El Dorado

 
 
 
 

VIDA Y TRAJINES EN BOGOTÁ



 

La vida social está determinada en Bogotá por las castas dominantes, que se fundan en parte en diferencias raciales, y en parte también en el disfrute de poderíos y patrimonios. Los blancos y los que quisieran serlo, así como los mestizos, ocupan las altas posiciones sociales y todos los altos cargos. Sólo excepcionalmente han conseguido llegar algunos indios hasta las superiores dignidades de la política; y ello por medio de una extremada astucia, gobernando así el territorio que se les confiara. Ejemplo de ello fue el antiguo Presidente de Cundinamarca, conocido de todos por "el indio Aldana", y un Vicepresidente de la República, el General Payán, a quien, también con menguado respeto, se llamaba "el indio Payán". Por otra parte, el patrimonio sirve para dar prestigio a cualquiera. Aunque la respectiva fortuna no haya sido allegada de manera enteramente honesta, el feliz potentado no es evitado por la sociedad, sino que adquiere la fama de hombre hábil de hombre vivo.

La clase superior se compone de la aristocracia del dinero y de los latifundistas, que viven en la ciudad de sus rentas, dirigiendo el cultivo de sus campos por medio de administradores (mayordomos). Sólo actualmente se ha remediado en arte esta deficiencia. A la mencionada clase pertenecen también los altos funcionarios, los muchos advenedizos de la política, y también algunos funcionarios de menor categoría que refieren comer mal a perder algo de su posición. Viene luego a nobleza constituida por quienes viven de las llamadas profesiones liberales, como médicos, abogados, profesores, etc. Y por último, los muchos que llegaron a adquirir un capital de importancia en los distintos Estados de la República y han ido a establecerse a la capital por dar a sus hijos una mejor educación o con el fin de pasar allí el resto de sus días tranquila y felizmente. Bogotá es realmente para la mayor parte de los colombianos, a quienes faltan puntos de comparación, el verdadero El Dorado, la más atractiva de todas las ciudades de la tierra.

El tono predominante en la repetida clase es el lujo. Por insignificantes que muchas casas parezcan exteriormente, su interior se distingue por la comodidad y hasta por la pompa de la instalación. Construidas según el modelo de las villas romanas, las estancias principales de la mansión se agrupan en torno a un gran patio. En éste se ha dispuesto, casi sin excepción, un magnífico jardín donde brotan flores durante todo el año y en el que se alzan estatuas y cantan por doquier plácidas y seductoras fontanas. A la derecha del amplio corredor por el que se llega al patio, está, por lo común, la sala de recibir, o el salón, que da a la calle. A dicha pieza siguen las demás habitaciones; éstas tienen de ordinario puertas, en lugar de ventanas, hacia el patio, pero no dan directamente al mismo, sino que desembocan primero en una especie de vestíbulo para pasearse. Al fondo del patio cuadrangular está el comedor, lindamente decorado. Como detrás hay todavía un segundo patio, el comedor suele recibir luz por ambos lados. En torno de este otro patio se agrupan las cocinas y construcciones anejas. En casas de profundidad aun mayor, existe un tercer patio con establos, corrales, o huerta, o bien un pedazo de terreno con yerba como lugar de juego para los niños.

En el salón se ven los ya conocidos y pesados muebles tapizados de damasco y lo adornan altos espejos, no faltando nunca el piano. Quien calcule los gastos de traslado de esos enormes espejos subidos a cuestas desde Honda, considerando además la fragilidad de la carga, se asombrará necesariamente ante tal despliegue de suntuosidad. Preciosos cortinajes atenúan la luz de la estancia, y ricas alfombras amortiguan los pasos, una grandísima lámpara de vidrios pende del techo. No nos equivocamos, sin duda, al afirmar que la mayoría de estos salones bogotanos superan en riqueza a los nuestros. Sólo una cosa atestigua aquí el estado de retraso en relación con nuestra cultura: es raro ver en las paredes de estos salones cuadros o grabados realmente buenos, los que dan casi siempre la medida de la altura espiritual del dueño de casa. Con frecuencias las paredes aparecen desnudas, o adornadas con esas cromolitografías de tan escaso valor artístico. Mayor es también la abundancia de figurillas sin valor que la de verdaderos objetos de arte.

En ocasiones festivas o solemnes se ostenta un lujo y magnificencia que en nada tiene que envidiar a las casas principales de París. Me acuerdo a este propósito de un baile de bodas en la mansión de la familia Santa María de Mier, donde hicieron acto de presencia, con toda la aristocracia de la ciudad, las encantadoras bogotanas, ataviadas con los más selectos y modernos trajes de baile, y los caballeros, todos de frac. El arreglo de la casa, embellecida por un sin fin de las más aromáticas flores, era verdaderamente magnífico, pese a las proporciones relativamente reducidas de las salas, si se tiene en cuenta que asistían más de doscientas personas; entre ellas se encontraba el Presidente de la República. El valor de los regalos de boda que se hallaban expuestos en tal ocasión era muy grande, pues ascendía, según cálculos de los expertos a unos 12.000 dólares (en especial brillantes y otras joyas). Por lo común, también son muy suntuosas las reuniones en el Palacio Presidencial.

En contraste con la parte exterior de este edificio, de traza poco monumental, los interiores pueden calificarse de preciosos, con su Salón Azul y su Salón Amarillo, así como la galería de retratos de los héroes de la Independencia, si bien el conjunto aparece españolamente recargado.

Tales fiestas son, en todo caso, pequeños acontecimientos y se comentan vivazmente en la prensa. El bogotano, tan amigo de fiestas y diversiones, no es de los que gustan de la ocultación, y prefiere para sus cosas todo el posible boato.

En los círculos sociales de Bogotá hay dos tipos que atraen nuestra atención: el cachaco y el pepito. El primero de ellos, ya casi extinguido, representaba el elemento juvenil y soltero, libre, alegre y despreocupado, y lleno de gracia chispeante, pues el bogotano se caracteriza por sus buenas salidas y su pronto humor de verdadero espíritu francés, emparejado a la sal andaluza. El cachaco encarnaba el risueño y espontáneo gozo de vivir, la constante disposición a la broma y a la chanza, pero todo ello unido a una fina discreción y lleno de dignidad. En cambio, el pepito es el pisaverde de capital, aburrido de todas las cosas, sentimental e infatuado, que sólo en la moda y en el lujo refinado es capaz de hallar alguna diversión, y que huele de continuo a perfumes. El pobre, el triste "joven viejo".

A causa de la falta de recreos públicos, la vida social se desarrolla tanto más en los salones particulares, y así tienen lugar muchas veladas y tertulias. Esta fiestas, en las que surgen de continuo nuevas estrellas sobre el poético cielo de la hermosura juvenil, señalan toda la extensa gama hasta la sencilla diversión a base de baile, donde enamoradizos estudiantes y amables muchachas se hacen la corte y donde, en lugar de rico vino, se beben innumerables copas de brandy o coñac a la salud y felicidad de todas las personas y por todos los acontecimientos imaginables. No hay que olvidar las amenas reuniones que se celebran en honor de los diputados -o sea, para granjearse a los diputados-, y en las que la comida y el vino desempeñan ya un papel de importancia, o las primeras recepciones que ofrece una familia de procedencia campesina, deseosa de lanzarse a la vida social. Por desgracia, en estas fiestas suelen bailarse casi exclusivamente danzas foráneas, relegándose cada vez más el tan gentil pasillo. Si las parejas supieran lo graciosamente que se mecen al compás de esa danza nacional. . .

Otras reuniones sociales son escasas, y constituyó un acontecimiento cuando yo di mis conferencias públicas, sobre temas históricos y filosóficos, en el Aula de la Universidad, un enorme salón con tribunas, cuya decoración se distinguía por su buen gusto. A las conferencias asistían también damas, que de ese modo distraían algo su monótona existencia y que, también, al tiempo de retornar a casa y liberadas ya de la impresión de mis exposiciones científicas, podían permitirse algunos minutos de conversación con sus admiradores. Esto duró hasta que un eclesiástico del templo de San Carlos se sintió inclinado a prevenir desde el púlpito, de la asistencia a tales disertaciones.

Son también raros los conciertos públicos, excepción hecha de los que dan las dos bandas militares, pues se ha carecido de una buena orquesta. Cierto que no faltaban algunas pianistas notables, pero era cosa fuera de regla escuchar música clásica verdaderamente buena en alguna casa particular, y yo agradecí sinceramente cada vez que se me ofreció un placer de tal género por parte de ciertas familias. Mucho más frecuente era, en cambio, el martirio de escuchar el desconsiderado aporreo de piezas de ejecución realmente difícil. Hasta las interpretaciones que salían del abominable organillo de un italiano que vino a dar en las alturas de Bogotá, merecían allí arriba el honor de ser presentadas como música, y cuando un día apareció por Bogotá uno de esos tipos célebres que tocan a la vez diversos instrumentos, se veía siempre rodeado de un apretado auditorio, no sólo constituido por la propicia juventud, sino por toda clase de gentes, con lo que hacía pingüe negocio. Precisamente por esta causa, el pobre tuvo un funesto fin, pues su acompañante lo asesinó y se dio a la fuga con todo el dinero reunido.

