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CAPÍTULO XVIII
NUEVOS USOS DE MATERIALES EXISTENTES;
INTRODUCCIÓN DE OTROS, Y APORTES DE
NUEVAS TÉCNICAS DE CONSTRUCCIÓN
En la superficie terrestre existen recursos minerales que están desigualmente distribuidos. Pero en todas partes se hallan rocas de parecida o diferente composición y la misma costra superficial que es común al globo terráqueo. Había, pues, en América materiales similares a los de Europa. Lo que varió fue el uso que les dieron a dichos materiales los diferentes pueblos, y las tecnologías para aprovecharlos (PATIÑO, 1980, 19-24).
1 - NUEVOS USOS PARA MATERIALES EXISTENTES
Piedra.
En la parte correspondiente a la vivienda indígena se indicaron los lugares donde en la época prehispánica se hicieron construcciones de piedra, sin estudiar en detalle porque quedan fuera del área de este estudio las imponentes construcciones megalíticas del Cuzco y de otras partes de los Andes, así como de Méjico y Meso-América.
Aun entre tribus que vivían en condiciones de selva tropical con excepción del Amazonas donde escasea la piedra varias usaron cantos rodados para cimientos o para apoyar postes. Pero la piedra lajada o tallada se usó poco o nada, a causa de la inexistencia de herramientas eficaces para trabajarla. Un autor del siglo XVII se pasma de la tenacidad y habilidad de los indígenas peruanos, que sin herramientas, con sólo piedras y arena, hacían construcciones imponentes (COBO, 1895, IV, 210). Otro tanto puede decirse de los agustinianos. Los mayas trabajaron sin herramientas metálicas todos los materiales (KUBLER, 1962, 151). Así la introducción de herramientas metálicas como martillos, machos y cinceles, facilitó los trabajos de cantería. Puede asegurarse que la venida de operarios españoles a América hubiese sido inocua, sin las herramientas respectivas.
Durante la dominación española se continuaron haciendo por lo general las casas a la manera indígena, con los retoques tecnológicos y estilísticos que se han estudiado o que se estudiarán en otros capítulos de esta obra, especialmente el XIX.
Las primeras casas de piedra que se construyeron en la isla perlera de Cubagua hacia 1526, se hicieron con material traído de Araya en cl vecino continente, por ser la isla arenosa (OTTE, op. cit., 288-289).
Hacia 1582 en Venezuela sólo en Tocuyo había algunas casas de piedra (AGUADO, 1918, I, 374). Tunja debió al uso de ese material, haber permanecido en el sitio inhóspito en que fue fundada, por la dificultad y el costo del traslado (Ibíd., op. cit.).
Piedra berroqueña, cal y madera, existían en el Nuevo Reino como materiales que facilitaban las construcciones, según fray Gaspar de Puerto Alegre en 1561 (RGNG, 110).
De una cantera de piedra arenisca al occidente de Quito se sacó el material para las construcciones religiosas y civiles (J. DE LA ESPADA, 1965, II, 206-207).
Los agustinos de esa ciudad tenían canteras y tejares (J. DE LA ESPADA, 1897, III, LXIX). Andando el tiempo se halló y usó piedra de jaspe en Cuenca (VARGAS, 1967, 181-182). El jesuita Leonardo Deubler halló piedra blanca en la hacienda Tolóntag de las monjas clarisas de Quito, quienes vendieron a la Sociedad por 100 pesos el derecho de extraerla (1722-1723) (JOUANEN, 1943, II, 90-91).
Pese a existir piedra casi dondequiera, para las necesidades específicas de la construcción, se preferían las de determinadas canteras. Así, a Lima se llevaba piedra desde Panamá, por considerarse que era la mejor (COBO, 1890, I, 254) o de Anca (COBO, 1956, II, 307, 399, 417). De las fortalezas prehispánicas de los valles de Chilca y Cañete se sacaron piedras para la construcción de la capital del virreinato (CALANCHA, 1639, 905).
