CAPITULO V
De las diferencias que harían parecer inferior al nuestro el ganado
de Tierra Firme.
Yo no acogeré todas la acusaciones que muchos han hecho al
ganado vacuno americano, por parecerme mal fundadas y aun frívolas.
Quien tenga tiempo para perderlo que lo pierda. Pero no podré
dispensarme de citar algunas para aclarar en cuanto pueda la
verdad. Sea lo primero respecto al tamaño que algunos dicen
inferior al de nuestros bueyes. Y hasta aquí, si por bueyes se
entienden sólo los de raza blanca, me parece que tienen razón. Pero
si la comparación se hace entre semejantes, es decir, entre
nuestras vacas rojas con las americanas, yo no encuentro ninguna
diferencia, fuera del hecho de que los cuernos de aquellas me
parecieron más largos. De la misma opinión es un amigo carísimo, al
cual le pedí por carta una información. He aquí sus palabras: "En
cuanto a la gordura y tamaño (del ganado vacuno) yo no encuentro
gran diferencia con nuestros animales. Es cierto que como allá no
se utilizan los bueyes para trabajar la tierra, sino muy poco, no
tenemos experiencia de cuánto puedan crecer allá los machos. Pero
es cierto que yo ví cuernos de tamaño desmesurado que no ví en
Italia".
Agrego a este testimonio el de otro amigo muy querido: "Los
animales de Tierra Firme, dice él, en su mayoría son como los de
Europa, si se habla de caballos, de bueyes, de terneros y de vacas.
Las mulas son más pequeñas pero muy fuertes". Estos dos testigos a
quienes yo interrogué separadamente, y que son muy expertos y
veraces, me parece que comparan el ganado blanco que vieron en
Loreto y Fano, ciudades desde donde me escribieron, con los de
Tierra Firme sin distinción alguna. Y hablando en términos
generales, a mí también me parece lo mismo. Digo hablando en
términos generales, porque en Italia, fuera de la raza común que
diremos semejante en su tamaño a la americana, hay también otra que
la supera en mucho, a saber, la de la campiña romana y la que se
trae aquí del reino de Nápoles.
El tamaño de este ganado es realmente grande, y a ellos no puede
asemejarse en forma alguna el ganado de Tierra Firme, ni siquiera
en los cuernos. Yo oí de algún español que vivía en Roma, que en
España tampoco hay ganado de semejante tamaño. Esto supuesto, no
podríamos nosotros sin ofensa ajena, poner de acuerdo todas las
diferentes opiniones de los escritores de América? Yo me atrevo a
hacerlo sin ofender la verdad, estableciendo estas proposiciones.
I. El ganado nuestro de raza roja es semejante al americano del
mismo color, fuera de que los cuernos de los nuestros son menos
grandes. II. Nuestro ganado de raza blanca común no es más grande
que el ya dicho de Tierra Firme. III. Entre nosotros hay una raza
que en cuanto a tamaño, supera a todo el ganado de Tierra Firme.
IV. Esta diversidad de colores y de configuración que hemos
establecido en el ganado vacuno, sé nota en todas las demás
especies de animales domésticos: cerdos blancos, negros, grandes,
pequeños, perros grandes, chicos, etc. V. Dicha diversidad puede
ser intrínseca o depender de la crianza. Intrínseca parece la de
las razas de ganado blanco, la de los caballos de diferentes razas,
la de varios animales de carga y la de ovejas y cabras. Extrínseca
y dependiente toda de la mayor alimentación que se les da para
engordarlos, parece ser la de los cerdos negros, cuyo peso de
quinientas libras ciertamente no es común en Italia. Con todo esto,
no puede negarse que nuestros cerdos ya sea por la raza o por la
alimentación abundante que se les suministra, son mucho más gruesos
que los de Tierra Firme. Así también me lo ratifica el citado
amigo, al cual le pedí una explicación al respecto, temiendo yo que
confundiera los jabalíes nuestros con los cerdos domésticos. "Yo,
me contestó, he hablado solamente en mi carta anterior de los
cerdos domésticos, los cerdos salvajes de Italia también son mucho
más gruesos que los de América".
