HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
© Derechos Reservados de Autor

 

LIBRO SEGUNDO

TRANSPORTES TERRESTRES

CAPÍTULO XII

 

VOCABULARIO. EVOLUCIÓN DEL SERVICIO

Y PRAXIS DEL TRANSPORTE

 

Vocabulario.

AJOBAR, AJOBO = “Levantar una carga”, “cargar algo”, del latín gibbus, joroba, por el encorvamiento al llevar a cuestas una carga (A-CA, 96-97). Palabra no usada en América.

CONDUCIR, de aducir, del latín aduecere, “conducir”, y su derivado CONDUCTO (A-CA, 61-62).

LLEVAR, del latín levare, “aliviar”, “levantar”, “desembarazar” (G-MA, 1984, 731-732).

CORREO, de oscura etimología, indica “el que lleva correspondencia”, aunque no se asocia con CARTERO (CE-F, 207-208).

PORTAR, PORTE, APORTAR, PORTADOR, PORTANTE, TRANSPORTAR , TRANSPORTE, REPORTE, REPORTER O y otros derivados relacionados, del latín portare (ME-RE, 615-617).

TRAER, del latín trahere, “arrastrar”, “tirar de algo” y sus derivados TRATAR, TRATO TRAJINAR, TRAJíN, TRAJINERO, TRAJILLA (RI-X, 575-578).

TRÁFICO, TRAFICAR, TRÁFAGO, de trasegar, de origen incierto (RI-x, 607.610).

TRANSITAR, TRANSITO, TRANSEUNTE, de ir (G-MA, 462463).

GANAPÁN , de ganar (G-MA, 65-68). Mozo de cordel o cargador.

ESPORTILLERO, del latín sporta (CE-E, 753). Que lleva la cesta. Equivaldría a CANASTERO. Sin embargo, un autor aplica a “espuerta” el significado de “carrito de mano” (DELEITO Y PIÑUELA, 1967, 204, 205).

CHANGADOR = “Mozo de cordel”, de origen rioplatense (CE-F, 323).

COTERO = Faquín para cargar camiones (ALARIO Di FILIPPO, 1983, I, 193).

FAQUÍN = “Mozo de cuerda, ganapán” (CE-F, 852-853), quizá del francés faquin.

En el oriente peruano se usan PRETINIERO = cargador en pretina, por la faja para asegurar la carga, y QUEPIRI cargador de goma o caucho (TOVAR, 1966, 164, 168-169). Esta última palabra está documentada en otras fuentes desde el siglo XVIII: QUESPIRES, los que llevan las cargas de los viajeros (URIARTE, 1982, 195).

En los idiomas indígenas americanos, sólo dos expresiones — ambas mejicanas — se han mantenido:

TAMEME, del náhuatl tlamema, “el que lleva carga a cuestas”; TLAMAMALLI, “cosa barrenada, o la carga que lleva a cuestas el tameme” (MOLINA [1571], 1944, 125v.; ROBELO, S. f., 464, 473 con citas de Bernal Díaz y Clavijero). En maya, la palabra equivalente es tayacanes (FUENTES Y GUZMÁN, 1969, 1, 340).

CACAXTLERO, de cacaxtle, armazón de madera para llevar carga a cuestas (CASARES, 1981, 132; CASTILLO FARRELAS, 1984, 147, 149). Cacaxtli = “Escalerillas de tablas para llevar algo a questas el tameme, o cierto pájaro” (MOLINA, op. cit., 10v). Cacascle (R0BEL0, op. cit., 347). El cacaxtle es distinto del huacal, que es para traer también en bestias (ibid., 406), aunque esta distinción no es constante: “Vacalli = “Angarillas para llevar carga a las espaldas” (MOLINA, op. cit., 154).

GUANDO, del quechua huantu, andas, camilla (TASCÓN, L., 1961, 432).

TERCIO = Cada una de las dos mitades de la carga de una acémila, cuando va en fardos (CASARES, 1981, 808).

Praxis.

MODALIDADES: HUMANO Y ANIMAL.

El transporte terrestre se puede hacer por la fuerza muscular de humanos o animales; mediante vehículos de tracción animal o de tracción mecánica. Los transportes acuáticos se sirven de embarcaciones u otros elementos de flotación. Este último aspecto se estudiará en el libro siguiente.

1.  Transporte humano: cargueros.

En toda la América ecuatorial existía el cargador, en virtud de la falta de acémilas. Aun en el Imperio incaico, provisto de llamas, donde éstas no se hallaban, se usaban cargueros (MURRA, 1983, 86; —, 1975, 139). Inclusive habiéndolas, para llevar las andas donde se desplazaban los soberanos en sus viajes, se usaban cargadores de literas (huandos), prefiriéndose los soras y rucanas, que tenían fama de andar con paso suave (ibid., 115, 223; POMA DE AYALA , 1944, 256, 289, 331, 333, 340). Hay contradicción en las fuentes sobre si el transporte humano se hacía dentro de los límites locales de las comunidades, o a largas distancias; de ambos casos hay ejemplos (MURRA, op. cít., 160-161).

