XV - DEL GOBIERNO DE SANTIAGO
A este punto, ya no conviene poner cuidado a los animales
nativos ni a las plantas fluviales ni a otras cosas que se
encuentran durante el viaje. Ya estamos al final de nuestro viaje y
debemos librarnos pronto de ésto para evitar el calor y la nube de
mosquitos que en esa parte reinan por doquier. Casi para alivio de
todas estas incomodidades, a lo largo del camino iremos diciendo
algunas cosas generales, hasta llegar al Macuco donde nos vamos a
detener en las misiones que allá tenían los jesuítas. Empiezo, si
me lo permiten los ya citados molestos animalitos. Este trecho, con
la cordillera siempre a la izquierda, es todo no solamente plano
sino con prados pastados, y se extiende hacia el norte tanto, que
para recorrerlo a caballo se necesitarían por lo menos seis días.
Esta es su extensión desde el sur en que estamos hasta el norte en
donde termina. De la cordillera hacia oriente son suficientes
quizás dos o tres días, siempre a través de praderas. Este es el
espacio por decirlo así más civilizado de esa provincia y el más
frecuentado por los españoles. Más al norte se extiende hacia
Barinas, cuyo camino es muy fangoso y como de ocho días de largo;
por el oriente se extiende hasta orillas del Sinaruco, o del Apure,
ríos que desembocan en el Orinoco en la parte norte. El gobierno es
asignado por el Virrey y se llama gobierno de Santiago, por una
ciudad de igual denominación de la cual hablaremos después. Creo
que por ser el clima menos bueno, el gobernador no reside allá sino
en una población india situada más allá de las estribaciones de la
cordillera.
Los habitantes españoles de esa provincia son muy educados como
todos los demás de Tierra Firme, pero fuera de algunas familias
importantes, también ellos están mezclados con otras razas. Su
principal empleo es el de aumentar siempre más los hatos, que son
tantos que de ellos se saca continuamente una gran cantidad de
becerros para el consumo de Santafé, que está a unos veinte días de
distancia. El ganado parece ser su principal mercancía, siendo ahí
escaso el cultivo de la caña de azúcar y del cacao, aunque este
último nace naturalmente en diferentes lugares, como también la
vainilla y otras cosas apreciables de que abundan las selvas. El
oro y la plata parece que se quedan en la cordillera, y no pasan
sino muy escasamente sus límites o el punto de unión de los ríos
Blanco y Negro. He hablado de la naturaleza de los lugares como he
podido. Después de cuatro días de navegación, siguiendo la
corriente, llegamos al puerto de Macuco, que dista de la población
india del mismo nombre, cerca de una milla. Debemos hacer una
excursión hasta allá, pues aunque india, debemos visitar esa
población antes que otras cercanas, para no tener que volver
atrás.
Macuco, llamado también San Miguel por el nombre del arcángel al
cual está dedicado, es una reducción o aldea de Sálivas, gente de
la misma sangre e idioma de los del Orinoco establecidos en
Carichana. Tiene unos novecientos habitantes, y es más antiguo que
esta segunda aldea que se fundó en 1733. Pero sin documentos no
sabría indicar la época sino al cálculo. Se conoce bien su mayor
antigüedad ya por la cultura de los indios muy superior a la de los
más viejos, ya por las telas de algodón que tejen, ya por sus
cabañas con muros y por la casa del misionero y en fin, por su
bellísima iglesia. Estas dos últimas, no hace muchos años fueron
construídas de piedra caliza dura, pegada con una nueva especie de
argamasa, y cubiertas de teja por el difunto Padre Roque Lubian.
Veo que los lectores están ansiosos de una explicación más clara
acerca de esa piedra caliza, y voy a darla si puedo.
