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- La Violencia y la Supresión de la Política
- Gonzalo Sanchez Gómez
La Violencia del período "clásico" (1945-65), representada por los artistas de la época como un monstruo de mil cabezas, es muchas cosas a la vez: es guerra entre las clases dominantes y en cuanto tal una versión tardía de las guerras civiles decimonónicas, pero es también guerra entre las clases dominantes y el movimiento popular, e incluso hay ciertos períodos y regiones en los cuales parece estar dominada por expresiones residuales próximas al vandalismo y al banditismo, cuyos blancos y víctimas difícilmente se pueden adscribir a unos sectores sociales o partidistas con exclusión de otros. Voy a proponer entonces una síntesis a la vez descriptiva e interpretativa que nos permita caracterizar el período. Lo haré a partir del seguimiento de tres componentes que considero básicos: el terror, la resistencia y la resultante conmoción social. Los voy a representar como tres cortes sucesivos de la trama histórica (a semejanza de lo que hizo Braudel en su estudio del Mediterráneo) y los voy a ordenar en una secuencia que va gradualmente de lo más visible a lo menos visible o invisible.
La Violencia como terror concentrado
Ningún estudio serio puede olvidar u omitir una reflexión sobre esta dimensión de la Violencia, que por algo fue la que dejó el más duradero impacto en la memoria colectiva de los colombianos. Esta dimensión de la Violencia es la asociada primordialmente al sectarismo, a la dimensión político-partidista de la Violencia, que parecería constituirse al margen de lo social pero que en realidad va más allá: ha invadido todo lo social y es la que, de hecho, impone su dinámica peculiar al conjunto. La Violencia es de alguna manera terror concentrado.
Ahora bien, para que se aclare el alcance de nuestro enunciado según el cual este terror concentrado es la supresión de la política, es imperioso recordar el carácter último de nuestros partidos históricos y de su enfrentamiento. Se trata, en efecto, de partidos que responden ante todo a la dinámica de las solidaridades comunitarias, es decir, que pertenecen propiamente hablando al orden de lo arcaico y prepolítico y que —como lo han señalado Malcolm Deas y David Bushnell— llegaron a las gentes y a las localidades antes que el Estado o el sentido de nación 1 .
El mundo de los copartidarios es anterior al mundo de los ciudadanos. Al contrario también de la evolución europea, en donde la instauración de la política y la emergencia de los partidos son apreciadas como una cualificación de lo social, en Colombia nos hallamos frente a una politización pre-social. Más aún, desde el punto de vista de cualquier discurso alternativo, la contaminación político-partidista de estirpe liberal-conservadora está inevitablemente asociada a la desagregación, desorganización, desarticulación de lo social. Se la considera simplemente como un obstáculo a la constitución de sujetos sociales y de actores políticos autónomos. Aquí radica la ambivalencia originaria de la política en Colombia. Muy lejos, por ejemplo, de la Francia republicana, estudiada por Maurice Agulhon, en donde las pasiones políticas no sólo tenían color sino que de manera inequívoca rojo era obrero y blanco era patrón 2 . Se entenderá entonces por qué podemos plantear que en Colombia, por el contrario —y de manera paradójica—, cuanto más se acentúa el contenido partidista de las oposiciones tanto más se despoja a éstas de su potencial político.
Llevando a su límite la paradoja habría que concluir que la politización partidista (liberal-conservadora) es una politización despolitizada. Pues bien, el terror de los años cincuentas no hace sino exacerbar ese sentido de la politización-despolitización, que no crea actores sino adeptos.
Múltiples son los procesos que con posterioridad al asesinato de Gaitán se inscriben en la lógica de aniquilación de lo social y supresión de lo político. Tres de ellos, por lo menos, son indescartables: el primero es el desmantelamiento "a sangre y fuego" de la rebelión de abril, que se había convertido en una verdadera pesadilla, tanto más inquietante cuanto que se había traducido en probados actos de desborde de los cauces bipartidistas; el segundo es el conjunto de dispositivos ideológicos, legales y de coerción encaminados a desalentar o sofocar no sólo las organizaciones obreras más ajenas a la lógica patronal sino en general todo vestigio de protesta cívica o social; y el tercero es, por supuesto, la generalización de la represión en la remota provincia, que adquiere visos de cruzada de exterminio contra el gaitanismo y demás variantes de la izquierda política primero, antes de extenderse a todo el partido liberal después.
