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CAPÍTULO XXIV
EVOLUCIÓN DE ESTILOS Y TENDENCIAS
DURANTE EL PERÍODO COLONIAL. TRASPLANTE
TARDÍO DE INFLUENCIAS
Sin invadir el territorio de los arquitectos y diseñistas, conviene al culminar el período colonial en la investigación contenida en los capítulos anteriores, hacer un resumen sobre lo que fue la vivienda de la gente de nivel medio y de la clase baja, durante la dominación española. Como la mayoría de los que han estudiado la arquitectura en América en los últimos 30 años se han concentrado en las obras monumentales (fortalezas, iglesias, ayuntamientos, aduanas), pocos datos se conocen sobre la vivienda popular.
Una de las causas es que por el mismo carácter de las construcciones públicas, hechas en forma sólida, algunas se han preservado de manera que se facilita su estudio por los expertos. En cambio, la vivienda popular ha sido siempre más precaria, o por la calidad de los materiales usados, los más baratos, o por el desgaste de instalaciones donde por lo general vivían familias numerosas.
Unas y otras, las monumentales y las humildes, están sujetas en la faja ecuatorial a la acción de los factores climáticos, desfavorables a la preservación, como la elevada humedad atmosférica y las lluvias intensas, o por plagas que atacan la madera, principalmente comejenes y carcoma. En pocos sectores del área ecuatorial hay condiciones que faciliten la conservación de construcciones (norte de Venezuela, Guajira, cuenca del Chicamocha, algunos afluentes del Magdalena como el río Cabrera, algunos valles interandinos ecuatoriales como el alto río Mira). Esto hizo necesarias las frecuentes reparaciones y modificaciones de viviendas, proceso difícil de seguir, como no sea mediante un trabajo de laboratorio que hasta ahora nadie ha emprendido.
Aun en las condiciones más favorables de ambiente, toda casa debe ser renovada cada cierto tiempo. Los arquitectos actuales consideran que para las condiciones de Cali, en el Valle del Cauca, una vivienda de los materiales usados ahora (ladrillo, teja, cemento, hierro, madera) tiene una vida comercial útil de 15 años. (Encuesta personal con varios urbanizadores y arquitectos). La experiencia indica que con las maderas que se utilizan, por lo menos el techo debe ser renovado antes de ese límite. Pero dando de barato que todavía se pudieran obtener maderas como las que salen en las demoliciones que diariamente se están verificando, un cálculo prudente no llevaría la duración de una casa a más de tres veces el promedio, o sea 45 años.
Eso indica que prácticamente ninguna de las viviendas existentes en este momento en el área ecuatorial, data de la época colonial, sino la mayor parte del período republicano.
Hay otro factor que explica la escasez de construcciones antiguas. Al independizarse los países americanos del yugo español, lo prolongado de la lucha y los caracteres de destrucción y el antagonismo llevado a los extremos de la guerra a muerte" ocasionaron en los criollos americanos (los indígenas sobrevivientes y los negros esclavos fueron elementos pasivos o enrolados sólo de modo compulsorio en este proceso de lucha entre oligarcas), un sentimiento de repulsa a todo lo que fuera español, hasta el punto de que las relaciones diplomáticas con la madre patria no se reanudaron sino bien entrado el siglo XIX: Ecuador 1840; Venezuela 1845 y Nueva Granada en 1881 (CASTEL, 1955).
Además, durante las campañas, algunos líderes (Miranda, Bolívar, etc.) estuvieron refugiados en otros países (Inglaterra, Francia, Estados Unidos, etc.) o en las colonias de algunos de ellos (Jamaica, Haití, Curazao). Empezó, pues,desde el mismo período de la lucha (1810-1824), una recepción de influencias culturales diferentes de las españolas, influencias que se hicieron más fuertes al culminar las campañas libertadoras. Por ejemplo, el coronel Hamilton Potter vino en 1824 a la Nueva Granada para tratar de establecer lazos diplomáticos con la naciente república, y de allí en adelante se convirtió casi como en una constante la avidez por recibir nuevos valores culturales de afuera, distintos de los españoles.
