CAPITULO II
Del ganado vacuno
La robustez del ganado vacuno, que parece asemejarse mucho a la
del hombre, no le tiene aversión a ningún clima, pues los bueyes de
los cuales vamos a tratar, se encuentran en todas partes. Todo
lugar siempre que tenga algo bueno para comer, parece igualmente
apto para esos animales, pero los climas cálidos no sujetos a la
escarcha ni a las embestidas del viento helado, son mucho mejores
para su conservación y propagación. En Tierra Firme se encuentran
en todas partes, ya sean frías, templadas o calientes, siempre que
haya españoles. El ganado vacuno de las tierras frías y templadas
puede decirse que es casi nada en comparación con el que se
encuentra en las calientes. No extrañen pues, que en beneficio de
la brevedad, hable de todos en este lugar.
Y para hablar en primer lugar de la multitud de esta especie de
animales en toda la Tierra Firme, sin detenernos a hablar de la de
los alrededores de Santafé y Tunja o de otras tierras frías, es
cierto que es sorprendente. Démonos el gusto de dar un vistazo a
las tierras calientes para observar la cantidad prodigiosa de
animales. La provincia de Cartagena por ser la que tiene más selva
y estar atravesada por muchos ríos y lagos, no es la más apta para
tener allí ganado. Sin embargo, en aquellos pocos prados que hay
aquí y allá, especialmente en Tolú donde se dice que son más
espaciosos, una persona muy conocedora me escribe que hay fincas
allá que tienen muchísimo ganado. Cerca de Mompox, que está en las
orillas del río de la Magdalena, hay dice él, una finca en que cada
año se marcan cerca de cuatro mil terneros nuevos.
Pero esas son finquitas, diremos así, si las comparamos con las de
Villavieja y toda la provincia de Neiva, de donde ordinariamente se
surte de terneros la capital de Sartafé. En esa región, los hatos
de ganado vacuno que son muchos, alcanzan hasta veinte y treinta
mil cabezas, y éstas no son las únicas de tal cantidad que hay en
Tierra Firme. Igual, y quizás aun mayor es la abundancia en la
provincia de Santa Marta, Casanare, Meta, Barinas y la jurisdicción
de Cumaná. Pero aventaja a todas en este punto la opulentísima
provincia de Caracas, de la cual tengo quizás datos más exactos y
particulares. Oigamos a este respecto a una persona muy conocedora
de esa región y citemos un largo párrafo de algunas cartas que me
escribió, en las cuales fuera del número del ganado vacuno, hay
otros muchos datos dignos de mención.
Dice así: "Los hatos son muchísimos en la provincia de Caracas,
pues en todas las llanuras de las provincias que se extienden desde
las orillas del río Apure hasta los confines de la provincia de
Cumaná, y desde el pie de los montes de Caracas hasta el Orinoco,
no se encuentran sino hatos, y como se trata de tierras muy
calientes, no contienen sino ganado vacuno, caballar y mular. Estos
hatos ordinariamente tienen de cuatro a cinco mil cabezas de
ganado, pero hay muchos que pasan de los diez mil y algunos llegan
a veinte mil. En proporción con el número de ganado vacuno, tienen
también caballos, porque los que cuidan el ganado no van nunca a
pie sino siempre a caballo. Y no pueden hacerlo de otra manera,
porque el territorio es muy vasto y los hatos están siempre muy
distantes los unos de los otros". Así él en una carta.
He aquí lo que me dice en otra: "Estos llanos (habla de los ya
citados) abundan en ganado vacuno, y doce señores de Caracas que
tienen posesiones en aquellos llanos, tienen la obligación de
suministrar carne a la capital. Cada seis meses tienen una semana
fija para esa provisión, y tienen la obligación de enviar a la
ciudad en la semana de turno doscientos novillos. Esta es la única
carne que ordinariamente se consume en la provincia. Como por lo
caliente del clima las bestias duermen siempre en los potreros y a
veces los animales de un dueño se mezclan con los del vecino, en el
mes de mayo se reúne el ganado con la intervención de los
interesados. Para tal fin se construyen en campo abierto grandes
empalizadas con el fuste de cierta palma muy abundante en aquellas
tierras.
"Se hace entrar el ganado a las corralejas, y como los terneros y
terneras van detrás de sus madres marcadas con el fierro del
respectivo dueño, por la madre se conoce el hijo, y entonces se
marca con el fierro caliente de su dueño. Lo mismo se hace con los
caballos, yeguas y mulas. Estos fierros tienen una cifra registrada
en el archivo de la comunidad de Caracas, de tal manera que cada
uno tiene su marca diferente de la del otro para evitar fraudes y
engaños. Cuando se vende una de estas reses, el dueño la hace
marcar en una paleta con su contramarca, que se llama de
venta.
