a causa del mal fundamento de la vía, al cabo de hora y media llegamos a Barranquilla. La región del trayecto era llana, y la relativa pobreza de la vegetación, los desmedrados árboles, los muchos arbustos y matojos espinosos no dejaban por eso de acrecentar la admiración ante aquella flora tropical.

Al fin, sobre las dos de la tarde se nos hizo bajar en la estación de Barranquilla. Seguidamente nos mandaron a la Aduana, donde hube de abrir todas mis maletas, pese a la carta de recomendación del señor Ministro Plenipotenciario Holguín, o tal vez a causa de la carta de recomendación, pues entre el severo señor funcionario administrativo y el señor Ministro no debían estar las cosas del todo bien in politicts. Despues de una hora de baño de sudor, consecuencia del abrir y cerrar mis demasiado llenas maletas, sin más molestia fui despachado. Los aduaneros no podían contener la risa de cuando en cuando ante los objetos que lleva consigo un viajero poco conocedor de aquellos países. Hacia el atardecer nos hallábamos en el Hotel Colombia, excelentemente atendidos; después de veintisiete días pude volver a dormir tranquilamente en una cama sobre tierra firme.

En la actualidad el desembarco se realiza, ciertamente, en forma mucho más cómoda. La línea férrea se prolongó un trozo más hacia el Noroeste desde la ahora ya un tanto abandonada Sabanilla, en la bahía del mismo nombre, y tienen su terminal en Puerto Colombia, donde hasta los vapores más grandes pueden atracar junto a un enorme puente de desembarco, siendo ya innecesarios los remolcadores. Por ello también, los viajeros pondrán pie en tierra con menos sorpresas que antaño. Barranquilla, fundada en 1669, es cabeza de un distrito; hoy día, del Departamento del Atlántico. Se halla situada a la orilla izquierda del río Magdalena, en un brazo del mismo, que se asemeja a un lago, el llamado Caño. El auge experimentado por esta ciudad en los últimos años es un fenómeno típicamente americano, habiéndose debido concretamente al establecimiento de la navegación a vapor por el Magdalena y el traslado de la estación aduanera de Sabanilla. Pero la prosperidad de este emporio de Colombia será todavía mayor cuando las llamadas “Bocas de Ceniza”, las desembocaduras del Magdalena obstaculizadas por arenas y lodo, puedan ser abiertas, mediante métodos artificiales, hasta a los barcos de máximo calado, cosa proyectada hace mucho, y cuando se mejoren las instalaciones ferroviarias. En efecto, son necesarias todavía grandes mejoras en las comunicaciones, si es que Barranquilla no quiere perder la supremacía, toda vez que su rival, Santa Marta, al Este, tiene un puerto mucho más sosegado y está construyendo también un ferrocarril que debe llegar hasta el Magdalena. Igualmente Cartagena, al Occidente, trata de aumentar su prosperidad. Pero hoy día la mayor parte del tráfico pasa por Barranquilla, y de sus aduanas proceden anualmente los principales ingresos del país.

Bajo el influjo del comercio, la ciudad ha crecido considerablemente. En el año 1866 no se había establecido aquí ni una sola panadería, pues todo el mundo cocía patriarcalmente el pan en su propia casa. Un viajero de entonces, Hulls, no encontró en la oficina de correos pluma, tinta ni papel. Todas las casas tenían cubierta de paja; pero ahora, contemplada la ciudad desde la torre de la iglesia de San Nicolás, ofrece una excelente impresión. En los barrios principales, donde vive la aristocracia del comercio, están las grandes casa de mampostería de la más importante gente de negocios, edificios de dos plantas, por lo común, de recia arquitectura y al viejo estilo español: abajo, dando a la calle, el gran almacén lleno de mercancías, abierto a todo el mundo, aireado, sin ventanas; arriba, las habitaciones. Los techos de estas casas de gente notable son llanos y constituyen verdaderas terrazas de piedra, por las que, de mañanita, puede uno pasearse. A través de un gran portón se penetra en la casa; primero hay un vestíbulo y luego viene el patio, donde arbustos y flores dan gozo a los ojos. En torno al patio corre una galería, y arriba una balconada de madera, en la cual se toma el fresco y donde también se come. En los cuartos hay mecedoras y esteras de paja; la instalación es, en algunos casos, elegante y cómoda. Las afueras, por el contrario, no resultan muy seductoras; en su mayor parte, no hay allí sino casas de una sola planta, cuyas puertas se hallan siempre abiertas, de modo que se puede alcanzar a ver la primera pieza, una pequeña sala generalmente. Muchas de estas viviendas situadas fuera del casco de la pobiación tienen cubierta de paja y sus materiales de construcción se reducen, por lo demás, a adobes y ladrillos, con su revoque blanco. El suelo es de tierra apisonada. Enteramente en la periferia se encuentran las cabañas de las clases más bajas, cuyo mobiliario lo forman, poco más o menos, una mesa, algunas sillas de madera con tapizado de piel, y esteras en lugar de colchones. Niños desnudos o semidesnudos son allí elemento propio del ambiente. Pero por todas partes encuentran los ojos benéfico sosiego, y compensación de mirar las calles de arena, con el verdor de los jardines, las muchas palmas y arbustos que abren en toda su extensión la llanura sobre que se asienta lá ciudad. Por la tarde el cuadro es encantador: en la lejanía, desde la torre de la iglesia, se ve el mar; a la derecha, el ancho río plateado; hacia el Sur, la llanura inmensa, y hacia el Oriente, la gigantescas cumbres de la Sierra Nevada de Santa Marta, de 5.800 a 6.000 metros de altitud, que dora el crepúsculo y que arden en luz como si fueran nuestros Alpes.

