CAPITULO II
CORREOS, COMERCIANTES Y MERCANCIAS
 

 

Por el camino que hemos descrito viajan diferentes personas, unas por negocios particulares, otras por negocios públicos. Dejemos ir las primeras por su cuenta. Dos postillones con cartas salen de Santafé: uno con destino a Caracas, otro con dirección a Cartagena. Estos son los correos reales, recién instituídos por el actual dignísimo rey. Antiguamente no había otros correos distintos de los viajeros que podían llevarlas, o los arrieros y personas enviadas de propósito que se llaman chasqui. De estos últimos hubo antes y hay todavía cuantos se quieran. Son indios, como lo indica su nombre tomado del idioma de los incas, que fueron los primeros en usarlos, y son tan de confianza y tan rápidos que entregan las cartas que se les confian con gran rapidez y seguridad.
Pero qué gratitud no debe América al rey Carlos III por haber establecido también en beneficio del comercio los correos públicos? En la actualidad para enviar las cartas a los puertos ya nombrados, no es necesario esperar como en mis tiempos meses enteros y hasta años. Los correos establecidos van y vienen de continuo. Qué diremos después del hecho de que ya esas cartas no se envejecen como en tiempos pasados en las naves ancladas por mucho tiempo en los puertos, sino que son llevadas en seguida de ahí a la Habana, y de la Habana con la misma rapidez al Ferrol, el primero puerto central de recolección del correo americano, el segundo en España en el mar de Vizcaya, puertos de los cuales salen cada mes correos marítimos? Puede apreciar a cabalidad este beneficio solamente quien estuvo antes en América y vió el antiguo estado de cosas.
Anteriormente, quién al recibir una carta de Europa, después de dos años o más de vueltas y demoras, podía esperar que el autor estuviera vivo? que las buenas noticias leídas no se hubieran trocado en tristes? que el que era antes opulento comerciante no hubiera quebrado? En la actualidad, demorándose las cartas tanto como las de los países Bajos, al leerlas uno puede alegrarse o entristecerse con fundamento, según la calidad de las noticias. Lo mismo diría también de los impresos, de los libros, que anteriormente se creían frescos en América aun después de dos años de su publicación. Pero la ventaja mayor de los correos redunda en favor de los comerciantes, y debo decir al respecto las pocas o muchas noticias que en mi calidad de religioso pude conseguir.
Los comerciantes además de amontonar muchas riquezas y gozar de amplísimos privilegios en Tierra Firme, gozan de tanta consideración que es la principal o una de las categorías más importantes en las poblaciones. Ningún blanco, por ilustre que sea, considera un deshonor el ejercicio del comercio. En Santafé, la ciudad que más conozco entre las americanas, hay una calle larga llamada Real y en ella tantos comerciantes y almacenes, que por este motivo es una de las más célebres, la más concurrida y la más importante. Muy inferiores, pero siempre renombradas por el comercio, son Honda y Mompox en las orillas del río de la Magdalena. Pero pueden considerarse como nada en comparación con Cartagena y Caracas. Estas dos ciudades, por ser dos puertos muy célebres a los que arriban muchos navíos de España, constituyen los emporios más ricos de Tierra Firme. Y para acrecentar aún más su renombre, a la última es decir a Caracas, se añadió la institución de una Compañía comercial que por estar compuesta de vizcaínos se llama Guipuzcoana. Esta compañía, al disfrutar por largo tiempo del monopolio de importación de nuestra mercancía y de exportación de las americanas, fue famosísima y lo es todavía en la actualidad, aunque bajo leyes mejores, de las que hablaremos luego.
De los lugares ya nombrados, salen muchos continuamente para vender cosas que han comprado allá, según los gustos y condiciones de los pueblos del interior.
Después de haber cargado dos o tres mulas y aún más, unos toman el camino del Chocó, otros el de los llanos de Neiva, otros el de Casanare, o de San Juan de los Llanos, otro en fin el camino de otras regiones que escasean en ese género de mercancios. No se tiene en cuenta ni la lejanía, ni los ríos, ni las montañas, ni otras cosas horribles que se pueden encontrar en el camino. Todo lo torna dulce la ganancia. Y desde el primer día se encuentra quien busca afanosamente rodear al comerciante no sé si para comprarle o canjear mercancías con beneficio de éste pues no en todos los lugares se vende al contado, ya que a veces la mercancía se cambia por cacao, tabaco, azúcar o cosas semejantes y aun por animales. Por lo tanto, alguna vez termina el viaje con mucho lucro, solamente con llevar de regreso lo obtenido en cambio y venderlo luego.
