POR EL MAGDALENA. ASCENSO A LOS ANDES

 



Entretanto, había llegado el día de partir para el interior. La pequeña sociedad viajera para Bogotá debía embarcarse en el Magdalena el día 24 de diciembre, víspera de Navidad, de 1881. A causa del retraso de nuestro “Saint Simon”, habíamos perdido el vapor correo del 20 de diciembre y aprovechábamos ahora la mejor ocasión que se presentaba de emprender el viaje río arriba, y ello después de escuchar muchas palabras de disuacióny muchos consejos, como luego se vería, bastante acertados. Yo, que a gusto hubiera querido celebrar con los suizos la noche del 24 con una fiesta del árbol de Navidad (de la palma más bien que del abeto), hube de plegarme a la voluntad de los otros compañeros de viaje, ya que, todavía ignorante de la lengua española, deseaba agregarme a álguien para la travesía.

Eramos sólo cuatro viajeros: un comerciante de Bogotá, Ed. París, algo impedido a consecuencia de un tiro que recibiera en la pierna durante una revolución, persona muy amable y de lo más servicial; el señor Miguel Cané, primer Ministro argentino que desde Caracas viajaba en misión diplomática a Bogotá, de unos treinta y cinco años de edad, hombre de mundo, chistoso, deferente, educado según todas las reglas de los más refinados salones de París y conocedor en particular de la literatura francesa, cuyo sprit se había asimilado; el tercer compañero de viaje era el joven secretario del anterior, García Mérou, como él también de Buenos Aires, un muchacho esbelto y bien parecido, de nariz aguileña, negra barba recortaday ojos fogosos de mirar profundo, un camarada despreocupado y gozador de la vida en todos sus órdenes, además de un auténtico temperamento poético. Era autor de bellas poesías, si bien algo inmaduras, y un tanto superficialmente instruido, cosa que él a menudo deploraba, apenas leído en lo que no fuese literatura francesa (Balzac y Musset, sobre todo).

El 24 de diciembre por la tarde subimos a bordo del vapor “Antioquia” en el puerto de la ciudad. Este barco, ya afortunadamente destruido, era uno de los peores, si no el peor, de todos los vapores fluviales, que sumaban entonces unos veinticinco y estaban repartidos en cinco sociedades de navegación. Esas embarcaciones están construidas según un modelo muy peculiar, que jamás he visto en Europa. Su casco forma como un bote ancho, parecido a una balsa del estilo ferry-boat, y cuyo calado alcanza a lo sumo 5 pies (en los mejores barcos, solo 2 o 3). Sobre esta parte de la obra se levanta, sostenida por columnas, una cubierta en cuya mitad o en cuya porción de popa han sido dispuestos algunos camarotes para pasajeros. Otro piso más pequeño, en el que están los camarotes del capitán y los pilotos, se levanta sobre esta primera cubierta, techada sólo por delante y abierta a los costados. Finalmente, constituyendo el piso más alto, hay una caseta para el piloto de servicio, desde donde éste domina el río, gobierna el barco e imparte órdenes a las máquinas. Estas se encuentran en la parte inferior del barco; en torno suyo están almacenadas grandes cantidades de leña para alimentar las calderas. Y al lado se ven los bultos de mercancías tirados en desorden y en parte apilados. Por delante y por detrás ascienden chimeneas atravesando los pisos del barco, y aumentando así el calor, ya de suyo suficientemente fuerte. La mayoría de los vapores tienen una sola rueda, de notables proporciones, dispuesta en la popa y protegida contra la posible introducción de troncos de árbol. Pero nuestro pobre “Antioquia” llevaba, según el viejo sistema, dos medas laterales, y era además de mucho calado, de suerte que avanzaba muy torpemente y usando de las máximas precauciones. El espacio disponible para moverse los pasajeros era muy limitado, pues si bien estaba permitido subir al segundo piso, los pasos que allí arriba se dieran tenían número muy contado, habida cuenta de que esa parte estaba descubierta y el suelo se hallaba revestido de lata.

