CAPITULO II
DEL GOBIERNO DE LAS CIUDADES DE TIERRA FIRME
Es indudable que el gobierno de un pueblo es el alma de la cual
deriva toda buena organización en los particulares, y al mismo
tiempo la felicidad y seguridad de los bienes de las personas. Qué
es una reunión de gentes sin jefe, o con uno débil sino una
multitud de locos unidos para recíproca ruina? Y esto lo
entendieron desde el principio los españoles. Sus reyes en España y
los gobernadores que pusieron en América, aunque separados por una
gran distancia, estuvieron de acuerdo en un punto a saber, los
primeros, en formar un cuerpo de leyes Sapientísima, los segundos
en exigir su cumplimiento. Tuvieron rehacios es verdad y aun
opositores a su mando, pero por fin prevaleció la real justísima
potestad sobre la ligereza, el deber sobre el orgullo, el tiempo y
la fuerza sobre los movimientos súbitos y sobre las armas tomadas
sin prudencia. Así se aquietó Pizarro, así otros semejantes, hasta
que América merced a un sabio gobierno se volvió un mar
tranquilísimo después de una tempestad rápidamente dominada.
Debemos tratar brevemente de los jefes del gobierno español en
América, a los que se debe su felicidad, pero limitándonos a Tierra
Firme. Ya dije que la capital es Santafé, en la cual como dije
también, tiene su sede un virrey del cual depende excepto la
provincia de Caracas, toda la Tierra Firme y Quito, en el que para
mejor gobierno de aquel reino, hay un presidente subordinado al
citado virrey. El virrey es jefe de un tribunal real llamado
Audiencia, cuyos miembros son llamados Oidores, los que además de
ser personas muy versadas en jurisprudencia, tienen también la
cualidad de pertenecer a la nobleza más alta. Resuelven las causas
en primera instancia, quedando a quien las pierde el recurso de
apelar al Real Consejo de Indias, tribunal gravísimo establecido en
Madrid desde los primeros tiempos de la conquista de América.
Además de estos supremos dispensadores de justicia, por decirlo
así, en Santafé y proporcionalmente en otros lugares españoles de
Tierra Firme hay un pequeño noble senado de Regidores nombrados por
el rey, a quienes corresponde escoger los Alcaldes, a saber, los
que anualmente elegidos en consejo, gobiernan directamente al
pueblo. El gobierno de esos Alcaldes a los cuales está confiado el
buen orden de la ciudad, termina con el año, ni más ni menos que el
de nuestros magistrados ordinarios. Entre las personas investidas
de autoridad, hay otras respetabilísimas cuyo empleo es vitalicio:
un Alcalde provincial que tiene jurisdicción sobre toda la
provincia de la cual es Alcalde; un Alférez real, al cual
corresponde entre mil solemnísimas pompas la publicación y
aceptación del nuevo rey de España, y en fin dos Alcaldes llamados
de la Santa Hermandad. Estaba yo en Santafé cuando después de haber
pasado a la vida eterna el rey Felipe V, llegó el pliego real en el
que se daba parte a los mandatarios de aquella ciudad de su piísimo
sucesor Fernando VI, al cual sucedió durante mi permanencia en el
Orinoco el actual dignísimo rey Carlos III. Y no pude dejar de
admirar mucho en aquella oportunidad la soberbia cabalgata de las
personas más respetables, que se hizo por las calles más
importantes de Santafé, la bella bandera llevada por don Tomás
Prieto entonces Alférez real, el lujo desplegando, las aclamaciones
festivas y el júbilo de todo el pueblo.
Pero volvamos brevemente a los Alcaldes que acabamos de nombrar.
Para evitar la prolijidad no me demoraré en hablar de su
institución en España, y cómo se propagaron después en América.
Trato sólo de su utilidad: a ellos se confía el buen orden de los
campos de su territorio que recorren de vez en cuando acompañados
de esbirros y otros ministros de la justicia. Y desgraciado el
tunante que se encuentre con ellos, pues acto seguido, instruída
una causa sumaria, paga la pena de su delito, es entregado a los
verdugos que inmediatamente ejecutan la pena de muerte, para
beneficio del público.