Algunos inexpertos o demasiado interesados, al saber que en otros lugares el cambio es mejor, no escuchan a los vecinos y buscan ansiosamente a los que viven lejos. Y después de haber espoleado la mula, continúan siempre su camino, a veces con utilidad subiendo demasiado el precio de las cosas, a veces con pérdidas por los fuertes gastos de tan largos viajes. Con todo esto, ni el interés exagerado ni la falta de experiencia son ordinariamente los escollos más peligrosos para aquellos viajeros. Hay otro que los espera cuando descansan a la sombra después de un largo viaje al rayo del sol, y vamos a hablar de él para que lo tengan en cuenta. Entre tanto, no hay duda de que su oficio es en Tierra Firme uno de los más seguros para enriquecerse. Las minas, algunas de las cuales son del rey otras de particulares, producen oro que por fin cae en manos de estos viajeros.
Y casi diría que serían verdaderamente felices, si gozaran de esas riquezas. Pero cuántos hay que en uno o dos meses se enriquecen y empobrecen? Ricos por el dinero ganado con el comercio, pobres por haberlo malgastado. No quiero decir que todos los comerciantes sean así. Distingo entre ellos dos grupos: unos enviados a traficar por los comerciantes, que en su mayoría son jóvenes empleados, otros que han ido a vender su mercancías por su propio gusto, como comerciantes que dan vueltas por diferentes regiones. Precisamente de estos últimos que se enriquecieron en un momento, y que de improviso pasaron digámoslo así de cien escudos que tenían a mil, son muy extrañas las peripecias, causadas creo yo por la misma facilidad de la ganancia. Después de guardar en el bolsillo el dinero, se sientan despreocupadamente a la sombra de alguna casa que ellos creen agradable. Y aquí está precisamente el escollo bajo la forma de una o dos mestizas que se han puesto de acuerdo para empobrecerlo con halagos. El desgraciado incauto se deja halagar, les regala vestidos, dinero y vuelve a su primitiva condición, se retira pensativo y Dios quiera que arrepentido.
Por lo demás si logra evitar ese formidable escollo, nada hay en Tierra Firme más lucrativo que el comercio. La medicina, de la cual ya hablamos, puede estarle a la par, pero los otros oficios son inferiores a éste, sin que se deba exceptuar según mi opinión el ser dueño de minas de oro y plata. Qué utilidad tiene por ejemplo tenerlas aun en gran cantidad si no se tienen esclavos negros para explotarlas, ni dinero suficiente para encontrar obreros, pagarles los gastos y darles un salario? Aquí se trata de sacar con picas el oro escondido entre las rocas, que serpea entre las piedras como las venas del cuerpo humano, y no del cultivo de un campo o de otra cosa fácil. La preciosidad del metal, la enormidad del trabajo para sacarlo aumenta muchísimo el costo de los obreros. Quién podría creer en Italia que en América hay muchas minas inexplotadas que se conocen y se ven sin envidia? Eso se debe precisamente al hecho de que para trabajarlas necesitan tanto dinero cuanto no tienen en su mayoría sino los muy acaudalados.
El oro en polvo, es decir esos granitos de oro que se encuentran en las orillas de los ríos o en las diferentes partes de esa tierra que lo tiene en abundancia, ese oro digo, es de más fácil adquisición, no se necesita sino levantarlo con las manos o quitar uno después de otro los estratos que lo cubren sirviéndose de azadones. Pero esta empresa aunque fácil, se retarda en su ejecución como una difícil, aunque por razón contraria. Los blancos no quieren hacerse cargo de ella sino como por pasar el tiempo. Los indios no se preocupan de ella sino para pagar su tributo al rey, y así queda en manos de los negros libres y de distintas generaciones de mestizos. Habrá seguramente algunos que sacan oro lavando la arena a veces en las orillas de un río, a veces en las de otro, pero la mayoría a quienes gusta demasiado el fresco y huyen con todas sus fuerzas del sol, sacan la cantidad necesaria para beber la chicha y no se preocupan de más. Según he oído decir, así pasa en la misma Santafé en el río San Agustín, rico también en oro en polvo. Para decirlo brevemente, las minas son muy apropiadas para enriquecerse, pero no están de moda o son demasiado incómodas.
