CAPITULO III
De las plantas hortenses de los climas fríos y templados de Tierra Firme.
 

 

Después de haber tratado de aquellas plantas que nacen espontáneamente en los lugares indicados, y que en parte se asemejan a las nuestras en parte son muy diferentes, vamos a hablar de aquellas a cuyo cultivo se dedicaron los indios de esos lugares, sembrándolas y plantándolas en sus campos. Es cosa muy rara en una materia que a primera vista puede parecer muy extensa, yo me vea obligado a ser más breve que de costumbre por su pobreza. Pero esta es una de aquellas cosas que siendo por sí mismas muy ciertas, parecen inverosímiles a los que no saben nada de regiones extranjeras. A tales personas, por una especie de indolencia de la mente no cultivada, el mundo aparece todo igual. Pues se dan estultamente a creer que como en todas partes hay hombres y tierras que trabajándolas se les puede sacar el alimento, se figuran que todo el mundo es semejante ni más ni menos al nuestro.
Yo no debo suponer a mis amables lectores de tan escasa mentalidad. Saben ya la pereza de los indios, conocen las cualidades de la tierras que ellos no quieren trabajar sino poco, y que éstas aun cultivadas no pueden producir de todo. He aquí lo que encontraron los conquistadores: I-El maíz de que se alimentan ordinariamente todos los indios de los climas fríos. Hablé profusamente en mi Orinoco (1) y no tengo deseos de repetir inútilmente lo dicho, de aquellas plantas para las cuales toda tierra que no sea del todo hiperbórea es admirablemente apta. Baste solamente decir que los indios hacen del maíz pan y vino, como los orinoquenses. II-Pero más que maíz, los indios de los climas fríos consumen papas, hoy día no desconocidas en Italia a donde las llevaron los españoles y que se encuentra en muchas partes. Esta raíz, a veces redonda, a veces de forma esférica, según otros italianos es también muy estimable, y con el pasar del tiempo adquirirá tal vez aquel prestigio que han tomado aquellas frutas americanas que se llaman tomates, y a las cuales por mucho tiempo no se les dio importancia. Me haría demasiado pesado si informara de las disertaciones hechas en alabanza de la papa, o relatara el uso que de ella hacen los extranjeros. Digo solamente, para quien quiera seguir mi ejemplo, que habiendo sembrado unas papas durante un veraneo en Legogne, localidad de la diócesis de Espoleto en donde nací el 26 de julio de 1721, recogí frutos tan abundantes, tan sabrosos y bonitos, que admiraron algunos americanos a quienes se los mostré y me dijeron que no habían visto nunca papas tan grandes en sus países. En efecto, algunas llegaban a pesar cerca de dos libras, peso al cual no llegan casi nunca las papas de Tierra Firme.
III-Las papas de Fute, lugar muy cercano a Santafé, son quizás las más sabrosas y grandes de aquella región, pero nunca tan grandes como las anteriores. Después de esto, no fastidiaré a los lectores contando pormenorizadamente en qué forma los santafereños comen las papas, y con cuánta abundancia se encuentran en sus campos, siéndome suficiente decir con respecto a lo primero que las comen salcochadas o condimentadas en diversas formas, y en cuanto a lo segundo, que no tengo palabras suficientes para alabarla. Si al historiador le es lícito alguna vez usar de la hipérbole, digo que las papas de los climas fríos de Tierra Firme son innumerables, todos las comen continuamente.
IV-Entre nosotros tendrían más aceptación si se nos trajera semilla, las arracachas, raíces de tamaño medio, de color amarillo, grasosas, pastosas, sabrosas al paladar y muy semejantes en sus hojas al apio, sin el sabor dulce del cayote, que aquí dicen originario de Portugal.
Nuestro clima sería muy apropiado para su cultivo, y nuestros cocineros harían de ellas muchos usos. Yo ví el agrado con que todos los europeos a quienes no les gustaban las papas, recibieron en Santafé esta raíz cuando llegaron allá conmigo en el año 1743. IV- Pongo en cuarto Jugar la planta llamada Quinua, aunque quizás ella no sería del agrado de todos los italianos. Produce una semilla blancuzca, redonda, aplanada como la del pimiento, si so bate en el agua da mucha espuma, y si la beben los que tienen fiebre, no solamente les refrigera las vísceras, sino que les produce vómito pero sin molestia alguna. Por esta cualidad emética, es desagradable comer las semillas en la sopa, a la manera del arroz; los hispanoamericanos y otros las comen no sólo con provecho sino también con agrado.
V-En último lugar debemos decir algo de ciertas frutas que en Santafé se llaman de Chile. Son producidas por un planta semejante a nuestras fresas, pero son mucho más gruesas, de color casi rojo y de un sabor un poco distinto. Hay algunos que las prefieren a las italianas, aunque las nuestras tengan mejor aroma, y yo que entro siempre de mala gana en estas disputas de gustos, dejaré que cada cual piense como más le agrade; diré que los europeos, como veremos un poco más adelante, no estiman tanto estas frutas como sus fresas.
Cerremos este breve capítulo con una reflexión. Yo creo que al principio los indios de los climas fríos y templados de la Tierra Firme, especialmente los de Santafé, no tuvieron otra cosa que comer, fuera de las frutas silvestres, sino su maíz. Los nombres de las demás legumbres hortenses secas, son tomados todos del extranjero. Habla por sí mismo la fruta que acabamos de describir, y que nos dice que fue importada de Chile. Quinua, arracacha, papa son palabras peruanas. No podríamos decir que los caciques de la sabana llamada hoy de Santafé, que antes de ser sometidos por los españoles tuvieron comercio con Quito, entonces en poder de los Incas, recibieron de ellos con las hortalizas indicadas, también sus nombres) Nada más natural, y no va en contra el decir que los santafereños llaman turmas a las papas, pues quién no ve que esa palabra burlesca fue introducida por los españoles más tarde?

(1)
Tomo I, lib. IV, c. VIII
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