La piedra caliza que hemos indicado es del género de las piedras
porosas que los españoles llaman arrecife, y que allá es muy
abundante en las orillas del Meta, en las praderas cercanas y hasta
en el mismo río. Las piedras que se usan para los muros no se
encuentran o son muy raras y pequeñas, pero eran necesarias para
hacer cal, y estaban tan lejos de la población que su transporte se
hacía muy difícil para los albañiles. Encontró remedio oportuno el
misionero, e hizo que los indios le llevaran aquella tierra de que
hablamos en otra parte (1) y que levantan las hormigas llamadas
nuches y que los españoles llaman comején, que se encuentra
dispersa aquí y allá en los prados a manera de caminos. Esa tierra
mezclada con estiércol seco de buey, la encontró tan buena para
pegar una piedra con otra, que sin mucho trabajo pudo servirse de
ella para contruír las dos citadas fábricas.
No encontraremos tanta belleza en la cercana aldea de Surimena, un
poco más lejos del río Meta, y distante de Macuco una buena media
jornada hacia el occidente; también esa aldea es bastante buena y
poblada, sus habitantes que son los achaguas son cerca de
quinientos. Esos indios tienen un idioma semejante al Maipure, que
fue reducido a gramática y diccionario manuscritos por el antiguo
misionero, y quizás primer poblador, el Padre Juan Ribero. Casimena
que se ve unas millas más allá, es también buena, aunque no tan
poblada como las dos citadas. Oigo decir que el número de sus almas
es de dos a trescientas, hecho que para mí es de gran alabanza para
quien las reunió allá, pues fuera de algunos pocos Caveros, los
demás son todos Guajibos, no de la raza buena de San Juan, sino de
la pésima de esos lugares: vagabundos, perezosos, renuentes y de
tan poco valor que no tienen para comer sino las raíces y las
frutas que encuentran en el campo que recorren continuamente. Con
todo esto, contra toda esperanza humana, ellos han perseverado allá
y han mejorado continuamente. El Padre Rojas, a quien alabé en otra
parte (2) exaltaba
hasta las estrellas la belleza del idioma guajibo del cual había
coleccionado algunos fragmentos.
La prisa de que hablé nos obliga a hacer una excursión a Santiago,
ciudad española situada entre el occidente y el norte de Casimena,
de la cual no dista más de una media jornada. Como es costumbre en
esos lugares, ella no está compuesta de casas de piedra o tapia
pisada, ni tiene muchos habitantes, siendo semejante en todo a las
ciudades poco antes descritas de San Juan, a excepción del número
de habitantes que es menor. Pero hay allá algunas familias muy
buenas y dedicadas al cultivo del cacao, que en sus alrededores es
de óptima calidad. Santiago es también ilustre por ser la capital
de esta región, todas las poblaciones fundadas allá dependen de
ella. El gobernador, que lleva ese título por nombramiento del
virrey, no reside ahí como ya dijimos.
Continuemos siguiendo la cordillera hasta el río Casanare, en el
cual hay algunas otras poblaciones indias fundadas por los
jesuítas, empezando su enumeración por la más oriental, San Ignacio
de Betoyes, fundada por el Padre Gumilla. Pero antes es bueno
detenernos un poco en el camino para ver dos ciudades españolas,
hermanas de las citadas por su construcción. La primera, en la cual
me hospedé una noche en casa de cierto español muy cortés cuyo
nombre siento haber olvidado, se llama Pore, y por el lugar en que
se encuentra, tiene alguna gracia y bastantes pobladores. La
segunda es Chire, a una jornada escasa de camino, en la cual me
demoré cierto tiempo en casa del señor cura también él muy gentil,
antes de llegar a Caribabare, entonces posesión de los jesuítas,
cuyo superior Padre Domingo Scribani visité al día siguiente en su
población, trasladándome después a San Ignacio, del cual hablaremos
primero.
