CAPITULO VIII
DIVISION DE LA TIERRA FIRME EN OBISPADOS Y PARROQUIAS
El estado civil y el sagrado no están separados entre sí, y en
lugar de contrariar el uno al otro, se dan amigablemente la mano,
uniéndose para el bien de los reinos. Lo hemos visto claramente un
poco antes, cuando atribuímos al sabio gobierno de los españoles en
América como efecto natural, la piedad y felicidad de los
americanos. Ahora bien, una de las cosas que contribuye más a la
felicidad del gobierno y al aumento de la piedad es, según mi
juicio, la justa división de los lugares en dióceis y parroquias,
de acuerdo con el número de los diocesanos. Y se comprende
fácilmente que ni una cosa y otra debían ocultarse a la vigilante
nación española. Desde el principio sus sapientísimos reyes al
crecer el rebaño de Cristo cada día en las nuevas tierras
descubiertas, pensaron en darles dignos pastores que se preocuparan
de su bienestar, y por lo tanto crearon más obispados.
Uno de los cinco que con aprobación del Sumo Pontífice se formó
allá (1) fue
precisamente en la Tierra Firme, en la parte más cercana al Istmo
de Panamá, siendo electo como su primer obispo Monseñor Juan Cabedo
(sic) (2) de la
orden de San Francisco. La sede de este obispado fue Santa María
llamada la Antigua, en la provincia del Darién. Pero fue de poca
duración debido al mal clima, y después de poco tiempo fue
trasladada a Panamá lugar célebre que por pertenecer al reino de
Quito, está fuera de los términos de nuestra Historia. A la
erección del, obispado del Darién el año 1529, siguió la del
obispado de Santa Marta que dura todavía; después en 1532 la de
Coro, trasladada no hace mucho a Caracas; después la de Cartagena
en 1534, y en fin la de Popayán en 1547. La última de las antiguas
ciudades de Tierra Firme que tuvo el honor de ser sede episcopal
fue la que hoy domina a tan vasto país, Santafé de Bogotá, que no
llegó a ese grado sino en 1562, durante el Pontificado de Pío IV, y
bajo el reinado de Felipe II.
Pero si ella siendo un simple obispado, se vio comparada o
pospuesta a las demás, dos años después fue erigida en
Metropolitana y creció tanto espiritualmente, cuanto después y
también en la actualidad lo es en lo temporal. Santafé es pues sede
de un arzobispado, al cual están subordinadas casi todas las
iglesias indicadas. Dije casi todas, pues también a este respecto
debe exceptuarse Caracas, cuyo obispo es sufragáneo del de Santo
Domingo, Primado de todas las Indias. Pero si al arzobispado de
Santafé falta por decirlo así este honor, otro muy singular le ha
dado recientemente el piísimo rey Carlos III, al erigir en obispado
la importante ciudad de Mérida en el año 1728. La Provincia de
Cumaná, aunque de cierta importancia, no tiene obispo residente,
pues junto con la del Orinoco, depende como hemos dicho en otra
parte (3) de obispo
de Puerto Rico, que aunque está muy lejos, algunas veces la
visita.
Todos pueden ver claramente que esas diócesis americanas son muy
extensas, y que cada una de ellas puede compararse en extensión con
un grandísimo reino. Entre las enumeradas poco antes, no hay
ninguna que además de los pueblos cristianos incluídos en su
jurisdicción, no se extienda también a muchos que son todavía
gentiles. Creo que esto haya sido sabiamente dispuesto por el rey d
España a fin de estimular el celo de los obispos y para que se
preocupen por la conversión de esos gentiles. En efecto, entre tan
dignas personas hay quien se preocupe de ello. El arzobispo de
Santafé, al cual pertenecen algunas tierras limítrofes con el
Orinoco, regaló en mis tiempos bellos cálices para las misiones; el
obispo de Puerto Rico las visitó con mucha fatiga dos veces. Y lo
que yo digo de ellos, Se podría decir de otros muchos, pero me
apresuro a terminar este tema hablando brevemente de los ingresos
de los obispos de Tierra Firme. Tengo informes que me ha comunicado
una persona muy conocedora de este asunto.
