CAPITULO II
De los antiguos indios de Tierra Firme
No entenderíamos bien la condición de los actuales indios de
Tierra Firme, si no dijéramos algo de sus antepasados, ya que es
necesario compararlos entre sí para dar un juicio imparcial. Para
tal fin, entre la multitud de cosas que se podrían decir de ellos,
escojo especialmente cinco para tratar aquí: población, gobierno,
religión, artes e idiomas. Parece que no hay otras más importantes,
y la trataremos con aquella brevedad que permiten los estrechos
límites que nos hemos fijado. Y para comenzar por la población de
Tierra Firme, ocurre preguntar si cuando llegaron allá los
españoles era más numerosa de lo que es en la actualidad. Y
hablando en términos generales, no sabría contradecir a los que
dijeron que entonces era muy poblada. Si, yo lo creo, y creo
también que en los primeros años de la conquista contribuyeron a
disminuír la población ya las frecuentes batallas con los
españoles, ya nuestras enfermedades que con ellos pasaron de
nuestro continente a América. Es conocido el daño que a una nación
llevan consigo las armas y las enfermedades que se unen para
combatirla. Pero que estas dos cosas, aunque tengan fin o alguna
tregua, son exterminadoras de una nación, estoy seguro que no lo
creerán los que dirijan su mirada al estado floreciente de nuestra
Italia, oprimida no menos por las armas de naciones bárbaras que
por larguísimas pestilencias. Ahora bien, que estos dos poderosos
enemigos hayan desolado la Tierra Firme de tal manera que su
condición actual sea diferente en todo a la anterior, créalo quien
quiera. Yo por mi parte, tendré siempre como cierto que su antigua
población fue más o menos como la actual, es decir grande, pero no
tanto como la exageran. Y he aquí las razones en que me
fundo.
I-Las guerras entre los indios eran sangrientas y continuas, como
lo prueba superficialmente la historia de todas las naciones
americanas. Por lo tanto, no se diga a este respecto que su número
fue disminuído por los españoles. II-Antes de la conquista no hubo
viruela ni rociola, pero no faltaban ni faltan tampoco ahora otras
enfermedades no menos terribles. III-El sentido común no permite
pensar de ninguna manera que antes de la llegada de lo españoles
murieran menos indios por enfermedad. Antiguamente, cuando se
enfermaban eran abandonados por sus parientes, llevados a las
selvas y dejados allá a su suerte con un pedazo de casabe y un
miserable vaso de agua. Ahora son asistidos cristianamente y
alimentados convenientemente por sus parientes, por muchos
dignísimos párrocos y por varios españoles caritativos. Ninguno es
sepultado medio vivo como antes, a ninguno se hace morir antes de
tiempo. Qué diré de los abortos muy frecuentes entre los gentiles,
de las criaturas lisiadas que sus padres condenaban a muerte, de
los mellizos ahogados al nacer y de otras cien monstruosidades
borradas con la predicación del cristianismo?
Estas razones, que sin embargo no son todas, según mi juicio
constituyen una prueba más que suficiente de que la antigua
población era casi igual en número a la actual. Y no se me objete
que yo tengo en contra la afirmación de historiadores antiguos, que
exageraron hasta las estrellas la población de Tierra Firme. Pues
yo contesto así: escribieron ellos de veras con sana crítica? no
exageraron nada las victorias logradas? contaron ellos los millares
de millares que quedaron muertos en el campo de batalla o lo
supieron por los indios que escaparon de la muerte? Lo primero, con
respecto a la crítica, yo no la veo en ellos. De lo segundo no
estoy persuadido. Lo tercero, el cálculo de los millares es
increíble en pueblos que como dije en el segundo volumen, tienen
tal manera de contar que para llegar a ciento, casi diría que
necesitan una hora. Además esos mismos historiadores convienen
todos en atribuir a América la misma numerosa población? Todos no,
al menos los de México, y para aclarar esta afirmación, háganme el
favor de leer a Bernal Díaz. Los escritores de Tierra Firme quizás
por el común deseo de buscar en todos sus relatos lo
extraordinario, no se contradicen. Pero qué importa? la naturaleza
misma de las cosas que cuentan nos produce la sospecha racional de
que son exageradas.
