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CAPÍTULO XXVI
EVOLUCIÓN DE LA VIVIENDA
EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX.
NUEVAS TENDENCIAS Y ESTILOS.
POLICÍA URBANA
Es exagerada la afirmación de que después de 1800, con el advenimiento de las nuevas repúblicas americanas, hubo adopción de cualesquiera influencias arquitectónicas por la nueva clase dirigente (MARTÍNEZ FEDUCHI, 1965, X; ARBELÁEZ y SEBASTIÁN, 1967 (4), 230). No, por lo menos durante más de medio siglo, y eso en obras grandes, pero no en la casa familiar.
Es ilusorio pensar que el pronunciamiento de la independencia en 1810 trajera automáticamente el cambio de las estructuras socio-políticas predominantes. Al contrario, los estudiosos de la realidad colombiana han sostenido que la configuración del Estado y las costumbres públicas y privadas continuaron sin mayores cambios. Costó mucho esfuerzo a gobernantes de mente amplia, como Mosquera y José Hilario López, hacer aprobar reformas primero y ponerlas en ejecución después.
Dos de ellas, la desamortización de bienes de manos muertas y la supresión del monopolio del tabaco, ambos heredados de la colonia, desencadenaron varios movimientos renovadores en la sociedad colombiana. Con el ensanche del cultivo del tabaco en Ambalema, se produjeron simultáneamente fenómenos conexos, como el principio de la colonización de las tierras cálidas; el mayor consumo de carne, por la siembra de pastos artificiales; mejor sistema de vida y aumento de las comodidades. La vivienda cobró impulso, porque se pudieron adquirir terrenos que estaban congelados en capellanías y otras obras pías, comprar materiales, y la circulación de moneda permitía la adquisición de otros servicios (CAMACHO ROLDÁN, 1923, 119-121, 123).
No menos importante fue la manumisión de los esclavos, porque muchos abandonaron las casas de sus antiguos señores y se establecieron por su cuenta.
La construcción de la vivienda se sujeta por lo general a cánones tradicionales. Es lo que más lentamente varía.
Como prueba de que en el decenio 1820-1830, después de la batalla de Boyacá, poco o nada cambió en las costumbres tradicionales, se pueden citar observaciones de viajeros que estuvieron en el país en esa época. Uno de ellos fue el químico y agrónomo francés de origen alsaciano Juan Bautista Boussingault, quien permaneció cerca de diez años recorriendo la Gran Colombia. En Caracas, todavía sin reponerse del terremoto de 1812, no había nada de notable (BOUSSINGAULT, 1985, II, 13-16). En Bogotá las casas de un piso, de adobe y teja, eran de estilo morisco. En la periferia vivían los indios en ranchos de paja similares a los prehispánicos (Ibíd., III, 37-38; 52). Igual cosa ocurría en el pueblo de Chipaque (Ibíd., 133). En el centro minero de Riosucio las casas eran de bahareque techadas de palma (Ibíd., IV, 34). La casa del señor de La Roche en Cartago era de un solo piso, con adobe y teja y piezas muy amplias (Ibíd., III, 83). En Nóvita las casas eran de guadua con techos de paja (Ibíd., 119). Los ranchos de los indios chamíes de Chamí eran del tipo circular con una puerta pequeña y un agujero en el techo para desfogue del humo (Ibíd., 141). Habían precedido a Boussingault en 1823 el viajero francés Teodoro Mollien, quien ha dejado una visión bastante fiel de la realidad, cuando no había terminado la guerra magna (MOLLIEN, 1944) y el coronel inglés Cochrane, que viajó en 1823-1824 (COCHRANE, 1825).
Otro viajero que recorrió parte de la Nueva Granada en 1824 fue el coronel Hamilton, que venía con el propósito de representar a su nación la Gran Bretaña y establecer relaciones con el primer gobierno republicano. El Espinal estaba en vías de reconstrucción por haber sido quemado por los españoles en 1816 (HAMILTON, 1955, I, 154). En Cartago el carpintero usaba clavos de madera de granadillo (Ibíd., II, 103). Las casas del Valle del Cauca eran de aspecto decoroso y cómodo. Las de Buga eran de un solo piso (Ibíd., II, 71-72; 87).
