Ficha bibliográfica
Titulo:
Comentario al Segundo
Edición original: 2004-02-19
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-19
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Darío Achury Valenzuela
 
 
 
 
 
Comentario al Segundo "Afecto Espiritual" de Sor Francisca Josefa de Castillo
Darío Achury Valenzuela

É ste pudiera llamarse un Afecto-tipo, porque, al analizarlo, nos da la clave del modo como Sor Francisca estructuraba sus Afectos. Una primera lectura de su texto deja en el lector la impresión de una serie de cláusulas sueltas, entreveradas de exclamaciones y citas de la Sagrada Escritura, que ratifican su incoherencia, incoherencia que, como luego se verá, es meramente aparente. Pero sometido el texto a un calmado escudriño se va haciendo patente su plan normativo, y, por consiguiente, su racional estructura, si vale la expresión.

Procediendo de lo general a lo particular, seguiremos, a través de sus meandros, el curso de este Afecto, marcando en cada caso los episodios o hitos que van jalonando su patética fluencia:

El motivo. El punto de arranque de este Afecto lo constituye un estado de alma motivado por hechos concretos que se suscitan a su rededor, que actúan en su circunstancia vital: los celos y humillaciones de que Sor Francisca es objeto por parte de sus compañeras de claustro la obligan a buscar en la soledad y en la oración un desquite "a lo divino". Entonces, en vez de referir concretamente estos episodios de la vida conventual, los encubre con el velo de los símbolos. Su mundo circundante, de horizonte retuso, alterado por hechos triviales de la vida rutinaria que le causan penas y aflicciones, adquiere a sus ojos de mujer solitaria y ensimismada las desmesuradas proporciones de un cataclismo universal: "Se me representó a los ojos de mi alma todo este mundo como un diluvio de penas y culpas".

Transición y desarrollo. El espíritu de Sor Francisca escapa, a través de la frase transcrita, de su circunstancia inmediata, de las cuatro paredes que limitan y encierran su ruinoso convento colonial, para instalarse en el ilímite mundo de los símbolos: el alma, náufraga en un diluvio de tribulaciones, busca su salvación.

Arca. Aparece entonces —obvia presencia— el arca. El arca es Cristo en el Sacramento de la Eucaristía. La idea de arca le sugiere, aun cuando ella no lo diga explícitamente, la de vislumbre de tierra no anegada y la de escape (la paloma enviada en busca del ramo de olivo). Ideas que halla configuradas simbólicamente en un texto de san Juan: "Yo soy la puerta, el que por mí entrase será salvo, y entrará, y saldrá, y hallará pasto" (10, 9).

Pasto. Esta palabra del evangelista —interpretada por Sor Francisca como la Eucaristía en cuanto es alimento sobrenatural y sobresustancial de las almas, y en este caso particular como fuente y origen del simbolismo que en este Afecto despliega la autora—, la palabra pasto —decíamos— produce en su memoria una íntima y clara resonancia de acento pastoral, asociada a las palabras del salmista: "El Señor Dios es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer y conducirá a las aguas donde puedo hallar solaz" (Ps., 22, vv. 1 y 2). En este texto bíblico halla Sor Francisca una cabal expresión de su estado de alma. La idea de escape se hace aquí extremadamente notoria: evadirse del mundo mínimo en que padece y todo le falta, para ir a sestear, a la sombra de Dios, en verdes prados de grasos y abundantes pastos —que Francisca asocia a la idea eucarís-
tica—, irrigados por las aguas "que saltan hasta la vida eterna". La grata sensación de sosiego y solaz que emana de estos versículos del salmo 22 es como el contrapunto del desasosiego y el tedio que anublan y oscurecen las horas de su vida conventual.

Pan. La idea de pasto como alimento la lleva obviamente a la de pan, como símbolo de la Eucaristía, y a éste llega como por acción de un reflejo del recuerdo. En efecto, su imaginación, impulsada por la memoria, la desplaza del ambiente eglógico, maravillosamente suscitado por las palabras del rey salmista, a un lugar confinado donde se sirve el pan eucarístico. Este prodigioso desplazamiento se realiza mediante la evocación de la oración de san Buenaventura, que el sacerdote reza como acción de gracias después de la misa: Da, ut anima mea te esuriat... panem... super substantialem, habentem omnem dulcedinem, et saporem, et omne delectamentum suavitatis".