A las cuatro el “Antioquia” hizo resonar su sordo pitido, que anunciaba la marcha a todo Barranquilla, y empezó a moverse, primero por el brazo de río, hasta penetrar en el cauce principal. Era el anochecer. Barranquilla nos miraba seductora desde sus palmares, en tanto que nosotros navegábamos Magdalena arriba; y cuando llegó la noche, y el resplandor de las luces de la ciudad daba sobre nosotros, creí reconocer claramente la casa donde lucía el árbol de Navidad de los suizos. Pero a cambio de ello gocé de un espectáculo por entero diferente, aunque me hizo pensar en un sábado de aquelarre. Bajé a las máquinas y me dediqué a mirar cómo los fogoneros iban echando madera sin cesar, salpicando chispas en torno. La cruda luz iluminaba fantasmagóricamente a la tripulación del barco que había venido a tenderse por el suelo. Se veían allí todos los matices de piel: blancos, negros, indios y las muchas mezclas de estas tres razas, mestizos y zambos; todas las estaturas y todas la edades y todas las formas del cuerpo humano. Cuando aquella gente se ponía a comer, sentados todos en torno a un gran cubo que contenía un sucio caldo, introduciendo allí las escudillas o metiendo los dedos, era fácil de reconocer su estado de semibarbarie, pero había que estimar también su laboriosidad y su natural sobrio y sufrido.

También nuestras comidas eran notables. En primer lugar, se servían sobre la cubierta superior, exactamente encima del abrasador local de las máquinas, de modo que uno comía su pan materialmente bañado en el sudor de su frente. Con ceremoniosa cortesía se sentaba a la mesa el Capitán, una faz espantable de barba negra y en punta, que él, sin cesar, se acariciaba mefistofélicamente. Luego, los sudorosos y mugrientos servidores traían a un tiempo todas las viandas, ya medio frías, y cada cual se servía de lo que le venía más en gana, poniéndolo todo junto en un plato. Solo el roastbeef tan duro como una suela, —o, según expresión del señor Cané, como piel de hipopótamo— era cortado por el propio Capitán y repartido por él a los comensales. Salsas de colores indefinidos flotaban en los platos, y todo estaba aderezado con ají, la pimienta española, así que nos ardía la garganta. Puede decirse, en verdad, que si nos acercábamos a la mesa era siempre por hambre —cuando ésta, pese al terrible calor, se dejaba sentir— y con el propósito de ir sobreviviendo. Sólo a una determinada señal del Capitán estaba permitido levantarse de la mesa, y a ménudo el tiempo de espera resultaba harto largo. Pero con todo se iba uno conformando, incjuso con el agua sucia que para el lavatorio matutino se distribuía, directamente extraída del río.

Pero había un arte que sólo con esfuerzo llegaba a aprenderse: el arte de dormir. A eso de las nueve comenzábamos a prepararnos el lecho. Como no era posible permanecer en el camarote de tanto calor como en él hacía, dormíamos fuera, sobre cubierta. Para tal fin se montaba un armazón, semejante a una cama de campaña, provisto de una lona grosera; era el lecho que el barco facilitaba. Por encima se extendía la estera, un tejido hecho de fibras apropiado para contrarrestar el calor, y luego las sábanas, que, al igual que la estera, traía consigo el pasajero. Se escogía un apoyo cualquiera que se tuviera a mano para hacer las veces de almohada, y luego se pasaba a lo más esencial, la colocación del mosquitero, un gran velo cuadrangular de ordinaria muselina. Con la máxima precaución se deslizaba uno, medio vestido, bajo aquella tienda de campaña y se trataba de cerrarla hacia afuera lo mejor posible. ¡Pobre de aquel que al introducirse en la cama dejara alguna pequeña abertura por la que pudiera penetrar un mosquito! Apenas había cerrado los ojos, oía un zumbido monótono y sentía también muy pronto el aguijón del despiadado huésped. Imposible cazarlo. Después de infructuosas luchas, el atormentado viajero solía caer muerto de cansancio para despertarse a la mañana siguiente con las mano y pies hinchados y con la cabeza febril; tan venenoso es el pinchazo de estos torturadores. Pero a las seis de la mañana, inapelablemente, había que levantarse, pues era la hora de limpiar la cubierta. Al dormilón se le arrojaba, sin más, de su pseudo-cama.