El geógrafo venezolano Montenegro en su tratado publicado entre 1833-1837, dice de Bogotá: Los edificios son de adobes; bajos o de un solo alto por temor a los temblores que se experimentan; cubiertos de teja y blanqueados externamente, de mala arquitectura por lo común, y gran parte con puertas y ventanas muy pequeñas, y estas con rejas de madera, lo cual se va corrigiendo por haberse introducido el buen gusto (?) para edificar y también para el moblaje de la casa, que antes era muy sencillo (MONTENEGRO: VERGARA Y VELASCO, 1974, III, 1136).
De la década 1850-1860, justamente cuando se produjeron las reformas de más profundo efecto, como la manumisión de esclavos, hay igualmente testimonios fidedignos (RIVAS, 1899, 161-162).
El más importante, por abarcar todo el sector oriental y más poblado en esa época, es el de Manuel Ancízar. En Ubate halló casas feas y toscas, sin las mínimas comodidades para el alojamiento de huéspedes (1956, 26, 27-29). Las del cantón de Vélez eran bajas de techo, ventanas reducidas a 1 metro de altura y pavimento esterado (Ibíd., 117-118). En Zapatoca, en la casa donde se alojó, la sala daba a la calle (Ibíd., 162). En Charalá las casas eran bajas y húmedas (Ibíd., 188). En general, poblaciones mal situadas vivían extenuadas y llamadas a perecer (Ibíd., 166).
En 1854 recorrió el país en varios sentidos el botánico estadounidense Isaac Holton. Describe la casa en que vivió en Bogotá y presenta el plano (HOLTON, 1857, 138-140). Consigna que de Fusagasugá a Ibagué casi todas las casas que vio tenían piso de tierra (Ibíd., 324). En la hacienda de los Pereira Gamba en Tolima había piso de cemento, como una excepción, pues los de tierra no pueden tenerse limpios (Ibíd., 340). Vio hacer una casa de tapia en Cartago (Ibíd., 375). No había entonces casas enclaustradas entre Cartago y Tuluá (Ibíd., 458). Las paredes por lo general eran de bahareque y barro (Ibíd., 464). La casa de Mr. Byrne, un escocés que vivía cerca de Cerrito, estaba pintada, cosa extraordinaria (Ibíd., 512). [Fig. 15].
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Casa claustrada.
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Fig. 15. Plano de la casa que habitó en Bogotá en 1854 el botánico Estadounidense Isaac Holton (HOLTON, 1981, Pág. 145).
1. Zaguán
10 y 11. Piezas del dueño
II. Corredor
12. Corredor al segundo patio
3. Sala
XIII. Corredor de atrás
4. Dormitorio
14. Estudio
5. Tienda
15. Despensa
6. Comedor
16. Cocina
7. Pieza del servicio
17. Corredor al tercer piso
8. Pieza de huéspedes
XVIII. Cobertizo para los caballos.
9. Dormitorio de los dueños
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A mediados del siglo XIX, el economista Camacho Roldán registra que por el aumento del precio de la propiedad raíz (y esto es consecuencia del incremento en la población), se empezaron a construir casas más lujosas que las tradicionales y hubo también una tendencia paralela de cambio en los vestidos (CAMACHO ROLDÁN, 1893, II, 349, 358-359). En sus memorias de la época, este mismo autor indica cuatro causas para el incremento de las construcciones: aumento de la población; evolución natural del gusto; reducción de censos y desamortización de manos muertas, que puso predios en circulación; existencia de papel moneda y temor de devaluación (CAMACHO ROLDÁN, 1923, 123). Describe el diseño y las características de las casas comunes en Bogotá (Ibíd., 123-124). Da los precios de los materiales de construcción (Ibíd., 124). Insiste en que la redención de censos ante el tesoro nacional desencadenó mejoras en la construcción (Ibíd., 242-244).
En 1853 se registró el aumento de salarios, propiedades y víveres (cifras) (ARBOLEDA, 1930, III, 365). También aumentaron el comercio y las exportaciones por Buenaventura (Ibíd., 438).
