CAPITULO VII
De los páramos y montes nevados.
 

 

Mientras más alto se sube y más montes se pasan y se acerca uno a su última cumbre, aumenta también más el frío. El frío que tanto gustó al principio, al fin se hace insoportable, el paisaje cambia totalmente, el cielo es distinto al de antes. Hablo de aquellos lugares que de trecho en trecho encuentran los viajeros de las regiones frías, y que con una expresión americana se llaman páramos. Hay muchos en Tierra Firme. Yo para no cansar a los lectores demasiado, describiré solamente aquel que yo ví con mis propios ojos en mi viaje de Santafé hacia el Orinoco.
De esta capital, de donde salí, hasta Tunja hay cinco jornadas y media, según la manera de contar en uso entre los habitantes. Una para llegar a Firavitoba, y hasta allí, a saber, en el espacio de cinco días y medio de viaje, no se observa cambio alguno de clima sino en Firavitoba donde es más templado. El séptimo día ofrece a la vista unos montes deshabitados y un lago muy conocido llamado Tota. Entre éste y el monte vecino de Toquilla, que es uno de los más renombrados páramos de Tierra Firme, en una pequeña llanura vestida de pequeños arbustos, en compañía de otros tres misioneros, bajo toscos pabellones pequeños se pusieron la camas al aire libre, según la costumbre de viajar por América. Y fuera por que aquella era la primera vez que yo dormía así, casi al aire libre en clima frío, fuera por la vecindad del monte ya dicho y del lago, confieso sinceramente que nunca he sentido en Italia un frío tan fuerte. Y diciéndolo así a mis compañeros, no hubo frazada ni vestido de los que llevaba conmigo de Santafé, que no tomara para calentarme.
Aquellas primeras duras experiencias del páramo de Toquilla me asustaron mucho, al pensar que si a los pies del monte el frío era tan grande, debía ser intolerable en su cima, en la que se duerme la noche siguiente. Llegada la mañana, nos dispusimos a subir la cuesta, y Dios sabe cuál era nuestro terror por los cuentos miedosos que nos habían relatado, y por los huesos de animales muertos por el frío que encontrábamos frecuentemente y por hallar montones de piedras adornados con cruces, debajo de los cuales sepultaban a los cristianos muertos por esta causa. Sin embargo, Dios quiso que aquel día fuera uno de los poquísimos en que el clima no es muy riguroso. Subimos al monte, dormimos por la noche en la cumbre, sin experimentar los rigores del frío. Pero en general, si el monte Toquilla está de mal humor, es increíble la tempestad de desagrados que llueve sobre aquellos que se atreven a acercársele. Yo lo contaré, no por haberlos visto, sino por habérmelos contado entonces algunos españoles que se nos juntaron en el camino, y por ser ésta la fama común. Cuando el páramo está bravo, lo que acontece en los días nublados y poco lluviosos, el frío aumenta sin medida. No se vaya a creer que al menos comúnmente, tan gran rigor sea causado por los vientos, (lo que no sería extraño en la cima de los montes); el ambiente puede estar tan quieto como se quiera, y hay muchísimo frío. En un abrir y cerrar de ojos se ven algunos que crugen los dientes, y mueren sonriendo, las mulas se desmayan bajo el peso de sus cargas y todos se engarrotan.
Existe algún remedio para impedir o quitar la parálisis de los miembros producida por el frío y sus fatales consecuencias? Lo hay ciertamente, si prestamos oído a los baquianos de aquellos lugares. Con respecto a los animales que por la carga que llevan son los primeros en sufrir el rigor extraño del clima, me dijeron que los arrieros los golpean con varas, para excitar en esa forma el calor en el exterior. Este remedio sirve sólo para los animales engarrotados, sería excesivo para los hombres. Por eso, en vez de golpes beben frecuentemente agua, que allí es muy fresca y clara, a fin de entrar en calor. No sé si este remedio sería aprobado aquí por aquellos que para entrar en calor prefieren el vino. Allá se piensa de otra manera, y llegan hasta decir que en circunstancias semejantes el vino es dañoso a quien lo bebe. Lo dejo al juicio del lector, mientras paso a dar otras noticias de los páramos.
La tierra de estas regiones por el fuerte frío reinante allí o está del todo despojada de árboles o no produce sino pequeñas plantas. Son raros también los cuadrúpedos y las aves. Quizás las hierbas son apreciables y de cualidades particulares, pero quién las va a observar, si no va allá de propósito algún curioso botánico? Mi ojo, que miraba de paso entonces los admirables partos de la naturaleza, se concentró exclusivamente en las aguas, y Dios sabe cuántas veces yo las bebí, pensando que dentro de poco no las tendría cuando bajara del monte, al que di de mala gana mi último adiós recordando las aguas tibias de tierra caliente. Por lo demás, las aguas con respecto al frío, son como los sorbetes que tomamos aquí. Uno las puede beber sin daño, son sutiles, límpidas y cristalinas y no caen pesadas al estómago. Brotan en muchos lugares y con su grato murmullo invitan a quitarse la sed. He aquí que en tres días de camino solitario, pues otros tantos hay del pie del páramo Toquilla hasta Labranzagrande, se encuentra a pesar de todo algo bueno.
Si alguno me preguntara aquí las causas de esa frialdad del agua, yo no sabría indicar otra sino el frío del páramo y la escarcha que cae allí muy a menudo. Por lo demás, allá no cae nieve sino una vez en ciento, y en algún caso muy raro, como dijimos de la que cayó en Usme. Pero la nieve que aquí no se ve sino rara vez, en otros montes muy altos de Tierra Firme es perpetua. Frente a Santafé, al occidente, se levanta allá a lo lejos, en la provincia de Neiva, el altísimo monte Quendío, al que por su figura cónica y por la blancura de su cima llaman Pan de Azúcar. Otro monte semejante es el llamado Jurado en el distrito de Pamplona. El monte de Santa Marta llamado así por la región en que se encuentra, no es desconocido para nadie que haya navegado en los mares próximos de Tierra Firme, tan alto es y tan visible para todos por la nieve; no diré nada de otros semejantes que dividen la América meridional en dos partes como nuestros Apeninos, se extienden hasta el mar de Chile y llaman la Cordillera, o simplemente los Andes.
Por lo dicho, todos se pueden dar cuenta en seguida de la altura espantable de tales montes. La hemos mostrado en parte al describir la subida en el capítulo quinto de este libro. Demos un vistazo a vuelo de pájaro a la bajada, volviendo nuevamente al Toquilla. De la cima de este monte hasta Labranzagrande donde el clima ya es caliente, hay una jornada de camino, una y media para llegar a Paya, una para ir a Morcote y otra en fin para llegar a Tocaría que está al comienzo de los llanos interminables de Casanare y casi siempre en bajada. Este lugar es tan pendiente, que si no hubiera mulas tan acostumbradas a llevar la gente, parecería temerario querer recorrerlo a caballo.
Yo con mis compañeros recorrí el camino que por consentimiento unánime de aquellos pueblos se tiene como bueno. Sin embargo infunde miedo aún a los más valientes. Dios nos libró del otro que llaman de las Almas del Purgatorio, no lejos del páramo de Toquilla, en el que además de la terrible pendiente hay tantos peligros de caer, que por haberse roto los huesos allí no pocos viajeros y otros haber pasado a la otra vida, se llama de esa manera. Téngase presente esta fuerte pendiente que servirá para ilustrar lo que vamos a agregar en seguida.

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