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CAPÍTULO XVI
ANTECEDENTES DE LA ARQUITECTURA
Y CARACTERÍSTICAS DE LA VIVIENDA ESPAÑOLA
EN LA ÉPOCA DEL DESCUBRIMIENTO
Todas las sociedades humanas, en especial aquellas localizadas en áreas geográficas que facilitan el desplazamiento, están sujetas a la influencia de culturas foráneas. Esto es particularmente ciato de la península ibérica, sometida desde remotos tiempos a oleadas de invasores y colonizadores, cada una de las cuales dejó su huella en las construcciones.
Pero - como también suele ocurrir - cada nuevo invasor debió adaptarse a las condiciones locales. Parece haber sido notable la influencia ecológica, sean cuales hayan sido los aportes culturales de cada pueblo invasor u ocupante de turno, pues todos ellos tuvieron que someterse a las imposiciones ambientales (BALIL, 1972).
En la época del descubrimiento de América ya estaban definidas dos modalidades principales de asentamiento urbano: la romana en la meseta central y en la costa levantina, y la sarracena en el Mediodía. Pero en general parece valida la afirmación siguiente: Las ciudades españolas de los siglos XVI y XVII estaban por lo general mal construidas, mal planeadas y mal dispuestas. Apenas si se conocían los edificios de piedra, si se exceptúan las iglesias, los conventos y los palacios de los Reyes y de los nobles. Las viviendas ordinarias se construían comúnmente de ladrillos o adobes; rara vez se alineaban a lo largo de las calles; de ordinario, se apelotonaban desordenadamente unas contra otras... (PFANDL, 1942, 203). Fuentes contemporáneas detallan más por menudo la situación: casas bajas al nivel del suelo, de barro o ladrillo, pues la piedra se reserva a las casas de los ricos (DEFOURNEAUX, s. f., 124-125). No menos pobre era la casa campesina, aunque había mucha variación regional (Ibíd., 132-135).
No era de recibo general el predominio de los cánones clásicos transmitidos por influencia romana, aunque a su vez recibidos del Oriente a través de Grecia (BALIL, 1972, I, 30), del trazado a escuadra, en cruz, que tenía también sin influencias extrañas Tenochtitlán (CASTAGNOLI, 1971, 56-57). La ciudad española arqueológica prototípica construida bajo esas normas es Itálica, con una cabida aproximada de 30 hectáreas, que pudo albergar una población cercana a los 10.000 habitantes; las calles eran de 8 metros de ancho (GARCIA y BELLIDO et al, 1968, 39, 41, 45). Lo curioso es que Atenas (GARDINER, 1975, 73) y Roma se construyeron sin sujeción a ese plan y por eso son ciudades irregulares; pero la última sí trató de imponerlo en sus colonias (CASTAGNOLI, op. cit., 124).
El trazado llamado romano tenía dos vías principales: el cardo maximus, de norte a sur, cruzado de este a oeste por el decumanus maximus, que daba manzanas cuadradas o rectangulares (GARCÍA Y BELLIDO et al, 1968, 78). Había una plaza central (VILA VALENTI y CAPEL, 1970, 114; BENEYTO, 1961, 22), donde se concentraba en España la casa del ayuntamiento o cabildo casi con exclusividad (GARCÍA Y BELLIDO et al, op. cit., 191-192). En realidad las plazas españolas tradicionales eran pequeñas, y las grandes a la manera de América, sólo se hicieron tarde, para facilitar los espectáculos masivos. La primera de esas características se hizo en Valladolid en 1592; luego la de Madrid en 1611, y la de Salamanca en el siglo XVIII (MARKMAN: HARDOY y SCHAEDEL, 1975, 194-195).
En el sur de España predominaba el tipo andaluz con fuerte influencia arábiga: calles tortuosas y casas con un patio central al cual desembocaban la mayor parte de las habitaciones (BENEYTO, op. cit., 141; PFANDL, op. cit., 204).