Leyendo atentamente sus historias, yo encuentro que había lugares
completamente despoblados, y que los conquistadores para llegar a
una rica nación que se les indicaba, tenían que viajar penosamente
entre las soledades. Y para mí, concluyo que la población de
aquellas regiones no debía ser por consiguiente tan numerosa como
ellos afirman no con todos los pormenores sino solamente en sentido
general al hablar de infinitas naciones y de pueblos innumerables.
Y además quién no sabe que los enemigos aunque poco numerosos
siempre parecen ser muchos a quien lucha contra ellos? Aquí por
ejemplo, viajando por un río, se presentan en las orillas veinte o
treinta indios y te lanzan flechas. Allá se ven otros tantos que te
amenazan de muerte con el arco tendido. En otro lugar, tienes una
tropa igual de enemigos. Se ven ya a la derecha ya a la izquierda
del río, y el viajero creerá que se han conjurado contra su barca
todos los indios vecinos de aquel río y creerá justamente, porque
no hay más. Pero erraría si haciendo la cuenta dijera: en un lugar
ví treinta, treinta en otro, treinta con una pluma en la cabeza,
treinta sin pluma, treinta palmoteando y gritando en señal de
victoria, treinta lanzando flechas contra los viajeros, por lo
tanto los indios eran ciento cincuenta. No, sería un error. Los
indios que se han visto en tan diversas partes son treinta y nada
más.
Los mismos que se vieron al principio, ya en una parte del río ya
en otra, a veces amenazando, a veces peleando, a veces con plumas,
a veces sin ellas, aparecen aquí y se retiran; se muestran en otra
parte y se esconden nuevamente en la selva; nadan a la derecha, a
la izquierda, como les resulta mejor. Tanta es la astucia de esa
gente para aparecer numerosa. Esto pasa diariamente en el río Meta,
por qué no pudo ser lo mismo en las primeras conquistas de Tierra
Firme? (N. XIII)
Cuál fue el gobierno de esas naciones? Tal como el de los salvajes
actuales del Orinoco: gobierno de pequeños caciques, gobierno casi
precario, gobierno en suma que no llegó nunca a la perfección.
Deben exceptuarse de esta afirmación general los pequeños reyes de
Bogotá y de Tunja, 1lmados los primeros zipas y los segundos
zaques, y los dos, señores de la numerosa población de los muiscas.
Ellos, aunque de imperio reciente todavía antes de la conquista de
los españoles, fueron sin embargo más poderosos que todos los demás
de Tierra Firme y dieron a sus pueblos un estatuto mejor. Tuvieron
relaciones con los Incas e imitaron su forma de gobierno. Y esto
baste para mi propósito, quien desee algo más, lea a Piedrahita que
trata el asunto por extenso.
Trataremos un poco más detenidamente de la religión. Y por lo que
se refiere a las naciones sometidas a los menos renombrados
caciques de Tierra Firme, puede decirse en general que fueron
supersticiosas, pero tal vez nada más. Pocas de esas naciones
admitieron la idolatría, al menos manifiestamente. Más bien muchas
tribus indias no sufrieron nunca la tacha de haber idolatrado o
adorado ídolos u otras cosas terrenas o planetas, como escribe el
dominicano Zamora en su Historia, después de Piedrahita. Lo cual
afirmo yo también de las naciones orinoquenses que conozco, y lo
afirmaron los misioneros de las casanarenses y del Meta. A esto hay
que agregar que esas mismas naciones en su barbarie tuvieron luces
bellísimas acerca de la existencia de Dios, de la inmortalidad del
alma humana y de otras importantísimas verdades. Es de lamentar la
infeliz suerte de las naciones que en las primeras conquistas de
los españoles parecieron menos salvajes. El objeto que he propuesto
me impide tratar de los peruanos, y de los mexicanos, reducidos lo
primeros a la vida social por los Incas, los otros por los reyes de
México. Trato solamente de aquellos que me pertenecen como por
derecho para contar su historia, es decir de los tunjanos y de los
bogotanos.