Ya se vio que vinieron canteros de España, donde la profesión estaba reglamentada. Un tratado sobre ello se escribió en la segunda mitad del siglo XVI, pero se publicó tardíamente (VALDEVIRA, 1978).
Mármol.
No se extrajo mármol nativo durante la dominación española en el área de este estudio. Aun en la actualidad la producción es mediocre en Colombia (WOKITTEL, 1960, 367-368). Desde mediados del siglo XIX, sin embargo, se señalaron en Antioquia yacimientos de mármol, grises y verdosos en Nare y blancos cerca a Espíritu Santo, al occidente (SAFFRAY, 1948, 141).
En la capilla del Sagrario de Bogotá se usaron mármoles negros y blancos traídos de Génova (GROOT, 1889, I, 452).
Mármol fino verde de Zaruma y Saraguro en Ecuador figura entre los recursos minerales en el siglo XVIII (OTS, 1946, Bog. 52-79).
Para el convento de los jesuitas de Lima se llevaron bloques de mármol desde 50 leguas a hombro de indio y luego por mar (COBO, 1956, II, 424).
Tapias.
Voz y técnica de origen peninsular hispánico (COROMINAS, RI-Z-; 373, 374; GARCÍA Y BELLIDO, 1945, 12-13) y norteafricano. Las construcciones de tapia debieron preceder a las de adobe y de ladrillo, pues tierra hay en todas partes y la de tapia no necesitaba una preparación especial. El único requisito es que hubiera tablas para las formaletas, pero ya se ha visto en lo de los oficiales, que desde los primeros viajes los españoles trajeron carpinteros. También se trajeron hachas, sierras, serruchos y azuelas (PATIÑO, 1965-1966, 254-258).
El primero que hizo casa de tapia en Bogotá fue Alonso Olaya, uno de los españoles que vinieron con Federman en 1539 (CASTELLANOS, 1955, IV, 296).
Sólo hacia 1579, fecha de la relación geográfica, se empezaban a hacer casas de tapias en Barquisimeto (ARELLANO MORENO, 1950, 130).
Indios quimbayas tapiadores había en 1626 en Cartago, según consta en la visita realizada de orden de la Real Audiencia por el oidor Lesmes de Espinosa y Saravia (FRIEDE, 1963, Q, 219).
Adobe.
Para los fines del presente estudio se reconoce como tal un bloque de barro moldeado sin cocer, tenga o no mezcladas con la masa térrea fibras de pasto u otras para darle consistencia (RETÓN DE SILVA, 1788, 9). La palabra proviene del árabe. Este mismo bloque cocido es el ladrillo, vocablo que procede del latín.
Ya tempranamente en El Salvador, zona sísmica, se comprobó que las construcciones hechas con adobes eran menos afectadas por los temblores, por lo cual se prefería ese material al ladrillo y a la piedra (BARÓN CASTRO, 1942, 336).
El cabildo de Pamplona otorgó dos concesiones, una en 1566 y otra en 1567, de solares para adobes (OTERO D'COSTA, 1950, 160, 210).
En el inventario de las escrituras que reposaban en la notaría de Santa Fe de Bogotá a cargo de Alonso Téllez, hecho a 17 de agosto de 1547, para entregarle ese despacho al nuevo notario Juan Bautista Sardela, figura un pedimento de Malaver sobre una estancia y sitio de adobes (FRIEDE, 1967, IX, 87; 61-99). Este dato coincide con lo que dicen los historiadores sobre las primeras casas de ladrillo y teja en la capital del Nuevo Reino (véase adelante). Miguel Díez Armendáriz escribe de Tunja en 20 de diciembre de 1547 que ha comprado en Santa Fe una casa de adobes y teja por temor a los incendios (FRIEDE, 1963, IX, 185-186). Se refiere al incendio de la casa de Montalvo de Lugo usurpada por Pedro de Ursúa en 1545, que fue quemada al parecer por los propios luguistas (SIMÓN, 1981-1982, IV, 232-233).
Ladrillo.
