El Dorado

 
 

LA VIDA CULTURAL



 

Solitario y como aislado del mundo se siente uno al principio sobre la Sabana de Bogotá. El lector de estas páginas, a quien el cartero trae varias veces al día noticias, periódicos, revistas, libros, apenas si considerará el acontecimiento que supone en aquella capital la llegada del correo. Dos o tres veces por mes llegan a Bogotá los envíos postales europeos, estableciendo el enlace con la patria. Dichos envíos no se reparten a domicilio, sino que cada uno va a recogerlos a la única oficina de correos existente. El que desea más rápido servicio, alquila un apartado. La llegada del correo se anuncia mediante banderas de colores que se izan en el gran mástil de la esquina del edificio donde está la oficina, siendo distintos los colores según la dirección de los correos arribados. Cuando, después de inquieta espera, se mira subir la bandera roja, blanca y roja con nueve estrellas negras, signo del correo de ultramar, los presuntos destinatarios se apresuran a retirar sus mensajerías, y dejo a la imaginación de cada cual la expectativa, el afán con que, por lo común en el mismo patio de correos, se devoran las primeras nuevas y luego, ya en casa, vuelven a degustarse.

Este sistema tenía también sus grandes ventajas. Uno se preparaba para la recepción y el despacho de la correspondencia y podía señalarse horas y días para la lectura. En tal sentido, los años que allí pasamos no fueron años perdidos; por el contrario, la materia de lectura se disfrutaba con más activa atención que en nuestro país, donde estamos saturados de ella. Los nuevos libros y revistas se recibían allí con ánimo muy diferente; eran los mejores amigos, y, toda vez que en Bogotá, no sólo los extranjeros, sino también muchos colombianos, siguen exactamente las novedades literarias, resultaba siempre, si se sabía dar con las personas apropiadas, un vivo intercambio de ideas sobre lo leído.

Esta vida cultural es tanto más notable por cuanto que hasta 1738 no se estableció en Bogotá la primera imprenta, llevada allí por los Jesuitas, y hasta 1789 no apareció el primer periódico colombiano. La actual cultura puede explicarse sólo por la coincidencia de varias circunstancias felices, como buena disposición, lengua, prensa y educación.

Es cosa no discutida que los criollos poseen una gran inteligencia natural y afición a los estudios y a las artes. No obstante, se ejercitan preferentemente en las ciencias especulativas, donde hallan la posibilidad de desenvolver teorías y disentir sobre toda clase de temas filosóficos y religiosos. Los terrenos que reclaman gran esfuerzo, paciencia y benedictina asiduidad, como las matemáticas, las ciencias experimentales o la historia trabajada en sus fuentes, se ven demasiado preferidos. Lo que realmente place al bogotano, siempre deseoso de novedades, es el aprendizaje de idiomas y la lectura de novelas, poesía y periódicos, como también componer epigramas y muy lindamente torneadas estrofas; en fin, dedicarse como aficionado a los asuntos más diversos. Así ocurre que la lectura y traducción de los productos espirituales de pensadores europeos son harto más frecuentes que -aparte las bellas letras- la creación de cosas originales. En esta recepción de la producción europea, los bogotanos tienen el buen auxilio de excelente librerías, como la Librería Colombiana, que tiene existencias, con gran cantidad de títulos, de las principales obras del mundo, y cuenta, sin duda, con todas las novedades bibliográficas. La librerías constituyen el punto de cita de la gente culta; por vanidad o por afición, se compran muchos libros, y la mayoría de ellos, a no dudarlo, se leen. Por mucha superficialidad que aún exista, por mucho que se de la formación a medias, aunque sólo unos pocos hombres selectos posean un riguroso sentido científico, y aunque no se halle todavía introducida la llamada "exactitud germánica", es, sin embargo, muy cierto que entre una minoría, relativamente pequeña pero muy inquieta y vivaz, se advierte la capacidad de conocimiento y el interés por todas las novedades y creaciones del espíritu; del espíritu francés en primer término, luego del español y del inglés. Y ello, como apenas en lugar alguno de Suramérica. Hay que agregar que en este apartamiento, en la naturaleza montañosa y primaveral, el pensamiento saca a veces consecuencias de más inexorable lógica que en Europa, donde la inteligencia es mantenida a raya por tan fuertes ligaduras de toda índole.

El trabajo intelectual es ayudado por la vigorosa, colorista, armónica lengua española, el mejor legado de los conquistadores. Cierto que el trato con otras culturas, especialmente la francesa, ha introducido poco a poco en el lenguaje toda clase de vocablos y giros extraños, como ocurre en Argentina. A esta adulteración del idioma opone el bogotano un dique al tener a gala hablar el español con pureza y lo más académicamente posible, escribiéndolo, si cabe, aun con mayor fineza y corrección. Como guardián de esta limpieza literaria actúa la Academia Colombiana, fundada el 10 de mayo de 1871, y correspondiente de la Real Academia de Madrid. Constituye una sociedad de doce literatos, la mayoría de los cuales gozan de fama, pero no todos de talento. En efecto, varios de los mejores escritores liberales se hallan excluidos de este rancio gremio.

En la literatura se manifiestan dos distintas tendencias. La una es rigurosamente clásica y vive, no sólo en la lengua sino también en las ideas y criterios, casi como en los tiempos de un Felipe II. El estilo enfático y rebuscado, el prurito de alambicar imágenes lo más "ingeniosas" posibles, el modo de expresar en forma abstracta y retorcida hasta las cosas más comunes, y el comenzar toda disertación, todo estudio o artículo por lo menos, los griegos y los romanos, si es que no les toca pagar el pato a los babilonios y a los egipcios, . . . todo ello ha ganado a tal especie de escritos el sarcástico nombre de literatura fósil. La otra tendencia se debe a literatos jóvenes, fogosos y de talento, que aspiran sobre todo a dar expresión al pensamiento de su época, y que, por tanto, se fijan más en la agudeza del contenido intelectual que en las exterioridades verbales. Quien se cuenta entre los adscritos a esa última corriente es hostilizado, claro está, por los académicos, o, al menos, mal mirado por ellos, gente que cree tener en arriendo toda la gloria literaria.

