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Continuación del capítulo 15
B) VIVIENDAS ALREDEDOR DE UNA PLAZA CUADRADA O TRIANGULAR.
Gran parte de la provincia de Higuey en la Española estaba cubierta de bosques. En medio de estos montes hacían los indios sus pueblos, talados los árboles tanto cuanto era menester quedar de raso para el tamaño del pueblo y cuatro calles en cruz (quedando el pueblo en medio), de 50 pasos en ancho y de luengo un tiro de ballesta; estas calles hacían para pelear, a las cuales se recogían los hombres de guerra cuando eran acometidos (CASAS, 1909, 10).
En esta isla Española y en la de Cuba y en la de San Juan de Puerto Rico y Jamaica y las de los Lucayos, había infinitos pueblos, juntas las casas y de muchos vecinos juntos de diversos linajes, puesto que de uno se pudieron haber muchas casas y barrios multiplicados (...) comúnmente había en estas y en las ya dichas islas los pueblos de cientó y doscientos y quinientos vecinos, digo casas, en cada una de las cuales diez y quince vecinos con sus mujeres y hijos moraban (...). Los pueblos destas islas no los tenían ordenados por sus calles, más de lo que la casa del rey o señor del pueblo estaba en el mejor lugar y asiento, y ante la casa real estaba en todos una plaza grande más barrida y más llana, más luenga que cuadrada, que llamaban en la lengua destas islas batey, la penúltima sílaba luenga, que quiere decir el juego de la pelota (...) También había casas cercanas a la dicha plaza, y si era el pueblo muy grande, había otras plazas o juegos de pelota menores que la principal (Ibíd., 120-121; LOVÉN, 1935, 86-99).
Estos datos indican que la planta urbana de calles en cruz impuesta por los españoles no era desconocida en América, ni aun entre pueblos de poco adelanto cultural como los tamos antillanos; para no hablar de los centros urbanos de las grandes monarquías, como el Tenochtitlán de los aztecas; el Cuzco, Ollantaytambo y Chanchán de los peruanos, así como Cajamarquilla y Pachacamac (GASPARINI and MARGOLIE5, op. cit, 178).
Sierra Nevada.
Las poblaciones arqueológicas taironas constan de diez hasta varios centenares de casas, por lo general agrupadas alrededor de una o varias plazas, en cuyo centro hay una casa de mayor tamaño, que pudo ser su centro ceremonial. Alrededor de este núcleo hay casas dispersas, asociadas por lo general con terrazas de cultivo (REICHEL-DOLMATOFF, 1977, 97-100; 100-101). En Taironaca había plaza empedrada (CASTELLANOS, 1955, II, 529).
Mérida.
Cuando los españoles entraron a la cuenca del río Chama, en el pueblo de Lagunillas, llamado Zamu en lengua local, se alojaron a toda satisfacción, agradados de ver la mucha poblazón que allí había toda junta, por sus barrios, muy acompañada de grandes y fructíferos árboles.. . (AGUADO, 1956, II, 151).
Gran número de casas había en los pueblos del área de Carache; tenían construcciones de piedra (WAGNER, 1967, 84).
Cuenca del Magdalena. Tamalmeque.
Cuando llegó a esta provincia de los pacabueyes Ambrosio Alfinger, estimóse que el pueblo principal tenía más de mil buhíos, la población mejor e mayor que los cristianos han visto en aquellas partes (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 11).
Los amaníes de las áreas al norte del río La Miel y Samaná tenían una organización urbana más avanzada que la de sus vecinos los patangoros: Tienen sus pueblos trazados con concierto, las casas juntas y las calles por orden y compas, y pueblos formados aunque no muy grandes sino lugares de ochenta o noventa casas (AGUADO, 1956, II, 103).
Llanos.
