El Dorado

 
 
 

CORRERIAS



 

Es orgullo del colombiano saltar sobre un ligero corcel de ondulante cola -hombre y cabalgadura finamente equipados y salir galopando, o, bien pegado a la silla, dejarse mecer cómoda y gentilmente por el paso del bello animal. Los bogotanos no son excepción en este punto, y eligen por lo común el domingo para sus cabalgaduras. El sombrero de ancha ala y copa puntiaguda (el jipijapa, que entre nosotros llaman equivocadamente "de Panamá") está impecablemente blanco; los zamarros, de piel de tigre o de oso, o bien de goma gris, son nuevos; limpia se halla la ruana. Como defensa de los posibles aguaceros, llévase un buen impermeable oscuro; para atravesar los fríos pasos de montaña, un sobretodo de lana (bayetón). Tampoco deberá faltar un pañuelo de seda al cuello. Completan el equipo espuelas con ruedecillas del tamaño de una moneda de cinco francos, y estribos de cobre, a veces dorados, de forma parecida a la de unas babuchas y afilados en la punta.

Como mis compañeros de la colonia extranjera no solían tener caballo a causa de lo caro que resultaba mantenerlo, nuestros esparcimientos dominicales eran de otra índole. Durante los dos primeros meses dispusimos de un fusil "Vetterli" y nos dedicábamos a tirar al blanco; el último año de mi permanencia en el país, mis camaradas salían a menudo de caza, y traían, por lo regular, buen botín de becadas y patos salvajes, que a la noche siguiente eran servidos en sencillo banquete de confraternidad. En esas ocasiones reinaba siempre el mejor humor, y de labios de algún jocoso comensal se escuchaban de vez en cuando regocijadas historias de cazadores o bandidos. Había un abate francés que se hallaba de paso a la sazón, y que, pese a residir lejos de nuestro hotel, llegaba siempre a tiempo, conducido por un finísimo olfato, siempre que se había cobrado pieza. Su magnífico humor hacía nuestras delicias.

El domingo lo dedicaba, siempre que me era posible, a realizar excursiones por los alrededores. Para bañarme en agua corriente había que ir hasta muy lejos, y el baño era además incómodo y frío. En cambio los montes que coronan la ciudad, y el Boquerón, que se abre paso entre ellos con su fresca naturaleza alpina y su tumultuoso torrente, constituían la meta de mis paseos favoritos. A cualquier hora del día estaba dispuesto a escalar aquellas alturas. Mi cima preferida era el Guadalupe (3.255 metros), a donde llegaba, por lo general, después de hora y media de camino. La recompensa era siempre una magnífica vista de la Sabana. No me hartaba de mirar el panorama de Bogotá entre las cinco y las seis de la tarde cuando el sol, desde Occidente, derramaba su luz sobre la llanura y la ciudad inundando todos los objetos y detalles. Como hormiguitas se veía a los bogotanos en su ir y venir por calles y callejas. Las lagunas reverberaban a lo lejos y las montañas se diluían en un azulado vaho invernal. A estas horas no eran ya visibles las siguientes cumbres nevadas de la Cordillera Central, que entre las seis y las siete de la mañana se alzaban majestuosas por encima de la planicie.

En esos domingos me encontraba a veces con una familia bogotana comiendo al aire libre. En el cerro de La Peña, con motivo de la fecha del santo de aquella ermita, se montaban tiendas de campaña y resultaba una especie de fiesta de los tabernáculos. Toda la cortesía y amabilidad de los bogotanos hacíase patente en aquella ocasión; el extranjero era siempre invitado a participar del refrigerio, y pronto comenzaba a brotar aquel humor chispeante, como sólo lo he visto entre los buenos parisinos en los domingos del Bosque de Bolonia. El pueblo, especialmente, se mostraba en toda su naturalidad, se entregaba gozoso al festejo, bailaba y, a menudo, se embriagaba también, desgraciadamente, produciéndose disputas y escenas de celos. Yo asistía con frecuencia a fiestas semejantes, apropiadas en particular para observaciones psicológicas, y me deleitaba con el bambuco y las demás tonadas populares. Tampoco dejaba de subir a Monserrate el día de su fiesta, pues todo aquel movimiento resultaba de un gran pintoresquismo. Ya en la subida se encontraban casetas y toldos, verdaderos campamentos de gitanos, en los que se preparaban guisos con qué restaurar las fuerzas de los romeros, pues el ascenso era para aquella gente más duro que para nosotros, acostumbrados ya a la subida y liberados del violento sacudir del corazón ante el rudo esfuerzo. Las campanas de Monserrate resonaban sin cesar, los cohetes surcaban la altura y por la noche había gran iluminación, que desde la ciudad ofrecía un aspecto magnífico. Me agradaba especialmente en estas fiestas el comportamiento, afectuoso sin insistencia, de los obreros, a cuyos brindis había que corresponder.

En uno de esos días de festejo, un amigo mío y yo tuvimos la fortuna de presenciar un fenómeno natural que no olvidaremos nunca. Eran las siete y cuarto de la mañana. Nos encontrábamos un poco al costado de la cima del Monserrate. Bajo nuestra vista ondulaba un mar de neblina que ocultaba toda la ciudad; se hallaría de quince a veinte grados sobre el horizonte. De improviso, un majestuoso arco iris tendió su curva en la niebla abarcando todo el Boquerón. A unos diez pasos delante de nosotros veíamos la comba de un segundo arco iris de unos diez metros de diámetro. También sobre el mar de neblina y dentro del arco menor, estaban nuestras dos sombras, poco más o menos de tamaño natural, y tan nítidamente silueteadas, que podía percibirse cualquier movimiento. El fenómeno, al que los físicos llaman "anthelio", duró unos cinco minutos. Luego se dispersó la niebla, fue elevándose lentamente y descubrió a Bogotá a nuestros pies en todo el esplendor de la mañana.

Durante mis años de Bogotá me corrí y recorrí la Sabana en todas las direcciones. La cosa, sin embargo, no es fácil, pues puede llegar a resultar monótona. Faltan los arroyos murmuradores, falta propiamente el adorno del arbolado, faltan, sobre todo, los pájaros, de los que sólo el gorrión se ve saltar de un lado para otro. El polvo y el crudo viento hostigan al viajero en sus andanzas, y las cabalgaduras se fatigan pronto por aquella planicie. También el hombre, a lomos del cansino caballo o mula, acaba por sentir agotamiento; deja de observar o se pone melancólico. En cambio, no hay nada más sano que recorrer los largos caminos de la Sabana, bien de mañanita y a lomos de un caballo impaciente y vigoroso. El encuentro más frecuente es el callado indio caminando bajo su carga o aguijoneando con largas pértigas guarnecidas de hierro a los bueyes que, curvados bajo el yugo, arrastran las altas carretas de dos ruedas. Se pasa por muchos pastizales y cercados y junto a portones que dan entrada hacia las casas de campo situadas fuera de la carretera.

A unas dos horas de Bogotá, caminando en dirección a Honda, se encuentra Foritibón, la huerta que abastece a la capital. Luego, sobre un gran puente de piedra, se pasa el río Funza, o Bogotá, que atraviesa toda la Sabana y que aquí tiene unos 3 metros de profundidad y 60 de anchura. Se llega a Tres Esquinas y a Cuatro Esquinas, que son, como su nombre indica, encrucijadas, y en ellas hay grandes ventas donde los naturales beben su chicha, su mistela o su aguardiente. Gallardos mayordomos finqueros o pequeños terratenientes de la Sabana, gente curtida por el sol y el viento y como fundidos en una pieza con sus rápidos y fuertes caballos, se acercan y preguntan algo, tal vez de las nuevas que hay por la ciudad, mientras el viajero aguarda que le sirvan su desayuno, siempre frugal, casi siempre malo. Cerca de Tres Esquinas está Funza, un pueblecillo de famosa historia, que fue capital del Zipa, y modernamente, por algún tiempo, lugar principal del Estado de Cundinamarca. En dos horas de caballo se llega a Subachoque, situado al Noroeste, y tres cuartos de hora más allá, en medio de un verde y fértil valle, se encuentra la fundición llamada "La Pradera".

