Historia dela Cultura Material en la América Equinoccial
(Tomo 2)
Vivienda y Menaje
Víctor Manuel Patiño
© Derechos Reservadosde Autor

Continuación del capítulo 12


Valle del Cauca.  

13.  Como hecho curioso que revela política de buen gobierno, se registra en Cali que el visitador Valera y Bermúdez, dictó en 1796 para Cali y Buga, disposiciones sobre fomento al cultivo de maderas de construcción y otros productos. “Que en los parajes más aparentes o inmediatos se siembren árboles de los que se ha experimentado no entrarles el comején, guaduas, bejuco y lo demás necesario para la construcción de casas y cercos” (ARBOLEDA, 1928, 575; —, 1956, III, 140).

A fines del período colonial se hizo por orden del virrey Amar una que hoy llamaríamos encuesta sobre cosas geográficas en el Nuevo Reino. Se han conservado las de Cali y de otros partidos de la cuenca del Cauca.  

En Yunde para construcciones se usaban jigua, cedro, chagualo, guanabanillo, tache, guadua y cañabrava (RGNC, 519). En Quintero el tache (Ibíd., 526). En Roldanillo, aguacatillo, nogal, olva (?), ciprés, chagualo de mate (¿monte?), tachuelo, arrayancillo, incorruptibles para el comején (Ibíd.., 530). De Cali se mencionan los cedros hembra y macho, el mamey o chagualo y el guanabanillo (Ibíd., 541; ARBOLEDA, 1928, 628-629).

14. La madera para Popayán en la ¿poca colonial se llevaba de Cajibío, distante más de 7 leguas (OLANO, 1910, 31-32). En la tasa dictada por el visitador Inclán Valdés se especifican los precios para madera y leña (Ibíd., Doc. 22).

15. Fue indudablemente la costa ecuatoriana el fuerte maderero en la é poca colonial, sobre todo con carácter de extracción regular para el mercado de las ciudades costeras del Perú, carentes de vegetación arbórea. Guayaquil era el puerto de embarque (ROSTWOROSKI, 1981, 64, 88). La relación de (¿1605?) habla de las maderas que se extraían del partido de Náscoles; eran producto exportable (T. MENDOZA, 1868, IX, 251, 263). De Machala se llevaban mangles a Lima, “para enjaular casas y soleras” (Ibíd., 272).

En general, había en la jurisdicción del c o rregimiento de Guayaquil, robles [Tabebuia rosea], mangle, ébano [Diospyros artanthaefolia Mc.Br.], guachapelí [Albizzia guachapele], salsafrás [Zanthoxylum spp.], madera de María [Calophyllum sp.], madera amarilla [Centrolobium ochroxylum Rose ex Rudd.], madera negra [Conocarpus erecta] (Ibíd., 251). De Pimoche se llevaba madera de roble a Lima (Ibíd., 274). La información da los precios que tenían las piezas según el tamaño (Ibíd., 264).

De este sector queda una lista hecha a mediados del siglo XVIII, que comprende lo siguiente: la población de Guayaquil, de unos 12.000 blancos y en proporción las demás castas, vivía en casas de madera fabricadas sobre estanterías muy fuertes, de roble de monte, guachapelí, mangle amarillo [Laguncularia racemosa] y colorado [Rizophora spp.], entablados los entresuelos y costado de tablones del mismo roble y de cedro [Cedrela] y ceiba, y cubiertas las más modernas de teja y las más antiguas de paja, de cuya materia era antes, por lo general, el resguardo de todas” (ALCEDO Y HERRERA, 1741, 11; —, 1946, 24). Guayaquil tenía el astillero más importante de los dominios españoles, por la abundancia de maderas para construcciones náuticas, sobresaliendo guachapelí, roble amarillo, marío, canelo, mangle, bálsamo y laurel (JUAN Y ULLOA, 1983, I, 58 - 61).

De una lista de especies de la provincia de Esmeraldas, se destacan no menos de una docena como maderas excelentes de construcción (LITTLE and DIXON, 1969).

16. La costa peruana es árida en toda su extensión. La falta de maderas duras, con excepción del algarrobo Prosopis, presente en la parte norte en cantidades apreciables, obligó a echar mano de lo disponible. La escasez de lluvias ha permitido un tipo de vivienda muy liviana, sin techo oblicuo, sino un simple tendido de materiales ligeros o esteras.

Al principio de la fundación de Lima, se usaban roble y mangle importados de Guayaquil. Otras maderas se traían de Valdivia en Chile, pero cuando esta ciudad se perdió por acción de los araucanos, se encarecieron los precios. Hasta de la Nueva España se llevaba madera a Lima (COBO, 1956, II, 307, 308; JUAN y ULLOA, 1983, I, 11, 13, 49; 66-67; 152).  