"Con ocasión de dicho rodeo, se castran los toros; y si entonces el
tiempo no lo permite, en otra oportunidad los vaqueros cabalgando a
rienda suelta detrás de los toros, los alcanzan, los enlazan y
después aseguran la cuerda a un árbol para detener al animal, lo
agarran de la cola, lo echan por tierra y le cortan los testículos
o se los aplastan con dos piedras, una debajo y otra por encima y
luego lo sueltan; la mayoría se cura de la herida. Es increíble
como se multiplica el ganado vacuno y caballar en esos climas
cálidos. La ternera antes de cumplir un año está preñada. Oí decir
de personas conocedoras que un capital de quinientas vacas, en
cuatro o cinco años se transforma hasta en cuatro mil cabezas de
ganado. La gran utilidad de estas manadas consiste principalmente
en los becerros castrados, que después de cuatro o cinco años se
llevan tan gordos al matadero, que es necesario quitarles la
excesiva gordura que tienen. Ordinariamente de cada uno de estos
becerros los matarifes sacan ciento veinte libras españolas de
grasa y otras tantas de sebo. De la grasa se sirven los pobres para
condimentar sus alimentos; los señores usan la de cerdo. El uso del
sebo se reduce a la fabricación de velas que usan pobres y ricos
por no encontrarse allá aceite.
"En esas tierras también se hace queso en gran abundancia, pero no
se ordeñan todas las vacas con cría. Si se ordeñaran todas, se
podría hacer del queso un artículo de considerable comercio, pero
se consume todo en la misma provincia. El cuidado de aquellas
fincas está a cargo de pocas personas. Yo pasé por una que tenía
más de treinta mil cabezas entre bueyes, caballos y mulas, y sin
embargo no había más que treinta hombres con algunas mujeres. La
alimentación de esta gente es cosa que sorprende. Rara vez comen
pan, su alimento ordinario es la carne asada con un gran plato de
leche. Comen un bocado de carne y beben dos sorbos de leche, éste
es todo su almuerzo y toda su cena. A veces en lugar de pan, comen
queso fresco.
"En estos países se ve poco dinero, por lo tanto los contratos se
hacen ordinariamente por canjes de caballos y vacas. Un potranco se
estima en diez escudos, una vaca en cinco, pero el que lleva dinero
lo obtiene por la mitad y aun por menos. Los vaqueros no van nunca
a pie, van siempre a caballo. Cada uno tiene dos o tres caballos
para su servicio y cuando uno se cansa, lo abandona y toma otro.
Con motivo del servicio de la hacienda se alejan de las casas una o
dos jornadas de camino, y entonces su alimentación mientras
regresan a la hacienda, tanto por la mañana como por la tarde, es
una ternera asada. En los días en que están ausentes duermen
siempre al aire libre".
Así me informa el diligentísimo Padre, a quien dentro de poco
volveremos a oír hablar muy acertadamente acerca de la calidad de
estos animales. Entre tanto yo debo agregar a lo dicho que en mis
excursiones en Cabruta, a donde concurren algunos caraqueños, pasó
alguna vez que hablando del número del ganado vacuno de aquella
provincia, yo le pregunté a D. Lorenzo Hermoso, caballero
distinguido, y él calculando algunas manadas grandes y pequeñas,
según la calidad de los dueños, me dijo que debía haber alguna de
treinta mil cabezas de ganado, lo que concuerda maravillosamente
con lo que poco antes me decía en sus cartas el alabado
Padre.
Es conveniente que después de haber tratado de los bueyes, digamos
alguna cosa de las mulas, caballos y burros, para los cuales los
climas cálidos son tan aptos como para los animales antes citados.
No es posible que tan grande cantidad de ganado vacuno puede
conservarse por mucho tiempo fiel a su dueño y serle de utilidad
sin un suficiente número de bestias de silla y de carga. En efecto,
aunque algunos bueyes se hayan tornado salvajes, ya por su gran
número, ya por la pereza de sus vigilantes, y merodeen por las
selvas a su gusto sin marca alguna y permanezcan casi siempre allí,
sin embargo en cada manada hay muchos caballos, mulas y asnos cuyo
número no es fácil precisar. Pero de todas maneras, no es
ciertamente pequeño. Hablaré de esto siguiendo las luces que me
dieron personas versadas.
Una de ellas que estuvo mucho tiempo en la provincia de Cartagena,
dice así: "Quienes tienen a su cargo el cuidado del ganado vacuno,
van siempre a caballo. Por lo tanto hay haciendas con dos mil o
tres mil caballos de silla". Otro habla con menos precisión, pero
las noticias que me da acerca de otras cosas que tienen relación
con dichos animales, no debo omitirlas. "Entre lo que dan estas
haciendas de mucha utilidad, tenemos las mulas que generalmente
tienen muy buen precio, porque todo el tráfico terrestre se hace
con mulas de las cuales hay gran abundancia y se venden
generalmente por cuarenta escudos. Para obtenerlas, ponen
generalmente un burro en una manada de yeguas, otras personas ponen
un potro entre las burras. La mulas que nacen de estas burras son
más pequeñas, pero he oído decir que son muy buenas para la carga.
Con respecto a las bestias de silla, entre los caballos hay algunos
excelentes, de buen paso natural y artificial. Generalmente no se
sirven mucho de los caballos sino de las mulas, entre las cuales
hay óptimas en gran cantidad. En esas tierras, ni los caballos ni
las mulas están herrados, cuando se les dañan los cascos, se curan
fácilmente con el jugo de la hierba cucuiza.