Desde esta dimensión de la Violencia, el espacio que ocupan los conflictos es definido no en términos de oposición, contradicción o antagonismo sino de persecución y de diáspora, de huida en múltiples direcciones: del campo a la ciudad, del poblado a la metrópoli, de la zona central del país a las lejanas tierras de colo-nización, de Colombia a las naciones vecinas. Para subrayar la relación de continuidad entre todas estas formas de destierro inte-rior y exterior, se las cobijaba con un término común: el exilio 3 .
En una sociedad en donde los contendores políticos y sociales no pueden ser pensados en términos de rivalidad sino de desviación de una verdad o creencia originaria —de ortodoxia y herejía, como en las guerras de religión—, la regeneración social y política no puede lograrse sino por medio de la proscripción o el aniquilamiento de quienes, según los parámetros histórico-culturales dominantes, se encuentran en estado de transgresión. A este tipo de representaciones de la sociedad se aproximaba la Colombia de los años cincuentas. Desde el poder se urdían verdaderas estrategias de homogenización dentro de las cuales la guerra y la política no podían pensarse simplemente en términos de victoria sobre el enemigo sino de eliminación física del mismo. La diferencia se había hecho incompatible con el orden.
No se trataba, en efecto, del terror como una práctica ocasional, sino de algo más estructurado, de una verdadera política que incluía aspectos tan diferenciables como los siguientes:
— Hay una estrategia y una programación del terror cuyo objetivo se encuentra sintetizado en una patética frase, repetida sin descanso por Laureano Gómez antes de acceder a la presidencia: "Hay un millón ochocientas mil cédulas falsas". La frase equivalía a despojar de la ciudadanía al partido mayoritario
del país.
— Hay unos agentes del terror, a menudo policías, patrullas del ejército o fuerzas combinadas que se dedican a asolar pueblos inermes.
— Hay unas organizaciones del terror, constituidas por bandas de fanáticos que ejecutan la muerte por encargo: los tenebrosos "pájaros". Actúan éstos a sueldo de políticos, terratenientes y comerciantes, o por cuenta propia, pero en todo caso con la tolerancia o complicidad de las autoridades y la impotencia de las víctimas desprotegidas. En el relato ya clásico de Gustavo Álvarez Gardeazábal 4 , todos los dirigentes políticos de una localidad, públicamente notificados de su muerte próxima por los secuaces de "El Cóndor", caen acribillados uno a uno y en orden preestablecido sin que haya poder que se movilice para evitarlo.
— Hay unos rituales del terror, una liturgia y una solemnización de la muerte, que implican un aprendizaje de las artes de hacer sufrir. No sólo se mata sino que el cómo se mata obedece también a una lógica siniestra, a un cálculo del dolor y del terror. El despojo, la mutilación y la profanación de los cuerpos son una prolongación de la empresa de conquista, pillaje y devastación del territorio enemigo. Los cuerpos mutilados, desollados o incinerados parecerían inscribirse en el orden mental de la tierra arrasada. Hay un despliegue ceremonial del suplicio, expresado a veces en actos de estudiada perversión como el cercenamiento de la lengua (la palabra del otro), la eventración de mujeres embarazadas (eliminación de la posibilidad de reproducción física del otro), la crucifixión, la castración y muchos otros, dirigidos no sólo a eliminar a los doscientos mil muertos o más del período sino, adicionalmente, a dejar una marca indeleble en los millones de colombianos que quedaban. También importa entonces saber cómo se transmite el mensaje de intimidación y cómo se disponen los elementos del mensaje, cómo se construye el escenario del terror: si los muertos se dejan amontonados o esparcidos en toda una vereda, por ejemplo. A veces el mensaje es eficaz porque choca a primera vista; otras logra su eficacia en la medida en que resulta indescifrable. El escenario del terror debe ser, por otra parte, visible. Por eso hay ciertas preferencias espaciales: el cruce de caminos, el paso de los ríos, los montículos reconocidos en la región o el vecindario. El dolor en estas circunstancias no puede ser íntimo; tiene que ser aleccionador 5 .
