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CAPÍTULO XVII
MANO DE OBRA ESPECIALIZADA:
CONSTRUCTORES, ALBAÑILES, CANTEROS,
CARPINTEROS. PROFESIONALES: MAESTROS,
ARQUITECTOS, INGENIEROS
El gremio de los alarifes era de una gran antigüedad en España en la época de los descubrimientos. Por ejemplo, las ordenanzas que regían a los de Barcelona datan de 1327 y se aplicaron hasta 1827. En ellas se establecía que ningún maestro de obra podía ser autorizado para ejercer su oficio sin haber pasado tres años y medio de aprendizaje, viviendo en la casa del principal o instructor (BASSEGODA, 1973, 108-117; 111).
Contienen también información sobre esto las ordenanzas refrendadas en Sevilla por los Reyes Católicos (LORENZO DE SAN NICOLÁS, 1796, 403). Las ordenanzas de Toledo de 1534 aprobadas por Carlos y contienen interesantes disposiciones (Ibíd., 356-374).
Las disposiciones gremiales, por rígidas que fueran, no impedían el fraude. Así lo indica Lorenzo de San Nicolás en su tratado, recomendando que a los aprendices no completos no se les permitiera hacer obras grandes, sino aquellas que no pasaran de 50 ducados de costo, o que sirvan sólo de amasadores o meros chapuceros (LORENZO DE SAN NICOLÁS, 1796, 375). Este mismo autor enumera las condiciones morales que deben tener los maestros mayores, aparejadores y veedores (Ibíd., 215), y de las propiedades del maestro general (Ibíd., 216-218); añade alarifes o maestros mayores que todo es uno (Ibíd., 356). Entre esas condiciones morales, cuando se refiere a los daños en los edificios por la acción del tiempo que todo lo gasta, también incluye los imputables al descuido del maestro y concluye: que no sea soberbio ni hinchado, pues tal cual fuere será el edificio (Ibíd., 184).
Felipe II creó en Madrid en 1582 la Academia de Matemáticas y Arquitectura civil y militar, que se extinguió por falta de oyentes (ZAPATERO, 1978, 227-228).
El título de arquitecto sólo apareció en España de modo oficial en 1787 con el de maestro de obras, aunque en 1752 la Academia de San Fernando había establecido el curso de teniente arquitecto y académico de mérito (BASSEGODA, 1973, 1).
En cuanto a ellos, un tratadista español puntualiza: La filosofía faze al arquitecto de grande ánimo e que no sea arrogante mas antes sea fácil, justo, fiel y sin avaricia (RUIZ, 1974, 59), que es una traducción (VITRUVIUS, 1960, 8).
Es de suponer que de unos y de otros, de los honrados y capaces, como de los fraudulentos y teguas, vinieron a América. Desde luego que en los primeros años no llegaron verdaderos maestros, sino alarifes y canteros, cuyos conocimientos eran un mixto anacrónico de estilos antiguos y contemporáneos (BUSCHIAZZO, 1961, 20). Las construcciones de cierta envergadura, como fortalezas, quedaban endebles, porque los maestros de obra eran toderos (MIRANDA VÁZQUEZ, 1976, 109). Esto quizá obedece a lo que dos grandes españoles, cada uno en su menester, conceptúan sobre la idiosincrasia de sus paisanos: La historia de nuestra arquitectura está escrita en las piedras, no en los libros. Pertenece a la historia del arte, no a la historia de la ciencia del arte. Trabajábase con sublime inconsciencia y los procedimientos técnicos se derivaban de maestros a discípulos por aprendizaje de cantería y andamio, aunque hoy sólo por inducción sacada de las mismas obras puede conjeturarse cuáles fueron tales procedimientos (MENÉNDEZ PELAYO, Vol. I, 479-480). Dice el otro: Todo lo empírico es grato al espíritu español, porque el empirismo es apto para la eficiencia diaria aunque no fecundo para la invención (MARAÑON: PÉREZ DE BARRADAS, 1976, 13).
