CONQUISTA DEL PAÍS. POBLACIÓN ABORIGEN. RAZAS





La historia de Colombia es rica en acaecimientos interesantes y asombrosos. La conquista del país, en primer lugar, nos muestra gigantescas expediciones llenas de extraordinarios y heroicos hechos.

Cuando el Papa Alejandro VI, otorgó en 1493 a los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, el dominio sobre las tierras recién descubiertas, los españoles no aguardaron a escucharlo dos veces, y, en efecto se quedaron con todas las posesiones de América.

Pero mientras que el imperio de los aztecas, Méjico, quedó conquistado en 1521 por Hernán Cortés y el de los incas, Perú, en 1524, por Pizarro —en tiempo, pues, relativamente breve— hubieron de transcurrir casi cuarenta años, repletos de empresas extraordinariamente difíciles, de batallas y escaramuzas sin cuento, hasta que Colombia cayera enteramente en manos de aquellos conquistadores y aventureros, gentes ambiciosas de dominio y botín, a cuyo tesón y bravura no podemos regatear nuestra admiración.

Alonso de Ojeda, procedente de Venezuela, y acompañado de Américo Vespucio, llegó el año 1499 al cabo de la Vela, en la gran península de la Goajira. Bastidas penetró hasta la desembocadura del río Magdalena, que fue descubierto el año 1501, en la festividad de la Santa que le dio nombre. Cristóbal Colón exploró luego en su cuarto viaje la mayor parte de la costa occidental hasta Costa Rica, pero buscó en vano el istmo desde el cual, según su creencia, habría de tocar en el mar delas Indias orientales. El mirar por primera vez el Océano Pacífico estaba reservado al audaz Vasco Núñez, que el 25 de noviembre de 1513, cerca de Panamá, dejando atrás a los que le acompañaban, subió a una altura para saludar jubilosamente la quieta superficie. Después que sus compañeros hubieron competido en rápida carrera hasta la costa, el descubridor penetró en las aguas armado de espada y lanza y tomó posesión del nuevo océano en nombre de la Reina, retando a personal desafio, según el uso español, a todo aquel que lo pusiera en tela de juicio. Sólo en 1522 llegó a hacerse una expedición a lo largo del litoral pacífico, abriéndose camino a los conquistadores del Perú, Pizarro y Almagro. La conquista del istmo y las costas de ambos mares que bañan a Colombia duró en total veintitres años. El interior fue explorado primero por el alemán Alfínger, gobernador de Maracaibo, que pasando por Ocaña llegó a lo alto de los Andes, pero murió cuando estaba de re­greso. Heredia fundó en 1522 la ciudad de Cartagena, emprendiendo desde allí grandes expediciones al valle del Cauca. Este valle fue recorrido luego en todas direcciones y conquistado por César, por Vadillo y por el luego Mariscal Robledo, que llegó de Quito por el Sur. Entretanto, se preparaba uno de los más curiosos e interesantes acaecimientos que presenta la historia. Como los pormenores de la fundación de Bogotá son poco conocidos, vamos a referirla con mayor detenimiento.