Durante la expedición de Jorge Spira a los llanos, hallándose en la provincia de los choques que moraban recostados a la cordillera, aquel caudillo envió al veterano Esteban Martín a explorar. Este después de escudriñar por una parte y otra halló un pueblo o lugar de hasta treinta casas que en lo alto de un cerro estaba fundado de tal suerte que con las propias casas hacían o cercaban una plaza de mediano grandor, de condición que si no era por las propias moradas de los indios no se podía entrar en la plaza, y éstas eran llanas a manera de ramada, excepto que a un canto de cada bohío estaba hecho un retrete o partadijo para dormitorio de los moradores, y el restante estaba lleno de grandes atambores y otros instrumentos de que aquellos indios usaban (AGUADO, 1957, III, 138-139).
Costa ecuatoriana.
En la primera exploración por el Pacífico al sur de la isla del Gallo, el piloto Bartolomé Ruiz de Andrade llegó a la bahía de San Mateo, y vido en el río un pueblo grande lleno de gente (CIEZA, 1960, II, 165; , CANTÚ, 1979, 150). Una población duraba más de una legua y al parecer comprendía unos 500 bohíos (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 12).
Un testigo presencial informa que a cuatro leguas de dicha bahía llegaron los españoles a un pueblo despoblado que se llama Catamez [Atacames]. En seguida entraron a otro pueblo grande vacío que se llamaba Cancebi (TRUJILLO, 1948, 46). Adelante dieron vista a Coaque, gran pueblo de mucha gente, de 300 bohíos muy grandes (Ibíd., 47-48). Este pueblo fue quemado por su propio cacique, quedando indemne un solo bohío donde se recogieron los expedicionarios (Ibíd., 49). Uno de estos pueblos, no especificado, tenía hasta 3.000 casas (XEREZ, 1891, 29).
Existe comprobación arqueológica de un urbanismo incipiente en varias partes de la costa ecuatoriana: Coaques, Cojimíes, Atacames al norte de la bahía de Caráquez; Jocay (Manta) de 2.000 habitantes; Tosagua, Charapotó, Canilloha (Canoa), en la región piache; Colonche, Chanduy, Yagual (huancavilcas), Buy (Puná) (LEÓN BORJA, 1964, 414).
Puná tenía 6 o 7 mil vecinos indios, o sea jefes de familia (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 98-99), lo que da unos 25.000 a 28.000 habitantes.
Túmbez.
Tenía dos fortalezas y era gran pueblo; pero al llegar Pizarro estaba quemado y con edificios derribados; mostraba que debía haber sido pueblo de mucha importancia e buena cosa (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 34, 35). Un conquistador le calculó más de 1.000 casas (RUIZ DE ARCE, 1933, 36). Allí empezaba el camino incaico de la costa, el mismo que tomó Pizarro para la invasión (VON HAGEN, 1976, 187-189).
Sierra ecuatoriana.
En la provincia de los cañaris se ha empezado por una comisión española el estudio arqueológico. En el asiento de Pilaloma cerca del Hatunca
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ar del siglo XVI se ha excavado un conjunto habitacional o kamcha, con unas 8 habitaciones, que por su ajuar funerario parecen haberse destinado a vivienda de mujeres dedicadas al culto. La reconstrucción ideal de las casas (Fig. Pág. 141) muestra techos de 4 aguas (ALCINA FRANCH, 1978, 140-142).
Perú.
Después de la dominación incaica, que suplantó las antiguas costumbres, adoptando algunas de los pueblos vencidos, los soberanos cuzqueños acostumbraban cuando había por necesidades de gobierno, que planear la fundación de pueblos hacer primero una figura de barro (maqueta) (BETANZOS, 1968, (1551), 30, 47, 48).
C) VIVIENDAS ALREDEDOR DE UNA PLAZA CIRCULAR O CASI.
Orinoco.
Entre 900-1400 d.C. las viviendas parecen haber estado dispuestas en forma circular o semicircular alrededor de una plaza central. Se conoce un ejemplo estudiado arqueológicamente, conjunto de unas 3-4 hectáreas de cabida, lo que representa una población de 500-600 individuos (SANOJA y VARGAS, 1974, 104). Esto ocurría en las riberas del Orinoco, donde después los españoles de Sedeño y Ordaz hallaron concentraciones de viviendas. No se especifican el carácter y la disposición de estas en los documentos de la
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poca de la conquista.