Los edificios públicos, iglesias, conventos, muchos de los cuales perduran y se pueden ver en alguno de los varios catálogos que existen, eran por lo general sólidos y bien construidos para los estilos de cada período, románico, gótico, mozarabe, barroco, neoclásico, etc. (BAYÓN, 1967). La casa familiar en cambio, no parece haber sufrido mayor variación, y en sociedades como la española de grandes desigualdades jerárquicas, la vivienda popular urbana, así como la rural, debieron ser y fueron bastante modestas. Algunos ejemplos tomados de las relaciones corográficas que se hicieron hacia 1580 lo aclararán:
Alcoba = Las suertes de las casas son bajas sin sobrados, sino son las que llaman alhorgas de madera tosca, roble [Quercus spp.] y alcornoque [Q. suber] y por tabla jara [Cistus ladaniferus] que en esta tierra llaman tillo, y que las paredes son de tierra y cimientos bastos (VIÑAS y PAZ, 1971, 22).
Almadén = Los edificios eran malos y pequeños, de piedra, barro y encina; algunos de cal y ladrillo. Este se fabricaba localmente (Ibíd., 51).
Almodóvar del Campo = Todas las casas eran de tapiería, cal y ladrillo (ibid., 71).
Argamasilla de Alba = Construcciones de tapiería de tierra; algunas casas de teja, las más de atocha [Stipa tenacissima], retama [Sarotamnus scoparius] y carrizo [Arundo donax] (Ibíd., 100).
La torre de Juan Abad, refugio del poeta Francisco de Quevedo durante su desgracia política, constaba de casas con cimientos de piedra viva y franca; tapias de tierra y muchas de escoria de fierro de herrerías que había; algunas de piedra labrada y mampostería, con mezcla de cal y arena, por dentro enlucidas con yeso (Ibíd.., 532).
Tendilla, en Guadalajara, patria del insigne Tomás López Medel, tenía edificios buenos, de dos o tres suelos (pisos), de yeso y madera; algunas casas de piedras y cal; pocas de tapiería (CATALINA GARCÍA, 1905, III, 68).
Cubillo, de la misma provincia, constaba de casas bajas de un suelo, por los grandes hostigos y vientos y grandes aguas; tapias de tierra con algunas esquinas de ladrillo. Teja se hace: cuécenla con paja de los rastrojos y con zarzas y escobas (Ibíd., 266).
En cuanto a la cobertura, varió según la región y los medios económicos de los dueños. Los labradores vivían en casas terrizas, retamizas, pajizas o empizarradas (LAMPÉREZ Y ROMEA, 1922,
I
, 95).
Por lo menos 14 tipos diferentes de vivienda popular se han reseñado de España, condicionados por influencias ecológicas, presencia o ausencia de determinados materiales e idiosincrasia regional (Hoyos, 1952). Dos grandes categorías se podrían detectar en Europa y por consiguiente en España: de madera en el norte; de piedra en el Mediterráneo por falta de bosques (GARCÍA MERCADAL, 1930, (1981), 9). Otros autores piensan que hubo también una influencia cultural en los tipos de vivienda en España: mos g
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icarum, de madera; mos goticarum, de piedra (LAMPÉREZ Y ROMEA, 1922,
I
, 43).
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No se pueden sacar conclusiones sobre las construcciones españolas populares de la época de los descubrimientos y principios de la colonización americana, sólo consultando los libros técnicos de arquitectura. Fuera de que la influencia de textos clásicos llegó tardíamente a España, ella sólo se expresó en las obras monumentales y no en la vivienda popular. El primer tratado de arquitectura conocido en español,
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as medidas del romano, de Diego López de Sagredo capellán de Juana la Loca, que no era arquitecto sino aficionado (MEN
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NDEZ PELAYO, 1974,
I
, 842-843) fue publicado en 1526 (una segunda edición en Lisboa en 1541) (GARCÍA SALINERO, 1968, 8). O sea que antes de la primera edición ya existían Santo Domingo, Panamá, Méjico y entre la primera y la segunda estaban en vía de fundarse Santa Marta y Coro.
El tratado de Hernán Ruiz El libro de arquitectura, escrito entre 1545 y 1562, pero publicado apenas en nuestros días, es una paráfrasis de Vitruvio (Ruiz, 1974).