Pausa. En este punto de su Afecto espiritual, Sor Francisca hace una pausa, inserta un hiato de exclamaciones efusivas, como si el repertorio de símbolos se le hubiese agotado. Es un momento de indecisión en el acto de la creación literaria.

Reenlace. De tal estado indeciso acude a sacarla, por asociación de resonancias, el eco de unas nuevas palabras del salmista. Entonces, el arca del símil original es sustituida por la imagen de la casa: "la casa que la sabiduría edificó para sí", y la casa sobreabundantemente abastecida que Dios promete a quien le teme (Ps., 111, 3). Vuelve aquí a atormentarla el torcedor de su angustia, el recuerdo de su desolada vida de claustro, donde toda privación espiritual tiene su asiento. Es entonces cuando el profeta Isaías le trae palabras de consolación: todo cuanto su alma desee lo encontrará en aquella casa de la sabiduría, "fundada sobre la firme piedra del desierto, de donde vino el Cordero al monte de la hija de Sion". No son precisamente éstas las palabras del profeta. Francisca las ha acomodado a su amaño. Lo esencial en ellas es la denominación de "cordero", en cuanto a la autora le sirve de eslabón de enlace con el tópico del "pasto", que en el curso de este Afecto se da como un Leitmotiv.

Cordero. Este "cordero" de Isaías, enviado al soberano del país, desde la piedra del desierto al monte de la hija de Sion, es una reminiscencia de aquel pasaje del Libro de los Reyes, donde se refiere que alguien invitó a los fugitivos de Moab a que enviasen al dominador del reino en donde se habían refugiado, el tributo de cien mil corderos y cien mil carneros, que antes pagaban al rey de Israel, tributo que debía enviarse precisamente desde el desierto pétreo de Selah a la montaña de la hija de Sion (Cf. IV. Rg., 3, 4).

Égloga. Aquí el idioma de Sor Francisca readquiere su evaporado acento eglógico y pastoral para encarecer el júbilo del alma que mereciere ir en pos del Cordero, seguir sus sendas y sestear con él a la orilla de las fuentes rumorosas. Luego el tópico del "cordero" experimenta un traslado en los dominios de la simbología, porque ya no es el "agnus" del tributo forzoso, sino el "agnus" de la mansedumbre, tan propio del lenguaje figurado del Nuevo Testamento, el "cordero" de san Pablo que "se abatió a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz" (Ps., 2, 9). Cordero injuriado y afrentado que ni oía ni abría sus labios.

Antorcha. Nueva detención en el camino de los símbolos pastoriles: Cristo ya no es el cordero sino la antorcha de caridad que, desde el bronco leño izado, difunde sobre los hombres su amorosa lumbre para que puedan transitar por los caminos de la paz.

Cordero pacífico. La palabra "paz" le sirve a Francisca para retrotraer el símbolo del "cordero", pero ahora bajo el atributo de cordero "pacífico", enviado por el Padre para gobernar el mundo. Se percibe aquí una nueva resonancia del versículo de Isaías antes citado, pero ahora modulado en el idioma benigno del Nuevo Testamento: "He aquí el cordero que quita los pecados del mundo" (Jo., 1, 29), y "en que el Padre tiene toda su complacencia" (Mt., 3, 17; Mr., 1, 11 y Lc., 3, 22).

Vara. El cordero del tributo se transmuta ahora en "vara de virtud", enviada, como aquél, a la montaña de la hija de Sion, la misma del versículo isaíaco. Vara de virtud que, a poco de andar el símbolo, se trueca en vara de rigor que castiga "los pueblos que se amotinan y piensan vanidad". Como se ve, "la montaña de la hija de Sion", con su nueva resonancia, sirve de puente de transición entre el símil del cordero y el de la vara punitiva.

