He aquí la reprise de la requisitoria al Trópico, intentada ya por Laureano Gómez, bajo la protesta de cierto nacionalismo declamatorio. Pero a Armando Solano no se le puede llamar demagogo. Esa confesión que ahora hace y de la cual pudiera resultar un apocamiento para nuestro suelo, no la puede escribir Solano sino con lágrimas. A través de sus páginas hay que percibir el sollozo que la sacude.
"Nuestras tierras bravas, cerreras, dan frutos ásperos". Es ésta una verdad que no da tregua.
Esta Zona Tórrida que cantara Bello en estrofas exuberantes es un inmenso aspaviento vegetal, que le da a la vida circundante un patetismo exacerbado y venenoso. El sol, como un picapedrero, hace volar aristas del paisaje y vierte una inclemencia y un desasosiego dañino sobre las almas.
La suavidad, que ahora cautiva en sus mil formas europeas a Armando Solano, no es, en último término, sino la expresión máxima de la civilización humana. La esperanza, que solemos tomar como una demostración vital no es sino la forma inferior y extraviada del ímpetu. La fruta cerrera y el hombre atravesado son dos productos equivalentes.
Europa representa precisamente la suavidad y la templanza frente a la acerbía y al desvarío tropical. Mientras vivamos prisioneros de una naturaleza frenética que se expande en formas brutales, el empellón será el símbolo físico y temperamental de nuestra raza.
Europa es una tierra domada. Desde los reyes bárbaros hasta nuestros días, sobre el tambor del Occidente han cabalgado todas las violencias, pero el laboreo de la tierra les ha dado a sus pueblos el sentido de la selección y del gusto.
La cultura del paladar es una de las más largas y afortunadas empresas que haya podido realizar el hombre blanco a través de los siglos. Para que la pera y el espárrago que ahora deleitan, con su fragancia delicada, a Armando Solano, hayan podido alcanzar su perfección presente, fue preciso que generaciones enteras de reyes, de diplomáticos y de cocineros estimularan al hortelano.
En los nobles caldos de las bodegas bordelesas y en los campos de la Gironda, una de las más ricas despensas de Francia, podrá Solano sorprender toda la pulsación de una cultura que desde Genserico hasta Monsieur Aristides Briand, se ha ido elaborando bajo el canto de los labriegos.
Podría decirse que el espíritu francés es la radiación de un paisaje, como el espíritu americano es la evaporación de una manigua.
En este redescubrimiento de Europa que ahora intenta Armando Solano, su primera noción formal es la opulencia agrícola. Y efectivamente, como él lo apunta, los habitadores de su suelo no comen verduras de cartón. La sensualidad europea ha sido acaso la única bien alimentada de todas las sensualidades terrestres.
Dentro de savias extravagancias, mordido por las resolanas del Ecuador, hirsuto y bello como un volcán, el Trópico seguirá siendo por muchos años la mejor escuela de intransigencia.
Pero bajo la tierra, cuya capa limita las vanidades fachendosas de la floresta, los frutos cuajarán acidulados, como espolines de la hiperestesia racial.