Esta fundición, que yo visitaba con frecuencia, utiliza las inagotables riquezas de hierro y hulla existentes en aquella depresión. El hierro se extrae de la tierra mediante excavación y sin gran esfuerzo; la primera fundición da ya un 65 por ciento, o más, de hierro puro. Pero yo he visto en la misma mina trozos de mineral casi sin mezcla alguna, lo que indica que la naturaleza debió de anticipar aquí el proceso de obtención. Algunos trozos de hierro tenían la forma de una granada de artillería y en su interior hallábase agua. Los primeros explotadores de esta empresa, la familia Arango, que fueron de una extraordinaria laboriosidad, tuvieron que invertir un capital relativamente grande, pues su "sueño dorado" era fabricar, aquí en lo alto de los Andes, rieles para vía férrea. Imagínese lo que costó el transporte de las grandes calderas de vapor, cilindros y demás material desde Norteamérica a la altiplanicie, hasta dejar listas las instalaciones precisas para el laminado de los carriles. Estos, en efecto, se llegaron a fabricar, y el día en que ello aconteció fue de gran fiesta para los propietarios, los obreros, el ingeniero jefe (un norteamericano) y los representantes en el Congreso, que por primera vez veían en marcha una empresa de primer orden impulsada por la constancia y el esfuerzo de unos grandes capitalistas. Las alabanzas entusiastas no escasearon; pero los compradores. .. En 1885 estalló la revolución. Los empresarios habían hecho cuanto les fue posible; su fundición sólo en tiempos venideros llegaría a dar frutos. El trabajo del hombre ha de enfrentarse siempre con tremendas dificultades, aunque las riquezas naturales sean gigantescas y aunque el esfuerzo realizado se distinga por su energía, su atrevimiento y hasta su audacia.

Algo al Norte de Bogotá se encuentra el lugar de Chapinero, un pueblecito formado principalmente por pequeñas quintas o villas, que los bogotanos ricos alquilan para pasar en ellas temporadas de campo. Chapinero florece con rapidez, y hoy se halla ya unido a Bogotá. Quien lo puso de moda fue el difunto Arzobispo Arbeláez, que poseía allí una hermosa casa de campo y que concibió el plan, realizándolo también en parte, de construir un gran templo en honor de la Virgen de Lourdes, por lo que a Chapinero se le llamaba por algunos "Chapilurdes". Hubo embaucadores que hablaron de apariciones de la Virgen María y quisieron presentar a una mujer con señales de estigmatización, que no tomaba alimento alguno; pero, cosa que honró mucho al entonces Arzobispo, parece que éste exigió un estricto examen de los hechos y desbarató el engaño.

Desde Chapinero se rodaba entonces en horribles jaulas cerradas -llamadas coches- por la mala carretera que iba hacia el Norte, muy fangosa en tiempo de lluvias. Esta vía llevaba a Zipaquirá, a unas siete horas, y a mitad de camino aproximadamente, se cruzaba el río Funza por el gran Puente del Común, obra de los colonizadores españoles digna de especial mención. El puente data de 1792 y se debe al Virrey Ezpeleta. Es una gran obra de piedra de 31 metros de longitud, con cinco arcos. En región tan virgen y tan escasa en construcciones de mampostería, produce enorme impresión hallarse de pronto con algo de semejante envergadura. Es interesante también contemplar, desde una pequeña eminencia cercana al río, el movido tránsito que se desarrolla sobre el puente; resulta casi estremecedor ver a aquellos indios, niños también entre ellos, llevando a cuestas haces de leña de no menos de dos metros de diámetro. Esta leña, varas de unos 20 pies, cubre casi por entero al que la transporta. Como la carga es negra y húmeda, el aspecto de los indios es aún más mugriento y sucio que de ordinario. Recuerdo que una vez un bogotano hizo pesar el haz de leña que transportaba una indiecita de catorce años. Eran 175 libras. Tales pesos soportan sobre sus espaldas durante horas enteras, sin dar señal de cansancio.

Zipaquirá, a donde ahora se llega desde Bogotá en dos horas de automóvil, merece particular mención por sus grandes salinas, situadas en las verdes colinas que destacan sobre la ciudad. En ellas se han abierto grandes galerías. La sal que allí se obtiene es en algunos puntos de una claridad y transparencia como jamás he visto. La importancia de las salinas de Zipaquirá es notoria si se considera que la sal ha de ser transportada, como producto indispensable, a otros departamentos lejanos, por tratarse del único gran depósito de esta substancia que existe en Colombia. Por ello sería muy fácil para el gobierno monopolizar la venta de la sal. Zipaquirá, en otro orden distinto, constituye también una nueva y notable excepción, pues posee un hospital limpísimo y oculto entre hermoso arbolado. El cementerio, emplazado sobre la ciudad, es muy pintoresco, Toda la región circundante, cuando luce el sol, resulta muy grata y apacible; los pastos presentan una yerba alta y jugosa, y con ellos contrastan los sembrados amarillos. Desde aquí pueden realizarse correrías a tierra caliente, a Pacho sobre todo, que se halla en un profundo valle, ya de cara al Magdalena, y que es famoso por sus confortadores baños y por una fundición de hierro.

Desgraciadamente, no tuve ocasión de viajar más hacia el Norte, a Boyacá, al lugar de peregrinaciones de Nuestra Señora de Chiquinquirá y al Estado de Santander, cuyo pueblo, sanas gentes de montaña, enérgicas y de espíritu progresista, realiza un activo comercio y ha logrado abrirse caminos hacia el Magdalena, el Golfo de Maracaibo y Venezuela.

En cambio, nos queda aún por describir la excursión clásica a la Sabana de Bogotá, o sea la visita al Salto de Tequendama, la cascada que debe considerarse como la mayor maravilla natural de Colombia. La Sabana de Bogotá, fue en edades remotísimas un lago de 150 kilómetros cuadrados de extensión y una profundidad de unos 60 metros, como atestiguan todavía numerosas huellas. En Soacha, a tres horas de Bogotá, se han hallado huesos de mamut. La vara mágica de Bochica, héroe benefactor de los Chibchas, rompió, según la leyenda, las rocas que contenían al lago en dirección suroeste respecto de Bogotá. Las aguas se precipitaron entonces en formidable cascada, se vació el lago, y su fértil suelo dio lugar a aquella civilización que habría de asombrar a los conquistadores españoles.

Lento y fangoso discurre de Norte a Sur el río Funza o Bogotá a través de la Sabana. Después de describir un arco a la altura de Canoas y luego de regar los predios de ricas haciendas, al llegar a la casa de campo llamada Tequendama, a unas cinco horas de Bogotá, vira de súbito hacia Occidente. Las montañas se acercan entre sí. Al curso del río opónense ahora bloques de roca como arrancados a los montes por un terremoto. Pero las aguas parecen no reparar en nada y avanzan presurosas; bullen en espumas, se agitan en espirales, se retuercen formando miles de pequeñas cascadas, cauces y torbellinos. A una hora escasa de la catarata, el río llega a ensancharse en un pequeño lago de montaña, dentro del espacio redondo que el batiente furor de la corriente fue formando con los años ha reunido, el caudal discurre ahora con nuevo ímpetu, estrechado hasta 16 metros y cruzando cada vez más veloz entre los peñascos. Un sonoro tronar anuncia ya de lejos el desplome. Después de correr otros 4 kilómetros, hallándose ya a 400 metros por debajo de la altura de Bogotá, alcanza repentinamente el borde de las rocas, pierde pie y, con toda su líquida masa, se arroja en un ancho de más de 20 metros, primero a un pequeño escalón de 9 metros, luego, en un arco de inmensa grandiosidad, hasta la pavorosa hondura, una hondura que se esconde al ojo humano. Abajo, en efecto, las aguas, que ya llegaban en espumosas gotas, se pulverizan por entero y hacen alzarse de continuo blanquecinos velos de niebla.