Con vara de rigor vapula Yahveh a los reyes y príncipes de la tierra que en sus asambleas y consejos se confabulaban con Él y su ungido, contra Él que reina desde Selah —desierto de piedra— hasta Sion —monte de santidad—. Ungido de Yahveh, a quien éste ha prometido darle cuanto pidiere, inclusive "quebrantar a sus enemigos con vara de hierro y desmenuzarlos como vaso de alfarero" (Ps., 2, 9).

Pasto. En su pequeña sinfonía de símbolos ha llegado Francisca a un pasaje donde predominan las trompas y los cobres bélicos sobre la idílica modulación de las flautas y las arpas. Decide entonces introducir un cambio en el ambiente melódico, desvaneciendo los compases heroicos para que puedan ser oídos, una vez más, los suaves tonos de los instrumentos pastoriles. Retorna entonces al ambiente rusticano del salmo 22, allí donde Yahveh conduce al alma a sestear en prados en que lozanean los pastos de verdeante grosura, y cabe los arroyos de sosegadas aguas rumorosas. Pone fin a esta mínima sinfonía pastoral un fugaz fraseo melódico de tono lúgubre: el valle de la muerte por donde en ocasiones puede vagar el justo sin que le toque la vara del rigor, si teme a Dios.

Vara-cayado. Florece de nuevo aquí el símbolo de "la vara", pero ya no para azotar al soberbio que en clandestina asamblea conspira contra el Señor y su justicia, sino como cayado que al justo ha de guiar y consolar, conforme a las promesas del salmista: virga tua et baculus tuus, ipsa me consolata sunt (Ps., 22, 4).

Reposo y síntesis. Al llegar a esta parte del Afecto 2º, el lector experimenta la necesidad de tomar aliento. El ascenso ha sido penoso y al coronar la cima de los símbolos, el espíritu y la atención reclaman un breve reposo para recobrar sus fuerzas. Parece que Sor Francisca —fatigada también, y ella más que nadie— lo hubiese comprendido así. Aprovecha entonces esta pausa para darnos, entretanto, una síntesis de todos los símbolos de que hasta ahora se ha valido para figurar a Cristo Eucarístico, refugio donde su alma, atribulada por las criaturas que con ella conviven, ha encontrado la paz anhelada y el consuelo deseado. Cristo, como arca de salvación, como prado de abundantes y delicados pastos, como Cordero inmaculado que quita los pecados del mundo, como pan sobresustancial que tiene toda dulzura, como casa de sapiencia suma, como piedra y collado de la hija de Sion, y, finalmente, como vara de rigor y cayado que guía.

Casa y convento. Después de este primer descanso o "alivio de caminantes", la mente de Sor Francisca ha entrado en recobro. Mirando hacia atrás, al trasluz de la urdimbre de sus símbolos, columbra de nuevo su casa, su convento de Tunja, donde tan ingratos días le hacen pasar sus hermanas en religión y sus padres confesores, inclusive. Esta vislumbre retrospectiva le hace soñar otra casa, la de su Señor, donde ella quisiera vivir todos los días de su vida. Todo esto no nos lo dice Francisca con palabras, ni siquiera lo sugiere, pero se adivina. Recuérdese, a propósito, que ella inicia este Afecto con el símbolo del arca y de la casa, sirviéndose de él como de una evasión y como de un escape de su contorno vital, del cual sólo le llegan a su alma incitaciones que la conturban y alteran, que muy de raro en raro le permiten ensimismarse, vivir dentro de sí y para sí. Al llegar a esta cima de su Afecto, el subconsciente hace aflorar en su recuerdo el símbolo de la casa, que ahora viene engastado en un versículo del salmo 26: Unam petii a Domino, hanc requiram, ut inhabitem in domo Domini omnibus diebus vitae ut videam voluptatem Domini et visitem templum eius. Con esto entiende Francisca como si le dijeran: Si el alma se aparta de Dios, se extravía; y saliendo de Él, encontrará la muerte. Entonces "sólo una cosa pide y ansía obtener: que le sea dado morar con el Señor en su casa, en todos los días de su vida; que pueda contemplar su hermosura y visitar el templo donde Él mora".