La prensa diaria es un medio formativo de primer orden en todo país nuevo. Por entonces aparecían en Bogotá nada menos que de veinte a treinta publicaciones periódicas, tanto políticas como de contenido científico, pero sólo una salía diariamente. Muchos de los periódicos políticos tenían una brevísima existencia, desapareciendo ya al segundo o tercer número. Como los periódicos no podían vivir del mismo modo que los nuestros, o sea a base de noticias del día y telegramas, concentraban su energía en los artículos de fondo, en estudios literarios, traducciones, desahogos líricos y crónicas locales. Especial mención merece el "Papel Periódico Ilustrado" (tres años de publicación), editado con gran constancia y sacrificios por el pintor Alberto Urdaneta, ya fallecido; pese a la cierta tosquedad de la parte gráfica, el periódico estaba lleno de valiosas aportaciones a la historia de la cultura y era entonces la única revista quincenal de Colombia. La prensa política experimentó una total transformación después de la revolución de 1885. Antes, había gozado de la más absoluta libertad, y de ella hizo uso en forma tan descomedida, que sus excesos resultaban desvergüenzas hasta para cualquier europeo amplio y comprensivo. Más tarde, en lugar de hacer legalmente responsables de sus contravenciones a los redactores, el cambio ocurrido en dicho año determinó que las cosas fueran a dar en el extremo opuesto, obstaculizando la libertad de las actividades periodísticas. La prensa pasó a depender enteramente del arbitrio del gobierno, que suspendía periódicos y metía a los periodistas en la cárcel o los deportaba, de manera que hasta los conservadores moderados solicitaron la promulgación de una ley menos rígida. En un país que se halla todavía en su menor edad, la libertad de prensa es de lo más necesario, e imprescindible como válvula de seguridad del mecanismo estatal.

El cumplimiento de la misión de la prensa depende el grado de cultura de los ciudadanos, y a su vez esa cultura es la que restituye a sus proporciones justas las exageraciones y las inexactitudes de la prensa. Pero en Colombia, donde muchos admiten todavía como verdad definitiva todo lo que va en letra de molde, falta mucho por hacer en materia de educación, en lo que atañe a la gran masa del pueblo. Sólo los presidentes liberales, en particular los que gobernaron durante los años 1870 a 1875, dedicaron a la escuela primaria toda su atención, alcanzando notables resultados. Desde que el partido independiente empezó a regir los destinos del país, disminuyó la preocupación por ese problema y vino a decaer, de manera extraordinaria, la enseñanza toda. Sáquense conclusiones de los siguientes datos: el año 1873, en el apogeo de la administración liberal, había, sólo en el Estado de Cundinamarca, 218 escuelas, con 10.789 alumnos. El año 1883 había 163 escuelas, con 10.624 alumnos, y es necesario anotar que ese número de escolares se refería únicamente a los inscritos y no a los que realmente asistían a las clases. En dicho Estado de Cundinamarca se adeudaba a los maestros en 1884 casi año y medio de sueldo, de manera que la mayor parte de ellos, aunque por sentido del deber siguieron trabajando en sus escuelas, se veían obligados a buscarse otras ocupaciones. Las letras de cambio con que se les pagaron algunos meses, sólo podían hacerse efectivas acudiendo a los usureros. No puede sorprender, pues, que resultara difícil sostener los centros de formación de maestros y maestras, cuanto más que la mala administración del Estado hacía imposible cubrir con regularidad todas las obligaciones al respecto. Pero, precisamente en cuanto a esos centros de formación, hubiera sido muy de lamentar la suspensión de actividades. En particular la escuela de maestras se distinguía por los magníficos logros alcanzados, y a ella ingresaban muchachas del pueblo y de la clase media, que así podían dar satisfacción a su anhelo de saber, pasando además a ocupar una mejor posición social. Los exámenes que presencié demostraban en casi todas las alumnas un grado verdaderamente admirable de seguridad, de claridad mental y dominio de la materia; sin embargo, su aplicación servía para la obtención de un diploma poco menos que, en la práctica, falto de todo valor. Esto me probó una vez más que, concretamente la juventud femenina de Colombia, posee espléndidas dotes y que sería un verdadero pecado regatearle el sustento espiritual que reclama. Las escuelas especiales para señoritas no rebasan el nivel medio de nuestra instrucción primaria ni facilitan un verdadero y sólido saber.

En virtud de la libre competencia y de la posibilidad de abrir, sin más, un centro docente todo aquel que contara con la confianza de los padres, era también muy considerable el número de los colegios privados -diríamos mejor "pensiones privadas"-, donde los alumnos viven en régimen de internado y la materia de enseñanza viene a corresponder a la de nuestras "escuelas medias". El año 1883 existían en Bogotá, aparte de los establecimientos públicos y el seminario sacerdotal, doce colegios para muchachos y nueve para muchachas. Algunos de esos centros, como el antiguo Colegio de don Santiago Pérez, quien desde su cátedra fue ensalzado al sillón de Presidente de la República, eran como pequeñas academias. Según las ideas del respectivo propietario, estas escuelas se hallaban tajantemente diferenciadas en el aspecto político. Las más aristocráticas y "pías" estaban dirigidas, en su mayoría, por eclesiásticos.

La formación universitaria propiamente dicha se adquiría en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, en la Universidad Nacional y en la Universidad Católica. La concesión de diplomas era enteramente libre; alguna escuela privada podía expedir, por ejemplo, el título de doctor en jurisprudencia. Pero los tres centros universitarios citados, por razón de su efectiva competencia y por su posición, tenían facultad para otorgar los grados generalmente reconocidos. La Universidad Católica era reciente creación del Nuncio Papal Agnozzi, expulsado de Suiza en tiempos de Kulturkampf. Esta mantenía la rivalidad frente a las otras dos universidades, cosa de la que los profesores nos alegrábamos, pues de ahí surgía la emulación. El Colegio del Rosario, fundado en 1651 por el monje y arzobispo Cristóbal de Torres, se componía de una especie de liceo o gimnasio y de una Academia de Derecho, donde se estudiaba más rápidamente que en la Universidad. El Rosario tenían entonces una dirección sumamente progresista.

