Historia dela Cultura Material en la América Equinoccial
(Tomo 2)
Vivienda y Menaje
Víctor Manuel Patiño
© Derechos Reservadosde Autor

CAPÍTULO XIX 

TRANSCULTURACIÓN ARQUITECTÓNICA:

MAESTROS ESPAÑOLES Y OBREROS INDÍGENAS

 

A)  MANO DE OBRA INDÍGENA.

 

1 — TRANSCULTURACIÓN.

No cabe duda de que el indígena fue factor de primer orden en las construcciones a partir de la conquista. Él conocía los sitios donde se podían obtener los materiales de construcción; dominaba las técnicas de manejar esos materiales, de acuerdo con las circunstancias, y realizó dentro de su status de grupo sometido, el trabajo de dotar a los españoles de abrigo y aun de contribuir, bajo la dirección de maestros en nuevas técnicas arquitectónicas, a la realización, no sólo de viviendas familiares sino de obras de gran envergadura, como fortalezas, murallas, catedrales etc.

Todo quedó a su cuidado (CAPPA, 1892, VIII, 200-201; BENAVIDES, 1961, 33, 37). Teóricamente en 1550 el repartimiento o mita reemplazó a la encomienda; pero antes y después los indios sirvieron para construir iglesias, conventos o monasterios, catedrales, hospitales, casas de moneda, casas de ayuntamientos, palacios virreinales y otros edificios públicos (GIBSON: HARDOY y SCHAEDEL, 1969, 230-231, 239).

En tres aspectos puede considerarse el trabajo indígena relacionado con la construcción: a) para los particulares, bien fueran encomenderos que recibían tributo o residentes que alquilaban la mano de obra; b) obras de servicio público (casas de gobierno, cárceles, aduanas, mataderos, puentes, hospitales, etc.); y c) edificios destinados al culto católico (conventos, iglesias, capillas, etc.). Cada uno de estos aspectos se estudiará por separado.  

 

A)  Casas para particulares.  

La construcción por indígenas de viviendas permanentes para los dominadores españoles, en forma reglamentada y normativa, estuvo precedida de hecho por dos etapas: la el simple desalojo del indígena de su propio buhío para que el invasor tuviera donde resguardarse, y 2a las construcciones compulsorias, aun de carácter provisional, como derecho de conquista. Basten unos ejemplos.

1° — En el Nuevo Reino los primeros casos, tanto de usurpación de viviendas como de construcción de las mismas para los españoles, se dieron cuando se decidió hacer la fundación de Bogotá en Teusaquillo. En efecto, una de las razones de la fundación formal, fue desocuparles las casas a los indígenas “que andaban defendiéndose de la intemperie como podían” (SIMÓN, 1981-1982, III, 299). Llamados los indios, se comprometieron a construir, pero no a escoger el sitio curándose en salud (Ibíd.., 300). Hicieron las casas a su manera, que “son de palo que a trechos se van hincando en la tierra, llenando los vacíos de entre uno y otro de cañas y barro, y las cubiertas de paja sobre fuertes y bien dispuestas varas” (Ibíd., 301).

Las fuerzas de Jerónimo de Ortal, unos 200 hombres, se acomodaron en las casas del cacique Guaramental (véase segunda parte).

2° — A causa de la abundancia de materiales, de lo sumario de las construcciones y de la habilidad de todos los componentes de la población indígena para armar viviendas, si había necesidad para los cuerpos invasores, se podían improvisar y se improvisaron casas en toda el área de este estudio.

En la primera fundación de Vélez en tierras del cacique Chipatá en 1539, “en pocos días hicieron [los indios] buenas casas, aunque cubiertas de paja” (SIMÓN, 1981-1982, IV, 11).

Cuando entraba al Nuevo Reino Alonso Luis de Lugo por la misma ruta que utilizaron Quesada y Lebrón, se les mandó a los indios que hicieran ranchos para alojarlo con la gente que traía, al llegar a la altiplanicie (SIMÓN, Op. cit., IV, 156, 157).

Igual ocurrió cuando la fundación de Tocaima, con los indios del cacique de ese nombre y los del Calandaima (Ibíd.,IV, 191, 205, 208).

Los indios guatavitas, que tenían fama como buenos constructores, fueron trasladados a Bogotá en 1539 para colaborar en la edificación de la recién fundada ciudad ( FRI EDE, 1979, I , 58, 61; MARTÍNEZ, 1973, 37-40).

