CAPITULO II
Costumbres de los negros de Tierra Firme
Hablaré del físico de los negros, casi como de carrera. Tienen
dos cosas repugnantes para no gustar: el color negro y el mal olor,
que es mucho mayor en los no civilizados. Con todo esto, pasa en
América más que en otras partes del mundo, que una pasión amorosa
no desdeña tampoco al negro, pues hay allí muchos que toman mujeres
negras, no sólo como concubinas sino también como legítimas
esposas, lo que debe atribuírse no tanto a la belleza de esas
mujeres como a la excesiva familiaridad con que se tratan. Más
adelante hablaremos de sus hijos que tienen más de la blancura del
padre que de la negrura de la madre. Entre tanto y como de paso, no
dejo de anotar que la blancura de los hijos de los negros no es
siempre indicio de que la madre se ha mezclado con lo blancos.
Algunas veces, fenómeno raro, sin culpa de ellas sucede que los dan
a luz blancos, los llaman albinos. En el año 1743 yo vi a tres o
cuatro de esos en la posesión de Arviso, no lejos de Cartagena. En
aquel entonces oí decir que una joven totalmente blanca pero muerta
antes de mi llegada a aquel lugar, había sido objeto de admiración
entre ellos por su singular blancura. Los que vivían todavía tenían
manchas blancas y negras, cabellos rizados pero rubios y ojos tan
débiles que apenas podían mirar el día.
Entre los negros no civilizados que se llaman por los países en que
nacieron congos, como se dice en Tierra Firme, otros manicongos,
mondongos y minas, hay diferencias morales y físicas que no
pertenecen a la historia. Pero debo decir que los negros forasteros
sean de donde fueren, son estimados por muchos señores españoles
más que los negros indígenas, pues los tienen por más fuertes,
sencillos y menos soberbios. Todos, después de un tiempo de estar
en América, aprenden el español, aunque entre los adultos son
rarísimos los que lo hablan bien. Los negros nativos de América,
sean esclavos de los blancos o libertos usan del lenguaje de los
españoles tan bien que se confundirían por su habla con los
españoles. Los esclavos, durante el tiempo en que trabajaban,
visten aquel vestido mísero que es propio de los esclavos. Las
mujeres sola falda, y los hombres pantalones solamente o una
pequeña falda. Un poco mejor visten en los días de fiesta. Por el
contrario, llevan un vestido más decente los libertos, es decir los
que o por testamento de su amo o por haber pagado dinero para su
redención, han recuperado la libertad. De estos libertos o nacidos
de ellos hay muchos en todas partes y yo no sabría distinguirlos de
los españoles sino por el color. Visten decentemente, estudian las
letras que les son necesarias, aprenden varios oficios y son
considerados como parte de la población en que se establecen,
aunque siempre en calidad de negros y por consiguiente, excluídos
de todo puesto público. Con todo esto, viven tan contentos de sí
mismos y de su condición de libres que los distingue de los demás
negros, que se llaman a sí mismos, a diferencia de los demás negros
y de los indios, gente racional, españoles y nobles. Así, cada uno
de ellos, si no tiene verdaderos títulos de grandeza, se contenta
con las apariencias.
Esta feliz condición de los negros libres, tal como los esclavos la
ven, hace que ellos también tengan deseos de adquirirla, y dos son
las maneras de obtener la libertad. Algunos se la procuran con su
trabajo, otros con esconderse: maneras muy opuestas, pero las dos
apropiadas para tal fin. Y para explicarme más claramente,
empezando por la primera, no hay esclavo en América al cual no le
sea permitido redimirse a sí mismo, dando a su dueño el dinero que
éste gasté para comprarlo. Cada cual sabe bien su precio, por
ejemplo si por él se dieron veinte, cuarenta o cien escudos, y
después de trabajar en sus tiempos libres no descansa hasta haber
reunido todo su precio, entonces lo lleva a su amo para el rescate;
el dueño puede rogarle que continúe en su servicio, pero nunca
obligarlo contra su voluntad. Oí hablar de un negro que para lograr
su rescate, puso debajo de la clueca un huevo, que fue el principio
afortunado de una producción de huevos y pollos que vendió a los
españoles ganando dinero, industria por lo demás muy
laudable.
Pero qué diremos de aquellos (y ese es el medio de los malos) que
para su redención se esconden y retiran a las selvas o se mezclan
con los indios gentiles? Y sin embargo, no faltan nunca esos
negros, a quienes los indios fugitivos llaman cimarrones. En mi
tiempo los había entre los caribes, entre los habitantes del Darién
y en otros muchos lugares. Pero ordinariamente son más los que
están escondidos en alguna selva o en las cumbres de las montañas,
y se cuentan de ellos casos muy curiosos que llenan los libros, no
sólo de los españoles sino de otros europeos que establecieron
colonias en América. Entre tanto, escojo uno que me contaron en el
Orinoco como recién pasado.
En la provincia de Caracas, no sé precisamente en qué parte, hubo
un lugar al cual concurrieron por mucho tiempo los negros. Cada día
faltaba alguno de ellos y por mucho que se preguntara al respecto,
no se lograba encontrarlo o saber el lugar de su retiro. Finalmente
un día se vieron algunas huellas de negros al pie del monte, pero
terminaban allí mismo y nadie podía pensar que estuvieran en las
estribaciones del monte, que por ser abruptas eran inaccesibles.
