PREFACIO
 

El prólogo que se acostumbra poner al principio de los libros, me parece que es no solamente una cortés invitación que hacen sus autores a los que quieran leerlo, sino también una cosa casi necesaria para dar en seguida una idea de lo que se trata. Ya que más presto uno se anima a recorrer una obra cuando se ha dado cuenta de la materia al menos en sus líneas generales, del orden y del fin con que fue compuesta. Y ésta mía, para comenzar por lo último sin más preámbulos, no tiene otro fin que el de dar a muchos que me lo han pedido, una justa idea de los países americanos, idea ahora necesaria para conocer bien esta parte del mundo, años atrás tan alterada y aun deformada por la exageración o por las falsedades.
Con esto no pretendo decir que voy a hacer de Aristarco, de manera que pretenda borrar todo lo que se ha escrito sobre América por los autores que me han precedido. Antes me sirvo de todos, de todos escojo lo mejor pero nada más; ya que yo, no sé por qué innata libertad en este punto, que conozco muy bien, no sigo ciegamente el modo de pensar de los demás, salvo en aquello en que no se apartan de la verdad.
Y héteme aquí dispuesto a decir la segunda cosa, esto es, la materia de mi libro. Para hacerla en cuanto sea posible del todo veraz, me he servido de tres medios eficacísimos: de mis ojos, de mis oídos y de los fieles relatos de los demás. No puedo afirmar que lo he visto todo, oído todo, lo que para algunos daría mayor valor a mis relatos.
Pero qué importa eso? Lo he oído y leído, lo he coleccionado también diligentemente de las cartas de mis corresponsales, testigos de vista, testigos integérrimos a los que he pedido sucesivamente noticias de las provincias en que se encontraban.
Etas son las fuentes a que recurrí para suplir en mi historia lo que no pude obtener en mis peregrinaciones. Y aquí debo nombrar con espacialísima gratitud entre los primeros a los Padres José María Forneri (1) y Antonio Salillas (2) mis carisimos compañeros de misión en el Orinoco, del primero obtuve los más preciosos informes sobre la provincia de Caracas en la que vivió algunos años y del otro datos sobre los Llanos de San Juan donde estuvo de misionero de los Amarizanos antes de venir al Orinoco. Viene luego aquel que por sus singulares talentos debía ser el primero, a saber, el Padre Santiago Torres, mi maestro de Teología allá en Santafé del Nuevo Reino, a quien debo preciosas noticias; luego el Padre Juan Manuel Collado, (3) muy conocedor de la Tierra Firme, pero especialmente de los gobiernos de Maracaibo, Santa Marta y Popayán.
De los datos del corregimiento de Tunja soy deudor en gran parte al P. Enrique Rojas (4) y a otro muy digno sujeto que por humildad quiere permanecer oculto. Pero con qué elogios acompañaré las escogidísimas anécdotas que me suministró el P. Juan Fuentes (5) no solamente sobre la provincia de Neiva, sino también sobre el corregimiento de Mariquita y otras regiones en que vivió? Con qué elogios ponderaré los datos eruditos del P. Yarza (6) sobre el célebre Salto de Tequendama? Cómo elogiar los muy exactos del P. Salvador Pérez (7) sobre la provincia de Cartagena, del gentilísimo P. Jiménez (8) sobre Antioquia, del : Lorenzo Tirado (9) sobre las aves canoras de los climas fríos, y de otros tantos que ya de viva voz, ya por escrito me han ayudado cortésmente a hacer llevadera la carga que me he impuesto?