Merced a las dos causas mencionadas, el cobijo no constituyó problema insalvable para los españoles en los primeros años, mientras se consolidó la estructura propiamente urbana.

Dicho proceso fue elevado a la categoría de norma de gobierno. Por cédula de 23 de noviembre de 1537, se ordenó al gobernador y juez de residencia de Nicaragua, que compulsoriamente se les hiciera construir casas a los españoles que tuvieran encomiendas, para que se asentaran en la tierra y no pensaran en emigrar; si no había piedra, se harían de argamasa o tapiería o de los materiales más durables que se consiguieran (VEGA BOLAÑOS, 1955, V, 234-235). Esta medida se hizo extensiva a todos los dominios españoles, por cédula de 10 de enero de 1539, expedida en Toledo, y dirigida en primera instancia a don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España. La providencia, que debía leerse por bando en las plazas y mercados, daba dos años de plazo para hacer las construcciones (Ibíd., VI, 1-2), algo para poner en duda.

Construcción y reparo de casas eran, junto con las sementeras de maíz y trigo, las labores principales adscritas a los indígenas de la encomienda de Curribadat en Costa Rica en 1603 (FERNÁNDEZ, 1907, VIII, 17-18). El procurador síndico de Cartago en 1615 solicitaba a la Audiencia de Guatemala que autorizara la traída de indígenas de Tierra Adentro (Talamanca) para atender a la reconstrucción de casas caídas: “como la experiencia lo muestra, que la casa que se cae no se puede volver a edificar por falta de indios. (Ibíd., 139-148).

Entre las ordenanzas indígenas de Pedro de Heredia en 1542, una asignó indios para construcción de casas, dándoles machetes, condición esta última que no se cumplió por los españoles (BORREGO PLA, 1983, 125, 127).

El oidor Melchor Díez de Arteaga en visita a Cartagena (1561), dispuso que se destruyesen los bohíos antiguos de madera y se hicieran de piedra, cosa que desde luego no ocurrió (BORREGO PLA, op. cit., 165-167). En 1560 encomenderos se quejaban que por poco rendimiento económico tenían que hacer casas de paja (Ibíd., 362); desde el medio siglo se empezaron a construir de madera y piedra (Ibíd., 373) o de madera y ladrillo (Ibíd., 482.483).

En las disposiciones sobre trabajo de los indígenas hechas para Mérida en 1620 por el visitador Vázquez de Cisneros, se consagró que 40 indios de los pueblos recién formados, vinieran cada mes a la ciudad para construcción de edificios, tejares y servicio doméstico (GUTIÉRREZ DE ARCE, 1946, 1195). No se podían dar indios a quienes no poseyeran casa (Ibíd., 1201).

“Los aprovechamientos que dan a sus encomenderos [los indios de Tamalame q ue] son hacerles sus casas en el pueblo de madera y paja en que viven”, y las sementeras (RGNG, 90).

Recién fundada Tunja, se procedió con rapidez a edificar,  

porque para las obras no faltaban  
gran cantidad de indios que traían  
todos los materiales necesarios

(CASTELLANOS, 1955, IV, 444).

En 1551 en la tasación de los indios de esa jurisdicción por Juan Ruiz de Orejuela, los indios declararon que tributaban en bohíos que en el pueblo hacían y madera que para ello llevaban a dicha ciudad (AGUADO, 1956, I , 406).

Como uno de los muchos ejemplos de arrepentimiento tardío de los españoles, el padre Vicente Requejada de Tunja mandó en 1575 en su memoria testamentaria, que se pagaran 50 pesos de oro a “todos los indios de Samacá (que) trabajaron muchos días en el edificio de las dichas casas [que tenía en Tunja] e por su trabajo no les he dado ni pagado ninguna cosa hasta el día de hoy e les soy a cargo su trabajo”. Asimismo lo hizo con los indios de Foaca: “Me trajeron para el edificio de las dichas casas madera e otros materiales e trabajaron e anduvieron trabajando probablemente (sic) en el edificio de las dichas casas”; a estos les dejó cien pesos (ROJAS, U., 1958, 263-264).

El 17 de junio de 1651, los ediles caleños le pidieron al gobernador Juan Palomino Tello de Meneses que suministrara mitayos a los pobres y demás personas que carecían de obreros para reparar sus casas. El teniente dispuso que se trajeran de Roldanillo 30 indios de la corona, y que cada vez que hubiera necesidad, se hiciera lo mismo, de cualquier parte del municipio, donde no estuviesen repartidos en encomiendas (ARBOLEDA, 1928, 123; LÓPEZ ARELLANO, 1977, 216).