Pero desde las altas y espantosas piedras que impedían la subida,
vieron colgado un bejuco que por las señales que habían dejado,
mostraba haber sido el medio de superar la altura. Una persona más
animosa hizo el ensayo inmediatamente, y habiendo trepado por él,
vio que más arriba continuaban las pisadas que se habían perdido al
pie de la roca. Esto le basta, y después de haber anotado el lugar
solitario para no olvidarlo, se fue con una o más personas que le
acompañaban a dar la noticia a los dueños.
Subir a la fortaleza (vulgarmente con voz negra se llama cumbe), a
pleno día, con pocos hombres y sin armas, era cosa arriesgada. Por
lo tanto, habiéndose reunido una valerosa tropa de gente armada, se
fueron a la madrugada al lugar indicado. Y después de haber subido
uno tras otro por el bejuco, casi en seguida llegaron calladamente
al cumbe, entre cuyas casas o chozas una más alta y grande que las
otras, parecía una iglesia. Miraron silenciosamente las casitas
pero las hallaron desocupadas, lo que les hizo pensar que estaban
todos en la grande. Habiéndose aproximado, oyeron que dentro
estaban los negros, rodearon de gente armada el lugar y se
mantuvieron callados un poco de tiempo hasta que les pareció que
estaban como oyendo misa.
Y en efecto era así, pues uno de aquellos rebeldes simulando los
sagrados misterios, con un libro cualquiera en la mano, a poco
levantó una hogaza de maíz y después un vaso de chicha. Leyó, se
volvió al pueblo como el sacerdote y dio por fin la bendición, que
para castigo de sus maldades se les cambió en maldición. Pues los
españoles armados entraron en aquel momento y ataron a todos los
inermes negros. Los últimos en ser atados con cuerdas para ellos
más duras, fueron el falso sacerdote, una joven negra que estaba en
un nicho como inmaculada Virgen y otro que encima de un altar
representaba impíamente al Salvador y estaba atado en cruz con
pequeñas cuerdas. El, al ver de pronto a los españoles, trató por
algún tiempo de soltarse, pero le dijeron irónicamente que
estuviera tranquilo, pues el Crucifijo no tiene miedo a nada; se
tranquilizó un poco hasta que atado con lo otros lo llevaron a sus
antiguos dueños.
Este hecho parece que nos da una idea adecuada no sólo de la
repugnancia de algunos negros para el trabajo, sino también de la
debilidad de su fe. Con todo esto, hablando en términos generales,
yo debo a este respecto alabar a los negros. No digo nada de los
nacidos en América, que son sincerísimos cristianos, aunque las
costumbres de que ahora no hablo, en algunos son buenas, en otros
malas. Pero quizás los negros chontales no les son inferiores.
Apenas llegados a América y vendidos a los españoles, son
instruídos con mucho celo en lo dogmas católicos por celosos
sacerdotes, entre los cuales se señaló de una manera especial en
Cartagena el Venerable Claver jesuíta, que bautizó a muchos de
ellos. Algunos sacerdotes aprenden el idioma de los negros para
facilitar su conversión.
Esta pobre gente, que parece no tan idólatra sino supersticiosa
como lo indios, es sensible al Evangelio. Lo oye con agrado, lo
abraza de corazón. Son también devotos, frecuentan los sacramentos
y rezan el rosario y otras prácticas nuestras de piedad. Yo no
sabría decir, por la costumbre de estar siempre entre los
orinoquenses, si aquellos indios son mejores cristianos que los
negros. Sé que muchos dan la preferencia a los últimos, de manera
que me parece que no está en lo cierto a este respecto el P.
Avendaño (1) al
decir en contra de los muchos negros de América, que son un
obstáculo para la fe de los indios. No, este inconveniente no hay
razón de temerlo si los unos y los otros están debidamente
sometidos a los españoles, a cuyo ejemplo se forman imitando sus
ritos.
El negro es muy buen imitador de las acciones ajenas, no menos que
el indio. Estas dos razas humanas parecen tener la razón en los
ojos. De los indios hablé en otra parte. (2) Obsérvese ahora un negro: si es esclavo de
un español, se le verá imitar tan bien al dueño que parece ser
aquel mismo en el porte de la persona y en todo lo demás. Camina
como él, como él se pone bravo, si se le presenta la oportunidad
hace el amor como él. Lo mismo un negro francés que un holandés, de
tal manera que se nota en seguida la nación a que sirve. El negro
francés tiene vivacidad, el holandés es tranquilo. Esta manera de
ser puede ser útil a la fe como también nociva. Un negro español
que hemos visto devoto, si huye de los españoles a los caribes,
después de haberse despojado del vestido, inmediatamente se unta de
pies a cabeza de anoto (achiote), toma como esposa o concubina a
una joven, baila y se embriaga ni más ni menos. Extraño
comportamiento, pero todo efecto de su carácter imitador.
Repito nuevamente, bajo la mirada de los españoles son buenos,
mezclados con los indios gentiles son pésimos. Su ejemplo es bueno
mientras están sometidos a los blancos, pero es malísimo cuando
quedan libres. Si se evita este obstáculo, la fe de los negros como
la nuestra va al puerto de la felicidad. Pero su número, aunque se
trate de buenos católicos, no sería tal vez excesivo y poco
adecuado a las razones políticas? No serían suficientes los negros
antiguos sin introducir más? No me corresponde entrar en sutiles
discusiones. Digo solamente que ellos crecen siempre más,
especialmente en los climas cálidos, pues en las tierras frías por
ser contrarias a su naturaleza y no propicias para su propagación,
más bien escasean.
(1) |
Thes. ind. tit, V, cap. XVIII, parag. II. |
(2) |
Tomo II. |