Por aquel entonces, no obstante, Bogotá contaba ya con un teatro. Por cierto, que el interior del mismo parecía horriblemente peligroso en caso de un incendio, por lo difícil de sus salidas. Hay que anotar que a aquellas alturas andinas contadas veces llegaban buenos conjuntos, y lo más frecuente era encontrarse con voces de ópera ya cascadas y con desechos de naufragio. Por tal motivo, y dadas las exigencias, verdaderamente elevadas, del público, la afluencia de éste era siempre escasa, más aún cuando, en época de lluvia, los rebosantes arroyos de las calles hacían difícil e incómodo el retorno a casa por la noche. Pero cuando el teatro estaba bastante lleno, uno podía sentirse transportado a una gran ciudad. Los caballeros, de negro, vigilan desde el patio de butacas los palcos y galerías donde resplandece la hermosura de las damas, con sus mejores atavíos, realzados por la gracia que les es natural. En el aspecto teatral se ha mejorado ahora gracias al nuevo coliseo recientemente construido.

Cada año por el mes de diciembre, se recreaba todo el mundo con la contemplación de un original espectáculo. En alguna gran sala de la ciudad se exponía el llamado pesebre. Este representa propiamente el lugar del nacimiento de Cristo como podría mostrarse en un teatrillo de feria. En primer término aparecían en la escena toda clase de figuras automáticas, o bien se ofrecía al fondo una pequeña embocadura de teatro de títeres. Los comediantes que allí intervenían eran en su mayor parte gentes del pueblo. Todo cuanto de chiste y humor palpita en las extensas capas populares de Bogotá se hacía patente en las representaciones. Todos los acaecimientos cotidianos salían allí a relucir en forma cómico-satírica, lo mismo el congreso que las altas personalidades, y también tipos extranjeros; el inglés, como es natural. Era como un gran espejo que ponían ante el rostro del pueblo sus propios y sencillos Aristófanes.

Otro entretenimiento se ofrecía al público durante la revolución de 1885: la lidia de toros bravos en la plaza de San Victorino, convenientemente cerradas sus bocacalles. De treinta a cuarenta colombianos a caballo caracoleaban y corrían por aquella arena. Objeto de la corrida era un torete que los jinetes acosaban de un lado para otro. De lidia no podía hablarse. Cuando el animal estaba fatigado, se le sacaba de allí. Pero era divertido verle saltar, y a veces algún lidiador demasiado "valiente" recibía una cuantas acometidas. En tal ocasión se veían, por cierto, caballos muy hermosos. La equitación es un deporte de las clases elevadas. Con motivo de una cabalgata que se hizo en el año 1883, tuve ocasión de admirar unos cientos de ejemplares magníficos, bien montados y bien presentados.

En general el extranjero goza en Bogotá de una excelente acogida, y se le trata del modo más servicial si es que él sabe estimar la confianza otorgada y corresponder amablemente a las personas. Ello hay que atribuirlo en parte a la circunstancia de que los extranjeros no son numerosos en Bogotá. Por la mitad de los años ochenta, su cifra no pasaba, sin duda, de los doscientos. Alemania estaba representada por comerciantes e investigadores; Francia, por una muy unida y densa colonia de gente dedicada al comercio por mayor o menor, peluqueros, confiteros, hoteleros. .. y también algunos aventureros auténticos; Italia, por arquitectos, modelistas, comerciantes, estafadores y zapateros remendones; Suiza tenía sólo dos o tres súbditos en el país.

A su llegada, el extranjero recibe la visita de las personas que desean tener trato con él. La mayor o menor rapidez con que devuelve la visita, da la medida de la confianza concedida a la relación que se acaba de establecer. El forastero comienza por hacer sus visitas, y ello sólo los domingos por la tarde, entre la una y la tres. Esto constituye un tormento para la persona necesitada de descanso, y yo me substraje lo antes posible a tal compromiso, aun a riesgo de que se me atribuyeran tendencias de misántropo. Esta visitas, por otro lado, no aprovechan en nada al espíritu y son demasiado formulistas y rígidas. Se habla del tiempo y siempre hay que responder a las mismas preguntas: "¿Se encuentra a gusto en Bogotá?" "¿Tiene usted noticias de su familia?", etc. Si se ha establecido algo más de confianza, se inquiere: "¿Cuántos son ustedes en la familia?". Cuando se tiene la impresión de que las visitas no resultan desagradables en una casa, se las repite con mayor frecuencia, y entonces, como testimonio de confianza, se recibe la invitación para tomar por la tarde el refresco, al que sigue una horita de charla.

La conversación no tiene desde el primer instante nada del carácter que corresponde a una gran ciudad, y se evidencia en seguida el descuido en la instrucción de la mujer cuando la hija de la casa se decide a intervenir en vez de dejar que lo haga su omnisciente mamá. Bogotá, por ello, resulta pronto aburrida a más de un extranjero, en particular si es que no quiere someterse a la tiranía de las ceremonias sociales o si no le divierte introducirse más de lleno en la vida de las clases elevadas.

El capítulo más importante de las conversaciones lo constituyen, como en tantos otros sitios del mundo, las peticiones de mano y las bodas, y a menudo también los escándalos intrigas y chismes, en lo que no se suele rendir excesivo tiene a la verdad. Por descontado, la afición a los escándalos mucho donde cebarse en medio de una gran ciudad en la que, como en Bogotá, lo más culminante de la sociedad tiene frecuentemente algo de cínico. Tanto más supe yo apreciarla fortuna de ser introducido en algunas familias principales donde todo se hallaba rodeado de una noble atmósfera espiritual familias que honrarían altamente a cualquier pueblo y a cualquier nación y que a mí personalmente me place tomar como dechado. A parte de esto, me resultó ameno y aleccionador el trato de los diferentes representantes diplomáticos, pues casi todos los grandes Estados europeos, al igual que las repúblicas hispanoamericanas, tienen sus respectivas misiones en Bogotá. Si bien esos señores, al igual que los profesores universitarios, se critican "amistosamente" unos a otros o se dedican improperios, con ellos puede hablarse con libertad del país y de la gente, y completar y elaborar las impresiones propias.

Estos intercambios de opiniones tienen un valor tanto más benéfico por cuanto el colombiano, con razón, no tolera que el extraño se inmiscuya en sus asuntos internos, de modo especial en los políticos, y en ese particular precisamente encuentra uno un peligroso escollo. Toda reunión de hombres se mueve siempre, en más de sus tres cuartas partes, en el terreno de la política actual. El extranjero que día a día escucha el comentario continuo de este tema, se siente fácilmente atraído por la "conversación" y empujado a participar apasionadamente en ella. Todas las precauciones son pocas a este respecto, y uno debería abstenerse de meter baza en el enjuiciamiento de los negocios del país.

El hecho de que una parte principal de la vida pública se va aquí en política y polémica está ya atestiguado por la gran cantidad de carteles que tapizan todas las esquinas. Su lectura no era muy agradable, que digamos, para el extranjero, pues, con la absoluta libertad de prensa por entonces reinante, se insertaban en aquellos afiches hartas calumnias anónimas, y hasta se presentaban en gruesos caracteres cosas tocantes a determinados dictámenes médicos y cuyo secreto hubiera correspondido a la más elemental discreción. Un ciudadano propicio al enfado o un extranjero de malas pulgas tenía motivo suficiente para llenarse de indignación a la vista de semejantes carteles. Alguien que simplemente se había limitado a cumplir con su deber, era felicitado allí en medio de los más excesivos vocablos. Igualmente se presentaban telegramas exagerados de, por ejemplo, una empresa de ferrocarriles. "Antes de acabar el presente año, estará listo el ferrocarril de la Sabana", se escribía el 1Q de Octubre de 1882, promesa que sólo un decenio más tarde llegaría a cumplirse. Los curiosos no faltaban nunca, por cierto, ante dichos carteles en los tiempos de agitación. Después de cierta práctica, una sola ojeada nos bastaba para enterarnos de la trascendencia del caso.