 

Área andina ecuatoriana.  

17. La parte andina ecuatorial es más húmeda que la porción sur, y por consiguiente, mejor provista de maderas. Además, en ambas vertientes cordilleranas del oeste y del este ha existido buena madera. El techo de la iglesia de Quito en la segunda mitad del siglo XVI era de cedro (Cedrela) (ORTIGUERA, 1909, 326). Las actas del cabildo de Quito mencionan el bosque de Oyambicho como reservorio de maderas para construcción y leña (en 1568). Esa misma entidad edilicia fijó desde temprana época (1548-1551) los aranceles para la madera de construcci6n (RUMAZO, 1934, II, 108-109; 397). De los bosques de Calacali y Nono en la vertiente occidental se llevaba madera, para el templo de aquella ciudad capital (VARGAS, 1957, 30).

En la región de Baños y también en otras localidades, para las viviendas antisísmicas, se usaban horcones de helechos arbóreos (SAUCE, 1908, II, 185; 499).

18. La sierra peruana es igual que la costa, pobre de maderas de construcción. Los antiguos soberanos incas introducían a expensas de los mitimaes, maderas duras de la parte oriental o selva, especialmente para los templos (GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, 1963, III , 252). En Cuzco la madera era lo que más costaba (ACOSTA, 1954, 264). De lo que daba la tierra en las grandes alturas, el aliso Alnus jorullensis era lo mas socorrido (BETANZOZ, 1968, 47). Se usaba en Huamanga (J. DE LA ESPADA, 1881, I , 128); pero aun esta — que es una madera blanda— escaseaba (Ibíd., 174).

En Chunvivilcas se utilizaban sauces [Salix chilensis], alisos y quishuares [Buddleia longifolia HBK y otras especies de Buddleia] (J. DE LA ESPADA, 1885, II , 15,19,26). En Pacages no había más disponibles que quinoas [Polylepis incana] y magueyes o sea el bohordo de Agaváceas (Ibíd., 62). En Abancay también se usaban alisos y quishuar (Ibíd., 203, 209).

En las casas de Potosí, la metrópoli de la plata, se usaba un material tan delgado como el tallo de la mencionada quinoa [Polylepis] (Ibíd., 114). Para construcciones oficiales se traía madera fina de lejos. El cedro del Chaco con que se construyó la casa de moneda del Potosí estaba incólume después de 200 años (CAPOCHE, 1959, 18).

 

Cordillera oriental.  

19. En la sabana de Bogotá, las casas eran de palos livianos, por la lejanía a que se encontraban las maderas duras (J. DE LA ESPADA, CA S T., 1889, 98). Se echaba mano del aliso, aunque había nogales y cedros (R G NG, 106). Un documento del siglo XVIII entra en detalles: “Para encañar las casas en tierra fría lo hacen con unas varitas muy largas, iguales y nudosas, que llaman chusque [Chusquea spp.]. Otro blando pero del mismo modo sirve para lo mismo, y lo llaman carrizo en las tierras templadas [Arundo donax]. Hay para este efecto unas varitas muy largas, iguales y fuertes, que llaman caña brava [Gynerium], que se cría en las más partes de las tierras templadas. Hay para este efecto dichas varitas. Otra cañuela hay que se cría con abundancia, que llaman clavellina, y es mas a propósito para encañar las casas, lo que toca al enmaderado y entejado, por ser muy ligeras y de poquísimo peso. También suelen enmaderar en estas tierras y en otras las casas en lo alto y en lo bajo con palmitos rajados, que son unas varitas huecas; pero es pesado para lo alto, y para lo bajo corta el bejuco y no recibe bien el barro; pero resiste después a una seguro hacha, que con dificultad se corta. Donde no hay estos materiales encañan y enrasan las casas con varitas, que de cualesquiera abundan los campos” (OVIEDO, 1930, 40). Antes ha mencionado el bohordo del Agave (Ibíd., 39).

 

Tunja.  

Para esta ciudad desprovista de madera y leña, se traían piezas de construcción de los montes de Arcabuco. El tema se trata en el acápite sobre el trabajo indígena en la construcción de viviendas.

 

Pamplona.  

En 1553 el cabildo de Pamplona hizo derrama para ayudar a la construcción de la iglesia entre los vecinos que no habían aportado lata, carrizo o bejuco (OTERO D’COSTA, 1950, 54).

 

Área amazónica.  