Esta singular cascada tiene unos 146 metros, o sea casi tres veces más que la mayor de las cataratas del Niágara. Cierto que estas son superiores por la cantidad de agua. Pero el paisaje que rodea al Salto de Tequendama es mucho más grandioso y peculiar. Esta cascada cae sobre una piscina de rocas cuyas nítidas líneas no parecen si no trazadas por mano de hombre; tal es la exactitud de los dos magníficos semicírculos tallados en las verticales roqueras murallas, resplandecientes de tonos multicolores. En esas murallas crece a intervalos el verdor o brotan árboles extrañamente enraizados. A una media hora del Salto, llegan casi a cerrarse en una sola las dos líneas curvas, y, por un angosto paso, el río todavía encrespado y vehemente penetra al paisaje del valle desde la cautividad de la cordillera. Y por el valle seguirá aún rugiendo y agitándose durante largo trayecto. Me parece imposible que esta hondonada en forma de anfiteatro se excavara de una vez al abrirse paso el salto; imagino, más bien, que las aguas retenidas por el último reborde de la cordillera, se acumularon aquí por mucho tiempo y, formando profundos remolinos, cavaron poco a poco la hondonada, como vemos en la acción de los glaciares. Finalmente se desprendió el último y débil dique y salieron las aguas, quedando como lugar de salto aquel banco de rocas por sobre el cual se precipita la corriente al fondo del cráter.

No hemos agotado todavía las bellezas del Tequendama. Arriba, en el arranque de la cascada, la vegetación responde a las circunstancias climáticas, es sobria y casi adusta. A la izquierda, un magnífico robledal se extiende por una ladera que sube hasta unos cien metros. Pero allá en el fondo, bajo la acción continua del vapor y de las gotas pulverizadas, ha surgido una espléndida vegetación tropical, que se ve lucir con fascinantes matices. Enormes lianas rojas y bambúes mécense allí bajo un perpetuo rocío; pájaros de colores bañan en la niebla su brillante plumaje. Un vaho cálido sube bienhechor hasta nuestra tierra fría. Como si el cielo quisiera acrecentar la belleza del paisaje, en las primeras horas de la mañana -las mejores para contemplar el Salto- se refracta de continuo en la cascada y en los velos de finísimo polvo líquido, y miles de lucientes arco iris embelesan la mirada.

Al Salto puede llegarse por ambas orillas. Desde la margen derecha, la que da frente a Bogotá y que se alcanza en cuatro horas y media de camino, la catarata se mira de costado.

Tendiéndose en el suelo en un determinado punto de la muralla de roca, y alargando la cabeza, contémplase el espectáculo en toda su grandiosidad. Pero los sentidos se trastornan, se siente la atracción del rugiente caudal, y, en un estremecimiento de pavor, querríase acompañar a la corriente en su caída. Es como si un espíritu nos gritara: ¡Abajo!...Desde la orilla izquierda se ve mejor la cascada. El mes de febrero de 1884, un amigo y yo fuimos de los primeros, o los primeros, que entre las personas no militares pisaron el camino abierto sobre el banco roquero a la altura del Salto. Esta empresa fue obra de un batallón de Bogotá bajo la dirección del coronel Atuesta, competente ingeniero. En parte se trataba de un sendero apenas todavía transitable; pero las dificultades nos importaban poco, por el placer, esperado aunque no bien imaginado, que nos aguardaba al fin de nuestra marcha. Partimos del extremo de la línea curva del lado izquierdo, desde donde disfrutamos un hermoso panorama de las tierras tropicales. De pronto llegamos a una saliente, y la cascada se nos ofreció de frente en toda su majestad. ¡Qué inagotable desenfreno, qué incesante bramar y desparramarse de las aguas, qué juegos de irisados colores! Blancos copos, alargadas vetas, se soltaban y desprendían en vapores y brillos de tonos diversos. Ora la niebla ocultaba el Salto, ora un mágico poder parecía ir a disipar todos los velos. Estos, por fin, se desgarraban; aparecía de nuevo la tempestuosa corriente. Allá abajo, veíasela huir clara y purificada.

Nunca podré olvidar aquella mañana del 3 de febrero de 1884, tanto más por cuanto durante la noche anterior nos habían ya conmovido otras vivas impresiones. El batallón a que hemos hecho referencia había establecido un campamento arriba del Salto, y a él se retiró después de los trabajos del día. Mi amigo y yo, tras siete horas y media de caminata, habíamos

llegado, fatigados y silenciosos, hasta el campamento militar. Eran como las nueve de la noche, y los centinelas nos echaron el alto. Reconocidos inmediatamente como gente de paz, recibiéronnos muy cariñosamente los oficiales, a los que hizo no poca gracia nuestra original idea de peregrinar hasta aquellos lugares. Hacia las diez, y después de haber tomado alguna colación de la cocina del campamento, se nos condujo a una de las tiendas y nos fueron adjudicados dos camastros. Un frío aterrador reinaba en aquellos montes. Más abajo retumbaba el Tequendama. Apenas habíamos entornado los párpados, tratando de dormir algo en medio de aquel frío y propicios ya al apacible descanso, despertonos un ronquido descomunal. En nuestra tienda se había introducido un soldado y, en su capote de campaña, dormía tranquilamente sobre unos cajones. Como gente forastera en el campamento, no íbamos a arrojarle de allí. El soldado siguió en sus formidables ronquidos, y no nos quedó más remedio que contar las horas y minutos que restaban. Fuera hacía guardia un cordón de seis centinelas, quienes, para mantenerse vigilantes, se iban gritando cada dos o tres minutos, y según la ordenanza, sus número respectivos: ¡Uno!, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro!, ¡cinco!, ¡seis!; y lo hacían en todos los tonos posibles, el primero desganado, el segundo alegre, el tercero melancólico, el cuarto casi soñoliento, el quinto tratando de darse ánimo, el sexto con un grito prolongado y sordo. Nos alegramos mucho cuando a las cinco la trompeta dio la señal para saltar del lecho y, entumecidos todavía, tuvimos ocasión de sorber una taza de café. Regocijadamente se nos aclaró la historia del roncador del batallón. El terrible instrumento sonoro pertenecía a un joven recluta que a causa de aquella su mala costumbre no era ya soportado en ninguna tienda de campaña, por lo que, amparado en la noche, habíase deslizado en el sitio de la impedimenta, donde a nosotros se nos aposentara. Reímos, naturalmente, con los demás, y nos gozamos mucho de poder ya calentarnos el cuerpo con un paseo matinal por el recién abierto camino y de elevar también algo la temperatura del espíritu ante la vista del Salto.

El Tequendama resulta siempre una impresionante maravilla. Algunos temerarios han intentado ya descender por las peñascosas paredes hasta el pie mismo de la cascada. Pero uno de los que osaron tamaña empresa, llegando bastante cerca del Salto, me aseguró que por nada del mundo se atrevería jamás a repetir el descenso.

Solamente Bolívar, el Libertador, se mantuvo grande y majestuoso frente a la grandeza y majestad del Salto. Y de modo, en verdad, inexplicable. Muy cerca de la caída, existe en medio del río un peñasco como de 2 metros cuadrados de superficie y que, cuando el nivel es bajo, emerge del agua, quedando, en otro caso, completamente cubierto. El Libertador llegó al Salto en compañía de un numeroso grupo de personas. Uno le preguntó: -"¿Hacia dónde se dirigiría, mi general, si llegaran los españoles?" -"Hacia allá"- exclamó Bolívar saltando con botas y espuelas a la piedra que surgía en medio del agua. Difícil me parece llegar de nuevo a la orilla sin tomar carrera, y no temblar ante aquella fragorosa corriente. ¡Qué gran fortaleza de ánimo hace falta para semejante acción! Nuestra generación, de nervios tan flojos, no sería capaz de ello. La anécdota es de tal magnitud que se siente la tentación de confinarla a los dominios de la fábula. Pero testigos presenciales la sostienen, y la consignan respetables historiadores.