Los canteros y alarifes simples, eran personas en general modestas, que aplicaban lo que recordaban (ARBELÁEZ y SEBASTIÁN, op. cit, 128; 403). Pero también se daban casos de que quien en España no pasaba de ser cantero o ensamblador, en América se volvía escultor o arquitecto (BENAVIDES, op. cit, 38).
El tercer caso fue que los verdaderos oficiales en España no practicaban su menester en América, porque tenían levantados los pensamientos más allá de los términos a donde, consideradas sus cualidades y su estado, deberían llegar (JUAN y ULLOA, 1983, II, 422-423).
En realidad, la escasez se explica porque mientras duró el espejismo del oro, casi ninguno venía a América con animo de ejercer su oficio; cumplían con él mientras no se presentaran mejores oportunidades. Por eso cobraban caro, lo que obligó a los cabildos a establecer tarifas para evitar los abusos (DOMÍNGUEZ COMPANY, 1978, 81-82).
Esos operarios debieron ser los que trasplantaron a América algunas innovaciones, como el uso de nuevos materiales (ladrillo cocido, teja, azulejos); el hierro, y con menos impacto en las construcciones de la época, el vidrio. También debe mencionarse la generalización de la ventana y las cerraduras más elaboradas, para las puertas. La innovación tecnológica más importante fue la bóveda (véase capítulo XVIII).
En cuanto a equipo, la generalización relativa al uso de la rueda, no tuvo el impacto que se podría suponer; pero si algunas herramientas, como se vera en el capítulo XVIII.
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Maestros canteros partieron en 1510 de Sanlúcar de Barrameda para Santo Domingo (BUZCHIAZZO, 1944, 14; 1961, 18).
Pedrarias en 1513 trajo a Santa María del Darién algunos operarios. Dos años después había en esa ciudad 16 carpinteros, 3 maestros de obra, 3 aserradores, 3 herreros, 3 cerrajeros y 2 canteros (MARTÍNEZ, 1967, 20).
En la construcción de la iglesia y la fortaleza de la Villa del Espíritu Santo en la isla Margarita, figuró el cantero y albañil Martín de García, que además de su salario recibió una licencia para rescatar cuatro esclavos indios (OTTE, 1977, 217).
En marzo de 1529 García de Lerma informa desde Santa Marta que está emprendiendo en la construcción de la casa del rey, para lo cual había traído canteros y carpinteros; luego se supo que algunos de tales operarios se habían quedado subrepticiamente en Santo Domingo, y el rey ordenó un año después que se despacharan a su destino (FRIEDE, 1955, II, 47; 174). Martín de las Alas volvió a traer carpinteros y albañiles en 1565 para la misma ciudad (Ibíd., Mss., 58).
En cédula del 20 de julio de 1538 se ordenó que, para la construcción de la fortaleza de Cartagena encomendada a Pedro de Heredia, los oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla enviaran albañil y carpintero, lo que sólo se logró el año siguiente de 1539 (RUEDE, 1960, VI, 362). Andando el tiempo hubo allí albañiles y canteros (BORREGO PLA, op cit., 407-409), tejeros y caleros (Ibíd., 411-412).
En el mismo año de 1539 se autorizó a la Audiencia de Santo Domingo para que dejara salir con destino a la gobernación de San Juan de Pascual de Andagoya, los albañiles y canteros que pudieran dejar la isla sin inconvenientes. Hasta cuatro se le autorizó sacar de la Española a dicho conquistador, pagando la corona los pasajes y matalotaje (FRIEDE, 1957, V, 130; 134).
Con la decadencia de Santo Domingo, en 1588 pedían las autoridades que se enviaran fabricantes de cal, albañiles, alfareros y carpinteros, pues escaseaban a raíz del asalto de Drake (RODRÍGUEZ DEMORIZI, 1945, II, 33).