Estos dos pueblos muiscas, habitantes ambos de los climas fríos,
tuvieron entre sí discordias irreconciliables, guerras continuas,
luchas perpetuas por la supremacía. Los primeros obedecieron a los
zaques de Tunja, los segundos a los zipas de Bogotá, pequeños reyes
valerosos y ricos. Mientras estaban siempre en desacuerdo en todo,
convinieron sin embargo en la religión, adoraban los mismos dioses,
tenían las mismas ceremonias sagradas, los mismos ritos. Todos
adoraban al sol y también a la luna porque la creían esposa del
primero, levantaron templos en su honor y les asignaron sacerdotes
para su servicio que ofrecían a esos dioses falsos como sacrificio
o como don, no sólo las esmeraldas, la plata y el oro más fino,
sino también figurillas que representaban moscas, sapos, serpientes
y otras cosas por el estilo.
Tres fueron principalmente los templos, en los que además de las
cosas indicadas ofrecían también a los dioses víctimas humanas
sacrificadas en su honor, aunque como dicen, en pequeña cantidad:
Sogamoso, Bogotá y Guatavita. Pero el más célebre de todos fue el
de Sogamoso residencia no sólo de muchos sacerdotes comunes, sino
también de uno que presidía a todos y era el gran jefe de esta
religión indígena. Me alargaría demasiado si contara ya las
procesiones, ya los rezos que ellos introdujeron para
entretenimiento o devoción del pueblo en algunos tiempos del año.
Quien quiera saberlo todo, lea a Piedrahita (1) en cuya obra verá con agrado y
maravilla lo que él dice de algunas luces que esos indios tuvieron
a pesar de sus tinieblas. Ellos, según su opinión, conocieron un
Ser Supremo que creó todas las cosas, y este sentimiento que es muy
fácil encontrar en un ser racional, no me causa extrañeza. Más
sorprendente es el conocimiento del juicio final y de la
resurrección universal de los hombres, y sin embargo, lo tuvieron
también, ya fuera de sus antepasados digamos así, descendientes de
Noé, ya de los cristianos que fueron allá antiguamente, antes de la
conquista de los españoles.
Y baste por ahora haber dicho esto acerca de un punto al cual
deberé volver más detenidamente en él tomo que prometí sobre la
Religión antigua americana. Entretanto, a quien me pregunte de
dónde tuvo origen el hecho de que entre luces tan fulgurantes,
comunes a todas las naciones de América, algunas de ellas a saber,
las sujetas a los mayores caciques, hayan idolatrado; algunas
otras, es decir las subordinadas a los caciques menores no hayan
caído en la idolatría, yo contesto (y compárese esta reflexión con
la que hice en el primer tomo) que esto tuvo origen en los Piaches
o embaucadores semejantes que aprovechando la dominación más fuerte
de algún reyezuelo y habiéndolo sobornado con engaños, obligaron a
los indios, contra su habitual pereza, a fabricar templos a los
dioses, a hacerles inclinaciones y genuflexiones y a ofrecerles
regalos útiles no tanto para ellos como para sus sacerdotes.
La amplitud del tema que tengo entre manos, me aconseja ser breve y
limitarme cuanto mas pueda a los dos puntos que quedan de los cinco
que me propuse investigar acerca de los antiguos pueblos de Tierra
Firme. Y para hablar primero de las artes que ellos conocieron, no
hay duda de que la de hacer muros como nosotros o no la conocieron
o no la usaron. Las casas de los zipas de Bogotá y las de los
zaques de Tunja, aunque exageradamente Piedrahita las llama
palacios, eran de tapia pisada y los techos de paja, que a los
primeros conquistadores cuando los vieron de lejos, les parecieron
castillos altísimos. Es verdad que esas sedes reales americanas
estaban rodeadas por uno o más cercados, pero éstos eran de palos
enterrados circularmente en tierra y unidos con bejucos, como las
empalizadas de los guipunavos del Orinoco, que describimos en otra
parte. (2).