En 1858, el escritor Juan de Dios Restrepo consignaba que durante los cuatro años y medio anteriores, se venían experimentando modificaciones en la construcción y en otras actividades en Bogotá, como consecuencia de influencias exteriores en el gusto. No da descripciones; se limita a indicar que la vieja costumbre de ocultar bajo fachadas modestas viviendas llenas de lujos en el interior, iba dando paso a frontispicios elegantes. Todos los días se edifican, se compran y se venden casas que valen 20, 25 y 30 mil pesos; se ha prolongado la calle real. Habla del comercio activo y del lujo en el mobiliario (KASTOS, 1972, 285-286).
En 1856 construcciones más ligeras empiezan a reemplazar a las coloniales en Bogotá; pero aumentan los incendios (ARBOLEDA, 1933, IV, 508). Las primeras casas modernas de la capital fueron las de Juan Manuel y Manuel Antonio Arrubla (CAMACHO ROLDÁN, 1923, 92).
Para Antioquia y el Valle, de 1882 queda el testimonio del viajero alemán Schenck, quien se admiró del uso extensivo de la guadua en las viviendas caucanas. En Cartago estaban vacías muchas casas del tiempo colonial y deterioradas como la que habitó, con el techo caído y llena de murciélagos (SCHENCK, 1953, 51). No fue mejor su impresión sobre Cali (Ibíd., 56-57). Ibagué en cambio se distinguía por sus casas limpias y sus calles y plazas bien cuidadas (Ibíd., 62). Más o menos de la misma época es la observación del viajero argentino Miguel Cané, uno de los más benignos con la situación de los países de la antigua Gran Colombia. La cortesía del huésped bien recibido no le impidió consignar que las construcciones en Caracas eran precarias, especialmente a causa de los temblores (CANÉ, 1907, 14, 18); que Barranquilla, en ese tiempo de unos 20.000 habitantes, por la mayor parte tenía casas de paja, de lo que en la tierra llamamos ranchos (Ibíd., 42-43); Bogotá tenía calles estrechas con pavimento de piedra sin pulir; era eminentemente sucia por los caños que a veces se represaban; casas bajas de puertas enormes; de feo aspecto aunque en su interior bien amobladas, aun con lujo; hoteles deplorables (Ibíd., 138-140, 159, 173). No había como en Caracas paseos amplios, y toda la vida social colectiva se desarrollaba en el altozano (Ibíd., 143, 150-153). La población aumentaba sin que la edificación progresara en proporción. La gente pobre vivía en casas miserables (Ibíd., 144). Se salvaban algunas iglesias (Ibíd., 145-147). El capitolio, empezado hacía 10 años, se creía que no se concluiría jamás (Ibíd., 147-148).
Otra localidad colombiana de entonces, Colón en el istmo, era hacinamiento de casas sin orden ni plan, de costumbres repulsivas (Ibíd., 282).
En Antioquia por esta época las casas eran de construcción mezquina, escuetas en su mayor parte, pajizas y de dimensiones reducidas (URIBE ÁNGEL, 1885, 516).
A finales del siglo XIX el geógrafo Vergara y Velasco recorrió el país de un extremo a otro y consigna datos sobre la vivienda. En el Magdalena central continuaban siendo chozas de los escasos habitantes, formadas invariablemente de postes, guadua y paja, sin puertas ni ventanas, sin más ajuar que tres piedras, que sirven para poner la olla al fuego, algunas hamacas y anzuelos, una cerbatana, una escopeta y la indispensable canoa para surcar el río (VERGARA Y VELASCO, 1974, II, 571). En Leiva había casas de teja mal construidas (Ibíd., 690). Da una visión de la fisonomía y viviendas de Bogotá: ya casi del todo ha perdido el aspecto mozárabe, monástico y medieval que la distinguía cuando era la tranquila Corte de los Virreyes, y aún no ha adquirido fisonomía característica dentro del giro de los tiempos modernos.