El Salto de Tequendama ha sido cantado por cada uno de los innumerables poetas colombianos, y también por extranjeros. El lírico éxtasis que su vista produce ha engendrado una inmensa cantidad de imágenes y comparaciones, de retóricos giros y frases estupefacientes. Feliz aquel que no visita el Salto con la idea de hacer un poema y con el propósito de entusiasmarse a toda costa, si no que sencilla y llanamente, pero conmovido en lo hondo, mira este portento de la Naturaleza y lo guarda dentro de sí como inolvidable estampa de la grandeza de la Creación.

El Tequendama salta, como dicen los colombianos,' de la tierra fría a la tierra caliente. ¡La tierra caliente!: he aquí la meta de todos los que, cansados de la eterna primavera de la altiplanicie bogotana, añoran, por la ley de los contrastes, otra nueva vegetación, otro nuevo clima. Tierra caliente es el lugar adecuado para cuantos desean fortalecer con un verano artificial sus energías decaídas por la anemia; o recobrar por medio de baños y caminatas, por el descanso o el adecuado movimiento, el vigor de sus nervios fatigados; o, en fin, hacer una vida puramente vegetativa y reponerse de anteriores esfuerzos. Llegadas las vacaciones nos sentíamos atraídos por aquellas tierras, deseosos de olvidar las penalidades de las diarias tareas y trajines. Eran en especial reconfortantes y hermosas aquellas noches de tierra caliente, en las que uno, a la puerta de casa, se balanceaba en su mecedora mirando el cielo estrellado.

En mis primeras vacaciones, que fueron en diciembre de 1882, bajé hacia el sur con algunos amigos colombianos, dirigiéndonos desde Bogotá al valle del Magdalena. ¡Qué de preparativos hasta reunir el equipo de montar y tener listas todas las guarniciones y detalles, hasta alquilar una buena cabalgadura, hasta hallarse adecuadamente empaquetado y repartido el poco equipaje para la expedición! Ciertamente, si una sola persona invierte días enteros en los preparativos de un viaje, ¿qué tal les irá a los padres de familia que en diciembre salen de Bogotá con todos los suyos para establecerse en una casa alquilada al efecto a unas cuantas horas de la capital? No en vano se ha descrito tantas veces el martirio de ese Santo Job de la vida familiar hasta que chicos y grandes, hijos, hijas y mamá, y luego todas las sirvientas, se hallan sentados en sus respectivas mulas o caballos, hasta que los víveres y los necesarios enseres domésticos han sido embalados y cargados sobre las bestias y hasta que al fin la caravana se pone en marcha despaciosamente, yendo a la cabeza de ella el solícito patriarca. Así cruzan las calles de Bogotá, seguidos por mil curiosas miradas de gentes dispuestas a sacar faltas a este o el otro detalle del equipo o de los animales, y nada parcas en las críticas y murmuraciones. Pero ¡qué delicia cuando ya todo ha pasado y Bogotá es no más que una cinta de brillos en el horizonte de la Sabana! . . .

El camino hacia el Magdalena, o sea la carretera general hacia los Estados del Tolima y Cauca, abandona la altiplanicie en el lugar denominado "Boca de Monte", a unos 25 kilómetros al Suroeste de Bogotá. Sólo muy de mañanita aparece despejada la vista de las tierras bajas; las más de las veces avanzan nieblas grises y frías que ascienden desde el desfiladero. Hay que cabalgar en zig zag entre la densidad de la niebla; cada jinete, envuelto en su ruana va pegado inmediatamente al anterior, y a cada curva parece haber desaparecido el de adelante. Todo el ambiente es de gran romanticismo. Pero algunos cientos de metros más abajo nos envuelve ya un aire más tibio, los oídos ensordecen un tanto por la mayor afluencia de sangre; el pecho, de momento, se siente algo oprimido, para ir ensanchándose luego poco a poco. Vuelve a lucir el sol y con él hácese visible un panorama que ensancha también el espíritu. Abajo, ante el albergue de Tambo, se mira el valle del río Bogotá, el que se ha precipitado en el Salto de Tequendama y que ahora discurre entre fértiles tierras. A nuestro frente, ya dividido el Bogotá, se extiende la Mesa de Juan Díaz, planicie verde y de marcadas aristas, que se eleva unos 500 metros sobre el fondo del valle. En la lejanía, la ingente masa cónica del Tolima levántase más allá del curso del Magdalena. Una gran cantidad de azuladas cadenas montañosas, un sinnúmero de bosques. Después de pasar por Tena, sitio de clima agradable y que fue lugar de esparcimiento del Zipa, acumulándose allí antaño muchos tesoros, se asciende a la Mesa. De camino, se encuentran numerosos ganados que van a los pastos de tierra caliente o son llevados a la capital. Pronto se llega a la pequeña ciudad llamada así mismo La Mesa, a una altitud de 1.281 metros y con una temperatura media de 23 grados. En ella se siente algo de ese calor húmedo propio de muchos lugares del Trópico. La Mesa comercia muy activamente en miel (la melaza o jugo condensado de la caña de azúcar), que se obtiene en las haciendas de la región circunvecina. Todos los martes hay aquí un gran mercado, que se celebra en medio de gran animación en las rectas calles de la localidad, las cuales llaman la atención por el bello arbolado, naranjos sobretodo, que las adorna. El número de mulas de carga que anualmente entran y salen de La Mesa se calcula en muchos millares. Ello, unido a la circunstancia de existir aquí un Banco, da idea de la importancia de esta pequeña población, a la que sólo una falta puede señalarse: el no tener baños. Esto obliga a descender de la Mesa hasta uno de los dos ríos que por ambos lados discurren; y en la cabalgada, que no es corta, se sufre el consiguiente calor. En este punto suele pasarse la primera noche cuando se viene de Bogotá.

Varias veces volví a pasar a caballo por La Mesa con motivo de una estancia de varios días en una hacienda cercana, perteneciente a la familia Arango, en la finca denominada Junca. Esta propiedad se extendía desde la divisoria de aguas de la cordillera hasta el río Bogotá, y daba excelente ocasión, que con gratitud aproveché, de conocer los diferentes productos de aquella región y las circunstancias sociales de la misma. El valle es ya notablemente cálido; la caña de azúcar presenta magníficos ejemplares y se cultiva de forma metódica. En Junca vi una fábrica de azúcar, verdaderamente modelo. El trapiche, o molino de caña, no era trabajosamente movido por el procedimiento tradicional de lentos bueyes, de continuo aguijados y girando en círculo sin cesar, ni tampoco era un molino de madera. Se habían suprimido igualmente las ruedas dentadas, que desperdician harta fuerza, y se utilizaba la impulsión por vapor. El material empleado era el hierro, y los largos y pulimentados rodillos funcionaban así: uno arriba y dos abajo, girando a un tiempo todos ellos. La caña era introducida por indígenas en la maquinaria, se la recibía, ya trabajada, por el lado opuesto y se la volvía a hacer pasar a la inversa por el molino, de modo que el prensado era muy perfecto. Los residuos se aprovechaban como combustible. Es claro que los indios han de tener cuidado de no acercar demasiado la mano o el brazo a los traidores rodillos; mientras se hace detener la máquina, ya ésta ha magullado un brazo. Sin más, con un machete que se halla preparado al efecto, le cortan al infeliz el miembro malherido.

