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- Las supersticiones democráticas
- Carlos Arturo Torres
Si al derecho divino de los reyes ha sucedido el derecho divino de las asambleas, al de éstas se sustituye alguna vez el derecho divino de las multitudes; la dinastía de las divinidades tutelares se democratiza, y la superstición que las forja —una en esencia, aunque asuma en su exteriorización formas diferentes y entre sí antagónicas— depone, como el maligno espíritu en el drama de Goethe, su antiguo arreo de arcángel miltoniano, para gastar el ferreruelo estudiantil o el rojo airón de los tumultos y de los carnavales callejeros. El proverbio que atribuye a la voz del pueblo el maravilloso don de infalibilidad y justicia privativas de la voz de Dios no se confirma, desgraciadamente, en los más trágicos y decisivos momentos de la historia.
Desde las turbas que ante el árbol de afrenta escarnecieron, a nombre de la tradición y de la ley antigua, la doble majestad del martirio y de la excelsitud moral en la personalidad de Cristo, hasta las que a nombre de la nueva ley y de la Revolución inmolaron a los prisioneros de las cárceles de París en las aciagas jornadas de septiembre, el impulso de las multitudes representa cuanto hay de más inconsciente e irrazonado en las acciones humanas; cuanto en éstas se acerca más a la brutal y ciega fatalidad de las fuerzas de la Naturaleza.
Querer allegar un átomo de razón a esas impulsiones instintivas sería tanto como pretender discutir con el terremoto o convencer al ciclón; discernir un prestigio moral a esas energías primitivas o hacer a la multitud árbitro de sentencias inapelables, o medir el valor de una acción, o el mérito de una actitud por el aplauso, o el vituperio de esa deidad caprichosa y versátil, es desconocer la íntima inconsciencia de sus juicios, la impulsividad de sus actos, el simplismo de su criterio, su ductilidad a las peores sugestiones y su veleidad en los más trascendentales propósitos.
Jorge Brandes plantea esta fórmula algebraica: "La turba no es 1-|- 1-|- 1-|- 1 hasta la suma total de las unidades, sino 1-|- 1-|- X; X, es decir, bestialidad que se desarrolla en los individuos cuando se convierten en turba"1 . En las épocas en que se solicitan sus sufragios como la más alta sanción y se la adula como la deidad más poderosa, la razón vela ante el tumulto la faz pudibunda, y sólo imperan en el mundo los dictados delirantes de la pasión. Puede afirmarse que si hay en la multitud un espíritu y una conciencia, esa conciencia y ese espíritu, cualitativamente inferiores en muchos grados a los de cada uno de los individuos que la componen 2, son un espíritu informe y una conciencia oscura y primitiva de donde la verdad y la justicia no emanan sino rara vez, en ráfagas momentáneas, en inspiraciones tornadizas y efímeras como las olas del sentimiento popular que una palabra inflama y otra palabra desvanece.
Muchos rectos caracteres, muchas inteligencias esclarecidas se prosternan ante el supremo tribunal de los tiempos modernos: la opinión pública; sin pensar que en algunas ocasiones ella no es sino la pasión colectiva, no siempre legítima, y en otras el general extravío, no siempre inocente; la arenga del Stockman de Ibsen que Rodó cita, es la consignación de un hecho frecuente y desconsolador: "Las mayorías compactas son el enemigo más peligroso de la libertad y de la verdad". Cuando esa mayoría se llama el pueblo o la nación, es decir, la inmensa masa incontrastable que sugestiona o inspira, modela o conduce a aquel que sabe abatir su inteligencia al nivel inferior de la de ese sempiterno niño, y le habla su propio lenguaje, y sin escrúpulo halaga sus más reprobables apetitos, entonces, si encaminada contra el iniciador de un espíritu nuevo, de una revelación superior de la verdad o de una original concepción de la filosofía, de la ciencia o de la política, esa mayoría detiene por siglos y a las veces hace malograr definitivamente la siembra de ideas que el pensador solitario confía a la inerte gleba del presente para que fructifique en el porvenir. Hombres honrados y que individualmente serían inofensivos, cometen, en las sediciones y los tumultos, crímenes inauditos 3 .
No es una corriente unánime ni una mayoría poderosa, sino un grupo desamparado y casi siempre una sola mente de elección, quien señala a los pueblos, en los momentos de extravío o en la tenebrosidad de las regresiones, la vía de salud y las cúpulas de la ciudad futura. No es de un gobierno, así sea el más despótico de ellos, de donde parten para ese pensador o para ese grupo las más aviesas asechanzas y las persecuciones más implacables; es la sorda hostilidad de la opinión dominante, la tácita reprobación de las mayorías, la abrumadora adversidad del medio, la que niega el aire y la luz, la que aísla en una suerte de cuarentena moral a los audaces que denuncian el prejuicio universal y sacuden, arrojando indiscretas chispas, la antorcha de la verdad sobre el espeso manto de tinieblas en que las multitudes se envuelven obstinadamente para negar la luz. Si los hombres de genio o de inspiración hubiesen cedido, en su tiempo, a las presiones de la opinión de entonces, habríase retardado centuria tras centuria el advenimiento de la mayor parte de las grandes reformas religiosas y políticas, de los grandes descubrimientos geográficos, de las revelaciones científicas, de los maravillosos inventos industriales, de los sistemas filosóficos, de las creaciones artísticas, de las concepciones literarias, de todo cuanto forma el superior acervo de la civilización contemporánea.