Sin embargo, una compensación de todas estas molestias sería para nosotros en los primeros días la novedad del estilo de vida y la belleza del ambiente. En verdad, el viaje por el Magdalena es delicioso. Este río, tan modesto como resulta en el mapa en proporción con las tremendas extensiones del continente, es una formidable arteria de comunicación de Sur a Norte. Constituye por su magnitud la cuarta corriente fluvial de Suramérica. Su longitud es de 1.800 kilómetros, o de 1.700 si se descuentan las ondulaciones de su curso. En el último tramo alcanza a menudo los 1.500 metros de anchura, y a veces se dilata formando un pequeño lago. Las orillas no son tan monótonas como se ha dicho, sino, por el contrario, llenas de variedad, y sólo raramente presentan un aspecto desértico. Primero se suceden interminables trechos de marisma, de carácter tropical y muy fecunda; aquí se crían los numerosos ganados de los Departamentos de Bolívar y Magdalena, que luego son llevados a Jamaica. A veces se ve a las vacas entre un pasto tan alto que las oculta hasta el cuello. En el río aparecen grandes islas. Otras se están formando ahora.  Y hay algunas que, por el choque de las aguas que van abriéndose al paso del barco, se remueven y se derrumban parcialmente. Pero muchas de estas islas parecen verdaderas avenidas, pues a lo largo de sus riberas corren hileras de árboles -cauchos y ceibas— y entre ellas se ven verdes cintas de yerba. Por otra parte, los pastos, frecuentemente inundados, se interrumpen por pedazos de impenetrable espesura, siempre bajo formas diferentes, y sólo de vez en cuando surge una solitaria cabaña de paja en medio de una pequeña plantación de tabaco o de un grupo de palmas bananeras.

Los indígenas navegan en canoas, desnudos o semidesnudos, a lo largo de las márgenes. A veces también encontramos bongos, o sea grandes botes cubiertos de hojas de palma secas, que los negros impulsan río arriba por medio de pértigas, para lo cual clavan éstas en el fondo del río, las apoyan contra el pecho y en tal posición corren algo, con agilidad felina, sobre la borda de la embarcación. Estos bongos eran, antes de la navegación a vapor, el único medio de transporte para remontar el río, necesitando aveces, por supuesto, varios meses de viaje. Así es que estos barqueros del río, los llamados bogas, llevan una existencia de las más duras, pero caracterizada también por una cruda sensualidad, por bestiales costumbres, pues cuanto allegan con faena tan ruda lo despilfarran luego en báquicos excesos.

Se ven pasar también barcos en cuyos flancos, como en los tiempos homéricos, van sujetos cueros inflados, que ayudan a transportar más fácilmente la carga. Y a veces se ve deslizarse río abajo alguna balsa de bambú, abandonada y sin timón, de las que se utilizan para transportar frutos.

De vez en cuando aparece una misérrima aldea de simples chozas agrupadas en tomo a una pequeña iglesia, que es más bien un cobertizo algo mayor que las viviendas y en el que cuelgan algunas campanitas bajo un techo de empajado. Pero también otros poblados más grandes ofrecen la deseada ocasión de mirar cosas y de descansar; así, por ejemplo, Calamar, que presenta por lo menos dos casas de piedra construidas por entero al estilo moruno, junto al resto del caserío, consistente en meras cabañas. Aquí desemboca el llamado Dique, o canal, que une al río con la ciudad de Cartagena. Esta, un tiempo “reina de las Antillas”, sólo a duras penas se salva de la ruina, desbordada ya por Barranquilla. Cierto que recientemente la ha aliviado algo el ferrocarril que, a lo largo del canal, llega a Calamar. Pero la mayor.parte de los viajeros de Europa prefieren, naturalmente, desembarcar en Puerto Colombia.

