El Dorado

 
 

 

COLOMBIA Y SU CAPITAL



 

El extranjero que, después de un largo y costoso viaje, llega a la Sabana de Bogotá experimenta, antes que todo, una justificada sorpresa. Se ha dicho con acierto que la impresión que recibe una persona en tales circunstancias debe de parecerse a lo que se sentiría al pasar rapidísimamente de una selva del centro de Africa a una llanura de la Normandía. ¿Cómo es posible que tan penosos caminos conduzcan a una de las más importantes ciudades de Suramérica, donde habitan tantas personas ricas y cultas y donde se acumulan tantos capitales y tantos tesoros del espíritu? Ya en esto se muestra que Colombia es un país de violentos contrastes. Estos contrastes se hacen visibles en su misma configuración física, en las variedades climáticas, en las diferencias raciales, en su desarrollo etnográfico y político.

Antes de entrar en la descripción de la capital, incluiremos aquí algunas referencias geográficas de carácter general que parecen convenientes para la comprensión de lo que ha de seguir. No se entienda por ello que este libro tiene el propósito de reunir toda clase de datos sacados de las obras científicas sobre el país para ofrecérselos al lector. Este, más bien, habrá de ampliar sus conocimientos acerca de Colombia sin más que seguir muestras correrías, observar con nosotros y compartir nuestras propias experiencias. Valgan las indicaciones que siguen como mera preparación de estas excursiones.

La República de Colombia se halla muy favorablemente situada, entre el Atlántico y el Pacífico, en el extremo Noroeste de Suramérica. Por el Este, Sudeste y Sur limita con Venezuela, Brasil, Perú y Ecuador. Colombia comprende un territorio de 1.283.400 kilómetros cuadrados (Justus Perthes, 1926), con un perímetro de 9.915 kilómetros. Este territorio es, pues, unas dos veces y media mayor que Francia, veintitrés mayor que Suiza y cuarenta mayor que Bélgica. La longitud del litoral Atlántico, incluido el Golfo del Darién, es de 2.252 kilómetros, y la del litoral pacífico alcanza los 2.595 kilómetros. Al país corresponden además una serie de islas con una superficie total de 6.525 kilómetros cuadrados.

Toda la configuración de Colombia está condicionada por la peculiar estructura de sus montañas, especialmente por las cordilleras, o Andes, si prescindimos del macizo, completamente aislado, de la Sierra Nevada de Santa Marta, junto a la costa del Atlántico. Partiendo del Sur, desde Ecuador, estos Andes avanzan hacia Colombia en dos cadenas, que en la meseta de Pasto se aproximan mucho entre sí, pero sin llegar a unirse, por lo que resulta inexacto haber hablado de Pasto, como de un único nudo montañoso, el San Gotardo andino. Y como además la Cordillera Oriental de las dos citadas vuelve a bifurcarse algo más al Norte, en el Páramo de las Papas (4.400 metros de altitud, donde las papas crecen espontáneamente), para Colombia se da una tripartición de los Andes en forma de abanico. La más occidental de estas tres cordilleras, separada del Pacífico por los valles de los ríos San Juan y Atrato, va a morir en el Norte, al borde del golfo del Darién. Las montañas que rodean este golfo, al igual que las alturas del istmo de Panamá, no pertenecen ya a esa cadena, sino que se trata de sistemas aislados. La Cordillera Central es la más enorme y la más rica en metales; ella presenta las más altas cumbres, como son los volcanes de Puracé (4.900 metros) y Huila (5.700 metros) y la cima que ya admiramos cuando nuestra subida por Honda. Esta cordillera atraviesa el Estado de Antioquia y se pierde en el Estado litoral de Bolívar. Por último, la Cordillera Oriental es la única que presenta el sistema de las altiplanicies (entre ellas, las de Bogotá), por partirse en el nudo de Sumapaz (4.560 metros) y ramificarse luego, en especial en el Estado de Santander. Más al Norte, una parte de esa cordillera separa al Magdalena del valle del Zulia y la zona de la Bahía de Maracaibo, y se pierde en la península de la Guajira; otra parte avanza en dirección a Venezuela, en la que se introduce profundamente. La Cordillera Oriental es la más salubre y también la más poblada. En ella se levantan montes verdaderamente gigantescos. Así, según algunos, la Sierra Nevada del Cocuy o Chita sería la montaña más elevada de Colombia.

Los Andes, casi por todas partes, atesoran metales diversos (hierro, cobre, plomo, etc.); especialmente grandes son las minas de oro y plata, en particular en el Estado de Antioquia. Pero falta mucho aún hasta que esas minas sean explotadas por medio de la maquinaria más perfeccionada, que aplica la moderna técnica. Dignas de mención son todavía las minas de esmeraldas de Muzo (Departamento de Boyacá), las más importantes del mundo.

Las aguas cuyo curso determinan esas formaciones montañosas vierten en parte en el Océano Pacífico -son unos pocos ríos, como el San Juan y el Patía- y en parte en el Atlántico. Cierto que algunos de los ríos que corren en dirección Norte no van a desaguar en el mismo Atlántico, sino al Golfo de México o al Mar de las Antillas. Ejemplo de esto, aparte del caudaloso Atrato es el Magdalena, con su gran afluente, el Cauca encajado este último entre la Cordillera Occidental y la Central, profundamente incrustado el primero entre la Central y la Oriental-. Esta Cordillera Oriental separa también el territorio andino de las inmensas extensiones de los Llanos o pampas, por donde se reparten la cuenca del Orinoco con sus afluentes principales, El Apure, el Arauca, el Meta y el Guaviare, y la del Amazonas con sus tributarios, Río Negro, Caquetá o Yupura y Napo. Esta red fluvial es extraordinariamente rica; las cuencas del Orinoco y el Amazonas llegan a unirse, incluso, en la frontera de Colombia, por medio del Casiquiare.

Condicionada por esta articulación orográfica e hidrográfica, la distribución del país se ha calculado como sigue: 805.640 kilómetros cuadrados, o sea casi dos tercios de la superficie total, corresponden a los Llanos; 408.875, o sea casi un tercio, constituyen terreno montañoso, con clima variable; 32.700 son las altiplanicies propiamente dichas; 24.600, las montañas frías e inhóspitas, o páramos; 52.685, lagos, lagunas y pantanos.

La situación ecuatorial del país, unida a la presencia de tan enormes cadenas montañosas cubiertas de nieves perpetuas, determina las más diversas gamas de posibilidades climáticas. Según las altitudes, predomina el paisaje tropical o el de montaña. Si bien las circunstancias locales de cada sitio dificultan realmente la división, se han distinguido tres grandes regiones: la región alta y fría ( Tierra fría); la región media y de moderada temperatura ( Tierra templada), y la región baja y cálida ( Tierra caliente).

Esta región tropical, que comprende las tierras de hasta 1.000 metros de altitud y cuya temperatura oscila entre los 23°C y 30°C, pero que a veces, especialmente en los Llanos, se eleva por encima de ese límite, la conocimos ya al realizar el viaje por el Magdalena. Aquí crecen las enormes palmeras, los grandes bananos, los mangos, la caña, el tabaco; aquí se cultiva el mejor maíz y el mejor arroz, el índigo, el algodón, el caucho, el marfil vegetal, la vainilla, las especies nobles y útiles de ceiba, higuerón, caracolí, guayacán, cumula, los cedros...; todos estos árboles se presentan rodeados por monstruosas

lianas, formando un conjunto abigarrado y revuelto. Aquí se encuentran también gran cantidad de plantas medicinales: la zarzaparrilla, el bálsamo de copaiba, el bálsamo de Tolú, la ipecacuana. .. Esta zona es el país de las selvas vírgenes, de las grandes plantaciones y pastos, de los bellos naranjos y limoneros.

A la segunda región, la central, corresponden todas las comarcas que están, poco más o menos, a una altura entre 1.000 y 2.300 metros, o sea que se encuentran principalmente en las vertientes de las cordilleras. La temperatura media es de 17° a 23°C. En esta tierra templada, parecida a Italia, el clima es suave y uniforme, sano y tonificante. Se asemeja algo al que reina entre nosotros hacia fines de mayo, cuando el año es cálido y hace bueno. En dicha zona media el cielo es radiante y el aire está saturado de los aromas de los frutales. Una rica flora, que incluye las orquídeas, nos llena de embeleso. Aquí encontramos los grandes helechos, la quinquina o árbol de la quina. En lugar de la papa o patata, se come la arracacha (algo entre nabo y zanahoria), y en vez de los cereales, la yuca. Esta zona es la patria del café, de la caña de azúcar, de la batata, del maíz blanco, de la especie de banana llamada plátano guineo. Característicos de aquí son los grandes bambúes (guaduas).