La expedición principal hacia el interior la emprendió desde Santa Marta, en el mes de agosto de 1536, el licenciado y justicia mayor don Gonzalo Jiménez de Quesada, con 820 hombres de a pie y 85 caballos, en tanto que sus oficiales, con 5 naves y 200 hombres, deberían seguir aguas arriba el Magdalena. Esta expedición por el río resultó casi completamente aniquilada. Quesada, en tanto, avanzó, en medio de continuas luchas con los indios, a través de la impenetrable selva tropical, llena de plantas espinosas y apretados troncos, llena de arañas venenosas, de gusanos, escorpiones y serpientes, de murciélagos y de mosquitos. Los soldados, con los cuerpos heridos y los vestidos desgarrados, se alimentaban de frutos y raíces; parece que la expedición hubo de comer hasta el cuero de sus equipos. Unos se habían quedado ciegos, otros caminaban cojos, otros eran arrebatados, hasta de las hamacas donde dormían, por los tigres, que menudeaban cada vez más en su ataque a los expedicionarios. Con frecuencia amenazaban amotinarse las tropas; pero el tesón inconmovible del jefe empujaba sin descanso el avance por las altas cumbres que hoy día se tienen por inaccesibles para personas a pie, cuanto más para jinetes, y que, por tanto, quedan lejos y abandonadas de toda comunicación. Un día los expedicionarios divisaron desde una alta montaña campos extensos, grandes sembrados de maíz y papa, árboles frutales y huertos de flores. Y en aquella grata región, fresca y abundante en agua, se veían también alegres pueblos. Los indios, aterrorizados por el estampido de las armasy fuera de sí ante la vista de los caballos, que creían formar un solo ser con el jinete, teniéndolos por criaturas superiores, se sometieron casi sin ofrecer resistencia y se humillaron como ante dioses al poder de los conquistadores. Les trajeron de comer y beber, les trajeron caza, palomas y liebres y toda clase de reíces, les presentaron incluso algunos viejos y niños para que los mataran, pues tuvieron a los españoles por antropófagos. Extendían paños a su paso, quemaban incienso y derramaban por el suelo a manos llenas oro y esmeraldas. En el reparto recibió mil pesos cada uno de los soldados. Los conquistadores habían llegado al país de los chibchas o muiscas, a las altiplanicies de Tunja y Bogotá, un imperio que, como veremos después, poseía una cultura relativamente desarrollada.

Luego que los pacíficos habitantes de la Sabana quedaron sometidos, no sin que dejaran de cometerse algunas innecesarias crueldades y asesinatos en la persona de sus jefes, dispuso Quesada construir una ciudad en algún punto favorable y adecuado. Eligió para ello el lugar de esparcimiento del Zipa (Teusaquilla probablemente). A este sitio llamolo Quesada Santa Fe, por su semejanza con la villa del mismo nombre que en las cercanías de Granada fundaron Sus Católicas Majestades Isabel y Femando en las guerras contra los moros. Quesada mandó levantar en Santa Fe doce cabañas de paja en torno a una iglesia, con techo también de paja. El día 6 de agosto de 1538, dos años después de ponerse en marcha desde la costa, se dirigió Jiménez de Quesada al sitio de la fundación. Todos descendieron de los caballos y él, arrancando algunas yerbas, tomó posesión de aquellos lugares en nombre del Emperador Carlos V. Un notario levantó acta de la posesión, donde se establecía también que todas las tierras descubiertas llamaríanse en adelante Nuevo Reino de Granada, por su parecido con el reino español de igual nombre. En la pobre iglesuela que era templo de la ciudad y donde se alza hoy la Catedral Primada, dijo la primera misa el Padre Las Casas, primo del famoso defensor de los negros*.

Ya contaba Quesada con retomar a España y anunciar allí solenmemente sus descubrimientos y conquistas, cuando algunos indios trajeron la curiosa noticia de que por el Sur se acercaba una gran tropa, magníficamente armada, de gente blanca con mucho séquito de indios y numerosos caballos. La noticia se confirmó. Era Sebastián de Belalcázar, un teniente de Pizarro, que había tomado parte en la conquista del Perú y que desde allí venía avanzando hacia el Norte en busca de un país de fabulosa riqueza. En Quito, la actual capital de El Ecuador, habíasele presentado un indio, quien le dijo que su amo y señor el Rey de Cundinamarca, o Cundirumarca (altura donde habita el cóndor) 3, poseía las más grandes riquezas, tales que recubría su cuerpo con polvo de oro y luego se bañaba en un lago sagrado para ofrecer así a los dioses un sacrificio grato a sus ojos. Esta noticia, basada en hechos reales, se considera como el origen de la leyenda de El Dorado, corriente entre los hombres de la Conquista, de donde formamos el proverbial Eldorado y que tantas desgracias trajo a los pobres aborígenes de Colombia por la búsqueda que de aquellos tesoros escondidos efectuaron los españoles con insaciable codicia. Belalcázar tomó para su expedición doscientos soldados españoles, pero llevaba además grandísimo número de cargueros y servidores indios. Tras terribles penalidades llegó con ellos hasta el valle del Magdalena, después de haber cruzado la Cordillera Central, y a la Sabana de Bogotá se encaminaba cuando lo detuvieron los mensajeros de su más afortunado predecesor en aquellas tierras.

