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CAPÍTULO XXII
CAMBIOS EN EL
CONCEPTO DE CONCENTRACIÓN RESIDENCIAL.
URBANISMO COLONIAL
No se hará aquí una presentación de las características del régimen jurídico español en América, ni de la estructura político-administrativa que se implantó simultáneamente con la fundación de núcleos poblados. Esto lo han realizado tratadistas tanto coloniales, como Solórzano Pereira, Juan de Matienzo y otros, sino contemporáneos, como Silvio Zavala y sobre todo Ots y Capdequí, a cuyas obras se remite al lector.
Cuando se hacía una fundación, se solían realizar las ceremonias sacramentales que por proceder de una tradición originada en condiciones completamente diferentes, a veces lindaban con el ridículo, como desafiar a quienes se opusiesen o arrancar yerbas donde las había o hacer heridas a los árboles, ritos todos incomprensibles para los indígenas que ya en ese momento no estaban en condiciones sino de ser espectadores inermes. Se procedía entonces al verdadero acto de gobierno y de significado real, que era el nombramiento de las autoridades, el cabildo, y a la repartición de lotes entre los que se habían comprometido económicamente en las expediciones que culminaban con ese acto, dejando reservados los terrenos para las casas del ayuntamiento, la prisión, la iglesia y en algunos casos, el hospital.
Quién más, quién menos, tenía nociones de hacer un trazado, porque los verdaderos agrimensores sólo vinieron mas tarde a América. El 29 de marzo de 1544 el cabildo de Quito fija arancel para el fiel ejecutor y medidor de estancias (RUMAZO, 1934, II, 1: 30). Con cuerdas y tomando las medidas con los brazos, los palmos o los jemes, se establecían los puntos de la planta urbana. Cada vecino era persuadido, mientras construía en firme, a poner por lo menos una tienda o toldo en el lote que le había correspondido (Recop. Leyes de Indias, ley XVI, ord. 128). De acuerdo con los indios que tuviera a su servicio, procedía al acopio y aparejo de los materiales, siguiendo en un todo la tradición indígena. Baste citar el caso de Bogotá.
Las disposiciones dictadas por el fundador de la población del Espíritu Santo de La Grita, Francisco de Cáceres, en 1578, patentizan el empirismo con que se procedía en la mayor parte de los casos para la traza del pueblo y el reparto de solares y ejidos (ARELLANO MORENO, 1961, 355-359).
Cabe hacer énfasis en la distinción que existía entre el cecino, o sea aquel que tenía casa y solar y residencia permanente obligatoria, con las prerrogativas a ello anejas, y el estante, cuya situación era en muchos casos precaria. Los estantes y transeúntes constituían una comunidad en cierto modo circunstancial y flotante. Muchos se dedicaban al comercio intermediario como regatones o a la soldadesca y marinería (DOMÍNGUEZ COMPAÑY, 1978, 83-84; 86-87).
En las aldeas construidas con los materiales y las técnicas locales, que fueron inicialmente todas las ciudades y villas fundadas por españoles, las condiciones no permitían desarrollar de una vez el esquema de la ciudad tradicional. Este proceso fue gradual y lento. Pero por lo menos un bohío se asignaba para el culto católico y otro para la casa del cabildo. La recurrencia con que en los documentos presentados sobre la vivienda colonial, especialmente durante los siglos XVI y XVII, se habla de que la iglesia era de paja, demuestra que si para esto, en que un pueblo tan católico como el español cifraba lo mas preciado, esa era la situación, no debe esperarse que fuera mejor lo relacionado con los servicios civiles.
El estado precario en que transcurría la vida en los incipientes poblados americanos fundados por los españoles, ha sido reconstruido en forma adecuada por un especialista (DOMÍNGUEZ COMPAÑY, 1978).
En general, los autores señalan el papel secundario de las construcciones civiles respecto a las religiosas. De las primeras, apenas aquellas que tenían que ver con los recursos fiscales (aduanas, casas de moneda) recibían mejor tratamiento (BAYÓN, 1974, 11; WEIS, 1980, 137-141). Desde luego, su numero fue reducido.
En cambio, había cabildo en toda aglomeración humana que tenía la denominación de ciudad o villa, aunque no fuera en un edificio construido exprofeso, sino alquilado.
