Ficha bibliográfica
Titulo:
Nuevo Sentido de la Violencia
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Tomás Vargas Osorio
Notas: Texto tomado de la Antología del ensayo en Colombia. Compilador Oscar Torres Duque.
 
 
 
 
 
Nuevo Sentido de la Violencia
Tomás Vargas Osorio

C uando todo en derredor nuestro es exaltación —¿por qué, hacia dónde?— es todavía más sensible el espacio reservado para una escepsis nacional que apenas se vislumbra en algunos espíritus, los menos agitados exteriormente pero acaso los más entrañablemente conmovidos. El colombiano tiene la tendencia irrevocable de creer que vive en el mejor de los mundos; para robustecer y justificar esta creencia le basta con un mínimum de hechos cumplidos (un kilómetro de rieles le es bastante) y luego se aduerme en su siesta de civilidad optimista.

El tipo humano que en América se encuentra más lejano de la angustia, de la violencia, de la insatisfacción —tríptico espiritual que sirve de cariátide a toda obra histórica— es el colombiano. Históricamente somos de una frugalidad desconcertante, disciplinados y sumisos. Hogareños, gustamos actuar entre los objetos que nos son familiares, sin intentar el riesgo o la aventura de un nuevo descubrimiento. Se nos ha desacreditado la violencia con propagandas de procedencia dudosa y, peor, es que no nos hemos detenido a analizar el contenido de este concepto, fondo y perspectiva de la dramaticidad universal contemporánea.

¿Es justa la contraposición ideológica civilidad-violencia?, y hasta qué punto nosotros los colombianos hemos preferido el primer término con desapego definitivo del otro? La vida política, la vida administrativa, bien pueden desarrollarse armónicamente dentro de los cauces de la civilización, y hasta es conveniente que así sea; ¿pero la cultura debe y puede restringirse a este plano simple de hechos y de circunstancias? La civilidad es, ante todo, un estilo de moral política; pero es injusto —históricamente injusto— pretender que el espíritu y la cultura se estrechen dentro de un ámbito moral utilitario, dentro de un ethos de finalidades inmediatas. Yo apunto a esta modalidad colombiana de tan reducido continente humano y de tan vasta vigencia exterior el hecho de que, en el orden puro de la cultura, no hayamos creado aún una obra capaz de traspasar los linderos temporales para dispararse en la dimensión de una vivencia en sí misma.

La violencia sólo de una manera accidental se dirige hacia objetivos distintos de la cultura. La violencia que origina las guerras, los cesarismos políticos, las conquistas económicas, es una violencia desviada que se ha escapado a la naturaleza de sus funciones esencialmente espirituales y creadoras. El mundo contemporáneo vive bajo este fenómeno, cuyo examen no ha sido deslindado todavía de las innumerables causas a que el pensamiento actual atribuye el caos universal, la confusión de valores y la reversión de todos los instintos libertados del despotismo orgulloso del espíritu. Cierto es que el espíritu —en el ciclo de la cultura occidental— se equivocó fundamentalmente y ejerció sobre los instintos humanos una dictadura que éstos no podían soportar por largo tiempo. En el mundo espiritual ha ocurrido algo muy semejante a lo que ocurre en el mundo de los hechos políticos, dándole a esta última palabra su acepción total y prístina: las capas inferiores oprimidas se han levantado contra la casta aristocrática. El ascetismo a que el espíritu condenaba al hombre, hasta el punto de pretender disolverlo en una concepción abstracta, equivale al sistema capitalista contra el cual se yerguen ahora las masas en busca de una libertad que las sacie y que les resuelva la inhibición vital a que estuvieron sometidas.

Pero esta desviación de la violencia es transitoria y no puede esperarse que ella prolongue por largo tiempo su curso. Contra lo que comúnmente suele creerse y propagarse, yo creo que la aparición de las masas en la historia y la de los instintos en el espíritu, es una regresión a una edad infantil del mundo, la más peligrosa, sí, de las edades. Cuando el pathé extranjero presenta el espectáculo de los grandes desfiles fascistas o nazistas, bajo el aleteo de las banderas, bajo la estridencia del grito se advierte una ausencia que al principio no sabemos qué es pero que luego comprendemos como una distancia entre la expresión humana presente y otra que ha de venir más tarde, cuando el hombre vuelva nuevamente a su madurez. Esta distancia está por recorrer y es a la cultura a la que le corresponde el tránsito.

Es en este punto donde me sobrecoge el presentimiento angustioso de que entonces —de que en ese entonces próximo o lejano, la perspectiva es siempre engañosa, sobre todo si es perspectiva de tiempo— no estemos nosotros preparados para aceptar la violencia puesta en relación con la cultura, debido, precisamente, a nuestra civilidad, a nuestro optimismo, a nuestra frialdad, a nuestra indolencia, a nuestra falta de sensibilidad universal. ¿Hemos cambiado efectivamente? ¿Cambiaremos? Esencialmente, el colombiano de hoy, de ahora, es exactamente igual al colombiano de mil novecientos. La historia, sin embargo, no es la misma; ésta es la historia de 1938, del minuto que se vive, que se va viviendo. Atrás del tiempo nos hemos quedado, ¿en qué región búdica? Y tan sólo la violencia podrá reincorporarnos al mecanismo histórico: por medio de un gran salto, es decir, de una auténtica revolución en lo hondo y verdadero de nuestra humanidad apacible.

 

 

   
 
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