Durante el trabajo se cantan coplas muy bellas y graciosas. Es una especie de canto alternado entre las mujeres que trabajan en los rodillos, las molineras, y los que cortan la caña, así como los que alimentan las calderas, y demás operarios.

Las molineras comienzan así:
 
Molé, trapiche, molé,
molé, pues si sos tan guapo,
que la hornilla tiene leña
y el fondo quiere guarapo.

A esto responden los obreros, sobre tema por entero diferente, como sabiendo que el vehemente acucio al molino encierra, en el fondo, otros pensamientos:

¡El tiempo que yo perdí
cuando me puse a querer.
Hubiera sembrado caña,
ya estaría para moler.
 
Pero las mujeres no reparan en el nuevo motivo, sino que continúan animando a la máquina:
 
Molé, trapiche, molé,
molé la caña morada,
moléla a la media noche,
moléla a la madrugada.

Los hombres se avienen ahora a cantar algo del infatigable molino, pero no se desprenden de su melancólico tema, antes bien le dan un trágico carácter:

La caña con ser que es caña,
también siente su dolor.
Si la meten al trapiche
le muelen el corazón.

El jugo de la caña es conducido, a unos veinte pasos del molino, a grandes calderas de cobre calentadas por debajo con fuego, de modo que el agua va evaporándose. De la primera caldera, el caldo es conducido a otra situada a menor altura, y así sucesivamente hasta llegar a la quinta y última caldera, bajo la que arde el fuego más fuerte y donde se obtiene la deseada condensación: es ya la miel. Esta melaza se va vertiendo luego en moldes de forma rectangular, cuyo contenido corresponde a una libra de peso. Convertido en una masa sólida, el azúcar recibe el nombre de panela y se toma como alimento, sin más que masticarla; calma la sed y tiene buen sabor. Utilízase también para la elaboración de guarapo o chicha.

Muy interesante fue para mí presenciar, la noche de un sábado, el pago de los jornales. Los obreros se habían congregado en grupos ante el gran depósito de melaza. Ardían allí bujías de sebo, que con mezquina y temblorosa luz alumbraban los más diversos colores, figuras, cuerpos y vestidos. Uno tras otro iban surgiendo de la oscuridad los trabajadores, recibían su dinero del jefe, al que daban gracias, y acercábanse luego a los grifos del citado depósito, del cual se les ponían uno o dos cazos del espeso jarabe en una vasija que cada cual a ese efecto llevaba. Seguidamente desaparecían silenciosos en la noche. De esta melaza hacen luego sus bebidas embriagantes o sus dulces. El jornal se lo gastan casi siempre en borracheras. Las estancias de esta gente, es decir las casitas donde viven y que pertenecen a la hacienda, son los mismos miserables ranchos que se encuentran por todas partes. No puedo decir que se tratara mal a los jornaleros; al menos los propietarios de Junca, se comportaban de modo muy justo.

Pero toda esta población está integrada por servidores. Los campos pertenecen a terratenientes o a señores feudales. El año 1850, una ley suprimió, con mal entendido liberalismo, el antiguo sistema español de los resguardos de indígenas, según el cual los indios habían conservado una parte del país como propiedad inalienable. En pocos años, del pequeño propietario se hizo un arrendatario, y pastos las tierras de labor. A ello se agrega la acción del clero, que, aunque con gran dificultad, extrae a cada cual el diezmo correspondiente. Por tal razón estas gentes trabajan tan sólo para obtener lo más necesario; son laboriosas por condición, pero muy disipadas. Sus enemigos son la viruela y las serpientes; todos los años sucumbe alguien a la mortal picadura de las víboras. Ciertos de estos reptiles son tan venenosos que producen la muerte en pocos minutos.

Pasado Anapoima, desciéndese a un profundo valle, Supatá, y desde aquí, sudando a mares y bajo un sol abrasador, se vuelve a subir a una nueva cresta, para bajar nuevamente hacia las Juntas. Aquí vi por primera vez, cruzando en largas filas el camino, aquella clase de hormigas que transportan grandes cargas. Cada insecto lleva entre las mandíbulas una hoja fresca. Pero ésta es varias veces mayor que el cuerpo del animalejo: y como la carga va en posición vertical, parece un ala verde.

La Juntas es el lugar donde se unen los ríos Apulo y Bogotá. El primero de ellos trae unas aguas muy oscuras. Arboles gigantescos dan sombra a la orilla y enmarcan la humildísima venta, en la que, acostados sobre una gran mesa, pasamos la noche, con la consiguiente protesta de nuestros maltratados huesos. Un baño en el Bogotá nos refrescó un tanto. No lejos del sitio en que nos bañábamos, una negra estaba lavando algunos vestidos. Tras ella ardía en la orilla una pequeña hoguera, y sobre ésta pendía una olla donde se cocían unas sopas. Con el motivo que fuera, la negra fue a remover una vasija de barro medio rota que había allí cerca al pie de un árbol, y debajo apareció enrollada una pequeña sierpe venenosa, a manchas negras y amarillas. La mujer se dirigió velozmente al fuego, tomó un leño ardiente y con él, entre chasquidos y humo, deshizo con fiero gesto la cabeza del reptil. Del modo más plástico y violento se representaron allí las palabras de la Biblia: "Pondré enemistad entre ti y la mujer y entre tu semilla y su semilla; una mujer aplastará tu cabeza"..., etc. La negra, fuerte y hermosa, tornó a su ocupación.

El camino va ahora, hasta el pie de las peladas estribaciones de la cordillera. Por primera vez vi allí la tarabita, que sirve para cruzar el río. Como en ese trayecto no hay puente alguno sobre el Bogotá, y existen a su margen izquierda grandes potreros, o praderas, se ha hecho necesario el paso, el cual se practica por medio de un cable tendido entre ambas orillas. De este cable cuelga, por medio de una polea, un cesto redondo enlazado a su vez con ambas márgenes por una cuerda. El pasajero se instala en el cesto y, mediante un impulso, suele llegar hasta la mitad del río; desde la otra orilla tiran luego del vehículo colgante, y así cumple su cometido tan primitiva instalación. Hay que advertir que durante las luchas de la independencia cruzaron ríos en tales tarabitas unidades enteras del ejército. Sólo un soldado español negóse en tiempos a entrar en el cesto, pues, según declaró, había prometido servir a su señor en mar y tierra, pero no en el aire.

A1 tercer día por la mañana, después de pasar por el animado lugar donde están la barca de trasbordo y la venta de Portillo, llegamos a Tocaima (508 metros). Esta pequeña ciudad, fundada ya en 1544 a orillas del Bogotá, más tarde, y debido a una inundación (1673), hubo de ser reconstruida sobre un pedregoso cerro que allí se eleva dominando el río, así que ahora se halla en clima muy cálido, con una temperatura media de 27 grados y medio. El agua potable se trae del río, por lo que siempre está caliente y turbia. Luego se la conserva en jarras o botellones, enormes vasijas de barro cocido donde se mantiene relativamente fresca, y de allí se la extrae con cazos. Tocaima era entonces un lugar de descanso y de baño muy preferido por las familias bogotanas. Además hay fuentes curativas con mucho contenido sulfuroso, las que, al parecer, obran maravillas en las enfermedades de la piel. Por lo demás, la vida en este lugar, no muy simpático y donde dicen que hay reyertas resulta un tanto monótona. Para desgracia de Tocaima, el año de 1884 se declaró allí una fuerte epidemia de fiebres, a causa, según se dice, del imperfecto enterramiento de algunos cadáveres, pues el cementerio está asentado sobre roca. Murieron entonces muchas personas conocidas, entre ellas, víctima de la asistencia a los enfermos, el bondadoso cura de Tocaima, doctor Rojas; que me inspiraba un gran respeto por su celo verdaderamente cristiano y por su caridad.