SERVICIOS PÚBLICOS:
Acequias, acueductos, pilas, fuentes.
En esto como en todo se apeló a la mano de obra indígena: en Cali se dieron al procurador en 1578 algunos mitayos para la limpieza de la acequia que abastecía la ciudad (ARBOLEDA, 1928, 50).
El cabildo de Quito aprobó en 1596 que los encomenderos suministraran indios para la acequia que surtía a la ciudad (PÉREZ, 1947, 259.260), y en 1602 para repararla, pues había sido dañada por derrumbes; en este caso los indios procedían de Otavalo (Ibíd., 260-261). Asimismo en 1610 se dispuso echar mano del mismo expediente para hacer fuentes en San Marcos y la carnicería de la ciudad del Pichincha (Ibíd., 262).
Muchos de los servicios urbanos que actualmente se consideran indispensables, se establecieron tardíamente en el área del presente estudio, como reflejo de lo que ocurría en la metrópoli, donde las fuentes públicas hicieron su aparición hacia 1628 (GARCÍA Y BELLIDO et al, 1968, 208-209). Da recomendaciones sobre esto un tratadista de fines del XVIII: Agradable divertimiento es el sonoro bullir de las aguas, si no ocasionara continuo cuidado su perenne fatiga (LORENZO DE SAN NICOLÁS, 1796, 450, 450-454).
Si el agua se podía poner por gravedad, se hacían las tomas, acequias y depósitos necesarios: si no, para eso había la mano de obra indígena que traía el agua en vasijas desde la fuente más cercana. El agua para la plaza de Caracas no se había puesto en 1586; los indios traíanla con gran trabajo (TROCONIS DE VERACOECHEA, 1969, 82). Posteriormente se hicieron allí tanques de barro y piedra para almacenar agua y acequias para repartirla (ARCILA Y FARÍAS, 1961, I, 12-13),
El verdadero acueducto, con agua conducida en canales o tubos, y la pila que concentraba el líquido en un punto adecuado del área urbana, se hicieron en algunas ciudades importantes, como Tunja (la mayor del Nuevo Reino en los siglos XVI y en gran parte del XVII), a costa de grandes esfuerzos y en época muy avanzada. Como el agua de la fuente que llegaba hasta el casco urbano, por correr destapada hasta cerca de la cañería, viene a veces sucia y se bebe poco de ella, se tenía que traer de otra fuente, cargada en bestias e indios de servicio (RGNG, 341, 347). No había agua, pero existían entonces tres conventos y seis templos.
En Bogotá se destaca como una de las actuaciones mas importantes del oidor licenciado Alonso Pérez de Salazar, haber mandado a hacer la pila de agua en 1586 (RODRÍGUEZ FREILE, 1984, 175 y nota 179). El virrey Solís dio al servicio el 30 de mayo de 1757 el Agua Nueva tomada del Boquerón y llevada hasta una pila en la plaza mayor (ORTIZ, S. E., 1970, IV, 2: 69-70). El virrey Mendinueta a su vez (1797-1803) proveyó el occidente de la ciudad de agua tomada del río Arzobispo (Ibíd., 420). Fue notable la apatía española para la dotación de este indispensable elemento (MOLLIEN, 1944, 176, 179).
Caso similar es el de Cartagena. Fue más que centenario el proceso para dotarla de agua corriente, a partir de las quebradas de Turbaco, empezado por Martín de las Alas durante su gobierno 1567-1570 (BORREGO PLA, 1983, 270). En 1575 el agua se vendía en botijas peruleras y el cabildo fijó los precios (Ibíd., 499). Se hizo una ordenanza para cobrar sisa sobre el agua del arroyo de Turbaco (Ibíd., 512-514). A principios del XVII por la deficiente calidad del líquido, a veces se traía en pipas desde Portobelo (SIMÓN, 1981-1982, VI, 505). En la primera mitad del siglo XVIII los navíos que aportaban allí se veían precisados a proveerse del agua gruesa de pozos del arrabal de Jejemaní (Getsemaní) (JUAN y ULLOA, 1983, I, 8-9). Todavía a mediados del siglo XIX un escritor decía que mientras el gobierno español había gastado millones en construir las murallas y las fortificaciones, la ciudad carecía de los servicios indispensables (CAMACHO ROLDÁN, 1923, 152).