— Hay unos instrumentos del terror. No impactan de igual manera los muertos a bala que los que lo han sido a machete, ahorcados o a garrote. El arma de fuego puede resultar demasiado expedita si lo que se busca es la dosificación del dolor. Los agentes o estrategas de la muerte prefieren entonces el machete, el cuchillo o el garrote. Sumado, y no en sustitución de cualquiera de los anteriores mecanismos, el incendio, de reiterada ocurrencia, constituía la máxima expresión de la teatralidad del terror.
— Hay, finalmente, una cronología del terror, dependiente en parte de los instrumentos utilizados y en parte de una calculada manipulación de la aceleración o retardo del tiempo de ejecución o, puesto en otros términos, de la relación entre unidad de tiempo y unidad de dolor. No tiene igual impacto el asesinato escalonado de cuarenta personas que una masacre del mismo número de víctimas en una sola operación fulminante.
Se trata, en suma, de un primer escenario portador de una variadísima simbología cultural, es decir, de un conjunto de prácticas significativas que sugieren representaciones muy complejas no sólo de la política, sino también del cuerpo, de la muerte, del más allá. Recordemos que todo esto sucede en un país que por entonces se ufanaba de ser el más católico del mundo, así se tratara en buena medida de un catolicismo fanático, de escapularios, amuletos y tatuajes. La cruzada no era, por lo tanto, incompatible con la salvación eterna. En algunas regiones el discurso eclesiástico legitimaba, cuando no instigaba, a ciertas bandas de asesinos que, por lo demás, no encontraban disonante hacer pública profesión de fe católica y dejar signos de su religiosidad en los sitios de sus fechorías. No sobra agregar que los mismos rastros de superstición podían encontrarse en la otra orilla del conflicto, en los grupos guerrilleros.
No hay que olvidar tampoco que en el trasfondo de este panorama hay banderas partidistas. Que se trata de un enfrentamiento entre dos facciones políticas no muy nítidamente diferenciadas en su reclutamiento, que se necesitan la una a la otra, que se saben solidarias del mismo orden social pero que, sin embargo, arrastran "odios heredados" y sus diferencias reales se encuentran por tanto en un pasado casi mítico, difícil de precisar. En tales condiciones la Violencia tiende a revivir el drama de la tradición bíblica y greco-romana de los hermanos enemigos (Caín-Abel; Esaú-Jacob; Rómulo-Remo). De hecho, en una literatura muy amplia y en la retórica política, la Violencia fue caracterizada durante buen tiempo como una guerra fratricida, y en consecuencia, posteriormente, el Frente Nacional (acuerdo bipartidista que pone formalmente término a una primera etapa de la Violencia) será enaltecido como una reconciliación entre hermanos, entre miembros de la gran familia colombiana, a la sombra de la Santa Madre Iglesia.
Mirada a través del prisma del terror, la Violencia nos ha dejado una literatura defensiva y derrotista, tanto que, en contraposición al mito de la revolución mexicana, se la ha definido como una gran vergüenza nacional que, por lo demás, no tuvo "ni caudillos, ni batallas, ni ideales, ni gloria" 6 . No obstante, dado su carácter desestructurador de lo social y lo político, tal vez sería mejor definirla —tomándole un término prestado a Michel Wieviorka— como un "antimovimiento social" 7 .
La Violencia como resistencia armada
En verdad, el terror es sufrido de manera pasiva en muchas zonas, como un cataclismo, como una fatalidad. Pero el terror no monopoliza toda la escena política. En muchas zonas también se organiza la resistencia.