D) VIVIENDAS EN HILERA O EN DISPOSICIÓN LINEAL.
Hoya amazónica.
El carácter de verdadera escapada que tuvo el primer viaje Amazonas abajo de Francisco de Orellana, no permitió una observación detenida del aspecto poblacional. Sin embargo, se consagra la existencia de algunos pueblos grandes, como el de los Bergantines y el de Machifaro, que comprendía más de sesenta leguas a lo largo del río (OVIEDO Y VALDÉS, V, 385).
Esta disposición de viviendas riparias o en islas, se explica en parte porque en esas condiciones de várzea o sector del río parcialmente anegadizo, los suelos son de mejor calidad y por consiguiente más productivos; mientras que hacia el interior, o sea la llamada tierra firme el suelo es mas pobre y las casas dispersas (SAN ROMÁN: AP, 31-32, 33). También el río facilita las comunicaciones.
Más exactas son las informaciones de los relatores de la expedición Ursúa-Aguirre de 1560-61. En la isla de García de Arce había dos pueblos, de unas treinta casas o más (VÁZQUEZ, 1945, 42). De aquí abajo se extendían las provincias de Carari y Manicuri, en un trayecto de más de 150 leguas, todos los pueblos en la barranca del río, sin que haya mucho de uno a otro
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(Ibíd., 45). Después de nueve días de navegación en despoblado, llegaron al pueblo que llamaron Machifaro, el mayor que se había visto (Ibíd., 46), donde se detuvieron 33 días hasta Navidad de 1560. Abajo del pueblo de los Bergantines, donde durante varios meses se aderezaron unos navíos, hallan otro pueblo mayor que ninguno de los que hasta aquí habíamos topado, porque tenía más de des leguas de largo; las casas en renglera una a una, prolongadas por la barranca del río... (Ibíd., 74). Mucho mas abajo a la margen derecha sobre unas serrezuelas hallaron grandes poblaciones que no calaron, y lo mismo en la llamada provincia de Aruaquinas, donde el río es estrechado por serranías de lado y lado (Ibíd., 84-85). Al final, cuando ya se sentía la influencia de la marea, hallaron otro a la mano derecha (Ibíd., 86).
Todavía en 1639, durante el viaje de Pedro de Teixeira del Pará a Quito y viceversa, se halló una población por ambas orillas, que duró todo un día en ser recorrida (TEIXEIRA, 1889, 93). Las poblaciones eran unas muy grandes, otras pequeñas, algunas muy apartadas (Ibíd., 92, 93).
Concentraciones en orden lineal predominaban en el bajo San Jorge (PLAZAS y FALCHETTI, op. cit.).
2
APROXIMACIÓN AL URBANISMO
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Por la revisión de las fuentes históricas que acaba de hacerse, correspondientes todas a la época de la conquista y procedentes de testigos pres
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nciales en la mayoría de los casos, parece quedar claro que no existió en esta parte de América un patrón uniforme en los asentamientos a los que pudieran atribuirse rasgos (el urbanismo, por lo menos de lo que se entendía por tal en el Viejo Mundo durante la primera mitad del siglo XVI.
Los especialistas en este tipo de investigaciones no han podido ponerse de acuerdo en las características que sin margen de duda pudieran definir el concepto de urbanismo, por oposición a viviendas aisladas (HARDOY y SCHAEDEL, 1969). Las diferencias culturales y tecnológicas de los pueblos del Viejo Mundo, hacen muy inconsistente en el estado actual de los conocimientos sobre la época prehispánica, buscar unos rasgos comunes entre las concentraciones de uno y otro lado del Océano, por una parte, y dentro del mismo continente americano, donde coexistían en el momento del descubrimiento, todos los tipos posibles de aglomeración humana.