Un lapsus teológico. Considera Francisca por unos momentos lo que sería su alma sin Cristo: nada, apenas vileza de estercolero. Obnubilada por tan angustioso presentimiento, no tiene reato en decir: "Algunas veces pienso que está mi vida tan pendiente de Nuestro Señor Sacramentado, que si Él se acabara, se acabara ella". Escrito esto, e imaginados acaso los sobresaltos teológicos de sus confesores, se apresura a disculparse, diciendo: "esto no sé cómo es, porque en esto tiene vista el amor: siente sin conocer". La Hermana Francisca bien sabe lo que el proloquio popular quiere decir cuando nos dice que "el amor es ciego", sobre todo cuando se teme herir la susceptible sensibilidad dogmática de los prebendados de Tunja y Santafé de Bogotá. "¿La simple hipótesis de un Dios finito —aún empleada como un mero pretexto retórico para exculpar una hipérbole—, no constituye de por sí un pecado —y gravísimo pecado— contra la fe y el dogma?", habrían susurrado entre sí, escandalizados, los graves teólogos con residencia en Tunja, si bajo sus ojos hubiera pasado aquella figura hipotética, escrita con tan ingenua y tan exagerada como disculpable intención.

Después de haber lanzado tamaña hipótesis, Sor Francisca debió de quedar algo desquiciada. No de otra manera logra uno explicarse el porqué del enmarañado y confuso estilo del pasaje subsiguiente. Tal confusión proviene, aparte de las frases incidentales que en serie interminable va incrustando la Hermana Francisca en el cuerpo de la proposición principal, de la defectuosa puntuación de los períodos, atribuible, no sabemos si a ella misma o a su sobrino, el señor De Castillo y Alarcón, el paciente copista de los manuscritos originales y celoso guardián de la póstuma gloria literaria de su venerable tía.

Epitalamio. Retorna al mundo de los símbolos. Pondera el gozo del alma que por sus obras se hace acreedora a la soberana merced de que el Esposo la atraiga al retiro de su amor. Una susurrante brisa de epitalamio pasa ahora por las cláusulas en que Sor Francisca describe al alma conducida por el amado a "la cámara del vino, enarbolando sobre ella la bandera del amor": Introduxit me in cellam vinariam, ordinavit in me charitatem (Cn., 2, 4). El idilio va cobrando mayor intensidad: "Yo soy de mi amado, y hacia mí tiende su deseo" (Ego dilecto meo, et ad me conversio eius) (Cn., 7, 10). Cristo, Dios y hombre, es el amado que se da sin reservas en la Eucaristía. Es el "cordero candidísimo, teñido en su sangre". La asociación de las ideas del "vino" y la "sangre", de "amado" y "cordero" le dan a los símbolos parangonados un hondo sentido eucarístico.

Cristo innovador. Sin transición alguna, sin puente de comunicación, Sor Francisca hace surgir ahora del fondo de su simbología la imagen de Cristo —restaurador, de Cristo— innovador, para lo cual acude a las fuentes del Apocalipsis: "Y enjugará Dios toda lágrima; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas son pasadas. Y el que estaba sentado en el trono, dijo: He aquí que hago nuevas cosas... Al que tuviere sed, yo le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida" (Ap., 21, 4-6). Las cosas nuevas que anuncia el Señor es el advenimiento de la Jerusalén celeste, nunca antes vislumbrada ni soñada: "nuevo cielo y nueva tierra", esposa de Cristo, eterna como eterno es el amor que la une a su amado. Y en ese nuevo reino celeste no habrá ya muerte, ni duelos, ni llanto. Entre las muchas cosas que anuncia y promete este supremo innovador, hay una que, aunque Sor Francisca no la enuncia, le llega a las entrañas de su alma porque coincide con el estado de ánimo que en aquella ocasión vive. En efecto, acosada por las tribulaciones causadas por los desprecios de sus hermanas en religión, se acoge a Jesús sacramentado, quien le hace comprensibles, entonces, sus promesas de excelso Reformador; entre otras, la de que sólo Él puede saciar la sed inmensa de felicidad que atormenta al corazón humano: Ego sitienti dabo de fonte aquae vitae gratis (Ap., 21, 6).