La resistencia es la formación más o menos espontánea y, a veces, más o menos políticamente dirigida de núcleos armados de defensa que van desde el nivel veredal hasta la conformación de verdaderos ejércitos campesinos regionales (caso de los Llanos en los límites con Venezuela). La lucha democrática, y en general la lucha política, que hasta entonces había tenido como canal regular la escena electoral, se ve compelida a tomar el camino de las armas.
Vista así, la resistencia viene a llenar un vacío dejado por el terror que no sólo ha suprimido lo social sino también lo político como espacio de intermediación entre el nivel de expresión de lo social y el Estado. No se puede en consecuencia olvidar que en Colombia las guerrillas de los años cincuentas surgen al principio como una forma de organización forzada para confrontar el terror y no como parte de un proyecto político-insurrecional para la toma del poder, del Estado o del gobierno. "Las guerrillas las hizo la Violencia", dirían los campesinos del sur del Tolima, y cualquier liberal de la época podría hacerles coro.
Por eso, a diferencia de las guerras que se declaran formal y solemnemente, que tienen ritos inaugurales, la Violencia no tiene un comienzo claramente identificable. Cuando se toma conciencia de ella, ya está instalada en todos los contornos de la sociedad.
Los focos de resistencia en su versión más articulada de guerrillas cumplían una gran variedad de funciones. Para decirlo en pocas palabras, actuaban a veces como sustituto de movimientos sociales destruidos de antemano (sindicatos agrarios, ligas campesinas, organizaciones indígenas); a menudo, como portavoces de ciertas identidades partidistas (liberales, comunistas), y otras simplemente como intérpretes de algunas comunidades y necesidades locales o regionales, más allá de cualquier identidad de clase o partido, por ejemplo en torno a demandas de crédito, vías, control al despotismo de determinadas autoridades. Eran, en general, guerrillas establecidas sobre la base de homogeneidades políticas, organización partidista y controles territoriales.
En un ambiente de terror aplastante como el que hemos descrito en las páginas precedentes, las gentes acosadas por la Violencia multiforme necesitaban del mito de la época, el mito guerrillero. En efecto, las zonas de guerrilla eran imaginadas o representadas como zonas de dominio de la libertad, independientemente de los conflictos reales, a veces también del terror que pudiera campear en ellas.
Una serie de símbolos cobra fuerza: el fusil, el machete, la bandera, el caballo, son dignificados por doquier en panfletos, coplas y en la poesía popular.
No es del caso hacer aquí una geografía social de estas guerrillas, que con frecuencia se entrecruzan con otras formas más confusas y subterráneas de acción armada.
Pero no podemos dejar de mencionar los principales frentes guerrilleros que, con sus jefes-símbolos, se multiplicaron tanto en zonas de evidente continuidad de luchas agrarias como en nuevas zonas de colonización dinamizadas por la propia Violencia. Como zonas de tradición agraria e implantación guerrillera cabe destacar, en primer lugar, el área del Sumapaz, bajo el liderazgo indiscutible de Juan de la Cruz Varela, un migrante llegado a la región durante los agitados años veintes, admirador de Gaitán y reclutado en los tiempos difíciles de los años cincuentas por el partido comunista; en segundo lugar, el sur del Tolima, cuna de la guerrilla colombiana actual, en donde las guerrillas liberales de Mariachi y las comunistas de Isauro Yosa, al tiempo que huían de las fuerzas gubernamentales, competían entre sí por las mismas bases campesinas. Como ejemplos del segundo tipo de zonas, las de colonización y refugio, recordemos primero las guerrillas que conducía Rafael Rangel en las vertientes de los ríos Carare-Opón y Magdalena medio, en el departamento de Santander, provincia de una inestabilidad política secular en donde las fronteras entre guerras civiles y Violencia son particularmente borrosas: escenario principal de la guerra de los Mil Días (1899-1902); de la virtual guerra civil regional entre 1930-34, al iniciarse la transición de la hegemonía conservadora a la república liberal, y del despunte temprano de la Violencia hacia 1944-45. Por último, last but not least, la región de los Llanos Orientales, que es en realidad la de mayor fusión entre la organización militar y la organización civil de la población, cuyo jefe, Guadalupe Salcedo, el más genuino símbolo de la guerrilla colombiana de entonces, amnistiado bajo el gobierno militar de Rojas Pinilla, habría de caer asesinado luego en la transición al Frente Nacional. Su asesinato será el fantasma de todo guerrillero amnistiado.
