Historia dela Cultura Material en la América Equinoccial
(Tomo 2)
Vivienda y Menaje
Víctor Manuel Patiño
© Derechos Reservadosde Autor

CAPÍTULO XXXV 

OBJETOS PARA EMBELLECIMIENTO,

RECREACIÓN Y SOLAZ  

 

Para no salirse del tema de la presente obra, solamente se considerarán aquí los objetos desplegados dentro de la casa o en sus contornos, y que no invaden el espacio público.

Aunque algunos de esos objetos tengan fines utilitarios, el hombre los ha diseñado y ejecutado para que simultáneamente den pábulo a dos tendencias muy fuertes en el espíritu humano: la elación estética, y la expresión simbólica de recónditos complejos fetichísticos. En los relicarios medioevales es frecuente la cubierta a dos aguas, simulando una casa; en las bodas se regalaban arquetas como representación del lar o de la familia (BONET CORREA, op. cit., 285).

Una subdivisión tentativa servirá para sistematizar la exposición:

1)     Elementos para enlucir o adornar techos, paredes y pilares: artesonados, tallas; colgaduras, ménsulas, tapices, cortinas; trofeos; jaulas; cuadros.

2)     Objetos para el suelo: alfombras, tapetes.

3)     Objetos para colocar sobre muebles: espejos, jarrones, bibelots, porcelanas, estatuillas, cristales, muñecas, reloj es, marfiles, pasamanería, bronces. Rejería.

4)     Objetos para juegos, naipes, damas, ajedrez, otros.

5)       Instrumentos musicales.

 

 1- ELEMENTOS PARA ENLUCIR TECHOS, PAREDES Y PILARES.  

Los templos y casas principales de los muiscas estaban forradas de planchas de oro batido, “tan delgadas como un canto de real”, en vez del yeso, como en Méjico; esto tanto en techos como en paredes (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 52).

La decoración medieval de los cielos rasos estaba siendo sustituida durante la época del descubrimiento, por el verdadero artesonado, o sea techo decorado con artesones o casetones cuadrados o poligonales, introducidos a España, pero modificados mediante la tradición morisca. Tanto las formas antiguas como estas nuevas, se usaron de preferencia en templos y palacios, y poco o nada en viviendas modestas (BONET CORREA, op. cit., 247-270; 264-266). Esto a su vez, ocurrió en América, donde predominó el techo vano tradicional español, con el único adorno de las vigas y a veces de los canes que las sustentaban. La mayoría de las casas se hicieron con vigas redondas, rústicas, que se han conservado en algunas partes. Hubo pocos intentos de utilizar vigas aserradas y rectas en la vivienda popular.

Las techumbres talladas asimismo quedaron confinadas a los templos más lujosos, porque las capillas de indios o las iglesias de pueblos pequeños por lo general fueron de gran simplicidad.

En Sevilla a mediados del siglo XVI la gente ponía su conato en invertir en ropa de casa la mayor parte del dinero. Se trataba de recubrir todas las superficies con paños de pared, de corte, de trasmesa, de antetinaja o trastinaja; antebancas, antecamas, sobrestrados, sobremesas, delanteras de cama, bancales, cojines, alfombras y esteras (MORELL PEGUERO, 1986, 131, 139).  

 

Colgaduras.  

Paños y telas a veces ricamente adornadas se colocaban en casas reales o señoriales, o en balcones con motivo de fiestas; pero no constituían adorno cotidiano.

 

Tapices.  

Introducidos por los árabes en España, pues la escasez de muebles típica de pueblos nómadas, se compensaba con tejidos ricamente decorados que podían colgarse, descolgarse, enrollarse y transportarse fácilmente. La producción y el uso tuvieron su esplendor en el sur de España dominada por los árabes y por consiguiente, debieron ser introducidos a América. Esto pudo ocurrir — aunque no se conozcan muchos documentos sobre ello — a partir de la producción casi comercial de tapices que se hizo en época de Felipe V, en el primer cuarto del siglo XVIII (BONET CORREA, op. cit., 383-388). Es improbable que se usaran en la casa popular.

 

Papeles de colgadura.  

Papel pintado de China se importaba a Méjico (TERREROS  Y VINENT, 1923, 132).

