CAPITULO IV
De los insectos y reptiles de tierra caliente.
Evito a mis lectores la molestia de volver a sentir aquí
nuevamente las punzantes picadas y el desagradable zumbido de los
mosquitos del Orinoco. Baste decir que semejante peste la hay en
todos los climas calientes de Tierra Firme, especialmente en los
húmedos y deshabitados, son menos en los secos y habitados hace
mucho tiempo. Es raro encontrar un sitio donde no los haya. En
cuanto a las mariposas, las ví en el río de la Magdalena en número
mayor y más bonitas que en el Orinoco. Y si algún curioso
observador de estos graciosos insectos se dedicara a ello, podría
ciertamente formar una vistosísima serie dividiéndolos en
diferentes clases, tantas son y de tan diferentes colores.
Pero consideremos un insecto, que si fuera cultivado en Tierra
Firme, les sería de mucho provecho. Hablo del gusano de seda. Un
Padre amigo mío, que a solicitud mía me dio noticias más completas
y también más útiles y curiosas sobre los climas calientes, me
asegura que hay gusanos de seda en las selvas de Villavieja y en
otros lugares que él recorrió: "Comen, dice él, las hojas del árbol
dinde, que es semejante, como él también lo dice, a la morera
macho". Y aquí acaba su cuento acerca de este utilísimo insecto que
yo recuerdo haber visto ciertamente en el Orinoco, pues no lejos de
la Encaramada, en el camino que lleva a Pavichima, recuerdo haber
visto más de una vez capullos colgados de los arbustos, y
semejantes en todo a los de nuestros gusanos de seda, lo cual yo
dije entonces a quien los vio conmigo. Pero no tuve la curiosidad
de arrancar uno para estudiarlo.
Solamente en el último año que pasé en el Orinoco. (1) ví las celebérrimas coya, arañas
pequeñas de vientre rojo y de veneno muy fuerte. De estas arañas
tengo dos noticias muy cuidadosas de dos gentilísimos Padres amigos
míos, y he aquí en resumen lo que ellos dicen. La araña coya hace
su tela entre las piedras o en el estiércol seco de los bueyes que
se encuentra en los campos. No pica nunca a nadie que esté cerca.
Pero pobre del que por casualidad las aplasta con las manos o los
pies desnudos o de otra manera semejante. La coya muere y ya no
puede resentirse por el daño recibido pero toma su venganza atroz
el veneno de que está llena, introduciéndose en seguida por los
poros, que produce en el que la aplastó horribles espasmos
mortales.
Antes no se creía que hubiera remedio alguno para mal tan grave,
sino el asquerosísimo de englutir el estiércol humano o el
cruelísimo de quemar casi al paciente que pasan varias veces a
través de una llama. Yo creo que este remedio exótico fue usado por
los indios y que ellos lo dejaron a los españoles que lo usaron por
mucho tiempo. Hoy día se piensa de otra manera. En efecto, en
Villavieja se ha encontrado un remedio cristiano, es decir, una
poción hecha de jugo de limón hervido con azúcar. Todo esto hace
pensar no sólo en la analogía del veneno de la coya con el curare
de los orinoquenses, sino también en la semejanza de este remedio
con el que encontraron los portugueses contra el mismo curare.
Véase mi Historia. (2)
Adiós bueyes, y los otros animales del campo, dirá el lector, las
coyas harán estragos entre ellos. Sin embargo no es así, pues esta
araña al oír las pisadas y más bien al oír el solo ruido de su
grueso aliento, inmediatamente se esconde y los deja pasar
impunemente. Cosa más rara: los gallinazos se comen las coyas y no
les hacen mal. Pero más rara esta otra: las coyas en clima frío
dicen que pierden totalmente el veneno. La sede propia de las coyas
es la tierra caliente, y allá su poder contra el cuerpo humano es
en todas partes igual. No me consta que allá mismo haya muchos
lugares en que ellas vivan. Pero es cierto que las hay en
Villavieja, en los grandes llanos de Neiva y en
cercano distrito de Popayán. "Las arañas coyas no son muchas, me
dice un gentilísimo Padre de los alrededores de Cartagena. Su
propia región es el Llano-grande donde ví muchas de ellas" y he
aquí lo que yo sé de las coyas.