Solamente que estos medios, aunque valiosísimos, no hubieran bastado para mi deseo de ser exacto. También he leído cuidadosamente los historiadores antiguos y modernos que se verán citados en su lugar, ya para confirmar lo que digo si acertaron, ya para mostrar sus errores si los cometieron. El primero que escribió acerca de Tierra Firme fue el Padre Simón, luego Piedrahita y Zamora, cuyas historias sigo en su totalidad. El señor José Oviedo a quien para diferenciarlo del primer historiador de América don Fernando, llamaremos el joven, se limitó a la descripción de la provincia de Caracas; a la del Orinoco el P. Gumilla, a la de la Nueva Andalucía el P. Caulin. De todos he tomado materiales muy oportunos para mi trabajo, merced a la innata gentileza de aquel conspicuo y noble personaje que me los dió a leer con toda comodidad. Hablo del Caballero Don Jasé Nicolás Azara, Ministro de S. M. C. ante la Santa Sede, quien con incomparable deferencia me ha suministrado siempre cuanto he creído necesario para la composición de mi historia.
Habiendo hablado de la materia de mi obra, debo decir algo del orden en que la he dividido. Como cualquiera puede verlo, es algo nuevo para nuestra Italia, no intentada antes por nadie, amena e interesante. Por consiguiente, debía presentarla de tal manera que fuera inteligible para cualquiera, dividiéndola en varias partes. Y he seguido diligentemente este método, reduciendo el todo a dos libros, suministrando notas según mi costumbre; en uno de los cuales, después de algunas noticias necesarias para el lector, describo el estado natural de Tierra Firme, en el otro el político y sagrado, a fin de presentar en un solo tomo, un ensayo del estado civil presente de América, bajo los españoles, como ya presenté el estado salvaje bajo los indios en la descripción del Orinoco. Pero esta manera de razonar muy aceptable para los sabios, y para mí de más fácil empresa, quizás no agrade a aquellos que quieren divisiones más extensas y quieren saberlo todo, conducidos de provincia en provincia. Pero yo a pesar de mi renuencia contento también a éstos, llevándolos como de viaje en un Apéndice ordenado, no para repetir lo ya dicho, sino para describir las poblaciones de Tierra Firme, y como suplemento de aquello que no se puede decir cómodamente en una historia general.
Toda historia, tanto más si se trata de países foráneos como la mía, exige ya en virtud de la moda, ya por la comodidad, tener a la vista un croquis de los lugares descritos; pide que se ponga por delante la carta geográfica que los explique. Y solamente Dios sabe cuánto trabajé por tener una muy exacta de Tierra Firme, llamada también Nuevo Reino de Granada. Pero aún no la hay. Desde hace tiempos se espera una más pormenorizada y más cuidadosa de cuantas han aparecido, del Padre Joaquín Subias, versadísimo en esta materia. Pero todavía no se ha dado a la estampa. En estas dificultades, qué partido tomar sino el que ya conozco como propicio, recurrir al Caballero ya citado, bien dotado de libros apropiados para esta tarea y tan amable en prestármelos. Me dio para copiar la de M. Bonne, la que presento a los lectores dibujada por el docto Padre Veiga, y que es la mejor de las impresas hasta ahora.
No me queda por decir sino una palabra sobre las lenguas americanas, de las que prometí, que si podía, daría otras noticias. Y doy algunas, como de paso. Pues con qué fin voy yo a tratar más profusamente estas cuestiones, después de la egregia colección que de todas, no sólo de las americanas más conocidas, sino también de las asiáticas, africanas y las nuestras ha hecho últimamente el infatigable doctísimo Padre Lorenzo Hervás mi gentilísimo amigo? El en poco tiempo hizo un libro (10) que para componerlo parecía solamente ser competente una conspicua academia, de lo cual profundamente me alegro y me congratulo con él. Tanto má cuanto él por su natural gentileza estaba dispuesto a diferir su estampa o a suprimirla si yo lo creía conveniente para la obra que yo había emprendido sobre el particular. Pero valga la verdad, yo no sólamente aprobé su provechoso proyecto sino que lo felicité y lo exhorté a ponerlo por obra cuanto antes, y a petición suya le suministré algunas pocas cosas que yo había recogido para que viera si le servían para el volumen que él proyectaba, volumen al cual mandamos a todos los que se interesen por este género de estudios.