Porque la opinión dominante en una época, hostil a todo eso por su instintivo conservatismo, no la compone siquiera el promedio de las inteligencias, que siempre es vulgar, sino algo todavía menos elevado que ese promedio. Todo paso decisivo en el avance humano obra es de las voluntades incólumes y de las mentes superiores que se han atrevido a tener razón contra los demás, sabiendo hacer suya la altiva divisa del viejo romance castellano: "Yo contra todos y todos contra yo".
Las mayorías parlamentarias, por su especial psicología, por las circunstancias que presiden su elección y por la casi completa irresponsabilidad individual de quienes las componen, están particularmente expuestas a los extravíos de la ceguedad y de la pasión. Dice Bernard Shaw en su originalísimo Manual del revolucionario que las democracias sustituyen el nombramiento de los corrompidos pocos por la elección de los incompetentes muchos. Sin dar excesiva importancia a las paradojas del genial dramaturgo que triunfa en el teatro inglés, sí puede afirmarse con Le Bon la relativa inferioridad mental de los cuerpos colegiados, maguer los formen o en ellos aparezcan intelectualidades de excepción; la sugestión los domina y se observan en ellos casos de inconsciencia imposibles en cada uno de los individuos que los componen. "Las decisiones que tanto se nos han reprochado
—dice en sus memorias el famoso convencional Billaud Varenne— no las queríamos frecuentemente el día anterior; la crisis sola las suscitaba". El profesor Lowell consigna alarmado la creciente e incondicional subordinación de las mayorías del Parlamento inglés a las sugestiones de los leaders de los partidos y denuncia la nueva forma de absolutismo, perfectamente irresponsable, que por este medio puede ejercer un hombre sobre todo el imperio.
Cuando se debatió en uno de nuestros congresos la cuestión más grave, acaso, que se haya presentado nunca a la representación nacional del pueblo colombiano, tuvimos una revelación de la manera como se forma y modela la mentalidad colectiva en los momentos de las crisis decisivas de las naciones.
La fatalidad de las circunstancias, mucho más que la iniciativa de los gobiernos y de las cancillerías, había impuesto un tratado gravísimo con una nación poderosa y absorbente; habría sido preferible que el tratado no se firmase por el representante colombiano, pero estaba firmado; no era ni con mucho todo lo que el patriotismo podía ambicionar, pero era acaso lo más que la dura realidad de las cosas permitía obtener; el deber supremo de la representación nacional no era el reproche retrospectivo, siempre fácil y siempre estéril, sino la confrontación firme y serena de la situación real ya creada y el buscar dentro de ella la vía que asegurara a la República el máximum de ventajas, o si se quiere el mínimum de males; no era lamentar lo que podía haber sido, pero no era, sino el descubrir, dentro de lo que era, la mejor solución, no deseable, sino posible. Si había lugar a sanciones contra los creadores de tal situación (cuestión por demás compleja) no se podían gastar en eso los preciosos momentos que la patria reclamaba para su salvación.
En el ánimo de los congresales, dicho sea en honor suyo, pesaban sin duda las consideraciones de celo patriótico y de respeto a su concepto del estatuto nacional; pero pesaban más, dicho sea en honor de la verdad, las consideraciones políticas y las pasiones del momento; las primeras hubieran podido en rigor conciliarse y encontrarse al fin un temperamento que armonizara los fueros de la integridad nacional con los intereses eminentes de la otra potencia signataria y la imposición de las circunstancias; las segundas fueron inconciliables e irreductibles. Juzgóse que el desventurado pacto implicaba un interés primordial del gobierno, y se enarboló su negativa como flamante bandera de oposición; para los congresales —todos ellos individualmente personas respetables— la consideración del incalculable mal que podía sobrevenir al país desapareció ante los dictados del odio banderizo; llegaron a imaginarse, por una de esas alucinaciones tan frecuentes en los momentos de exaltación, que el daño que podía resultar de su actitud alcanzaba al presidente y no a la patria; no se detuvieron a reflexionar que el mandatario, hombre anciano, rico y sin ningunas ambiciones, nada perdería personalmente con ello y que a la República sí podría colocársela al borde de un abismo, exponiéndola a las humillaciones y a la mutilación; procedieron como la tripulación que para hacer mal al capitán hundiese el barco que los llevase a todos, y el mal se consumó.
Como este ejemplo nos suministra centenares la historia de los cuerpos deliberantes, que son, a pesar de todo, las mejores formas actuales de intervención de los pueblos en el manejo de sus propios destinos.
La historia de las aberraciones de la humanidad, de los inconcebibles extravíos del criterio público, es algo profundamente desalentador e inquietante; al reconstruirla se comprende cómo puede su recuento imprimir ese sello de triste resignación, fruto de la experiencia, o ese gesto de fiera rebeldía, brote de la indignación, que aparecen sobre la faz de todos los que han sentido el trágico derrumbamiento de la fe en el hombre y la dolorosa inanidad de la vida. Cuando presenciamos uno de esos irritantes abusos de la fuerza brutal, uno de esos crímenes cuya reparación no se alcanza a ver, vibra aún en un pliegue de nuestra alma la esperanza de que la reprobación de la conciencia humana, incorruptible y superior a los egoísmos de la política y a las cobardes claudicaciones de la diplomacia, pese a lo menos como última sanción sobre el detentador de los derechos de los débiles. Ilusión: la experiencia demuestra que el éxito afortunado alcanza también a corromper ese supremo tribunal, y reservado está a las inultas víctimas el doble ultraje de presenciar cómo la aceptación de las naciones legitima el despojo y cómo el aplauso universal consagra al despojador con el nimbo de los benefactores de la humanidad.