Si avanzamos aún más hacia la altura, llegamos a la tercera zona, a tierra fría, que abarca en Colombia las partes del país comprendidas entre los 2.300 y los 4.300 metros. La temperatura media va aquí de los 5° a los 15°C. La Sabana de Bogotá es una ejemplo típico de la llamada tierra fría. Aquí reina una eterna primavera; los días se parecen a los nuestros, tan magníficos, del tiempo fresco a principios de abril o de octubre. Aunque el cielo no resplandezca, está en todo caso, transparente y claro.

Pero a veces ascienden de los valles vientos fríos y húmedos y las nieblas se deslizan a lo largo de las crestas montañosas. Esta zona es particularmente rica en plantas herbáceas y leguminosas, traídas aquí por los conquistadores españoles. Es el país clásico de la papa o patata, que en 1563 fue llevada a Europa por el Inglés Hawkins. Aquí crecen el trigo, la cebada, la avena, la alfalfa, el trébol... Aquí florecen las rosas, los lirios, los claveles, las violetas, los geranios... Aquí se hallan también en su ambiente los sauces (salix Humboldt), los nogales, los cerezos, los manzanos y los melocotoneros.

Pero ya a una altura de 3.000 metros resultan raras las plantas que hemos citado. En las comarcas despobladas de hombres , en las que sólo habitan las tempestades, surgen tan sólo pequeños helechos, líquenes, achicorias enanas, y esa planta de extraña forma, de la que se extrae trementina y que llaman frailejón. A los 4.300 metros de altitud se acaba toda clase de vegetación. Pero hasta los 4.700 0 4.800 metros, o sea por encima de nuestros altivos Alpes, no comienza el límite de las nieves, el cual dominan algunos majestuosos gigantes de las cordilleras Central y Oriental. Sobre el blanco sudario de estos paisajes tropicales de montaña, sólo el cóndor flota audaz en los aires.

Por lo que toca a las excelencias o desventajas del clima de las diferentes regiones, y también en cuanto a las distintas enfermedades endémicas, queremos guardarnos de generalizar en demasía, y así traeremos sólo nuestras observaciones con referencia a las descripciones de los puntos y comarcas que visitamos. De un modo amplio puede decirse, sin embargo, que el país es sano allí donde el hombre lo ha hecho sano mediante su trabajo y civilización. Regiones propiamente insalubres, peligrosas en tal sentido, sólo las hay en Colombia en el Chocó, en la porción septentrional del valle del Magdalena, en el Estado de Bolívar y en los Llanos.

Como es natural, la mayor o menor protección del hombre contra las enfermedades depende también, en gran parte, de las estaciones del año. En los textos escolares se suele simplificar mucho este capítulo de la Geografía cuando se escribe que en Colombia alternan, y ello dos veces al año, dos estaciones: el tiempo seco y el de lluvias. El verano reinaría en los meses de diciembre, enero y febrero, y luego otra vez en junio, julio y agosto; el invierno o estación lluviosa sería durante marzo, abril y mayo, y después en septiembre, octubre y noviembre. Ni siquiera ese relevo de verano e invierno es, en modo alguno, cosa de tanta regularidad. Según veremos, existen regiones, como los Llanos, donde llueve mucho más de seis meses al año; y por el contrario, hay comarcas que son relativamente secas durante el tiempo considerado como lluvioso. Hasta en un mismo y determinado lugar se producen grandes oscilaciones y desplazamientos de las estaciones del año.

La población de este enorme territorio llega sólo a unos ocho millones. Pero hay que considerar que, de toda la extensión del país, sólo un tercio, aproximadamente, se halla más o menos habitado y cultivado; casi un millón de kilómetros cuadrados son tierra deshabitada y baldía. Así acontece que algunos lugares tienen tanta densidad de población como Francia, que la mayor parte de los habitantes se reparten entre los 800 y los 2.800 metros de altitud, en tanto que grandes superficies, en especial las depresiones, están cubiertas de selva.

La población se compone de tres razas y sus diferentes mezclas. Las razas son:

La americana o india, cuyo origen se busca en el propio continente o también en la raza chino-mongólica. Estos aborígenes constituyen del 30 al 35 por ciento de la población total y se encuentran principalmente en las altiplanicies y en las faldas de las cordilleras. La mayor parte de ellos están civilizados; sólo 200.000 indios viven en estado de primitividad y son los salvajes de los llanos, de las llanuras pantanosas del Chocó, al Norte, en los valles del Atrato y en torno al Golfo del Darién, y, por último, en la península de la Guajira.

El segundo lugar corresponde a la raza negra. Los negros, traídos de Africa como esclavos a principios del siglo XVI para realizar en minas y plantaciones los trabajos que resultaban insanos para los indios, representan aproximadamente una décima parte de la población del país y se hallan en las depresiones y en las regiones más cálidas, en la costa y en las riberas de los ríos.

La tercera raza, finalmente, son los blancos, o sea los europeos inmigrados desde la Conquista, especialmente españoles y sus descendientes. Como falta toda estadística sobre la cifra de los inmigrantes (y más aún de las mujeres europeas llegadas al continente, si bien el número será relativamente bajo), y como también muchos españoles regresaron a su patria después de enriquecerse, no es posible determinar con certidumbre la proporción numérica de la raza blanca. En todo caso, existe mucha menos población blanca pura de lo que el orgullo de los colombianos quiere admitir. Algunos suponen tan sólo un 5 por ciento, aproximadamente, del total de los habitantes. De seguro que el cálculo es bastante alto cuando se estima en una décima parte de la población el número de los criollos, o sea la gente de pura ascendencia europea, pero nacida en América. Tampoco hay que pasar por alto a este respecto que los inmigrantes eran asimismo muy diversos en cuanto a su origen y carácter. Los mismos españoles no son en absoluto una raza unitaria. Sangre árabe y judía se mezcló a la base étnica, especialmente en el centro y sur de España, y, por lo demás, andaluces, castellanos, aragoneses, catalanes, vascos, navarros, gallegos... son tipos fundamentalmente distintos.

El resto de los habitantes, del 45 al 50 por ciento, está integrado por la población de mestizaje: mulatos, mezcla de raza blanca y negra; mestizos, de raza blanca e india, y zambos, de raza negra e india. Los más numerosos, naturalmente, son los mestizos.

Ya disponemos, pues, del marco de generalidades en el que puede aparecer con claridad la imagen de la situación, del aspecto exterior y de la vida de la capital, Bogotá.

Fundada en 1538 por uno de los conquistadores españoles, Quesada -sobre esta admirable fundación volveremos más adelante-, la ciudad, ya en 1540, recibió de Carlos V su fuero urbano con el título de "Muy noble, muy leal y más antigua", así como el nombre de Santafé de Bogotá, este último en recuerdo del lugar de recreo de los Zipas, jefes de los chibchas, o sea los aborígenes, y que se llamó Bacatá ("Límite extremo de los campos"). Después de ciento treinta y cinco años, Bogotá tenía 3.000 habitantes, y sólo en 1797 alcanzaría la cifra de 17.000. Pero en ~1881, una guía directorio calculaba la población en 84.000, repartida en 39.000 hombres y 45.000 mujeres. Según el último censo, 1929, los habitantes eran ya 224.000.

Bogotá se halla a 4°36'6" de latitud Norte y a 67°34'8" de longitud Este del meridiano de París. La diferencia entre Bogotá y París es de cinco horas, seis minutos y diecisiete segundos. Bogotá es la capital de la República y, al propio tiempo, del Estado de Cundinamarca. Este último nombre, de origen indio, parece significar "región alta donde impera el cóndor o el águila". De este modo quisieron los habitantes primitivos designar a los conquistadores la Sabana de Bogotá y el imperio

de los chibchas. Bogotá es además sede archiepiscopal. La ciudad se halla a una altura de 2.611 a 2.700 metros sobre el nivel del mar, o sea unos 300 metros más ,alta que el Niesen, en los Alpes Berneses. La temperatura media de 13°C. La máxima, 22°C; la mínima, 6°C. Sólo excepcionalmente desciende el termómetro a cero grados y el agua se condensa un poquito. La chimeneas, por ello, no son necesarias en Bogotá.