A partir de la revolución española de 1830, los brocados y tapices para cubrir las paredes se van sustituyendo por papeles pintados (LOZOYA, 1965, 268).

El cuarto del gobernador de Popayán José Castro Correa en 1789 estaba empapelado (OLANO, 1910, 154 nota).  

Papel de colgadura se distingue en el cuadro de Ramón Torres Méndez “Interior Santafereño”. [Fig. 19].

Fig. 19. “Interior santafereño”, cuadro de Ramón Torres Méndez, 1875. Museo nacional de Bogotá. Nótese la pared revestida con papel de colgadura.  

   

Cortinas.  

Se sacaban cortinas y cortinajes a relucir en el período colonial durante las
festividades de juras de reyes.

 

Perchas, percheros o colgaderos.

Por lo general han estado en la antesala, para colocar sombreros, abrigos y otras prendas. En casas indígenas o rurales sirvieron como tales, garabatos o cornamentas.

 

Trofeos.  

El trofeo es el símbolo o la materialización de una victoria, sea en la guerra, sea en la caza. Varias tribus de la América ecuatorial — desde Abibe hasta el río Angasmayo dice Juan de Vadillo (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 171) —exhibían la cabeza de sus enemigos muertos. En el Cauca estaban puestas a lo alto de guaduas; a éstas se les abrían agujeros para que el aire ululara, completando el efecto mágico-religioso con lo que un cronista llama “música de diablos”. También las cabezas reducidas de los jíbaros amazónicos constituyen un trofeo, y el ritual para prepararlas, tal como lo ha descrito el antropólogo Karsten, no deja duda del contexto mágico que encierra.

En Turbaco, frente a las casas imponentes de los caciques, había una estacada como seto; en cada estaca se ensartaba una cabeza de enemigo “por trofeos y adornamiento de sus casas” (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 148).

Postes ceremoniales para sacrificios humanos tenían los chibchas de la Sabana de Bogotá (CASTELLANOS, 1955, IV, 187, 194). Igual ocurría en la parte norte de la misma Cordillera Oriental, por donde pasaron las fuerzas de Ambrosio Alfinger (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 18; NECTARIO MARÍA, 1959, 505).  

En el bajo Amazonas en un pueblo vieron los de Francisco de Orellana en palos hincados en tierra, cabezas de hombres por insignia (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 390), y esto lo practicaban también en el Solimoes o alto Amazonas los omaguas (RIBEIRO DE SAMPAIO, 1825, 73).

Asimismo en todas las culturas ha habido los trofeos de caza, o sea las cabezas de animales varios y cornamentas de cavicornios, conservados en la ornamentación de Europa bajo la forma de los bucráneos (SANTA MARINA, 1949, II, 39), y en la Florida las cabezas de los bisontes cuando la expedición de Hernando de Soto (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, II, 178). Todavía los testuces de toros de lidia se ven en algunas casas.

El cacique Tezoatega de Nicaragua tenía en la plaza de su conjunto de viviendas cuatro guaduas altas con cabezas de venados de los que había flechado el dueño (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, IV, 429; II, 45).

Las pieles vistosas de animales como tigres, nutrias, etc., se colgaban a veces de las paredes, aunque lo más común es que se pusieran en el suelo, a modo de alfombras.

 

Blasones.  

Escudo heráldico o de armas, de persona, linaje o ciudad (Dicc. Decor., 103).

Trofeos heráldicos esculpidos, como escudos de armas o nobiliarios fueron más o menos comunes en las viviendas burguesas, para no hablar de las señoriales, durante la dominación española.

 

Cuadros y estampas.  

El uso de pinturas enmarcadas o no, es herencia del mundo clásico. A partir de la imposición del cristianismo, predominaron las pinturas de tema religioso, herencia adoptada en América y que perdura hasta nuestros días. Llegaron en 1528-1529 a Cubagua siete imágenes de pintura (OTTE, op. cit., 484). Esto se intensificó después del concilio de Trento, que estimuló la difusión de imágenes religiosas (MORELL, PEGUERO, op. cit., 140).

El aspecto artístico no compete a la índole de esta obra. La autenticidad de muchos cuadros existentes en América es dudosa, y muy pocos expertos pueden decir si el huevo es de torcaza o de víbora.