La razón puede recusar altiva el veredicto de la opinión pública, no sólo de un país, sino del mundo entero, cuando aparece, como en el caso muy ilustrativo que se verá en seguida, que en las decisiones de esa opinión pesa más el poder que el derecho y se tienen más en cuenta las consideraciones de la política que los fueros de la equidad. El gobierno de los Estados Unidos de América estaba solemnemente obligado, por un tratado público en vigor, a garantizar a la República de Colombia su soberanía sobre el Istmo de Panamá. Los términos de ese tratado eran absolutamente claros, incuestionables, y habían sido en repetidas ocasiones invocados y ratificados por la Unión Americana. Vino, empero, un día en que el gobierno de la gran República, inspirado y representado por el presidente Roosevelt, creyó que a sus intereses convenía la cesación de la soberanía de Colombia sobre la región ístmica, y entonces procedió a la mutilación de la República cuya integridad territorial le ordenaba garantizar las leyes de las naciones y las leyes del honor.
Ésa es la íntima y nuda realidad de las cosas, pues el expediente de fomentar motines cuartelarios por medio de la corrupción y el soborno de las tropas, lejos de atenuar, reagrava y recarga de odiosos caracteres la violación de la fe pública y el inaudito atentado internacional. ¿Habrá necesidad de establecer sobre qué bases reposa la paz del mundo y cuál es el mandamiento de honor de las naciones? "Es un principio esencial de la ley de las naciones —dicen los protocolos de la famosa conferencia del Mar Negro, el 17 de enero de 1871— que ninguna potencia puede por sí sola libertarse de las obligaciones de un tratado, o modificar sus estipulaciones sin el previo consentimiento de la otra parte contratante y por medio de arreglos amigables". Eliminar el sentido del honor de las relaciones internacionales, por medio de violaciones que hieren de muerte el derecho público externo, es destruir toda base cierta, toda esperanza de permanente paz en el mundo; semejante golpe a la moralidad universal es la regresión a las peores formas de la barbarie, es la sustitución del Estado pirata al Estado caballero, es la sociedad de los pueblos convertida en horda, en la cual el más fuerte puño atrapa la mejor presa y en donde la violencia es el único título de propiedad. El incalificable procedimiento del gobernante de Washington contra la República de Colombia no suscitó en la prensa mundial, vocero del pensar común, una sola palabra de reprobación; la víctima no encontró, con una noble y única excepción, un solo acento de simpatía, y el victimario, colmado de honores y de aplausos, llegó a aparecer ante el mundo, eironeia, como la encarnación del sentimiento de la paz y de la fraternidad humanas.
No ignoramos cuál fue la pose internacional que valió a Roosevelt el Premio Nobel, y maguer sus fáciles gestiones de Portsmouth expliquen lo de la escogencia, no deja de ser un cruel sarcasmo eso de discernir el premio de la paz y de la conciliación civilizada a quien ejecutó el bárbaro atropello de violar un tratado y el acto de guerra, de la más injusta y artera de ellas, de mutilar sobre seguro el territorio de una nación amiga que estaba solemnemente obligado a defender. En las consagraciones de otro linaje de glorias vemos también aberraciones que no corroboraría con sus sufragios ningún espíritu que se respete, y que no obstante triunfan en la opinión y perturban el juicio de los hombres creando una atmósfera de convencionalismo y de mentira que muchas veces no se disipa jamás y que justifica el acerbo teorema de Bernard Shaw: la burocracia se compone de funcionarios, la aristocracia de ídolos, la democracia de idólatras.
El creer que muchos pueden interpretar una idea política, defender un sentimiento y comprender los intereses públicos mejor que unos pocos, es una alucinación de la democracia tan difícil de desvanecer, como el más arraigado de los prejuicios religiosos; los dogmas políticos, pesados en la balanza y hallados faltos, no dejan por eso de imponerse todavía luengos años al espíritu esclavizado por la plasmante presión de la creencia unánime. La ligereza de los fallos colectivos, que crean o destruyen reputaciones y endiosan o inmolan personalidades con la misma pavorosa inconsciencia, es un fenómeno mórbido que la ciencia tiene ya estudiado y calificado.