Sigue el viaje río arriba. Las únicas interrupciones a que nos vemos obligados son las paradas, bastante frecuentes, para cargar madera, pues el vapor devora una enorme cantidad de combustible. La madera está puesta a secar, apilada, en las orillas, y la tripulación se encarga de traerla a cuestas hasta el barco. Varias veces vi salir reptando de los montones de madera serpientes venenosas que, o bien eran muertas inmediatamente por los negros, o bien éstos las arrojaban a.l agua con sus propias manos; otras veces los reptiles se deslizaban rápidamente hacia la espesura. Las paradas del vapor nos daban siempre ocasión de admirar la magnífica vegetación de aquellas riberas y de visitar las cabañas de los leñadores. Estas cabañas están hechas de simples cañas de bambú, y ante la puerta cuelga una red, bastante agujereada, para defenderse de los mosquitos. En el interior de la cabaña suele haber un camastro cubierto de paja, algunos útiles de pesca (chinchorro o atarraya), la lanza, y a veces hasta el lujo de un viejo fusil ya medio inútil. Son curiosas unas flechas de caña de casi dos metros y medio de longitud y provistas de dos puntas muy afiladas, las cuales se lanzan contra los peces por medio de un arco que llega casi a la altura del pecho, duro como el hierro y casi imposible de desplazar de su posición. Fuera de esto corresponden al sencillo ajuar la piedra para rallar el maíz, o bien una tremenda maza para triturarlo, y la olla (vasija de barro en la que se prepara la sobria comida, colocándola al fuego sobre algunas piedras). Maíz, que aquí multiplica doscientas veces la cantidad sembrada, bananos, tal vez algo de yuca (tubérculo que llaman “el pan del pobre”), pescado y arroz constituyen la alimentación de estos granjeros del Magdalena. Cuando necesitan sal, plomos para sus redes, y carabinas o cuchillos, llenan sus piraguas de bananos o de pescado seco y navegan río abajo hasta alguna aldea; allí venden sus productos, compran lo necesario y se vuelven a hundir en su nada. En la indolencia, sin religión, sin educación social, en total ignorancia, van viviendo estas gentes, no sujetas a autoridad y, sin embargo felices a su manera. No sufren contratiempos, salvo que, por acaso, el jaguar se acerque hasta la casita y se les lleve su riqueza (un cerdo), o que el caimán ande al acecho para hacer su botín, o que una serpiente se les meta en la cabaña. En medio de tales peligros, en un estado primitivo, verdaderamente rousseauniano, pasan su existencia estos hombres, sin formación, instrucción ni ilustración, cosas de las que nosotros tanto nos envanecemos, y no trabajan más de lo nécesario...

Más arriba de Calamar, el río recibe una corriente tributaria que duplica casi su caudal; es el Cauca, el cual corre separado del Magdalena por la Cordillera Central y que, partiendo del valle de su nombre, atraviesa Antioquia y, después de recorri­dos 1.350 kilómetros, afluye al Magdalena en dos brazos

principales. La misma desembocadura parece un lago enorme. Por su parte el Magdalena se cambia aquí de la forma más caprichosa, de tal modo que la navegación necesita buscarse de continuo nuevos canales. Así, por ejemplo, la ciudad de Mompós —famosa por su heroísmo durante la guerra de Independencia— se halla completamente aislada del tráfico a vapor porque el brazo de río en que ella se encuentra se ha llenado de arena y no permite ya el paso.

Después de admirar varias noches magníficas y de gozar la vista de las cimas de la Sierra Nevada, que refulgían a nuestra izquierda con el sol del crepúsculo, disfrutamos el espectáculo de otro ocaso tropical, el más bello y singular que pueda darse. Fue en Magangué, ciudad provinciana con algunos buenos almacenes y donde anualmente se celebra una gran feria a la que concurren especialmente Barranquilla y todo Bolívar. El río tiene allí 800 metros de anchura, y mirado hacia el Sur parece no tener límite, lo que aumenta la magnificencia del fenómeno que presenciamos.

Nubes rosadas, rojas y púrpuras se destacan sobre el fondo anaranjado del poniente. Este se va haciendo cada vez más amarillo, cada vez más dorado, mientras el zenit resplandece todavía con el más profundo azul. El agua, en otras ocasiones tan amarillenta, turbia y cenagosa, va pasando del color rosado al rojo vivo y de éste al pardo, como jamás pintor alguno pudiera imitarlo con su pincel. Y al propio tiempo está todo tan nítidamente claro y tan en profundo reposo, que hasta las alas de los pájaros que revuelan sobre el río se destacan limpias y exactas. Poco a poco van palideciendo los colores: el rojizo se toma lila; el rosa, violeta, y la nubes purpúreas se hacen de un gris azulado con orlas de oro. Otras nubes son de un blanco deslumbrador, virginalmente, nupcialmente puras y luminosas. Al cabo de algunos minutos, todo ha quedado ya envuelto