Pero, casi al mismo tiempo, llegó a Santa Fe otra nueva, todavía más extraña: también por el Sureste, de, los Llanos, y procedente de Venezuela, hallábase en marcha una expedición de españoles al mando de un capitán no español, Nicolás de Federmann. Este, alemán de nacimiento, había salido del Cabo de la Vela, en la costa atlántica, para hacer diversas correrías por los Llanos (1536), y, abandonando con una expedición auxiliar, a su jefe Espira o Spira, se desvió de la ruta y se dedicó por cuenta propia a empresas conquistadoras. Poco faltó al aventurero para sucumbir, pues no sólo tuvo que luchar con los animales salvajes y con las fiebres propias de aquel clima, sino también con los aguaceros y con los ríos torrenciales henchidos por la lluvia. Su tropa quedó diezmada. Cansado ya de tener que avanzar siempre a lo largo de la cordillera, resolvióse Federmann a ascender hacia el país de los chibchas, del que tenía referencia, así que hubo de subir por los caminos más escamados. Del clima abrasador de los Llanos llegó hasta la altura de tierra fría, estando a punto de helarse con toda su gente al cruzar los páramos, o pasos de montaña. Jiménez de Quesada, buen diplomático, se los tuvo a bien con la maltrecha expedición de Federmann, a quien pagó 10.000 pesos en oro. Cuando ya no existía riesgo de que las otras dos expediciones se unieran contra él y le disputaran el territorio conquistado, con lo cual hubiera habido gran derramamiento de sangre entre los españoles, ci hubiesen muerto acaso todos ellos a mano de los indios, Jiménez de Quesada invitó a ambas tropas para que vinieran a reunirse a Santa Fe.

El encuentro tuvo lugar. La nueva ciudad vio, pues, en febrero de 1539 el más raro espectáculo que historiador alguno pudiera soñar. Los soldados de Jiménez de Quesada, que ya se habían repuesto algo de sus fatigas, se hallaban ataviados con mantas (vestidos de cáñamo y algodón, también a veces de lino) y tocados con gorra, todo ello recibido de los chibchas. Las gentes de Federmann ofrecían el más deplorable aspecto; parecían haberse escapado de la isla de Robinson *2. Durante tres años habían caminado por la selva; semidesnudos y debilitados por el hambre, fustigados de las fiebres, se cubrían mezquinamente de pieles de leopardo, de jaguar, de oso o de venado. La tropa de Belalcázar, bien alimentada y bien vestida, avanzaba, con boato de magnates del Perú, luciendo túnicas de púrpura y seda orladas de oro y con ligeros sombreros puntiagudos en los que, a los rayos del sol, brillaban penachos de los más variados colores. Iban cargados de oro y joyas y seguíales rica impedimenta, con tiendas, vituallas y vasijas de oro y plata. Sus armas tenían incrustadas las más raras piedras preciosas, y en todo mostraban un aire altivo y de victoria. Según una crónica, las tres expediciones que, llegadas de puntos tan distantes, celebraban aquel maravilloso encuentro, constaban cada una de ciento sesenta hombres, más un monje y un clérigo. Había multitud de caballos, que eran vendidos por Belalcázar a precios fabulosos. Pero otras cosas importantes venían también con las tropas recién llegadas; las de Belalcázar traían cerdos, que desde entonces quedaron en la Sabana; y el capellán de Federmann, Juan Verdejo, había conseguido salvar del hambre y mucha necesidad de sus compañeros algunas gallinas que mostraba allí triunfalmente.

Sobre la curiosa parada destacaban los tres caudillos. Belalcázar, radiante de adornos y riqueza como un sátrapa asiático, sólo que mucho más bravo y audaz. Con sólo un puñado de hombres, se había batido hasta aquí entre indios antropófagos que le atacaban encarnizadamente y en número muchísimo mayor. Y él era sólo el hijo de un pobre leñador de Andalucía, y un obrerito cuando abandonó su casa. Era Belalcazar hermoso y de fuerte complexión, de talante guerrero, alegre y lleno de andaluza sal, fino en sus maneras y hombre de gran tacto político y agudeza de observación, el de más talento de aquellos tres conquistadores.

