PARTE V
EMBELLECIMIENTO DE TIERRA FIRME
 

 

CAPITULO I
FUNDACION DE CIUDADES
 

 

Al leer la conquista de Tierra Firme me siento movido por dos sentimientos diferentes, y creo que esto le pasa también a los demás. Uno es de admiración, el otro de emulación. Y de veras, ¿quién podrá dejar de maravillarse mucho y de encenderse en celo de nuevos descubrimientos, al oír que pocos españoles, primero bajo la dirección del gran Colón, después bajo la de otros eximios descubridores, no sólo vieron la Tierra Firme sino que espiaron todos los rincones, navegaron valerosamente los ríos y sujetaron en poco tiempo las naciones, hasta fundar amplísimas ciudades y tierras, crear virreinatos, erigir nobilísimos obispados? Tan ilustre conjunto de cosas pide que se desarrolle con mucha claridad y que yo lo exponga por partes para que se pueda entender bien.
Situémonos en la playa de Cartagena, casi a la entrada de Tierra Firme. ¿Qué era ella antes de los españoles? Una selva de fieras humanas adornadas como los sátiros. Vivía allá un pueblo cuyo número se decía siempre grande, tomando un puñado de arena en la mano para indicarlo, pero no era conocido su número con precisión ni aun por los indios que se podían encontrar allá. Sus armas de defensa y ataque eran flechas de dura madera, mazas también de madera, venenos y engaños. No tenía ni lugares enmurallados para abrigarse de los enemigos, asegurar sus propiedades y su vida, ni cañones, ni bombas con que atacar cuando se les acercaban. Este era el estado de Tierra Firme, estado en verdad muy miserable, si se considera en absoluto. Pero respecto al estado en que se encontraban entonces los conquistadores, era según mi parecer, muy respetable no menos por el número de los combatientes, muy superior al de los españoles como por la naturaleza de los lugares en que se debía luchar.
Me parece exagerado que los indios fueran tantos cuantos no sé con qué criterio, nos lo dicen la historias de la conquista. Pero disminúyase el número cuanto se quiera, de todos modos ellos eran por lo menos tantos, que podían oponer tres o más millares a cada español, lo cual, si se piensa bien, debía hacerlos casi invencibles. Sus fortalezas, sus espadas, sus flechas eran de madera, y de madera o de caña trenzadas los muros de sus casas. Y este hecho, que es cierto, parece que no sólo los hizo inferiores a los conquistadores, sino que los indios con relación a ellos, fueron como mansas ovejas que combaten con lobos feroces. Créalo así quien lo quiera y quien nada sabe de la verdadera condición de los indios salvajes, para quienes todo monte inaccesible es una roca inexpugnable, todo valle un refugio, toda selva un lugar seguro donde pueden defenderse escondidos en los árboles y atacar a los enemigos.
Como decía poco antes, al contemplar esas nobles hazañas no puedo dejar de encenderme en un vivo deseo de que todo lo que queda por descubrir ya en América, ya en los polos del mundo, se descubra finalmente en favor de la ciencia y de la propagación de la religión cristiana. Pero el solo descubrimiento de tierras bárbaras, sin fundar colonias para perpetuar su posesión, no es tan halagüeño que uno se decida a cruzar mares borrascosos y a viajar a través de horribles países para conseguirlo. Descubrimientos de ese género, especialmente si tienen por fin único el dinero, son propios de viles bandidos o piratas, pero no de espíritus generosos y católicos. Me dispongo a desplegar una tela en la que está pintado con vivo pero verdaderos colores, el carácter de los conquistadores de Tierra Firme. Ellos por el contrario de ciertos competidores suyos a quienes el Emperador Carlos V dio permiso de conquistar en condiciones ventajosas una parte de Tierra Firme, como se puede leer en la obra de Oviedo y Baños (1), ellos digo, dondequiera que pusieron pie fundaron una ciudad, ilustre memoria de sus hazañas, prenda de su fiel adhesión a los monarcas católicos que los habían enviado.
Es verdad que tuvieron también en mira el dinero, y algunos desviaron del recto camino que les habían mostrado sus nobles antepasados y que el rey de España les había encomendado o más bien ordenado fervorosamente, pero no hasta tal punto de agotar las provincias descubierta sin fundar allá una ciudad con la cual mantener la conquista. Sería demasiado que yo me pusiera a hablar aquí profusamente de esto, para tal fin hago un apéndice final en el que se puede leer todo breve y distintamente. Pero no debo omitir en este lugar alguna cosa sobre este tema, aunque sea de un modo general. Tres cosas podemos investigar acerca de los lugares españoles de Tierra Firme: el nombre, el número y sus cualidades. Con respecto a los nombres, en su mayoría son los de las ciudades de España, reproducidos en América no menos para memoria que para emulación de las grandezas de la madre patria. Tales son los nombres de Cartagena, Santafé, Barcelona, Pamplona, Mérida y otros muchos. Esta manera de poner los nombres, es común también a varias provincias.