Pedro de Hinojosa en la visita y tasación que hizo a parte de la gobernación de Popayán en 1569-1570, dispuso que los mitayos trabajaran en edificios y otras obras; debía haber indios oficiales, albañiles, carpinteros, tejeros, ladrilleros (Ibíd., 90, 91).

Aunque esto se trató de impedir (LÓPEZ ARELLANO, 1977, 127), lo cierto es que se siguió haciendo y el visitador Diego de Inclán Valdés en 1668 mantuvo la mita para casas y conventos (Ibíd., 230). Debían trabajar 26 días por un mes y se les pagaría por ellos dos patacones de 8 reales, fuera de la comida (OLANO, 1910, Doc. 26). A los indígenas en Popayán los encomenderos más influyentes los utilizaban para edificar y reformar casas sin pagarles (GONZÁLEZ, 1977, 340).

López Medel en su tasación de 1559 dispuso que los indígenas de Pasto debían reparar las casas de los encomenderos cada 2 años (PADILLA, 1977, 77).

Con motivo de la epidemia de viruelas de 1588, o sea por fuerza mayor, el cabildo pastuso suprimió “por agora el trabajo de mitayos para casas, iglesias y conventos (SAÑUDO, 1938, I , 97-98).

En 1612 a enero 5 el cabildo de Ibarra hizo repartimiento de 500 indios mitayos pastos para edificios y da la lista de los vecinos beneficiados (GARCÉS, G., 1937, 310-313). Parece que no fue suficiente y en 3 de octubre del mismo año establece nuevas demoras para construcción de edificios, trayendo mitayos (Ibíd., 368-369). En mayo 16 de 1614 ese cabildo solicita a la Audiencia que se mantenga el uso de 300 mitayos pastos para labores de construcción (Ibíd., 439).

En Cañarimbamba, Ecuador interandino, se hacía una casa con el sistema de minga en dos días, y los indios se alquilaban en esa tarea para adquirir con qué pagar el tributo (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 180, 181). Había mitas para construcción de casas (PÉREZ R., 1947, 152-156), así como para realizar trabajos en los tejares (Ibíd.., 161-162). El cabildo de Cuenca en 1559, no contento con el servicio que los indios prestaban en la construcción y arreglo de casas, consideró excesivo el jornal que les pagaban por ese oficio (no informa la fuente cuánto), y lo redujo a tres granos de oro corriente por cada día (PÉREZ, 1947, 153).

No sólo las casas de vivienda urbana, sino construcciones rurales se hacían con indios, y a ellos se refiere una cedula de 29 de noviembre de 1563: “Los españoles que en esa tierra tienen indios encomendados, tienen de costumbre que demás de las casas que hacen hacer a sus indios en los lugares donde ellos son vecinos, les mandan hacer otras en los mismos pueblos de indios donde tienen sus graneros y recogen algunas cosas de sus granjerías. ..“ (GARCÉS, G., 1935, I , 69-70; PÉREZ, 1947, 152-153). Algunos hacían casas para vender (1586) (GARCÉS, G., 1935, I , 404-405).

Inicialmente en Quito tanto las obras públicas como las casas de vecinos eran hechas sin paga por los indios, hasta que la Audiencia fijó remuneraciones. Por cédula de 1567, repitiendo una de 1532 dirigida a Méjico, se libra a Quito para que se pague justamente el trabajo de los indios en la construcción de casas (GARCÉS, G., 1935, 1,150-151). En 1573 había 2.000 mitayos dedicados a esto (LARRAIN BARROS, 1980, 67-68).

Sacar los escombros, hacer ladrillos, figuraban entre las tareas que hacían los indios, y cuya licitud se planteaba por un tratadista (ACOSTA, 1954, 487).

Los indígenas especializados en hacer y reparar casas en el Perú, que salían a las plazas a alquilarse para ese oficio, se llamaban tindarunas (MATIENZO, 1910, 23, 24).

