Historia dela Cultura Material en la América Equinoccial
(Tomo 2)
Vivienda y Menaje
Víctor Manuel Patiño
© Derechos Reservadosde Autor

CAPÍTULO V

REFUGIOS NATURALES. VIVIENDA TRANSITORIA

 

A)     REFUGIOS NATURALES.

El clima tropical del área geográfica a que se contrae la presente investigación, condicionó modelos sencillos de construcción, porque en regiones situadas hasta cerca de los 1.700 metros sobre el nivel del mar, el ambiente no exigía mayor defensa contra el frío. Esta circunstancia y las tendencias itinerantes de muchas comunidades, hacían innecesarias construcciones muy elaboradas y complejas (véase adelante). 

Pero en climas fríos y en etapas primitivas de la migración de pueblos sin mayor bagaje tecnológico, debieron usarse refugios naturales, como abrigos rocosos, cuevas, cavernas o grutas. Pese a que tales abrigos prestan seguridad, aunque sea relativa, tienen defectos fundamentales casi imposibles de subsanar, como son la humedad, las emanaciones antihigiénicas y la oscuridad (DE LORENZI, 1940, 15). La documentación sobre este aspecto, sin embargo, es muy escasa.

Una neta división había en Cuba a este respecto a fines del siglo XV: los tainos de filiación arawak vivían en bohíos o caneyes; los guanahatabeyes del oeste de Pinar del Rió, en cuevas (WEIS, 1980, 5), aunque los primeros las utilizaran también ocasionalmente, y sobre todo para entierros secundarios (LOVÉN, 1935, 120-134).

Aun en la actualidad los motilones albinos de Perijá, entre los ríos Aricuaza y del Oro viven en cuevas (ARETZ, 1977, 16).  

Las había también en Timotes, cerca de la localidad de este nombre en la Sierra de Mérida (ALVARADO, 1945, 45, 47).

El mítico Bochica de los músicas es fama se recogía de noche en cuevas de Soacha y Guane durante su peregrinación (SIMON, 1981-1982, III, 375-376).

Los agataes parece que hicieron uso de cuevas de modo normal y aun se refugiaron en algunas de ellas para tratar de escapar de los españoles (CASTELLANOS, 1955, IV, 325; SIMÓN, 1981-1982, IV, 14, 18).

El sitio de Zipacón I, Sabana de Bogotá, con restos de antigüedad de 3.270 + 30 a. p., muestra ocupación por lo menos temporaria de parte del hombre con cerámica premuisca (CORREAL Y PINTO, 1983).

Excavaciones hechas en El Abra, entre Tocancipá y Zipaquirá, han revelado ocupación humana de abrigos rocosos, en una antigüedad aproximada de 12.500 años a. p. por grupos humanos pequeños, y que aparentemente no vivían allí de modo permanente; el instrumental primitivo, de piedra, pudo haberse usado para pulir madera o para cortar carne de animales salvajes (HURT et al, 1977). Hallazgos similares fueron realizados recientemente por otros investigadores (CORREAL URREGO y VAN DER HAMMEN, 1977), en la hacienda Tequendama. 

Cámaras pétreas, pero con techo de lajas que implican actividad humana, se han estudiado en Tominé de los Indios o de Santa Bárbara, vereda del municipio cundinamarqués de Guatavita (BROADBENT, 1965). La ausencia de relictos culturales no necesariamente elimina la posibilidad de que esas cámaras hayan sido usadas como refugio hacia la época de la conquista. 

Las cuevas son abundantes en la sierra peruana, como en Vilca, Huancavelica, donde hay una localidad denominada Waraq Machay, que se llama así justamente por esa característica (waraq = mucho, bastante; machay = cueva) (CHAHUND 1978, 574-576). 

En la actualidad los pimas y tarahumaras de Méjico y otras gentes en los suburbios de ciudades como Tacuba, hacen vida de trogloditas (MOYA RUBIO, op. cit, 23). 

Lo que sí está documentado es el uso de cuevas como cementerios o lugares sagrados entre varias tribus americanas (GILII, 1965, II, 104-105; BUENO, 1965, 138). 

La cueva de Ataruipe de los maipures del Orinoco (RIVAS) fue descrita por HUMBOLDT (1942, IV, 417422; ALVARADO, 1945, 44). 

También las usaron los maquiritares, mapoyes y piaroas (ALVARADO, 1945, 264, 265), y los guahibos (Ibíd., 268, 269). Oquedades del cerro Barraguán (HUMBOLDT, 1942 IV, 423-424), en el Orinoco se usaban para llevar los huesos de los difuntos (ALVARADO, 1945, 294), dentro del contexto del culto a las montañas u orolatría (Ibíd., 293-295; MARCANO, 1971, 177, 178-179; 347-352). 