El ladrillo cocido ya se halla en las construcciones del Medio Oriente desde los 8.000 años a. C., eran curvos de un lado y rectos del otro (GARDINER, 1975, 6). He aquí cómo debía ser el español, según un tratadista del siglo XVIII:Deben los que fabrican el ladrillo tosco que se gasta en las obras, elegir siempre la mejor tierra que hobiere en los alrededores donde se ha de fabricar, y que ésta sea algo legamosa, sin caliches, estando picada y cortada de un año para otro o por lo menos seis meses antes que se haya de gastar. Que la gradilla para cortar el ladrillo haya de tener 17 dedos de largo, 13 de ancho y 3 1/2 de grueso, y ha de estar guarnecida de chapa de yerro, para que siempre esté de una medida (LORENZO DE SAN NICOLÁS, 1796, 445). Entre los romanos se recomendaba que el ladrillo no se usara antes de los dos años de fabricado, y se cita que en Útica los magistrados tenían el encargo de no aprobar la calidad de ese material antes de los cinco años (VITRUVIUS, 1960, 42-44). Que tampoco se respetó mucho en América lo de las medidas, lo indican unas disposiciones del cabildo de Cartagena en 1586, sobre unificación del tamaño de las gaberas para ladrillo y teja (BORREGO PLA, 1983, 502, 411, 480-481).
El dato mencionado antes sobre Bogotá permite hacer la afirmación de que en la América equinoccial se empezó a confeccionar y utilizar ladrillo en el segundo cuarto del siglo XVI; en algunas partes antes, como pudo ser el caso de Quito; en otras después. Por ejemplo, en 1542 en acusaciones contra Rodrigo de Contreras, el yerno de Pedrarias en Nicaragua, se dice que ya hay sobra de teja y ladrillo. Concretamente, el teniente de gobernador Luis de Guevara tenía horno de teja y ladrillo (VEGA BOLAÑOS, 1955, VII, 366, 370).
Como el terreno en la isla de Cubagua no se prestaba para hacer adobe, teja ni ladrillo, éste último fue importado desde España: en 1528-1529 llegaron 1.900 unidades a 8 pesos el millar, y luego 2.900 ladrillos blancos (OTTE, op. cit., 480, 486; 254).
En 1524 Lázaro Bejarano, el poeta yerno de Juan de Ampíes, localizó en la isla de Curazao una cantera de piedra caliza y construyó un horno para quemarla y otro para ladrillo; edificó la primera iglesia de piedra, cal y ladrillo, antes que en Coro, Riohacha y Cartagena (NECTARIO MARÍA, 1959, 92). Pero la fortaleza de Santa Marta se hizo en 1529 de ladrillo, barro y piedra (SERRANO Y SANZ, 1913, I, 24, 26).
El cabildo de Pamplona reglamentó en 1558 las especificaciones para las gaberas de hacer teja y ladrillo (OTERO DCOSTA, op. cit, 261).
Dice la relación de Caracas de Juan de Pimentel de 19 de diciembre de 1578: De dos u tres años a esta parte se ha comenzado a labrar tres u cuatro casas de piedra y ladrillo y cal y tapiería con sus altos cubiertos de teja; son razonables y están acabadas la iglesia y tres casas de esta manera no hay tapiería en Caravalleda (ARELLANO MORENO, 1950, 88). Sobre las técnicas usadas en Venezuela para la confección de materiales que no difieren sustancialmente de las que impusieron los españoles en sus dominios escribió una interesante contribución el ingeniero Luis Urbina Luigi (ARCILA FARÍAS, 1961, I, 349-359).
En 1553 se dictó cédula eximiendo del pago de almojarifazgo a los bastimentos y materiales de construcción, como ladrillos, cal, tablas y clavazón, que fueran con destino a Santa Marta (SERRANO Y SANZ, 1913, I, 397).