En una de nuestras ciudades de provincia, y durante la celebración estruendosa de algún triunfo de bandos en guerra civil, una muchedumbre embriagada de entusiasmo "patriótico" y de fanatismo banderizo, seguía al son de la música y de los cohetes a una especie de pregonero que iba lanzando evohés frenéticos a su partido y a los héroes de su partido; detrás de aquel vocero de la emoción partidarista, un personaje dictaba en voz baja los nombres que debían aclamarse: "¡Viva el general X!" "¡Viva el coronel Z!" El pregonero repetía, y la muchedumbre asordaba los espacios con el clamor de sus apoteosis; deseoso de evitar "¡mueras!" para que aquel ardor no degenerase en alguna pedrea a los adversarios, el personaje que dictaba los gritos murmuró al oído del pregonero: "Mueras, a nadie". "¡Muera Sanabria!", repitió el pregonero, a quien el entusiasmo endurecía el oído. "¡Muera Sanabria!", vociferó con ira el populacho, resuelto a sacrificar a aquel Sanabria imaginario, convertido de repente —gracias a un error de audición— en enemigo público y en blanco de un odio tanto más intenso cuanto más irrazonado. En nuestra turbulenta vida democrática, hemos visto perseguir con saña de Shylock a muchos personajes por crímenes tan reales como el del Sanabria de la patriótica manifestación. El venticello de don Basilio deforma de la más absurda manera los más vergonzantes rumores, una prensa inescrupulosa los acoge y los lanza a los cuatro horizontes de la publicidad; ése es en muchos casos el fundamento de la opinión y la ilustración del criterio emotivo sobre un hombre o sobre un acontecimiento.
La surgente de donde brota en los modernos tiempos la inspiración del juicio público, la prensa, institución fundamental de la democracia, no puede concebirse sin libertad, porque es imposible sin responsabilidad, y el sentido íntimo de la libertad es la responsabilidad; el hombre sano y libre es responsable; sólo los alienados o los fatuos o los niños, es decir, aquellas personas de capacidad cívica inferior, no lo son. Y la libertad no puede tener otro límite que el derecho de los demás, pero es necesario que lo tenga y que ese límite sea una muralla infranqueable y sagrada como las de la ciudad de metal de la leyenda árabe. Pues bien, esa institución vive muchas veces en el real interdicho y se alimenta sólo de las violaciones de lo que debería ser inviolable: la dignidad de las personas.
En Inglaterra, país en donde la libertad de la prensa ha alcanzado las formas más altas, su responsabilidad asume también las sanciones más eficaces, y de ambas condiciones nace su moralidad y su eficiencia. A un gacetillero anónimo se le ocurrió un día emitir desde las columnas del Daily Mail un concepto desfavorable contra la Sunlight Soap Co.; la ligereza de su corresponsal costó al diario populachero sesenta mil libras esterlinas, y le hubiese costado el doble si la compañía agraviada no hubiera accedido a una transacción. En un país en donde eso sucede, el concepto de la prensa tiene y debe tener una influencia y una respetabilidad que la equiparan a un cuarto poder constitucional; en donde esa responsabilidad no existe, ora por las leyes, ora por las costumbres, tampoco se puede aspirar a esa libertad y a esa respetabilidad. Éstas implican necesariamente esotra, y esa correlación tiene su lógica irreductible; ésa es la razón por la cual, a pesar de los más generosos esfuerzos, la prensa como institución fundamental no ha tomado arraigo entre nosotros y no ha sido en muchos casos más que un ídolo del Foro, que se erige o se derroca según sea la moda política que impere.
Observan los psicólogos que la facultad de apreciar los matices constituye el rasgo más relevante que diferencia una inteligencia desarrollada de otra que no lo es. Para el criterio simplista de los salvajes no existe sino lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, sin que sus sentidos rudimentarios puedan apreciar las infinitas transiciones, las innúmeras graduaciones de luz y de calidad que caben dentro de los dos términos extremos que se imponen a su mentalidad primitiva. "Donde el criterio cultivado —dice Rodó— percibe veinte matices de sentimientos o de ideas, para elegir de entre ellos aquél en que esté el punto de la equidad y de la verdad, el criterio vulgar no percibirá más que dos matices extremos para arrojar, de un lado, todo el peso de la fe ciega, y del otro, todo el peso del odio iracundo". El criterio de los demagogos está a esta altura, y el de las multitudes por ellos sugestionadas y extraviadas está a un nivel inferior; así como nada hay más lastimoso que la abdicación de la inteligencia o del carácter a las imposiciones del tumulto, tampoco hay fenómeno más explicable y lógico que el de esa íntima correlación que se establece entre los sentimientos y las ideas de las masas y los de los declamadores de la plaza pública o los profesionales del libelo, auténticos exponentes de una mentalidad de impulsiones irrazonadas.
No es extraño, pues, que tal correlación suela ser parte a identificar ante la distinción y la delicadeza de un criterio superior las consagraciones de la popularidad con los estigmas inequívocos de la vulgaridad. Si, como lo declara Le Bon, por el solo hecho de hacer parte de una muchedumbre, un hombre individualmente culto desciende varios grados en la escala de la civilización, el ser verbo aplaudido o intérprete genuino de esa muchedumbre son presunciones poderosas a graduarle de instintivo, pues nunca será ídolo de las masas quien como ellas no sienta y piense y quien hable un lenguaje superior al de las elementales capacidades colectivas.