En la misma región se abandonaba en cuevas rocosas a los hijos que nacían con algún defecto congénito (ALVARADO,1945, 247). 

En el actual municipio de La Paz del Departamento del Cesar, se halló una cueva funeraria (REICHEL- DOLMATOFF, 1947).

Un cementerio indígena, al parecer utilizado hasta la época de la conquista, se estudió en jurisdicción del municipio de La Mesa de los Santos, en Santander (SCHOTELIUS, 1946). Era frecuente hallarlos en Tequia y en las cercanías del famoso Hoyo del Aire (BOUSSINGAULT, 1985, II, 101; III, 35).

Del Valle del Cauca geográfico dice Auncibay en 1592:  “Hállanse cuevas en que enterraban sus padres secos, que duran hasta hoy; otros los colgaban al humo para su consuelo secos, y como acecinados y curados al humo” (RGNG, 324). 

Hipogeos como los de Tierradentro, tan elaborados y bien diseñados, ya son obra humana (NACHTIGALL, 1955, 175; RODRÍGUEZ LAMUS, 1961), aunque quizá se prefirieron para construírlos cuevas naturales que reunían condiciones ventajosas.

El uso de cuevas por los músicas y otras tribus para ofrendatorios religiosos, debió ser posterior a la conquista, cuando la persecución católica hizo imposible los actos de culto indígena al aire libre.

B)  VIVIENDA TRANSITORIA.

Características de los pueblos de la América intertropical señaladas por los cronistas, especialmente en regiones bajas con temperaturas elevadas, donde la necesidad de reparo es mínima, son: 1) El escaso sentido de sedentaridad que mostraban muchas tribus de organización política incipiente; 2)  La facilidad y rapidez con que se hacía y se abandonaba la vivienda, para reconstruirla en otro sitio; 3) La precariedad de la vivienda como consecuencia de lo anterior.

Esto se debió a varias causas, unas de orden físico, otras de orden espiritual. En el primer caso, la abundancia de materiales de construcción casi dondequiera (PATIÑO, 1975-1976, 156-168 y Cáp. XII), incitaba a los habitantes a construir una nueva casa en vez de reparar la deteriorada o adobar la existente. El trabajo generalmente comunitario para la construcción de vivienda, hacía que esta actividad no sólo no fuera pesada, sino que daba ocasión o pretexto para encuentros sociales o familiares (véase capítulo IV).

En el orden espiritual, estaba muy difundida entre los pueblos del área la creencia de que la casa del difunto debía abandonarse por sus familiares, que generalmente la quemaban con todo (LÓPEZ MEDEL, 1982, 325); no sólo la casa sino los cultivos eran desertados por la íntima asociación que como se ha visto había entre una y otros. 

Los cumanagoto desamparaban la casa del muerto, en parte para librarse del efecto maléfico del alma-sombra o espíritu compañero (CIVRIEUX: COPPENS, 1980, I, 186).

Entre los páeces de la Cordillera Central al nacer un niño, se dejaba vacía la vivienda inmediatamente después del alumbramiento, a veces sin dejar a la madre tiempo para lavar a la criatura; igual cosa ocurría al morir alguno (CASTLLLO I, OROSCO: URICOECHEA, 1877, a; JOUANEN, 1941, I , 314-315). Las crónicas abundan en testimonios sobre lo anterior.

Los betoyes abandonaban la casa de un difunto, por creer que el sitio donde estaba enclavada tenía la culpa de esa muerte (GUMILLA, 1970, 262, 264). 

Como la mano de obra indígena era determinante en la construcción de la vivienda (véase capítulo XIX), se dejaba a su amaño y a su iniciativa por los españoles este menester, aun para la erección de nuevas fundaciones. Esto explica que muchas de ellas fueran también transitorias, como en Barquisimeto: “ y nadie se debe maravillar de que una ciudad o república se haya mudado tantas veces y con tanta facilidad, porque como para hacerse una casa de las en que estos vecinos moraban no fuesen menester muchos materiales de cal, piedra ni ladrillo, sino solamente varas de arcabuco y paja de la sabana, con mucha facilidad hacían y deshacían una casa de estas, y también porque los oficiales y obreros que las habían de hacer les costaban muy pocos dineros, que con enviar por ellos al repartimiento les servían de bueyes para acarrear la madera y de carpinteros para cortarla y de albañiles para hacer los demás edificios, que si todo esto hubiera de costar dineros a buen seguro que no se mudaran a menudo; y también son tan mal edificadores en aquella gobernación, que en toda ella, aun en estos tiempos (1583), hay muy raras casas de piedra, y esas solamente las hay en la ciudad de Tocuyo. No eran ni son forzados a permanecer en cualquier desgustoso sitio o asiento, como lo han hecho los vecinos de Tunja del Nuevo Reino, que con estar en uno de los más desgustosos y frío y destemplado sitio que hay en todo el Reino, solamente por haber edificado todos los más vecinos desde principio muy suntuosas casas de piedra y tierra, les es forzoso no mudarse de allí por no dejar perdido lo que les costó sus dineros, y así permanecerá aquella ciudad donde está” (AGUADO, 1918, I, 373; —, 1957, III, 252-253).