La Universidad Nacional era, indiscutiblemente, la primera de Colombia. Nuestra Universidad había corrido ya suerte muy diversa. En 1610 fundó el Arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero una academia a la que llamó Colegio de San Bartolomé y que encomendó a los jesuitas. Estos comenzaron la enseñanza con diez becarios. Su actividad abarcaba principalmente el estudio del latín, la filosofía (en lengua latina), el derecho civil romano, el canónico, la moral y la teología dogmática. Estos eran los estudios clásicos de entonces. La enseñanza del derecho público y político había sido prohibida por el gobierno. Sólo tras las borrascas de las luchas de independencia se llegó a producir un nuevo incremento de los estudios. La academia pasó al Estado de Cundinamarca, que en 1867 la entregó a la Nación con el propósito de fundar una universidad nacional de los Estados Unidos de Colombia. Esta se estableció, en efecto, y a fines de 1884 se fusionaron con ella la Escuela de Agronomía, la Escuela Militar, en la cual se formaban unos doscientos cadetes y que hacía a la vez de Escuela de Ingenieros, y finalmente la Escuela de Bellas Artes, donde, bajó experta dirección, se enseñaba dibujo, pintura y grabado. La Universidad adquirió consistencia por la Ley de 23 de marzo de 1880, que creó ya un ministerio nacional de instrucción.

En el año 1882, cuando yo comencé allí mis actividades docentes, la Universidad constaba de cuatro facultades: la Escuela de Literatura y Filosofía, la Escuela de Derecho o de Jurisprudencia, la Escuela de Ciencias Naturales y la Escuela de Medicina. (No existía facultad teológica, pues los sacerdotes se formaban en Seminarios). El Rector era el Ministro de Instrucción. Bajo su autoridad había dos rectores propiamente dichos, de los cuales uno dirigía las facultades filosófica y jurídica (instalada en el viejo edificio del Colegio de San Bartolomé) y otro las facultades de Ciencias Naturales y Medicina. El control de toda la administración y funcionamiento interno correspondía al Consejo Académico, que se elegía por el Presidente de la República entre ciudadanos de mérito y constaba de nuevos miembros. De la escuela de Derecho diré sólo que los poco numerosos estudiantes trabajaban con notable aprovechamiento y que luego, como abogados y políticos, hacían honra a su profesión. La Escuela de Ciencias Naturales era utilizada, principalmente por médicos, para estudios preparatorios, pero faltaban en ella buenos laboratorios y colecciones. La facultad de Medicina propiamente dicha, o sea la Escuela de Medicina, era sin duda la mejor instalada y al frente de ella trabajaban excelentes profesores; casi todos ellos habían hecho en Europa su examen de estado; en París principalmente. Los estudiantes se destacaban por la aplicación, la buena conducta y el aprovechamiento en su trabajo. Desde 1882 contaban con un sala de disección, que se construyó en esa fecha en el patio del Hospital Municipal, y allí tenían material de sobra para sus estudios.

Por último, la Escuela de Literatura y Filosofía, obligatoria para todos los estudiantes, se componía, como su nombre da a entender, de una facultad filosófica y de la parte literaria, equivalente ésta a un gimnasio, liceo o, tal vez, pro-gimnasio. Esto explica la gran cifra total de alumnos matriculados en algunos cursos de la Universidad, nada menos que seiscientos quince el año 1884. Para toda la Universidad existía la disposición de que el estudiante no pudiera seguir más de cuatro materias anuales; cada una de éstas comprendía seis horas a la semana. A los más jóvenes el Rector sólo les permitía matricularse, comúnmente, en dos o tres materias anuales. Después de haber acabado con éxito los cursos correspondientes, podían tomar otras tres o cuatro asignaturas (dieciocho o veinticuatro horas semanales), cuyo orden sucesivo se hallaba fijado exactamente. Así, de manera metódica, se iba avanzando a materias cada vez más difíciles. En estos cursos (español, francés, inglés -cada lengua dividida en tres años-, aritmética, álgebra, geometría, geografía general y de Colombia, cosmografía, física, retórica, historia patria) se trabajaban a fondo los respectivos objetos del estudio. En el mejor de los casos, esto es, si el alumno aprobaba cuatro, materias por curso, los estudios duraban seis años; pero lo usual era que se extendieran por mucho más tiempo, dado que se solía empezar con menos de cuatro asignaturas anuales, y debido también a que no siempre se llegaba a hacer el grado y a que se tomaban con carácter complementario diversas materias facultativas (latín, griego, alemán, taquigrafía, cálculo mercantil, religión), a las cuales había que asistir y eran asimismo tomadas en cuenta a efectos del tiempo obligatorio. Hay que agregar que esos cursos de carácter voluntario tenían escasa asistencia de alumnado, lo que era de lamentar, sobre todo en el caso del latín, pues esta lengua facilita mucho, naturalmente, la penetración en el español, siendo además imprescindible para el estudio del derecho romano. El curso de religión no llegó a darse nunca, pues no hubo eclesiástico que quisiera venir a nuestra Universidad.

Como culminación de la escala de materias, había un curso de biología, o sea principios generales de la historia natural, un curso de sociología, un curso de filosofía y dos cursos de historia universal. No existía, como se ha visto, una facultad de filosofía enteramente separada de la escuela de literatura, si bien esa facultad se hallaba representada por tres profesores (el de biología, el de sociología y yo). Todos los futuros juristas y médicos debían pasar por nuestras clases. Habida cuenta que la mayor parte de los alumnos ingresaban a la escuela de literatura a la edad de diez años, aproximadamente, mis escolares estaban entre los dieciséis y los veinte años, y los había de veintiséis, o sea más viejos que yo. A veces asistían a las lecciones señores ya de alguna edad. También en cuanto al color de la tez había gran variedad dentro del alumnado. Los más diferentes matices se ofrecían a mi vista, desde el blanco rosado de los tiernos jovencitos de Bogotá, hasta el negro más intenso; los negros mostraban, dicho sea de paso, un ardiente afán de aprender. Los ojos más distintos me miraban, y las dentaduras eran también de gran diversidad.