El gesto de alto desdeño o la severa renunciación del pensador jamás conquistarán el sufragio público, aunque a la larga es la recogida severidad del pensamiento y no la declamación de la plaza pública el cincel que esculpe la conciencia de un pueblo. El ostracismo perpetuo a que todos los regímenes someten a las más altas intelectualidades, según Alfredo de Vigny, resulta nimbo prestigioso con que el juicio posterior de las generaciones corona la frente de quien no la inclinó al halago del día ni cortejó el favor público al precio de la infidelidad consigo mismo. Un Boulanger o un Derouléde, como meteoros brillantes, trazan un instante su raya argentada en el espacio y pasan; un Taine esplende sobre el horizonte del espíritu humano como una estrella lejana, pero fija; el meteoro deslumbra, la estrella guía; el meteoro se impone bruscamente a todas las miradas, pero nadie recordará mañana su posición y los efímeros momentos de su esplendor; el ojo vulgar no distinguirá acaso la estrella en lo infinito del firmamento, pero ella está allí, inmutable y serena, como una cristalización de éter y de luz. El héroe popular puede tener el valor y el entusiasmo, la fuerza, la fe de los seres primitivos, como tiene su violencia, su espontaneidad, su inconsciencia, la estrechez de su juicio y el arranque de sus acometividades; es un producto nativo y bruto, sobre el cual la pátina de la cultura y el castigo del razonamiento no han impreso su acción desbrozadora de las asperidades naturales. Bien pueden medirse los grados de refinamiento de un espíritu por la ingenua admiración que en él despierte ese exponente original de las energías milenarias y de las herencias bárbaras de la raza.
Si los pueblos tienen una personalidad moral, si existe una conciencia nacional, ella no aparece en los movimientos reflejos de las masas turbulentas; se elabora silenciosamente en el retiro de los hombres de estudio, en la cátedra discreta, en el perseverante y modesto esfuerzo de las clases medias, en que conviven las jornaleras labores de las profesiones liberales, de los agricultores, de los industriales, de los pequeños comerciantes. La acción de presencia de todos ellos, por mesurada e invisible que sea, forma a fuer de sana y vigorosa, el carácter de una nación, pero de allí no brotan las iniciativas políticas y en su seno no se forja el rayo de las revoluciones, históricos sacudimientos de donde suelen la premeditación y la coordinación estar ausentes y faltar, lastimosa-mente a veces, la justicia y la oportunidad.
Cuando el espíritu se encuentra en presencia de uno de esos ingentes movimientos de los pueblos, de una de esas revoluciones formidables y sangrientas que parecen cambiar la faz de las sociedades, el irrecusable sentimiento de justicia que vigila en el fondo de nuestro ser quisiera encontrar allí uno de esos grandes actos reparadores de las viejas iniquidades; quisiera ver en las revoluciones una reivindicación severa, pero justa, de derechos largo tiempo desconocidos y de los agravios inultos; un estallido incontenible de indignación contra la injusticia impunida y triunfadora. Un estudio más cercano de tales acontecimientos hace cambiar substancialmente la primitiva luz que a nuestros ojos los mostraba, los justificaba y los engrandecía.
Los pueblos no se indignan contra las tiranías seculares que ellos, las más de las veces, han provocado con sus extravíos o hecho posibles con su pasividad; reservan su alta indignación para los gobiernos que inician la era de las reparaciones, para los gobiernos que escuchan, para los gobiernos que ceden. La vara de hierro no suscita indignación sino cuando ha sido depuesta; el despotismo no los subleva sino cuando principia a dejar de serlo; Luis XIV hace pesar durante setenta y dos años el más depresivo de los absolutismos y Luis XV durante cincuenta y nueve la más corrompida de las tiranías, sin que a sus oídos llegue otra cosa que el himno sempiterno de la alabanza cortesana, que los opresores no se cansan de oír, y mueren tranquilos en su lecho y satisfechos de su obra. Adviene Luis XVI, y por un complejo cúmulo de circunstancias que no infirman la observación general que aquí se consigna, él, el rey bueno, el rey bien intencionado, tan apartado de la irritante soberbia de Luis XIV como de la repugnante disolución de Luis XV, ve desencadenarse contra sí la más grande y la más trágica de las revoluciones, y muere en el cadalso. Los pueblos reservan su altivez para los gobernantes débiles o benévolos y ceden ante la mano de hierro de los domadores de hombres; decapitan a Carlos I y entronizan a Cromwell; toleran a un Enrique VIII y matan a un Enrique IV; Alejandro II de Rusia cumple, con raro valor, una de las revoluciones más intensas de la historia, la emancipación de los siervos, y es fulminado... ¿por los reaccionarios cuyos intereses vulneraba y cuyas preocupaciones hería? No: por los revolucionarios cuyas quejas oía y cuyas aspiraciones realizaba. De suerte que en las revoluciones hay un fondo de injusticia aberrante que hiere nuestros más arraigados principios de elemental equidad.
Durante los luctuosos días de la revolución rusa pudimos presenciar y patentizar el fenómeno que se apunta; las concesiones del zar parecían exacerbar el ánimo revolucionario, y cada síntoma de que cedía a la opinión, señal era de exigencias cada vez más audaces, de encono cada vez más fiero; si hubiese persistido en sus veleidades liberales, conservando la primera Duma y dándole más atribuciones, a estas horas probablemente estaría destronado y tendríamos la República de todas las Rusias; se acordó, empero, de que era descendiente de Iván el Terrible, respondió a las bandas rojas con las bandas negras, disolvió la Duma y la revolución se detuvo.
A la Bulgaria no se le ocurrió proclamar su soberanía, ni a la Creta unirse a Grecia, ni a Austria incautar la Bosnia y la Herzegovina mientras en Constantinopla pesaba un despotismo asiático, mas triunfa el espíritu nuevo, los Jóvenes Turcos coronan una de las más hermosas revoluciones que registran los siglos, implántase en la Sublime Puerta un régimen constitucional y liberal, y entonces todos se conjuran para arrebatar al monarca constitucional lo que no se habían atrevido a pedir al déspota omnipotente.