Me parece que basta ya de prefacio. Sin embargo no es así. Pongo en manos de mis lectores esta historia, pero no sin otras dos reflexiones. La compuse a gran distancia de Tierra Firme y quizás soy el primero en entrar a la palestra describiendo de parte a parte cuanto ella encierra en materia de vegetales, animales varios y minerales. Cuento las distancias de los lugares españoles, sus características y cien minucias más que podrían espantar al más valiente escritor. No habré errado en nada? No lo creo, y ésta es la primera. La otra es reafirmar aquí en este lugar, que yo en mis relatos solamente he abrazado la verdad o aquello que tal me parece, sin hacerme el maldiciente, nombre que muchas veces se ha cambiado por el de crítico. A mí no me corresponde arrogarme la crítica, cualidad que mientras más se enaltece se desvanece más. Eso sí declaro que abomino la maledicencia para con cualquiera, pero especialmente para con aquellos a quienes debo tanta gratitud por sus finezas, ya que las he recibido de ellos muy singulares. Hablo de la ilustre nación española y de su clarísimo Rey CARLOS III, quien en señal de su real agradecimiento por la historia que compuse del Orinoco, se ha dignado honrarme con una real pensión, acompañada de una muy benévola carta que copio aquí en su original en gracia de mis lectores, en la cual se llama defensa de la nación y de su gobierno lo que al fin no es otra cosa que defensa de la verdad ultrajada sin razón por tantos y aclarada por mí en cierta manera.

(1)
Nació en Montanaro (Italia) el 18 (20?) de septiembre de 1719; ingresó a la Compañía el 27 de agosto de 1740. Se embarcó para América en 1743. Después de la expulsión vivió en los colegios de Fano y Loreto.
(2)
Nació en Alquézar (Huesca, España) el 2 de marzo de 1717; entró a la Compañía el 17 de septiembre de 1740, profesó solemnemente el 2 de febrero de 1758. Murió en Fano (Italia) el 24 de febrero de 1790.
(3)
Nació en Belmonte el 22 de septiembre de 1714; entró a la Compañía el 15 de agosto de 1739; vino al Nuevo Reino en 1743. Residía en Mompós en 1751; procurador de las misiones en 1756. Fue rector del colegio de Mompós en 1763.
(4)
Nació en Tunja el 10 de marzo de 1729; entró en la Compañía el 30 de agosto de 1746. Secularizado el 25 de julio de 1768.
(5)
Nació en Baeza (España) el 20 de mayo de 1731; entró en la Compañía el 25 de octubre de 1748; vino al Nuevo Reino en 1750. Murió en Fano (Italia) el 12 de marzo. de 1788.
(6)
El P. José Yarza nació en Lezo de Giupúzcoa el 28 de septiembre de 1725; entró en la Compañía el 2 de octubre de 1744. Enseñó filosofía en la Universidad Javeriana. Desterrado en Italia, ecribió según el P. Hervás y Panduro una "Historia natural, civil y eclesiástica del reino de Santafé en América" en italiano, y una "Relación de lo acaecido a los jesuitas de Santafé, desde el 1 de agosto de 1767 en que se les intimó el destierro hasta su establecimiento en Italia". (Cfr. Revista Javeriana, 38 (1952) p. 170-183) Vivió 38 años en Gubbio y allí murió en 1806.
(7)
Nació en Parcent (España) el 25 de marzo de 1117; entró en la Compañía el 3 de mayo de 1740; vino a América en 1743. En 1751 enseñaba gramática en Cartagena, luego fue ministro y procurador del mismo colegio.
(8)
El P. Francisco Javier Jiménez nació en Medellín el 28 de marzo de 1718; entró en la Compañía el 31 de octubre de 1750. Misionero en el Orinoco. Murió en Roma el 12 de julio de 1793.
(9)
Nació en Medellín el 27 de noviembre de 1725, hijo del capitán Juan Tirado Cabello y doña Tomasa Zapata y Jaramillo; entró en la Compañía el 31 de octubre de 1745; enseñó en la Universidad Javeriana filosofía, teología moral y sagrada escritura. Fue rector del Seminario de San Bartolomé de 1760 a 1767.
(10)
Idea del Universo, Tomo XVII, Catálogo de las Lenguas.
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