El obispo de Santafé entre ingresos ciertos y eventuales, se dice
que tiene cincuenta mil escudos; el de Cartagena de dieciocho a
veinte mil; el de Santa Marta de ocho a diez mil; no sé nada del
nuevo obispado de Mérida, como tampoco del de Popayán. El de
Caracas (y esta es otra muy notable prerrogativa de esa provincia
autónoma) se dice comúnmente que no tiene menos de sesenta mil
escudos. Como esto puede extrañar a alguno, doy inmediatamente la
razón diciendo lo que me cuentan sobre esa superioridad de rentas
sobre todos los demás obispado de Tierra Firme, y es que la rama
más fértil de tan copiosos proventos depende toda de las
plantaciones más abundantes de cacao que hay en aquella provincia,
de cuyas primicias, diezmos y cuartos pagados por los propietarios,
se enriquece el obispado.
Los obispados tienen bajo su dependencia ciudades, tierras, aldeas
y posesiones, comprenden varios curatos erigidos para beneficio
espiritual de los pueblos. Así es y todos comprenden bien que los
países de que hablamos, no son diferentes por este aspecto a los
nuestros. Pero lo son todos en otras cosas, a saber en la opulencia
de los ingresos parroquiales y en la manera de elegir los que son
escogidos para curas. Por lo que se refiere a lo primero,
exceptuando los curatos de indios solamente, que no son muy ricos,
los que son solamente españoles, tomando esta palabra en su
acepción más amplia y haciéndola extensiva a los mestizos, o a los
indios que son vecinos de los españoles, no hay duda de que son tan
ricos que parecen pequeños obispados. Los curatos que dan más de
cuatro mil escudos son muchos, pero son pocos en comparación con
los que dan hasta diez mil, como las parroquias de Chita y
Turmequé, en el corregimiento de Tunja.
Se puede imaginar fácilmente que curatos tan pingües y que se
otorgan comúnmente por concurso a los que brillan más en los
exámenes, tienen muchos pretendientes. Todos se empeñan
ansiosamente en obtenerlos: doctores en teología y derecho y toda
persona culta, a tal punto que entre los curas de Tierra Firme son
raros lo que no son doctores en todas o en algunas de esas
ciencias. A los obispos toca nombrarlos después de los exámenes y
para tal fin envían directamente al virrey una terna de los más
dignos, pero la elección de uno de esos tres corresponde al virrey
por el derecho del patronato que los reyes de España tienen sobre
todas las iglesias de América. Algunas parroquias son encomendadas
a religiosos, elegidos también de esa manera, y presentados al
obispo y al virrey por sus Provinciales, pero la mayoría se rigen
por los sacerdotes seculares, que allá son tan numerosos como entre
nosotros. De los mismos se componen también los capítulos
catedrales, integrados por canónigos, prebendados y otras
conspicuas dignidades; del clero secular es también un
respetabilísimo clero que en su mayoría está integrado por alumnos
de los dos célebres colegios del Rosario y San Bartolomé.
Se ve claramente que todos esos dignísimos sacerdotes son hijos de
padres españoles establecidos en Tierra Firme, pero entre los
obispos hay también nacidos allá o procedentes de España. El
primero que yo conocí como arzobispo en Santafé, Monseñor Vergara
pertenecía a los segundos; de los primeros fue su esclarecido
sucesor Monseñor Azúa, nacido en Chile, del cual tuve el honor de
recibir las órdenes sagradas en 1748, cuando terminé mis estudios
teológicos. Hispanoarnericano como el Señor Azúa, fue el Señor
Camacho Rojas nacido en Tunja y trasladado de Santa Marta al mismo
arzobispado después de mi salida de Tierra Firme. Después de haber
nombrado a éstos creo superflujo nombrar otros obispos
hispanoamericanos. En las Noticias para el año de 1784, impresas en
la Imprenta de Caracas, pueden verse varios y entre ellos al actual
obispo de Cartagena y el de Popayán, el primero nacido en Quito y
el segundo en Lima.
(1) |
Pietro Martire, Somm. dell'Indie occident. p. 22 en Ramusio. |
(2) |
Fr. Juan de Quevedo, fraile de la Orden de San Francisco de la Observancia, predicador de la Real Capilla y Guardián de la Provincia de Andalucía (N. del T.) |
(3) |
Tomo I, cap. III |