San Ignacio de los Betoyes, del nombre de sus pobladores, es una
bellísima reducción o aldea por la casa del misionero y las de los
indios que son todas con muros como las del Orinoco, es decir con
tierra y paja, por la iglesia construida de la misma manera pero
muy grande y adornada con preciosísima platería. El pueblo que
debía congregarse en ella para las funciones sagradas no pedía
menos, ya que tiene unas mil quinientas almas, y es piadoso,
constante y trabajador. La gramática y el diccionario del idioma de
esos indios, semejante al Jirara, los compiló el Padre Gumilla y
los revisó luego su sucesor el Padre Manuel Padilla.
Al occidente de esa población, a media jornada de distancia, hay
otra que se llama Tame, en la cual residía entonces el citado
superior, y era una de las mejores, ya por ésto ya por otras
causas. Sus habitantes, los Jiraros, llegaban a 1.800, su idioma
que ahora ha caído en desuso en las funciones públicas parece ser
un dialecto del Betoye. Al norte de Tame, a otra media jornada está
Macaguane. Entre oriente y sur, y a igual distancia, San Salvador,
llamado también el Puerto de Casanare, por ser el lugar de embarque
para el Orinoco. La primera está compuesta de varias gentes o
tribus, que en total llegan a 1.500 almas. Yo no la ví, pero oigo
decir que sus habitantes, los Airicos y los Eles y los Araucos son
más salvajes que los otros, y necesitan todavía quien los eduque en
su propio idioma por razón de su ignorancia. La segunda es muy
civilizada, pero pequeña, porque por el mal clima muchísimos
Achaguas han muerto. En la actualidad no sobrepasa a los 400
habitantes.
De número muy inferior, a saber no más de 80, son ciertos indios
que son esquivados por los otros por su lepra, tenían misionero
aparte, en un lugar al pie de la cordillera llamado Patute.
No es el lugar de hablar más de esa especie de lepra, ya que hablé
de ella abundantemente en el tomo segundo (3). Pero debo agregar que esa enfermedad, que
entre los orinoquenses es escasa, aquí entre los Tunebos, así se
llaman esos indios, es general hasta el punto de que nadie nace sin
estar deformado por ella. Entre el occidente y el sur de Patute, en
la vertiente de la cordillera y a un día de distancia, hay una
población de ciertos indios llamados Cacatíos, que estuvieron en un
lugar y en otro, pero en la actualidad están en uno llamado Manare,
lugar notable por las casas de los indios y por una bella iglesia
de piedra, erigida últimamente por su misionero o cura el Padre
Manuel Castillo. El clima de ese lugar, que comprende unos 900
habitantes, no es tan pesado como el de los Llanos, que mientras
más se alejan de la cordillera, se tornan más malsanos.
Cerca de Chita, a una distancia de dos o tres días, y en lo alto de
la cordillera, había otra población india llamada Guaican,
compuesta de indios dispersos o vagabundos, y últimamente
encomendada por el virrey al cuidado de los jesuitas. Yo no sé
decir sino de una manera general de qué clase es esa población.
Allí terminaban las poblaciones que en los últimos años tuvieron
los jesuítas y que yo he enumerado sin tener en cuenta las que
fueron mejoradas o fundadas a costa de muchos trabajos en otro
tiempo, y luego entregadas al Ordinario, como Cajicá, cerca de
Bogotá, Duitama y Tópaga próximas a Sogamoso y que antiguamente
eran de idioma muisca, otra fundada por los mismos en el monte
Guanaca, Labranzagrande, Paja, Morcote, La Salina, Támara y Chita,
algunas de las cuales yacen ahí cerca en los valles y en las bajas
colinas de la cordillera, y otras poblaciones para hablar de las
cuales necesitaría libros que no tengo. Pero eso no interesa a
nuestra Historia.