Todavía las casas son sendas viviendas de una sola familia, con patios, jardines melancólicos y aun sombríos, rodeados de habitaciones y con huertas al respaldo; todavía una buena parte de la gente pobre vive amontonada en tiendas, que principalmente son los bajos delanteros de las casa altas, fucos de inmundicia una vez que se las dejó subsistir después de suprimir los arroyos de las calles convertidos en sui generis alcantarillas. En ella contrastan lo antiguo y lo moderno; las huellas de antaño y los preludios de ogaño; las calles anchas y rectas y las callejuelas y vericuetos; el lujo y la mugre; el aseo de unos lugares y los muladares que rodean el lugar y casi lo atraviesan por las orillas de los cauces de los nos que lo cruzaron en otros tiempos; de suerte que como no ha alcanzado y definido su mayor edad, su aspecto es prosaico y común (...). Al Sur, Occidente y Norte ese centro está rodeado por la parte más prosaica de la ciudad, con la única diferencia de que al Sur predominan las construcciones antiguas; al W, los edificios en lo general son modernos, y el comercio y el tráfico se dejan sentir de un modo creciente, debido a las estaciones de ferrocarril y al Norte prevalece un término medio, una especie de barrio de rentistas, animado por la concurrencia, que por sus arterias centrales pasa a los Cementerios, al Parque de San Diego o a Chapinero; entre estos dos lugares hay una verdadera avenida de hermosas quintas.
Al contrario, al Oriente, es decir, en la parte alta, donde predominan las callejuelas y encrucijadas, se encuentran mezcladas las casas antiguas y modernas, y por último termina en centenares de viviendas de pobres u obreros, ya sueltas, ya reunidas en grupos; ora aseadas, ora inmundas, pero formando vericuetos cuya existencia ni aun sospecha la gente de las otras partes: tan poca es la movilidad de los bogotanos, o tan dominante en ellos el hábito de no recorrer sino unos mismos lugares (Ibíd., 730-731; SAMPER, 1925, I, 148-149).
Edificios públicos.
Característica diferencial de la República respecto a la Colonia, es el predominio de la arquitectura civil respecto a la religiosa y a la militar, estas últimas más cultivadas durante la dominación española. Constituidas las nuevas repúblicas, hubo afán de afirmar la nacionalidad con monumentos que definieran la identidad cultural y política ante las demás naciones.
El arquitecto Thomas Reed de la isla de Santa Cruz en las Antillas menores llegó a Bogotá en 1845, habiendo marchado a Quito unos 10 años después (CAMACHO ROLDÁN, 1923, 92). En 1846 el congreso autorizó la construcción de un edificio nacional y contrató a Reed para que hiciera los planos. Estos quedaron terminados en 1847, y la construcción se inicio el mismo año por el arquitecto Juan Manuel Arrubla, quien ya había demostrado su idoneidad en obras como el palacio de San Carlos (ARBOLEDA, 1919, II, 252-253; 330-331). Los trabajos de cimientos y techo del llamado después capitolio, se terminaron en 1851 (Ibíd., 331). La obra se paralizó entonces para ser reanudada veinte años más tarde (GUTIÉRREZ, 1983, 376).
Es digno de advertirse que Reed dictó en Bogotá en 1847 un curso de arquitectura (RERTREPO, J. M., 1963, II, 63-64).
Reed presentó el 22 de octubre de 1851 los planos de una penitenciaría (ARBOLEDA, 1930, III, 216), y en 1853 construyó el edificio de la Sociedad Filarmónica (Ibíd., 366). El mismo arquitecto construyó el Banco de Bogotá y los puentes de Apulo (GUTIÉRREZ, op. cit., 376).
En 1856 Arrubla construyó la primera plaza de mercado de Bogotá (ARBOLEDA, 1933, IV, 508).
Posadas y hoteles.
Por estar relacionado este asunto con los transportes y comunicaciones, se tratará en el volumen III de esta historia de la cultura material.
Cementerios.
La Iglesia no se resignó del todo a perder esta zona de influencia. El cura rector de la catedral de Popayán Mariano de Grijalba se opuso al naturalista Tomás Antonio de Quijano, quien conceptuaba contra la idea de situar el cementerio en la parte baja de la población; el criterio del religioso predominó, con deplorables consecuencias para la salud pública, hasta 1847 en que se dio al servicio un nuevo cementerio hecho con criterio más racional (OLANO, 1910, 149-150, citando a Antonio Valencia: Informe relativo al cementerio, 1895).