VI. En Tierra Firme, en los lugares cálidos y en los fríos, hay una
increíble variedad de perros (lo mismo digase de gallinas, etc.)
que han sido llevados allá no sólo de España sino también de las
Antillas, sujetas a varias naciones europeas. Todos parecen ser
semejantes a sus antiguos antepasados, sólo que en lo países
cálidos sufren enfermedades. Los del Orinoco son pequeños por la
causa que dí en el primer tomo (1). VII. Las bestias de carga de Tierra Firme
son generalmente más pequeñas que las nuestras, pero se puede decir
que son así, no por alguna alteración que hayan sufrido con el
transcurso del tiempo, sino por naturaleza o por raza. VIII. Qué
diremos de las mulas, que la persona antes citada dice que son más
pequeñas que las nuestras? No podría ser esto un efecto del clima
siempre caliente en que están? Yo digo que sí, y no protesten como
si se tratara de un juicio mal fundado, pero no se haga culpable de
esta cualidad a toda tierra americana. En otras partes, por motivos
opuestos pueden ser más grandes.
A este respecto, y me agradecerán que yo diga la verdad, se
equivocó mucho el docto escritor de la Historia de Chile (2). El, que no encuentra
nada de lo nuestro en América sino mejorado en mucho, después de
haber hablado de las cualidades del ganado de yugo en aquel reino,
y de la excesiva multiplicación de las vacas y de los toros que se
han retirado de lo Andes hacia los valles, agrega (no sé con qué
propósito) esta enfática expresión: "pero ni éstos, ni los otros
bueyes de allá tuvieron nunca la mala suerte de perder los cuernos,
como lo dan a entender los denigrantes de América". Y quizás a
nuestro docto escritor le maravilla que en una parte del mundo tan
vasta como América haya lugares donde el ganado vacuno no tenga
cuernos? Yo le diré más. En algún lugar se encuentra también ganado
que no tiene pelo. Y él no debe temer que por esto se degrade a
América. Repito nuevamente: el vicio de un país no es vicio de
otro, el bien está mezclado con el mal y al lado del trigo nace la
cizaña.
Si después el citado autor desea saber de mí de dónde he sacado
esta noticia, se lo diré con franqueza. Nunca me he propuesto hacer
conocer del público las malas cualidades de algunas especies de
ganado vacuno. Mientras yo viví allá, conocí sólo las buenas. Mis
pensamientos estaban divididos entre libros y salvajes, pero ahora
habiendo pensado escribir la Historia de Tierra Firme, quise
agregar a mi pocos conocimientos con respecto a algunas cosas de
Tierra Firme que yo no ví, el de otros que las conocen bien. Pido a
una persona que estuvo largo tiempo en Villaveja, lugar que está en
la provincia de Neiva y dista de Honda tres días y medio por río, a
saber por el de la Magdalena, y ocho si se viaja por tierra con
mulas de carga; pido, digo, a dicha persona "noticias acerca del
ganado vacuno de aquella provincia" y él me contesta así:
"En aquella provincia hay mucho ganado vacuno, toros, caballos,
yeguas, mulas etc. Una cosa en particular, hay un lugar en donde
todos, toros y vacas, no tienen cuernos, y por mucho que se haya
hecho por matar estos animales, hay siempre toros y vacas sin
cuernos. En otro lugar, el ganado vacuno no tiene pelo, y se parece
a los perros calungos o chinos. Sólamente en la cola tienen un
mechón de cerdas". Un cuento tan nuevo para mí, no solo me
sorprendió, sino que me llenó de asombro, poro cual, a la vuelta de
correo, volví a pedirle más pormenores y él me satisfizo en todo
exactamente. Y he aquí su contestación:
"Muy señor mío. Contesto a aquellas cosas de que usted tiene duda,
y que yo le puedo decir, más por haber sido testigo ocular que por
haberlas oído contar. Muchos años antes de que el Hermano Urrea
fuera a Villavieja, (este Hermano era administrador de la finca de
los Jesuítas en dicho lugar cuando yo llegué de España a Santafé en
el año 1743) en el mismo lugar y en el mismo empleo estuvo un
sujeto llamado Juan Molina... que con su trabajo sirvió mucho a
aquella finca, ya en lo que se refiere al ganado vacuno ya en la
plantación del cacao. Desde sus tiempos, cuando era procurador (en
Santafé) cierto Padre Jaramillo, en la localidad llamada Reyes
había ganado vacuno sin cuernos, y en la de Aguahedionda lo había
no sólo sin cuernos, sino también sin pelo. Me parece que a Molina
le sucedió como administrador el Hermano Urrea y después de él
otros varios. Y todos estos sujetos intentaron exterminar aquellas
dos razas de toros y vacas. Tales toros les parecían feos, porque
los cuernos son el ornamento más bello de estos animales. Con todo
ésto hay que notar que como no tienen cuernos, embisten con la
cabeza como carneros, o con las patas lo que es más frecuente. La
razón por la cual se quería destruír los animales sin pelo, fue que
cuando se llevaban a vender a Santafé, a causa del largo camino
bajo un sol abrasador, se les agrietaba la piel y después les caían
encima las moscas, se llenaban de gusanos y morían. Pero por mucho
que tales sujetos hicieron por acabar la raza, nunca lo lograron.