Cuando un profesor franqueaba la puerta de la Universidad o penetraba en los claustros del antiguo edificio conventual, el bedel hacía sonar los timbres. Los estudiantes debían colocarse ordenadamente junto a la puerta del aula para entrar en ella tras el profesor. Se trataba, en su mayoría, de grandes salas con ventanas de escasa altura. Yo daba mis clases en el sitio que ocupó antaño la gran capilla del convento.

Como imperaba el principio, conveniente para Bogotá, de no dejar en demasiada libertad a los estudiantes, éstos se hallaban sometidos a una tutela bastante estricta. Regla general para todos era que el alumno no fuese admitido a examen ni pudiese pasar a las materias superiores, cuando pesara sobre su conciencia uno de estos hechos: tener cien faltas de asistencia injustificadas o el mismo número de ceros por insuficiencia en los estudios; o bien veinte malas notas de conducta; o bien cien faltas de asistencia por motivo de enfermedad. Todo ello debía tener constancia en el registro que llevaba el catedrático. De los correctivos que podían imponerse cuando, como significativamente se decía en los estatutos, "no bastare el estímulo del honor", citaremos dos tan sólo: primero, el arresto en el calabozo, donde los jóvenes holgazanes y tunantes podían dedicarse a reflexionar sobre sus insolencias entre las cuatro paredes del desnudo y tenebroso encierro, castigo que hacía siempre una fuerte impresión sobre todos; la otra pena era la expulsión. Esta última estaba reservada a los alumnos que hubieran hecho uso de armas para herir o amenazar a sus compañeros, o que intervinieran el alguna perturbación del orden público.

Para los alumnos menores de dieciséis años, existía en el Colegio de San Bartolomé un internado bajo la inspección de un Vicerrector. Entonces vivían allí unos ochenta alumnos, sobre todo muchachos de lugares distantes, cuyos padres no se decidían a dejarlos en entera libertad por las muchas tentaciones a que habrían de hallarse expuestos. La disciplina era allí verdaderamente militar y en extremo rígida. De nueve a diez de la mañana y de dos a tres de la tarde estaba cerrada la Universidad, pues a esas horas se servían las dos comidas principales. A partir de las seis de la tarde ya nadie podía salir; los domingos, siempre que se hubiera observado buena conducta. Se jugaba, se hacía gimnasia y se tomaban baños frecuentemente y con gran fruición, de manera que todos aquellos jóvenes tenían un aspecto vigoroso y saludable. Los muchachos de talento que hubieran cursado por lo menos tres años en una escuela primaria pública y que se hubieran distinguido por las calificaciones logradas, recibían también ayuda por medio de becas, para lo cual, según el reglamento, nunca aplicado a ese propósito, se comprometían a trabajar más tarde durante tres años al servicio del gobierno. Pero como la vida, vestidos, etc., eran en Bogotá muy caros, muchos estudiantes menesterosos recibían además auxilios de sus respectivos Estados o departamentos, que prometían bastar para la educación gratuita, si bien no siempre lo lograban. Precisamente estos estudiantes pobres, eran nuestros mejores alumnos y nos daban gran satisfacción. Mas, a menudo, tenían que limitarse a estudiar lo imprescindible para terminar rápidamente y arribar pronto al buen puerto de una profesión segura.

También los profesores de la Universidad, que se contaban entonces en número de cuarenta y tres, se hallaban sujetos a severas normas, toda vez que los rectores disponían su nombramiento y podían recomendar su destitución; en caso de ausencia injustificada, se les debía retirar el sueldo del día correspondiente. Pero en la realidad, las cosas eran menos minuciosas y formalistas. El Rector procedía solamente contra los profesores que habían incurrido en manifiesta desidia o abandono de sus obligaciones, de lo cual se daban algunos casos; por lo demás, la autoridad rectoral actuaba benignamente, pues la retribución de los profesores era tal que, en la mayoría de los casos, había que darse por satisfecho con que acudiera a explicar sus lecciones. En efecto, sólo tres profesores, en toda la Universidad, estaban consagrados exclusivamente a la docencia. Los demás tenían que ganarse la vida mediante la acumulación de varios cargos y desempeñaban las más variadas ocupaciones; eran funcionarios, jueces, diputados, políticos, ingenieros, periodistas, escritores, médicos atareadísimos, y dedicaban al profesorado no otra cosa que sus ocios. Pero el poder dar clases en la Universidad era una distinción muy solicitada.

Y ahora hablemos de las clases mismas. Si bien, según las razas, eran diferentes las capacidades intelectuales, los estudiantes tenían por término medio, una gran inteligencia y daban muestras de extraordinario y rápido poder de captación, si la exposición del docente era clara y, a ser posible, infundida de un cierto aliento poético. Era un verdadero placer darles clase. Las contradicciones, verdaderas o aparentes, eran descubiertas en seguida en las clases y utilizadas por ellos como consulta en las horas dedicadas a repaso o discusión. Casi todos tenían además una memoria fuera de lo común, ejercitada desde muy pronto y continuamente, una memoria que lo retenía todo, pues, al contrario que en Europa, no había recargo de tareas, ni, por consiguiente, fatiga. Exceso de materias o de trabajo, cosa que de cierta parte se reprochaba a la Universidad, no se notaba, en todo caso, entre los estudiantes. A muchos les faltaban los necesarios conocimientos básicos para la formación científica: otros se debatían esforzadamente contra una cantidad de prejuicios religiosos y políticos que consigo traían; otros, en fin, aprendían demasiadas cosas de memoria y pensaban poco, falta ésta favorecida por el hecho de que la mayor parte de los profesores tomaban como base de sus lecciones algún texto, explicándolo durante una media hora y dando a aprender un determinado trozo. Esta materia de enseñanza era luego, por muchos, repetida de carrerilla en los exámenes, aunque, de cierto, no por todos comprendida.