El sexo fuerte, atento siempre a la política y a todo lo nuevo, se congrega a la tarde, entre las cinco y las seis, después de la comida. El lugar de cita es alguna tienda o comercio, o bien el Altozano, la gran terraza que se extiende delante de la catedral. Y se comentan todas las novedades del día de la manera más exaltada, pero también más despierta e ingeniosa. Cuando hay revolución, allí es donde se ponen a circular los más peregrinos rumores y bulos, y donde cualquier hecho de importancia mínima se configura como una verdadera acción de Estado. El político y el intrigante se encuentran allí en su elemento; en democrática libertad, pero sin respeto alguno para las más prestigiosas personalidades, se le endosa algo a cada cual. Aquello es una auténtica ágora. Por tal razón, el hombre de Bogotá no rinde precisamente mucho como ciudadano en medio de tan demoledora crítica, y las fuerzas dominantes, las fuerzas impulsoras proceden harto frecuentemente de las provincias. En tales negocios no consiguen alterar cosa alguna su susceptibilidad en cuestiones de honor, ni su acusado individualismo ni siquiera su vanidad. Sería mejor, acaso, que tomara algo más en serio, de cuando en cuando, sus propias incumbencias y deberes. Aquí es textualmente cierto que la política corrompe el carácter. Ella es quien implanta aquella vacuidad y aquel vicio de la fraseología que sientan tan desagradablemente al que llega de fuera. Así, por ejemplo, me decía una vez un partidario de la incineración de los cadáveres que ésta era "su sueño dorado". Pero, en general, el bogotano de la buena sociedad es leal y altruista y, sobre todo, buen amigo.

Una clase merecedora de toda simpatía constituyen en Bogotá los artesanos. Liberales en su mayoría y accesibles a las ideas nuevas, deseosos de ilustración y buscándola en todas partes, hasta en las cosas que les son muy lejanas, y creyentes como en un evangelio en principios aceptados resueltamente y de una vez, los artesanos se dan cuenta de su fuerza. Son inteligentes y diestros y están poseídos de un gran espíritu de emulación. Por desgracia, se ha empezado a querer levantar varias industrias mediante exagerados aranceles proteccionistas, pero de ese modo sólo se ha conseguido entorpecerlas, arrebatándoles su conciencia de clase, muy elevada en virtud de la competencia. Además, los artesanos fueron también muy mimados y estropeados, y ello con intención precisa, por los desalmados políticos de los años últimos, de modo que se aplicaron mucho más a la política que al estricto y concienzudo trabajo.

En el punto más bajo de la escala social se halla la gente del pueblo, utilizada la palabra pueblo por los bogotanos en el sentido de plebe, o sea los indios "civilizados". Ellos son los que con el trabajo de sus manos cultivan la tierra; ellos son los mediadores ,del tráfico económico, pero también las bestias de carga de las clases superiores; ellos son quienes han de apechar con los desempeños más bajos. Las mujeres tienen igual parte en sus esfuerzos, y hasta en algunos lugares trabajan más duramente que los hombres. Estos, en cambio, sirven de carne de cañón en las guerras civiles. Es una masa obtusa y amodorrada, no falta de dotes naturales, pero que, mantenida por los españoles bajo total opresión, ha dormitado durante siglos enteros, y que, a causa de los modernos exploradores, de los latifundistas y los políticos, no ha llegado todavía, en modo alguno, al disfrute de un destino mejor. Pese al carácter relativamente bondadoso de estas gentes, que no conocen funcionario alguno del estado civil, las peleas son en Bogotá, si no frecuentes, por lo menos no raras, en particular si la chicha, ingerida en demasía, ha llegado a embrutecer las cabezas. A esta clase le dedicaremos todavía un estudio más detenido, después de describir nuestras correrías por el país y luego de haber analizado su historia.

Especialmente simpático es entre los tipos de la clase baja el gamín o chino de Bogotá, que se alimenta y se hace grande lo mismo que los lirios del campo. El gamín bogotano trabaja primero de limpiabotas; luego, de vendedor de periódicos, de mandadero, y finalmente es soldado. Sumamente vivo y desenvuelto, de gran astucia e inteligencia, constituiría un magnifico material pedagógico si se cuidaran de educarlo, pues él conoce bien el valor de la instrucción. Es raro el muchacho de esos que no sepa leer y al que no se vea hacerlo cuando le queda un rato libre. Si así no fuera, los otros se reirían de él, y tiene que aprender por sí sólo ese arte. Ordinariamente es "liberal", sin comprender, como es lógico, lo que esa denominación de partido encierra en sí, pero sintiendo que tal grupo ideológico cuide con mejor voluntad de su suerte y su educación. En las revoluciones el gamín pasa casi siempre a formar parte de la tropa. Yo vi una vez un batallón entero de estos pobres chicos y chicuelos, entre los once y los diecisiete años, desfilando bajo la carga de su pesado armamento. En el ataque despliegan la más extraordinaria bravura, y con un batallón semejante no es raro que se tomen al asalto importantes posiciones, en las que más de uno es alcanzado por el plomo en su aguerrido avance despreciador de la muerte.

Como ejemplo de la prontitud y gracia del ingenio de los gamines, van aquí algunas pequeñas muestras:

Un señor de enorme estatura, con no menos enormes pies, se hace limpiar los zapatos y, después de servido, va a entregar el acostumbrado óbolo de un medio, o sea 25 rappen. El gamín contempla largamente la moneda, y el señor pregunta impaciente: -"¿No está bien?, ¿no cuesta un cuartillo (12 y 1/2 rappen) por pie?". El gamín responde:- "Sí, por pie, pero el suyo hace un metro".

Los voceadores de los diarios llenan las calles, al salir una edición, con fuerte griterío: "¡La Reforma! ¡Acaba de salir este periódico noticioso! ¡No vale sino cinco centavos el ejemplar! ¡Contiene! . . . " Y sigue la enumeración de los artículos y noticias principales. Como mis conferencias públicas aparecían reseñadas en algunas de esas hojas, su título era gritado también por los pequeños vendedores. Pero mi nombre les creaba dificultades, que ellos, con rápida resolución, sabían salvar. Imitando con una mano el girar de un rueda, pregonaban: "¡Conferencias del Profesor Rrrr. . . !" .

Durante una revolución, se dio en Bogotá la orden, que los militares hacían cumplir estrictamente, de disolver en la calle todo grupo de tres o más personas. Al aparecer de pronto el extraordinariamente obeso don Salomón X, gritaban los gamines:- "¡Disuélvase el grupo!".

A pesar de lo revuelto de la situación social, la policía estaba muy exiguamente representada en Bogotá; la guarnición era la que cubría el servicio de seguridad y vigilancia. En 1884, con motivo de unas elecciones, se formó un gran cuerpo de policía que se presentaba, de la manera más curiosa, con unos uniformes de dril en blanco y negro, cuerpo que dejó de existir muy pronto. Hoy día existe en Bogotá una gendarmería convenientemente organizada. Para el servicio de investigación se utilizaba, no obstante, a la policía. Los agentes de seguridad, en traje de paisano, iban armados de fusiles de avancarga, especie de trabucos, que ellos llevaban con el cañón hacia abajo. En las detenciones de importancia intervenían, con toda pompa, los miembros del ejército, que colocaban en medio a la persona arrestada. Los penados o presidiarios, vestidos de gris, se empleaban en trabajos en las calles, arrancando malas yerbas en las plazas o como obreros de la construcción. Su custodia estaba encomendada a los soldados, pobres indios, que de buena gana confraternizaban con ellos. Y ¿cómo iba a ser de otra forma?; todos los presos, casi sin excepción, pertenecían a la más baja plebe, en tanto que la "mejor" sociedad apenas si llegaba alguna vez al contacto inmediato con la justicia penal. Sólo en las épocas más revueltas se han utilizado presos políticos para barrer las calles.

De cuando en cuando, los presos ofrecían a los transeúntes pequeños objetos, como tallas en madera, trabajados por ellos mismos. A veces se les permitía entrar en una taberna y tomar a toda prisa un trago de chicha. Después de oscurecido, se les llevaba entre dos filas de soldados con bayoneta calada, y así pasaban lentamente, en desfile ruidosísimo y regocijado, camino del Panóptico a través de la ciudad. ¡Qué modo de charlar, de fumar, qué de gritos y denuestos! Si no fuera por la presencia de los soldados, apenas si habría podida saberse que se trataba de un grupo de presos. Posteriormente se controlaron ya más aquellos excesos. Pero entonces se hallaba todavía en sus comienzos la reforma penitenciaria. La prisión era más bien un lugar donde los indios pasaban la vida sin trabajar demasiado. Muchas gentes compasivas, fuera de esto, mejoraban la suerte de aquellos pobres diablos, que de ordinario recibían duros castigos mientras algún pícaro redomado se escapaba sin escarmiento. Ni enmendados, ni tampoco empeorados, eran puestos en libertad. Las evasiones se producían de cuando en cuando. Los delincuentes peligrosos eran vigilados severamente.

