PARTE III
DE LOS HISPANOAMERICANOS
 


CAPITULO UNICO
Sus cualidades y costumbres
 

 

Hablamos en tercer lugar de quienes se debía haber hecho mención al principio, si quisiéramos proceder según el orden de dignidad: los hispanoamericanos. Ellos al presente, después de haber sometido a los indios de Tierra Firme y puesto a su servicio a los negros, son la única nación europea que tiene allá un dominio completo y que reina también pacíficamente. Podemos dividir a los hispanoamericanos en dos clases: algunos habiendo nacido en España, han emigrado por su propio gusto a América, han puesto casa y residen allá como ciudadanos. Otros han nacido en América pero de padres españoles, de manera que de americano no tienen sino el nacimiento. Esta diversidad de españoles exigía nuevos vocablos para poder nombrarlos sin confusión. En efecto, desde el principio, los primeros se llamaron chapetones, es decir forasteros, los segundos criollos, a saber nativos de América.
En todos los tiempos, pero mucho más en la época del descubrimiento, muchos como fascinados por nuevas riquezas, que creían mayores en América, dejaron sus bienes en España a quien los quería y emigraron con todas sus familias. Y aunque algunos no lograron mejorar mucho su condición y otros murieron allá o en manos de los indios o por la miseria, no desapareció por esto en los demás el deseo de trasladarse a América. Emigraron siempre muchos, y muchos emigran todavía en nuestros días. A mi, que me limito a observar los hechos, no me corresponde filosofar acerca de esta emigración de la antigua España. Pero sea lo que fuere de las reflexiones políticas, no se puede dudar de que los españoles, parte con sus transmigraciones, parte con los matrimonios contraídos en América, han fundado allá una nueva España, quizás igual a la antigua por su belleza y ciertamente superior en extensión.
Los blancos constituyen realmente la flor de las ciudades fundadas allá entre tanta gente de diversos colores antes no imaginados. El nombre de blancos se adapta a todos, chapetones y criollos, y a cualquier persona europea o nacida de europeos en América, y es muy honroso e impuesto a ellos para distinguirlos ya de los indios que tienen color rojizo, ya de los africanos llevados a América que son negros. Decir allá soy blanco, es como decir soy un caballero. Y con razón, porque el nombre de blanco se da a gran parte de los hispanoamericanos. Allá emigran muchos nobles de España, allá también nacen muchos que descienden directamente de los antiguos conquistadores o de segundones que se establecieron allá. Pero qué diremos de los que se fueron clandestinamente a América? qué de los enviados por la fuerza? qué de los que ejercen servicios viles? qué de los mestizos y mulatos, que bajo el honroso nombre de blancos del que se apropian a menudo, esconden a los demás su bajo origen?
Sin embargo en América, creo que por la gran lejanía de los lugares, es moda de no pocas personas de baja condición hacerse pasar por blancos, a fin de aparentar grandeza, de la misma manera que entre nosotros algunos exaltan su nacimiento ante los ignorantes. Con todo esto es cierto que de los blancos de América, de cualquier origen que sean, hay que hablar diferentemente y decir que en cierta manera son todos nobles, sea con respecto a los indios, sea con respecto a los negros y mestizos, sea absolutamente hablando. Ningún europeo por soldado desertor, o zapatero o todavía menos que sea, ejerce un oficio vil en América. Muchos por cierto no tienen con qué vivir dignamente, ni para mantener una casa ni para lo más necesario, pero cuentan con la munificencia de los españolee nacidos allá listos a remediar esas necesidades. Y dejando aquí a un lado por el momento a los europeos o chapetones, permítaseme hablar de los criollos.
Son muy hospitalarios para con los forasteros, al llegar un español se regocijan como si llegara un hermano por largo tiempo esperado. Todos compiten por tenerlo consigo y tratarlo magníficamente. No se mira el gasto, no se hacen nunca las cuentas, el forastero va, se divierte y a las horas de costumbre vuelve a la casa de su anfitrión con aquella libertad con que entre nosotros se iría a un hotel. Bien puede él cansarse de los beneficios recibidos y marcharse con o sin el agrado de su anfitrión. Todas las casas son suyas, va a donde más le gusta, puede vivir como un holgazán sin dinero en el bolsillo, pues todos lo acogen, lo alimentan y después de haberlo hospedado con tanto esplendor, hasta le dan las gracias. Y este noble carácter no está limitado a algunos criollos, sino es de todos, en la ciudad, en el campo, en toda la Tierra Firme.