Federmann, cuyo lugar de nacimiento no es conocido, era también de aventajada estatura y rostro blanco y bello, orlado de rojiza barba, muy diestro en toda clase de ejercicios, tan cortés y suave que jamás se le oyera decir mala palabra, tan piadoso y compasivo que nunca fue acusado por sus enemigos de codicia, crueldad o cualquier acción sangrienta. Era además locuaz y comunicativo, y sus soldados lo adoraban.

Jiménez de Quesada, por último, era un hombre de cuarenta y tantos años, de pequeña estatura, y un apóstol de la ciencia, que afortunadamente nos hizo legado de sus crónicas. Aunque no fue guerrero de profesión, acreditó talento militar y se comportó como antiguo veterano, y era así mismo de gran coraje personal, pero tenaz y paciente, venerado y popular entre sus soldados, pues mostraba siempre la mejor intención, usando, de otra parte, el rigor ináximo. Siempre prudente y avisado, parece que alguna vez se mostró injusto y cruel, pero, sin duda, más bien obligado por la dureza de las circunstancias que a causa de natural ferocidad.

Tan pronto como por orden de Jiménez de Quesada estuvieron construídas en el Magdalena las naves que se habían menester, los tres rivales partieron río abajo hacia España. ¿Alguno de los tres imaginaba su trágico destino? Jiménez de Quesada, ya de regreso en Colombia, murió pobre y enfermo de lepra, después de vanos intentos de dar con El Dorado. Sus restos yacen en la Catedral de Bogotá. Belalcázar fue acusado y preso mas tarde, falleciendo en Cartagena, humillado, triste y agobiado por los sufrimientos, cuando se hallaba en camino hacia España. Federmann se ahogó en alta mar.

Estos hechos de guerra han de despertar en nosotros, en gran medida, el interés por los adversarios, por los verdaderos hijos del país. Por desgracia, es imposible reconstruír exactamente la historia de la cultura de los aborígenes suramericanos y en particular la de Colombia. Los españoles, en lugar de reunir para la ciencia los diferentes legados, recuerdos, etc., coleccionando los documentos respectivos y conservando los monumentos, destruyeron con ciego fanatismo todas las reliquias de aquella primitiva edad “como restos idólatras, anticristianos, inspirados por el demonio”, y trajeron al país por única dote la horca y el arcabuz. Unos cincuenta millones de indígenas, según cálculos de algunos investigadores, sucumbieron, en las Antillas y en el continente, a los perros amaestrados traídos de fuera (los cuales se lanzaban sobre los pobres indios), a las armas de fuego de los españoles y a manos de los encomenderos, funcionarios y señores feudalés. La población de Colombia era, antes de la llegada de los españoles, de ocho a diez millones de habitantes. Las guerras y los malos tratos, así como las enfermedades traídas de Europa, disminuyeron pronto esta cifra hasta un millón. Aquel que quede confuso y sorprendido ante semejante descenso, sin llegar a comprender que así fuera, bastará ponerle de presente que en la isla de Santo Domingo vivían por las fechas del descubrimiento un millón de habitantes, los cuales en dieciséis años quedaron reducidos a 60.000. Estos fueron repartidos; al cabo de otros seis años, restaban solo 14.000 habitantes. Se cuenta también que, en Colombia, familias enteras de los indios tunebos se suicidaron despeñándose, y que otras muchas gentes de las tribus de los agateosy cocomesse ahorcaron en masa para escapar a la opresión de los españoles. Tampoco, pues, debe admirarnos que el número de las tribus indias habitantes en territorio colombiano se fije en unas mil; pero estas, al tener lugar el descubrimiento, poseían.los más 4iversos grados de civilización.

Los más civilizados eran los chibchas, sometidos por Jiménez de Quesada, cuya cultura no era muy inferior a la de los aztecas y los incas y que bien merece más detallada referencia 4. Su reino abarcaba una extensión que Acosta señala aproximadamente en seiscientas leguas cuadradas; tenía cuarenta y cinco leguas de longitud y de doce a quince 5 de anchura. A cada legua cuadrada correspondían unos 2.000 habitantes, así que la población total, bastante densa sería de 1.200.000 almas. El nombre de chibchas no se ha explicado con seguridad, y por ello me eximo de dar aquí las distintas opiniones. Pero se los llama también muiscas, o sea gente, personas, de donde los españoles, por corrupción de esa palabra, dijeron moscas, pues como tales se aparecieron, en apretado enjambre., a la llegada del intruso europeo.