Juan Bermúdez de Castro, gobernador de Popayán 1628-1630, puso agua en esa capital (PADILLA et al, 1977, 365). El acueducto público sólo se construyó hacia 1766 por iniciativa del potentado Pedro Agustín de Valencia (OLANO, 1910, 111).
En Quito, el suministro de agua, seguro y eficiente en tiempo de los incas, fue siempre precario durante la dominación española (J. CAAMAÑO, 1936, I, 296-297). Eran malas las aguas antes de que se encañaran las del río San Francisco (VARGAS, 1967, 25-26).
El gobernador de Antioquia Diego Radillo de Arce (1679- 1685) hizo el acueducto de Santa Fe de Antioquia (ORTIZ, 1966, III, XXX, 216; RESTREPO SÁENZ, 1944, 140) a partir del río Tonusco.
En Trinidad bajo el gobernador Chacón en 1787, se dotó a Puerto España de agua procedente del río Santa Ana (BORDE, 1882, II, 195).
Casas de ayuntamiento.
Hubo descuido en esto. Muchas ciudades, aun importantes, no construyeron ex-profeso casas de cabildo y cárceles sino en época tardía. En Cubagua, aunque las casas capitulares se empezaron a construir, no se terminaron nunca, y ya en 1537 las paredes estaban para caerse (OTTE, op. cit., 305). En 1568 se compraron en Cartagena las casas particulares del tesorero Alonso de Saavedra para aquella destinación, pues no las había hasta entonces (BORREGO, op. cit., 13-14 308, 311).
Palacios virreinales.
Para el de Santa Fe hizo un plano que nunca se ejecutó en 1780 el ingeniero Juan Jiménez Donozo (ARBELÁEZ y SEBASTIÁN, op. cit., 54). Los fundadores de Santa Fe omitieron dejar espacios para edificios y servicios públicos, Audiencia, cabildo, ejido y propios. Por eso en 1555 hubo que aplicar para la Audiencia la casa del escribano e historiador Juan Bautista Sardela, acusado de desfalco de cinco mil pesos (MARTÍNEZ, 1973, 73-76).
Edificios para usos diversos.
Las instalaciones pasadas en revista eran las indispensables que teóricamente existían en todos los centros urbanos.
Hubo otras especializadas, que sólo existieron en lugares determinados, debido a situaciones sui generis, condicionados por factores especiales. Tales fueron: casas de moneda; almacenes o depósitos; fábricas de aguardiente y tabacos; astilleros o atarazanas; otras. Sólo se mencionarán las principales, por no tratarse propiamente de viviendas.
Casas de moneda.
El Nuevo Reino fue zona aurífera, Pronto se impuso la necesidad de construir casa de moneda para la acuñación; pero la evolución de la idea fue lenta. Inicialmente funcionó en Cartagena, acuñando plata del Perú, porque el oro tomado a los indígenas se había agotado (LUCENA SALMORAL, 1967, II, 115-116). Fue trasladada a Bogotá, donde empezó a funcionar el 30 de abril de 1627 (Ibíd., 1965, I, 367, 376). El edificio en Bogotá fue reconstruido entre 1753 y 1756 (ORTIZ, S. E., 1970, IV, 2:54-57; BARRICA VILLALBA, 1969, II, 26).
En el occidente hubo desde los principios la de Cali-Popayán.
En 1749 se le dio autorización a Pedro Agustín de Valencia para construir una en la capital de la gobernación; pero fue incorporada al real patrimonio en 1768 a menos precio del original (OLANO, op. cit., 98-99).
Datos más detallados sobre casas de moneda se darán en un volumen dedicado al comercio.
Almacenes o depósitos.
Por lo general estaban en puertos. Los hubo en Cartagena y en el istmo. Las bodegas de Cruces servían para acopiar la carga en el camino transístmico (JUAN y ULLOA, 1983, I, 162). El almacén de galeras de Cartagena se organizó en 1587, comprando una casa particular (BORREGO, op. cit., 15).
Aduanas y muelles.
No son claros la época y el sitio en que se hizo la primera Aduana de Cartagena (BORREGO, op. cit., 14-15).
El segundo muelle de la misma ciudad se terminó en 1562 (Ibíd., 22-23).
La casa de Aduana de Caracas no se pudo reparar hasta la época de la Independencia (MARCO DORTA, 1981, 71).