En nuestros países presenciamos a diario tal aberración del sentimiento público. En Colombia las tres guerras más sangrientas, más largas y más populares, se hicieron precisamente a tres de los magistrados más respetuosos de la ley y deferentes a la opinión: los señores Mariano Ospina, Aquileo Parra y Manuel A. Sanclemente.
La intensidad de las revoluciones está en razón directa de la bondad del gobernante a quien se le hacen, e inversa de los agravios que haya recibido el pueblo que las hace. El autoritarismo y la intolerancia son para la multitud sentimientos muy claros que comprende y practica y que acepta cuando hay quien se los impone; respetuosa de la fuerza, desdeña la bondad, que no es a sus ojos sino una forma de debilidad; simpatiza con el amo que la enfrena, y si aplasta al déspota caído, no es por serlo, sino porque, su fuerza perdida, entra ya en la categoría de los débiles, a quienes se desprecia porque no se teme. En su psicología elemental, es el temor uno de los resortes más eficaces de su acción, y se prosterna ante César, sin dejar por eso, cuando el caso llega, de aclamar a los asesinos de César; en el entusiasmo que le suscita Bruto, no encuentra otra forma de aplauso y de recompensa que proclamarlo nuevo César.
El carácter del demagogo adulador de los reyes o de los gobiernos, es en el fondo idéntico; ya lo han observado Aristóteles y Burke, citado por Sainte-Beuve. Los dos cortesanos, el de arriba y el de abajo, tienen las mismas mentalidades y la misma bajeza; sus miras son igualmente interesadas e idénticos sus proyectos: halagar las pasiones del que tiene la omnipotencia, rey o pueblo, para obtener personales provechos; sólo que en un caso el déspota tiene una cabeza y en el otro tiene quinientas mil.
La demagogia es la aparente aliada de la democracia y su evidente enemiga; es el cuerpo de francotiradores situado a vanguardia, que extravía, desprestigia y hace odioso el ejército; es la exageración del principio, que viene a infirmar el principio mismo. La actitud envenenada de un Cleón, de un Simias o de un Lacrátides, al extremar sus acusaciones contra Pericles, parte de un concepto plausible: el de la defensa de los intereses públicos; pero llega a un resultado funesto: la persecución de los públicos servidores; brote de celo patriótico, se convierte en sevicia de innobles pasiones y concluye por allegar, por acción reactiva, nuevas fuerzas a las oligarquías que pretendía destruir, y por atraer sobre sí la reprobación universal.
En Roma es ella el instrumento pavoroso de las más descaradas formas de la ambición; el populacho que el odio lanza contra los ciudadanos es una mezcla informe de cuanto más bajo acumulan, en el subsuelo de las grandes ciudades, la miseria y el crimen en su siniestro connubio; multitud inmunda y terrible de gentes sin familia y sin patria —dice Gastón Boissier— colocadas por la opinión general fuera de la ley y de la sociedad, no tenían nada que respetar porque nada tenían que perder: "libertos desmoralizados por la servidumbre a quienes la libertad no había hecho sino dar elementos para hacer el mal", gladiadores adiestrados en la matanza de las fieras y de los hombres, esclavos fugitivos y criminales de todas las razas, he ahí el elemento con que los demagogos concurrieron al aniquilamiento de la República. En la Revolución Francesa las formas de la demagogia, si menos espantables que en Roma, fueron no menos aciagas para la democracia, sobre la que arrojaron, como túnica inflamada de Neso, la sangre de Septiembre y la locura sangrienta de las Euménides de la guillotina.
En nuestras repúblicas ella ha sido, por dicha, más una marea de verbalismo intemperante que una positiva actuación social, pero si el espíritu y la intención fuesen norma evidente para la apreciación de los bandos y de los hombres, podría señalarse en la túrbida elocuencia de la plaza o en las hojas del innoble libelo más de una larva de agitador que aspiró a Saint-Just y sólo alcanzó a Hebert. En Hispanoamérica, el espíritu demagógico, sin apreciable influencia en los serios debates de la política, va a confundirse y perderse como burbuja en el Maelstrom hervidor, en el vórtice de las guerras civiles.
Alguna vez se ha sostenido, de justificación a guisa, que las guerras civiles hispanoamericanas, brotes de la desesperación de los oprimidos, son causadas por los malos gobiernos. Los gobiernos han sido malos, y en muchos casos sus abusos bastantes a justificar una protesta armada, pero no ha sido ésa la íntima razón del histerismo de nuestras sangrientas convulsiones. En Hispanoamérica se tolera cuarenta años al doctor Francia y se derroca en quince días al doctor Lisardo García; triunfan las insurrecciones contra un gobierno constitucional y son impotentes las que se hacen a una tiranía; las justas reivindicaciones populares nada tienen que hacer en esas orgías de sangre; los derechos de la inmensa masa anónima, conculcados o desconocidos antes de la guerra, cuando impera el partido A, conculcados y desconocidos continúan después de la guerra, cuando ha triunfado el partido B.