No sobra subrayar que se trataba de guerrillas esencialmente rurales, tanto por su composición como por su teatro de operaciones, pero que contaban con apoyos urbanos no desdeñables. Una informal, a veces muy elemental pero eficaz red logística era la que les permitía proveerse de municiones, armas, víveres, medicamentos, dinero y, sobre todo, de la información básica en torno a los planes y movimientos de sus enemigos. Se las podía hallar indistintamente tanto allí donde la represión y la presencia traumática del Estado era muy notoria (Tolima, Sumapaz), como allí donde la presencia de este último no era visible ni como autoridad, ni como administrador o dispensador de servicios sociales básicos. No era sorprendente encontrarlas allí donde el Estado no podía llegar fácilmente como fuerza punitiva, y eran relativamente fijas, ancladas en sus zonas (o con gran movilidad, pero sólo dentro de sus zonas) y no migratorias.
Tampoco puede dejarse de lado en estas reflexiones sobre la resistencia que, no obstante la aparente polarización, hay una enorme diversidad en estas guerrillas y que, por lo tanto, a veces no hay relación alguna entre ellas. En ocasiones entran en alianzas muy inestables y, con singular frecuencia, en relaciones francamente conflictivas. Las causas eran, por supuesto, muy hetero-géneas: celos en las influencias regionales, es decir, reproducción de los rasgos propios del gamonalismo en las toldas guerrilleras, lo que hacía que toda disensión interna se tradujera en la conformación de un nuevo grupo; criterios encontrados en el manejo de las relaciones entre la guerrilla y los jefes políticos, entre los jefes guerrilleros y sus súbditos o entre los jefes guerrilleros y los bienes de la guerrilla; divergentes concepciones de las relaciones entre guerrilla y bases campesinas, sobre todo en zonas como el sur del Tolima y Sumapaz, de presencia simultánea de guerrillas liberales y comunistas. Estas últimas divergencias incluían asuntos del siguiente tenor: reforma agraria o propiedad individual en las zonas bajo control guerrillero; trato que debía dársele al adversario, es decir, respeto a su vida y sus bienes, o práctica de tierra arrasada; importancia que debía dársele a cierta ética revolucionaria, en temas como el enriquecimiento individual y las prebendas de los jefes; participación de niños y mujeres en tareas militares o sólo en las logísticas, que llevaba a la definición de actitudes frente a la unidad de la familia, etc. En suma, la pluralidad allí no era índice de democracia sino síntoma de anarquía.
Por otro lado, hay que subrayar que tales guerrillas están sujetas a los mismos problemas de constitución, conservación y reproducción de cualquier guerrilla, y que dentro de esta perspectiva, la incorporación a una de ellas tiene implicaciones como las que a título de simple ilustración enunciamos:
— Ruptura de lazos personales (familia, amigos), contrarrestada frecuentemente con la práctica de irse al monte familias enteras, con su padre convertido en jefe guerrillero, como sucedió en el sur del Tolima con los Loaiza, que dieron su nombre a una de las columnas guerrilleras más activas de la región.
— Problemas en la adaptación, siempre penosa, a la doble vida del clandestino, que tiene que combinar actividades rutinarias con las de militante.
— Diseño de estrategias de sobrevivencia y, ante todo, la tarea de alimentar un ejército irregular, alternando operaciones de expropiación, proyectos de producción y formación de cadenas permanentes de suministro de víveres.
— Ingreso a los circuitos de comercio de armas.