Los chibchas vivían en limpias cabañas con cubierta de paja (tygttua) de forma circular, configuración que habían elegido por su adoración a la luna llena. Las diferentes piezas eran amplias, ventiladas y bien repartidas en habitaciones y cámaras para almacenar frutas. Tenían puertas de cañizo, con una especie de cerrojo de madera. En las casas eran usuales las esteras, y en cuanto a muebles, bancos tallados y el camastro llamado barbacoa. En torno a la cabaña iba una cerca de madera o de tierra. La vista de conjunto de los poblados, de los que se destacaban por su altura las casas de los caciques, era algo tan suave y grato, que Jiménez de Quezada dio a esta región el nombre de Valle de los Alcázares.

Servíanse los chibchas de primitivos utensilios de piedra y madera, con la consiguiente fatiga, pues, según prueban muchos hallazgos de objetos, estos aborígenes no habían salido todavía de la edad de piedra, hallándose los más en el neolítico. Es cierto que ya explotaban las minas de oro y plata, que fundían los metales y utilizaban el cobre, pero no conocían la aleación del bronce, por no existir estaño en Colombia. Tampoco el hierro les era conocido; pero hacían cerámicas de tierra cocida, modeladas con buen gusto y adornadas con motivos a base de líneas rectas y curvas, e incluso con figuras en relieve. Especialmente hábiles eran en combinar el oro con la plata y el cobre, en soldarlos y trabajarlos —moldeándolos entre finas piedras—, en forma de placas de oro y en delgados hilos. Sus engarces de caracoles y conchas, sus brazaletes y collares, sus diademas y vasos eran célebres, al igual que sus representaciones del sol, de la luna y del hombre (actitud e interpretación artística parecidas a las de egipto) y lo mismo que las figuras de animales y de toda clase de objetos. Cosa, por lo menos, insegura es si las láminas de oro, que han sido halladas en pequeño número, fueron realmente una de las monedas de los chibchas, lo que les situaría por encima del estadio cultural de los aztecas e incas. Como medidas conocieron, por de pronto, el paso y el palmo.

Los chibchas practicaban predominantemente la agricultura. Plantaban mucho maíz, papa y batata; la parte azucarada de los alimentos la tomaban del maíz y la miel. Toda esta raza era, por necesidad, extraordinariamente sobria y laboriosa, pues no poseian ganado que les pudiera auxiliar en las labores o servirles de alimento, y también porque sus sembrados dependían mucho de los cambios climáticos y podían fácilmente malograrse, por lo cual construían graneros públicos. Prueba de la diligencia y sobriedad dichas era que no sólo tenían abundancia de productos, sino que además acudían con ellos a los mercados de tribus vecinas, donde les daban a cambio oro, pescados y frutos. El comercio, por tal causa, era entre ellos muy floreciente y por entero libre, de modo que podía realizarse un intercambio natural de todos los productos de la zona alta y de la baja. A pesar de ello, los chibchas no cayeron en la molicie, sino.que se mantuvieron valerosos y arrojados, a lo que contribuyeron mucho las continuas guerras con sus vecinos, los temidos muzos, calimasypanches.

Cuando iban de camino mascaban la hoy de nuevo reivindicada hoja de coca (llamada haya), que calmaba su sed y su hambre y que les permitía superar todos los esfuerzos. Los cronistas españoles, empero, les reprochan su ebriedad; pero las orgías y bacanales de los chibchas eran en ellos una expresión de alborozo y sólo tenían lugar en ocasiones especialmente solemnes, sobre todo en las fiestas religiosas. El vestido de los chibchas eran unas -camisas de algodón que les llegaban a la rodilla; las mujeres se rodeaban el cuello con un pañuelo (liquira), que no llegaba a ocultar el pecho, y de las caderas a la rodilla cubríanse con un paño (chircate), también de algodón.