20. Durante el viaje de Pedro de Teixeira río abajo en 1639-1640, se registraron cedros, ceibos, palo de hierro (?), palo colorado (?) y otros (ACUÑA, 1942, 100, 101; 144; TEIXEIRA, 1889, 88, 117-118).

El área amazónica es rica en maderas de construcción. Fuera de las palmas usadas para pilotes, paredes y pisos ( I riartea, Wettinia maynensis etc.), existen dicotiledóneas excelentes para diversas partes de la vivienda.

El templo de la misión jesuítica de Maynas en el siglo XVIII tenía tablas de manapaúba (URIARTE, 1952, I , 132); las de forro del presbiterio eran de lo mismo (Ibíd., 286). La casa del misionero era de equar a tinas, palo liviano y fuerte (Ibíd., 173, 174). Las ventanas estaban cerradas con madera de vito (Genipa), que “es como boj” (Ibíd., 197). Los estantes eran de erreyúa (Ibíd., 196).

3 cedros, 7 chachajos y 5 guayacanes se hallaron al hacer un desmonte de una legua de largo y poco menos de ancho, para establecer un pueblo de neófitos del Putumayo en el siglo XVIII (SERRA, 1956, II, 222).

Los misioneros de la vertiente oriental Perú-ecuatoriana usaban las palmas tarapoto (Socratea) y barrigona (Iriartea) para sus conventos y demás construcciones (MARONI, 1889,114-115), y en Archidona en el siglo pasado, la huama o guadua (J. DE LA ESPADA: BARREIRO, 1928, 191).

En el Amazones peruano entre varias maderas de construcción se destaca el nuriwa o aguano (Swietenia) (ESPINOSA, 1935, 122), llamado mó o moho en el oriente de Bolivia.

En un reciente estudio experimental basado en colecciones botánicas hecho bajo los auspicios de la Corporación Araracuara en el área amazónico-orinóquica, se han identificado las siguientes especies de maderas de construcción usadas por los indígenas y desde luego por los colonos: las palmeras Euterpe precatoria, Socratea exhorrhiza y las dicotiledóneas siguientes: Vitex orinocense var. glabra (Verbenaceae), Aspidosperma oblongum (Apocynaceae), Dialium guianensis (Leguminosae), Manilkara bidentata (Sapotaceae), Bocageopsis multiflora (Annonaceae) (ACERO, 1982).

 

Características de las maderas.  

Sólo en forma tangencial, para corroborar el valor de la herencia indígena, se tocará aquí lo relativo a la durabilidad de las maderas usadas tradicionalmente. Sin hablar de la resistencia al comején y a la broma, plagas de la madera en los climas tropicales, se presentará un solo ejemplo de muchos que puede observar quien se tome la molestia de examinar los materiales sacados en las demoliciones de viviendas construidas de 1950 para atrás. La catedral de Tunja erigida a fines del siglo XVI fue “remodelada” hacia los años veinte del actual, con cambio de piezas de madera que sostienen el cielo raso falso. Un examen anterior a 1967 demostró que mientras los tirantes de madera del siglo XVI continuaban intactos, los colocados en la remodelación ya estaban podridos (ARBELAÉZ y SEBASTIÁN, 1967, 135, 159).

Otra circunstancia que conviene mencionar es que la planta de muchos edificios religiosos en la Nueva Granada tuvo que sujetarse a la longitud de las vigas de que se podía disponer en ciertas áreas, 12, 10 y 8 varas castellanas (Ibíd., 247-248, 369). El corte y transporte de esas piezas a veces en muchas leguas habla del esfuerzo muscular impendido, por las razones que se explican en otros acápites de esta obra (Cáp. XIX, C) y XX).  

 

B) BEJUCOS DE AMARRAR  

El bejuco es la respuesta tecnológica del indígena americano para la falta de hierro. Como los clavos no fueron conocidos, ningún arbitrio mejor podía hallarse para la ligazón y ajuste de piezas sueltas en las viviendas. La abundancia de plantas flexuosas en la flora americana intertropical, una de sus características principales, induciría a pensar que para el hallazgo de este material no se requería ningún esfuerzo. Sin embargo, debió preceder en cada región un proceso de tanteo y experiencias para seleccionar los tallos más adecuados, resistentes y flexibles adaptados a cada sector de la construcción: unos más gruesos, otros más delgados. En este sentido, existe una asociación muy estrecha entre el uso del bejuco para la vivienda y la cestería, porque algunas especies de ellos se prestan igualmente bien para ambos propósitos.