Las guerras, cualesquiera que sean su bandera y sus propósitos, no hacen sino agravar los males permanentes de la víctima colectiva, carne de reclutamiento y de cañón, blando plasmo para todas las expoliaciones. En la mayoría de los casos, las guerras civiles americanas no han sido ni serán sino la proyección sobre el campo de batalla de los conflictos de ideas o de intereses de los profesionales de la política, cuando es un principio o la suerte de un partido lo que se remite a esos juicios de Dios; o una simple caza del poder público, cuando es la rapaz ambición de un jefe lo que entra en juego. Es, en uno y otro caso, asesinato de inocentes, organizado en provecho de unos pocos y aplaudido con pasmosa inconsciencia por los demás. No será el autor de estas líneas quien niegue a algunas de nuestras guerras civiles su audacia y su tenacidad; empero muy más digna de admiración encuentra, por fecunda y por valerosa, la actitud de un Murillo, por más que no tomara en sus manos otro acero que el de su pluma luminosa, que no el que pueda desplegar el más arriscado guerrillero, en campañas de salto de mata, o domando el mulo bravío, trabuco en mano por esas breñas, mitad prócer, mitad merodeador.
Cuando en un país se impone, coercitiva e inaplazable, una transformación política, siempre hay, dentro de la actuación civilizada, manera de colmar esa clamorosa necesidad; si no es así, quiere decir que la anhelada transformación no correspondía a una evidente justicia pública. Contra los desmanes de los gobiernos opresores vale, en último resultado, mucho más el reclamo del derecho, vigoroso, incansable y enérgico; vale más, si se quiere, con el gesto de los senadores romanos, envolverse en su manto y esperar, que dar pretexto y ocasión a que la violencia se desate, a fuer de salvaguardia del orden y de la paz; es preciso evitar la guerra para hacer posible la revolución. Por ella entendemos el movimiento consciente y avasallador de la opinión, de la verdadera opinión, en que el verbo tiene mayor potencia demoledora que los cañones y el derecho de la causa defendida vale por diez ejércitos. La revolución así entendida, es la reforma o la reparación, iniciada y cumplida por los mejores y por los medios más civilizados, que son los más eficaces; la guerra es la imposición ciega de los más. En este concepto fueron revolucionarios Agis y Cleómenes en Esparta; Clístenes en Atenas, Dion en Siracusa, los Brutos y los Gracos en Roma; Arnaldo de Brescia, Savonarola y Campanella en Italia; Egmont y Marnix de Santa Aldegonda en Holanda; Hampden y Milton en Inglaterra; Franklin, Jefferson y Hamilton en América; Mirabeau y los girondinos en Francia; Nariño, Acevedo Gómez y Camilo Torres en Colombia.
La revolución puede iniciarse y cumplirse sin un soldado y sin un combate: así se estableció el arcontado de Atenas y la república aristocrática en Roma; así cayó Hipias y comenzó en Grecia el período de la democracia pura; así revivió Rienzi el tribunado y se cumplieron varias de las más famosas revoluciones italianas de los albores de la edad moderna 4 ; así se iniciaron la gran Revolución Francesa y la mayor parte de las de la independencia americana; así laboraron O’ Connell, Mazzini, Herzen, Lamartine y Ledru Rollin, así proclamaron la República las Cortes Españolas el 11 de febrero de 1873, y no de otra manera se efectuaron las revisiones federales en Suiza de 1869 en adelante.
En cambio, se ven guerras en las cuales sobre las charcas de sangre no brilla el iris de ninguna doctrina política ni las banderas simbolizan principio alguno... ¿Y qué valdría la santidad de una causa ante el hecho brutal del número de batallones enemigos? Algunos metros más de alcance en las armas de fuego, una línea de mayor precisión en la puntería de los artilleros, y sucumbe una causa, desaparece un pueblo y dejan de valer unos principios.
El prestigio que consagraba en nuestras democracias los servicios militares en guerra civil como ejecutorias omnipotentes y únicas para todas las prebendas y pasaporte para todas las vías de la ascensión, del provecho y de la gloria, empieza a palidecer a medida que los pueblos se hacen más conscientes de sus intereses; el militarismo como superstición política ha visto ya sus mejores días. La realización de los ideales políticos, remitida antaño, como las causas en la Edad Media, a los mortales juicios de Dios, confíase hoy a la propaganda intelectual; cumplida esa propaganda, se dejará mañana al libre desarrollo de los pueblos, a las fuerzas germinativas de la historia. Tales son las tres etapas de esa conquista secular: la guerra, la revolución y la evolución.
La libertad que la violencia impone, si es posible consignar tal paradoja, contradictio in adjecto, sin arraigo en las costumbres ni sólida vinculación en los caracteres, también por la violencia desaparece; la propaganda educativa crea ese arraigo, el progresivo desarrollo ulterior lo cimenta definitivamente y ampliamente lo propaga; pero ese aquél hará labor fecunda que inscriba en su vida y en su esfuerzo la altiva dedicatoria de Esquilo: Al Tiempo. Esa fe en la finalidad de todo esfuerzo generoso, puede ser la ingenuidad de un optimismo, pero con esas ingenuidades y con esos optimismos se cumple la elaboración del porvenir:
Lanzan los triunfadores del presente
al que elabora el porvenir su insulto,
pero la Historia trueca reverente
en altar el desdén, la afrenta en culto.
Por eso el mártir, de esperanza lleno
y ante el desdén universal tranquilo,
su vida y su labor, alto y sereno,
dedica Al Tiempo como el viejo Esquilo.