Hacia el Oeste se extiende la ancha Sabana. Bogotá, pegada a la cordillera Oriental de los Andes, que la separa de los Llanos, de la cuenca del Meta y Orinoco, se extiende principalmente hacia el Norte y el Sur. Sobre Bogotá la cordillera parece hacerse más compacta y más elevada; allí se forman cortos valles transversales y depresiones, de los que salen cuatro torrentes que atraviesan o bordean la ciudad: los ríos de Fucha, San Agustín, San Francisco y del Arzobispo. Sobre estos ríos o torrentes, que, según la estación del año, llevan un potente caudal o están casi secos, existen algunos puentes que unen los diferentes barrios de la ciudad. La principal de estas depresiones, la formada por el río San Francisco, deja abierta una brecha o boquerón. La elevación rocosa situada al Norte de él, que se levanta en pendiente muy empinada, se llama Monserrate. Está a 521 metros sobre la ciudad, o sea a 3.165 metros sobre el nivel del mar, en tanto que el monte del Sur se denomina Guadalupe, y tiene una altitud de 3.255 metros (610 metros sobre la ciudad). En lo alto de cada una de ambas montañas, que descienden al valle con vegetación y formas semejantes a las de los Pirineos, existe una capilla, visible a mucha distancia. Pero de ambas, sólo la de Monserrate que tiene un Cristo milagroso, convoca el domingo a los fieles y penitentes, o una vez al año a los que allí se reúnen en romería; las campanas se escuchan desde el valle. Inmediato a la salida del Boquerón se halla el barrio del Norte, llamado Las Nieves.

La ciudad propiamente dicha se ha extendido más hacia el Sur, recostada en el Guadalupe, cuya pendiente desciende de modo mucho menos abrupto, formando además diversas colinas intermedias antes de entregarse definitivamente a su destino, la llanura, que todo lo iguala y nivela. Sobre esas colinas se alzan también algunas capillitas de blancos muros, que contempladas desde abajo hacen la impresión de pequeños castillos o palacetes y constituyen en el paisaje un aliciente muy poético y gracioso.

De acuerdo con esta topografía, la división y demarcación de la urbe se configura de un modo sencillo y casi monótono en su regularidad. Las vías que se dirigen de Sur a Norte, y por las cuales se desenvuelve principalmente el tránsito, se llaman carreras; las que cortan a éstas en ángulo recto y que van del Oeste al Este, ascendiendo hacia el monte en cuestas bastantes acentuadas, reciben el nombre de calles Todas las vías son estrechas, para nuestros módulos habituales; tienen sólo cinco a ocho metros de anchura y sus aceras son angostísimas. Por el centro de casi todas las calles que bajan del monte corría entonces el llamado caño, una zanja de desagüe, descubierta, pequeña y de escasa profundidad. Estos caños, especialmente durante las sequías prolongadas, exhalan horribles olores y se desbordan frecuentemente con los formidables aguaceros, convirtiéndose en verdaderos torrentes y dificultando también el tránsito. Por la mitad de los años ochenta se comenzó poco a poco con la canalización de la ciudad, obra, por supuesto, muy costosa, al tiempo que se construía un sistema de cloacas. Hoy día han desaparecido en su mayor parte aquellos caños, si bien se escuchan continuamente quejas sobre lo reducido de la red de tuberías.

Las casas, vistas por fuera, son en su mayor parte feas e insignificantes. Sus ventanas están provistas de rejas combadas hacia afuera en su parte inferior. Algunas pocas tienen miradores. Casi exclusivamente en las dos vías principales, la Calle Real y la Calle Florián, hay que destacar una serie de bonitos edificios, aunque, por lo angosto de esas calles, no lucen como debieran. La mayoría de las casas constan de una planta única, hay también bastantes de dos pisos, pero pocas de tres. Las casas de mayor altura son excepción en Bogotá, por miedo a los terremotos y temblores. Durante mi permanencia allí, se produjeron dos temblores de tierra de cierta intensidad y duración, y noté con bastante claridad esa sacudida del cerebelo que Bain considera y diferencia como una especial sensación fisiológica.

En los barrios extremos las casas no son sino cabañas, de modo que el que hace su entrada a Bogotá por cualquiera de sus cuatro costados no puede substraerse a la penosa impresión que provocó la exclamación del señor Cané: "¡Mais c'est un faubourg indien!". De puerta de esas cabañas hace una pared, realmente muy española, de lienzo tensado en un marco, que permite tener una idea del triste interior. De ventanas encristaladas, no hay que hablar; los agujeros de ventilación se cierran con batientes de madera. La gente pobre construye sus viviendas con bloques de tierra desecada (adobes); la mayor parte de las casas son de ladrillo, ya que la piedra, debido a los malos medios de transporte, ofrece grandes dificultades para ser traída a lomo de mula. Por esta misma razón, sólo las calles principales disfrutan el privilegio de un empedrado sólido. Las cubiertas son de tejas curvas superpuestas en dos hiladas.

En el centro de la ciudad se halla la Plaza de Bolívar, o de la Constitución, un cuadrado de 80 metros de lado. En medio se alza la muy lograda estatua en bronce del gran Simón Bolívar, el libertador (f 1830). Tenerani modeló en Europa esta escultural. En torno al monumento se han dispuesto unos bellas jardines, donde crecen flores durante todo el año. La plaza ofrece un excelente aspecto. Por el Este la limita la Catedral, de amplia fachada y con dos torres, coronada por una cúpula. El interior, para mi gusto, no puede llamarse magnífico ni bello. Las tres naves se hallan separadas por poco graciosas columnas de 13 metros de altura con capiteles dorados, lo que parece un escenario sobre la ornamentación corintia, lo único que por su belleza de formas produce algún efecto. Lateralmente se han dispuesto además seis diferentes capillas y muchos altares y cuadros. Separada sólo por una casa cural, se alza la Capilla del Sagrario, cuya cúpula se hundió a causa del terremoto de 1827, destruyendo desgraciadamente el altar mayor con sus columnas adornadas por conchas de tortuga y mármoles. Por supuesto, ha sido bastante restaurado. En la capilla cuelgan cuadros del pintor colombiano Vásquez.

Ante la Catedral y a lo largo de todo el frente oriental de la Plaza de Bolívar, corre una especie de terraza a la que se asciende por escalones. Es el Altozano, lugar de encuentro y mentidero de todos los políticos y charlatanes de la ciudad.

La parte Norte está limitada por casas particulares. Frente a la Catedral, o sea al lado occidental de la Plaza, estaban los Portales, un vasto edificio de no mucha altura (tres plantas), bastante imponente al contemplarlo a distancia, pero, de cerca, muy tosco y mal hecho; en 1900 fue destruido por un incendio.

Al lado Sur está el edificio del Gobierno, el Capitolio, comenzado ya en 1849, pero no terminado todavía. Y tampoco es muy fácil que se lleve pronto a feliz término, pues la obra amenaza ya ruinas por algunas partes. La arquitectura es del más extraño gusto. Las dos alas del edificio estarían muy bien para alguna de nuestras construcciones escolares, pero el tejado (no sabemos si se trata de algo provisional) es plano y lleva un alto friso sobre cuyo extremo Sur, solitaria y tediosa, se ve una estatua que anhela soñadamente la llegada de sus vecinas. Unida por medio del friso con las prosaicas alas laterales, se alza en el centro una serie de columnas, en forma de pórtico y tras ellas se ven otras hileras más. Se pensó en construir este vestíbulo de modo que penetrara en la plaza, pero la fealdad e imperfección de todo el edificio no hubiera desaparecido con ello. En el patio, al que se llega a través de las hileras de columnas, hay una buena estatua en bronce del General Mosquera, quien después de tres años de sangrienta guerra civil dio la victoria al partido liberal el año 1863. En las alas laterales se hallan instaladas diversas oficinas del Gobierno. Se trata de salas de elevado techo, frecuentemente ornamentadas con muy bellos estucos y magníficas pinturas. En la planta baja, detrás del patio, estuvo durante bastante tiempo el salón de sesiones del Senado, y en el primer piso el Salón de la Cámara de Diputados, que ésta hubo de abandonar en vista de sus malas condiciones acústicas. No se han regateado en esta construcción grandes sumas ni buena voluntad, pero sólo un mediano resultado logró alcanzarse. Esta es la plaza principal de la ciudad.