En 1823 había pocas ciudades con cementerios en la Nueva Granada; los entierros se hacían en las iglesias (MOLLIEN, 1944, 355). En dicho año se construyó en el sector de Manga en Cartagena un nuevo cementerio fuera del perímetro urbano colonial (LEMAITRE, 1983, IV, 30). En 1835 por disposición oficial se cedió una fanegada en las tierras comunales de cada distrito, para cementerios civiles de extranjeros no católicos (RESTREPO, J. M., 1952, I, 76).
La secularización de cementerios tuvo altibajos durante el período republicano. El cementerio público laico se impuso en 1837 (ARBOLEDA, 1918, I, 305).
Los cementerios en Venezuela hacia mediados del siglo XIX, con excepción del de Maracaibo, eran de cercas de palo a pique, más o menos organizados para impedir la entrada de animales (IRIBARREN, 1960, 103).
Sólo en los últimos años se han empezado a construir los jardines del recuerdo e instalaciones con nombres igualmente despistadores, organizadas sobre la base de inversiones en tierras por entidades comerciales, y que han impuesto un nuevo modo de morir (CASTILLO, 1977, 42).
Alumbrado público.
En 1844 monseñor Sayo, encargado de negocios pontificios ante el gobierno colombiano, introdujo a Bogotá el sistema de reverbero para el alumbrado público, en reemplazo de los faroles con vela de sebo (ARBOLEDA, 1919, II, 193). En noviembre de 1848 se inició el alumbrado con faroles de petróleo, en vez de velas de sebo (Ibíd., 402).
Hacia junio de 1852 quedó establecido, después de varios ensayos, el alumbrado de gas en las calles centrales de Bogotá (ARBOLEDA, 1930, III, 349). Pero todavía en 1855 el sistema de reverberos no había desaparecido del todo (Ibíd., 1933, IV, 248).
La iluminación eléctrica dio tímidos pasos en varias ciudades en el primer cuarto del siglo XX. En 1906 había una pequeña planta eléctrica de la curia en Pasto (MARTÍNEZ DELGADO, 1970, X, 1: 444). Con motivo del Concurso Agrícola e Industrial celebrado en Bogotá en 1907, se inauguró la iluminación eléctrica de la Avenida de la República en un kilómetro de extensión, y la iluminación veneciana de la Avenida de Colón (VESGA y ÁVILA, 1907, 14-16; 16-17).
Recreación pública.
En 1841 el gobernador de Bogotá coronel Alfonso Acevedo, arregló con maleantes y presos, las arboledas de La Capuchina y San Victorino, convirtiéndolas en paseos (ARBOLEDA, 1919, II, 52).
En cuanto a espectáculos públicos y juegos, en 1847 empezaron siempre en Bogotá, ciudad que daba la tónica en todo el país las carreras de caballos al estilo inglés, con animales árabes importados por Enrique París (ARBOLEDA, Vol. cit., 337).
La tradicional afición a las riñas de gallos, heredada de la Colonia, tuvo un estímulo cuando el 1° de febrero de 1852 se inauguró en la capital una buena gallera (ARBOLEDA, 1930, III, 349). No obstante en 1859 la Plaza de la Concepción se utilizaba como circo de gallos (Ibíd., 1935, V, 539).
Todo lo relativo a juegos, deportes, diversiones y fiestas, motivo de una obra especial en preparación.
Teatros y otros espectáculos.
Lo relativo a este tema en Colombia lo puede hallar el interesado en una obra especializada (WATSON y REYES, 1978).
Hacia mediados del siglo
XIX
había en Georgetown, Guayana Inglesa, un teatro construido en 1828 y otro posterior; ambos eran poco frecuentados. Existía también hipódromo, pero sólo había una temporada a mediados del año. En una carrera asistieron como espectadores entre 10 y 12.000 negros. Las peleas de gallos estaban prohibidas (SCHOMBURGK, 1922,
I
, 31, 49-50).
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