Cuando por las tardes íbamos a la iglesia, porque esta visita servía para ahuyentar el aburrimiento y no dejaba de despertar interés, veíamos allá atrás, bajo el arco sombrío, al rollizo párroco que rezaba el rosario con sus fieles. Estaba de espaldas a nosotros, de pie ante un gran atril. Dos pilluelos de Tocaima, descalzos y sin otra prenda de vestir que unos pequeños calzones, le alumbran con velas. Otros dos muchachitos agitaban incensarios; pero de cuando en cuando se sentaban en el suelo y soplaban sobre el incienso hinchando mucho los mofletes. Los de las velas no atendían a la ceremonia y se volvían a mirar a los otros dos. Y en su distracción, caíaseles el brazo y bajaban de altura las velas. El cura, que seguía leyendo, extendía entonces las manos, palpando en la oscuridad, hasta atrapar a los mozalbetes y atraerlos de nuevo hacia el atril... Este iluminado grupo, de tan lindo aspecto en medio de la iglesia sombría y llena de fieles en atropellado rezo, aquella mezcla de cómica inocencia y de gravedad, componían una estampa cuya gracia no olvidaré nunca.

Tales momentos de grato abandono nos venían muy bien, por lo demás, para poder apurar luego el fuerte trago que nos esperaba. Mi amigo y colega era administrador, por nombramiento del Estado, del Lazareto de Agua de Dios, o sea el hospital de los leprosos, que se hallaba a unas dos horas de Tocaima en dirección al Magdalena. El iba en visita oficial y yo me agregué como acompañante. A los leprosos los tenían antes, en gran número, en Tocaima; pero un día la población, en airado tumulto, los obligó a abandonar la pequeña ciudad sin hacer excepción con ninguno de ellos. Hallaron refugio en Agua de Dios, donde el gobierno había mandado construir, en calidad de "hospital", algunas barracas de paja. Con el médico del lazareto recorrimos, pues, la estación sanitaria, en la que permanecimos dos días. Los alimentos los llevamos con nosotros y comíamos por el camino para no tener que hacerlo a la mesa de los enfermos. Pasamos primero el río Bogotá por un puente colgante no muy bueno, y luego seguimos hacia el pueblo por terreno principalmente de pastos y sin árboles, donde el sol caía de modo abrasador. Una parte de los leprosos vivían en casitas en medio de la población; otros estaban alojados en largas barracas, en las que recibían la asistencia, bastante mezquina, que les dispensaba el gobierno. Sensible era, sobre todo, la falta de agua y de baños suficientes. Hágaseme gracia de la descripción de los leprosos y de los diferentes estados de la enfermedad. Mientras mi amigo resolvía asuntos técnicos y dirimía discordias de las que suelen producirse entre tales pacientes, yo me dedicaba a leer poemas de Lamartine a un joven y culto bogotano -joven, sí, y, en tiempos, de belleza muy notable, pero ahora envejecido y afeado por la enfermedad y su progresiva destrucción. La lectura duraba horas enteras, y aquellas poesías, en su sublime religiosidad, parecían infundir gran consuelo al pobre leproso.

Ya de regreso, aconteció que en el camino, en una venta muy abandonada, nos encontramos con un joven estudiante de la Universidad, que se hallaba en el más lastimoso estado. Bajo aquel sol de fuego había sufrido una fuerte insolación y yacía allí con el rostro horriblemente enrojecido. Nuestra sola presencia y una fricción de la cabeza con aguardiente le tranquilizaron mucho, y al día siguiente pudo ya continuar el viaje, atribuyendo a nosotros su salvación, cuando lo único que hicimos fue darle ánimos y disponer lo más necesario. Igualmente agradecidos se mostraron los leprosos a quienes, aparte del médico y el sacerdote doctor Rojas, nadie diera prueba de afecto y cariño. A los ojos de otros aprensivos colombianos pareceríamos poco menos que héroes por haber osado llegar a aquel espantoso recinto de la enfermedad, y los periódicos comentaron nuestra "hazaña" en forma que nos desagradó por lo excesiva.

Diez días más tarde llegaban a Tocaima, por el mismo camino y en sendas cabalgaduras, cuatro viajeros. Eran los que siguen: en primer lugar, el doctor Salvador Camacho Roldán, colega mío en la Universidad y librero, uno de los más cultos colombianos, un verdadero Catón de la República, exigente consigo mismo, pero tolerante con los demás, carácter íntegro y rectilíneo, y persona que había ostentado con mérito sobresaliente las más altas dignidades, como Ministro de Hacienda y de Agricultura, y a la sazón la de Senador de la República. Era el otro viajero el doctor Manuel Pombo, conocido como representante del tradicional genio bogotano y de la alegre sabiduría de la vida. Los otros dos que a Tocaima llegaban éramos el hijo del doctor Pombo y yo. Queríamos hacer una visita en Ibagué a otro representante, modesto, pero no menos original, de la literatura colombiana, el señor Juan de Dios Restrepo. Partiendo de Tocaima, y por camino llano, pero con un calor de fuego, en ocho horas se alcanza el Magdalena en Girardot. Atravesamos la hacienda del doctor Camacho, llamada Utica. La casa de campo está a un cuarto de hora del camino, arrimada a las últimas estribaciones de la cordillera. Su dueño pasó aquí muchos años dedicado a la agricultura, pero ocupándose también en serios estudios, hasta adquirir aquella ilustración y aquella elaborada asimilación de lo leído que a menudo me llenaban de asombro. ¡Y cuánto trabajo y esfuerzo gastó también en vano aquel amigo, aquel hombre infatigable en la labor!; en torno a su casa de campo se ven las diferentes cubas y tinas de cemento que, con grandes desembolsos, habían sido instaladas para la obtención de la anilina. Grandes extensiones de terreno fueron plantadas de añil, el vegetal origen de esa substancia y que tan especial esmero exige. Un día se inventó el azul de Prusia; los colores artificiales de anilina desplazaron a los naturales, y los productos colombianos, encarecidos a causa de los costos de transporte por el Magdalena, no pudieron ya competir. Las pérdidas fueron de millones.

En Girardot, que era en tiempos una pobre aldea a orillas del Magdalena, un gran puente tiéndese ahora sobre el río; nosotros tuvimos que cruzarlo todavía en canoas. El caudal presenta allí unos 200 metros de anchura, pero la corriente no es impetuosa. A un tiro de carabina más arriba del punto de la opuesta orilla que debe ser alcanzado, se desensillan ya las mulas. Las monturas se cargan en unas canoas estrechas y de unos 30 pies de largo, construidas de un tronco hueco. Los pasajeros embarcan y se acurrucan entre las monturas o sobre ellas; cada uno, desde la embarcación, sostiene del ramal a dos o tres bestias. Ahora la canoa se separa de la orilla, y las mulas son arreadas hacia el agua con fuertes gritos, de modo que tienen que ponerse a nadar. Tranquila deslízase la canoa sobre la turbia superficie. Las bestias resoplan y jadean, luchando aguerridamente contra la corriente. A veces se adelanta una de ellas, se enredan las cuerdas entre sí y es necesario desenmarañarlas rápidamente desde la misma canoa para impedir que alguna mula haga hundirse a otra. Al llegar a la orilla, los animales suelen comenzar a revolcarse en la arena, y en tales condiciones es necesario ensillarlos de nuevo. En los cálculos del viaje, esta travesía a nado les es contada a las mulas como media jornada, de marcha. Toda la operación del cruce del río pareciome la primera vez extraordinariamente poética. Pero cuando más tarde me tocó tener yo mismo del ronzal a los animales y pasar miedo por ellos, desapareció la aureola literaria, y la travesía pasó a resultarme enojosa.

Al otro lado del río, en Flandes, tenía un gran almacén el amigo a quien veníamos a visitar, el señor Restrepo. En algo más de un día cubrimos la etapa hasta Ibagué después de cruzar las anchas llanuras del valle del Magdalena, sabanas estériles en las que sólo mezquina yerba crecía y donde de vez en cuando surgía un ranchito con una plantación de tabaco.

