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Continuación del capítulo 9
BIOLÓGICAS:
3) Protección contra insectos hematófagos.
En ciertas áreas americanas son particularmente abundantes los zancudos (Anopheles, Culex) o los jejenes (Simúlidos) o ambos, que se convierten en suplicio inaguantable.
Tal ocurría en las márgenes del lago de Maracaibo (véase atrás), y por esto allí se hacían viviendas sobre pilotes, a orillas del lago o de los ríos. En la época en que el Olonés asaltó y tomó a Maracaibo (1665), se comprobó la eficacia de este tipo de construcción para precaverse de mosquitos e inundaciones (EXQUEMELING, 1945, 101). Lo mismo ocurre en la actualidad entre los guajiros de Sinamaica, Guajira venezolana (JAHN, 1927, 120; 192-194; WAGNER, 1980, 17-20, 23).
Quizá igual motivación, aunque no aparezca consignado en las referencias, guió a los nativos de la costa de Cumaná, que en la época de los viajes de Niño y Guerra (postrimerías del siglo XV), usaban casas sobre pilotes (NAVARRETE, (1955), 1964, II, 139; ARCILA FARÍAS, 1946, 43). Como esta región es seca, la presencia de pilotes no se justificaba para defensa contra la humedad.
Protección preventiva de ataque de predatores.
Para evitar las acometidas de los tigres usaban en el río Guayas barbacoas, puestas en cuatro cañas de las grandes, en cuadro, tan gruesas como un muslo y muy altas, hincadas en el suelo; tienen su escalera angosta, por donde suben a la barbacoa o cañizo donde tienen su cama y un toldillo para guarecerse de los mosquitos; aquí duermen por miedo de los tigres (LIZÁRRAGA, 1946, 27; , 1968, 6).
SOCIALES Y CULTURALES:
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Defensa contra ataques sorpresivos de enemigos.
Estas viviendas arborícolas en que se usaban fustes vivos y no pilares muertos, y que por eso se pudiera llamar dendroicas, se hallaron en la parte occidental de Sur América, entre Panamá y la línea ecuatorial por la costa del Pacífico, así como en la cuenca del río Atrato. Aunque la defensa contra enemigos parece haber sido la principal motivación, esto no descarta que simultáneamente se tuviera en cuenta evitar insectos hematófagos y fieras.
La primera observación consignada se debe a Cristóbal Colón. El 17 de diciembre de 1503, en el puerto de Huiva, costa norte del istmo de Panamá, vio el Almirante que aquella gente habitaba en las copas de los árboles, como pájaros; y habían atravesado de una rama a otra algunos palos, fabricando allí sus cabañas, que así pueden llamarse mejor que casas. Aunque no sabíamos el motivo de esta novedad, juzgamos que se debiese al miedo de los grifos (?) que hay en aquel país, o a los enemigos, porque en toda aquella costa, de una legua a la otra, hay grandes enemistades (COLÓN, H., 1947, 291-292).
Las primeras entradas de Balboa (1512-1515) y sus tenientes (1517), por el Atrato y tributarios, revelaron la existencia de estas viviendas, situadas a tal altura sobre el suelo, que ni aun el hombre más robusto las alcanzaría tirando una piedra. Las ramas de varios árboles contiguos se unían entre sí por medio de vigas o soleras, sobre las cuales se levantaban las viviendas. Sólo la chicha se dejaba abajo, para que no se vertiera o enturbiara si algún ventarrón sacudía el conjunto (ANGLERÍA, 1944, 151-152). El acceso se efectuaba por medio de escaleras levadizas adosadas a los troncos soportantes.
La vivienda del cacique Abibeiba la describe un autor con más detalles, al referirse a la expedición de Balboa, ya mencionada: Que por ser región lagunosa y que cubrían las aguas la tierra, tenían sus casas donde moraban sobre árboles grandísimos y altísimos, nueva y nunca oída vivienda; sobre aquellos árboles hacían sus casas y aposentos de madera, tan fuertes y con tantos complimientos, cámaras y retretes, donde vivían padres, mujeres y hijos y su parentela, como si las hicieran en el suelo sobre la tierra fija. Tenían sus escaleras, y dos comúnmente, una que llegaba al medio del árbol, y la otra del medio hasta la puerta; estas escaleras eran de una sola caña hechas, partidas por medio, porque las cañas son allí más que el gordor de un [muslo de] de un hombre gruesas
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y eran levadizas, que las levantaban de noche, y cada y cuando que querían y estaban seguros de hombres y bestias y tigres, que hay por allí hartos, durmiendo a sueño suelto.