Al norte de la línea ecuatorial hasta Panamá, no hay constancia de la existencia de un gremio especializado de cargueros. Parece que obraban como tales — quizá con excepción de los caciques — todos los miembros de la comunidad, inclusive las mujeres, éstas preferentemente para llevar a la casa los productos del cultivo y los cachivaches domésticos. En el Darién, tanto hombres como mujeres cargaban en balancín (WAFER, 1967, 88, 102; NORDENSKIOLD, 1930, 8: 234-235). Pero entre los cuevas de ese mismo sector, los caciques o sacos se hacían llevar en andas, y en este caso, los cargueros constituían un gremio especial, los carates, que se distinguían por una especie de sarna o marca en la piel (OVIEDO, 1959, III, 313; LOTHROP, 1937, I, 23).

En Centroamérica y Mesoamérica, la institución funcionaba en el momento de la conquista. Grafitto maya de carguero en andas es reflejo de esta situación (SCHÁVELZON, 1982, 131, 136 fig.). En Méjico, según parece, los tlamemes que servían a los ejércitos en marcha, se reclutaban y remudaban en cada pueblo o provincia, pues debían llevar sus propios alimentos; pero había también individuos que, al parecer, tenían el acarreo como oficio más o menos permanente. En todo caso, constituían el estrato más bajo de la pirámide social (CASTILLO FERRERAS, 1984, 110-113, 133, 147, 149). Habiendo precedido la conquista del Imperio mejicano a la del Perú en diez años, el nombre tameme, por carguero, se generalizó y adoptó en todos los dominios españoles. Está consagrado en muchas disposiciones y papeles oficiales, y por eso se usará aquí como sinónimo de carguero, ganapán, mozo de cordel, cargador, changador o esportillero.

Servicios y mitas de cargas.

Los españoles alegaron esos antecedentes para justificar el uso de cargueros indígenas. Trataron de legitimar esa prestación con el argumento de que no había animales en los primeros tiempos de la conquista, y que no se podía hacer otra cosa. Pero cuando ya abundaron los cuadrúpedos de carga, se siguieron usando cargueros humanos, con pretextos diferentes.

Había implícito en esto el menosprecio que los españoles, laicos o religiosos, tenían por los indios, asimilándolos a animales de carga, como por una fatalidad hereditaria (SIMÓN, 1981, 1982, I, 154-155; VÁZQUEZ DE ESPINOSA, 1948, 19; FRIEDE , 1961, JV, 114). En los atestados que levantó Jorge Robledo en San Sebastián del Urabá, y luego en España para defenderse de los cargos de abusos con los indios que le imputó Pedro de Heredia, así lo hizo. En la subsecuente información de servicios de 1542, preguntaba Robledo a los testigos:

Iten si saben que es uso y costumbre usada y guardada en todas las Indias descubiertas y pobladas desde que se descubrieron acá (qu)e cuando algún gobernador, capitán o españoles han de pasar de una parte a otra, llevar indios cargados con bastimentos e con otras cargas e con colleras aunque los indios sean de paz e vayan de su voluntad e que lo mismo se ha usado y usa siempre entre los mismos indios. E no lo tienen por trabajo porque no tienen bestias ni otra manera de poder llevar e ansí se ha usado e guardado de cinco, diez, veinte, treinta e cuarenta años a esta parte dende que las Indias se descubrieron, y nunca ha visto ni oído decir lo contrario, y tal es la publica voz e fama y comón opinión en todas las dichas Indias (ROBLEDO E ., 1945, 251, 268-269).

Como es de presumir, los testigos contestaron afirmativamente. El mismo Jorge Robledo, cuando ante la proximidad de los cartagineses Graciano y Bernal se vio obligado a apresurarse a presentar un hecho cumplido con la fundación de Anserma, hizo movilizar a lomo de indio, durante los dos días de camino, todo el matalotaje entre Guarma y Anserma (ROBLEDO: CUERVO, 1892, II, 441). Cuando ese conquistador entró por segunda vez a Quimbaya a principios de 1541, gran número de indios le llevaron el fardaje (ROBLEDO: CUERVO, 1892, II, 398). Desde Guaca hasta Urabá llevaron su matalotaje él y los doce españoles que lo acompañaban en 1542 a lomo de indio; para mayor seguridad, los indígenas encollerados iban en medio (ibid., 428 y 432). Tal el pretexto de la acusación de Heredia; pero éste hizo lo mismo cuando entró a Antioquia. Sería llevar demasiado lejos esta investigación si hubiera que traer a cuento las referencias del uso de indios cargueros en todas las expediciones españolas. Esto se practicó no sólo en regiones montañosas o selváticas de difícil acceso, donde realmente no podían entrar bestias de carga, sino aun en comarcas donde las acémilas existían y podían usarse.