Cuando Francisco Drake se preparaba en 1586 para atacar varias posesiones americanas, después de sus primeras correrías afortunadas, mandó en Inglaterra echar de lastre en los navíos ladrillo y cal, por si se necesitaban para erigir una fortaleza:
y cal por lastre llevan y ladrillo, si fuese menester adonde quiera hacer algunos defensivos muros para se defender y estar seguros
(CASTELLANOS, 1955, IV, 38).
Tomada la ciudad de Santo Domingo y saqueada, el pirata se aprestó a atacar la costa de la Nueva Granada, donde era oidor a la sazón el lic. Francisco Guillén Chaparro. En Cartagena se supo que Drake venía pujante con más de cuarenta naves,
y en ellas materiales y ladrillos para hacer defensas y castillos
(Ibíd., 64)
Drake tomó también a Cartagena; pero no consta que dejara allí ladrillos, que en esta época se fabricaban ya localmente. Su calidad y baratura debían ser tales, que para la iglesia parroquial de Maracaibo se proponía traerlos y tejas en 1623 desde Cartagena (MARCO DORTA, 1981, 61-62).
Se llevaban ladrillos desde Holanda en barcos a Surinam en el siglo XVIII (ANÓNIMO, 1788, II, 41). Pero en Paramaribo en esa época casi todas las casas eran de madera, excepto cuatro o cinco de ladrillo (Ibíd., 19).
En Popayán en 1565 el millar de ladrillos valía 12 pesos de oro; la catedral fue de tapia hasta 1594 en que se empezó a construir de cal y canto (ARROYO, 1907, 334-335 y notas).
Mesón y tejar en el sitio de El Calvario le autorizó hacer en 1613 el cabildo de Pasto a Juan Vera (SAÑUDO, 1939, II, 20).
En 1808 los franciscanos de Cali tenían tejar en el sector sureño de Isabel Pérez, donde producían el material para el convento que construían entonces (ARBOLEDA, 1928, 627).
En sectores americanos carentes de bosques, la confección de ladrillos aceleró el proceso de desmonte y tala. En las zonas boscosas, la introducción por los españoles de hachas, sierras, serruchos y cuñas, permitió la obtención mas fácil de leña y madera (PATIÑO, 1975-1976, 88-89; , 1965-1966, 225-272; 246-258). En Lima la leña se sustituía por altamisa que abundaba, para los hornos ladrilleros (COBO, 1890, I, 300). Son Compuestas (Asteráceas) de los géneros Ambrosia y Franseria. De todos modos, el ladrillo, debido al consumo de combustible para cocerlo, es más caro que el adobe (SACRISTE, 1968, 80).
Teja.
El procedimiento para hacer teja es más cuidadoso que el necesario para hacer ladrillo.
El licenciado Miguel Díez Armendáriz escribía al rey desde Cartagena el 24 de julio de 1545, dándole cuenta de que para reparar la iglesia local que estaba cayéndose, había dado a Ochoa de Barriga 200 castellanos para que trajera de Cuba, los cientos y cincuenta de teja y los cincuenta de madera (FRIEDE, 1962, VIII, 80). Al año siguiente se le aprobó el proyecto y se autorizó el reembolso de lo gastado (Ibíd., 95). El navío de Ochoa de Barriga naufragó al regreso en la boca del Magdalena, perdiéndose el cargamento (Ibíd., 304). Esto quiere decir que en esa época todavía no se hacía teja en dicha ciudad de la costa caribe; pero ya se conseguía en 1555 (BORREGO PLA, 1983, 20; 411-412, 487, 489). Debió resultar de tan buena calidad, que por ser mala la de Coro, se propuso llevarla desde Cartagena y Santa Marta a Coro para la catedral; y en octubre de 1606 llegaron en efecto de la ciudad de Bastidas 7.500 tejas (GASAPARINI, 1961, 107).
Se atribuye a Pedro de Colmenares haber hecho la primera casa de teja en Bogotá (CASTELLANOS, 1955, IV, 296). El cabildo de esa ciudad le otorgó a Gregorio López el 12 de septiembre de 1541 estancia para horno y tejar, y en 1543 montó tejar Antonio Martínez (MARTÍNEZ, 1973, 98).