Para derribar los cercados del zaque de Tunja, que eran ciertamente
los más fuertes, no hubo necesidad de artillería, fue suficiente e
sable del alférez Olalla que cortó las rústicas ligaduras. (3) La fábrica más famosa de
los muiscas (así se llamaron los habitantes de la tierra fria de
Santafé y Tunja) fue el templo de Sogamoso, del cual era sumo
sacerdote y señor cierto Sugamuxi, llamado después del bautismo don
Alonso. Como de costumbre, Piedrahita la llama suntuosa, majestuosa
y riquísima. (4) Yo
no discuto la riqueza tratándose de un templo al cual llevaban
tántos a manos llenas sus regalos. Pero sus muros eran de cañas,
las columnas de madera, el techo de paja. Después de los templos y
palacios reales, no digo nada de las casas particulares de los
indios, serían como las que se ven en la actualidad, sucias,
rústicas, no obstante los continuos consejos de sus curas y
corregidores.
No hay que pasar en silencio el cuidado que esos indios, como otros
muchos de Tierra Firme, tuvieron de las palizadas desde las cuales
se defendían en sus contiendas de los enemigos y les lanzaban
intrépidamente sus flechas. La fortaleza de Cajicá (así llamaremos
sus palizadas) fue muy célebre entre los bogotanos, y tal vez no le
fue inferior aquella a donde se retiró huyendo de los españoles el
zipa Tisquesusa, y que estaba cerca a Facatativá. Pero los muiscas
eran más expertos en tejer telas para cubrirse, que en el arte de
fabricar casas, templos y fortalezas. Y esto se explica por el
clima frío en que vivían, aun estando rodeados de pueblos desnudos.
Los escritores españoles alaban mucho esas telas que yo creo fueron
semejantes a las que en algunos lugares tejen actualmente. Y de
veras merecen esas alabanzas, pero de ésto hablaremos más
extensamente en el capítulo siguiente que trata de los indios
convertidos a la fe.
Gran alabanza merece también la extracción de la sal proveniente
del agua salada y de la cual hablé profusamente en el primer libro.
Esta manera de sacar la sal, antes de la conquista de los
españoles, no era desconocida a los indios de Tierra Firme y en
muchas partes había fábricas. El hilo de pita, que se extrae de las
fibras de la planta maguey, no encuentro escritor alguno que me
indique si fue descubierto por los indios antiguos o por los
españoles, pero sea lo que fuere de sus descubridores, es cierto
que no hay hilo más bonito. Región tan rica en oro y plata, tenía
que invitar a los indios a recoger esos metales en las orillas de
los ríos sin mucho trabajo. Y he aquí que a la vista de esos
preciosos metales surgió en ellos el deseo de amontonar pequeños
pedacitos dispersos, fundirlos como cera y formar según su gusto
láminas de varias clases, figuras de animales, estatuitas y cosas
semejantes. De qué crisoles se sirvieron? qué medios apropiados
usaron para lograr su intento? ningún escritor antiguo lo dice, y
tal vez nadie lo supo de boca de los indios que eran muy reservados
en sus secretos. Es cierto que ellos conocían el arte de fundir,
como son ciertos los talleres de fundición de los taironas de Santa
Marta y de otros antiguos habitantes de Tierra Firme, pero nada
más. Con todo esto, aunque no tantos como desearía, tengo
documentos para presentar que no desagradarán al lector. Y antes de
todo, acerca del peso y toque del oro, cosas de las que tuvieron
conocimiento los indios de Tierra Firme, así habla en su historia
el Padre Pedro Simón (5):
"Al principio del golfo de Venezuela al Noroeste (respecto de la
ciudad de Coro) está la entrada de esta laguna de Maracaibo y el
cabo de Coquibocoa, entre cuyos indios sólo se ha hallado hasta
hoy, de todas estas Indias Occidentales, peso y toque para el
oro".