en oscuridad, después que la solar bola de fuego parecía querer incendiar la tierra y abrasarla. Pero por el otro lado del horizonte se levanta ahora un nuevo resplandor. Es el disco de la luna, casi del mismo tamaño que el sol, pero tenue y blanca. Se dibuja en la superficie del agua, primero angulosa, en líneas bruscas y trémulas, hasta que, alta ya en el cielo, queda enteramente reflejada en el río como deseosa de tomar en él un baño confortador. Las capas superiores del aire son todavía más claras; los verdes bosques del primer término se vuelven azulados; las densas sombras del horizonte, más oscuras y espantables. Nubecillas de plata, ligeras como la espuma, se deslizan cielo arriba y juegan con las estrellas, cuyo brillo en el aire diáfano es cuatro veces más intenso que en nuestro país. Por un breve tiempo todo permanece en calma, como si la Naturaleza se dispusiera a entregarse al sueño; pero entonces comienzan una vida y un movimiento, una lucha y un amor que despiertan en el ánimo mil sentimientos distintos. El griterío de los pájaros y el ruido que mueven otros muchos animales llega sin cesar a nuestros oídos. El grillo hace resonar su estridente música; en la lejaníá lanza el jaguar su áspero rugido, y grandes tropeles de monos aulladores llenan los bosques con sus quejas, cuya intensidad es comparable al rodar de los truenos en la tempestad. ¡Ah, las inolvidables noches del Trópico! ¡Qué diferentes de las nuestras! Aquí, quietud silenciosa, tiniebla y frío. Allí, el inagotable tejer, crear y agitarse de todas las criaturas. Soplan aires tibios y nos traen balsámicos aromas. Un inefable bienestar corre por nuestros cansados miembros, y soñadoramente se hunde el espíritu en la esencia primigenia de la Naturaleza.

Adelante, adelante sin cesar. Allí donde los retorcidos brazos del Magdalena vuelven a juntarse, para muy pronto separarse otra vez y formar las numerosas islas de la confluencia con el río Cesar, un poblado se alza sobre una colina, pequeña pero muy perceptible en medio de la total lisura de la región. El lugar se denomina El Banco. Se trata de una posición militar de primer orden, pues quien domina esta altura, domina también toda la navegación del bajo Magdalena. Por tal motivo, en toda revolución se pelea tenazmente, por ambas partes, por la posesión de este punto.¡Y la naturaleza es, sin embargo, tan pacífica! Muy de lejos, refulge ya el Banco, con su iglesia, sobre la superficie del río. Los habitantes, que acuden a la llegada del barco para ofrecernos toda clase de esteras y tejidos semejantes, parecen ser de un natural inofensivo y tranquilo. De cuando en cuando se tiende en señal de paz un arco iris que llega desde el horizonte hasta casi la quilla del vapor. ¡Qué contrastes tan grandes en este magnífico país!

Por un rato, las orillas no presentan ningún encanto especial, a menos que consideremos como tal a los caimanes que a partir de nuestro tercer día de viaje contemplan el barco, con sus ojos saltones, desde las playas o los bancos de arena. A veces están formando un grupo de más de una docena. Perezosos, permanecen quietos allí con las fauces abiertas. De cuando en cuando, la alimaña junta los dientes con un sonoro crujido. Pero las más de las veces se adormece en prolongado sueño. Desde el barco le envían muchas balas, pero estas rebotan en sus duras escamas; sólo bajo los omoplatos es vulnerable. Cuando se siente molestado, va arrastrándijse indolente y tardo hasta el agua. Incluso cuando está mortalmente herido (por ejemplo, cuando se le ha alcanzado en un ojo) ejecuta todavía el mismo movimiento, de modo mecánico, para fenecer dentro del agua. Aquí y allá, se ve flotar uno de estos cadáveres, panza arriba, descendiendo por el río. Hay caimanes que miden hasta 20 pies. Sobre la voracidad de este animal se cuentan las más curiosas historias; por ejemplo, la anécdota de que un caimán se tragó una vez una olla que atascándosele en el estómago, recogía todo el alimento hasta acabar por hambre con la bestia. La autopsia había puesto en claro los hechos, aunque nadie dice, por supuesto, quién se encargó de la diligencia. Una cosa es cierta: que el que cae al agua y va río abajo, es atrapado irremediablemente por estos monstruos. Los casos de salvación se dan sólo raramente. A este respecto se dice del caimán que prefiere la carne del blanco a la del negro. Peligroso es sobre todo el animal que ha comido ya carne humana (el “cebado”, como los colombianos dicen); ése está siempre en la playa al acecho de niños o mujeres. Por fortuna, la hembra se come la mitad, aproximadamente, de sus mismas crías recién salidas del huevo; una vez que ha derra­mado por ellas las consabidas lágrimas, es para los supervivientes la más tierna de las madres. A pesar de los estragos que hacen entre ellos los viajeros, por ser el único deporte que muchos conocen para que resulte más corta la travesía por el Magdalena, los caimanes siguen siendo los amos y señores de estas aguas.