Todos, pero especialmente los Oidores reales, hacen su aparición
con lujosos vestidos cuando están en ejercicio de su cargo, o son
invitados a honrar con su presencia las funciones públicas a las
cuales no desdeñan asistir con suma gentileza. Estos nobles
personajes, de los cuales algunos van de España, otros son nacidos
allá mismo, son elegidos y se le confía el gobierno por real
cédula, estándoles sujetos fuera de los hispanoamericanos, todos
los demás sean mestizos, mulatos o negros. Los mismos indios les
están sometidos, especialmente cuando se trata de alguna causa de
mayor importancia. Entre los Oidores hay uno destinado a la
protección de los indios, el cual los socorre en sus necesidades,
los oye benignamente como padre, y procura la rápida ejecución de
sus causas. Yo conocí uno de esos que los quería tiernamente, el
señor Peñalver, y del mismo digno carácter quizás son la
mayoría.
Demos también un vistazo a los gobernadores de las otras
provincias. Ellos, sean simples gobernadores o simples
corregidores, siendo grande su gobierno o corregimiento, son
siempre elegidos por el rey. En algunos lugares más grandes tienen
teniente de gobernador, y en éstos como en el lugar en que reside
el gobernador, hay regidores y Alcaldes, como en la capital de
Tierra Firme. De nombramiento real son también todos los gobiernos
de la costa, y algunos más importantes del interior, como entre
otros el corregimiento de Tunja, y el gobierno de Antioquia. Los
jefes de la provincias menores, aunque también se llaman
gobernadores, son nombrados por el virrey, como por ejemplo el de
San Martín en los Llanos de San Juan, el de Casanare residente en
Chire, el de Neiva y algunos otros.
El gobernador de Caracas, que excluímos arriba, a distinción de
todos los demás, constituye una clase única. Baja ese nombre no
amplio, es presidente, virrey y todo, y no depende de otro fuera
del rey que lo nombró. Debemos dar la razón de este hecho y he aquí
lo que se dice con respecto a la separación de esa provincia del
virreinato de Santafe, al cual pertenecía antiguamente. Al rededor
del año 1749 o 50 fueron destinados casi al tiempo para el gobierno
de Tierra Firme dos nobles oficiales el uno en calidad de virrey y
fue el señor Pizarro, el otro con el cargo de gobernador de
Caracas, el señor Zuluaga, al cual había estado subordinado Pizarro
en los grados de la milicia. Se dice que esta inferioridad de
grados ha sido el motivo por el cual Zuluaga solicitó al rey la
independencia, independencia que después pasó a todos sus sucesores
hasta el presente. Agregan otros motivos, quizás aun más
especiosos, para explicar ese privilegio, como son la gran
distancia de Caracas de la capital de Santafé a la cual
anteriormente se recurría en apelación, la facilidad de recurrir a
la Audiencia de Santo Domingo, etc. Pero quién no ve que esas
mismas razones militan en favor de la provincia de Cumaná y de las
islas de Trinidad y Margarita, que aunque están mucho más apartadas
dependen del virrey de Santafé? Por consiguiente se debe creer que
los motivos de la separación fueron otros distintos de éstos, pero
no vamos a insistir en este punto.
Después de haber hablado al gobierno, quedan por considerar sus
efectos. Y realmente, si se habla sin pasión, son maravillosos por
la paz que produjeron, por el sosiego y seguridad de los pueblos. Y
con esto no niego que entre muchos y muy laudables gobernadores,
haya habido algunos indignos de ese nombre. Indignos precisamente,
porque siguiendo sus injustos propósitos, contradijeron los del rey
y no se uniformaron con ellos como debían hacerlo. Pero no debo
hacer mención de los díscolos entre tantos que son obedientes. Los
efectos ordinarios de su gobierno, vuelvo a decirlo, son
maravillosos. Es raro el caso en que se oigan peleas, rarísimos los
homicidios. Yo estuve en Santafé cerca de seis años, y en todo ese
tiempo no recuerdo un solo homicidio. Pero se me puede decir que a
ese sabio gobierno se une también la piedad sincera de los pueblos
americanos, y dándole a Dios Nuestro Señor la gloria, lo admito de
buena gana, y voy a probarlo con la siguiente disgresión.