Pero los abusos no se hicieron esperar y adoptaron varias modalidades, a) Echar pesos excesivos, con el agravante de que si un carguero moría en el trayecto — hecho frecuente —, su carga se repartía entre los demás. b) No dar alimento adecuado; el servidor debía llevar su propia comida. c) Utilizar individuos no aptos para la carga por no haber estado acostumbrados a ella; menores de edad, caciques, artesanos de varios oficios. d) Uso de colleras de hierro. En una larga cadena se hacían de trecho en trecho aros metálicos donde escasamente cabía el cuello del indio, lo que limitaba sus movimentos. Varios conquistadores, en vez de tomarse el trabajo de abrirla llave de la collera de un indio desfalleciente o ya muerto, le mandaban a cercenar la cabeza para que la marcha no se detuviera. Aunque se ha acusado a los alemanes Federman y Alfinger de haber iniciado esta práctica (NECTARIO MÁRIA, 1959, 157, 181-182, 232-233), en realidad es más antigua. Así también lo hacían los tenientes de Pedrarias en Nicaragua: “E cuando algunos cansaban e se despeaban de las grandes cargas y enfermaban de hambre e trabajo e flaqueza, por no desensartallos de las cadenas les cortaban por la collera la cabeza e caía la cabeza a un cabo y el cuerpo a otro” (CASAS, 1958, V, 140-141, 145), “y han cargado y cargan hoy las mujeres preñadas y paridas como a bestias” (ibid., 146). Lo del corte de cabezas lo hicieron también Alfinger en Venezuela y Nueva Granada (ibid., 163); Hernando de Soto en la Florida (ibid., 167) y Francisco García de Tobar en Anserma (ibid., 180). 

Estas acusaciones no fueron rebatidas por el opositor de Las Casas, Bernardo de Vargas Machuca, quien se limita a decir que los indios prefieren cargarse ellos mismos para defender sus caballos (?) (VARGAS MACHUCA, 1946, 228), fuera de que en otra parte, hablando de la necesidad de dar de comer a los cargueros y de que la carga no sea grande, asienta: “que sin consideración los soldados los suelen cargar como a caballos y los matan en cuatro días” (ibid., 1892, I, 185). e) Ni qué decir tiene que las necesidades fisiológicas las debía satisfacer el carguero como podía, pues si no se respetaba su vida, mucho menos se tenían en cuenta sus productos de eliminación.

Las autoridades españolas dictaron disposiciones tratando de evitar los abusos o, por lo menos, de reglamentar el servicio. La Audiencia de Méjico fijó, en 1531, en 100 cacaos diarios el pago de los indios tamemes, y en 1536 se prohibió transportar ningún español, del rango que él fuese, en hamaca o palanquín (SHERMAN , 1979, 118, 122). En 1532 se envió a Guatemala una cédula para que a los tamemes no se les hiciera cargar más de dos arrobas; pero, por su inoperancia, fue repetida en 1549 y en 1553 (FUENTES Y GUZMÁN , 1972, III, 221).

En Suramérica ocurrió lo mismo. Una cédula de 1533 estableció en dos arrobas la carga que se permitía transportasen los indios, incluyendo en ese peso su comida. Vaca de Castro, en sus ordenanzas de tambos, lo fijó en 30 libras. Una buena carga para una llama eran tres arrobas (38 kg.) (REGAL, 1936, 20). En 1538 se aclaró que no podían cargarse indios menores de 18 años (PÉREZ, R., 1947, 227-228). Recuérdese que las nuevas leyes de 1542 expedidas a instancias de Bartolomé de las Casas, tenían la prohibición de cargar a los indios, y por eso levantaron tan encendida y agresiva oposición de los españoles. Pero, como no se cumplieron, en 1552 se prohibió de nuevo el servicio personal de cargas (ibid., 278). Otras disposiciones limitaron a diez leguas el recorrido diario que se podía hacer. El pago debería incluír los días de ida y vuelta a sus casas (ibid., 279). Todo esto era letra muerta. Todavía en el siglo XVII, cuando se promulgaron las leyes de Indias, se siguen consagrando las viejas disposiciones (Recopilación, 1973, II, 21v.). Un autor ecuatoriano pide a los que ensalzan por las nubes la conquista española, que se echen a cuestas una carga de dos arrobas y caminen con ella una legua, y después opinen (PÉREZ, R., 1947, 280-281).  

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