Una planta antillana de virtud purgante, “encaramase por los árboles de la manera de la hiedra, y así parece algo, no en la hoja, porque no la tiene, sino en parecer correa y encaramarse como la hiedra; llámanla los indios bejuco, la penúltima sílaba luenga. Pueden atar cualquiera cosa con ella como con una cuerda, porque es nervosa y tiene quince y veinte brazas y más de luengo: generalmente hay muchos bejucos en todos los montes, y sirven para todas cosas de atar y son muy provechosos” (CASAS, 1909, 33-34; —, 1951, III, 45).

En Cuba se han usado tradicionalmente tiras de majagua [Hibiscus tiliaceus] y ariques o tiras de yagua [Roystonea regia] mojada (P É REZ DE LA RIVA, 1952, 329).

En el contorno de la laguna de Bluefields en la Mosquitia había en el siglo XVIII mucha madera, bejucos y palmas para la construcción (SERRANO y SANZ, 1908, 273).

En Aroa, Venezuela, se conocía en el siglo XVIII el bejuco piragua (ALTOLAGUIRRE, 1908, 138). Dicho nombre se aplica allá a las Aráceas trepadoras, como Anthurium scandens (Aubl.) Engl. (SCHNEE, 1960, 510), y Philodendron. En Barlovento se usan varios bejucos citados por Acosta Saignes, cuyas equivalencias probables se dan a continuación.

Urape (Bauhinias de corteza fibrosa); urapo, Machaer i um inundatum (Mart.) Ducke.

Bejuco de cadena: Bauhinia guianensis Aubl. var. splendens (Ibíd., op. cit., 75). I pomoea stolonifera (Cyrill) Poir, playera (Ibíd., 75-76).

Bejuco de murciélago o tiquire, uña de gavilán = Marcgravia umbellata L., U n c ar i a guianensis (Aubl.) Gmel.

Bejuco tiendesuelo; arrastra-suelo = Melloa populifolia Bur. Biga.

Pariche = Cydista aequinoctialis (L.) Miers.

Chiragua = Anhurium nymphaeifolium Koch & Bouché.

El cabildo de Pamplona en 1553 incluyó los bejucos entre los materiales que se deberían traer para la construcción de la iglesia (OTERO D’COSTA, 1950, 54).

En el Nuevo Reino se conocían y usaban en el siglo XVIII los siguientes: “Tocante a los bejucos para liar en las casas que no llevan clavazón, el mejor es el rollete, muy delgado y largo y que no se pudre. Otro llaman beltrán, y también es muy bueno, Otro llaman amargo. Otro llaman algodón. A estos no les da broma. Al bejuco que llaman bajador luego se lo come la broma” (OVIEDO, 1930, 39). El cuan o cuerda se hacía de pajas varias, especialmente de la llamada oche o uche, retorcidas (MONTES, 1984, 310, 332; ARANGO y MARTÍNEZ, 1951, 14). Esto debió de ser por la ausencia o lejanía de los bosques en el área muisca, pues los bejucos necesitan el soporte de árboles para poderse desarrollar.

En el área jurisdiccional ( d e Cartagena se consideraban de tanta importancia los bejucos como las maderas de construcción (POMBO, J. I ., 1810, 95; —, 1965, 237-238). En la actualidad se usan así para construcción como para cestería los bejucos “esquinero o catabrero” Cydista diversifolía (HBK) Miers y el “malibú” Adenocalymna inundatum Mart, ex DC., ambos de la familia Bignoniáceas (ROMERO CASTAÑEDA, 1965, 361-367).

Los indígenas yurumanguíes usaban el bejuco yaré de varias maneras, una de ellas para hacer rodelas defensivas (RIVET: JSAP, 1942-1947, XXXIV, 5; AR CI LA ROBLEDO, 1950, 64). El bejuco potré se menciona en una copla popular de la costa colombiana del Pacífico para “baranar” o sea amarrar (PATIÑO, AVF, 1953-1954, 11(3), 144).

Todavía en el departamento del Cauca, cerca a Popayán, se hacen amarres con el bejuco chillazo (Smilax).

En el Ecuador andino, a mediados del siglo XIX, los bejucos de atar eran bignoniáceas que se rajaban en 8 porciones (SPRUCE, 1908, II, 304 y nota).

En el área amazónica se siguen usando los bejucos y fibras liberianas de los indígenas, como los llamados guascas (Guatteria, Fusaea, Anonáceas); los cargueros (Schweillera, Lecythis, Couratari, Lecythidáceas), el yaré Heteropsis jenm a nii, el bejuco paroba Syngonium (Aráceas), y la yanchama o llanchama Fi c us maxima, Moráceas (ACERO, 1982).  

Regresar al índice                        
     Continuar con el capítulo


Comentarios (0) | Comente | Comparta