De las restantes plazas, enumeramos las que siguen: la de San Victorino, que se distingue por una gran fuente; la de los Mártires, rodeada de casas muy humildes, pero que tiene un bello jardín. En el centro se alza un obelisco con las estatuas de la justicia, de la paz, de la libertad y de la fama y rodeado de urnas. En el obelisco figuran lápidas de mármol en recuerdo de los mártires de la guerra de Independencia. Al que modeló estas estatuas, más vale que no le pida cuentas la Diosa de las Artes. Sin embargo, aquella plaza me hizo siempre una impresión solemne. Se halla santificada por la sangre de los luchadores de la libertad. Después de que la ciudad, el 20 de julio de 1810, se alzara en abierta rebelión, expulsando al Virrey y estableciendo un gobierno provisional, en 1816 fue conquistada de nuevo por los españoles, que pasaron aquí por las armas a ciento treinta y cinco ilustres ciudadanos, entre ellos también algunas mujeres. El 20 de julio es hasta hoy la principal fiesta nacional colombiana.

Un agradable contraste con lo anterior es el que presenta la Plaza de Santander, un pequeño, pero muy bien cuidado parque con bellas verjas, en el centro del cual se halla el monumento del General Santander, bizarro y enérgico organizador de la nueva República, y presidente de la misma hasta 1837. Es asombroso ver con la rapidez que crecen los árboles de estos parques. Hay que anotar que en Bogotá y sus cercanías se planta en especial el eucalipto, por razón de su frondosidad y porque en pocos años alcanzan gran altura. Este árbol, con el que deberían repoblarse también las peladas alturas que dominan la ciudad, tiene el único inconveniente de echar raíces demasiado fuertes y extensas, las cuales minan materialmente los cimientos de las casas.

Muy linda también es la Plaza del Centenario, o de San Diego, situada en el sector Norte de la ciudad y que forma un bello jardín en cuyo centro se erigió un pequeño templete de la Victoria, destinado cobijar una estatua del Libertador.

Bogotá no tiene, pues, edificios especialmente notables, a no ser que se cuenten entre ellos, desde el punto de vista confesional, las iglesias, que son treinta y dos, además de doce capillas y oratorios, así como una pequeña capilla presbiteriana. Exteriormente son, en su mayor parte, construcciones feas, que no presentan, en absoluto, ningún estilo arquitectónico. Sólo San Carlos (hoy San Ignacio) se distingue por su magnífica nave, y la iglesia La Tercera, por sus tallas, que un bárbaro cabildo hizo cubrir de revoque. Merecen citarse, por lo demás, los grandes edificios conventuales. En el año 1861 había en Bogotá ocho conventos de frailes y seis de monjas; todos ellos fueron suprimidos. El General Mosquera los destinó a alojar organismos y dependencias oficiales. De este modo se instalaron: la Biblioteca Nacional, en cuya planta baja se encuentran el Aula Máxima de la Universidad y el Museo; la Universidad misma, repartida entre el antiguo convento de Jesuitas (San Bartolomé) y Santa Inés; la Escuela de Maestras, en Santa Clara; el Correo y el Banco Nacional, en Santo Domingo. San Agustín y San Francisco se convirtieron en cuarteles. Estos dos últimos edificios fueron utilizados también por la Gobernación del Estado de Cundinamarca. Todos los conventos citados tienen igual carácter en cuanto a la construcción. Rodean uno o varios patios cuadrados, en torno a los cuales corren galerías semejantes a claustros. Algunos de estos patios, como por ejemplo el de Correos, están adornados por bellos jardines.

Mencionaremos finalmente el Observatorio, una torre con aspecto de fortificación, situado según unos a 2.615 metros de altitud, según otros a 2.632, y fundado en 1802 por Mutis. Toda vez que su situación es extraordinariamente favorable para la observación del firmamento, tanto al Norte como al Sur, este observatorio debió haber dado mucha fama a Bogotá; pero es sólo una estación meteorológica. Faltan los instrumentos necesarios, y la publicación "Papel periódico" decía acertadamente en 1884: "Encontramos inadecuado y deshonroso vanagloriarnos de un observatorio donde falta casi todo lo que se precisa. Pudiera ocurrir que de pronto subiera una comisión astronómica a Bogotá y se encontrara con nuestra abandonada torre".

Tan modesto como el Observatorio es el Palacio del Presidente, mansión que éste debía habitar entonces con carácter oficial. Se halla en una calle lateral, y exteriormente no hace ningún especial honor a su denominación, pues se trata de una sencilla casa blanqueada de ventanas pequeñas e irregulares y una entrada de ciertas proporciones. En la planta baja hay un cuerpo de guardia. En la inmediación de este edificio se encuentra el teatro, en aquel entonces insignificante y hoy convertido en un lujoso coliseo, en el que se hicieron exageradas inversiones. Debemos hacer mención todavía de una diminuta casa situada en la esquina de la Plaza de las Nieves, con un balcón muy característico de la época de Felipe II. Fue en tiempos el "Palacio" de los Virreyes.

Cerramos esta descripción con el Panóptico, o presidio, a un cuarto de hora de la ciudad, y que presenta la traza de una construcción circular con rotonda y alas confluentes en forma de estrella, según el modelo de la prisión celular de Filadelfia.

Quien contempla la ciudad desde un camino que discurre a unos cien metros de la misma, no puede sustraerse a una sensación de melancolía ante la vista de aquella confusión de tejados, de aquel apiñamiento de calles, de plazas relativamente pequeñas. En verdad, la distancia entre esto y nuestras abiertas y claras ciudades europeas produce un efecto de opresión. Pero la situación de Bogotá tiene también sus bellezas. En particular la luz que da sobre la cadena montañosa que se desploma hacia el valle, es muy cambiante a cualquier hora del día y constituye un verdadero deleite para la mirada del suizo. A veces se ofrece el mismo espectáculo de luces que es propio del verano en nuestro país, cuando los montes parecen retirarse y se presentan menos fuertemente modelados. Otras veces, hacia la caída del sol, las alturas se envuelven en un particular ambiente otoñal, y las formas de los peñascos destacan nítidas como los Alpes en los días septembrinos. Y otras veces, también, las montañas respiran frescura primaveral y apacible resplandor de mayo. Esta variedad de las luces, que en Bogotá puede gozarse en el espacio de un solo día, mientras que en nuestras tierras se halla repartida en las diferentes estaciones del año, desagravia en cierto modo a los montes por la pérdida del adorno de sus árboles, total y bárbaramente talados, y también por lo mezquino de la vegetación que los viste apenas de una delgada capa verde.

Después de este recorrido, volvamos a las calles de Bogotá en busca de ambientes y tipos.

¡Que gran diversidad, sobre todo en los carruajes! Grandes bueyes, la cerviz uncida bajo recio yugo, tiran emparejados de las carretas usuales en la Sabana, esos pesados vehículos provistos de dos ruedas grandes y macizas. En especial la calle que conduce al mercado, se encuentra atestada de estos vehículos. Los demás medios de transporte son poco numerosos. De cuando en cuando se ve un enorme ómnibus que lleva al campo una familia o un grupo de amigos; son monstruos con capacidad hasta para doce personas y en los que existe el peligro de marearse. Hay también unos viejos cajones con aspecto de coches, en los cuales se hacinan cuatro personas.

Coches modernos o calesas, eran muy escasos en Bogotá por aquella época. El Presidente de la República salía en un vehículo de apariencia bastante noble, semejante a los coches de bodas. Recuerdo todavía muy bien el revuelo que provocó la aparición de un coche de verdadera calidad ante la casa del Cónsul alemán, señor Koppel, el año 1882, y la gran admiración que despertó. ¿Qué hay en eso de extraño si se considera que en Bogotá se ve todavía hoy un artefacto, la litera o silla de manos, que fue honra singular de tiempos remotos? Estos cajones, sin más claridad interior que la mezquina luz que otorga una ventanita -encortinada, para colmo-, los transportan dos hombres fornidos y sirven para llevar a personas enfermas o delicadas, a damas y ancianos. En la revolución de 1885 -así me lo refirieron- los cabecillas del partido radical que dirigían el movimiento revolucionario contra el gobierno, y los cuales no se pudo capturar pese a todos las pesquisas, hacían visitas a sus partidarios sirviéndose de estas literas. El secreto, como es natural, estaba en poder de sólo unos pocos; de lo contrario, hubiera sido detenida el arca de los conjurados y apresados sus ocupantes.