¿Cuál era, en líneas generales, el estado de la delincuencia? El homicidio es cosa bastante frecuente entre las clases inferiores, pues la vida no tiene el mismo valor que entre nosotros; sólo que, es necesario anotarlo, el homicidio se comete sobre todo en situaciones de exaltación afectiva o en estada de ebriedad. Los delitos con propósito de lucro, los asesinatos por robo, eran raros por los años ochenta, tan raros que el caso de una señora joven residente en las afueras de la ciudad en los Alisos, y que fue muerta por su sobrino el año 1879, resultó algo verdaderamente sensacional y seguido por todos como un hecho de excepcional maldad, constituyendo por mucho tiempo objeto obligado de las conversaciones. La penalidad máxima que entonces podía imponer un tribunal de justicia eran diez años de presidio. La pena de muerte se hallaba abolida. De este extremo vino a darse en el contrario después de la revolución de 1885, al aumentar el número de delitos como consecuencia del estado de desmoralización. Entonces, como concesión al partido clerical, volvió a introducirse la pena máxima; el verdugo volvió a ejercer su cometido en Colombia. Pronto vino a demostrase nuevamente en este país, y de modo muy marcado, la falta de sentido de la teoría del escarmiento. Pese a la horca y al fusilamiento, la cifra de los delitos graves creció en notable proporción, lo que prueba que en la criminalidad deciden otras circunstancias, ante todo la pobreza y la miseria. Mucho más adecuada que la implantación de la pena capital sería una reforma radical de la justicia, pues la situación deja mucho que desear a este respecto. Los procedimientos son lentísimos y costosos, y la imparcialidad, sobre todo en las instancias inferiores, presenta notables deficiencias.

La descripción de la vida social en Bogotá hemos de cerrarla, ¿cómo no?, con una referencia a los cementerios, donde todo lo terrenal halla su fin. Bogotá posee tres necrópolis: una protestante, en la cual los muertos reciben sepultura en tierra, y dos católicas. El cementerio principal está constituido por un edificio circular, de 340 metros de periferia y un diámetro de 113 metros, en cuya parte sur se alza una capilla. A ésta va a parar una ancha calle bordeada de árboles, flores y magníficos monumentos funerarios. En el muro del edificio citado hay mil trescientos cincuenta nichos para adultos y cuatrocientos para niños, distribuidos por lo general en hileras de cuatro o cinco nichos uno sobre el otro. Estos tienen una forma parecida a la boca de un horno, pero son tan estrechos que corresponden sólo al tamaño del ataúd. A unos cincuenta pasos de ese edificio principal se eleva un curiosísima construcción de ladrillo, a la que lleva una ancha y alta escalinata, y donde hay trescientos cincuenta nichos más, destinados a los pobres. Los bogotanos de las clases educadas practican un culto, verdaderamente noble; a los muertos. Los nichos aparecen casi siempre adornados con flores y coronas. El Día de Todos los Santos, Bogotá entero acude a los cementerios a rogar por los difuntos y a oír las misas que se dicen en sus tumbas. Ocurría también a veces ver por la calle a un grupo de gente pobre que llevaba en hombros a su difunto, atado simplemente a una tabla, así que cualquier transeúnte podía ver el cadáver, envuelto en un vestido lo posiblemente bueno o a veces en una sencilla mortaja blanca. Los indios forman un cortejo que desfila generalmente con mucha rapidez y sin tristeza visible, pues consideran la muerte como una redención que abre las puertas del paraíso. Sobre todo cuando el muerto es un niño ya bautizado, más bien reina la alegría que el duelo, pues el dulce angelito goza ya de felicidad en la gloria sin haber gustado las penalidades de la tierra.

Los entierros de los ricos son muy pomposos. Después de la misa de difuntos en la iglesia, el magnífico féretro es transportado en el rico coche mortuorio, encristalado y tirado por un tronco de caballos. El costo de tales entierros se eleva hasta varios miles de francos, y el lamentable lujo que rodea la ceremonia es cosa aquí tan obligada, que las familias de pocos recursos pero que aspiran a conservar el llamado rango de clase, han de mirar con espanto los gastos del sepelio. En verdad, ¡qué fea deformación del verdadero dolor! Las solemnidades fúnebres dé carácter público devoran sumas aun más grandes. Así, por ejemplo, las honras fúnebres de mi antecesor en el cargo, el librepensador Rojas Garrido, gran tribuno del pueblo, muerto un año después de mi nombramiento para la Universidad, costaron al Estado la cantidad de 6.600 pesos, o sea 33.000 francos. Los restos mortales de esos hombres públicos inhumables por cuenta del erario se exponen primero en el salón de la cámara de representantes o en el paraninfo de la Universidad, donde se les vela y rinde honores durante uno o dos días. El público afluye en masa como para ver el cadáver de un soberano. En el entierro de hombres célebres, el cortejo hace alto ante la entrada del camposanto, y allí, desde una elevada tribuna, los amigos y oradores van declamando uno tras otro sus discursos en honra del finado. En tal sentido se ha creado aquí un tipo propio de elocuencia en el que los europeos quedamos muy a la zaga. Pero como algunos hablan allí no con otro fin que el de presumir a costa del muerto o para arrastrar a los fascinados oyentes a la personal admiración por el orador, resulta que no siempre pueden evitarse los testimonios entusiástico en forma de ruidoso aplauso cuando así lo piden las retóricas finezas de la oración fúnebre. Las notas necrológicas que en todo periódico local aparecen para celebrar hasta a los más insignificantes difuntos, están también llenas de frases de mal gusto y de imágenes impropias y sin contenido, de suerte que producen una impresión enteramente opuesta a la deseada. Ante la excelsa majestad de la muerte conviene modestia y recogimiento, y no pompa y charlatanería.

Sumamente desagradable era para mí el último acto del entierro. Se levanta la tapa del ataúd, y un sucio embadurnado peón de albañil, ni siquiera vestido de negro, se acerca con una pequeña caja de cal, que vuelca sobre la faz del muerto. Gentes piadosas, empero, la han cubierto antes con un paño. Entonces vuelve a clavarse el. féretro, y finalmente, en medio de toda clase de gritos, nada edificantes, de los seudo-enterradores, se le empuja hacia lo profundo del nicho. Este es tapiado seguidamente, mientras los deudos del finado aguardan a ver concluido el pequeño muro. Por lo común, en el hueco semicircular que forma la embocadura del nicho suele colocarse más tarde una lápida de mármol. En las defunciones no faltan nunca las damas plañideras, que revuelven toda la casa, ni tampoco amigos verdaderamente condolidos, los que se encargan de dar consuelo al que sufre directamente la pérdida y se quedan a acompañarle si así lo desea, pues el bogotano es grandemente sensible y compasivo ante las desgracias del prójimo.

Los entierros civiles eran relativamente escasos en el tiempo de mi permanencia allí. Pero cuando el notable y por todos venerado, doctor Manuel Ancízar, varias veces Ministerio del Exterior y de Gobierno, Profesor de Filosofía y Rector de la Universidad del Rosario, recibió en mayo de 1882 sepultura no eclesiástica (por disposición propia), y ello sin que el clero pudiera atribuirle nada malo, por la gran honestidad y virtudes que le distinguieron en vida, su ejemplo empezó ya a ser imitado de cuando en cuando por sencillos artesanos y gentes del pueblo. Por lo demás, el acto del enterramiento, y hoy en particular, se halla bajo el entero dominio de la Iglesia.

Es oportuno dediquemos a la vida eclesiástica un aparte especial. La Iglesia Católica, dotada del más amplio poderío por los españoles, es para las clases bajas la única representante de la sanción moral y de un idealismo, si bien tosco, del anhelo humano hacia algo más alto e inaprehensible. La Iglesia es al propio tiempo la más importante guardadora del arte, y casi la única guardadora, por habérsela dejado sola en sus esfuerzos en tal sentido. Con su solemne ritual infunde veneración y santo temor; con su música de órgano eleva el espíritu, y con sus cánticos es casi la única que cultiva la forma coral y la armónica unión del canto individual y el colectivo. Por último, en torno a la Iglesia se concentran los principales acontecimientos de la vida del hombre, como también los usos cotidianos. En ella se dan cita no sólo los espíritus anhelosos de religión, sino también los de todas las comadres, de los aburridos y de los enamorados. Ante el templo se planta la "esperanza de la Patria" la juventud masculina, con el fin de ver desfilar una a una a las hermosas bogotanas, observándolas de arriba abajo.

Exteriormente, la Iglesia Católica goza de gran poder. Junto con el Ejército, ella es la única fuerza de Colombia organizada con verdadero rigor, y por eso su importancia en el orden político es también decisiva. Bajo su Arzobispo y el Nuncio Apostólico, ha configurado totalmente el edificio jerárquico y se mueve con asombrosa seguridad sobre terreno tan propicio.