Pasamos por Bodega Central y Puerto Nacional, de donde sale el camino para Ocaña, en Santander. Luego damos vista a Puerto Wilches; partiendo de aquí se construyó un trayecto de vía férrea que debía llegar hasta el interior de Santander. Según los cálculos de los políticos, que despilfarraron millones de francos o los emplearon en beneficio propio, ese ferrocarril debería estar terminado hace ya mucho tiempo. Ahora, los pocos kilómetros de vía construidos están en el más completo y lamentable abandono. ¡Triste cuadro el de un ferrocarril político!

La Naturaleza vuelve a desplegar toda su magnificencia. Los montes, sin que uno se de cuenta, van acercándose progresivamente por ambos lados. El bosque virgen se hace cada vez más alto; grandes plantas trepadoras, de las formas más extrañas y con las flores más curiosas, cuelgan sobre el agua hasta sumergirse en ella, impidiendo mirar por entre la impenetrable espesura. Troncos de árbol van acumulándose en el río, que se convierte en un laberinto de innumerables ramificaciones y meandros. Las islas, verdaderas islas de Calipso, se multiplican. La navegación se hace más difícil.

Entre tanto, ha llegado el día de San Silvestre. Por la tarde, a las seis y tres cuartos, el termómetro marca en el camarote 35°C; fuera, a la sombra, 37°C. Nos detenemos junto a un pueblecillo escondido entre la selva virgen, pues luego de los primeros días, el viaje no puede proseguirse durante la noche. Inmediatamente de sonar la pitada del vapor, salen del bosque los más variados tipos de gente, y corren a lo largo de la ribera, que ahora se ha hecho más alta, o se acercan en ligeras canoas. Llegan las negras, las mulatas e indias con un andar rápido, no exento de gracia y delicadeza, y echados hacia atrás la cabeza y el cuerpo. Las madres llevan a sus pequeños a horcajadas sobre las caderas. Estas gentes ofrecen a los del barco diferentes cosas de comer, y, acurrucados en el suelo, cambian con ellos algunas palabras, sin impertinencia ni descortesía alguna. Pero cuando algún forastero se les dirige en mala forma, saben replicar con doble crudeza; luego desaparecen detrás de uno de aquellos magníficos árboles, y tengo la sensación de que se retiraran a un mundo desconocido.

Se encienden teas, y a su luz temblorosa se va acarreando leña al barco. Con García Mérou hago un recorrido por la ribera llevando por guía a un negro. Vamos armados de largas varas por si se nos cruza alguna serpiente en el camino; partiéndoles de un golpe el espinazo, ya no hay peligro. Nos metemos por una oscura senda entre plátanos, árboles que alcanzan una altura de más de seis metros y cuyas hojas son tan grandes que en una de ellas puede envolverse una persona. Llegamos al fin a un claro donde hombres, mujeres y niños se hallan reunidos en torno a una hoguera. Pronto, y ya que, después de algunas palabras, se despreocupan de nosotros, comienza el currulao, danza negra, expresiva de toda la brutal energía del boga y del zambo. El baile se ejecuta al son de la gaita, que repite melancólicamente las mismas notas, y con el acompañamiento del tamboril. Alrededor del fuego se mueven las parejas como fantasmas de delirio, en tanto los espectadores se alzan allí inmóviles, iguales a los troncos de una arboleda que devorasen las llamas. Pero el bosque en torno se aparece como una negra caverna. No entraré en la descripción de la danza, con sus salvajes movimientos, tan pronto sensuales como lánguidos o apasionados. Aquí no se baila con entusiasmo o con el corazón, sino con el instinto puramente mecánico que habita la carne. Existe una profunda diferencia entre nuestro trabajo social, apoyado en esfuerzos mentales, en comunes sacrificios, padecimientos y gozos, y este oscuro vegetar, este predominio de todas las fuerzas físicas en el hombre, que debe luchar contra la Naturaleza y contra un siglo de viejo despotismo. Es un estado de barbarie, con el que sólo en un futuro lejano podrá acabarse. Consternados por aquella escena retornamos al barco. Por mucho tiempo, no conseguí tranquilizarme. La imagen de mi patria, de mi ciudad, surgía ante mí en aquella noche de San Silvestre, otras veces tan feliz. Escuchaba las campanas anunciando solemnes el Año Nuevo, las voces del vibrante coro, felicitaciones por doquier... un blando sueño cerró al fin mis ojos fatigados.

