Historia dela Cultura Material en la América Equinoccial
(Tomo 2)
Vivienda y Menaje
Víctor Manuel Patiño
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Continuación capítulo 14



B)    FORTALEZAS DE MATERIALES NO VEGETALES: 

Peñoles reforzados. 

Lugares naturalmente fortificados, por lo general refugios en alturas de cerros, eran acondicionados y reforzados para resguardo de combatientes y aun de chusma.

El de Guachetá que tomaron los españoles antes de la fundación de Bogotá, cuando iban por el valle de San Gregorio (SIMÓN, 1981-1982, III, 167), era notable por su inaccesibilidad.

En Caparrapí hubo un peñol fortificado que costó trabajo a los españoles conquistar; se subía a la cima por escaleras de bejucos (AGUADO, 1956, II, 421-422).

En peñoles se produjo la mayor resistencia de los muiscas, ya asentado el dominio español. Ejemplos los de Suta y Tausa y Cucunubá (SIMÓN, 1981-1982, IV, 117-119); el de Simijaca (Ibíd., 121-124); los de Ocavita y Lupachoque a 15 leguas al norte de Tunja (Ibíd., 125-131).

El Valle de las Fortalecillas hallaron en la expedición al Valle de las Tristezas o Neiva los hombres de Quesada (SIMÓN, 1981-82, III, 334). Todavía lleva aquel nombre una localidad cercana a la capital del Huila.

 

Fuertes construídos ex-profeso. 

Los timotes de la Sierra de Mérida, cuando entraron los españoles, “están poblados en fuertes que ellos tienen hechos aposta para su conservación y vivienda” (AGUADO, 1918, I, 400; —, 1956, II, 177). No indica la fuente el material, pero la región no tenía bosques de donde se pudiera sacar madera, y las casas mismas eran de piedra, que sí abunda. Esto se entiende del Valle de Corpus Christi, por la vía de Santo Domingo.

Cumbal y Gualmatán, localidades del actual departamento de Nariño, enclavadas en el territorio que antiguamente ocuparon los pastos, fueron asientos de sendos campamentos incaicos y cañaris, al norte de la fortaleza de Rumichaca (MARTÍNEZ, 1977, 101).

Esta última se hizo aprovechando condiciones naturales estratégicas. A orillas del río Carchi, “se ve adonde antiguamente los reyes ingas tuvieron hecha una fortaleza, de donde daban guerra a los pastos y salían a la conquista de ellos”. Quisieron hacer otra cerca del puente de Rumichaca; pero al parecer lo dejaron (CIEZA, 1947, 389).

En Cayambe existen las ruinas del pucará de Cangagua y restos de poblado prehispánico gigantesco de poco antes de la invasión incaica (SCHÁVELZON, 1981, 386-396). Son estructuras circulares concéntricas rodeadas en partes por fosos; estos alcanzan una longitud de 1.5 Km. y una profundidad de entre 5 y 1 metro (PLAZA SCHULLER, 1977).

De las fortificaciones en Puná todavía quedaban vestigios en el siglo XVIII (LEÓN BORJA, 1964, 425).

Las fortalezas o pucaraes incaicos quizá se construyeron con técnicas anteriores al imperio del Cuzco, desarrolladas por los pueblos sometidos. Por ejemplo, se ha dicho que los chimúes superaban a los Serranos en fortificaciones, como lo demuestra Paramonca (BAUDIN, 1943, 158, 159; HARDOY, 1967, 43).

Los cuzqueños adoptaron técnicas ya existentes y quizá las mejoraron.

En la cita de Las Casas sobre las palizadas del oriente venezolano se dice que “Estaban algunos pueblos cercados de tapias o de tierra y rama” (CASAS, 1909, 42). Esto indicaría que los indígenas dominaban alguna técnica para construir este tipo de reparos; pero no la aplicaron a la construcción de viviendas comunes.

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