Si son tantas las gentiles atenciones para con los que no las merecen, piénsese cuáles serán para con las personas bien nacidas, los jóvenes honrados que llegan de España. Es fácil entender qué amabilidades reciben los nobles. Hablemos más bien de un joven juicioso de baja condición. Después de haber sido mantenido durante algunos días por el dueño de casa, recibe invitación a quedarse, y por motivo de su magnífico título de blanco europeo del cual puede con razón enorgullecerse, nada hay en casa que no le pertenezca. Todos lo tratan con respeto, todos con amabilidad. Espían su buen porte y sus actuaciones y si nuestro joven sabe de cuentas, un día lo llama el jefe de casa y lo destina a administrar un gran almacén y por fin lo escoge como esposo de su hija, prefiriéndolo a otros criollos que la pedían, tanta es la estimación y la parcialidad para con los europeos. De estos inigualables efectos de la hospitalidad de los criollos, que en general son propios también de los chapetones, yo que viví en los colegios a expensas de la comunidad, en el Orinoco a las del Rey Católico, no pude gozar de ellos sino de paso. Sin embargo, confieso y declaro mi gratitud por haber recibido atenciones muy especiales cuando en mis viajes me hospedé en sus casas, donde me consideraron como un pariente cercano.
Estos hechos ciertos demuestran con evidencia que Gemelli se equivocó cuando sin preocuparse de la afrenta que les hacía, acusó a los criollos de poco afecto para con los chapetones, llamados en México Gachupines. (1) Y óigase esta ridiculez: todo ese desamor, según él, deriva del hecho de que las damas de México los prefieren en matrimonio, las cuales son más bonitas que las italianas, si creemos a él. ¿Qué diremos después de las burlas que los criollos hacen, como él cuenta, a los españoles recién llegados a México, llevando de tienda en tienda la noticia y diciendo como en burla aquí lo tenemos? ¿Qué del odio que él atribuye injustamente a los ricos nacidos en América para con sus padres europeos? Yo sin decir otras cosas peores, estoy cierto de que Gemelli, si oyó noticias de cualquier manera, las recogió de la plebe y no de los señores blancos de México, que como a los santafereños creo tan partidarios de sus conciudadanos europeos, que con igual amabilidad los acogen en su casa, y en vez de repudiarlos como a extranjeros rivales, espontáneamente los admiten como yernos. Es demasiado conocida para quien estuvo con los ojos abiertos en América, la cortesía de los criollos, son demasiado conocidas sus buenas cualidades. Estas solas cosas vio el muy observador señor Bouguer (2), éstas La Condamine, éstas otros que sin mezclar historietas del vulgo, dejaron memoria de esas buenas virtudes la posteridad.
Esa hospitalidad de los criollos no está separada de otras buenas cualidades. Son amables con exceso, de buenas maneras, prudentes y de una educación que no se podría esperar en América. En las ciudades, los virreyes van con la espada de España ceñida, bien vestidos y calzados. Digo la verdad. Cartagena me pareció a este respecto tan bella, que me produjo un gran placer. Teniendo en cuenta las capas con que ordinariamente se abrigan todos los habitantes de las tierras frías, los santafereños y otros, no son tan elegantes como lo cartageneros, pero tienen también la suya, sin que deba excluir o a los menos pudientes, o a los campesinos que aunque a veces viven en casas rústicas y muy lejos del poblado, sin embargo se presentan vestidos con bastante propiedad, respetuosos y educados como los de la ciudad.
Los criollos no son aptos para un trabajo pesado. Criados ordinariamente a la sombra, son delicados. Sin embargo, hay entre ellos personas fuertes, belicosas y aptas para cualquier trabajo, por pesado que sea, espcialmente en los climas fríos. Con razón el señor Ulloa (3) atribuye a los criollos la ventaja de ser más blancos que los chapetones, fenómeno que yo creo que deba atribuírse a la educación. Pero sea lo que fuere de esas cualidades morales y físicas de los criollos, en las cuales a veces, están por debajo y a veces por encima de los chapetones, no se puede dudar de ninguna manera que en agudeza de ingenio son iguales todos. Yo viví con ellos por mucho tiempo, cursé mis estudios teológicos con ellos y bajo su dirección, y tuve algunos criollos como discípulos de literatura. Y digo la verdad, con placer los escuché en calidad de discípulo, con placer y provecho fui su maestro.
Sus universidades están llenas de hombres de consumada sabiduría, sus tierras y ciudades llenas de floreciente juventud que sobresale por su talento. Antioquia en su extensa jurisdicción produce muchos de esos jóvenes, y es muy conocida en Tierra Firme por esto, no menos que por sus minas de oro. Los demás, para aprovechar bien, necesitan de más estudio que los antioqueños, pero aunque de distinta agilidad, todos llegan seguros a la meta. Es de desear que gente tan bien dispuesta para las letras, aprenda además de las ciencias teológicas y legales que son muy comunes entre ellos, las que son provechosas para la erudición y cultura de los pueblos. La descripción de las cualidades de los criollos, da bastante luz para entender bien sus costumbres. Trato de algunas de ellas de paso en toda esta obra, y más en especial en un apéndice al final del presente tomo. Generalmente hablando, son las mismas de los españoles europeos: las mismas leyes, el mismo gobierno, lo mismos usos, como veremos más distintamente.

(1)
Giro del Mondo, parte VI, lib. I, cap. II.
(2)
Voyage au Perou.
(3)
Viaje a la América Merid. lib. I, cap. IV.
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