Magníficas ceibas y cauchos daban sombra a las haciendas solitarias, en las que a la noche no podíamos, como en otras comarcas de Colombia, ufanarnos de una hospitalaria acogida, pues sólo de mala gana se nos daba un sitio donde dormir y, esto aún más difícilmente, alguna sopa como refrigerio. El dinero no resuelve nada con estas gentes. En descargo suyo hay que decir que las muchas revoluciones les han hecho desconfiados a todo hospedaje, voluntario o por necesidad. Junto a los árboles vense aquí y allá curiosas construcciones que dan la impresión de troncos huecos, quemados y agujereados en algunas partes, de los que sólo quedara la corteza. Al aproximarse se advierte que son grandes hormigueros, ahora vacíos, construidos sobre una base de tierra. Tales ruinas dan testimonio de la asombrosa laboriosidad de esos animales y de su ingenioso instinto.

El panorama nos compensa del horrible calor. Al Este, en lontananza, ondulan las líneas azules de la cordillera; hacia el Sur la llanura parece no acabarse; al lado de Occidente se alza, sin transición alguna, el macizo de la Cordillera Central, dominada por el ingente Tolima. En el primer termino el río Coello ha excavado profundamente su cauce en la desértica llanura, y por el valle asoman gallardas palmas, cocoteros y pastos ubérrimos. El paisaje de rocas que acompaña el curso del río podría corresponder más bien al Sur de Francia que a Colombia. Es una estampa de Provenza, ancha, abierta, soleada. Ahora ha salido la luna y proyecta su delicado resplandor sobre los glaciares y cumbres nevadas del Tolima, que brillan con una luz mágica. Rendidos al final de la jornada, dormimos magníficamente sobre el suelo de barro apisonado, o sobre una mesa; de colchón hacen nuestros zamarros, de almohada la silla de montar.

Al mediodía siguiente hacemos la entrada en Ibagué, cuya torre miramos ya desde hace tres horas. La pequeña ciudad, capital del Departamento, tiene pocas casas notables, pero sí, en cambio, algunas buenas escuelas; entre ellas dos para maestros, pertenecientes al Estado del Tolima. Ibagué se halla encajada en un entrante de la cordillera, determinado por la depresión de los ríos Combeima y Chipalo. El verdor de los campos y praderas penetra hasta las mismas calles de la ciudad. El clima es excelente y benigno (20 grados).

Cordial acogida, vida en familia, excursiones a los alrededores -que son tierras fértiles y ricas en minerales-, paisajes de plácido halago para los sentidos, baños en el cristalino Combeima, que trae agua helada de las alturas del Tolima, gratas conversaciones aliñadas con el humor y el ingenio de los tres literatos amigos, los cuales, tiempo atrás habían convivido ya en Bogotá durante algunos años..., todo esto llenó los días felices de la permanencia en Ibagué. En el jardín de nuestro amigo, detrás de la casa, había muchos árboles: naranjos; mangos, tamarindos, nísperos, donde anidaba gran cantidad de pájaros, mirlos sobre todo.

Una noche nos dieron una serenata. Eran músicos que dominaban la guitarra, el tiple y la bandola como verdaderos virtuosos y tocaban acertadamente incluso algunas obras clásicas. Al escuchar los primeros compases, nos levantamos de la cama, y, envueltos en las largas mantas y con el sombrero puesto, hicimos pasar a los músicos para ofrecerles el consabido trago de brandy. Los brindis improvisados que se dijeron en aquella nocturna y extraña reunión fueron tan graciosos como atrevidos.

No pudimos asistir a un baile que en honor nuestro habían y organizado en la Sala de la Casa Municipal los estudiantes que se hallaban de vacaciones en Ibagué. Causa de esta imposibilidad fue que el doctor Camacho Roldán debía salir a toda prisa x, para Bogotá, pues había fallecido el Presidente de la República, doctor Zaldúa, (22 de diciembre de 1882), y en la capital se temían desórdenes. De mala gana nos despedimos de nuestro hospitalario amigo y de la querida y linda ciudad. Pese a que el viaje de regreso lo realizamos por igual camino que a la ida, de ninguna manera nos resultó aburrido o monótono; la gran riqueza de detalles y de posibilidades nuevas es tan grande en Colombia, que nunca habrá de lamentarse allí el hacer dos veces el mismo itinerario.

Un triste. episodio cerró nuestro viaje. Al pasar de regreso por Tocaima, me encontré con un suizo y un belga, y me dejé convencer para pasar con ellos algunos días en aquel horno incandescente. Nuestra resistencia a las enfermedades contagiosas fue sometida a dura prueba. Al lado de nuestra habitación del hotel yacía un hijo del propietario del mismo, atacado de fiebre amarilla. La cosa nos fue ocultada, pero la presumimos. El enfermo, un hombre de treinta años, sucumbió al mal, entre grandes sufrimientos, unos días más tarde. Aun hubimos de ayudar a llevarlo al cementerio. Pero al día siguiente nos pusimos ya en camino. Allí se siente uno más indiferente a los peligros, se es mucho más fatalista que en nuestra tierra...

En mi programa quedaba todavía una excursión, la visita de una de las cosas mas notables de Colombia. Lo realicé, en compañía de un estudiante, el año 1883, pues quería evadirme de las solemnidades oficiales que habían de celebrarse en Bogotá con motivo del primer centenario del nacimiento de Bolívar, el Libertador.

A una jornada de Bogotá, hacia el Sur, se encuentra la pequeña ciudad de Fusagasugá, en un ameno valle que invita al veraneo, un remanso de delicia en medio de las cordilleras. Descendiendo a un barranco por el cual se vació en tiempos un lago situado en lo alto de los Andes, se llega a dar frente a la ciudad. Aquella vez nos sorprendió la noche en el camino. Mitad medrosos, mitad embelesados, cabalgábamos en la oscuridad del bosque. Seguíamos desconocidos senderos, mientras danzaban en torno las luciérnagas y retumbaba en nuestros oídos toda la sonora vida animal. Al siguiente día, después de un baño en las frescas aguas del río Cuja, por las alturas que dominan el valle de Fusagasugá nos encaminamos al Pandi, situado a seis horas más al sur. Allí encontramos alojamiento en una casita, lo cual fue posible porque no hicimos uso de especiales miramientos. Yo pedí un tiple y me puse a entonar algunas canciones, a pesar de que el hambre nos devoraba, y eso despertó tal confianza que, por fin, al cabo de dos horas, humeaba ya sobre la mesa una pequeña y modestísima colación. Y ya que con paciencia había sido ganada, la aceptamos también con suma paciencia.

A la mañana siguiente visitamos en primer lugar una de las maravillas de esa región, la Piedra de Pandi, un gran bloque de forma prismática cuadrangular, (20 metros de lado y 15 de alto). En la parte superior de esta piedra los aborígenes del país inscribieron en color rojo una serie de jeroglíficos, los cuales han resistido por varios siglos el influjo de la intemperie. Estos signos -por desgracia, todavía no descifrados- representan las más extrañas figuras, entre ellas el sol y las interpretaciones primitivas del escorpión, del lagarto y de la rana. Esta última era para los indígenas una deidad de suma importancia, pues anunciaba las fecundantes lluvias y también las inundaciones. Toda vez que la lluvia se presentaba en determinadas épocas del año, la rana significaba también las fases lunares, en tanto que el águila, como mensajera del buen tiempo, era el símbolo del verano, de la estación en que brilla el sol.El Dorado

 

 

 

 

 

 