Especialmente aplicados eran nuestros estudiantes de los últimos cursos, en tanto que, según referencia de los maestros de la Escuela de Literatura, los alumnos de las primeras clases -muchachos todavía en edad de travesuras- dejaban muchísimo que desear. Cuanto mayor iba haciéndose el estudiante, tanto más crecía su alto pundonor, y bastaba con apelar a él para manejar adecuadamente a aquella juventud académica. Por ello no me resultaba tampoco necesario registrar como un domine las faltas de asistencia de mis alumnos, ni mucho menos tenía que consignar malas notas de atención o conducta, pues de desobediencias, groserías, desórdenes no tuve jamás ocasión de quejarme. Alguna intervención abusiva, harto posible dada la condición estudiantil, astuta y gustosa de bien quitarse, podía ser rechazada con facilidad por medio de una respuesta mordazmente satírica. Cuando, a partir del segundo año, pude ya dar mis clases en español, el intercambio de ideas se hizo mucho más vivo, lo mismo que el ascendiente e influjo sobre mis oyentes. Si el profesor se tomaba trabajo en sus lecciones y no se mostraba como un charlatán o un ignorante, esto es, si enseñaba lo que realmente sabía, podía estar seguro del cariño y el respeto de los alumnos. Pero, ¡ay de aquel que fuera pillado en un fallo o una incongruencia! Nuestro estudiante, crítico hasta el exceso, exigente, amigo de tener siempre la razón, aficionado a disputas y orgulloso, sabía descubrir el punto flaco y explotarlo con sumo rigor. Aparte de esto, casi todos los profesores tenían algún apodo; yo no podía estar quejoso al respecto, pues me llamaban simplemente "el suizo". Nuestros defectos salían a relucir especialmente en los llamados "epitafios", coplas burlescas en forma de inscripción sepulcral para cada uno.

En el trato con los compañeros, los estudiantes eran demasiado engreídos como para que entre ellos pudiera crearse una auténtica y grata camaradería. Entre esos jóvenes no existen las asociaciones estudiantiles, que de modo tan duradero influyen sobre el carácter de sus miembros y donde se crean amistades indestructibles. Tampoco se distinguen por una indumentaria propia; únicamente en ocasiones solemnes, además del traje negro y el sombrero de copa, lucían sobre el pecho un pequeño escudo de colores con el emblema de la Universidad.

Los estudiantes, en general, y ya como habitantes del Trópico, bebían menos que nosotros; pero en cambio el dios del Amor les martirizaba más con sus traviesos dardos, y, dada la poética disposición de aquellos jóvenes, se cometían infinidad de atentados en forma de canciones líricas. Existía también el espíritu de cuerpo, provocado precisamente por las diferencias de opinión política. A nuestra Universidad asistían, casi sin excepción, jóvenes liberales y de tendencia radical, y por ello era muy aborrecida por la gente retrógrada. Librepensadores en su mayoría en cuanto a las cuestiones religiosas, de extrema izquierda en lo político, nuestros estudiantes se daban abnegadamente a su partido al estallar las guerras civiles. Constituían siempre uno de los elementos más activos, fogosos y sacrificados durante las revoluciones, y más de uno hubo que selló con temprana muerte sus convicciones, pasando a ser exaltado como héroe. Respeto y admiración se tributaba a los que el año 1876 habían resultado heridos por las balas de los conservadores.

El año escolar duraba desde febrero hasta principios de diciembre, con una interrupción de algunos días en Semana Santa, luego catorce días a continuación de la fecha de la Independencia (20 de julio), y algunas festividades religiosas, además de la onomástica de los respetables rectores. En noviembre tenían lugar los exámenes, que durante tres semanas proporcionaban a los profesores un agotador trabajo de varias horas al día. Todo estudiante era examinado de cada materia separadamente; la prueba, oral, duraba por lo menos veinte minutos y estaba a cargo de un jurado de tres examinadores. Yo examinaba ordinariamente de francés (los tres cursos), así como de latín y alemán, en la Escuela de Literatura; y de filosofía e historia en la Escuela de Filosofía. Puedo decir que se exigía mucho y que las continuas irregularidades del curso se vengaban luego en los mismo estudiantes.

A lo largo del curso tenían lugar de vez en vez "exámenes de grado", pruebas orales que presidía personalmente el Ministro de Instrucción, con un jurado de profesores mayor que de ordinario y una duración de dos horas. Con especial solemnidad se entregaba el diploma al que había salido bien de la prueba, y con ello se le confería el título de doctor en Derecho, en Medicina, en Ciencias Naturales. Obtiene el doctorado, pues, todo el que aprueba un examen de esa índole, y como

ello ocurría con casi todos los catedráticos, a todos, de ordinario, se les daba el tratamiento de "doctor".

Los exámenes de fin de curso culminaban en una sesión solemne de la Universidad en el Aula Máxima. Hablaban en tal ocasión el Presidente de la República, el Ministro de Instrucción y algún profesor, y sus discursos, además del buen contenido, eran de la más fina perfección retórica. Se hallaba presente el Cuerpo Diplomático y lo más selecto de la sociedad bogotana, también señoras, pues merecía la pena oír a oradores tan distinguidos. A los mejores estudiante se les entregaban recompensas consistentes en obras de gran valor.

Digna de mención es también la Biblioteca, vinculada a la Escuela de Literatura y Filosofía. Esta Biblioteca fue formada en algunos años por el rector (más tarde con mi modesta ayuda), a base de los créditos del gobierno -algunos miles de francos al año- y de los ingresos habituales de la Universidad. Era una biblioteca curiosa por su concentración y selecto contenido. En unos mil quinientos volúmenes, reunían las mejores obras modernas en literatura, historia, filosofía, economía política, jurisprudencia, y ello en las lenguas principales, además de los diccionarios y enciclopedias de imprescindible utilización. Completaban el contingente una docena de revistas europeas, principalmente francesas e inglesas. Esta biblioteca donde yo pasaba las tardes, servía excelentemente para nuestro trabajo.

Así funcionaba la Universidad. Víctimas, más tarde, de la reacción que siguió a la revolución de 1885, fue "reorganizada" dentro de un espíritu muy diferente.