Ya en los detalles externos, se aprecia el enorme influjo de la Iglesia. Cuando por la mañana, algo después de las nueve, la Catedral anuncia con tres campanadas sordas y solemnes el santo acto de la transubstanciación, todos los hombres se descubren, permanecen en pie y hacen una pausa en sus conversaciones; el jinete, por lo común, detiene su caballo. En los primeros años de mi estancia en Bogotá, había todavía una gran cantidad de gente joven y de personas de edad que no ponían atención a aquella solemne señal. Pero, por la constante disminución del número de esas abstenciones, pude colegir que se preparaba una gran transformación en el sentido del dominio clerical, transformación que ha terminado por imponerse. Por fin, ya no había quien a las nueve de la mañana fuera capaz de permanecer en plena calle con el sombrero puesto, a pesar del peligro de coger un buen resfriado. Lógicamente, también durante la misa de cualquiera de las otras treinta iglesias de la ciudad habría que descubrirse. Igual comportamiento se observaba con motivo de la extremaunción. Bajo su palio avanzaba solemnemente el sacerdote, seguido de ordinario por un número no pequeño de gentes con velas encendidas. Este acompañamiento era notablemente más numeroso cuando algún moribundo de rango principal había de recibir el viático. Todos debían descubrirse tan pronto como, a cientos de metros de distancia, se veía avanzar el palio. La mayor parte de las personas de las clases inferiores caían de hinojos, y en los últimos tiempos hacían lo propio, en medio de la calle, hasta los caballeros distinguidos, no sin antes extender precavidamente su pañuelo. Sólo cuando el sacerdote desaparecía por la próxima bocacalle podían ponerse en pie. Hasta la guardia militar estaba obligada a rendir armas, arrodillándose, juntamente con su oficial, a la correspondiente voz de mando; al propio tiempo se interpretaba sin cesar la marcha de banderas. Cuando los sacerdotes vieron que su poder crecía, preferían cruzar por la Plaza de Bolívar, donde estaba la guardia del Capitolio y donde había siempre mucha gente, al objeto de recibir el público homenaje; años antes hubieran elegido más bien calles recoletas y tranquilas. Las personas que no querían sujetarse al uso general, tenían el recurso de meterse en alguna tienda. Hubo estudiantes que al negarse a quitarse el sombrero fueron apedreados por el populacho. Por lo demás, no era raro que mujeres y hombres de la raza india se prosternaran en el polvo de la calle al paso del Arzobispo sólo por recibir un signo de bendición de su mano.

Verdaderamente solemne era siempre la gran procesión del Corpus Christi, así como las que salen en Semana Santa y por Navidad. En la primeramente citada eran notables los arcos triunfales y los monumentos, o sea altares de flores y plantas profusamente iluminados, que se erigían en las esquinas donde había de hacer alto la procesión. En los balcones colgaban los más hermosos tapices blancos. Ante los altos dignatarios eclesiásticos se extendían inmensas cantidades de rosas; éstas eran arrojadas, incluso, desde las ventanas, cayendo sobre ellos como una verdadera lluvia. Toda la población, vestida de fiesta, se arrodillaba en las calles o en los balcones cuando pasaba el Sacramento. Iban luego los sacerdotes, con los más suntuosos ornamentos; detrás, entonando una salmodia, los seminaristas; a continuación, formados en largas filas, de a dos, los más distinguidos señores de Bogotá, que desfilaban con perfecto orden portando banderas y estandartes; seguidamente, todos los colegios confesionales y finalmente, marchando a paso de parada, un batallón de escolta. Así desfilaba la procesión. Las dos bandas militares tocaban solemnes músicas, tañían las campanas, subían cohetes por el aire, estallaban petardos como en nuestras fiestas de tiradores. Era una estampa colorista que no podía dejar de impresionar hasta a las personas no identificadas con aquel acto.

Algo más peculiar era, sin duda, la procesión de Semana Santa, en la que las estatuas ordinariamente expuestas en las iglesias eran llevadas en andas por encapuchados. Se veían con frecuencia imágenes de María ornadas con vestiduras que costarían varios miles de francos, aparte de las joyas de perlas y piedras preciosas pertenecientes al tesoro de las iglesias y que adornaban en tales ocasiones a los santos. Especialmente el Jueves Santo, las iglesias se hallan maravillosamente decoradas con flores; merecía la pena recorrerlas, y tanto más porque allí se reunía todo Bogotá lo mismo que en el teatro. Era en efecto, un espectáculo que uno casi se atrevería a calificar de profano, o tal vez de ingenuo, pero que se gozaba también ingenuamente. En la Catedral la máxima fiesta era la del Corazón de Jesús, en cuya ocasión el altar mayor desaparecía prácticamente bajo un artístico mar de flores. La más selecta música sonaba en tales solemnidades; los coros, lo mismo que en las grandes ceremonias fúnebres, eran realmente soberbios y majestuosos.

Este cuadro de la magnificencia religiosa tenía también sus aspectos sombríos que enturbian el recuerdo de aquellas solemnidades. Téngase en cuenta que las campanas no se voltean sino que se repican, y que están sonando día y noche, a cada minuto, desde el Viernes Santo hasta Pascuas; téngase en cuenta que en las pausas se celebran las llamadas cuarenta horas, o ejercicios de oración y penitencia, durante las cuales a cada momento se organizan con las campanas verdaderos conciertos de fragua... Así cabe formarse una idea de la conmoción del tímpano y del aturdimiento que se experimentaba con tan despiadado ruido, el cual bien poco tiene que ver con la práctica de un culto religioso. Con la aglomeración se produjeron en la Catedral algunos desórdenes, que tuvieron por consecuencia el que hombres y mujeres hubieran de estar separados en distintas naves del templo.

Con la iglesia enlazan los diversos centros de beneficencia. Citamos en primer lugar la Sociedad de San Vicente de Paúl, que aunque en un sentido estrictamente confesional, hace mucho bien y organiza bazares o tómbolas en favor de los pobres. Luego, las Hermanas de la Caridad, que dirigen el hospital principal, así como un hospicio u orfelinato y otras varias instituciones, colegios para niñas, escuelas primarias, etc. Por desgracia, estas Hermanas de la Caridad son tan inclinadas al dinero -del que, por lo demás, envían grandes sumas a Europa-, que sus propiedades aumentan a una velocidad sorprendente y siempre están comprando, al contado nueve casas. A pesar de sus lamentaciones -yo casi diría limosneos- hay mucha gente, entre ellas personas caritativas, que ya no les dan nada. Como instituto independiente, auxiliado por particulares y en especial por personas sin confesión religiosa y por los masones, ahora prohibidos, existía entonces el Asilo de los niños desamparados. Este representaba una verdadera necesidad para Bogotá, pues allí se educaba, por lo menos, a los enteramente descuidados golfillos callejeros, instruyéndoseles para ganarse el pan como miembros útiles de la sociedad por medio de un oficio manual o cualquier otro género de trabajo. A la dirección, (religiosa pero, al mismo tiempo, práctica) de ese instituto era justo otorgarle la más calificada aprobación. Triste resultaba analizar la fisonomía de muchos de aquellos niños abandonados. Lo que no estaba bien, desde el punto de vista educativo, eran las muchas exhibiciones y desfiles públicos de aquellos muchachos, en formación y uniforme militar, si bien les venía bien como ejército físico.

No deben dejar de citarse aquí los mendigos, que aparecen tendidos a las puertas de las iglesias y por las aceras de la ciudad y que muestran inexorables al transeúnte sus feas y purulentas heridas en brazos y piernas, suplicándole con lastimero quejido: "Mi amito, una limosnita por Dios". Es una vergüenza que a estos seres indolentes y enfermos, víctimas a menudo dé la misma falta de limpieza, no se les ponga a trabajar en un oficio, o se les de cobijo en algún lugar donde puedan dedicarse a una tarea o recibir la debida asistencia los más necesitados. La beneficencia tendría bastante en que ocuparse con sólo vendar tantas heridas. Grande es la miseria en las clases bajas, pero especialmente entre las que tienen demasiadas aspiraciones sociales, y los pobres vergonzantes son legión. A ellos se suma el inconveniente de que en Bogotá hay varios miles más de mujeres que de hombres. Las consecuencias son fáciles de imaginar.

No era cosa desusada presenciar en las calles de Bogotá desagradables escenas protagonizadas por enfermos mentales y que, desgraciadamente, no había policía que impidiera. En los últimos años, ciertamente, se han allegado con gran paciencia los medios necesarios para crear un asilo, insuficiente aún, pero seguro, para esa clase de enfermos (mujeres y hombres), y funciona en Las Nieves.

En general, el fanatismo de las clases inferiores se manifiesta aún en gran medida contra los que sustentan otras creencias, pero sólo cuando se le incita de algún modo. Por otra parte, el poder de un sacerdote fanático era entonces de tal magnitud que podía prohibir a las muchachas, y ser obedecido en ello, que asistieran los jueves y domingos a los conciertos de la banda militar en el Parque de Santander, donde se reunía toda la buena sociedad. Más tarde hubieron de ser suspendidos aquellos bonitos conciertos. Muy digno de estima era el hecho de que el Arzobispo hiciese todo aquello para elevar la moralidad de los clérigos. Que entre ellos hubiera algunas ovejas negras, que hasta llegaban a entablar conocimiento con los órganos de justicia, es cosa que no admirará a nadie. De boca en boca iban algunos pequeños escándalos. Todo Bogotá tuvo que reír con la historia de un cura codicioso al que dos italianos dieron un perfecto timo vendiéndole, con toda clase de religiosos pretextos, de barras de cobre que él creía de oro.