Esta pequeña araña me hace recordar lo que dije en el primer tomo
de mi Historia de la que los tamanacos llaman Araya (3), de la cual y de su extraño
tamaño, hay una confirmación en el tercer tomo. (4) Y aquí brevemente otra noticia
tomada de la provincia de Cartagena: "Hay, dice un amigo, además de
las coyas otras arañas del tamaño de una copa de sombrero, y ha
sucedido que alguna de ellas haya agarrado un pollo y se lo haya
llevado para devorarlo. Esto último me lo contaron". De las arañas
de Cartagena y de sus alrededores, el Padre ya citado pasa a tratar
de los alacranes y del venenoso animal doméstico que se llama
ciempiés. Hablamos de los dos en nuestro Orinoco, pero en su
relación hay circunstancias dignas de mención.
"Insectos más grandes, dice él, son lo alacranes, de los cuales hay
muchísimos en lo climas calientes. Su veneno es mortal, y son
también extraños los efectos que origina, pue la lengua del que es
picado por el alacrán se hincha de tal manera que parece que habla
como borracho. El remedio es beber un vaso de aguardiente de caña
de azúcar, o aplastar el alacrán en la herida que hizo, porque sus
tripas son el contraveneno, lo cual experimenté yo mismo. Los
ciempiés se encuentran de un palmo de París de largos, más gruesos
que el pulgar, también son venenosos". Acerca de este relato no
deja de maravillar la naturaleza del veneno de los alacranes de
diferentes lugares, aunque del mismo clima caliente. Léase el
remedio para los del Orinoco, y se tocará con la mano este
portentoso fenómeno, sin poder dar una razón que nos
convenza.
De las serpientes del Orinoco se dijo tanto en otro lugar (5) que pudo parecer
demasiado. Sin embargo, en los preciosos manuscritos que se me han
transmitido, encuentro acerca de ellas cosas que merecen
mencionarse. Las serpientes de dos cabezas (así, no sé si bien, las
llaman los españoles de Tierra Firme) dije que constituyen un
remedio oportuno para las luxaciones (6), pero no dije porque nunca lo supe de qué
manera se aplican. Es útil decirlo ahora con las mismas palabras
del alabado Padre que me informa al respecto: "Las cabezas cortadas
(él supone que son dos) se secan, se pulverizan y se toma el polvo
en vino para sanar las luxaciones. También se toma dicho polvo y se
mezcla con la resma del frailejón y se coloca en el lugar de la
luxación que sana fácilmente, aunque sea vieja. Yo he visto la
serpiente y he visto reponerse con ella a los que se habían
luxado". De la resma del frailejón hablaremos cuando tratemos de
las plantas de los climas fríos.
No sirve para nada, pero es singular el daño que hace a los
vivientes, una víbora o serpiente venenosísima que se encuentra
entre los cacaotales. Nosotros la llamaremos voladora, pues cuando
ve al hombre, se recoge toda como para tomar aliento y agredirlo,
con un salto se arroja a la cintura y lo muerde. Dejo para ser
breve a la serpiente tigre, así llamada por tener la piel manchada
como la de ese animal y por imitar su ferocidad. Quédese en las
llanuras de la provincia de Caracas donde nació, y allá también o
en otra deshabitada región, quédense otras muchísimas serpientes de
las cuales me han hecho un largo relato mis corresponsales. Y
pasamos a un tema más agradable.
(1) |
Tomo I, lib. V. cap. XII. |
(2) |
Tomo II, XIX. pág. 388 |
(3) |
Lib. V, cap. XII. |
(4) |
Lib. II, cap. XVII |
(5) |
Tomo I, lib. V, cap. XVII |
(6) |
Lugar citado. |