Muy valiosa para el investigador de historia era la Biblioteca Nacional, con unos cincuenta a sesenta mil volúmenes; en ella se encuentran las fuentes de la historia colombiana. Pero los manuscritos se hallaban muy desordenados en el Archivo Nacional y sin duda harán falta todavía fatigoso esmero y trabajo hasta organizar ese fondo y publicar lo más importante de él, pasando luego a la formación de una Historia de Colombia rigurosamente científica. Por lo que atañe a los archivos y a todas las colecciones, se advertía en Colombia un abandono verdaderamente notable. Muchos documentos fueron hurtados, o simplemente algún aficionado se los llevó a su casa, mal empleando así muy importantes y valiosos materiales. De igual modo, el Museo Nacional, que antes contaba con una serie bastante rica de piezas antiguas, fue objeto de expolios durante varias guerras civiles.

En Bogotá existían distintas sociedades científicas, como la de Medicina y la de Ciencias Naturales, pero hubieron de sufrir la inseguridad de la época. Para muchos hombres de saber -como Rafael Nieto París, sobresaliente matemático, mecánico y astrónomo- faltaba entonces el estímulo. Por eso no se llegó a constituir una sociedad arqueológica, pese a la importancia que su fundación hubiera tenido para el estudio de las antiguas culturas. Y, no obstante, había entre mis colegas personas de notabilísimas dotes y de amplia ilustración. Así, por ejemplo, los dos rectores - el doctor Vargas Vega, conocido fisiólogo y pedagogo y el doctor Liborio Zerda, químico e investigador de la antigüedad-; el doctor Camacho Roldán, sociólogo; el estadista doctor Santiago Pérez y el doctor Roberto Ancízar, economistas; los doctores Alvarez, Manuel Ancízar, Rojas Garrido y J.I. Escobar maestros de filosofía y filósofos; don Alberto Urdaneta, maestro de arte, pintor, dibujante y promotor de la vida artística en Bogotá.

Este sería realmente el momento de hacer honor a toda la literatura colombiana (científica y de creación) con unas anotaciones críticas. Pero, si bien debo declarar que he leído con apasionado interés la mayoría de las obras principales, el comentario correspondiente habría de ocupar demasiado espacio o, por su brevedad, no dejaría satisfecho al lector. De todos modos, al objeto de no dejar un vacío en estas notas, me limitaré a citar algunos nombres.

 

El Dorado

 

Como eruditos en el campo de las ciencias naturales destacan el botánico y geólogo Mutis (nacido el año 1732 en Cádiz, muerto en 1808 en Bogotá) y su discípulo Caldas (nacido en 1770, fusilado en Bogotá por los españoles el año 1816), un autodidacta instruido en sus viajes y que dejó asombrado a Alexander von Humboldt por los conocimientos y observaciones a que había llegado en materia de botánica, química, astronomía y etnología, así como por la invención de algunos instrumentos, como el hipsómetro. Entre los lingüistas y gramáticos, Cuervo ha alcanzado gran celebridad con la publicación de un diccionario etimológico de la lengua española. Como historiadores hay que citar al Obispo Piedrahita, con su Historia de la Conquista (1688), a José Manuel Restrepo, autor de la mejor historia de la Guerra de la Independencia, a Gutiérrez (memorias), Vergara y Vergara (historia de la literatura), Groot (historia de la Iglesia), y Quijano Otero. La ciencia geográfica se halla representada por los nombre que siguen: Zea, al que se ha llamado "El Franklin de Suramérica", los coroneles Joaquín Acosta y Codazzi, cuyos manuscritos puso en limpio Felipe Pérez, Ancízar ("Peregrinación de Alpha") y Mosquera.

En las bellas letras encontramos, ante todo, al impulsivo José María Samper, que puso su infatigable pluma y elocuencia al servicio de casi todos los géneros y también de sus diferentes evoluciones políticas y religiosas. Citaremos también a su muy culta esposa, doña Soledad Acosta de Samper, escritora de temas populares y femeninos, de marcada tendencia religiosa. La poética novela "María" de Jorge Isaacs (de ascendencia israelita) tiene justa fama y se ha traducido a otras lenguas. Una novela costumbrista, "Blas Gil", llena de fuerza y que por su intención recuerda al "Martín Salander", es obra del satírico Marroquín.

Muy numerosos son los autores de pequeños relatos y descripciones, los llamados "artículos de costumbres", que, al estilo de las narraciones breves de Jeremías Gotthelf o Joachim, presentan tierras y gentes con notable ingenio y humor. Anotamos tan sólo los nombres de Emiro Kastos (Juan de Dios Restrepo), David Guarín, Ricardo Silva y Ricardo Carrasquilla. La literatura dramática es bastante extensa, pero Colombia no ha dado todavía ningún gran autor teatral.

Los poetas hacen legión, como prueba ya la colección "Parnaso colombiano". El pueblo de Colombia se distingue por sus dotes poéticas. Cané expresó muy bien, como razón de este fenómeno, que Colombia está "cerca del cielo". Si bien es cierto que se escriben muchas cosas medianas y banales, no puede ignorarse que en Colombia han nacido magníficos poetas. Nombraremos en primer lugar a Arrieta, del que copiamos las siguientes apasionadas estrofas:

Dices que para olvidarme
te ha bastado un sólo
instante, que mi recuerdo de amante
te es indiferente ya.
 
Pues olvídame, si puedes,
por que el dardo del pasado
en el corazón clavado
para siempre llevarás

La dicha del amor ha sido tratada de tal modo por Arrieta en otro poema, que parece escucharse una Purísima música:

 

Sentados sobre la yerba
a las orillas del río
con amante desvarío
me acariciabas ayer.
De tus labios el murmullo
al besar sobre mi frente
se confundió dulcemente
con el del agua al correr.
Tu mano estaba en las mías,
y mi cabeza en tu seno,
el cielo estaba sereno
cual la dicha de los dos.
Te inclinabas en mi oído
con amorosa dulzura
y palabras de ternura
me murmuraba tu voz.

Citaremos además al fogoso Arboleda, a J.E. Caro, Gregorio Gutiérrez (comparable a Albrecht Haller), Rafael Pombo, Obeso (que, él mismo de raza negra, da a sus obras sobre ese motivo una patética expresión). Pero especialmente hay que mencionar a Rafael Núñez, cuya notable trayectoria política, como veremos, sólo resulta comprensible por haber vivido y escrito entre un pueblo de soñadores e ideólogos.