Más adelante fue el Nuncio quien se esforzó mucho por elevar la vida espiritual del clero, pues el pobre cura de aldea, que tiene que trabajar para ganarse el pan de cada día, se abandona y estropea con harta facilidad. El carácter bonachón de este clero rural se evidencia en la siguiente anécdota que católicos serios me relataran innumerables veces. El párroco del pueblecito de Subachoque refería con vivos colores la Pasión de Cristo. Y como los indios que le estaban escuchando comenzaran a sollozar ante todos los escarnios y dolores sufridos por el Salvador, hubo de exclamar el buen cura: "Pero no lloréis; si de Bogotá a Subachoque se miente tanto, ¿qué será desde Jerusalén a Bogotá?". Esto, por cierto, no quita para que a los tontos se les embaucara con el cuento de la prisión del Papa y que hasta se les vendiera paja de su celda a precios considerables.

Pese a la prepotencia de la Iglesia, muchos bogotanos se hallaban apartados de ella -la mayoría íntimamente, sólo unos pocos de manera pública-. Esto tocaba en especial a la juventud universitaria, a algunos cientos de artesanos y a unos pocos hombres de ciencia, El número de los valerosos adversarios era muy exiguo. La mayor parte siguen con sus prácticas religiosas, aunque ya no crean en la eficacia de las mismas. Van a misa, confiesan y reciben los sacramentos en el lecho de muerte, sin que les inmute ese formalismo hipócrita. La Iglesia no pide más. Cuando se trataba de pecadores recalcitrantes, pero importantes por su cargo o posición, acudíase al experto y fino Nuncio, quien ingeniaba alguna fórmula, y con ella se satisfacía al enfermo. Este, abjurando de sus errores, volvía al seno de la Iglesia. La tolerancia que realmente existe se debe menos a la reflexión que a una bonachona indolencia. Pero, al menos, y pese a la reacción del clero católico el año 1885 y a la presión ejercida sobre todas las conciencias, se logró tanto, que la nueva Constitución de 1886 -la cual declara como religión de la Nación la Católica, apostólica, romana-garantiza la libre práctica de los otros cultos y confirma solemnemente, por lo menos en el papel, el principio de la libertad de credo y de conciencia.

De Bogotá se ha dicho con alguna razón, que es un convento en armas, pues, junto a la Iglesia, mandan las fuerzas armadas, o más bien sus jefes. Colombia cuenta con un ejército regular de algunos miles de hombres, con efectivo variable, hallándose en la capital las mejores fuerzas. Estos soldados, la Guardia Nacional, en su mayor parte indios y mestizos, reclutados en cualquier parte y raramente en virtud de ley, constituyen un núcleo militar en torno al cual pueden agruparse en las revoluciones las tropas urgentemente alistadas. Naturalmente, al igual que en España, los oficiales, en especial los de alta graduación, están en proporción enorme respecto de la tropa. De generales hay también multitud, pese a que en cada revolución, y a cada cambio de gobierno, muchos de ellos quedan "amortizados", como decía una vez un paisano nuestro. El conocimiento personal de varios militares me hizo sentir estima, en diversas ocasiones, por el espíritu de la oficialidad colombiana.

Tales fuerzas son el apoyo formal del gobierno, sobre el que éste puede laborar con confianza; a menos que algún soborno o la perspectiva de una mejora de vida y sueldo más alto lleve a los pícaros mestizos a echarse en brazos de otro que ofrezca más. La instrucción es larga y penosa, y de cuando en cuando, en la Plaza de Bolívar, las tropas exhiben su arte en grandes paradas y desfiles. Sólo el arma de Artillería se hallaba entonces estancada en la minoría de edad, pero sería muy conveniente disponer allí de algo por el estilo de nuestra Artillería de montaña. Todas las mañanas, una numerosa unidad se dirige en uniforme de gala a hacer el relevo de la guardia en el Palacio Presidencial, desfilando con bandera y al compás de sus músicas.

El efectivo de la tropa constituye el barómetro para determinar la situación política. Si se produce un incremento de varios miles de hombres, hay peligro a la vista: el Presidente no se siente seguro, o cree estar procediendo mal. Como París para Francia, Bogotá es para Colombia el centro de la actividad política. Aquí coinciden todos los hilos de la organización de los partidos, y, en particular durante épocas agitadas, es febril el ajetreo de los comités. Los días de elecciones son, para las tropas y para la población, fechas duras y difíciles, en las que siempre se piensa con alguna preocupación. Mis observaciones se refieren especialmente a aquella fase política en que se trataba de mantener a toda costa en su supremacía al llamado partido liberal. Los partidos, por lo demás, no pueden echarse nada en cara; lo que ahora se dice del partido adversario que acaba de llegar al poder es cosa que raya en lo increíble, y en la actualidad los liberales han tenido que anunciar varias veces la abstención electoral.

Por los años ochenta, el cuadro que se ofrecía era el siguiente:

En diferentes puntos de la ciudad, y por entero al aire libre, se instalan pequeñas mesas y tras ellas toma asiento el respectivo jurado electoral. En torno, los soldados con bayoneta calada. El jurado tiene ante sí una lista impresa de las personas capacitadas para votar. Estas van desfilando una tras otra, sin hallarse provistas de papel de identificación alguno, y depositan su voto en la urna. Automáticamente se tacha en la lista el nombre del votante. Ahora bien, está al entero arbitrio del público y del jurado si un determinado individuo puede votar o no; pues muchos, estudiantes sobre todo, se atreven a dar su voto en diferentes urnas, y en cada sitio se llaman con distinto nombre. Si luego se presenta el verdadero votante, se encuentra tachado en la lista y, a pesar de todas las protestas, tiene que retirarse humillado y escarnecido. Estas escenas provocan siempre gran alboroto. Si se acerca a la mesa uno que se llama, por ejemplo, Suárez, y se sabe que ese Suárez es un anciano conservador, en tanto que aquel que vota con su nombre es un joven liberal, entonces estalla un espantoso griterío: "¡No, no, no, no es él!", exclaman unos. "Sí, si, sí, él es!", chillan los otros. Se reparten golpes, salen a relucir revólveres, hay empujones y apreturas, se pita y se vocifera hasta dejarle a uno aturdido. Según la composición del jurado correspondiente, puede votar o no el pseudo-Suárez. Si se trata de elegir un candidato liberal y el pseudo-Suárez va a votar por él, se le permite llegar hasta la urna; de lo contrario, se ve obligado a retirarse. Es raro que en días de elecciones no se juegue con el revólver. Por fortuna, estos artefactos, la mayoría de las veces, no dan en el blanco, y las desgracias son de menor cuantía. Pero la inquietud de los ánimos es tanto mayor cuanto que las tropas están dispuestas a acudir a la primera señal de alarma y a hacer fuego sin consideración sobre la inobediente multitud, como ha acontecido en diversas ocasiones. Si hay que elegir un candidato liberal y se encuentran más votos conservadores que liberales, entonces se vuelca la urna y se disuelve el jurado, o éste proclama después del recuento: "¡Quien escruta, elige!". Las elecciones son, pues, desgraciadamente, en Bogotá como en toda Colombia, un juego dirigido por la gente más gritadora, por aquellos que esperan alcanzar del nuevo presidente favores o cargos, por los más insidiosos elementos y los más astutos fabricantes de catilinarias. Este juego electoral es convenido previamente por los políticos profesionales de los clubes. Tal es la opinión arraigada de más antiguo entre los colombianos, y como sus votos carecen, pues, de valor, muchos hombres honorables, los mejores ciudadanos precisamente, no acuden ya a las urnas. Fue también significativo que nuestro Rector retuviera en esos días a los internos, acuartelados como tropas en el edificio de la Universidad. Cuando las elecciones no se desarrollan libre y honestamente, no hay democracia posible, y eso lo mismo en Colombia que en cualquiera otra parte. Así acontece que los derrotados en los comicios recurren, con aparente derecho, a la revolución como medio para derrotar al presidente en tal forma elegido.