Todos los mantenimientos tenían arriba consigo, sino sólo los vinos que asentaban en sus vasijas abajo en el suelo, porque no se les enturbiasen; porque, aunque por la grande altura de los árboles, con los vientos que hace, las casas no se pueden caer, menéanse, pero, y con tal movimiento, el vino se les enturbiaría, y por esto lo tienen, como se dijo, en el suelo, y al tiempo de su comida o cena de los señores, unos muchachos estaban tan diestros en descender e subir con ello, que no tardaban más que si lo sirvieran del aparador de la mesa (CASAS, 1951, II, 579). Amenazando Balboa a Abibeyba que cortaría los árboles, y empezándolo a poner por obra, el cacique se rindió, y los españoles entraron al despojo (Ibíd.., 579-580).
Pocos años después, en 1536, cuando la entrada de Pedro de Heredia al Dabaibe:
En partes montuosas y no rasas, pero los bajos limpios y sin ramas, ven infinitos rastros, no ven casas, ni señales de ranchos ni de camas; olor cierto de humos y de brasas, sin que pudiesen divisar las llamas; alzan los ojos, miran al desgaire, y viendo que vivían en el aire.
Porque tenían sus casillas hechas encima de los árboles y plantas:
e
ran gente de débiles cosechas sin uso de vestidos ni de mantas, proveídos de dardos y de flechas; su común caza báquiras y dantas, sus tractos son por nos en canoas y viven en aquellas barbacoas
(CASTELLANOS,1955, III, 110).
Los indígenas repelieron a los españoles echándoles agua caliente, con lo que éstos desistieron de su empeño.
Refiriéndose al Atrato dice el fundador de Santa María que en sus anegadizos viven muchos indios y tienen las casas y las habitaciones encima de los árboles, porque debajo es todo agua; y viven de pescadores (ENCISO, 1974, 276).
En la expedición de Juan de Vadillo por la misma ruta en 1537-1538, ya acercándose a la serranía de Nore, vieron los españoles
Porque tenían casas fabricadas, altas del suelo hasta seis estados, encima de los árboles fundadas, sobre fortalecidos soberados, con vigas bien compuestas y trabadas, por barrios unos de otros separados, según hallaban estos moradores los árboles más gruesos y mejores.
No selva que podarnos decir densa, antes el suelo limpio y escombrado, donde su morador rústico piensa valerse por estar encaramado: tienen pertrechos para su defensa, y el alto por lugares horadado, para que por allí contrarios miren y con las armas ofensivas tiren.
Dicen tener aquestas poblaciones para se defender de las estrañas gentes, y tigres, osos y leones, que crían estas ásperas montañas, y por otras algunas ocasiones no fundan en el suelo sus cabañas.
(CASTELLANOS,
III, 157-158).
Otro autor dice que era para defenderse de unos indios de baja estatura y barbados, salteadores nocturnos (OVIEDO Y VALD
ÉS
, 1959, III, 167). Como en ocasión anterior, al principio los indígenas repelieron el ataque de los intrusos, con carbones encendidos, agua caliente y piedras, lo que está bien logrado en la lámina de Benzoni, aunque quizá no se refiera concretamente a este episodio; pero por los impactos físicos de los arcabuces y ballestas y el efecto psicológico que causaban, el cacique de Nore se rindió, no sin antes prender fuego a su morada. [Fig. 9].
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COME GL'INDIANI VIVONO
SOPRO
GLI ARBORI
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Fig. 9. Habitantes de una vivienda arborícola rechazan con agua hirviendo, tizones encendidos y piedras a los españoles (algunos ya heridos o muertos), que tratan de derribar e
l
árbol de sostén.
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Esta vivienda, predominante en Tatabe, como se ha visto en la cita inicial de Cieza, integrante de la expedición de Vadillo, también se usaba en Cima o Sima, en el divorcio de aguas Atrato-San Juan, así como en varias partes de la costa occidental (CIEZA: VEDIA, 1947, II, 378; , 1884, 19).