El día de Año Nuevo de 1882 transcurre lentamente. El río está escaso de caudal y avanzamos poco; el barco tiene que ir tanteando el rumbo. Navega a poquísima velocidad por el canal practicable, y un marinero desde la popa va introduciendo continuamente una pértiga en el agua para medir la profundidad. “¡Siete pies! —grita—, ¡cinco!, ¡cuatro!, ¡cinco!”... Hasta que, de pronto, se escucha: “¡tres!” (¡tres pies solamente!). El barco se detiene, y debe empezar a retroceder para buscar una nueva vía. A las cinco de la tarde tenemos ya que interrumpir la travesía y amarrar nuestro barco a una isla cubierta de alta yerba, en medio del río. En torno, ni rastro de vida humana. No podemos saltar a tierra, pues las serpientes son muy peligrosas. En las primeras horas del 2 de enero tratamos de proseguir el viaje. Tras muchos esfuerzos inútiles, que nosotros observamos temerosamente, el Capitán declara que es imposible el paso y comienza a buscar algún punto de la ribera junto al que podamos anclar. Estamos en el Magdalena, dentro de nuestra calurosa cárcel, abandonados en medio de la más absoluta desolación. No hay más remedio.

Aquí aparece en mi diario un gran paréntesis. Cuatro días eternamente largos duró aquel martirio, a una temperatura sugeridora de ideas suicidas, ¡entre los 38°C y 39°C a la sombra! Ya no sé exactamente cómo pasé todo aquello; mis compañeros de viaje, en particular el señor Ministro Cané, estaban del más negro humor. Sólo confusamente, recuerdo que dormí mucho, a pesar del consiguiente y fuerte dolor de cabeza, y que en las horas restantes me dedicaba a leer a Shakespeare, que afortunadamente había llevado conmigo.

Por fin, el día 6 de enero, damos vista a un barco. lis el ligero “Francisco Montoya”, de escasísimo calado y de una sola rueda, que avanza con los pasajeros que partieron de Barranquilla el 31 de diciembre, o sea seis días más tarde que nosotros. Izamos la bandera de socorro y se detiene a nuestro lado. Después de algunas negociaciones, se nos hace pasar de nuestro viejo cajón, el “Antioquia”, al rápido vapor en que vamos a seguir la travesía. Jamás un barco me ha parecido tan magnífico como me pareció entonces el “Montoya”, ni nunca me resultó más grato y apetecible el trato humano, tras de aquellos días de sofoco y modorra mental en la soledad, en medio de la grandiosidad del trópico.

Pero el barco iba atestado de gente. Bajo una escalera hube de montar mi campamento como me fue posible, y el aseo matutino era cada día mayor problema, ya que sólo se disponía, para todos, de un gran balde y de dos toallas sucias. Pero, a pesar de tan mezquina toilette, me encontraba satisfecho. Los tres siguientes días de viaje pasaron muy rápidamente. Se hacían descargas contra los caimanes y los monos —estos últimos saltaban de un árbol a otro entre muecas y graciosos movimientos— y sobre las blancas garzas que orgullosamente se paseaban por la arena. Teníamos charlas de lo más agradable, y yo hacía todo lo posible por ir chapurreando el español.

Llegamos a Puerto Berrío, de donde parte un ferrocarril ha­cia el interior de Antioquia. Allí tuvo que desembarcar un nor­teamericano al que por el río había acometido la fiebre. Dificultosamente, sostenido por dos hombres, pudo llegar hasta la casa en que quedó. Nos dolió en el alma.

El río se hace ahora más estrecho: la ribera, más alta; la vegetación menos exuberante; la corriente, más rápida. Hacia el atardecer estamos en Nare, donde existe un tinglado (bodega le llaman) para la descarga de mercancías con destino a Antioquia. Aquí descienden algunos de nuestros nuevos compañeros de viaje. Con espanto los veo desaparecer en la oscura noche; ¿a dónde se dirigirán ahora? La bodega no tiene sitio donde pernoctar, y el insalubre pueblo de Nare está a media hora de distancia. Ya empiezo a notar los encantos de viajar por estas regiones...