De forma sombría se advierte siempre la perspectiva de la cercana explosión de una guerra civil; al caer la tarde los soldados marchan en formación por las calles de la ciudad y detienen a todo pobre diablo que cae incautamente en sus manos, respetando al que lleva sombrero de copa o va bien trajeado. La persona así capturada es puesta entre dos filas de bayonetas; la marcha continúa hasta haber reunido veinte, a menudo cuarenta o cincuenta, de estos infelices. De ese modo, amarrados a veces como reses destinadas al matadero, se les conduce al cuartel, donde quedan presos y donde se les obliga a enrolarse para la guerra. Muy raramente logra librarse el individuo tan violentamente reclutado, y muchas personas influyentes no consiguen eximir del servicio militar a sus criados, a sus obreros, a sus cocheros... Ocurre con harta frecuencia que los soldados se introducen en las casitas de los pobres habitantes de las afueras y sacan al hombre de la cama, dejando a la mujer y a los hijos en total desamparo. El ciudadano de ideas nobles queda deprimido ante escenas semejantes y sufre en el alma con ellas. Pero el indio que se ve ya con su gorra militar, con su fusil al brazo, y acaso con su guerrera de colorines, termina por ceder ante el destino que le ha tocado; hasta se siente orgulloso como defensor de la Patria, y no es raro que ese recluta se quede definitivamente en el cuartel aunque se le ofrezca la libertad. Contrasentidos de la vida humana. . .

A las seis cae la noche sobre Bogotá. Se cierran los comercios y concluye la jornada. Las calles principales brillan ahora con la luz eléctrica, que, después de varios intentos fallidos, alumbra ya debidamente. Una gran central eléctrica, construida por la fábrica de maquinaria "Oerlikon", provee de energía y luz a la población e industrias de Bogotá. La energía se obtiene del torrencial río Bogotá, algo más arriba del Salto de Tequendama. La mayor parte de las calles se iluminaban antes con luz de gas; pero de vez en cuando se hizo necesario acudir a otros medios de alumbrado, pues fallaba el servicio de gas o resultaba deficiente.

Así que se regresa a casa después del habitual paseo vespertino, hacia las siete de la tarde, las calles están ya bastante vacías. A las ocho los tambores de la guardia redoblan el toque de retreta, desfilando desde el Palacio Presidencial a su cuartel, acompañados del agudo son de las trompetas. Después de este musical deleite se sumerge todo en el silencio de una pequeña ciudad. Ese silencio se rompe los jueves y domingos por la noche, en que las dos bandas de regimiento, más de treinta músicos cada una, tocan la retreta bajo grandes faroles, especiales para este viejo uso. La retreta, en este caso, es un concierto de selecto programa. Los músicos son expertos y con larga práctica en su arte, y existe entre ellos gran espíritu de emulación. A menudo se escuchan obras de los grandes maestros en excelentes interpretaciones, especialmente oberturas, tocadas con conocimiento y fidelidad. Como pieza final, cada banda ofrece una composición nacional, un vals, un bambuco o un pasillo.

Esa música nacional me atrae muchísimo. Siempre me ha emocionado profundamente con su espíritu unas veces suave, otras ferozmente impetuoso, otras melancólico y triste. Me seducía escuchar las serenatas que los músicos del país ofrecían a una hermosa en alguna calle de la ciudad. La bandola, a la que, si la tocan manos diestras, pueden arrancarse sonidos de la pureza de campanillas y violines, el tiple, tan melodioso como acompañamiento, y la seria y grave guitarra, formaban un conjunto realmente artístico. En los últimos años, recuerdo, algunos de aquellos músicos habían llegado a perfeccionarse de tal modo, que eran capaces de interpretar de memoria y con auténtica expresión clásica las más difíciles oberturas. Inolvidable será para mí la última noche pasada en Bogotá y en la que, pese a las críticas circunstancias, los mejores de aquellos modestos músicos de la capital quisieron darme una prueba de pleno reconocimiento a la simpatía que yo siempre les había dedicado. Unos diez de ellos se reunieron en un conjunto integrado por dos bandolas, algunos tiples, dos guitarras, un violín y un violoncelo. A eso de las once llegaron ante mi hotel y me dieron una serenata que resonaba maravillosamente en el silencio nocturno. La elección de las piezas respondía a la vez a un gusto sentimental y clásico. Entre los músicos había un ciego, que tocaba la guitarra y cantaba, acompañado con voz de contralto por un muchachito hijo suyo; un dúo en verdad emocionante, enternecedor. Cantaban cosas de amor, de fidelidad, de pasión, de doncellas graciosas radiantes como joyas, puras como la azucena; cantaban la ausencia, y el encuentro, y todas las tempestades de la vida...

La calma de la noche es interrumpida a cada cuarto de hora por la aguda pitada de los serenos, que, envueltos en un largo gabán, armados de sable y organizados militarmente, aparecen en todas las esquinas en cumplimiento de su servicio de vigilancia y se controlan unos a otros mediante señales de silbato. Los serenos desempeñan también oficio de bomberos, pero en esa calidad apenas si tienen que hacer alguno, pues en Bogotá son muy raros los incendios. Esto se deberá tal vez a que el fuego no se propaga rápidamente a tales alturas, o acaso al hecho de no existir compañías de seguros. Por tal razón las bombas de incendios de la capital se hallan en estado tan lamentable. En un pequeño incendio, largamente comentado por la prensa, no fue posible, durante casi una hora, encontrar una boca de riego. Otra vez se estuvo buscando en vano la bomba de extinción y resultó que el entonces ministro de guerra se la había llevado a su finca para regar.

La policía está encargada de la custodia, especialmente la de los comercios. Pero se puede afirmar que los hechos de violencia no son más frecuentes en Bogotá que en cualquier otro sitio. Una sola vez, que fue la noche de una tempestuosa jornada electoral, hube de salir armado a la calle. Por lo demás, aunque durante algún tiempo viví fuera de la ciudad a una media hora de camino, que era de lo más distante entonces), teniendo que atravesar la calle caliente, o sea la calle de las pendencias y la gente de cuidado, no fui jamas objeto de la menor hostilidad. A pesar de que las noches son bastante frías, me encontraba con frecuencia pobres gentes acurrucadas o enroscadas como erizos, que dormían profundamente, a las puertas de las casas o sobre la misma acera. Desde las diez, como dice un escritor colombiano, Morfeo reina en casi todos los hogares. Apenas sí se conoce la vida de restaurantes o casas de comidas, usual entre nosotros. Tan sólo un café, "La Rosa Blanca", atraía entonces a la gente joven para jugar al billar, para la charla o para el alegre comer y beber. Ahora se han establecido ya varios restaurantes. Fuera de ello, había abiertas no más que unas cuantas tabernas, donde se bebe de pie, y también algunos lugares de juego, de los cuales, a falta de diversiones más apropiadas, hay muchísimos, por desgracia, en Bogotá, particularmente después de una guerra, sazón en la que tantos aventureros aspiran a mejorar su suerte. En dichos locales se juega lotería o un juego nacional, el tresillo. Cuando por la mañana, algo después de las cinco, me dirigía a dar mi primera lección del día, la de la seis, a veces veía todavía luz en las casas de juego de la Plaza de Bolívar, y reflexionaba sobre todas las pasiones y los dramas que en los corazones de los jugadores y de sus familias estarían sucediéndose.

Maravillosas son las noches de Bogotá. Las estrellas según cálculo de Humboldt, lucen con intensidad cuatro veces mayor que en nuestros países. A mediados de octubre de 1882 pasó durante varias noches sobre el cerro de Guadalupe un cometa enorme y de magnifico brillo.

Un océano de luces surge en la noche. De un lado, se dibuja en excelsa simplicidad la Cruz del Sur; del otro, fulge casi junto al horizonte la Estrella Polar. La Vía Láctea se desenrolla como una ancha cinta encendida, y destaca minuciosa sobre el cielo, un cielo, pese a la oscuridad, todavía espléndidamente azul. Un especial encanto tiene el blanco y delicado resplandor de la luna llena; tan clara y nítidamente ilumina la ciudad, que, sin otra luz, resulta posible leer cómodamente y reconocer todos los objetos. De vez en cuando rompe la quietud de la noche un cohete que sube silbando hacia el firmamento y que, con la escasa resistencia del aire, se remonta a mucha mayor altura que en nuestros países. Bogotá es un lugar a propósito para grandes quemas de fuegos artificiales. Pero ¿qué es aquí cualquier arte humana frente a la majestad de la misma naturaleza? Con profunda nostalgia pienso hoy en el excelso espectáculo de aquellas noches de luna, en aquel magnífico cielo estrellado.

Satisfechos, y después de una animada sucesión de sugerencias y datos, acabamos la lectura del precedente capítulo sobre la vida de Bogotá por los años ochenta del pasado siglo. Ahora nos preguntamos cómo serán las cosas hoy día en esta capital, una de las más peculiares y más apartadas del resto del mundo. Por descontado, algún aspecto se allanó y adaptó ya a la gris homogeneidad de las ciudades populosas. El ferrocarril, desde el Magdalena, ha alcanzado ya las alturas bogotanas, y él trae a la altiplanicie andina las muchas mercancías de uso diverso que se precisan en el cotidiano vivir. La nueva generación ha podido instalarse con mayor comodidad y contar con más modernos acondicionamientos de vivienda. En las casas de las viejas familias tradicionalistas encontramos todavía los penumbrosos salones de recibimiento con espejos franceses y venecianos, el lujo de las antiguas vajillas de plata españolas y la generosidad de las posibilidades domésticas que permite a la señora de casa improvisar una comida para media docena, para una docena incluso, de huéspedes inesperados, y ello con las más finas atenciones.