Un tejero y dos carpinteros llevó Díez de Armendáriz en 1547 al Nuevo Reino (FRÍEDE, 1962, VIII, 296). Sin embargo, debió haberlos antes de ese año, si es cierto que el primero que hizo teja y ladrillo en Santa Fe fue Antonio
Martínez, encomendero de Chilagua en los Panches, de los que entraron en 1542 con Alonso Luis de Lugo (FLÓREZ DE OCÁRIZ, 1943, I, 189). Sin embargo, la casa de Montalvo de Lugo, donde se alojó Pedro de Ursúa cuando le usurpó el gobierno al llegar en 1545, estaba
... nuevamente hecha (sin estrenalla quien la hizo), con curiosidad, aunque de paja cubierta, por faltar en aquel tiempo peritos oficiales y maestros en uso de mejor arquitectura
(CASTELLANOS, 1955, IV, 497).
Existe una lista alfabética de ingenieros, arquitectos y operarios de la construcción y la decoración en el Nuevo Reino de Granada (ACUÑA, 1964).
En Popayán, no obstante su importancia como centro de región minera y agropastoril, los oficiales fueron escasos. El obispo Quirós fallecido en 1684, para construir la torre de las campanas en la catedral, tuvo que traer dos alarifes de Bogotá (OLANO, 1910, 44). En 1775 se dio principio a la construcción del templo de San Francisco, por el español Antonio García, único habitante de la ciudad que en aquel tiempo tenía conocimientos arquitectónicos (Ibíd., 126). Sin embargo, en 1774 figuran como residentes allí el alarife Pablo Arriaga, y los canteros Miguel y Antonio Aguilón (Ibíd., 118).
Indios albañiles de Quito se registran desde temprana época (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 25). En cuanto a los españoles, había dos en 1571: Antón Prieto no usaba el oficio por ser rico, y fulano González tampoco por estar casado con mujer que tenía indios (Ibíd., 1965, II, 218-219). Un albañir o carpintero su jornal ordinario son dos pesos (Ibíd., 222).
El 5 de enero de 1536, con motivo de la fundación de Lima, Francisco Pizarro nombró como alarife a Juan Meco (COBO, 1956, II, 298). Por fuerza mayor no se pudo mantener la primera traza que se hizo (Ibíd., 306).
La preparación y experiencia de muchos oficiales no eran tales como para garantizar la perdurabilidad de las obras. La segunda catedral de Bogotá se cayó el 31 de octubre de 1565, estando lista para inaugurarla al día siguiente, por haberle echado los oficiales ruines fundamentos (SIMÓN, 1981-1982, IV, 458). De estos casos se pueden mencionar varios.
Carpinteros, ebanistas.
Los árabes fueron carpinteros insignes y su herencia quedó en España. Inicialmente se distinguieron en talladores y ensambladores en Madrid, cuando en 1588 el gremio se rigió por unas ordenanzas aprobadas entonces por el rey; pero en 1675 se incorporaron a este gremio los llamados ebanistas: a las ordenanzas primitivas se les añadieron 15 capítulos para recoger la modificación, y el paquete de normas se aprobó en forma definitiva el 19 de marzo de 1748 (PÉREZ BUENO, 1942, 212). Es de recordarse que el nombre de ebanista viene de ébano, madera preciosa que empezó a importarse a Francia en el XVII, procedente del Asia, el Diospyros ebenaster; del francés ebeniste salió el español ebanista. Esto fue en la época de Luis XIII (1620-1630), cuando la encina y el nogal europeos empezaron a ser sustituidos por el ébano (SCHMITZ, 1966, 27).
El carácter aventurero del personal reclutado para ir a las Indias y la manera agregadiza como se completaban las fuerzas expedicionarias, explica que para muchos soldados sin habilidad distinta de usar las armas de la época, hubiera pocos operarios de los varios oficios necesarios para la vida ordinaria en las nuevas tierras. En 1607 la Audiencia de Panamá hizo la estadística de los oficiales existentes en esa ciudad: se contaban 25 escribanos reales contra 32 carpinteros (SERRANO Y SANZ, 1908, 169).