Agua viva. El tema del "agua viva" es aquí una reviviscencia y prolongación del tema, o más bien, del Leitmotiv de la Eucaristía como "pasto de las almas". Sor Francisca lo retoma o reasume al percibir como un eco las palabras del salmista citadas al principio de este Afecto 2º, según las cuales, el pastor, que es Dios, promete al alma llevarla a yacer en amenos y delicados pastos y a la fuente del agua donde puede hallar solaz. Y esta fuente del salmo 22 brota de nuevo en este pasaje del Apocalipsis como una de las promesas de renovación que desde su trono hace el Cordero: Et spiritus et sponsa dicunt: Veni. Et qui audit dicat: Veni. Et qui sitit veniat. Et qui vult accipiat equam vitae gratis (Ap., 22, 17). Al reclamo invitatorio del espíritu y la esposa, el alma que escucha con oído atento, repite: "Ven". Entonces el esposo le aclara amorosamente su promesa vivificadora al alma sedienta para que acuda a tomar de balde del agua de la vida, la misma agua viva ofrecida por Jesús a la Samaritana en el brocal de la fuente de Jacob, en Sicar: agua saludable, símbolo del Espíritu Santo, que apaga la sed para siempre, que sacia íntimamente el alma, que brota como un surtidor de un inexhausto manantial y comunica vida eterna: Omnis qui bibit ex aqua hac sitiet iterum, qui autem biberit ex aqua, quam ego dabo ei, non sitiet in aeternum; sed aqua, quam ego dabo ei, fiet in eo fons aquae salientis in vitam aeternam (Jo., 4, 13-14).

Hasta Sor Francisca llega entonces también el eco de las altas voces que dio Jesús en el último día de las Fiestas de los Tabernáculos, después de que una jubilosa muchedumbre había acompañado al sacerdote hasta la fuente de Siloé, donde, mientras éste sacaba de allí agua en un ánfora de oro para derramarla luego al pie del altar, en el templo, aquélla cantaba en coro el verso de Isaías: Haurietis aquas in gaudio de fontibus salvatoris ("Sacarás agua con gozo de las fuentes de la salud") (Is., 12, 3). Y las voces que dio entonces Jesús fueron para decir que esa agua —símbolo de las bendiciones mesiánicas— era la que Él mismo —fuente de la salud divina— prometía: Si quis sitit, veniat ad me et bibat. Qui credit in me, sicut dicit Scriptura, flumina de ventre eius fluent aquae vivae. Hoc autem dixit de Spiritu, quem accepturi erant credentes in eum: nondum enim erat Spiritus datus, quia Iesus nodum erat glorificatus (Jo., 7, 37-39). Con estas palabras de Cristo entendió Sor Francisca que al decírsele que de "sus entrañas manarán ríos de agua viva", no tendría ella que acudir fuera de sí para hallar el agua que aplaca la sed, porque de los hontanares de su alma brotaría a torrentes esa agua de la vida eterna; fuente de aguas vivas que es el mismo Espíritu Santo, que, recibido de Cristo, morará perpetuamente en el corazón de los que creen en Él. Entendió, además, que como el Señor Jesús ya había sido glorificado al padecer, morir, resucitar y ascender a los cielos, la plenaria comunicación del Espíritu Santo a los hombres ya había tenido lugar.

Las palabras de Cristo en la Fiesta de los Tabernáculos: "como dice la Escritura", le abren a Sor Francisca nuevas perspectivas en el campo de la interpretación del tópico "agua viva". La Escritura, en este caso, está representada por los profetas Isaías y Ezequiel. El primero, cuando dijo: Haurietis aquas in gaudio de fontibus salvatoris, anunciando así al alma la promesa de copiosas gracias de salvación por los merecimientos del Hijo de Dios (Is., 12, 3). El mismo Isaías en otro lugar, bajo la metáfora del agua, que irriga la tierra yerma y sitibunda, nos muestra, con acento mesiánico, el símbolo de la gracia que Cristo ha de verter a torrentes sobre el mundo reseco y sediento: Effundam enim aquas super sitientem, et fluenta super aridam (Ib., 44, 3).