Como revancha de la curiosidad con que es observado, examinado y criticado todo forastero y recién venido, deberán ahora desfilar ante nosotros los diferentes personajes callejeros de la ciudad. La vida en las calles es muy animada, ya por el hecho de que los comercios se hallan abiertos a la vía pública por una o dos puertas muy anchas. Las tiendas y almacenes de pequeña o mediana categoría carecen de escaparates, de manera que una parte de su actividad se desarrolla en la calle misma.

Es notable, ante todo, que en Bogotá raramente se ven negros. A ello hay que agregar -yo he observado efectivamente este fenómeno y podría citar nombres- que cuando un negro permanece largo tiempo en la sabana, el color de ébano de su piel se substituye por un tono achocolatado o por un oscuro gris ceniciento. Semejante influjo empalidecedor de la tez lo ejerce, por lo demás, en todos los otros casos la considerable altitud de Bogotá. Como ya vimos, la raza blanca no se halla representada aquí en número muy grande. A menudo hube de sonreírme cuando alguna familia bogotana me detallaba su blanco árbol genealógico y entraba de repente un miembro de la familia que presentaba un color de la piel o un matiz del pelo acreditativos de raza india, deshaciendo así toda la teoría. En efecto, la gran mayoría de los habitantes de Bogotá que se ven por sus principales calles son mestizos de indio y blanco; mas el grado de mezcla no destaca demasiado marcadamente, pues la mitad de las personas tienen la faz bastante blanca o blanca del todo y no se diferencian por ese detalle de nuestros rostros europeos, que también presentan muchos y variados tintes.

Estas gentes, cuya sangre española se halla mezclada con más o menos gotas de sangre india, tampoco en la indumentaria se distinguen en modo alguno de los europeos, y, por el contrario, tratan de superar a éstos en el refinamiento de su aspecto exterior. En efecto, al extranjero le llama inmediatamente la atención el gran número de señores ataviados con elegancia y finamente compuestos. Allí se ve a los comerciantes, reunidos en grupos en la calle, ante los edificios del gobierno o a la entrada de los bancos. Y luego la caterva de los políticos, gentes desocupadas y sin profesión, la plaga de este hermoso y buen país, que acaso antes, bajo aquella o la otra administración, han ostentado un cargo oficial y que ahora están a la espera y urden intrigas hasta que un nuevo período, de los que ordinariamente cambian la provisión de todos los cargos, les vuelva a colocar en algún empleillo. Se ve también a los estudiantes universitarios y alumnos de los diferentes centros de enseñanza media; todos ellos gustan de vestir bien y no les desagrada la vida callejera. Hay que agregar la gran legión de los poetas, los muchos maestros y catedráticos, los periodistas, abogados, médicos, agentes, etc., sin olvidar a aquellos privilegiados que no hacen nada absolutamente y cuya atildada y compuesta apariencia es el mayor misterio del mundo. Menos monótono resulta el atuendo de los que se envuelven en la capa española y saben llevarla bien, cosa no muy fácil. Entre los criollos abundan las figuras nobles y hermosas; hombres de complexión fuerte, pero fina, de tez transparente, ligeramente tostada, bella nariz, abundoso cabello negro y oscura barba; de cuando en cuando se ven también rubios (monos) de aspecto normando. Su paso es elegante, su voz agradable, su habla vivaz, teñida de cierta indolencia. En todo su aspecto hay algo sereno, abierto, cordial, simpático.

De vez en cuando pasan jinetes, con su pintoresco traje de montar o con indumentaria de viaje, cabalgando sobre corceles, las más de las veces, de buena raza, pequeños, esbeltos y de soberbios cuellos.

El traje de montar europeo empieza a introducirse poco a poco y sólo se lleva para cabalgadas por las cercanías de la ciudad. Otras personas montan sin ningún atavío especial, como hacen los médicos, que se sirven del caballo, incluso por las mismas calles de Bogotá, para realizar más prontamente su visita. Y también alguna vez se ven amazonas, elegantes y diestras en el dominio de sus cabalgaduras.

Las jóvenes bogotanas de raza blanca que encontramos cuando van de compras o a la iglesia, pueden calificarse, en su mayoría, de muy hermosas. Son pequeñas, pero de elegante figura, la que, sin embargo, no se manifiesta suficientemente, debido a que la bogotana viste por la calle de modo muy sencillo; y de negro. Sus atavíos más lujosos los reservan para el salón o el teatro. Del torso a la cabeza, a veces envolviendo a ésta enteramente, cumple su cometido la inevitable mantilla, frecuentemente ornada de preciosos encajes, y cuyos delicados pliegues insinúan lo inaccesible, accesible al propio tiempo, de su condición. A través de esta negra veladura, mira el expresivo rostro. El cutis de las auténticas bogotanas, cuyas familias residen desde mucho tiempo en la capital, es pálido, transparente y mate. Las muchachitas cuyos padres se desplazaron del campo a la ciudad desde hace una o dos generaciones, se distinguen por sus mejillas rojas y de suma delicadeza, que florecen como rosas sobre la tez blanca. Los ojos, siempre fascinadoramente bellos, amables y un algo burlones, son castaños o negros y muy brillantes. Las trigueñas y las rubias abundan menos.

Las señoras mayores y las matronas, a las que desatentamente no he nombrado hasta aquí, van también de negro, color que, por supuesto, les sienta muy bien, y no tienen nada que envidiar a las europeas ni en dignidad ni en nobleza de talante.

Mucha menos atención dedica el forastero a los pobres indios de raza pura, atraído principalmente por la contemplación de la gente blanca o mestiza. El forastero siente instintivamente que se encuentra, más que frente a seres individuales, frente a una masa que gusta de deslizarse lo más silenciosa y humildemente. El indio, "civilizado" y "convertido" al cristianismo, lleva toscos calzones de un tejido de fabricación casera. Su camisa está casi siempre sucia. Sobre ella viste la ruana, prenda cuadrada, fuerte y de color oscuro, con una abertura en medio, por donde se introduce la cabeza (el poncho mejicano). El indio va descalzo o lleva una especie de sandalias (alpargates). Predominan los hombres de constitución fuerte, de tez de tono cobrizo o aceitunado, cabello lacio y corto, escasa o ninguna barba y ojos vivos que expresan su carácter astuto, algo indolente y muy desconfiado. Las indias jóvenes raramente rebasan la estatura mediana, pero tienen bastante buena figura, si bien son algo toscas y torpes. Los rasgos y expresión del rostro presentan caracteres de gran regularidad y hasta de hermosura, y el pelo, aunque no muy cuidado, es bello y negrísimo. Su indumento es de lo más sencillo; el torso se cubre con una simple camisa, o a veces con una tosca mantilla negra.

En la ciudad las indias trabajan como sirvientas y lavanderas, y entonces van mejor vestidas y más limpias. Pero las viejas presentan un aspecto de lamentable abandono y de suma fealdad.

A los indios se les ve en los barrios extremos, agrupados a docenas en algunas de las muchas tabernas o tiendas, de pie junto al mostrador tomando la bebida popular, la chicha, un líquido amarillo y espeso, parecido al vino nuevo y hecho de maíz fermentado; es de fuertes efectos embriagantes. A veces los vemos conduciendo por la ciudad sus mulas, éstas bajo el peso de grandes cargas. Otros llevan a cuestas jaulones con gallinas o cargamentos de leña, carbón u otras mercancías. El correspondiente fardo lo sujetan con una correa que se apoya sobre la frente. Curvados, con un paso ligero y corto como un trotecillo, caminan hacia la plaza del mercado, donde constituyen el elemento humano más numerosos y donde se muestran en su ambiente y algo más desenvueltos. El ruido que reina allí se parece al zumbido de un colmena.