Esto debió reflejarse en la vivienda y en las costumbres, pero sólo en forma tardía, por la inercia tradicional, como se vera en los capítulos siguientes.
Durante el régimen colonial español, la misma metrópoli estuvo sujeta a influencias foráneas. Todos los autores, aun los más recalcitrantes, convienen en que en España no se generaron estilos propios. Todo se trajo de fuera. Sin hablar de los romanos y otros invasores antiguos, baste mencionar la arquitectura gótica; la influencia de los árabes y ya obtenida la unidad de la nación española con los Reyes Católicos en su tiempo se verificó la llegada del Renacimiento, con la introducción de la imprenta y de influencias artísticas de todo tipo. Este proceso fue haciéndose más intenso en los siglos siguientes, para culminar con la entrega total en el XVIII durante los Borbones, cuando se pensaba y se sentía en francés en los altos círculos. Aunque el genio español introdujo toques propios en todos los estilos recibidos, y las artes populares preservaron sus características tradicionales, de todos modos predominó la influencia extranjera.
En las colonias se seguía, aunque con una diferencia que alguno ha calculado de un siglo (BUSCHIAZZO, 1944, 66), la orientación metropolitana. Esto trajo como consecuencia (ahora se dice así), un desfase cronológico y la pervivencia de modos y estilos ya suplantados en la metrópoli.
La lentitud para construir edificios de gran magnitud como catedrales, ayuntamientos, hospitales y otros, permitía sustituciones y modificaciones, porque pocas veces el mismo arquitecto o maestro de obra duraba al frente de los trabajos el tiempo suficiente para imprimir unidad conceptual a las construcciones. Este proceso ha sido seguido en varias obras por los especialistas en la historia de la arquitectura.
Los nuevos arquitectos que llegaban, querían a su vez introducir modificaciones.
Por otra parte, fueron frecuentes las intromisiones de los virreyes y altos funcionarios, en el sentido de que las obras se sujetaran, no digamos a sus criterios, sino a sus caprichos. De esto hay varios ejemplos. En la construcción de las murallas de Cartagena el virrey Villalonga pretendía imponer su propia opinión, sin tener en cuenta los dictámenes del ingeniero Juan de Herrera y Sotomayor (MARCHENA FERNÁNDEZ, 1982, 218-219).
En Cuba ocurrió que el gobernador Diego de Mazaniegos (1556-1565), discrepó del ingeniero constructor de la fortaleza de La Habana y obtuvo su relevo (WEIS, 1980, 16-17). A su vez el gobernador Juan de Tejada (1589-1594) que llegó con el célebre ingeniero Bautista Antonelli, encargado de dirigir la construcción de mejoras en la fortaleza, discrepó de éste; historia que se repitió con el gobernador entrante Juan Maldonado Barnuevo (1594-1602) (Ibíd., 18, 40).
Por supuesto que este proceso afectaba más a las obras grandes, y poco a las casas populares, a las cuales la pobreza de sus dueños las defendía de modificaciones.
Hay que añadir un rasgo español que es el poco apego a la ortodoxia y a la rigidez cadavérica, aunque el fundador de los propugnadores de esa consigna haya sido español. Esta característica se heredó en América. En arquitectura tampoco se hizo una imitación servil, sino lo que un autorizado especialista llama informalidad en diseños y en teorías (GUTIÉRREZ, 1983, 345). Baste mencionar como, dentro de la aparente uniformidad estilística impuesta por influencia española, se han detectado variaciones no sólo nacionales, sino provinciales y locales.
En América del Sur no hubo iglesias-fortalezas como en Méjico, y en lo que fue la Nueva Granada la influencia mudéjar se manifestó más fuerte y constante que en los demás países, incluyendo los vecinos de la antigua capitanía general de Venezuela y el reino de Quito.
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