Pero la contribución del indio no fue solamente para los edificios de las colonias americanas, sino que se vinculó al bienestar de algunos funcionarios de la propia península. En 1627 se dispuso que toda encomienda que vacare, se dejara un año sin encomendar, para utilizar el valor de lo que en tal tiempo produjera, con destino a “casas de aposento de los Consejeros de Indias”. Como en Venezuela no se pagaba tributo sino que el encomendero utilizaba el trabajo de sus indios encomendados, el encomendero que sucedía en el uso de una encomienda pagaba a la corona la contribución correspondiente a un año, para entrar de una vez en disfrute de su encomienda (ARCILA FARÍAS, 1957, 187.188). Como es natural suponer, el nuevo beneficiado se resarcía este gasto adicional, a expensas de los indios.

A mediados del siglo XVIII se adelantaron obras en el Palacio Real de Madrid, y se impuso una contribución general o donativo: “Los únicos que lo pagaron rigurosamente fueron los Indios, porque se les aumentaron los tributos de aquel año en la cantidad que les correspondía: los mestizos lo pagaron también en parte; los Españoles o gente blanca de poca distinción pagaron algunos y otros no; los de más distinción no lo pagaron de ningún modo, y si algunos dieron algo, solo fue lo que quisieron y no lo que se les tenía asignado; finalmente hubo muchos que no pagaron cosa alguna, por más instancias que les hicieron los Corregidores y tribunales, con que propiamente se reduce aquello a probar que la justicia no tiene más lugar que el que le quieren dar los moradores de aquellos payses” (JUAX y ULLOA, 1983, II, 441-442).

 

B)  Obras públicas.  

En este trabajo sólo se considerará la construcción de edilicios para uso público; pero todo lo relacionado con vías y comunicación (caminos, puentes, canales, transporte, navegación etc.), se tratará en el volumen III de la serie, dedicado a esos temas.

Puede darse por sentado que todas las obras públicas y particulares ejecutadas bajo el régimen español fueron hechas por indios (CÁRDENAS ACOSTA, 1947, 68).

En 1654 se dispuso por el gobernador de Caracas Martín de Robles Villafañe: “12. Que en cada una de las dichas poblaciones se junten todos los indios de las encomiendas de ellas y hagan en sus días unas Casas Reales que tengan una sala que les sirva de hacer sus cabildos y juntas, capaz de 30 tercias de largo y al respecto el ancho, con su corredor y junto a ella un aposento que sirva de cárcel para los presos que hubiere de haber, capaz de otras veinte tercias de largo, lo cual ha de ser de bahareque doblado y fuerte cubierta de paja con sus puertas... (roto el original).., con llaves y que en la dicha cárcel haya un cepo y las prisiones que les pareciere necesarias, lo cual todo ha de estar a cargo del dicho alguacil mayor...” (ARCILA  FARÍAS, 1957, 370; —, 1966, 345-346).

La única forma en que se aplicó la mita en las provincias de Venezuela fue para obras públicas, pues en lo demás existió el servicio personal. En casos de necesidad para construcción de casas o arreglo de caminos o cosas de este tenor, el encomendero prestaba los indios, y el cabildo interesado les daba la comida (ARCILA FARÍAS, 1957, 176).

El licenciado Miguel Díez Armedáriz en carta al rey escrita en Santa Fe el 19 de febrero de 1547, le informaba que estaba construyendo una casa. “Entenderé cómo la dicha casa se haga con la menos costa a mí posible y se gaste poco de su Real hacienda, ayudándome de los indios que pudiere, sin detrimento de ellos” (FRIEDE, 1962, VIII, 336).

El cabildo de Pamplona dispuso en 1557 que se construyera un aposento para pasajeros, mediante el trabajo de indios (OTERO D’COSTA, 1950, 194, 199, 200).

El cabildo de Quito dispuso en 15% el suministro de indios para construir la Alameda o paseo principal de la ciudad (PÉREZ, 1947, 260).

Del mismo modo, el cabildo de Cuenca ordenó en 1558 avaluar el trabajo de los indios en la construcción de la Casa de la Audiencia de esa ciudad y de un bohío en las afueras (PÉREZ, 1947, 258). En 1559 se pagaron algunas sumas a indios de Macas por la construcción de cárcel y tiendas para el cabildo y la casa de fundición (Ibíd., 259).

Para construir el fuerte de Cartagena en 1538 se autoriza usar indios (BORREGO PLA, 1983, 70).

Las primeras construcciones militares erigidas por los portugueses en el bajo Amazonas, después de la expulsión de holandeses e ingleses, fueron hechas con indios que cortaron y acopiaron las maderas necesarias (VASCONCELLOS, 1951, 17).

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