Sobre este acápite y el anterior se darán más datos en los volúmenes dedicados al comercio y a vías, transportes y comunicaciones.
Fábricas de aguardiente y tabaco.
Ambas se construyeron ya en el siglo XVIII, cuando se impusieron los monopolios respectivos. Una arquitectura especial parece haberse diseñado para este tipo de construcción industrial.
En Candelaria, del Valle del Cauca, hubo una fábrica de tabacos, y otra en Ambalema.
Fábricas de pólvora.
El virrey Messía (1761-1772), hizo instalar en el sector de Vitelma de la capital unos molinos de pólvora con almacénn (ORTIZ, 1970, IV, 2: 152). Gil y Lemos acabó con las instalaciones en 1789 por improductivas (Ibíd., 338).
Astilleros o atarazanas.
El más importante del área fue el de Guayaquil (JUAN y ULLOA, 1983, I, 57-58; 64.66). Barcos se construyeron en menor escala en Cartagena y en Panamá (Ibíd., 5).
Embarcaciones pequeñas se hacían en Atacames, costa ecuatoriana, y Realejo en Nicaragua.
Maestranzas.
La más importante, ya fuera del área de este estudio, estuvo en El Callao. De lo desprovista y desorganizada hablan autores del siglo XVIII (JUAN y ULLOA, 1983, I, 82-83).
Ingeniería sanitaria.
Peor ocurrió con los servicios sanitarios. Aun en las ciudades importantes, como la capital del virreinato, no hubo alcantarillas en el período colonial.
Esto lo heredó la república. En 1854 el visitante Isaac Holton habla de la suciedad de las calles, donde se echaban todos los desperdicios (HOLTON, 1857, 152, 157; CANÉ, 1907, 139).
Esto, cuando los españoles estuvieron sometidos a la dominación romana. Como es sabido, en Roma existían por lo menos los carros para remover las inmundicias, y en un momento la Cloaca Máxima.
Aun las ciudades incaicas, como el Cuzco, que en la época de los peruanos era limpia, durante el dominio español fue todo lo contrario; su río, lleno de inmundicias y bascosidades (CIEZA, 1880, 139).
Empedrado de calles.
Durante el período colonial y en gran parte del republicano, el estado de las calles era deplorable. Un virrey de la Nueva Granada que no se individualiza, decía que había en Bogotá 4 agentes de limpieza: los gallinazos, la lluvia, burros y cerdos (MOLLIEN, 1944, 188). Esto es tradición española. En la misma capital del imperio era raro el empedrado y sólo en 1658 se empedraron la plaza del Palacio Real y la subida al Retiro. En el segundo tercio del siglo XVII el concejo de Madrid inició el empedrado de calles y aceras con losas, pagado por los dueños de predios, todo excepcional (DELEITO Y PIÑUELA, 1968, 127, 141).
El cabildo de Caracas ordenó en 1591 empedrar las calles y en 1593 cubrir las acequias, órdenes repetidas en 1603; pero sólo en 1711-1714, durante el ejercicio del gobernador Agustín de Cañas, esto tuvo cumplido efecto (ARCILA FARIAS, 1961, I, 66-67; 37; OVIEDO Y BARROS, 1885, II, 37).
El virrey Sebastián de Eslava mandó regar arena en las calles de Cartagena para aminorar los destrozos de las bombas enemigas en el pavimento empedrado (ORTIZ, S. E., 1970, IV, 1: 207).
En Bogotá se prohibió el arrastre de maderas procedentes de Sibaté en el centro de la ciudad y se dispuso que se descargaran en la entrada, para no desempedrar las calles (OTS, 1946, Bog. 12-13). En Tunja figura a principios del siglo XVII un tal Badillo, de oficio empedrador (SIMÓN, 1981-1982, III, 417).
En enero de 1725 se pidió al cabildo de Pasto que se prohibiera pasar ganado de Neiva a Quito por el centro de la ciudad, porque desempedraba las calles, y que se obligara a los vaqueros a voltear por otros sitios (SAÑUDO, 1940, III, 27).
Hacia 1772 se empezó a hacer el empedrado de Guayaquil (RAQUENA, op. cit., 6; 89.90). El empedrado de calles empezó a tomarse en serio ya en el período republicano (GUTIÉRREZ, 1983, 225; CANÉ, op. cit., 138).
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