Puente del Iconozo sobre el  Pandi


A unos veinticinco minutos del pueblo, el camino tuerce bordeando una peña, e, inesperadamente, llégase a un puente como otro cualquiera, con el cual parece habremos de haber llegado a algún zanjón seco. ¡Nada de eso! Desde las barandillas y entre el exuberante verdor que las flanquea se contempla un rocoso barranco de 84 metros de hondura y de 10 o 15 metros de ancho. Por el espantable fondo de esta grieta empuja su espumoso y blanco oleaje el río Sumapaz, que tiene aquí una profundidad de 18 metros. El río, como se nota en las paredes de pizarra y piedra del barranco, se incrustó aquí mediante violentísima erosión al desplomarse las aguas del gran lago de Sumapaz. Descendiendo junto a la pared de pizarra que queda a la derecha del puente, contémplase un curioso espectáculo. A unos 13 metros por debajo del puente se descubren los restos de la primitiva continuidad geológica: dos enormes bloques de pizarra que, avanzando el uno frente al otro, llegan a unirse sólidamente por medio de un tercero, el cual encaja como la clave de una arco. Es el puente natural de Icononzo. Sobre éste, y penetrando en los flancos de la grieta, se alza de lado y lado un bloque de roca de 2.60 metros de espesor, el cual forma como un arco gótico, de 1.40, así que entre su ojiva y la base de pizarra queda una abertura. Este último bloque, cuyo volumen fue calculado en 200 metros cúbicos por el investigador André, se halla todo recubierto de verdor, destacando bella y extrañamente sobre el negro hueco del barranco. La peña que constituye arco tan peculiar es la famosa Cabeza del Diablo, la cual rodó desde arriba, librándola de la destrucción el puente de pizarra que ahora constituye su sostén. Sólo a seis metros del bloque pasa el puente artificial de madera. Allí abajo revolotean bandadas de pájaros, guapacos, que con sus agudos picos se encargan de atacar a quienes, como hizo nuestro paisano Nótzli el año 1875, osan descender a la profundidad sostenidos por cuerdas. Tirando piedras al fondo, se consigue espantar a los guapacos. La garganta viene a tener la longitud de una hora de camino. Desde el puente se prolonga aún como un cuarto de hora.

Alegremente nos despedimos de aquel formidable espectáculo de la naturaleza para dirigirnos de nuevo hacia el sol cabalgando por la altura que enfrente se alza. A una hora de ascenso, se ve bajar un torrente que da la impresión de ser el último resto de un antiguo glaciar, y que ha arrastrado la tierra, dejando al descubierto las lisas rocas; sobre estas, a su vez, ha practicado huecos de profundidad equivalente a la altura de un hombre, que constituyen auténticas bañeras naturales. Se hallan dispuestas unas sobre otras, de modo que el agua se vierte sucesivamente en graciosos y bullidores saltos. En estos originales baños, con un agua que baja a temperatura de hielo y se caldea bastante en las rocas, nos solazamos a nuestras anchas en la espléndida libertad de la Naturaleza.

El día había de traernos todavía nuevas sorpresas. Cabalgando por un pedregoso y angosto sendero, llegamos finalmente a la cima de la montaña, desde donde presenciamos un gran panorama de lo que fuera dominio de los belicosos y aguerridos indios panches. Estas gentes dieron mucho que hacer a los aborígenes de la altiplanicie bogotana y también a los españoles. La cresta en que nos hallábamos y la situada frente a ella rodean el valle de Fusagasugá, para, más abajo, unirse estrechamente entre sí. De ese encierro tuvo que escaparse el río, ya antes bastante incrementado, y lo hizo por la barranca o boquerón del Desaguadero, que bordea los flancos del llamado Cerro del Muerto. Nuestro viaje no sigue esa ruta, sino que, al estilo español, tenemos que ir por lo alto de la montaña, cosa de la que no nos arrepentimos, pues al .descender por la opuesta ladera llegamos a la mas espléndida selva virgen, toda de gigantescas encinas y llena de profundísima sombra. El sendero avanza sobre altas plataformas de piedra que parecen haber sido dispuestas artificialmente en forma de escalera. Las más raras mariposas, pero en especial unas de color azul y del tamaño de la palma de la mano, revuelan en torno nuestro, aleteando, nos acarician tan confiadamente cercanas, con una inocencia tan ajena a la humana maldad, que nos sería imposible robar a una sola de estas criaturas su divino gozo de vivir. Para hacer aún más completa la estampa, tras nosotros venían dos indias, la una mejor arreglada, a lomos de una mula, y la otra, sin duda su criada, arremangada y a pie. Eran dos figuras ingenuas y de hermosas formas, de rostro expresivo y ojos radiantes. La que parecía ser sirvienta tañía con infantil gracia un caramillo construido rústicamente de cuatro o cinco casas ensambladas. Los sonidos estaban faltos de toda melodía, eran cualquier cosa menos música, y, sin embargo, me llegaron al corazón. ¿Quién fuera insensible a aquella poesía, a aquel primitivo encanto? Fascinados, nos detuvimos. Ellas saludaron sonrientes, siguieron cuesta abajo y desaparecieron en la selva.

El bosque iba haciéndose poco a poco menos espeso. Al borde del camino crecía café, cacao, maíz, de modo, al parecer, espontáneo y sin cultivo alguno. ¿Por qué no se ven muchas más plantaciones en estas fértiles laderas de las cordilleras colombianas? Esto se nos explicó, dejando aparte la pereza de la gente, por la omnipotencia de los latifundistas, que se enriquecen a costa de los pobres indios y que, sobre todo mediante anticipos, saben aprovecharse de sus cosechas de maíz y de arroz. Feudalismo, pues, y miseria, junto a la formidable fuerza creadora de la naturaleza. Por último, llegamos a la llanura arenosa por donde el río Fusagasugá corre a juntarse al Magdalena. A la orilla hay un pueblo, especialmente pobre, llamado Melgar, donde por única colación diósenos una tacita de chocolate; y así, bastante hambrientos, hubimos de tendernos en la dura cama. Al día siguiente atravesamos el río, el cual riega mejor la orilla derecha y ha formado allí uno de los más hermosos palmares que vi en toda mi vida. Luego subimos por la llanura de Los Limones, cuyo recorrido lleva varias horas y donde, sobre pastos un tanto pobres, se apacientan centenares de cabezas de ganado. Avanzando ora por el valle de algún río, ora por frío y aromoso bosque, después de muchas revueltas del camino fuimos a para otra vez a Agua de Dios, el pueblo de los leprosos. Allí, mi compañero de viaje se declaró dispuesto a dejarme y seguir él solo la ruta si yo persistía en el propósito de hacer una pequeña visita a aquellas pobres criaturas. Nos dirigimos nuevamente a Tocaima.

El último día de nuestro viaje de regreso (25 de agosto de 1883), viaje que aceleramos a causa de los rumores de una próxima revolución, al llegar a la Sabana de Bogotá viniendo de La Mesa se nos preguntó dónde había tenido lugar la batalla. Nosotros no sabíamos de batalla alguna, y no menos asombro nos produjo el saber que en Bogotá se había escuchado durante el día un retumbar como de fuego artillero, y que, dada la reinante inquietud política, creyóse hubiera habido ya luchas en la región de La Mesa.

Pero nuestra extrañeza fue aún mayor cuando un mes más tarde se nos dio la posible explicación de aquel incomprensible fenómeno. El día citado se había producido en Java, o sea en nuestros antípodas, la terrible erupción de los volcanes, que costara la vida a tantos miles de personas. Algunos colombianos pretendían haber incluso calculado que el tiempo que el sonido debió necesitar para transmitirse a través de la masa de la tierra, correspondía exactamente a la diferencia entre la hora de la catástrofe y la de la supuesta batalla.

Todas estas excursiones las realicé en compañía de colombianos, con lo cual, como suele ocurrir en tal clase de correrías, los llegué a conocer a fondo, y también, las más de las veces, a estimarlos mucho. Dicho sea también, en su alabanza, que tuvieron suma paciencia conmigo hasta que en cierta medida llegué a alcanzarles en el arte de viajar rápida, segura y agradablemente.

El Dorado

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