— Políticas de reclutamiento de personal y de entrenamiento en la habilidad, en la fortaleza física y en todas las artes del tránsito de la pasividad a una lucha continua con escasas o nulas posibilidades de victoria en el horizonte.
— Definición de jerarquías internas, reparto de funciones y delimitación de zonas de control.
— Acoplamiento a normas disciplinarias, objetivos colectivos y sentido de organización.
— En suma, todo el problema de inventarse una nueva vida que, dicho sea de paso, vuelve a plantearse otra vez con todo su dramatismo cuando llega el día de dejar las armas. He aquí un sinnúmero de elementos para una sociología de la guerrilla.
No creo trivializar los alcances de este proceso al postular que es innegable que para muchos niños y adolescentes colombianos entre 1949 y 1965 (para poner un límite que hoy ya resulta arbitrario), o sea, para toda una generación, su espacio de socialización no fue la calle, el barrio, la familia o la escuela sino la guerrilla. Las Farc se precian de tener en su Estado Mayor al más antiguo dirigente guerrillero del mundo, Manuel Marulanda Vélez, "Tirofijo", iniciado en las guerrillas liberales a comienzos de los años cincuentas. Para muchos colombianos, ser guerrillero se convirtió incluso en una opción de vida, como para otros dicha opción podría ser cura, abogado o zapatero. Casi podría decirse sin caer en la hipérbole que la guerrilla es no sólo una categoría política sino también un lugar en la estratificación social. Una rutinización de estas proporciones no deja de tener onerosas consecuencias sobre la Colombia de hoy.
Camilo Torres, idealizado como el cura guerrillero y no como el dirigente de masas que también fue, se interesó particularmente en construir una visión positiva de la Violencia como resistencia, haciendo abstracción en cierto modo del otro aspecto ya analizado, el de la lógica del terror. Fue naturalmente la persistencia del movimiento guerrillero en las décadas siguientes la que le abrió camino a una revalorización-idealización de la resistencia en la literatura reciente. Esta prolongación del conflicto armado hizo pensar luego la Violencia como etapa del movimiento guerrillero, como prehistoria de la lucha revolucionaria.
Pero, vuelvo a insistir, no hay que hacerse exageradas ilusiones sobre el nivel de articulación o estructuración de los dispositivos de la resistencia. Por un lado, porque en última instancia cada localidad libraba su propio combate y, por otro lado, porque aun en el caso de que pudiera hablarse de un proceso global de resistencia, ésta estaba inmersa constantemente en un entorno de violencia difusa o —para ponerlo en términos de Hobsbawm— en formas de violencia prepolítica, como el bandidaje y la simple criminalidad y delincuencia.
Con estas limitaciones se avanzaba a mediados de 1953 en la formulación de un proyecto de coordinación guerrillera nacional, con vagas posibilidades de consolidación, pero con importantes efectos disuasivos en amplias capas de las élites dirigentes y en las propias filas del ejército. Por otro lado, cuando con el aplauso de todos los descontentos, tanto dentro del partido de gobierno como en la oposición, las Fuerzas Armadas comandadas por el general Rojas Pinilla asumen el gobierno, otros procesos estaban en curso. En la dinámica interna de algunos de los movimientos guerrilleros regionales aparecieron, efectivamente, claros signos de maduración de un proyecto democrático de sociedad que postulaba un nuevo régimen de propiedad, reglamentaba la producción de acuerdo con los recursos disponibles y las necesidades de la población, establecía sistemas propios de organización de las finanzas, creaba nuevas instancias de poder y de justicia y redefinía las relaciones entre el pueblo y el ejército guerrillero. Este viraje, que apuntaba a la construcción de un nuevo proyecto de Estado, fue el que se materializó en las famosas "Leyes de las Guerrillas de los Llanos", columna vertebral de la resistencia. Este texto, que sorprende por su coherencia, iba quizás más allá de lo históricamente viable, sobre todo si se le pone en cualquier otro contexto distinto al de los Llanos Orientales. Representa de algún modo la utopía de la resistencia.