La plaza del mercado nos da ocasión de pasar a la pintura de la vida material en Bogotá. Esta se halla en dependencia, naturalmente, de las especiales condiciones climatológicas. Ya señalamos brevemente que en Colombia se suceden, en general, dos únicas estaciones: la seca y la lluviosa. En la altiplanicie bogotana, la primera época de lluvias comienza a mediados o finales de febrero. Pero sería erróneo suponer que durante ese tiempo esté cayendo agua continuamente. Lo que suele producirse son violentas precipitaciones en forma de aguaceros entre truenos y relámpagos. Durante una hora el cielo suelta todas sus esclusas; luego, por lo común, aclara completamente. Sólo una vez, en toda mi permanencia, llovió ininterrumpidamente en Bogotá durante unas treinta y seis horas. A veces cae también granizo de gran tamaño, así que algunos de los cerros que dominan la ciudad quedan revestidos de blancor, bajando mucho la temperatura. Un día vi en los patios de varias casas una capa de granizo de un pie de espesor. Es curioso anotar que la gente pobre recoge el producto de la granizada, y entonces hay helado en Bogotá, pero no procedente de ninguna de las fábricas de hielo.

Este tiempo de las tempestades de lluvia se prolonga hasta entrado el mes de mayo. En junio, julio y agosto, por lo común, hace buen tiempo; pero en esa época caen sobre Bogotá, especialmente en junio y julio, los llamados páramos, lloviznas extremadamente frías. Las densas masas de humedad que se elevan de los llanos son empujadas sobre las cordilleras por los vientos del Este. Allí, con el frío reinante sobre las cumbres, esas masas adquieren la suficiente condensación y peso y se convierten en finas precipitaciones en forma de chubascos. En septiembre debería iniciarse de nuevo el verdadero tiempo de lluvias; pero a menudo la época seca se continúa hasta el mismo mes de octubre, de modo que la sabana aparece agostada y los ganados se debilitan y enflaquecen terriblemente a causa de la falta de agua. Mas en circunstancias normales el invierno, o estación lluviosa, llega en septiembre y dura los meses de octubre y noviembre hasta principios de diciembre. Este último, así como enero y febrero, son los meses más bellos y claros de todos, pero sus mañanas son también las más frías del año. En diciembre la temperatura media es de 14°C; en febrero, de 16°. En estos meses el cielo brilla con un azul soberbio y de suma diafanidad. En el resto del año, la atmósfera experimenta las más variadas transformaciones, pues como Bogotá recibe además, traídos por el viento, los vapores que se levantan sobre las cálidas zonas del Magdalena, tan pronto densas nubes oscurecen una parte de la sabana como vuelve a aclararse el cielo, radiante y limpio.

De acuerdo con las dos estaciones del año, en la sabana se dan también dos cosechas. Se siembra a fines de febrero para recoger en julio; se vuelve a sembrar en septiembre y se cosecha nuevamente en enero. Si a esta riqueza natural de la sabana se agrega la circunstancia de que a la capital pueden ser traídos los productos, no sólo de la zona templada, sino también de la tórrida de las vertientes de la cordillera que descienden hacia el Magdalena, lo mismo que de los cálidos valles de los afluentes del Orinoco, y ello en tiempo relativamente breve mediante el transporte a lomo de mulas, se comprenderá que el mercado de Bogotá es uno de los más ricos que puede poseer ciudad alguna del mundo. Encontramos allí fresas silvestres y gruesos fresones, moras de zarza, una especie de cerezas salvajes, melocotones y ciruelas, manzanas, piñas, mangos, cocos, melones, sandías, pepinos, granadas, granadillas (fruto sabrosísimo, que es lástima no tengamos en Europa), chirimoyas (con su rico perfume) ... toda una larga serie de frutos de nombres enteramente exóticos; y además, higos, naranjas abundantísimas, limones, dátiles, el rico aguacate (o "manteca vegetal", que recibe su nombre del francés Avocat),

Curubas, tunas, nísperos, mameyes, zapotes, anones, uchuvas, papayas, guanábanas, mortiños, guamas, guayabas, caimitos, madroños, hicacos, etc.

tomates, tamarindos, calabazas, y toda suerte de flores y plantas medicinales. Y hay cebollas, ajo, col, coliflor, espárragos, nabos, zanahorias, remolachas, rábanos, chicorias, pimientos, lechuga, alcachofas, etc. Junto al trigo se vende maíz, estupendas papas y batatas, arracachas, yuca y maní o cacahué, además de arroz, guisantes, alubias o fríjoles, lentejas, avena, caña de azúcar, cacao, café, tabaco, anís, linaza, lo mismo que mantequilla, queso blanco y salado, huevos, grasa, cera, jabón. Está allí también a la venta la excelente carne de Zipaquirá, una enorme cantidad de aves, pescado seco del Magdalena y el pescado fresco llamado capitán, del río Funza y que bien preparado resulta bastante sabroso. Se venden liebres y conejos; azúcar, panela, sal; y paños de fabricación campesina, y cintas de las clases más diversas, y pañuelos, sombreros de paja, velas de sebo en grandes cantidades, espejitos, juguetes para los niños indios... Y, en abigarrado desorden, vajilla, cordones, sacos, sandalias, correas... El trato y el regateo se desenvuelven con gran viveza. El lenguaje de las vendedoras es aquí, como en otras partes, un tanto subido de tono. Mucha importancia tiene también el aguardiente que se bebe en las tabernitas vecinas.

El mercado se halla establecido bajo grandes cobertizos y está en bastante buen estado de limpieza, pero se echa en falta a los gallinazos, que se encargarían de acabar con todas las sobras y desperdicios. Esos dignos representantes de la policía sanitaria en Suramérica, han sido casi eliminados en Bogotá por las pedradas de los traviesos muchachos, y la ciudad sufre de su ausencia. En general, faltan allí los pájaros; sólo el pequeño y pardo gorrión, tan confiado, puede verse por la ciudad.

Con este abundante mercado resulta fácil preparar una mesa verdaderamente buena; en efecto, en las casas de las familias acomodadas se come excelentemente. Deliciosos son en especial los postres, por la variedad de los frutos conservados, (dulces) y de los frutos frescos. Los muchos platos azucarados o golosinas que al principio resultan extraños al europeo, terminan sabiendo muy bien, particularmente si se toma a continuación un vaso de agua fría, que a su vez halaga como exquisito complemento al paladar.

El desayuno lo toman los auténticos bogotanos entre las diez y las once. Consiste en la sopa habitual, bananos, arroz y un bistec, u otra clase de carne, acompañado de algún guiso de huevos. Para terminar, una taza de chocolate. La comida se sirve entre las cuatro y las cinco. A las ocho de la noche toman como refresco una taza de chocolate o también té, con pastas, bollos, etc., o con fruta. Ha desaparecido la vieja costumbre española de tomar todas las comidas temprano y echar la siesta después de la comida principal.

Como bebida hay que considerar en primer término el agua, que, afortunadamente, brota de una clara fuente del Monserrate y que los extranjeros, después de un breve período de aclimatación, pueden saborear con deleite. Sigue luego en importancia la cerveza, que elaboran varias cervecerías pertenecientes a sociedades alemanas. El vino, en comparación, es carísimo. El vino español, el llamado catalán, es más barato, pero por su mucha agregación alcohólica resulta demasiado fuerte. Por lo demás, en Bogotá se toman muchos licores finos como aperitivos Con motivo de cualquier solemnidad, se saca el champaña, antonomasia de las bebidas nobles, y cada cual lo ingiere, aunque sea de mala calidad. El hombre sensato debería practicar en Bogotá la virtud de la más estricta templanza, pues se bebe más de lo que la sed reclama, y el alcohol constituye un amigo seductor y peligroso en medio de aquella eterna primavera, con la consiguiente debilitación que en sus fuerzas experimenta aquí el europeo.

La general carestía de la vida tiene por principal causa el mismo carácter de la ciudad. Bogotá no es propiamente un centro comercial, por muchos comerciantes que en ella haya. Hasta finar los años ochenta la mayor parte de las mercancías se subían a la Sabana para enviarlas luego a los Estados del Norte y del Sur; hoy día, con muy buen acuerdo, las vías de transporte se han desplazado más hacia el valle del Magdalena, de donde reciben directamente sus productos los distintos Estados. Bogotá, pues, es en realidad una ciudad consumidora, que sólo gasta y nada produce.