Por el contrario, el comercio además de no ser tan laborioso, no produce menos que una mina bien explotada. Para demostrarlo de una manera todavía más clara, demos una ojeada a las mercancias. Generalmente son de tantas especies cuantas hay en Europa; comúnmente no fabricadas allá mismo sino importadas de España o de otros países extranjeros. Para importar estas últimas, necesitan un permiso especial del rey, que a veces se concede bajo ciertas leyes, a veces se niega según los tiempos y los negociantes. En la actualidad, las mercancías que se importan son todas españolas pues las fábricas han aumentado bajo el actual rey, o si son extranjeras, son transportadas por los españoles. Sea lo que fuere de la inmportación de mercancías en América, como decía en su mayoría son las mismas que se ven en Europa de donde proceden: paños de lana y lino, telas varias de seda, hierros para diferentes oficios, mercería, vino, aceite, especias, papel, libros, cristal y vidrio y en fin, todo lo que se ve en nuestros almacenes. América a este respecto, siempre que se tenga dinero en el bolsillo, quizá no es inferior a Italia, pero por la mucha distancia de los lugares, Ya por la codicia nunca saciada de los vendedores, ya por la costumbre inmemorial, todo se vende a precios altísimos. He aquí unas muestras de los precios que pude conocer de algunas cosas. En Santafé un juego de Breviaríos que en mis tiempos eran generalmente de Pezzana, vale por lo menos veinte escudos; otro tanto un Misal. Un Lacroix, es decir la Teología en dos tomos en folio, se vendía por veinte escudos y medio y hasta más. El precio de la canela en Caracas era ordinariamente de siete escudos la libra; el vino malvasía que se usa para la Misa, tres escudos la botella; la pimienta valía a veces doce o catorce reales, el clavo siete escudos la libra, la nuez moscada un poco menos. No quiero insistir en esto, pareciéndome que lo dicho es suficiente para hacerme entender y para conocer claramente cuántas riquezas produce allá el comercio y cuántas mayores todavía si se ejerciera bien, pues se hace con excesivo perjuicio de los consumidores, gran parte de las cuales no tienen dinero suficiente para el gasto, o si lo tienen no lo gastan por los altos precios.
Pero por qué me detengo en describir tiempos oscuros cuando hoy tenemos una situación floreciente? Bajo el dignísimo rey Carlos III América ya no es así. Las compañías de comercio continúan todavía, pero ya no son las únicas en importar mercancías y hacer ganancia. Este derecho, en otro tiempo exclusivo y limitado a los vizcaínos y gaditanos ahora se ha vuelto común a todos. Ya Cádiz y Vizcaya no son lo únicos emporios. Lo son también las ciudades marítimas de las cuales zarpan continuamente los particulares para América con amplísimos privilegios y pequeño gasto y no para determinados puertos como antes, si no para aquellos que más le guste a cada cual. Esta universalidad del comercio, qué ventajas reportará no solo a España sino a toda América! qué ventaja a las provincias antes casi olvidadas, a los mismos viajeros que ahora, aumentada la cantidad de mercancías y bajados los precios, las venderán fácilmente y con mayor facilidad recobrarán el dinero gastado y se harán ricos con menos dificultad! Pero sobre todo cuáles serán las utilidades que de leyes tan sabias sacará Tierra Firme con el tiempo, pudiendo exportar aquellas cosas que antes marchitaban abandonadas: cacao, azúcar, tabaco, copaiba, varios nobles bálsamos, la vainilla, la quina, la canela, la pimienta, la cochinilla, el algodón y tantas otras cosas que dijimos en la historia natural. Pero entro a una materia demasiado amplia y superior a mis fuerzas. Terminemos aquí.

Comentarios (0) | Comente | Comparta