CAPITULO II
DE LAS ENFERMEDADES
 

 

Un poco más extensos, porque así lo exige la exactitud que me propuse, seremos en el relato de las enfermedades de los diferentes climas de Tierra Firme. Ya dije al principio (1) que el repentino frío de Santafé aunque muy agradable, no es saludable para quien llega de tierra caliente, hasta que se acostumbra con el tiempo. Y si yo dije entonces la verdad, lo podrán juzgar mis lectores cuando haya hablado un poco al respecto. Llegué a Santafé en el mes de junio de 1743, pero en cualquier mes que se llegue, es siempre lo mismo, porque todos los meses poco o mucho son fríos. Una transición tan extraña del sudor a casi el entumecimiento no puede menos de producir fiebres agudas. En efecto, yo las tuve casi en seguida, a pocos días de haber entrado a aquella ciudad. Puedo todavía indicar los síntomas, pues los recuerdo muy bien: fiebre continua, delirio, falta de apetito. Y ésta que sería la última cosa en que pensaran nuestros médicos en Italia, trataban de vencerla mis compañeros trayéndome al almuerzo y a la cena platos abundantes.
Uno de ellos, el Padre Santiago López, padre muy grave de aquella comunidad, se puso en el trabajo de llevarme caritativamente de vez en cuando unas galleticas y con dulces palabras me consolaba diciéndome que esa era una enfermedad a la cual están sujetos todos o casi todos los europeos recién llegados a los climas fríos, y que se llamaba chapetonada, es decir, enfermedad de los extranjeros. Como deliraba casi siempre, no sé si tuve otro tratamiento distinto del ya indicado. Con todo esto, aunque algunos mueren de esa enfermedad, especialmente en Tunja cuyo frío es mayor, yo me libré felizmente de mi chapetonada o por el vigor de la juventud o porque así lo quiso Dios Nuestro Señor. Pero quién no ve que la tan famosa chapetonada no es otra cosa sino una constipación de humores producida por una repentina contracción de los poros? Nosotros mismos, si no tenemos cuidado, experimentamos otro tanto al pasar de un siroco asfixiante a un vehemente viento del norte, o en los meses de otoño, al acercarse el invierno. Si una persona llegara a semejante frío intempestivo no con vestido de tierra caliente, sino con vestidos de lana y después de la llegada se quedara en casa por algunos días, bebiendo en lugar del agua fría, agua un poco tibia y comiendo muy poco, estoy seguro de que la chapetonada o no lo cogería o no sería tan fuerte. ¿Pero quién piensa en tales cosas en la juventud?
Efectos también pero estables de los climas fríos son fluxiones de los dientes, dolores de cabeza y en todo el cuerpo, resfriados, inflamaciones de la pleura y algunas otras enfermedades que de vez en cuando aparecen allá para desgracia de los habitantes. Y no puede ser menos, porque como se interrumpe la transpiración, es forzoso que el cuerpo se llene también de humores malignos. En efecto, en Santafé las personas de vida sedentaria, no su dan nunca; para sudar un poco es necesario hacer largos paseos en lo plano o trepar las pendientes de los montes, hasta que uno se sienta bañado un poco en sudor. Esa era mi costumbre, y la de los que convivieron conmigo por cerca de seis años que viví en Santafé, por motivo de los estudios teológicos primero y luego por razón del magisterio de bellas letras. No es que los rayos del sol descubierto no sean allá abrasadores, pero los diminuye en seguida la sombra de los árboles o de las nubes, de modo que una persona se hiela al tiempo que se siente muy calurosa. Este tipo de estación, que aunque bonito no me parece muy feliz, es el que dentro de poco tendremos que comparar con el de los climas cálidos, para ver a cuál se da la preferencia. Pasemos entre tanto a las enfermedades de las tierras calientes, antes de tratar de una que ataca a todos.