Igualmente las hallaron algunos capitanes de Andrés de Valdivia antes de que hacia 1572 se le ordenara por la Audiencia a dicho conquistador abandonar el área de la antigua Santa Fe de Antioquia y San Juan de Rodas, que no entraban en su gobernación (CASTELLANOS, 1955, III, 620).
Pascual de Andagoya afirma que en Barbacoas, cuyo nombre perdura hasta hoy, la tierra adentro, en el paraje de la isla del Gallo hay cierta provincia de ríos muy poblados que las casas son fortalezas armadas en alto sobre árboles o sobre pilares de madera muy altos, y habitan en lo más alto con escalera levadiza (ANDAGOYA: CUERVO, 1892, II, 120).
Llegaban hasta la línea ecuatorial. Los españoles que acompañaron a Francisco Pizarro en su viaje de conquista al Perú en 1531, comprobaron cerca a Cancebí, tierra adentro (5-7 leguas al sur de la bahía de San Mateo), que los indios de una ranchería, tenían sus casas encima de árboles altos como nidos de cigueñas, y cherriaban como gatos monos... (TRUJILLO, 1948, 46). Lo mismo asegura el piloto Juan Cabezas (OVIEDO Y VALD
ÉS
, 1959, V, 96).
Al sur de Buenaventura todavía existían en los siglos XVII y XVIII; eran largas y amplias como torrecillas (CORREAL, 1722,
I
, 285). Ejemplo Yurumanguí (J. Y CAAMAÑO, 1945-1947, IV, 498; RIVET: JSAP, 1947, 6).
El tipo de vivienda arborícola desapareció, subsistiendo en cambio la casa sobre pilotes de maderos muertos. Si el carácter inexpugnable de las primeras pudo ser verdadero en la época prehispánica, porque ninguna tribu rival disponía de los avances tecnológicos suficientes para reducirlas, no pasó lo mismo con los europeos, poseedores de hachas y serruchos de acero para apear árboles, armas de largo alcance, como las ballestas y después los arcabuces, y mentalidad libre de escrúpulos. Entonces no quedaban motivos para compensar el trabajo de fabricar estos alminares arbóreos, que debieron requerir un esfuerzo grande. La misma huída se hacía difícil a causa de la altura.
Esto no ocurrió con la casa de pilotes, más fácil de construir y de abandonar en un momento de apremio. Perdura basta hoy en la cuenca del Atrato y en la costa del Pacífico.
B) VIVIENDAS FLOTANTES.
Una modalidad en la cual el sustrato es el agua, constituye respuesta a condiciones muy particulares del hábitat. Se trata de las viviendas flotantes, que por su misma naturaleza no pueden ser perdurables. Las ha habido en Irlanda (Crannoges), en forma de islas de madera sobre bancos de madera o barro, y sobre masas de papiros en algunos ríos africanos. De ellas se registran en América algunos ejemplos, todos con la característica de ser una adaptación de la balsa o jangada para transporte.
Durante la expedición de Hernán Pérez de Quesada a la región del lago de Tinjacá (1539), los nativos trataron de eludir, sin conseguirlo, el ataque de los españoles, refugiándose en chozas de enea flotantes (AGUADO, 1956,
I
, 344). Quiz
á
se trata de algo circunstancial, porque no se han conocido otras en el área. Los músicas sabían hacer y usar balsas de enea.
Menos efímeras son las viviendas construidas sobre palos de balso en Iquitos, Amazonas. Estas balsas-viviendas están atracadas, constituyendo barrios periféricos, con un desarrollo integral de la vida familiar, pues existen allí hasta corrales para mantener animales domésticos de pequeña talla (SACRISTE, 1968, 58). Caso similar se conoce en Belem del Para.
En la hoya del río Guayas, desde Guayaquil hasta Babahoyo, estas viviendas flotantes están reseñadas por el cabildo de la ciudad primeramente mencionada desde 1748. La construcción de muelles de cemento en el decenio 1935-1945 acabó con ellas (NURNBERG et al, 1982, 198; 212-219).
Del mismo modo, es relativamente regular la vida en chozas de enea usadas por los uros del lago Titicaca (SACRISTE, op. cit., 83).
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