Como es natural, las clases pobres y las paupérrimas son las que sufren en mayor medida los elevados precios de los productos alimenticios y estimulantes, así como los del vestuario. Por tal razón el estado sanitario de Bogotá no es precisamente óptimo. Hay que anotar que los indios viven muy sobriamente y que la naturaleza suministra plátanos baratos, así como papas, yuca, arroz y maíz. Con las muchas privaciones por que esta gente pasa, con sus vestidos malos e insuficientes, pues falta la adecuada ropa de abrigo, y con la escasez de buenos alojamientos a semejante altitud, la alimentación resulta casi siempre incompleta carencia casi absoluta de verduras, poquísima y mala carne, y en cambio mucho licor de maíz-, siendo además excesivo el desgaste físico por el trabajo. Por último, como el aseo corporal es deficiente, las enfermedades pueden fácilmente hacer de las suyas en estas masas humanas hacinadas en cabañas miserables.

Muchas personas, precisamente de esa clase, padecen de tisis. Durante largo tiempo se puso en duda la existencia de la tuberculosis en la Sabana, y supuestas luminarias de la ciencia médica negaron abiertamente que se diera allí dicha enfermedad. Mediando ya los años ochenta, se produjo por primera vez un cambio radical en las opiniones al respecto. Por entonces llegó a Bogotá, llamado por el Gobierno, el veterinario francés Véricel, quien pudo descubrir en el mercado de la ciudad una gran cantidad de carne atacada por el "mal perlado". Se trataba de entrañas y pulmones, partes que consumen los pobres, de reses en su mayoría traídas de tierra caliente y que no habían conseguido adaptarse a las nuevas condiciones de vida en la fría y rigurosa Sabana. (El ganado, por otra parte, suele ser ordeñado en exceso, se encuentra día y noche al aíre libre en casi todos los casos y además se le obliga a trabajar mucho). Después de lo dicho se hicieron detenidos exámenes microscópicos y el joven doctor Alberto Restrepo publicó sus exactas observaciones en el mismo sentido. Según estos investigadores, la traidora dolencia está incluso muy extendida, pero sólo entre las clases más pobres; al parecer la mitad de las personas muertas en el hospital y pertenecientes a esas clases presentan lesiones y alteraciones tuberculosas más o menos graves. En cambio, gracias al clima de la altura, el curso de la enfermedad es más lento y latente, presentando síntomas poco acusados, y el doctor Restrepo cree poder asegurar que son pocas las personas cuya muerte tiene por causa directa la tisis.

En general será bueno que el extranjero no insista mucho en persuadirse de que vive en un clima de primavera eterna. Efectivamente, al principio es necesario hacer un gran esfuerzo para pasar de la mullida cama al aire sensiblemente frío, tan distinto del que se ha respirado en las regiones tórridas del país. El sol nos quema, es cierto, pero ya no nos acalora y abrasa. La opresión respiratoria que se suele notar durante los ocho primeros días, es cosa pasajera. Como el aire es de mayor ligereza que el que estamos acostumbrados a respirar, la presión atmosférica es menor, consecuentemente, y hay que realizar más inspiraciones para proveerse de la necesaria cantidad de oxígeno. Pero la calidad del aire, tan pronto muy seco como extremadamente húmedo, los fuertes vientos y los aguaceros, y muy especialmente la diferencia entre la temperatura a la sombra y al sol, diferencia que puede llegar a veces hasta los 15°C, todo ello aconseja prevenirse de enfriamientos. Los resfriados y catarros son frecuentes por las causas dichas, y las pulmonías se han llevado a la tumba a más de un vigoroso extranjero. El sobretodo es en Bogotá imprescindible. Una estricta higiene es cosa siempre conveniente, pues el cuerpo, de modo especial en los que realizan trabajos intelectuales, se ve fácilmente atacado de una ligera anemia, perdiendo parte de sus resistencias normales. Pero hay un mal que nunca sobreviene en Bogotá: las fiebres; ni la fiebre amarilla ni la intermitente. Cuando se da algún caso, es que el germen se ha contraído en alguna región más cálida.

Por lo común, uno se adapta pronto a las condiciones de vida de Bogotá, como, por ejemplo, a la uniforme duración del día y de la noche, duración sujeta tan sólo a imperceptibles variaciones. A las seis de la mañana amanece, a las seis de la tarde cae la oscuridad. En ambos crepúsculos la penumbra no pasa de un cuarto de hora, gran beneficio para el miope, que sólo por la distribución de luz y sombra puede distinguir una serie de objetos y que en nuestros largos crepúsculos de las zonas templadas cree caminar entre borrosos espectros homéricos.

... La figura externa de Colombia no ha dejado tampoco de modificarse en lo que va del siglo XX, pero los cambios fueron, no obstante, de escasa significación si se los compara con las transformaciones acontecidas en Europa como consecuencia de la guerra mundial. Mas la pérdida del Departamento de Panamá, incluida la Zona del Canal con las ciudades de Panamá y Cristóbal Colón, constituye para el país uno de sus más duros reveses. Todo el desarrollo de esta separación, determinada por los norteamericanos (y expuesta aquí en un capítulo posterior), infligió al sentimiento nacional colombiano una herida que seguramente no ha de cicatrizar jamás. Más tarde, sin embargo, fueron dadas satisfacciones al Estado cuando el Presidente Wilon en 1917, poco antes de la proclamación del derecho de autodeterminación de los pueblos, hubo de reconocer sin rodeos, en sesión pública del Congreso, la injusticia cometida por Roosevelt contra Colombia. Pero incluso el pago de 25 millones de dólares, efectuado en expiación de aquella injusticia, dio lugar a falsas interpretaciones, pues venía a apoyar la suposición de que en los Estados de Suramérica podían repararse con oro las ofensas inferidas al honor nacional. Hoy día, en lugar del dolor por la pérdida del istmo de Panamá, ha surgido la serena y objetiva consideración de los hechos. En 1927 se restablecieron las relaciones diplomáticas con la vecina nueva república, creada bajo el influjo norteamericano. Si los colombianos contemplan la enorme obra de la construcción del Canal, cuya realización hubiera estado por encima de sus propias fuerzas, y si miran cuál fue la conducta de los norteamericanos al imponerse desconsideradamente en la Zona del Canal y sin reparar para nada en los derechos de los otros, podrán experimentar incluso una sensación de alivio al haberse substraído a la acción directa de los nuevos conquistadores.

Otras modificaciones se produjeron también en la frontera oriental y meridional de Colombia. Controversias con Venezuela, de varios años de duración, con motivo de las fronteras entre ambos países en la región de los Llanos y en la del Golfo de Maracaibo, habían sido solucionadas transitoriamente el año 1891 en virtud de un laudo de arbitramento del Rey de España. Cuando más tarde Colombia y Venezuela fueron poseídas por la fiebre del petróleo, pareciendo que precisamente los territorios fronterizos encerraban riquezas petrolíferas, los conflictos amenazaron surgir de nuevo y en forma más exacerbada. En tal sazón los gobiernos de los dos países dieron prueba de gran madurez política, volviendo oportunamente a la idea del arbitraje y sometiendo al fallo de Suiza los problemas todavía en litigio. Después de intercambiar los escritos jurídicos donde cada una de las partes, apoyándose en antiguos títulos y otorgamientos, fundaba sus respectivas aspiraciones, una Comisión suiza se personó en dos lugares objeto del conflicto y fijó con carácter irrevocable las fronteras entre ambas naciones. Estos trabajos obtuvieron fuerza legal por fallo del Consejo Federal de Suiza del 24 de marzo de 1922, allanando así unas diferencias que con el tiempo hubieran podido enturbiar seriamente las relaciones entre Colombia y Venezuela. Parecidas delimitaciones de fronteras tuvieron lugar después al Sur, con el Ecuador; ambos Estados pudieron llegar a un acuerdo sin que fuera necesaria la mediación de tercero o la substanciación de un procedimiento. Los buenos resultados de la experiencia en estas delimitaciones fronterizas hicieron prosperar en Colombia el deseo de regular también mediante un tratado las cuestiones todavía pendientes con el Perú. Estas se referían a la frontera del Putumayo, una región de selva virgen perteneciente a las tierras del Amazonas, y que en el tiempo de la expoliación de los caucheros se hizo tristemente célebre por las crueldades allí registradas. Colombia, sin duda, poseía la más antigua opción a aquella zona, sólo que la ocupación se había iniciado desde el Sur, de suerte que el Perú podía invocar con cierto derecho su trabajo de colonización. Recientemente pudo verse lo dócil que resulta reivindicar derechos de soberanía allí donde se han pasado por alto las circunstancias reales. Cuando, en consecuencia, Colombia renunció a una parte del Putumayo, dio, pues, una nueva prueba de prudencia política. Perú, por su parte, le cedió un acceso suficientemente amplio al Amazonas, con lo que, sin duda, quedaron aseguradas posibilidades de desarrollo para un ulterior tráfico comercial de Colombia hacia el Brasil. El tratado internacional concluido con el Perú no fue dado a conocer, después de largas negociaciones secretas, hasta el año 1928, pues los dos países procuraban no herir la susceptibilidad nacional de sus ciudadanos. Gracias a una cuidadosa preparación de la opinión pública, no se produjeron incidentes en Colombia al revelarse la entrega de aquellos territorios del Putumayo. Esa rectificación de fronteras suscitó, en cambio, la oposición de la República del Ecuador, que se sintió coartada y amenaza por el avance económico del Perú. Cuando se conocieron las negociaciones antes mencionadas, Ecuador rompió sus relaciones con Colombia, y todavía no ha consentido en reanudarlas, pese a la buena disposición de la otra parte.