Al principio de la colonización los carpinteros y ebanistas europeos se hacían pagar caro su trabajo (CAPPA, 1892, VIII, 196-197). En Popayán se consideraba que este era un oficio selectivo, como lo reconoció el visitador Inclán Valdés,y porque el trabajo de los indios carpinteros se debe pagar distintamente que a los demás trabajadores, ya por ser oficio aprendido como por ser mayor el trabajo, ordenó que se les pagara real y medio de plata, más la comida necesaria y suficiente, y si tuviere oficiales se entienda lo mismo con ellos (OLANO, 1910, Doc. 27). Esto era reflejo de lo que sucedía en España. En Sevilla los carpinteros con los olleros ocupaban el primer puesto en el rango de los oficiales de la construcción, cuya ínfima categoría se asignaba a los ladrilleros y canteros (MORELL PEGUERO, 1986, 28-29).
Los carpinteros de galeras en Cartagena en el último cuarto del siglo XVI ganaban 3 1/2 pesos de jornal, más que los oficiales del presidio (BORREGO PLA, 1983, 287, 335).
El arquitecto español Andrés de Segura de la Alcuña (1577-1652), conocido bajo su nombre religioso de fray Andrés de San Miguel, escribió un tratado sobre la materia en Méjico, donde residió más de 50 años, y en él hace la apología del carpintero, poniéndolo por encima del platero y del cantero y colocándolo en el rango de consumado arquitecto (FRAY ANDRÉS DE SAN MIGUEL, 1969, 64).
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En enero 2 de 1493 dejó Cristóbal Colón en la isla de Santo Domingo, al regresar a España de su primer viaje, carpinteros de naos y un tonelero (NAVARRETE, 1954, I, 145). También trajo de unos y otros en la expedición a jamaica en 1504: el tonelero Martín de Arriera y el carpintero Diego Francés (Ibíd., 230).
Ya se vio que en Santa María del Darién había en 1515, 16 carpinteros y 3 aserradores. Un integrante de la expedición sólo dice que artesanos de diversos oficios (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 207).
En León de Nicaragua, en julio de 1535 vivían los carpinteros Álvaro de Zamora y Jeromín Zambrano, que fueron llamados a declarar como testigos (VEGA BOLAÑOS, 1955, VII, 167). En 1542 se quejaron ante la Audiencia de Panamá varios vecinos de León contra el gobernador de Nicaragua Rodrigo de Contreras, por desafueros y abusos. Uno de ellos consistió en echar al cepo, primero por la cabeza y luego por los pies, a un carpintero que le pidió plazo para hacerle un eje de carreta (Ibíd.,369-370).
Un solo carpintero entre los extranjeros en Santa Marta figura a principios del siglo XVII (1606) (MIRANDA VÁZQUEZ, 1976, 60).
Al hacerse cargo de la escribanía del rey y de residencia Juan Bautista Sardela, ante el licenciado Miguel Díez Armendáriz, en Santa Fe de Bogotá, el 17 de agosto de 1547, por viaje del titular Alonso Téllez, aparece que en la lista de las escrituras entregadas, figuran una del pleito de Gregorio López, carpintero, contra un tal Hernández (FRIEDE, 1963, IX, 85); otra empezada, de Pedro Sánchez, carpintero, contra un Trujillo, sobre un toro (Ibíd., 87), y un proceso de oficio contra el mismo Gregorio López, mencionado al principio (Ibíd., 94). El carpintero Luis Márquez de Escobar hizo el coro de nogal en la catedral de Bogotá para el obispo Lobo Guerrero (GROOT, 1889, I, 212).
Para construir la iglesia de Tunja en 1567 ofreció postura el carpintero Bartolomé Moya, que habla hecho otras obras en Córdoba de España y era viejo en el oficio (ROJAS, U., 1958, 104-105).