La vida en Barranquilla es monótona para aquel que busque diversiones exquisitas; pero la acogida que se encuentra en las mejores familias es por demás amable. Durante el día se trabaja muchísimo en los negocios. Por las anchas calles, a menudo cubiertas todavía de ardiente arena, pasan a gran velocidad los ligeros coches de caballos, que le ahorran a uno’el caminar por aquellos arenales. Pero así que se da por concluida la jornada a las seis, y llega la noche con su agradable frescor, se empieza a hacer una vida muy diferente. Todo el mundo se sienta a la puerta de casa. Las mujeres, ya compuestas, se mecenen sus sillas con auténtica nonchalance tropical. Por todas partes resuena alguna música, bien sea el tañido de los instrumentos nacionales —la guitarra o, los más pequeños, vihuela y tiple—, bien el canto de las alegres melodías y sentimentales canciones amorosas (en modo menor) que se escuchan de continuo en la sonora lengua española. Tienen lugar bailes y veladas, y el barranquillero castizo trata de divertirse, bromear y amar cuanto le es posible.

En Barranquilla me encontré también con algunos suizos (comerciantes y relojeros) en cuya compañía vi con detalle las cosas notables de la ciudad. Estas eran, en primer lugar, el Hospital, situado en las afueras de la población y regentado ejemplarmente por piadosas hermanas francesas, donde se atiende con carácter gratuito a enfermos de todos los países; vi también el cementerio y luego la instalación de distribución de aguas, mal llamada “acueducto”. Antes, el agua para beber debía ser sacada del sucio Caño, para filtrarla seguidamente; las enfermedades eran por ello endémicas. Pero ahora el agua ya sometida a depuración se sube por medio de bomba a un depósito situado sobre una pequeña altura que domina la ciudad, y desde allí se la conduce a las diversas fuentes; un progreso de incalculable trascendencia. No obstante, el agua sigue siendo no del todo clara, y por esa razón es necesario filtrarla en las casas por medio de gruesas piedras porosas. Cierto que con ello ha desaparecido de Baranquilla una figura bastante poética, la del aguador, o, mejor dicho, el arriero (y jinete) de los borriquillos que, en número de cinco mil, cargados con dos barrilitos de agua, hacían el servicio con notable presteza e inteligencia. Estos asnillos se ven hoy todavía transportando grandes cargas de yerba o caña de azúcar destinadas para pienso del ganado, y es curioso y enternecedor a un tiempo contemplar la agilidad y viveza con que se mueven por las calles bajo el sol tropical. Por la noche se les deja en libertad y vagan de un lado para otro;. dada su sobriedad, se contentan con hallar un poco de alimento.

Las visitas a nuestros compatriotas acabaron por ponemos en situación de conocer más en detalle sus respectivos negocios. En Barranquilla, lo mismo que en la mayor parte de las ciudades de Colombia, todo negociante debe tener, o debería tener, en sus almacenes la máxima diversidad de artículos. Sólo en los últimos años se ha impuesto algo más la división del trabajo, estructurándose de forma más unitaria el depósito de mercancías. Pero en aquel tiempo se aparecían unas al lado de las otras todas las cosas que se encontrarían en una de nuestras ciudades si juntaran las tiendas de una calle entera. Por supuesto, el comercio ha sufrido también mucho bajo las revoluciones, no haciendo todos los progresos que hubieran sido de desear porque todo partido, al producirse un levantamiento, quiere apoderarse de Barranquilla y, por tanto, de los ingresos de sus aduanas, y porque el gobierno ha impuesto contribuciones muy considerables. Pero, pese a todo, la ciudad tiene un gran futuro, y ello se lo debe no en último lugar al influjo de los acreditados comerciantes extranjeros. Barranquilla es la plaza donde los inmigrantes se han adaptado más rápidamente, contribuyendo mucho a su embellecimiento y mejoras. El clima no es precisamente insalubre, siempre que se haga una vida debidamente moderada; sin embargo, el fuerte calor produce efectos agotadores. El recién llegado debe ser muy precavido en comer frutas, pues, de lo contrario, enferma con facilidad. El tiempo de lluvias es, sin duda, petigroso para personas enfermas; y concretamente los meses de septiembre y octubre, la época de los vientos fuertes, son en extremo desagradables.

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