En Cartagena, pero no en otros lugares de Tierra Firme que yo conozca, hay dos enfermedades formidables. La una se llama vómito negro y a la que según el diligentísimo y experto señor Ulloa (2) están sujetos los europeos llegados de España o de otros lugares. La otra se llama lepra, y según el mismo autor, están sujetos a ella los nativos de Cartagena y de su distrito. De la primera enfermedad mis lectores tienen alguna idea por lo que dije en mi Orinoco (3), en donde se ve alguna vez, pero no tan terrible. Conocen la segunda los que han leído a Astruc y otros libros similares de medicina. Por consiguiente será útil repetir lo que dice un amigo mio que estuvo en Cartagena muchos años. "En Cartagena, dice él, hay dos hospitales: el uno de San Juan de Dios está dentro de las murallas, el otro llamado de San Lázaro está fuera, cerca de una fortaleza del mismo nombre. Los atacados de la enfermedad de San Lázaro (así llama él la lepra) son recibidos en este hospital que está siempre cerrado para evitar contagio con los enfermos, ya que es una enfermedad muy contagiosa. Esta enfermedad es incurable, y es cosa lastimosa ver el estado a que llegan esos infelices en el curso de pocos años, pierden la nariz, las orejas, los dedos de las manos y los pies, etc., etc. Yo entré a confesar a un sacerdote moribundo que estaba en su cama, pero cubierto con un toldillo, y al acercarme me dijo: -"Padre, no levante el toldillo, pues estoy hecho un monstruo de pies a cabeza." Las fiebres tercianas y cuartanas no son desconocidas en Cartagena y en cualquiera otra tierra caliente, como tampoco el bicho y otras enfermedades semejantes de que hablé pormenorizadamente en mi primer tomo.
Tendré que volver a tratar de una enfermedad que en Tierra Firme es común a todos los climas, a saber, la venérea? Por una parte parece que no, pues hablé mucho de ella en mi Orinoco, pero por otra parte, acerca de esta enfermedad, tengo recientes buenas noticias de las cuales no debo privar a mis lectores. Yo creía que el mal venéreo (y en esto seguía la opinión de los tamanacos) no provenía de causa distinta de la incontinencia, de manera que eran atacados por ella solamente los que tenían comercio carnal con mujeres infectadas de semejante enfermedad. Y todavía creo sin duda que ésta sea la principalísima causa, pero he oído afirmar a personas que saben que ésta no es la única causa, y sin rubor alguno nos explicaremos mejor citando lo que un corresponsal me escribe acerca de este tema lúbrico. "La enfermedad, dice él, se encuentra frecuentemente (en el territorio de Cartagena) y tiene su origen en la excesiva humedad de aquellos lugares. Puede ser que algunos la contraigan por contacto vicioso, pero en su mayoría, las cosas no son así. Yo conocí jovencitos de costumbres angélicas infectados por esa enfermedad".
Y no es diferente el pensamiento del Señor Ulloa (4) quien pudo investigar la verdadera causa mejor que los misioneros. "La enfermedad venérea (así habla él del reino de Quito contiguo al de Santafé) es aquí tan frecuente que son muy raros los que no la tienen. Y es notable, que también los niñitos incapaces por su edad de haberla contraído, están sujetos también a los mismos accidentes ordinarios de los que la contrajeron por la vida disoluta que llevaron." Agrega después Ulloa que el reino de Quito por la dulzura del clima no es contrario a esta enfermedad. Pero fuera de la bondad del clima, allá como en Santafé habrá hierbas apropiadas para tratar esa enfermedad. El Padre Zamora cita dos (5) y he aquí sus palabras: "Para el achaque ordinario de las bubas (así llaman muchos españoles esta enfermedad) hay dos especies de yerbas con el mismo nombre: (hierba de bubas), una es blanquisca y bellosa, parecida a la Viravira. Otra de verde claro muy lisa, y con florecillas amarillas. El agua de sus cocimientos es eficaz para expeler el humor Gálico. Hechas polvos, y puestas en las llagas, que se ocasionan de este humor, las purifica y encarna. Usan de ella los españoles, porque para el mismo achaque la usan los indios". Tenemos aquí a los indios de Tierra Firme maestros ellos también de los españoles, como los de Santo Domingo de que habla Oviedo. (6) Por lo tanto, existía allá antes de la llegada de los españoles la enfermedad gálica, desconocida en aquel entonces por los europeos. Pero volvemos a una cuestión de la cual hablé mucho en el segundo tomo.(7)
Hablemos más bien de otra enfermedad característica de todos los climas de Tierra Firme, es la llamada de corazón. Mi condición de religioso me impidió cuando yo estuve en América ver sus síntomas en las casas particulares, pero en las iglesias fui testigo ocular de algunos casos. Apenas un fervoroso predicador sube al púlpito y truena amenazadoramente contra el pecado, representando con vivos colores oratorios el infierno, alguna mujer se desmaya. Se pone pálida, se retuerce toda de varias y extrañas maneras y por fin, como muerta cae en brazos de los circunstantes que caritativamente la llevan a su casa. Esta enfermedad es verdadera o fingida, originada por verdaderas convulsiones interiores o creada adrede a fin de ser llevada por los jóvenes que han corrido en su ayuda? Se dicen las dos cosas, pero aun admitiendo que algunas mujeres tengan semejante enfermedad, la mayoría creo yo y conmigo muchos, fingen astutamente.