La revaluación de los dogmas democráticos ha sido en los últimos tiempos tan intensa e inmisericorde, que tal parece como si el favor excesivo que les dieron las formidables resonancias de la Revolución Francesa hubiese suscitado una reacción de fuerza y de exageración correlativas: imaginámonos, empero, que ya principia a esbozarse la contrarreacción. Enfrentados por una parte a la aristocracia y por otra a la acracia, esos principios representan el nivel medio de las ideas actuales; su posición ante el privilegio tradicional, lucha de ayer, empieza a ceder en interés ante el que comporta su nueva posición, engendradora de luchas inminentes, y que puede definirse: democracia versus socialismo.
A la generosa alucinación de la fraternidad igualitaria, se opone la exageración del aristocratismo científico, cuya psicología se patentiza en el siguiente tópico del escritor argentino Ingenieros: "La igualdad humana es un sueño digno de ingenuos como Cristo y de enfermos como Bakunin". Parécenos que la Equidad, diosa de distinción exquisita, cuyos oídos no soportan bien la percusión de afirmaciones demasiado extremosas y demasiado violentas, no interviene en estos debates en que prima, ante todo, el hipnotismo de las tesis preconstituidas y en que un prejuicio combate a otro prejuicio. Las supersticiones que derrumban las catapultas de la crítica, cuantos son la ilusión de la igualdad absoluta, la absoluta autoridad moral de la opinión y de la prensa, el deslumbrador sofisma del sistema representativo, la infalibilidad del criterio popular, el derecho divino de las mayorías, la justicia inmanente de los movimientos populares, la legitimidad del prestigio de los caudillos y de las consagraciones de la popularidad, no atañen al sentido supremo del principio democrático y pueden desvanecerse sin que éste vea disminuida su integridad filosófica.
Hoy se identifican, para su común demolición, las doctrinas de Cristo con los principios de los modernos demócratas y se condena a ambos como una convergencia de todas las inferioridades y la exaltación del hampa de los míseros y de los degenerados contra la falange de los fuertes y de los dominadores. Acaso para los apóstoles de la dureza, sea flacidez de tristes deprimidos y actitud de parias y degenerados lo que lanzó "los cruzados al Oriente y los conquistadores al Occidente"; lo que ha fundado la civilización occidental y el derecho público moderno y hace que con la azada en la mano, terciada al hombro la carabina Enfield y la Biblia bajo el brazo, el colono y el farmer británicos hayan creado en los desiertos naciones como Australia y Nueva Zelandia, el Canadá y el Cabo; lo que desbrozó ayer un continente para erigir en él las formas más vigorosas del progreso humano y somete hoy a un puñado de funcionarios 300 millones de hombres en el semillero de las razas arias. Indudablemente la moral cristiana y el ideal democrático son exclusivo lote de los débiles, de los cobardes y de los esclavos.
Ante el aposento en donde se escriben estas líneas, en una mañana de invierno, un paisaje severo desdobla la tristeza de sus tonalidades apagadas; más allá del extenso cuadrilátero de un parque inglés, que la escarcha cubre ya con su túnica de blancura, recorta enérgicamente el horizonte la enorme silueta de un hacinamiento de edificios que una pared de ladrillo circunscribe, a guisa de muralla; diríase una ciudadela que en vez de castillos y almenas irguiese bajo el dombo plomizo de los cielos las chimeneas de una fábrica y la flecha gótica de una iglesia: es un work-house. Allí los desvalidos de todas las razas y nacionalidades que se aglomeran en una ciudad cosmopolita, que es al mismo tiempo un gran puerto de mar, encuentran, si de una inteligente investigación previa aparece que los merecen, techo, alimento, medicinas, algunas enseñanzas y trabajo. El sentimiento "que induce a prolongar las existencias inferiores con limosnas de absurdo altruismo" asume en ese establecimiento, que es al propio tiempo hospital, taller y escuela, la forma más eficaz y plena de su expansión.
Por medio de esa institución, en que, tendiendo a corregir cuanto la caridad indiscriminada y la afeminada sensiblería tienen de malsano y contraproducente, se ha logrado que la caridad se racionalice y el sentimiento piense, la sociedad, incólume aún de las demoliciones nietzscheanas, da la mano al que cae, la cura al enfermo y trabajo reparador a todos. Salva allí y fecunda de esta suerte infinidad de energías que, abandonadas en el momento pavoroso del desfallecimiento y la caída, se habrían evaporado como las fuerzas perdidas que la catarata devuelve en flotantes mantos de niebla al insondable azur. El sentimiento de que el interés humano es solidario y no se puede condenar a muerte a los vencidos, so pena de disminuir la suma de bien y de vida que hay en el mundo, aumenta e intensifica la vida colectiva, puesto que preserva energías transitoriamente deprimidas; es el médico que, al devolver el vigor a un enfermo, enriquece también el vigor y la salud de la sociedad. Tal sentimiento como ése, patentizado en instituciones como el work-house, es uno de los elementos de poderío de un pueblo que, al favor de sus concepciones esencialmente democráticas, por más que conserve algunas formas tradicionales, ha fundado un imperio de extensión y poder que la Roma de los amos y de los siervos no conoció jamás 5 . Estas afirmaciones, grabadas están en las piedras ennegrecidas del work-house; ciudadela dijimos y tuvimos razón; la ciudadela de la solidaridad humana.