Sor Francisca, que pasa por una crisis de sequedad en la oración y por una etapa de íntimas tribulaciones que la inducen a acogerse a la soledad, escucha entonces como un eco de las palabras de Isaías, otras del mismo profeta, que anuncian extraordinarios prodigios, "porque aguas han brotado en el desierto y torrentes en la soledad": quia scissae sunt in deserto aquae, et torrentes in solitudine (Is., 35, 6). No se ha apagado aún el eco de tales palabras en los oídos de Francisca, cuando ya resuena en ellos el vaticinante clamor que viene a aclarar el sentido simbólico de aquellas aguas vivificantes. Omnes sitientes, venite ad aquas, et qui non habetis argentum, properate, emite e comedite. ("¡Ay, sedientos todos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed!") (Is., 55, 1). Pero no se interrumpe aquí esta cadena de ecos mesiánicos, porque en el ámbito del alma de nuestra clarisa resuena ahora, con vibrante claridad consoladora, una nueva promesa, la de que la gracia del Señor, al descender sobre ella, la dejará "como huerto regado y cual hontanar de aguas, cuyas linfas no traicionan". (Et eris quasi hortus irriguus et sicut fons aquarum, cuius non deficient aquae) (Is., 58, 11).

Es ahora Ezequiel quien viene a prefigurar en el agua que brotará del nuevo templo, aquello que el Señor, desde su trono, anunció: Ecce nova facio omnia. ("He aquí que hago nuevas todas las cosas". Ap., 2l, 5). El texto de Ezequiel le sirve a Sor Francisca para retornar al tema de "Cristo innovador", enlazándolo a la vez con el del "agua viva". Yahveh ordena a su profeta que torne a la puerta del templo, bajo cuyo umbral brotaba el agua, en dirección Este. Explica Ezequiel que la fachada del templo daba al oriente. Aquellas aguas descendían, soterradas, hacia el sur del altar, después de haber pasado por debajo de la pared lateral derecha de la casa del Señor (Ez., 47, 1). Sor Francisca se explica estas palabras de Ezequiel considerando como templo nuevo, irrigado de reconfortantes aguas, el alma del justo que teme a Dios, en cuya casa crecerá la vid, que simboliza a la Esposa, y se congregarán sus hijos —renuevos de olivo— en torno de la mesa familiar.

Vid. Insensiblemente, Francisca efectúa una transición del tópico "agua viva", eslabonado con el del "templo nuevo", al tema de "la vid", valiéndose para ello de la cita del texto del salmo 127, en sus tres primeros versículos, parafraseados en el estilo que a ella le es peculiar: "Bienaventurado todo aquel que teme al Señor y sigue las sendas trazadas por Él. Porque has de comer el trabajo de tus manos, bienaventurado serás y te irá siempre bien. Tu esposa será como vid fructífera dentro de tu casa; tus hijos, renuevos de olivo, alrededor de tu mesa".

Amor renovador. En este pasaje Sor Francisca pondera la virtud mágica del amor que le hace obrar portentos, renovando cuanto se acerca a su llama vivificadora, y que hace andar al alma, transida del temor santo, por los caminos de la cruz. Encomia luego la caridad por los frutos y obras que de su ejercicio provienen: preferir el honor de Dios a todos los tesoros terrenales y amar al prójimo en y por Dios.

Agua viva. Pulsa aquí Sor Francisca la cuerda hímnica del salmo 64, que es una jubilosa acción de gracias a Yahveh por haber irrigado la tierra con el caudaloso torrente de sus ríos, abasteciéndola de trigos candeales, y haciendo rezumar de grosura las carretas que pasan por los caminos, y aljofarando de rocío los pastos del desierto, y ciñendo de alegría las colinas, y vistiendo las campiñas con la arcada lana de las ovejas y haciendo que por doquier resuenen vítores y cantos. Visitasti terram et inebriasti eam, multiplicasti locupletare eam (Ps., 64, 10).