Uno estaría incluso tentado a compararlo con dos textos pilares de la revolución mexicana: el "Plan de San Luis de Potosí", de Madero, y el "Plan de Ayala", de Zapata, probablemente conocidos por los inspiradores de las Leyes del Llano. Pero en tanto que los campesinos de Morelos iban más allá de la letra, el conjunto del movimiento armado colombiano y los hechos mismos estaban muy a la zaga de una normatividad revolucionaria. Además, quedaría esta diferencia sustancial: en la revolución mexicana, el terror estaba claramente demarcado en la lucha revolucionaria, estaba políticamente controlado; es más, el terror aparecía casi que exclusivamente como la forma de actuar del poder (de los porfiristas, de los huertistas, etc.,) y no de la rebelión. La resistencia colombiana, en cambio, no escapaba (o sólo muy marginalmente) a la lógica del terror.
Este pasado probablemente explique, por lo menos en parte, la doble trayectoria de la resistencia de los años cincuentas:
— Una línea evolutiva, que desemboca en las guerrillas contemporáneas, cuyos cuadros fundadores están marcados casi todos por la herencia traumática de la Violencia. Como se sabe, las Farc, creadas formalmente en 1965, lo fueron a partir de núcleos de autodefensa, con raíces en los años cincuentas. Las demás (Epl, Eln, incluso el M-19) surgieron por escisión de las Farc o del tronco común, el partido comunista 8 .
— Una línea involutiva, que se ramifica en diversas variantes de bandolerismo político, las cuales, además de su arraigo en las comunidades campesinas, como el arquetipo de Hobsbawm, están atravesadas interiormente por el bipartidismo y en permanente proceso de tensión y arreglos con las estructuras locales de poder 9 .
Por supuesto que uno podría interrogarse hoy si realmente esas fronteras inestables entre las guerrillas y el bandolerismo se clarificaron definitivamente algún día. Uno podría preguntarse igualmente con razón si la mercantilización de la política vía el narcotráfico, que le ha dado nuevo impulso al clientelismo (y a veces visos empresariales), no ha tenido también como contrapartida, vía el secuestro, una bandolerización contagiosa de la llamada oposición armada en Colombia. Ninguna guerrilla en el mundo ha practicado el secuestro en dimensiones tan aberrantes como la colombiana. Y este componente de la lucha armada, que merecería un análisis muy serio, no puede escudarse en la también real lumpenización de sectores vinculados a los aparatos armados del Estado.
Pero volvamos por un instante a las guerrillas de los años cincuentas y precisemos, para cerrar este aparte, que desde la perspectiva de la resistencia y el conflicto armado posterior, el Frente Nacional, lejos de reconciliar, desafiaba. Desde todas las trincheras de la oposición se le denunciaba como un proyecto de unificación de las clases dominantes, como "el partido único de la oligarquía", según la expresión de Diego Montaña hace más de veinte años.
La Violencia como conmoción social subterránea
Detrás del plano impactante del terror y del menos visible de la resistencia, hay un proceso de profundidad que afecta la propiedad, los espacios productivos y las relaciones sociales.
La magnitud y las diversas direcciones en que ello se produjo fueron oscurecidas durante muchos años tanto por el reduccionismo partidista como por ciertas interpretaciones bipolares del tipo feudalismo-capitalismo. Se aceptaba, es obvio, que como corolario de uno de los procesos anteriormente analizados o por su combinación se habían producido no sólo enormes pérdidas en vidas humanas, sino también pérdidas incalculables en bienes, cosechas y lucro cesante. Pero difícilmente se llegaba a visualizar, como ha sido posible comenzar a hacerlo hoy en perspectiva, el reordenamiento de las relaciones sociales y en algunas regiones el hundimiento de símbolos y poderes del viejo orden. Se tendía a ver la Violencia como una fuerza todopoderosa y no como un escenario de lucha en donde las víctimas de hoy podían recobrar la iniciativa política o social mañana. Para ponerlo en términos de la argumentación general de este ensayo, el intento de supresión de los adversarios sociales, que se había producido desde la lógica del terror, se revela ilusorio. Esos adversarios están comprometidos en una guerra invisible. Sólo que no se trata allí de un simple duelo entre siervos y señores. Es un escenario más complejo en el que hay desplazamientos de ejes industriales, crecimiento inusitado de algunas ciudades intermedias como Armenia en el Quindío, y el declive o estancamiento de otras, como El Líbano, en el Tolima, y Sevilla, en el Valle; rutinización de irregulares mecanismos de movilidad de la propiedad raíz, por doquier; alteración de los canales de comerciali-zación, principalmente de café y ganado; desordenadas y abruptas migraciones internas; procesos de diverso orden que afectan la organización de las haciendas, las correlaciones de fuerza entre terratenientes-autoridades locales y bandas armadas, cualquiera fuera su denominación, etc.