Una noticia muy útil para conocer el uso que de los metales
hicieron los indios de Tierra Firme, nos da el relato que de una
antigua fundición me hace un amigo muy gentil, a quien he citado
muchas veces. El la descubrió casualmente en la provincia de Neiva,
que es riquísima en oro y plata, mientras que sus dependientes
hacían una palizada para encerrar los terneros. Pues al enterrar
los palos, habiéndose dado cuenta de que el terreno estaba vacío,
hizo excavar para ver lo que había debajo, y sus diligencias no
fueron vanas. A poco encontró una fragua, así la llama él, formada
por lajas unidas con barro, pero cubierta por la tierra que le
había caído encima, de tal manera que sólo por ligeros vestigios se
podía ver que era un taller de fundición. La curiosidad lo llevó (y
quién no hubiera hecho otro tanto?) a buscar todos los rincones de
la fundición, a extraer la tierra y a lavarla diligentemente. Y con
éxito, pues encontró oro trabajado en diversas formas, es decir,
granos algunos grandes como garbanzos, otros pequeños como
municiones de arcabuz, figuritas de mariposas y moscas pero
sutiles, como él dice, y no muy trabajadas, y en fin, oro fundido,
a manera de rústicos utensilios para trabajar los campos y cortar
los árboles.
Y siendo todas estas cosas de oro, como hemos dicho, cualquiera
hubiera podido encontrarlas en un lugar rico en oro, pero que junto
con el oro hubiese también otros metales, nadie lo creería, si no
nos lo hubiera dicho persona versada. Sin embargo, el citado Padre
me asegura que además del oro, había también cobre, plomo y hierro
en la fundición que hemos descrito. El que vio muchas de esas
manufacturas, piensa y con razón que eran una mezcla de varios
metales, y cree especialmente que el oro siempre era mezclado con
el cobre. Pero sea lo que fuere de la liga que los indios dieron
antiguamente al oro, no hay duda de que lo fundieron en diferentes
formas, y que tuvieron moldes apropiados para tal fin. Hemos visto
ya moscas, ya mariposas de oro y también un águila. "Hacia el año
1744, de la ciudad de Cartago, cerca a la provincia del Chocó (cito
las palabras de un antiguo discípulo, mío en Santafé, hoy carísimo
amigo) vino a Santafé un religioso Observante que traía consigo un
águila de oro de baja ley (quizás fundido con cobre) que había
sacado de un antiguo sepulcro encontrado casualmente. Esa águila
era del tamaño de una gallina y vacía en el interior" Y con este y
otros hechos que podría fácilmente aducir a no temiera hacerme
pesado, se prueba suficientemente que la habilidad de los antiguos
indios para fundir los metales no fue poca.
Es evidente que la fábrica de piedras pegadas con barro de que
hemos hablado, por las señales que se encontraron, estaba destinada
a la fundición de metales. Pero qué destino tuvo también otra de
piedra que se encuentra cerca de Coro? es grande, dividida en
varias habitaciones pequeñas, y lo que los mismos Incas no hicieron
nunca, le pusieron techo de bóveda. Pero es útil citar las mismas
palabras del mencionado Padre, para que cada cual puede pensar de
ella lo que mejor le parezca. "En la jurisdicción de Coro, dice él,
no lejos de la posesión de don Francisco Quirino, se encontró
casualmente un sótano, en el cual hay varias habitaciones con
bóvedas hechas de piedras cuadradas. En la primera de esas
habitaciones hay dos piedras empotradas en el muro y en forma de
pilas para el agua. Yo ví solamente dos de esos aposentos, pues no
entré a lo otros por temor de que hubiera serpientes". Este
precioso relato, en pocas líneas, nos da aclaraciones muy valiosas,
y nos muestra claramente que entre los indios de Tierra Firme,
aunque quizás muy raros, hubo marmoleros no despreciables y
personas que conocían el arte de construír muros, mejor que los
peruanos.