Ultimamente, estando yo en Villavieja con el difunto Padre Javier
Trias, que fue mi profesor de filosofía, él dijo a los pastores que
no quería más semejante raza de animales y que lo mataran todos.
Esta orden tampoco tuvo éxito, pues en los dos lugares dichos
nacían siempre animales sin cuernos y sin pelo. Se llegó a retirar
todo el viejo ganado defectuoso para sustituirlo con bueno, y sin
embargo pasó lo mismo que antes, lo cual por otra parte no sucedía
en ningún otro lugar de la posesión".
Después de un hecho tan concluyente, puede parecer inútil que yo me
ponga a buscar minuciosamente las causas de semejante fenómeno.
Parece que a un historiador le conviene más la brevedad en los
puntos de filosofía, y se contente con decir que es un defecto del
clima que ha influído en los animales. Con todo esto, aunque no me
satisface en todo, citaré la opinión de los dos sujetos ya
nombrados.
"Muchas veces (continúa la carta) hablando yo con el difunto Padre
Trias acerca de las causas de dicho fenómeno, no me convencían sus
razones ni a él las mías. Y así se concluyó (aunque no me gustó)
que esto procedía o de la sal nitro, o de las aguas, o de algún
influjo del sol o de los pastos que comían. Este último motivo me
parece bien fundado, porque por experiencia se veía en los animales
que comían limones que sus carnes aunque salubres eran muy sabrosas
y se percibía en ella el sabor del limón. Además, las carnes del
ganado vacuno acostumbrado a comer cierta hierba odorífera
Curibana, tenían la misma fragancia. Por lo tanto, los pastos y no
la sal nitro o las aguas producían estos efectos. Y he aquí la
prueba: Los animales sin cuernos y pelados, casi todos beben agua
de un riachuelo que se llama Las Lajas, y este riachuelo pasando
entre dos montes muy cercanos el uno al otro, recorre toda la
finca. Por qué producirá estos efectos en su principio y no el
medio o al final donde bebe muchísimo ganado y no sufre tales
consecuencias? Y no puede afirmarse que la causa sea la sal nitro
que se encuentra en todo el curso del río".
Hasta aquí el alabado Padre, y si él que pone toda la razón de la
alteración de los animales en las hierbas que comen, hubiera tenido
el cuidado de describírnoslas, según mi parecer habría cumplido con
su tarea y merecido la alabanza de los sabios investigadores de la
naturaleza. En confirmación de su opinión, no habría quedado sino
comparar unas hierbas con otras, las de los pastos que se encuentra
en el curso superior del riachuelo Las Lajas donde ocurre dicha
alteración, con las de los pastos río abajo donde no pasa ese
fenómeno; notar aun las más pequeñas circunstancias, si hubiera
podido dar a comer esa hierba por algún tiempo a los terneros de
manadas no infectadas, a terneros separados de sus compañeros o
puestos a pastar con el ganado defectuoso. En tal caso, al notar
algún efecto no se hubiera atribuído solamente a las hierbas que
comen sino también a otras de las causas ya enunciadas. Esto parece
lo más verosímil. Nosotros hemos experimentado el poder del sol al
tratar extensamente de los climas cálidos. Pasemos a los que son
más semejantes a los nuestros.
(1) |
Lib. V, cap. XVIII |
(2) |
Historia de Molina, Lib. IV, pág. 330. |