La estampa religiosa aun sin marco, se halla en las casas más pobres actualmente. Alternan con otras de tema profano. Este tipo de adorno se hizo cada vez más extendido a partir de la invención de la imprenta, consecuencia de los procedimientos litográficos y otras técnicas de impresión que reproducen los colores (ACUÑA, 1967, 162-164).

 

Ménsulas.  

“Miembro de arquitectura que sobresale del plano en que está colocado y sirve para sostener alguna cosa” (GARCÍA SALINERO, op cit., 157 y autoridades). De allí se ha aplicado también a muebles a manera de repisas para colocar algo.

 

Jaulas y pajareras.  

Jaulas para pájaros fueron comunes a las culturas americanas y a las del Viejo Mundo. Algunas tribus mantenían aves enjauladas, para la obtención de plumas (PATIÑO, 1965-1966, 165-167). Pero el indígena americano por la especial habilidad que tenía para amansarlos, prefería los animales sueltos en la casa, incorporándolos prácticamente entre los miembros de la familia (PATIÑO, 1965-1966, 162-163).

En la época colonial se siguieron teniendo animales en jaulas dentro de las viviendas o en corredores. Tal ocurrió con los introducidos canarios (PATIÑO, 1970-71, V, 31), y con varias aves americanas de vista y canto como asomas, azulejos, toches, jilgueros, loros, guacamayos y pericos, etc. En España se ha llamado la atención de que aun aves de presa como halcones y jerifaltes se tenían en jaulas bajo techo, como el de Calixto que figura en La Celestina (LAFORA, 1950, 78).

Asimismo se tuvieron en cautividad y aun en relativa soltura, mamíferos graciosos o juguetones como titíes, cusumbies e inclusive fieras, por ejemplo tigrillos.

No hay necesidad sino de mencionar animales verdaderamente domésticos, tales como los perros y los gatos.  

 

Relojes.  

Para medir el tiempo el indígena americano por regla general tenía un sentido empírico. Observaba la marcha del sol y podía calcular por la altura del astro y de las otras estrellas la hora para regular sus actividades. En escasísimos casos hablan las fuentes de mecanismos artificiales para la medición del tiempo. Más sobre esto se dirá en la obra relativa al comercio, acápite sobre pesos y medidas.

En la obra del arquitecto López de Arenas, Carpintería de lo blanco (1633, 1727), hay un capítulo titulado “Tratado de reloxes” (LÓPEZ DE ARENAS, 1807, 155-181). Como toda innovación tecnológica, el reloj medieval llegó tardíamente a España, en el siglo XVI (LAMPÉREZ Y ROMEA, 1922, II, 847), aunque había aparecido desde el siglo anterior (LILLEY, 1957, 49-50, 57-60). Carlos V parece haber tenido debilidad por los relojes, pues en su testamento dejó mandas a los relojeros extranjeros que lo acompañaban, Janelo o Juan el Loteriano y Juan Balín (SANDOVAL, 1956, III, 558, 559). Andando el tiempo se imitaron los relojes altos llamados “abuelos” de origen inglés (MARTÍNEZ FEDUCHI, 1975, 91). El relojero inglés Thomas Halton trabajó en Madrid para el rey entre 1720-1746 en que regresó a Inglaterra, donde publicó su Introducción a la mecánica de los relojes en 1773 (MONTANÉS FONTE N LÁ, 1964, 16).

El cucú, reloj de origen alpino (Dic. Dcc.) se caracterizaba por el mecanismo para que el pájaro saliera del encierro al sonar la hora.

El cronómetro, inventado en 1764 por el inglés John Harrison, fue introducido poco después a España por el célebre marino Jorge Juan (VERNET GINÉS, 1975-1976, 124).

Cuando en 1771 se creó por Carlos III la escuela de relojería, y para ello fueron traídos los hermanos Felipe Santiago y Pedro Charot (Charost), franceses, se reconoce en la providencia respectiva que “no había hasta entonces maestros relojeros examinados y aprobados para la construcción y fábrica de relojes, piezas y cajas de que se la componen, introduciéndose y trayéndose de Inglaterra, París, Ginebra y otras partes, con grave daño de la Real Hacienda” (PÉREZ BUENO, 1942, 215).