Dos carpinteros, uno de ellos portugués, de la orden jesuítica, llegaron a Panamá, y el 20 de febrero de 1568 se embarcaron el uno para Paita (18 de marzo) y el otro para El Callao el 28 del mismo mes (JOUANEN, 1941, I,11).
En Venezuela en el siglo XVIII, la mano de obra era cara, pues los únicos operarios disponibles en carpintería y calafatería, trabajaban para la Compañía Guipuzcoana: ambos, carpinteros y calafates, cobraban tres pesos diarios (ARCILA FARÍAS, 1966, 446). Existe un catálogo biográfico de los carpinteros, ebanistas, tallistas y escultores de Venezuela en el período colonial, con un total de 453 (DUARTE, 1971, 61-208).
En Guayaquil, zona de astilleros por excelencia, los carpinteros de ribera intervenían también en la construcción de casas y hasta impusieron allí términos náuticos, como estantes, varengas, llaves (REQUENA, op. cit., 88).
Cuando se produjo le expulsión de los jesuitas de los dominios españoles, en las misiones de Maynas del Marañón, se hizo el inventario de las herramientas existentes; una escuadra de fierro de carpintería, 1 martillo, 2 azuelas, 1 terraza (terraja), 1 hacha y 1 machete de rajar leña, así como herramientas de herrería (URIARTE, 1952, II, 117). Si había herramientas, también quien las supiera manejar (véase el aparte Indios carpinteros en el capítulo XIX).
Arquitectos e ingenieros.
También vinieron en una época relativamente tardía verdaderos arquitectos e ingenieros.
Uno de los primeros especialistas en fortificaciones fue Bautista Antonelli (ANGULO IÑ
Í
GUEZ, 1942).
Se han conservado los nombres de autores de planos y diseños de obras, unas construidas y otras no (CORTÉS ALONSO, 1967, 47 y nota, 48 y notas). Para el siglo XVIII hay una lista bastante larga (CAPEL e! al, 1983), en que se destacan para el área en estudio Manuel Anguiamo (Ibíd., 37-38); Antonio Arévalo y Porras (Ibíd., 42-47; 82); Esteban Aymerich (Ibíd., 53); Carlos Briones Hoyo y Abarca (Ibíd., 82); Carlos Francisco Cabrer y Rodríguez (Ibíd., 96-97); Juan Amador Courten (Ibíd., 127-128); Agustín Cramer y Mañeras (Ibíd., 130-132); Juan Cayetano Chacón (Ibíd., 136); Pablo Díez Fajardo (Ibíd., 149); Domingo Esquiaqui (Ibíd. 163); Antonio García (Ibíd., 194); Juan Gayangos Lascan (Ibíd., 205-206); Manuel Hernández (Ibíd., 227-228); Juan Jiménez Donozo (Ibíd., 239-240); Miguel Marmión (Ibíd., 306); Antonio Narváez (Ibíd., 347); Francisco de Navas (Ibíd., 348); Juan Antonio Perelló (Ibíd., 370); Francisco Requena (Ibíd., 392-393); Nicolás Rodríguez (Ibíd., 405); Fermín Rueda (Ibíd., 410-411); Pedro Ruiz de Olano (Ibíd., 413-414); Ignacio Sala (Ibíd., 418-422); Lorenzo de Solís (Ibíd., 453-455); Vicente Talledo y Rivera (Ibíd., 459); José Zarralde (Ibíd., 493).
Entre ellos uno de los más notables, aunque no estuvo en el área del presente estudio, fue Félix de Azara (Ibíd., 53-55), que se convirtió en naturalista destacado, sobre todo en Zoología.
El arquitecto español Antonio García, que construyó el primer templo de San Pedro en Cali (siglo XVIII), introdujo a Quito el neoclasicismo (VARGAS, 1967, 311-313).
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