El manantial lírico no se agota en Colombia en la letra de molde, si no que brota sin cesar en las canciones populares, inéditas en su mayoría. Son estas canciones estrofas de versos cortos con los que el pueblo expresa, en palabras ingenuas y directamente encaminadas al corazón, sus pensamientos y su sentir más íntimos, lo que nos permite mirar a través de ellas el fondo del alma popular. Con la reproducción de algunos de estos cantares, obra de desconocidos poetas, creo proporcionaré satisfacción a más de uno de mis lectores.

En primer lugar, algunas reflexiones de carácter tragicómico:

Ojos verdes son la mar,
ojos azules el cielo,
ojos garzos purgatorio
y ojos negros el infierno.
 
Por un tropezón que di
todo el mundo murmuró;
todos tropiezan y caen,
¿cómo no murmuro yo?
 
Cuando alguno quiere a alguna
y esa alguna no lo quiere,
es lo mismo que encontrarse
un calvo en la calle un peine.
 
Dicen que el águila real pasa
volando los mares.
Ay, quién pudiera volar
como las águilas reales.
 
Si yo fuera pajarito,
a tus hombros diera
el vuelo picara de tu boquita...
La lástima es que no puedo.

Lo que más se canta en Colombia es el amor, el siempre loado y siempre injuriado. La expresión de los ojos es su directa revelación:

Tus ojos son dos luceros,
tus labios son de coral,
tus dientes son perlas finas
sacadas del hondo mar.
 
Como hay abismos profundos
en el fondo de los mares,
los hay también en tu ojos
con calmas y tempestades.
 
Son tus ojos noche y día,
luz y sombra a un tiempo son,
negros como las tinieblas
y brillantes como el sol.
 
Anteanoche me soñé
que dos negros me mataban,
y eran tus hermosos ojos
que enojados me miraban.

Los desengaños y las infidelidades han inspirado a la poesía popular las estrofas siguientes, ora juguetonamente satíricas, ora trágicas, ora resignadas o transidas de dolor:

Esta calle está mojada
como que hubiera llovido;
son lágrimas de un amante
que anda por aquí perdido.
 
¡Qué alta que va la luna
y un lucero la acompaña.
¡Qué triste se pone un hombre
cuando una mujer lo engaña.
 
Me quisiste, me olvidaste
y me volviste a querer,
y me hallaste tan constante
como la primera vez.
 
El árbol de mis amores
era coposo y lozano;
la indiferencia lo heló,
los celos lo deshojaron.
 
Ayer pasé por tu puerta
y me tiraste con limón,
el agrio me dio en los ojos
y el golpe en el corazón.
 
Pero hay también enamorados que se consuelan pronto yno cesan en las aventuras; almas donjuanescas:
 
EL amor que te tenía
era poco y se acabó,
lo puse en una lomita
y el aire se lo llevó.
 
Por esta calle vive
la huerfanita.
¡Quién viviera con ella,
la pobrecita!
 
Un esposo ejemplar reacciona de este modo:
 
Mi mujer y mi mulita
se me murieron a un tiempo.
¡Qué mujer ni qué demonios.
! mi mulita es lo que siento.
 
Toda la psicología del amor se descubre en estas coplas:
 
Con todas me divierto,
me río y hablo.
Tan sólo a la que quiero
la miro y callo.
 
Ya mis ojos te han dicho
que yo te quiero.
Si ellos son atrevidos
yo no me atrevo.
 
Dame, niña bonita,
lo que te pido.
un abrazo y un beso,
con un suspiro.
 
Tu corazón partido
yo no lo quiero;
yo cuando doy el mío,
lo doy entero.
 
Si quieres que yo te quiera,
ha de ser con condición
que lo tuyo será mío
y lo mío tuyo no.
 
Un amante regocijado canta:
 
Tiene la que yo quiero
un diente menos,
por ese portillito
nos entendemos.
 
Profunda y noble pasión respiran las dos últimas coplas que aquí anotamos:
 
Si la piedra, con ser piedra,
al toque del eslabón
brota lágrimas de fuego,
¿qué será mi corazón?
 
Desde que te vi, te amé,
y todo fue de improviso;
no se lo que fue primero,
si amarte o haberte visto.

Un pueblo que así canta y que sabe expresar su sentir y sus pensamientos en imágenes de tal naturalidad y espontáneo vigor, es sin duda un pueblo capaz de cultura.

Si nuestro padre comienza la descripción de la vida cultural de Colombia con la llegada del correo del extranjero, desea presentar así, en una acertada estampa, los fuertes vínculos espirituales que unen a Colombia con Europa. Queremos suponer que los perfeccionados medios de comunicación de nuestro tiempo - que hacen que un telegrama llegue a Bogotá

al día siguiente, y una carta por avión en menos de tres semana han debido de estrechar en gran medida las relaciones espirituales con el Nuevo Mundo. Esta lógica consecuencia no es necesariamente exacta, por cuanto la enorme influencia económica de los Estados Unidos se hace también perceptible en el orden cultural. Cierto que Colombia está muy lejos de permitir el desplazamiento de su clásico español ni aun siquiera dejar que se impregne de expresiones inglesas; pero no puede negarse que la prensa obtiene sus noticias por mediación norteamericana, y que ello, en cierto sentido, determina una influencia sobre la opinión pública. De este modo, por ejemplo, la situación europea se describe en Colombia tal como la acostumbra a ver el ciudadano común en los Estados Unidos, de lo que a veces resultan lamentables prejuicios.

Prescindiendo de este carácter unilateral en la información extranjera, la prensa colombiana posee un nivel muy apreciable. Es, en verdad, asombroso que hasta en periódicos de poca importancia se advierta una impecable dirección. Como es natural, junto a las breves noticias del servicio informativo norteamericano, las referencias y comentarios de la actualidad política colombiana ocupan un espacio muy superior. Pero las más de las veces están escritos con ingenio y en forma atractiva y acompañados por caricaturas, tan certeras como chistosas, de los personajes conocidos. Sería demasiado larga la enumeración de todos los periódicos de los distintos lugares del país aunque nos limitásemos a los más importantes. De los que salen en Bogotá, citaremos, del lado conservador, el "Nuevo Tiempo'; y del lado liberal "El Tiempo" y "El Espectador". Tampoco de revistas se escasea en Colombia. Las publicaciones de esta clase, que antes eran señaladamente artístico-literarias, han seguido la tendencia, también entre nosotros aceptada, del magazine; y, como "Cromos" o "El Gráfico'; conceden gran valor a los grabados. Pero existe además una serie de buenas revistas científicas, entre las que citaremos, en el dominio bancario y de las finanzas, la "Revista del Banco de la República'; como publicación de economía la "Revista de Industrias" (publicada por el Ministerio de Comercio), y como la mejor revista técnica agrícola la "Revista Nacional de Agricultura'; de la Sociedad de Agricultores de Colombia.