El domingo, 8 de enero, fue el día en que, al fin, habríamos de superar las últimas dificultades: los tres saltos (chorros) formados por el estrechamiento del río hasta 150 y aun hasta 125 metros, y por los arrecifes. El agua corre aquí a unos 24 metros por segundo. Los dos primeros saltos, uno de ellos el peligroso Guarinó, fueron superados con relativa facilidad. En cambio el tercero, el Mesuno, costó indecible esfuerzo. El barco toma impulso por varias veces. No avanza lo más mínimo. Se inyecta más vapor. En vano. El Capitán, de pie en la más alta cubierta, la que hace de puente, grita de continuo a los maquinistas que aumenten el vapor. Las válvulas de seguridad se abren y silban inquietantemente. El barco todo tiembla y oscila y amenaza desvencijarse. Los pasajeros van inquietos de un lado para otro. Muchos de ellos se han quedado muy pálidos, y con motivo, pues a no mucha distancia de nosotros emerge del río la destrozada caldera de vapor de un barco que voló en una maniobra semejante. Y ese barco tuvo luego varios imitadores de su salto mortal. Ahora ha fracasado la última arrancada. El Capitán hace arrimar el barco a la orilla y envía gente a tierra con la misión de amarrar un recio cabo que ya desde nuestra embarcación hasta unos árboles situados más arriba del lugar peligroso.

De nuevo se pone la máquina a todo vapor y al propio tiempo se va arrollando con una máquina la cuerda, que tres hombres mojan de continuo con baldes de agua. El chorro no resiste ya a tanta fuerza reunida. Después de cinco minutos, largos y difíciles, nos encontramos felizmente arrilla. Resuena un potente hurra. Todavía una hora escasa de viaje, durante la cual pasamos ante los más hermosos palmares y bosques y ante los más lozanos pastos (potreros), y hemos arribado a Bodega de Bogotá, (en la ribera derecha del Magdalena, frente a Caracoli), que constituye el puerto de la capital. Nuestro viaje fluvial ha llegado a su término, después de dieciséis días completos; ¡dieciséis días para cubrir 209 leguas de recorrido!

Así que comenzó a refrescar algo la atmósfera, pasamos el río y empezamos a andar por un arenoso camino que conduce a la ciudad de Honda, situada a unos tres kilómetros aguas arriba, a la margen izquierda del Magdalena. Allí tuvimos cor­dial acogida por parte de algunos cónsules. Honda era punto de escala de los conquistadores españoles; modernamente sirve para el transbordo de numerosos productos del Tolima y de Caldas, y es lugar de partida para el viaje por tierra a Bogotá y de embarque para la travesía río abajo. Edificada en un valle de gran hermosura, Honda mira hacia el mundo románticamente, pero con altanería, en medio de sus palmas y cocoteros, con su aire de vieja ciudad española, yo diría casi oriental, casi árabe. La rodean altas cumbres cubiertas de verdor (no precisamente de bosque). Por un puente de hierro sobre el Guali, un espumeante tributario del Magdalena, penetramos en la pequeña ciudad, situada a 210 metros sobre el nivel del mar y con una temperatura media de 29°C. Honda, restablecida ya en parte de los estragos de los terremotos y de las guerras, es tan fea por dentro como poética se nos aparecía al contemplarla desde fuera. Muchos edificios con aspecto de fortaleza nos hacen recordar que Honda fue base de operaciones para las correrías contra los indios de la comarca.

Otras casas se hallan medio en ruinas, muchos muros están ennegrecidos por el humo. Viejos conventos e irregulares plazas, torcidas calles y angostos callejones, sucios lugares de la parte del río engendradores de la fiebre... todo esto impide consolidar la buena impresión que hacen algunas casas españolas, grandes y ventiladas, y en especial la animada Calle del Comercio. En Honda aparece de nuevo el aguador, sentado con las piernas cruzadas sobre su burro cargado con dos barrilitos. Las hondeñas, en particular las de las clases populares, son altas y esbeltas y se distinguen por su elegante porte y gracioso andar. Los establecimientos comerciales, en los que hay bastante actividad, son aquí también verdaderos bazares turcos. Honda, en su pujante naturaleza, en su industrioso ajetreo, es una estampa de vida; en sus ruinas y en su casi entera soledad es una estampa de muerte; en toda ocasión es un contraste vivo. Cuidando de observar las reglas de la moderación y el aseo, tampoco aquí ha de temerse demasiado el contraer unas fiebres intermitentes.

Comentarios () | Comente | Comparta c