La de Cumaná se llama Nueva Andalucía; la de Santafé y Tunja, Nuevo Reino de Granada, etc. A otros fundadores de ciudades, para hacer más ilustre su memoria, les plugo llamarlas con los nombres de santos que tenían los reyes católicos en cuyos tiempos fueron edificadas. En la provincia de Caracas hay San Felipe y San Carlos, nobles ciudades fundadas durante el reinado de Carlos II la una, y la otra en el de Felipe V, piísimo padre del actual dignísimo rey de las Españas, cuyo glorioso nombre llevan San Carlos de Ríonegro fundada por el señor Solano, y otros lugares de igual nomenclatura, como las tierras carolinas y borbónicas que no hace mucho erigió en el Orinoco el señor Centurioni. Esta segunda manera de nombrar los países de Tierra Firme, o por lo largo de los títulos que les impusieron los fundadores, o porque tenían antes otro de más fácil pronunciación, cayeron a veces en desuso en el habla común, y se han mantenido solamente en los manuscritos y en los libros impresos, casi para erudición.
¿Quién por ejemplo llama a la noble ciudad de Caracas con él nombre de Santiago de León? Quizás nadie, ni siquiera en América. Y qué diremos de otros nombre mucho más difíciles qué este? como los de San Juan Bautista del Portillo dé Carota, Santa Cruz y San Gil de la Nueva Baeza, y otros muchos, que para pronunciarlos falta casi el aliento. Todas las naciones, ni más ni menos que nosotros, aman la brevedad, por lo tanto, la primera célebre tierra se llamaba Carora, la segunda no menos ilustre Villa de San Gil y así las otras que omito por brevedad. En fin, por excepción, hay también lugares que tienen nombres indígenas, no porque los españoles los encontraron acabados, sino porque a ellos que los embellecieron y engrandecieron, les gustó conservar el antiguo nombre. Así son Tunja en tierra fría, y en la caliente Coro, Maracaibo, Cumaná y algunos otros.
Esta idea de los nombres de los lugares españoles de Tierra Firme muestra suficientemente también su número, del cual hablaremos nueva y extensamente en el apéndice. Baste por el momento decir, que teniendo en cuenta el tiempo no largo desde cuando los españoles se establecieron allá, es cosa sorprendente y maravillosa ver tantas poblaciones suyas. Las tienen en la costa en los llanos, en los montes más altos, en todas partes. Yo me enorgullezco de ser un escritor sincero, ni adverso ni favorable más allá de donde me lo permite el deber, a esa noble nación para con la cual tengo grandes motivos de gratitud. Pero en gracia de la verdad que profeso, no se escuche el afecto, piénsese sólo las obras. Yo estuve en el Orinoco casi hasta envejecer, o por el tiempo, que pasé allá o por las dificultades e incomodidades que sufrí. Y bien se puede imaginar que una persona como yo, casi siempre solo entre los bárbaros, debía en el silencio forzado tener muchos pensamientos para alivio de la soledad.
Yo tenía al lado, por decirlo así, algunas colonias holandesas no alejadas nunca del mar, y las portuguesas que se habían internado ciertamente, pero ni antes de los españoles, ni tanto como ellos. Y a esta consideración seguían en mí sentimientos de estimación para aquellos que habían venido desde tan lejos a América, no tanto para enriquecerse como para enriquecer a los indios si se lo reconocieran, y hacer juntos una respetabilísima monarquía común, sin querer sacar los tesoros para disfrutarlos en su patria. Cada cual aspiró y aspira también en la actualidad a establecerse siempre más allá y fundar nuevos países para continuar mejorando a América. No quiero decir con esto que todas sus ciudades sean muy recomendables. No, hay buenas y malas. Las que están en la costa o no muy lejos de ella, son muy bonitas ya por las fortalezas que las rodean, ya por la amplitud y regularidad de sus calles, ya por los edificios públicos y privados. Quizás no son tan bonitas las ciudades mediterráneas; tienen sus buenas cualidades especialmente las de los climas fríos, pues las ciudades de tierra caliente, exceptuando las de la costa, en su mayoría valen poco.
La que tiene la primacía entre todas las de Tierra Firme, no sólo por ser la sede del virrey de la misma y de Quito, sino también por ser metrópoli de un arzobispo del cual dependen varios sufragáneos, es la gran ciudad de Santafé de Bogotá, cuyos templos no sabría alabar nunca suficientemente, sino diciendo que nuestra Italia se sentiría digna de ellos. Así también en 1746, estando yo todavía en Santafé, escribí en tal sentido al difunto clarísimo Padre Juan Bautista Faure, que fue mi maestro de filosofía en el Colegio Romano. La carta entonces escrita volvió por fin a mis manos después de tantos años, y me consuela el hecho de tener en ella no sólo un antiguo escrito mío, sino un testimonio de lo que entonces sentí y siento también ahora acerca de la belleza de esos templos. El de los jesuítas, por lo que oí en Santafe, fue construído según los planos del P. Colinucci, aunque no ejecutados felizmente en todo, por haberse él ausentado en el tiempo de su construcción. No me gustan las odiosas y pueriles comparaciones, pero el de los agustinos es igualmente bellísimo. La iglesia de los dominicos talvez mejor adornada, con cuadros llevados de Roma y otros nobles objetos sagrados aunque la construcción se resiente por su débil arquitectura. Bellísima es también la catedral y una iglesita anexa (la llaman Sagrario) en la cual se conserva el Santísimo en un noble tabernáculo de carey, con frisos de oro finísimo en las molduras. Pero basta por ahora de esto.

(1)
Hist. de Venz., Lib. III, cap. IV.
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