El mismo Padre, tan amable en suministrarme los documentos más
apreciados, me ha dado también noticias acerca de la escultura
antigua de Tierra Firme. "En la ciudad de Salazar de las Palmas
(son palabras suyas), perteneciente a la jurisdicción de Pamplona,
hay una piedra altísima, a la cual se puede subir fácilmente y en
cuya cumbre, con gracia semejante a la de las esculturas italianas,
se ven bajorrelieves de serpientes, tigres y otros animales, que
fueron en otro tiempo los ídolos a los cuales sacrificaron los
pueblos del río Zulia y del valle del Cauca". En qué época podremos
colocar esos milagros del arte indio? Sólo Dios lo sabe. El, a
quien nada se oculta, sabe también el tiempo en que los indios de
Tunja cavaron un pozo profundísimo, que aunque no tiene muros
continuos, y fue hecho cavando la tierra, supera en dureza a la
puzolana más fina, y demuestra suficientemente que quien concibió
esa obra tuvo algún conocimiento de la hidrostática. Pero quiero
citar al respecto las mismas palabras del ya alabado Padre.
"A una milla de la ciudad de Tunja, cerca a la finca que fue de los
jesuítas y que dista cincuenta pasos del río Vega, se encuentra un
pozo profundo, que se llama de Donato, nombre del primer dueño
español de aquella tierra. La tradición dice que a la llegada de lo
conquistadores, los indios escondieron en él sus tesoros. Lo cual
se confirma por el hecho de haberse encontrado algunas veces en sus
orillas pequeñas figuras de oro. Y entre otras cosas se dice que no
hace mucho tiempo, don José Gregorio Marín, ciudadano de Tunja,
encontró una serpiente de oro. En diferentes ocasiones se ha
tratado de secar dicho pozo, pero siempre en vano, pues cuando
parece que se ha llegado al fin del trabajo sacando el agua, se
llena nuevamente. La última vez que se trató de secarlo, fue en
tiempos del corregidor don Juan Bautista Maquín Barrena, y entonces
se vieron en el fondo unas vigas que se creyeron de oro, pero
tampoco en aquella ocasión se logró secano, pues volvió a llenarse
en seguida".
Así me escribe el Padre, y de viva voz me dijo que el agua del pozo
de Donato es turbia como la del río Vega, y que la boca del pozo
tiene más o menos veinte palmos de diámetro. Es cosa muy singular
que los indios con tanta abundancia de fuentes de agua dentro y
fuera de Tunja, cavaran deliberadamente un pozo tan profundo; yo no
entendiendo el fin de esa obra, pero creo fácilmente que un indio
de mentalidad más desarrollada, a fin de ver si en el nivel del río
Vega había también agua subterránea que no aparecía en los lugares
secos, emprendió con otros la obra de cavar la tierra hasta
encontrarla.
Es obra no del arte sino de la naturaleza, la laguna de Guatavita
que dista dos días de Tunja, se dice que también en ella los indio
arrojaban sus tesoros. Y por la semejanza con el pozo que hemos
descrito, damos aquí una idea muy breve de ella. Esta laguna, según
el ya citado Padre, tiene trescientos pasos de largo por ochenta de
ancho. Muchas veces se pica como el mar agitado por los vientos, y
el ruido de las olas se oye muy lejos, signos todos evidentes de
una fuente inexhausta que no necesita de agua que venga de otra
parte. Con todo esto, la codicia de las riquezas verdaderas o
soñadas de esta laguna, ha sido causa de que muchos hayan intentado
secarla, pero siempre en vano. El año 1758 el virrey Solís, hermano
del cardenal muerto no hace mucho tiempo en Roma, intentó también
secarla y en compañía de muchos ricos comerciantes de Santafé,
gastó y desperdició mucha plata con la esperanza de una incierta
ganancia futura. Se levantaron tiendas de campaña en las orillas de
la laguna, muchos obreros trabajaron allá cerca de dos años, pero
nunca se obtuvo éxito, porque la laguna volvía a subir
continuamente.