Síntesis final. El gozoso acento hímnico se apaga en una síntesis que es como la clave de todas las imágenes empleadas por la autora a partir de la síntesis anterior, que marca el promedio de este Afecto, y a la cual nos referimos pertinente y oportunamente. En efecto, Sor Francisca compendia, en este pasaje final, los temas de la segunda parte que ella ha sabido enlazar y reemplazar, mediante un prudente y coherente sistema de concordancias y repeticiones —que tienen cierta resonancia de eco— en todo el discurso de este Afecto. Es así como, en raudo vuelo, nos muestra la caridad bajo la especie de los renuevos del olivo, el alma sin caridad como tierra yerma, el temeroso de Dios como campo irrigado y fructífero.

Retorno al motivo inicial. Para terminar este Afecto 2º, Sor Francisca vuelve al episodio de su vida trivial que lo ha motivado, o sea, a las tribulaciones que la afligen, ocasionadas por el trato humillante que recibe de sus hermanas en religión, tribulaciones que ahora ya no la mortifican, porque dice haber hallado consuelo en las consideraciones que en este Afecto refiere y describe en un lenguaje cargado de símbolos y rico en esencias metafóricas.

Conclusión analítica. Nos hemos detenido más de la cuenta en el análisis de este Afecto 2º, porque, desde el punto de vista exclusivo de la composición literaria, se le puede considerar como el arquetipo de los demás que integran los dos volúmenes de los Afectos espirituales de Sor Francisca Josefa de la Concepción. Efectivamente, en él se puede seguir el proceso de esa "composición" y observar el método que la autora sigue en su elaboración literaria, método que es, ciertamente, muy sencillo, como lo vamos a ver:

1. Sor Francisca, generalmente parte de un hecho común de su vida ordinaria en la comunidad: tribulaciones que en un momento dado la afligen; estados de su alma después de comulgar; rezo de las horas del oficio, sola o en el coro; efectos de la lectura espiritual, etc., etc. De ahí que sus Afectos comiencen ordinariamente con expresiones como éstas: "Otro día entendí esto" (Afecto 15, 135); "Hoy, en comulgando..." (17, 146); "Sintiendo y padeciendo unos desmayos o ansias en el alma y en el cuerpo..." (18, 148); "Estando grandemente fatigada y afligida, rezando las horas, entendí..." (27, 235).

2. El verbo "entender", en su doble acepción de comprender y oír, es, generalmente, la raíz de los afectos o sentimientos espirituales que en cada caso expone la autora. Con dicho verbo expresa una moción del alma proveniente de algo que ella cree haber escuchado: un habla o locución divina, sin excluir la posibilidad, en este caso, de un ardid o engaño del demonio, conforme a la experiencia de Santa Teresa, su maestra, en primer lugar, y de los demás escritores místicos que tratan de dicha materia en sus obras, de un modo especial.

3. Lo que ella generalmente comprende u oye es un texto de la Sagrada Escritura, cuyos letra y contenido se acuerdan con el estado de alma que en ese determinado momento vive la autora.

Los libros del Antiguo Testamento más citados por Sor Francisca son, en su orden, los siguientes:

Salmos (609 citas anotadas)*.

Cantares (61 citas anotadas).

Job (42 citas anotadas).

Jeremías (39 citas anotadas).

Isaías (37 citas anotadas).

Reyes (27 citas anotadas).

Eclesiástico (18 citas anotadas).

Los libros del Nuevo Testamento son:

San Mateo (50 citas anotadas).

San Lucas (37 citas anotadas).

San Juan (18 citas anotadas).

San Pablo (Epístolas diversas, 45 citas).

Apocalipsis (18 citas anotadas).

Menciona, además, en menor escala, textos de algunos de los libros históricos, didácticos y proféticos del Antiguo y del Nuevo Testamento, citas que no pasan de la decena en la mayoría de los casos. Para dar una idea de los conocimientos escriturarios de Sor Francisca, se anotan tales libros a continuación, poniendo entre paréntesis el número de veces en que aparecen citas tomadas de ellos:

Antiguo Testamento: Génesis (13), Éxodo (8), Levítico (1), Deuteronomio (10), Josué (1), Jueces (5), Paralipómenon (1), Tobías (4), Judith (2), Esther (1), Proverbios (9), Eclesiastés (6), Sabiduría (9), Ezequiel (4), Daniel (1), Oseas (2), Joel (2), Jonás (5), Miqueas (1), Nahum (6), Habacuc (3), Zacarías (7) y Macabeos (6).