Los chibchas, como todos los pueblos primitivos, rendían culto a objetos inanimados, pero sus concepciones de los dioses, depuradas ya de un extremoso fetichismo, tenían un sello de poesía y noble elevación, como lo prueba el que escogieran para lugares del culto las grutas, cascadas, lagos y montañas, y en especial las lagunas escondidas entre las alturas andinas. Tenían ritos públicos, una medición constante del tiempo y una casta sacerdotal hereditaria y netamente definida. Los futuros sacerdotes eran encerrados desde la juventud en casas al efecto y sometidos a riguroso ayuno y silencio, de modo que el padre de los historiadores de Colombia, el Arzobispo Piedrahita (t 1688 en Panamá) dice de ellos lo que sigue: “Viven tan castos y célibes, que a nosotros, indignos servidores de Dios, pudieran avergonzamos”. Los sumos sacerdotes o jeques habitaban en el apartado valle de Iraca, (cerca del actual Sogamoso), la Roma de los Chibchas, donde se hallaba el más rico de todos los templos, construido de madera y recubierto de refulgentes láminas de oro, y donde los conquistadores creyeron haber descubierto el Dorado. Por desgracia, este templo parece fue incendiado por los soldados españoles; según otra tradición, los mismos sacerdotes chibchas habrían arrojado antorchas encendidas al penetrar los españoles en el templo.

Sus ideas sobre la formación del mundo y del hombre eran muy notables. Creador del Universo fue Chiminigagua, en cuyo regazo reposaba la luz; le seguían en jerarquía divina el sol y la luna, con la legión de las estrellas. El mundo fue poblado por una primera pareja humana. Ella era una mujer de extraordinaria belleza, surgida de una laguna que está al Norte de Tunja, y su nombre fue Bachue o Banche. Esta llevaba de la mano un niño de tres años, el que luego sería su esposo, y engendrador de cinco hijos, los antepasados de los chibchas. El bienhechor de estos, el dios que intervino directamente en su vida, fue Bochi ca, un hombre blanco de luengas barbas y de cabellos anudados, el cual subió de los Llanos a la Cordillera para enseñar a los desnudos habitantes la civilización, cultivos, vestimenta y las distintas, artes, pero que luego se retiró en soledad a hacer penitencia durante dos mil años, al cabo de los cuales desapareció sin dejar huella. Con Bochica enlazan también varias leyendas locales de diluvios, así como la separación de las rocas para abrir paso al Salto de Tequendama.

Según otra fábula, una deidad menor, Chibchacum, dios de tos agricultores y mercaderes, inundó por maldad o descuido la altiplanicie de Bogotá, de manera que los habitantes hubieron de huir a los montes y contemplar tristemente allí el gran estrago. Acudieron entonces a Bochica, y este aparecioSe una tarde a la caída del sol, en un arco iris y llevando en la mano una vara de oro; con ella, nuevo Moisés, golpeó las rocas, de modo que estas se abrieron, precipitáronse las aguas del valle formando el Salto de Tequendama, y la Sabána quedó seca. Airado Bochica por el comportamiento de Chibchacum, le condenó a llevar á cuestas la Tierra; pero de tiempo en tiempo este Atlas de los chibchas se cambia la carga de un hombro a otro, resultando así los terremotos y temblores, explicación verdaderamente ingenua y poética. De acuerdo con otra leyenda, fue la primera mujer quien causara la inundación, y una tercera versión se la atribuye a la bella pero malvada esposa de Bochica, llamada Huitaca. Bochica entonces la arrojó lejos de sí, y ella pasó a ser la luna, que ahora alumbra a la Tierra.

* 
Sic. (N. del T) (regresa*)
3
Concurcóndor; ma: altura; marca:estar encima; ca:aquella (regresar3)
*2
Sic. (N. del T.).  (regresar*2)
4
 Véanse más datos en el básico trabajo del doctor Liborio Zerda El Dorado. (regresar4) Estudio histórico, etnográfico y arqueológico de los Chibchas. (Bogotá, Silvestre,
1883), al que aquí nos atenemos.
5
 La legua equivale aquí a 4,83 kms.  (regresar5)
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