Vuelvo al camino que había dejado. Los idiomas son un tema que me
seduce y por eso he tratado aunque en vano de investigar sobre los
que se hablaban en Tierra Firme. Con todo esto, debo confesar
sinceramente que he descubierto muy poco, ya por culpa mía ya por
culpa de quienes escribieron la antiguas historias. El idioma del
cual tenemos algún indicio en Piedrahita (6) es el que usaron antiguamente los muiscas
y que él mismo llama chibcha. Ese idioma fue propio del reino de
Santafé y Tunja. Los panches que eran sus vecinos, qué idioma
hablaron? cuál los colimas, muzos y demás pueblos lejanos? Advierto
por todas partes un profundo silencio o un insufrible descuido. Es
verdad que en Piedrahita y otros antiguos escritores no se lee nada
más frecuentemente que la existencia de nuevos idiomas atribuídos a
aquellos pueblos. Pero ésto es suficiente para creerlos distintos y
no más bien dialectos, todos o en su mayor parte, de un mismo
idioma?
Encuentro que es peor todavía el sistema que se usa para nombrar
las naciones de Tierra Firme. La nación que ya mencioné de lo
muiscas, para seguir a Piedrahita y otros que así la llamaron, tuvo
en efecto ese nombre? No, ciertamente. Según él, muisca no
significa otra cosa sino gente. Y sin embargo, quien pudo conocer
el verdadero nombre cuando era una lengua viva, dio nombre tan
general a una nación que tal vez, si nos atenemos a lo que es
común, no tuvo otro nombre sino el de chibcha. Qué diré de los
nombres que se dieron en lengua española a las naciones indias,
como los de Cabelludos y Motilones, etc.; qué de otros nombres
tomados del de alguna población o de los caciques que la
gobernaban? Sin embargo, entre esas tinieblas encuentro alguna luz
que puede ayudar a encontrar la verdad. I-Las provincias frías de
Santafé y Tunja parece que fueron habitadas por los chibchas. II-
Dueños de los lugares cercanos a los chibchas, al poniente y norte
de Bogotá, fueron los panches, sus eternos rivales; de éstos hay
que creer que no tuvieron idioma diferente del de los primeros.
III-Las provincias de Neiva y Antioquia fueron posesión de los
pijaos, de los coyaimas y natagaimas; los unos habitaban en los
montes y los otros en lo llanos, pero tal vez todos hablaron el
mismo idioma.
IV-El río de la Magdalena estuvo habitado por los marquetones, los
guarinoes y tamanaes. Tuvieron estos idioma semejante al de los
tamanacos del Orinoco? quién nos lo podrá decir a tanta distancia
de esos lugares? V- En la provincia de Santa Marta dominaron y en
parte dominan todavía los guagiros, los cocinas, los taironas y
otros que no sé decir si son de idiomas completamente diferentes o
de un mismo idioma dividido en diferentes dialectos. Y esto es
suficiente sobre las provincias indicadas. Quien quiera saber más,
lea el capítulo segundo del primer libro de la Historia de
Piedrahita. IV-Paso a las dos provincias de Caracas y Cumaná. Yo me
afirmo siempre más en la opinión que indiqué en otra parte, es
decir, creo que en dichas provincias no se hablaba otro idioma sino
el caribe, que aunque dividido en varios dialectos, se extendió al
menos hasta el Apure. Un cacique del cual habla el señor Oviedo y
Baños (7) se llamaba
Tamanaco. Carapaica, nombre de un indio muy valiente del cual habla
el mismo autor, es nombre igualmente propio en el idioma de los
tamanacos, es decir de los caribes, que como dijimos en otra parte,
todos son uno. (8)
Canopoima, lugar lluvioso; acaprapocon, arquero, voces indicadas
también por él, son puras tamanacas o caribes. Pero abuso demasiado
de la paciencia de mis lectores, pasemos a otra cosa.
(1) |
Lib. I, Cap. III. |
(2) |
Tomo II, lib. IV. cap. VI. |
(3) |
Piedrahita, lib. V. cap. IV. |
(4) |
Lib. V, cap. V |
(5) |
Noticia, historiales, Parte I. Noticia VII. |
(6) |
Lib. II, cap. I y VI. |
(7) |
Lib. VI. cap. VII. |
(8) |
Tomo III, lib. III, cap. XII. |