Podría contar algunos casos para confirmar este juicio, pero bastan dos. En la iglesia del Colegio de las Nieves en Santafé, predicaba un día un celoso jesuíta. De pronto en la primera arremetida del orador, una joven que mostraba en su cara todo menos devoción, se dirige a su madre que estaba sentada al lado, y con voz baja, pero que oyó persona digna que me lo contó, le preguntó si ya era tiempo de que le diera el mal del corazón. Debería ser nueva en el arte. -No, le contestó la experta madre, espera un poquito más. Y después de haber contenido algunas veces a la hija muy ansiosa de salir a escena, por fin la codeó en el momento en que el predicador hacía la peroración. Y al instante, con el rostro pálido y temblando todo el cuerpo como una buena convulsionaria, fue llevada a casa por quienes quizás estaban al tanto del futuro accidente.
Entre las pocas hispanoamericanas que vivían en el Orinoco en mis tiempos, no hubo ninguna de esa clase. Pero un año llegó a Cabruta con muchos otros para las funciones de Semana Santa, una mulata forastera. Ignorante del severo estilo del Orinoco, al oír la primera prédica, según la costumbre de su pueblo, fingió el mal de corazón, pensando conseguir o alabanzas o asistencia, pero gracias a la sagacidad de aquella gente, quedó desilusionada. Nadie se movió para asistirla, antes, bien, habiéndose intimado un castigo si continuaba turbando la paz de la aldea, desistió completamente de su mal. Y dicen que lo mismo ha pasado aquí en alguna parte con las posesas del demonio. Entonces el mal del corazón es una enfermedad de escena? No digo tanto, pero la comparo en muchos aspectos con las convulsiones de nuestras mujeres, a veces verdaderas a veces fingidas, según les resulte mejor. Una enfermedad semejante a la del corazón a saber, las enfermedades histéricas, todavía no han llegado a América. Las buenas americanas lo huelen todo sin que les cause daño, algunas se hacen las remilgadas a los olores más fuertes, pero nada más.
Las enfermedades de que acabamos de hablar, como son conocidas solamente por los que las padecen, hacen dudar a los demás de su realidad. Y aquí tenemos otra compadecida por todos. Hablo de los bocios, es decir las grandes excrecencias de la garganta. Es una enfermedad que aquí se ve muy raras veces, pero en Tierra Firme es tan frecuente que hay lugares en donde casi se muestra con el dedo al que no lo tiene. Así me dicen que es la tierra caliente de Mariquita, no menos célebre por sus minas de plata que por los deformes bocios de sus habitantes. No son tantos, pero tampoco son raros en Casanare y Pamplona, sitios de los cuales el primero es caliente y el segundo frío. Allá creen que esta es una enfermedad causada por el agua de tomar, y yo no debo decir más.
Terminemos con la bilis, humor que en todos los climas de Tierra Firme o aumenta o se altera en toda clase de personas. El carácter suave de los hijos de españoles en aquellos lugares hace que disimulen de propósito los movimientos de ira, así que parecen siempre del mismo ecuánime carácter en su conducta. Pero quién puede dejar de sentir el conflicto interior, especialmente cuando no se amortigua la bilis con el chocolate o con otra comida? Esto puede parecer en Italia de poca importancia, pero no allá, donde la realidad es que en ayunas úno se encuentra pronto al malhumor, tan molesto a lo demás, tan hastiado de sí mismo, que aun el más alegre, si no vigila atentamente su conducta, monta en cólera, lo que muchos atribuyen al clima y muchos a la calidad de los alimentos.

(1)
Parte I. cap. V.
(2)
Viaje a la América merid.
(3)
Tomo II, lib. II, cap. IX, pág. 160.
(4)
Viaje a la América merid.
(5)
Hist. del Nuevo Reyno, lib. I, cap. X.
(6)
Historia Natural de las Indias, Lib. X, cap. II.
(7)
Nota VI.
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