 

Reparos o abrigos .

Pero fuera de la vivienda como tal, aun con toda su precariedad, hubo reparos contra los elementos, sol, viento y lluvia, cuando el indígena realizaba tareas fuera del lugar habitual de residencia.

Sol. — Los guajiros hacen unas barracas provisionales a que llaman rumas, para defenderse del sol, especialmente cuando se dedican a labores agrícolas (ERNST: ALVARADO, 1945, 23-24). [Fig. 1 a)].

Viento. — Los guajiros construyen refugios contra el viento, a que llaman pinche, piche o miche (ERNST: ALVARADO, 1945, 23.24). En el extremo opuesto del subcontinente suramericano, los onas de Patagonia hacían lo mismo, sujetando en marcos de madera, pieles enteras para resguardarse de los vientos de esa desolada región (OV I EDO Y VALDÉS, Fig. 1, lám. VI). Serían equivalentes al yourte o tienda de fieltro de los nómades africanos (La Antropología, 1983, 389). [Fig. 1 b)].

Las tiendas de los indígenas del Chaco son de esteras(PALAVECINO, 1930, 705). 

Lluvia. — Ranchos provisionales se hacían para viajes, cuando había que pernoctar en regiones selváticas. Una descripción de los que usaban los indígenas doraces del istmo panameño-costarricense, del siglo XVII , es prototípica (ROCHA MELÉNDEZ, 1682, III, 387.388), conservándose entre los guaymíes del siglo XIX (PINART, 1882, 19).

Mixtos. — Los chaimas y arawaks del Orinoco tenían concentraciones o aldeas en determinados sitios (véase capítulo XV), pero en sus conucos hacían unos ranchos donde pasaban algunas temporadas, por regostarse en el ambiente rural que hizo nugatorio el intento de los misioneros para someterlos a concentraciones. 

En el alto Orinoco los indígenas hacían campamentos de verano para cacería (ALVARADO, 1945, 32.33). Téngase en cuenta que por el régimen de las crecientes de ese río, las actividades de caza y pesca no pueden realizarse en todo tiempo.

Ranchos provisionales para caza, llamados tabay, hacían los mayas (SCHÁVELZON, 1982, 115). Cuando se empezó a edificar el convento de los predicadores en Guatemala en 1547, “hicimos una gran choza que acá llaman rancho los  españoles; era de horcones y paja por cima, y allí dormían los indios que andaban en la obra” (XIMENEZ, 1929, I , 433; COROMINAS, L-RE, 990-992).   

 

 

MODO DI DORMIRE NEL GOLFO DI PARIA E ALTRI MOLTI LUOGHI  

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Fig. 1. a) Reparos contra el sol, uno de techo indinado y otro de techo plano, usados por los indígenas del oriente venezolano en la primera mitad del siglo XVI para colgar las hamacas (De Benzoni, 1965, Pág. 10). b) Resguardos de pides de los onas de Patagonia, según figura del siglo XVI (De Oviedo y Valdés, Historia, lám. VI, Fig. 1).

Ranchos improvisados con horcones, bejucos y hojas de bihao se hacían en la ruta de Guayaquil a Riobamba (QUILLOYACO) para los caminantes en el siglo XVIII (ARRELLAN0 MORENO, 1970, 59). Tiendas de campo llamadas “carpas” en Ibarra se registran en la misma época (Ibíd., 69).

Los pescadores de la costa ecuatoriana transportaban cañas, bejucos y hojas de bijao para reconstruir sus viviendas donde llegaran (JUAN Y ULLOA, 1748, I,186-187; LEÓN BORJA, 1964, 417). 

Durante las épocas de crecientes en los altos afluentes del Amazonas, los omaguas habitaban en barbacoas provisionales hechas de cortezas de árboles, llamadas juras o i uras, de las cuales entraban y salían en canoa (MARONI, 1889, 425, 435). 

Protección post - m ortem.    

Sobre este tema, véase capítulo XI, g).

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