En 1572 en Nombre de Dios, costa panameña, las casas eran de tabla y madera, aunque no faltaba aparejo de piedra, cal y teja (LÓPEZ DE VELASCO, 1.971, 174). Como se sabe, esta población fue desmantelada en 1597 para trasladar la aduana a Portobelo.
En las ordenanzas del oidor Antonio Vázquez de Cisneros para reglamentar el trabajo de los indígenas en Mérida en 1620, se consigna que una de las labores que atendían era en tejares (GUTIÉRREZ DE ARCE, 1946, 1195).
Las localidades interioranas de Baba y Nato aprovisionaban de teja y ladrillo a la ciudad de Guayaquil (REQUENA, op. cit., 55-56; 68).
Cal.
Aunque los indígenas ecuatoriales conocieron la cal, no supieron hacer la mezcla de ella con arena para producir mortero (COBO, 1890, I, 259). La argamasa se hacía con barro. En Cempoala y otros lugares de Méjico sí había edificios de cal y canto (CASAS, 1909, 129-130) (véase capítulo XII).
Asentada la dominación española, se procedió a la búsqueda de yacimientos de ese material. Las relaciones geográficas que se citan adelante indican esto.
Al hablar de ladrillo se vio que hubo un horno de cal en Curazao, tan temprano como 1524.
En Cartagena el cabildo legisló en 1552 para que no se vendiera cal muerta sino viva (BORREGO PLA, op. cit., 492). No se debía matar con agua de mar (Ibíd., 411-412). De la piedra calcárea usada en esa ciudad a fines de ese siglo y principios del siguiente, se dijo: Es tan áspera y hoyosa (y por eso no es buena para columnas de pulimento) que se aferra valentísimamente con la cal en el edificio, con que encumbran algunos en excesiva altura (SIMÓN, 1981-1982, VI, 504). La cal de Cartagena debió adquirir fama en el área circuncaribe, pues cuando en 1741 se retiró derrotado el almirante Vernon, se llevó la que halló lista en la calera, para construir el hospital de Jamaica (ORTIZ, S. E., 1970, IV, 1: 225).
El cabildo de Pamplona dio permiso en 1557 para instalar una calera y hacer cal, y en 1558 reglamentó la venta de este material (OTERO DCOSTA, op. cit, 209-210; 256).
Uno de los primeros lugares donde se extrajo cal fue en Vijes del Valle del Cauca: en 1566 valía a un peso la fanega (ARBOLEDA, 1928, 38; GROOT, 1890, II, 300). En 1684 se dieron en venta las tierras y estancias de Mulahaló (Mulaló) cerca a Vijes, en que entraron herramientas de la calera con sus velas y hornos (ARBOLEDA, op. cit., 180-181). A fines del período colonial en Vijes tenían los franciscanos una calera de donde extraían el material para su iglesia en construcción de Cali (Ibíd.., 630).
El cabildo de Quito hizo merced el 24 de septiembre de 1550 al corregidor Francisco Ruiz para hacer cal, que hasta agora no la hay (RUMAZ0, 1934, II, (2), 358-359), aunque desde 1537-1538 se habla del Cerro de la Calera y de horno de cal (J. Y CAAMAÑO, 1936, I, 278). Los jesuitas tuvieron calera en Quito (PÉREZ R., 1947, 210, 218, 220-221; 405).
Desde mediados del siglo XVI se explotaban copiosas caleras en Panzaleo, Andes ecuatoriales (J. DE LA ESPADA, 1897, III, cv). En Guayaquil traían cal de conchas de la isla de Puná (REQUENA, op ci!., 73).
Yeso.
Se usó poco o nada en América (BENAVIDES, op. cit., 189; J. DE LA ESPADA, 1897, III, 63; REQUENA, op. cit., 72). Es escaso en Colombia, y el que hay se emplea preferiblemente para la fabricación de cemento (WOKITTEL, op. cit., 257-259).
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