Pero si el recién llegado consigue superar la primera impresión de que Bogotá hubiera perdido el carácter propio y el ornato de los pasados tiempos sin poseer todavía las ventajas de la nueva época, podrá ser que, al penetrar con ecuánime observación en el ambiente actual, advierta sorprendido que muchas cosas permanecen inalterables en su antiguo estado. Hoy día sigue llamando en primer lugar la atención del extranjero la hegemonía de los "blancos y los que quisieran serlo " sobre la gran masa de la población, y toda una serie de hechos confirma que "el patrimonio sirve para dar prestigio a cualquiera ". El orden social se ha mantenido idéntico. En ocasiones festivas, en las reuniones siguen sonando exclusivamente los antiguos nombres de las buenas familias. En comparación con tiempos anteriores se nota, afortunadamente, una mayor elasticidad y cordialidad en las relaciones entre familias conservadoras y liberales. Los ricos van dejando, en creciente proporción, las casas de dos plantas, estructuradas por lo común en torno a varios patios interiores, para trasladarse a edificios de varios pisos y dotados de instalación moderna. En compensación, se hacen construir en las cercanías de Bogotá pequeñas casas de campo, don de grandes y chicos pueden disfrutar los domingos la delicia del sano y fresco aire de la sabana. Los actos públicos son ahora más numerosos. En el teatro del gobierno se suceden continuamente las compañías visitantes y empieza a elevarse poco a poco el valor de las representaciones. La musa ligera, pese a la inicial oposición de la Iglesia, ha hecho su entrada en las tablas. Pero toda pieza debe ser sometida a una censura bastante rigurosa. Con extraordinario esfuerzo, el Director del Conservatorio ha impuesto la celebración de conciertos sinfónicos, llenando así un muy sensible vacío en la vida cultural. Pero, a pesar de todo, el bogotano auténtico no ha perdido la afición por las audiciones en familia, y con motivo de las festividades religiosas o en otras ocasiones tienen lugar algunas celebraciones y veladas íntimas, vedadas a los más de los forasteros.

En cuanto a la descripción de los personajes típicos de la vida urbana, notaremos que el simpático cachaco, representante de la libre y desenfadada soltería, ha pasado a formar marcada minoría frente al pepito, el haragán de oficio. Por desgracia, la cifra de los que llenan todo el santo día de conversaciones ingeniosas o vanas, matando realmente el tiempo, es todavía muy grande en Bogotá. Por tal razón, el extranjero que fue testigo de la miseria reinante tras la guerra mundial, y que se lanzó por el mundo a ganarse duramente la vida y a cooperar en la forja de una nueva edad, podrá ser que se sienta separado por un profundo abismo de los muchos charlatanes que en Bogotá se encargan de esfumar la impresión de una seria voluntad de trabajo. Esos caballeros se encuentran a toda hora por las esquinas de la ciudad cumplimentando a los transeúntes, y en especial a las damas, con sus continuas atenciones. Sus afortunadas ocurrencias vuelan a menudo con la rapidez del viento, pues el bogotano tiene verdadera vena satírica, sin llegar por ello a la ofensa. Junto a la dorada superabundancia de tales chistosos de esquina, el gran número de hombres serios. a quienes se encuentra, en bancos, casas comerciales y fábricas, dedicadas a fatigosa tarea, producen una impresión tanto más marcada y de tanta mayor sorpresa. A pesar de ello, parece que, frecuentemente, el extranjero se abre camino con más rapidez que el natural, gracias a una actividad consciente e incansable. Entre los emigrantes de todos los países hay propietarios de florecientes empresas, que harto fácilmente despiertan luego envidias y rivalidades. Si bien estos sentimientos no se hallan en la buena sociedad, el extranjero no deberá hacerse sin más a la idea de que le van a recibir con los brazos abiertos. Las nobles tradiciones de la vieja hospitalidad española, que tienen continua y entusiasta cita en El Dorado, han sufrido ya en las ciudades alguna que otra merma. Hay que admitir, no obstante, y del modo más abierto, que de ello se debe culpar a más de un vagabundo indeseable que ha perjudicado ya mucho el buen nombre de los extranjeros afincados en el país. En el campo, por el contrario, sigue bastando una pequeña recomendación para que cualquier recién venido sea objeto de conmovedoras atenciones entre las viejas familias hacendadas. El pueblo inculto de la ciudad y del campo, que por instinto se coloca frente a los ricos y que ve en todo extraño, sin más juicio crítico, un señor de buena posición, cree a menudo estar cumpliendo una misión patriótica al tomar en estos casos una posición adversa al forastero. Pero el trato personal con la gente de la calle, con limpiabotas, vendedores de periódicos, policías y todos los que se dedican a servir, da lugar a cambios en la mayoría de las ocasiones. En efecto, el extranjero libre de prejuicios y criado en contacto diario con gentes de todos los estratos sociales, suele estar en mejor situación que los aristocráticos colombianos para comprender la suerte de los pobres indios y de la multitud de los niños sin padre.

En una obra sobre Colombia, la referencia a la vida religiosa merece, sin duda, amplio espacio. Lo que observó el autor de El Dorado corresponde todavía hoy a la realidad, y de modo invariable. Es exacta en particular la afirmación de que al final de las últimas revoluciones -que terminaron todas, sin excepción, con la derrota de los liberales pudo comprobarse siempre un robustecimiento del influjo eclesiástico. Por eso los mismos colombianos designan a su país como el bastión de la Iglesia Católica en Suramérica, y parece que no yerran a este respecto. Pero las relaciones entre la Iglesia y el Estado constituyen un asunto interno y requieren, a lo sumo, una exposición en el sentido de la acogida que puede esperar el extranjero de otra confesión. En este aspecto, el forastero puede estar seguro de una gran tolerancia por parte de la población culta y también de la Iglesia y sus ministros. La gran masa del país se muestra indiferente frente a los que no participan de su fe, por lo mismo que casi nunca llega a tener conciencia de que en el país pueda haber también alguien no católico. Pero si de forma ostensible se practican ritos propios de otras confesiones, ello podría tener consecuencias poco gratas, sobre todo en regiones muy apartadas de los núcleos urbanos. En todo caso, los ejemplos de intolerancia son sumamente raros, y el gobierno los condena severamente.

En un determinado aspecto, sin embargo, deberían guardarse muy bien, en interés propio, las personas adscritas a otros credos. Las bodas se realizan en Colombia exclusivamente por la Iglesia Católica. El matrimonio civil, en verdad, es teóricamente posible, pero una excepción tal representaría, por tradición, que determinadas clases sociales no considerarían válido el enlace. El que quiera prescindir, pues, del matrimonio católico, hará mejoren trasladarse provisionalmente para la boda a Panamá, a Curazao o a Europa. Por supuesto, el matrimonio celebrado en el extranjero por contrayentes de otra religión es reconocido en Colombia como válido, pues la legislación en este punto es tan avanzada como la de cualquier otro país. Deberá también meditarse el casamiento con una persona de nacionalidad colombiana. A veces, entregentes aventureras, juvenilmente audaces, existe la errada creencia de que el matrimonio católico con una colombiana excluye los efectos legales del matrimonio civil por faltar la confirmación de la autoridad respectiva. Pero no ocurre así. Como el matrimonio canónico tiene en Colombia plena validez, es reconocido también como tal en el Estado de origen. En cambio, dicho estado podrá también considerar como anulable ese matrimonio, conforme a su derecho, si bien el matrimonio religioso excluye en Colombia el divorcio. Nunca se condenará suficientemente la desaprensiva actitud de ciertos extranjeros al entender que la promesa otorgada ante otra Iglesia no reclama respeto y seriedad.

La inmigración a Colombia es factible para cualquier persona honorable y sana. Se rechaza tan sólo a los perturbadores del orden, a los enfermos, y a veces también a los de raza amarilla o negra. Un más severo control de policía, hace poco implantado, exige del extranjero su inmediata presentación ante la autoridad. Esta disposición, que al principio se aplicaba con dureza algo excesiva, se hace cumplir ahora de modo enteramente razonable y proporciona al que a ella se somete las ventajas de la más plena libertad de residencia.

En principio, a todo extranjero se le considera bien venido a Colombia y, en tanto que respete las leyes y no se inmiscuya en los asuntos internos del país, es objeto de excelente acogida y de toda clase de consideraciones.

El Dorado

Escudo de Bogotá

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