En términos de grupos sociales, sus efectos tampoco son unívocos. Así, la Violencia puede significar un canal inesperado de ascenso para tenderos y comerciantes inescrupulosos; en zonas de guerrilla puede traducirse en contribuciones forzosas para los ganaderos, convertidos en aliados naturales del ejército y del gobierno; en zonas en donde no prospera la resistencia es campo abierto para el despojo de millares de pequeños propietarios y de las comunidades indígenas, todavía más indefensas. De acuerdo con lo previsible, la Violencia favorece el ensanche de capitalistas agrarios que estaban bien ubicados antes de agudizarse el conflicto y que lo aprovecharon para sostener y ampliar sus ventajas iniciales. Contra todo lo esperado, y habitualmente más difícil de aceptar, la Violencia contribuyó al derrumbe definitivo del poder hacendatario en zonas en donde la hacienda ya había sido debilitada en luchas anteriores y en donde el conflicto no había tomado por sorpresa a los campesinos (región del Tequendama y Sumapaz). Pero fueron tal vez los industriales los únicos que pudieron mostrar de manera consistente mayor conformidad y hasta entusiasmo con lo que acontecía a sus inversiones, y los que lanzaban al rostro de un país aterrado las estadísticas de su prosperidad. Como habrían de repetirlo con cinismo en la década de los ochentas: "A la economía le va bien aunque al país le va mal".
En su pluralidad de trayectorias, la Violencia rehúye, pues, cualquier modelo preestablecido. Es, en verdad, un proceso de procesos. Sin embargo, no por ello se puede renunciar a ciertos principios de inteligibilidad. Los diferentes sectores son afectados de desigual manera: hay que subrayarlo, por más trivial que parezca. Enunciados del tipo "la Violencia no impidió la expansión de la economía cafetera" tienen poco sentido si no están acompañados de un esfuerzo de desagregación. Desde la perspectiva de los efectos diferenciales que venimos subrayando, no es lo mismo un simple desplazamiento de inversiones de un terrateniente (que tiene recursos alternativos) que el despojo absoluto del campesino, precedido frecuentemente de su eliminación física y la de su familia.
Los efectos más álgidos en el plano social, cabe recordarlo, no fueron resueltos ni por la colonización, dirigida por el Estado o espontánea, ni por los planes de reconstrucción diseñados por el Frente Nacional 10 .
Bajo esta óptica de los múltiples efectos sociales encontrados, tal vez resulta más clara la caracterización que hizo Hobsbawm hace más de veinte años cuando estimó que la Violencia era una especie de revolución frustrada, porque a decir verdad, mirando retrospectivamente el panorama descrito, se siente como si en un mismo movimiento todo hubiera sido removido, sin que nada hubiera cambiado.
Ahora bien, recapitulando nuestras distintas aproximaciones a la Violencia, desde el punto de vista de su desenlace inmediato, se comprende también mejor la triple dimensión del Frente Nacional: con respecto al terror, proyecto de reconciliación; con respecto a la resistencia, proyecto de unificación de las clases dominantes; y con respecto a lo social, proyecto de rehabilitación, reconstrucción y reforma o, más ambiciosamente todavía, plan de modernización capitalista de la economía y del Estado.