El arquitecto e ingeniero Giovanni della Torre, conocido en España como Juanelo o Ianelo Turriano Cremonense, sólo llegó a Toledo, donde más tiempo residió, a mediados del siglo XVI, poco antes del traslado de la capital a Madrid, y todavía en el período 1564-1568 estuvo en la Ciudad Imperial construyendo artificios espectaculares para la época (GARCÍA SALINERO, op. cit., 7-8, 10).
La primera traducción española del libro de Andrés Palladio se publicó en León en 1578, y la traducción de Vitruvio en 1587 (VALDEVIRA, 1978, 189). O sea que la obra maestra de la antigüedad, aparecida poco antes de la era cristiana bajo Augusto, y cuya edición príncipe se imprimió en Roma en 1486, habiendo conocido hasta 1521 seis ediciones en latín e italiano (CERVERA VERA, 1968), sólo fue conocida en castellano un siglo después, cuando varios centenares de ciudades y pueblos habían sido fundados en América. La obra de Sebastiano Serlio, Tercero y quarto libro de Architectura, se publicó traducida en Toledo en 1552, y fue una de las que más influencia tuvieron en España (VALDEVIRA, 1978, 192), así como en la Nueva Granada (SEBASTIÁN, 1966, 24, 25, 26, 27, 28; 52, 53; ARBELÁEZ y SEBASTIÁN, 1967 (4), 160.165). Las traducciones castellanas de Vitruvio, Alberti y Vignola son oscuras e incorrectas (MENÉNDEZ Y PELAYO, 1974,
I
, 852-857 y notas).
La obra Carpintería de lo blanco y tratado de alarifes de Diego López de Arenas, se editó por primera vez en Sevilla en 1633, o sea cuando ya la mayoría de las ciudades y poblaciones americanas de la época colonial existían. Un autor la califica de arcaizante y casi medieval (GÓMEZ-MORENO, 1949, 20), y como cuatro tratados sin originalidad, los de Juan de Arfe, Diego López de Arenas, Laureano de San Nicolás y Juan de Torija (Ibíd., 22).
En cuanto a la influencia que estos libros pudieron tener en América, son raros los casos en que aparecen citados algunos ejemplares en poder de arquitectos o ingenieros que vinieron al Nuevo Mundo, y eso en época tardía. Por ejemplo, hay constancia de embarques de libros para Méjico en 1584 y para Tierra Firme en 1591 (GUTIÉRREZ [Z], 1972, XXI). Ya en
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poca mucho más tardía, tercer cuarto del Siglo XVIII (1788), figuran algunos libros de arquitectura en la biblioteca del virrey Caballero y Góngora (Ibíd., XXVII). Uno solo (no se indica cuál) dejó en su testamento el constructor Baltasar Figueroa muerto en Bogotá (ACUÑA, 1967, 164). El único tratado escrito en América sobre arquitectura de que se tenga conocimiento, ya de mediados del siglo XVII, el de fray Andrés de San Miguel nombre religioso del arquitecto Andrés de Segura de la Alcuña quedó inédito hasta nuestros días (1969).
Lo que sí parece comprobado es que circularon estampas de varios tratadistas arquitectónicos, entre ellos Serlio, y pudieron inspirar a maestros españoles o criollos (SEBASTIAN, 1966, 81-82; ARBELÁEZ y SEBASTIÁN, 1967, 160-165). Las estampas eran las más consultadas (BAYÓN, 1974, 43), y se consideraban lo más valioso (ACUÑA, op. cit., 163). Por lo general para columnas y elementos individuales, se aprovechaban ilustraciones de libros, aunque no fueran de arquitectura (ARBELÁEZ y SEBASTIÁN, op. cit., 204).
En esas condiciones, de escasa o nula influencia de los tratadistas, cosa que ocurre siempre en todas las profesiones y actividades, la construcción en América como lo había sido en España quedó en manos de los alarifes y maestros. Aun siendo gente con conocimientos empíricos, participaban de modo importante en el diseño y en la ejecución de las construcciones. Los gremios d
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alarifes tenían una tradición que venía desde la Edad Media, y hacían respetar sus fueros. Sobre esa situación se presentarán ejemplos en el capítulo siguiente. Varios canteros, carpinteros y alarifes figuran con predicamento en los documentos coloniales americanos, pues los verdaderos maestros, arquitectos o ingenieros fueron escasos. Pero también abundan los ejemplos de constructores chambones.
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