Nuevo Testamento: Hechos de los Apóstoles (4), Epístola de Santiago (7) y de Pedro (6).

No se han registrado citas de los Números, Ruth, Esdras, Amós, Abdías, Sofonías, Ageo y Malaquías, entre los libros del Antiguo Testamento. Entre los del Nuevo Testamento no se han observado citas de las Epístolas de san Pablo a los Tesalonicenses, a Timoteo y Filemón, ni de la Epístola de san Judas.

4. Del texto que se propone a su consideración y meditación, Francisca suele hacer una paráfrasis más o menos extensa en el curso de la cual aduce otro texto bíblico concordante con el primero, el cual es igualmente parafraseado, y así sucesivamente.

5. Los textos, con sus paráfrasis respectivas, se suceden unos a otros, como queda dicho, pero casos suele haber en que este proceso de eslabonamiento se ve sustituido por el de "reenlace", o sea que, ya en plena fluencia el discurso literario de un Afecto, la corriente se detiene en un texto bíblico para remontarse de éste al primero, mediante un reenlace de símbolos o de paráfrasis. Luego, el texto inicial, retomado, da origen a nuevos afluentes de textos bíblicos, parafraseados o no. Otras veces los procedimientos de eslabonamiento y reenlace se ven complementados por los de "cruce" y "recruce" de citas de las Escrituras, igualmente parafraseadas, formando una como trama o red de invisibles hilos alusivos al tema o motivo central del Afecto correspondiente.

6. Otras veces el procedimiento empleado por Sor Francisca en la elaboración literaria de un Afecto, es distinto, o sea: cuando del texto bíblico inicial pasa, sin transición, a otro paralelo, y de éste a otro, igualmente paralelo, y así sucesivamente. Luego la autora tiende un puente o arco de metáforas o símiles entre el primero y el segundo, el segundo y el tercero, etc. Ocasiones hay en que el arco —de más amplio gálibo— se tiende del primero al tercero, continuando en serie alterna, que luego en orden inverso prosigue el mismo impulso saltígrado. Materializado en un esquema este procedimiento, podría representarse por una serie de líneas paralelas, unidas entre sí por arcos, en serie continua o alterna, y viceversa, formando en conjunto un nuevo aspecto del método de "cruce" y "recruce", de que en el punto 5 se trata.

7. Algunos Afectos traen al final una recapitulación de temas o símbolos.

8. Los procedimientos literarios antes mencionados no se dan sino en los Afectos de alguna extensión, lo cual explica el porqué de su difícil lectura y comprensión a primera vista. Fuera de que la materia en sí se presta poco o nada a la coherencia
—tanto intrínseca como formal—, puesto que de lo que se trata es de que un alma —casi siempre atormentada— da escape a sus afectos y sentimientos en forma de exclamaciones, reclamos, requerimientos, querellas, lamentos, sollozos, ayes, suspiros, raptos de amor, anonadamientos, deliquios del alma, vuelos del espíritu, arrobamientos, pasmos, asombros, en una palabra, sentimientos todos que exigen su expresión o extroversión en frases admirativas, interrogativas o impetratorias; frases de corto aliento, truncas casi siempre, que, por expresar súbitos pensamientos o ideas, quedan en suspenso para ceder el paso a otras de forma y contenido similares, que se adelantan con avasalladora insistencia para desalojarlas, y

9. Mucho ayuda a la comprensión de los Afectos espirituales —creemos haberlo dicho ya— relacionar su contenido con el del relato autobiográfico de Sor Francisca, toda vez que lo que en éste se refiere en forma episódica tiene en aquéllos su resonancia espiritual —mediata o inmediata—.

Cronología. Por razones que ampliamente se expondrán al tratar del tiempo en que hubiera sido escrito el Afecto 5º, puede conjeturarse que este Afecto 2º haya sido escrito en el año de 1696.

 

 

   
 
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