Por el contrario, interesa muchísimo reflexionar en dos cosas de
los indios de esas regiones, que es de esperar mejoren con el
cuidado de los misioneros y del gobernador que reside en Támara,
aldea india cerca de Manare, y que cobra el tributo de los indios
reducidos a parroquias dependientes del Ordinario. Lo primero es el
idioma de los que ya fueron convertidos, lo segundo el número de
los guajibos que los rodean. Y por lo que se refiere al primer
punto, se debe agradecer infinitamente a los que después de que
instruyeron en los primeros años a los indios en su idioma, en la
actualidad no se sirven de él sino cuando no entienden el español,
que han difundido tanto que los indios de esa región lo entienden
todos. En la población de San Ignacio, la más reciente de todas,
además de los Betoyes hay también algunos guaneros y situyos. Esta
mezcla de naciones que fue necesario agrupar en un solo sitio por
su corto número, constituía un obstáculo para la difusión del
español. En la misma situación se encuentra Macaguane, donde hay
indios Eles, Airacos y Araucos, siendo los dos primeros nombres de
los lugares de donde los sacaron los misioneros y no de las
naciones, cuyos nombres ignoro. Sin embargo, no solamente en las
poblaciones de un solo idioma como Tame, Puerto de Casanare y
otras, sino también en aquellas en que se hablan varias lenguas, el
castellano se ha difundido tanto entre los indios cuanto se puede
desear entre gente todavía no civilizada. Los cacatíos de Manare
han aprendido ese idioma casi exclusivamente de los jesuítas, e
imitan también su elegancia con agrado de los oyentes.
Yo desearía, y este es el segundo punto, que no se extinga un solo
idioma de éstos sino después de haberse convertido todos los que
nacieron hablándolo. Quiero decir el guajibo, que dividido en dos
ramas, el puro guajibo y el chiricó, se extiende por toda la parte
salvaje de esa provincia, que al oriente llega hasta el Sinacuro y
el Apure, al sur y después nuevamente al oriente hasta la orilla
izquierda del Orinoco. Quiera Dios que después de tantos medios
casi inútilmente usados para su conversión, alguno se preocupe por
conocer bien su idioma, haciéndose instruír por uno o dos
jovencitos. Quizás este medio podrá vencer su renuencia. Pues
volvamos por fin al lugar de donde salimos.
Tierra Firme si se mira desde su más lejana provincia, es decir de
Cumaná, hasta la última que después de Santiago es la del Orinoco,
maravillará a los lectores por su extensión, por sus muchísimos
minerales, animales y plantas muy singulares. Pero estas son obras
del Altísimo siempre admirable en sus obras inigualables. Obra de
los españoles que poseen esa tierra, es la de haber en poco tiempo
subyugado una región tan hermosa, introducido nuestra santa
religión y fundado tantas poblaciones, a las cuales si yo quisiera
exagerar podría agregar las habitaciones de muchos en el campo, que
dejé al margen, y las posesiones y estancias tan llenas de negros
que parecen aldeas por la multitud de sus casas.
Y no se me diga que las ciudades que nombré son muy pequeñas en
comparación con las nuestras. Lo admito por algunas, siempre que se
diga que su número es tan grande que maravilla a los que las
consideran imparcialmente. Yo mismo, digo, encerrado entre las
estrechas cabañas del Orinoco por tantos años, al leer la larga
lista de ellas en las cartas de mis corresponsales y luego al
localizarlas, no pude menos de maravillarme. Sin embargo, qué es
Tierra Firme en comparación con el vastísimo imperio de España en
América, sino apenas el principio de aquella vastísima historia que
puede escribirse si se tratan una por una las demás provincias
americanas, como México, Quito, Perú, Chile, Paraguay? La
descripción de esos reinos la dejamos a otros, contentándonos con
haber dado a nuestra Italia alguna noticia de Tierra Firme en la
cual terminamos nuestro viaje, caneados ya por los años y los
trabajos, poniendo fin a esta obra emprendida para satisfacer a los
que me la solicitaron.
- FIN -
(1) |
Tomo I, Lib. V, cap. Xl. |
(2) |
Tomo I, Lib. I, cap. VII. |
(3) |
Lib. II, cap. IX. |