Esta sangría de moneda para importar relojes de mesa no dejó de producirse en España y sus colonias (TERREROS Y V I NENT, 1923, 140). Eran apreciados y raros los relojes suizos de bronce (DELEITO Y PIÑUELA, 1966, 221; 237).

El reloj fue introducido a América por los españoles, que a su vez lo recibieron de los árabes (VERNET GINÉS, 1975-1976, 79). En las mansiones señoriales constituía objeto casi de lujo. En el inventario de bienes del presidente de Quito Antonio de Morga, 1636, figura un reloj a modo de torre y otro de pesas (MORGA, 1909, 162). Faltó durante el período colonial y bien avanzado el republicano, en las casas de los pobres. Algunos museos colombianos conservan ejemplares real o supuestamente pertenecientes al período colonial. Como muebles, algunos, tanto de pared como de mesa — pues de ambas maneras se usaron (TAIT, 1983, 10) — constituyeron piezas decorativas importantes.

En el Valle del Cauca debió empezar a generalizarse a partir de mediados del siglo XIX. En la poesía de Jorge Isaacs aparece mencionado dos veces (El turpial, La casa paterna). Lo relativo a los relojes públicos se estudiará en el tomo III de esta obra.

 

2 — OBJETOS PARA CUBRIR EL SUELO.

Esteras. 

El Zaque de Tunja recibió a los españoles sentado; a los pies tenía a modo de alfombra “un lecho de cuatro dedos de espartillo suelto, muy menudo, de que hay mucho en estas tierras frías” (SIMÓN, 1981-1982, III, 257).

Las esteras de palma del alto Orinoco se llamaban tu ri mas (ALVARADO, 1953, 347) o tivitives (ARELLANO MORENO, 1964, 353).

Los paraujanos de Maracaibo las usaban para dormir (JAHN, 1927, 195).

En la tasa de los indios de Coconuco (1558) se les imponía tributar 10 esteras de caña (FRIEDE, 1961 JV, 228), y 30 debían dar los de la Cordillera occidental, entre Cali y Buenaventura (Ibíd., 235-236).

Fueron famosas las de la palma chingalé (Astrocaryum malybo) confeccionadas por los indios malibúes del medio Magdalena (PATIÑO, 1975-1976, 209-210; RECLU S , 1958, 223, nota 140).

Ya se mencionaron los petates de junquillo en que dormían los indios de Quito (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 93; —, 1965, III, 225).

La estera no fue desplazada por la alfombra de introducción española, que más bien se usó por las clases altas (BONET CORREA, 1982, 370-380). Un sustituto barato de la alfombra era y es el cuero de vaca o de animales silvestres (venado, etc.) y las pellizas de oveja (PATIÑO, 1970-1971, V, 287-288; RUBIO, 1950, 93).

 

Alfombras.  

Este es nombre árabe (al -Khumra, estera), así como los siguientes: alcatifa,
alhagara, almozalas
(pabellones), citharas (cortinas) (LOZOYA, 1965, 14), e identifican objetos enrollables y transportables típicos de la cultura trashumante de los pueblos orientales. Alcatifa es “alfombra de terciopelo, parecida al tapiz turco” (Dicc. Decor, 32). Almocalla antigua cortina de cama (Ibíd., 43).

Estas manufacturas de lana son típicas musulmano-hispanas, si hay que respetar el orden cronológico, pues fueron técnicas y objetos introducidos por los árabes a España (BONET CORREA, op. cit., 370-380; 372-373). En el siglo XVIII se empezaron a laborar en el taller oficial creado en la Real Fábrica de Santa Bárbara, así como en talleres particulares abiertos con autorización real. Uno y otros perduraron hasta después de haberse producido la independencia de los países americanos (Ibíd., 379-380). Es probable que antes de 1810 se introdujeran piezas a América, pues los acontecimientos desarrollados a partir de ese año, si no impidieron, sí restringieron en gran medida el intercambio comercial.

Por otra parte, el clima en América ecuatorial — excepto en localidades por encima de los 2.000 metros de altura —hace innecesario el uso de alfombras. No son tan antihigiénicas las que en los últimos años se hacen con materiales diferentes, incluyendo la espuma de caucho. 

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