En la actualidad, Colombia tiene delimitadas todas sus fronteras (excepto con el Brasil) por medio de tratados o en virtud de laudo arbitral. Esas fronteras son: al Norte, en lugar de Costa Rica, la República de Panamá con la zona norteamericana del Canadá, al Este Venezuela, al Sureste Brasil, y al Sur Perú y Ecuador. Con todos estos vecinos desea Colombia vivir como hasta aquí, en duradera paz y amistad.

En cuanto a la estructura del país, con sus montañas, ríos y llanuras, así como con sus riquezas naturales, o en cuanto al clima, con las diversas regiones y la vegetación por ellas condicionada, las nuevas observaciones no han revelado nada que difiera señaladamente de las circunstancias antes de segundo orden superan a Bogotá, en el fondo bastante monótona, por lo que se refiere a la generosidad y amplitud de su trazado y en cuanto a las construcciones. Y, sin embargo, allí se nota algo del carácter de una verdadera capital. No es en los monumentos y otras cosas dignas de verse, ni tampoco en los progresos de los medios de comunicación, donde realmente se irradia ese espíritu de gran ciudad. Lo maravilloso es, en conjunto, la presencia de Bogotá soberbiamente asentada en estas alturas, cerca del cielo, en la claridad de las montañas, por encima de los cálidos vapores del trópico. No en vano los fundadores la llamaron Santa Fe de Bogotá. En la "santa fe" de esta ciudad, tan rica en iglesias y tan fiel a la Iglesia, reside sin duda la explicación más entrañada del noble ensalzamiento de su ser.

Sin embargo, puede ser que sonría ante estas palabras el que, sólo por corto tiempo, va a Bogotá para hacer algunas visitas o resolver algunos negocios, abandonando la ciudad con la misma prisa con que llegó a ella. Acaso en el aire polvoriento y neblinoso no se reconozca ya nada que esté en afinidad con el viejo espíritu de la disciplina eclesiástica. Pero allí templos y conventos se alzan en no disminuida multitud, y hoy día prepondera aun la Iglesia Católica con firme poder. Precisamente a causa de este rasgo esencial de Bogotá, que se substrae a una clara interpretación, resulta cosa secundaria la información sobre el número exacto de habitantes (224. 000 en 1929), sobre la longitud de la red ferroviaria, la cifra de los automóviles, la de los grandes hoteles o la de los comercios. Los datos a este respecto se alteran de un día para otro; bastará saber que Bogotá se desarrolla incesantemente como ciudad moderna, si bien en el terreno de la asistencia queda todavía mucho por hacer. Las iglesias antiguas, plazas y parques que antes se han descrito siguen constituyendo los puntos más notables y dignos de admiración; lo nuevo carece de carácter propio y pude pasarse por alto. En comparación con el pasado, ha experimentado particular alteración el centro de la capital. Las casas de una o dos plantas se han ido reduciendo a los barrios extremos o han desaparecido, y en su lugar se alzan hoy muchos soberbios edificios comerciales y bancos. Los adelantos técnicos del cemento armado ayudaron en este aspecto a superar el miedo a los temblores de tierra; hace poco se ha terminado el primer edificio de siete pisos. Por desgracia, los inconvenientes de las calles estrechas se hacen ahora todavía más notorios, y así ningún edificio luce como fuera de desear.

El tráfico ha aumentado enormemente. las bellas estampas de los jinetes, como también el acarreo a lomo, se han desplazado del casco de la ciudad. Ya no se ve jamás una silla de manos. El automóvil se ha adueñado sin miramientos de las angostas vías de la ciudad y constituye la amenaza del peatón. De que los pueblos jóvenes siguen siendo amigos de la bulla, da fe el incesante resonar de las bocinas. El cochero que antes reclamaba paso de continuo con su campanilla de dos tonos, va cediendo paulatinamente ante los medios de transporte más rápidos. Una mina de ganancias san los tranvías urbanos, que marchan atestados desde primera hora hasta muy tarde, pues el colombiano no es amigo de ir a pie. Los últimos vehículos tirados por mulas, hace ya cinco años que caducaron en su servicio ante la tracción eléctrica. Las cuatro estaciones de la ciudad, no muy grandes pero bastante bonitas, dan a Bogotá un aire de superior importancia en comparación con las capitales de los departamentos.

Quien llega por primera vez a Bogotá se interesa, como es natural, por las posibilidades de alojamiento. Si bien los hospedajes son caros, lo mismo que en toda Suramérica y en Norteamérica, puede afirmarse en justicia que tanto la alimentación como el servicio son muy buenos en los mejores hoteles de Bogotá, muchos de los cuales están dirigidos por extranjeros. Las comidas suelen ser excelentes y nutritivas. Sólo el abastecimiento de agua de la ciudad deja bastante que desear, por lo cual son pocas las habitaciones que disponen de baño.

También en interés de los viajeros, es necesario hablara que de da asistencia sanitaria en general. Toda vez que la población india no tiene noción de la limpieza y aseo, ciertas enfermedades son en Bogotá, por desgracia, epidémicas. Pero las autoridades hacen todo lo posible por lograr su desaparición, y rarísimamente el extranjero se ve atacado de viruela, escarlatina o difteria. Otra cosa, lamentablemente, acontece con el tifus, que se extiende con tanta facilidad. Mientras los colombianos tienen una cierta inmunidad, siendo raros los casos de muerte por esa dolencia, los de fuera la sufren más frecuentemente y año por año se producen víctimas de la misma, pues, luego de superados los primeros peligros, el corazón no suele disponer de la resistencia necesaria. A menos que a todo extranjero establecido en Bogotá se le recomendara encarecidamente hacerse vacunar contra el tifus.

Bogotá haría, seguramente, otra impresión si se pudiera remediar la inaudita escasez de agua de que, desde años, sufre la' ciudad. Durante los secos meses de verano, la vida resulta aquí muy dura, pues cada golpe de viento levanta por las calles grandes nubes de polvo.

Ahora se ha abierto camino, por fin, la convicción de que a toda costa debe proveerse de agua a la ciudad, y se están ensayando varios proyectos de gran envergadura. Pero su realización habrá de durar todavía años y supondrá la inversión de fuertes sumas. Por esta razón vuelve a surgir continuamente el plan de convertir a Bogotá en un distrito nacional según el modelo de Washington. De ese modo la ciudad dispondría en adelante de superiores medios económicos para su embellecimiento y mejoras sanitarias. Por desgracia, los representantes parlamentarios del resto del país muestran poca comprensión para ese proyecto, el cual, pese sus ventajas, ya probadas en otras repúblicas americanas, habrá de ver pasar aún mucho tiempo hasta su verificación. Pero entretanto, y a pesar de todo, en Bogotá se puede vivir agradablemente. Muchos extranjeros se identifican pronto con la ciudad, su vida y sus avances, y terminan por entregarle su afecto más cordial.

El Dorado

La Calle Florián en Bogotá

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