Como regla general y sólo con los datos disponibles hasta ahora, cuando la arqueología es la que puede decir la última palabra, puede afirmarse que la concentración o adensamiento residencial aun en los casos mencionados atrás no alcanzó en el área nuclear de este estudio, la magnitud que en Meso América o en el Perú. Al tiempo de la llegada de Cortés, Tlascala era más grande que Granada (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 20-21); Tenochtitlán tanto como Sevilla o Córdoba (Ibíd., 44); Cholutecatl (Choluteca) tenía en el centro hasta 20.000 casas y otras tantas en la periferia (Ibíd., 25); en Champotón había hasta 8.000 casas de piedra (Ibíd., III, 414); Cempoala en la costa del golfo era abundante y de buenos edificios de piedra (Ibíd., IV, 9.10). Teotihuacán. en su apogeo prehispánico (c. 450-650 d. C.) pudo albergar unos 85.000 habitantes y ocupaba 20.5 km2 (MIL
LO
N: HARDOY y SC
H
A
EDEL, 1969, 111).
Tampoco hubo al parecer entre los paralelos 12 a lado y lado del ecuador, una ciudad como la Chanchán de la costa peruana, cuyas ruinas cubren una superficie de 11 millas cuadradas (KUBLER, 1962, 266-271).
Si del criterio de área ocupada, número y calidad de los edificios o número de habitantes por unidad de superficie, se pasa a parámetros como presencia o ausencia de instalaciones industriales, de servicios de dotación de agua o de servicios para la eliminación de residuos, es cosa que en los casos conocidos todavía no puede saberse, porque las excavaciones adelantadas son parciales, y muchas de las características urbanas, sobre todo las asociadas con lugares de culto indígena, fueron sistemáticamente eliminadas por los europeos.
Pero ninguna de las dos situaciones presentes en América en el momento de la conquista en cuanto a concentraciones urbanas respecta se salvó de la destrucción, pues tanto desaparecieron ante la persecución y el empuje de las fuerzas españolas, los modestos caseríos de madera y paja de la América equinoccial, como las grandes ciudades mejicanas y peruanas, arrasadas casi hasta no quedar piedra sobre piedra, como en los casos de Tenochtitlán y el Cuzco, para construir sobre ellas nuevas ciudades bajo concepciones diferentes. De los cercados muiscas no se vuelve a hablar en la documentación conocida a partir de 1540; en 1620 dice el cronista Simón que de ellos no quedaba rastro.
Ahora bien. Desde el punto de vista indígena, las casas dispersas constituían lo óptimo. La conquista reveló la funcionalidad de ese esquema. Bien pronto los indígenas se dieron cuenta de que cuanto más adensadas se hallaban las viviendas y aglutinadas por una cohesión jerárquica más fuerte, con mayor facilidad el invasor sometía y explotaba
a los moradores. De allí la irreducible renuencia a aceptar las disposiciones españolas de organizarse en pueblos, aun a costa de extrañamiento voluntario hacia regiones inhóspitas, para librarse de la presencia del español, fuera encomendero, corregidor, soldado o misionero, pues todos a una eran explotadores.
Es diciente a este respecto lo ocurrido con la política de reducciones a pueblos en el Perú, no obstante la tradición milenaria de sometimiento a las autoridades jerárquicas. Los indios vivían disgregados (en los montes) y el virrey Toledo decidió confinarlos en concentraciones urbanas (POMA DE AYALA, 1944, 445; HANKE, 1978, I, 109-110; 136; 138, 139). Pero ya el virrey Velasco años después decía que el procedimiento no había resultado muy efectivo (Ibíd., II, 52). Otro virrey reconocía la dificultad de sacar a los indios de sus huaicos u hondonadas para concentrarlos (Ibíd., 1980, V, 176).
Por huir de las calamidades que para los indios aparejaba este sistema preconizado por los españoles, los nativos de la gobernación de Popayán, a raíz de la visita realizada en 1668 por Inclán Valdés cuando dispuso que los aborígenes se redujesen a población prefirieron remontarse (ORTIZ, 1966, III (3), 147-149; 148).
Esta continuó siendo una constante en Colombia, aun va bien avanzado el mestizaje, hasta hace pocos años en que la tendencia empieza a cambiar. En efecto, el campesino ha identificado siempre al pueblo, la concentración, como el foco de donde irradia dominación política y económica (MOSQUERA y APRILE, 1978, 56)
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