La cuestión de la enseñanza es en Colombia, sin duda, objeto de gran atención y esfuerzos por parte de todos los círculos dedicados al porvenir nacional, si bien los éxitos no corresponden todavía a las enseñanzas. En verdad, mientras no se observe estrictamente la enseñanza obligatoria, el número de los analfabetos no podrá ser reducido a un límite tolerable. La enseñanza primaria necesita de grandes mejoras. Las actividades en este sentido han hallado en el cine un nuevo e inesperado colaborador. El pueblo, que hasta hace poco no tenía, en general, la menor idea del resto del mundo y que, por lo tanto, no podía comparar su propia situación con la de otros pueblos, se ha entregado a hora al cinematógrafo con entusiasmo casi conmovedor. Trátase de imaginar el efecto que hará en el alma de un indio el mirar por primera vez en la pantalla la inmensidad del mar. Gigantescos buques le llevan a tierras lejanas, su anhelo se despierta ante la vista de trenes y aviones; se siente transportado súbitamente a las grandes ciudades, con su tráfico vertiginoso, su lujo y su confort. Automáticamente compara su ranchito con aquellos palacios, ve cómo la mujer blanca guisa con gas y electricidad, en tanto ellos apenas si pueden contar a diario con un fuego de leña al aire libre. En fin, toda la civilización se le aparece de pronto en medio de un esplendor fabuloso. ¿Será, pues, de admirar que estas gentes sencillas no piensen en otra cosa que en el cine, placer barato, accesible a casi todos, y que cada detalle sea tomado como pura verdad aunque se trate de las peores películas norteamericanas de sensación? Es verdad que el cine puede dar lugar a aberraciones y excesos, pero en un país donde el pueblo se halla sediento de cultura las ventajas son mucho mayores. El cine contribuye también a la disminución del analfabetismo, pues es necesario saber leer para disfrutarlo completamente. Esto es cosa que han comprendido antes que nadie los muchachitos abandonados, los gamines; aprenden a leer por sí mismos y sacan partido a sus conocimientos haciéndose pagar el cine por personas mayores a cambio de leerles los rótulos de la película. Es seguro que ya ningún poder sería capaz hoy día de desterrar de Colombia el cine. Casi al mismo tiempo que él, el gramófono ha hecho su entrada triunfal en el país. El influjo de su música en la educación del pueblo es, ciertamente, menos poderoso, pero la estimación de que goza raya también en lo increíble. Hasta en los pueblecillos más apartados se encuentra hoy algún gramófono con unos pocos discos, lo que trae algo de amenidad a la vida cotidiana de la gente. Sin embargo, existe un inconveniente y es que el fonógrafo ha llegado casi a desplazar los instrumentos vernáculos, como el tiple, la bandola y la guitarra, que apenas ya sí se escuchan. La radio es todavía poco conocida en Colombia, por no existir emisoras en el país y no haberse logrado hasta ahora la buena recepción de las estaciones extranjeras.

Las clases más acomodadas siguen obligadas a educara sus hijos en casa o llevarlos a los colegios particulares. Incluso los centros de enseñanza secundaria son exclusivamente, en Bogotá y en las demás ciudades grandes, escuelas de carácter privado, que, como por ejemplo el "Gimnasio Moderno'; se sostienen con la aportación de familias ricas. Existen además gimnasios dirigidos por institutos religiosos, como son, especialmente en Bogotá, los grandes centros de enseñanza de los Jesuitas y de los "Hermanos Cristianos'; comunidad francesa muy activa en Colombia. En estos colegios pueden obtener el grado de bachilleres los jóvenes de las clases pudientes. Las universidades, por el contrario, son establecimientos públicos de valor reconocido, en los que a veces enseñan también profesores extranjeros llamados al país para ese fin. Como se comprenderá, también numerosos estudiantes colombianos desean matricularse en las más famosas universidades europeas para, no en último término, trabajaren los grandes laboratorios e institutos de investigación. El Ministro de Instrucción colombiana ha dictado recientemente unas disposiciones, de renovada severidad, en relación con los certificados de estudios secundarios que se expiden en Colombia, y se ha hecho cargo de los exámenes, al objeto de que los estudiantes colombianos puedan de ese modo, y con base en los acuerdos de reciprocidad, matricularse sin dificultad en nuestras universidades. La autorización del ejercicio profesional en Colombia para los graduados de universidades extranjeras se halla sujeta, sin embargo, a determinados requisitos según normas especiales. Así, por ejemplo, los extranjeros que deseen ejercer en Colombia la profesión médica han de someterse a una estricta prueba a cargo de especialistas, y necesariamente en lengua española.

En cuanto a los gastos dedicados a museos y bibliotecas y en cuanto a la instalación de estos centros, no se ha hecho ningún progreso de gran importancia. Los esfuerzos del país siguen dirigiéndose en primer lugar a la creación de nuevas vías de tránsito y a la implantación de mejoras técnicas. Para la conservación, ampliación y empleo de las colecciones de valor científico faltan medios de todavía mayor monta que los que son de necesidad vital para las obras ferroviarias y las de carreteras. Las colecciones más importantes pertenecen a instituciones privadas, por ejemplo a los "Hermanos Cristianos'; que, entre otras cosas, han realizado y dirigido diversas excavaciones en la Sabana de Bogotá. A las generaciones venideras les quedará aún mucho por hacer en el dominio de las antiguas culturas, y en ello han de encontrarse con un campo de actividad todavía poco explotado en Colombia.

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