HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
© Derechos Reservados de Autor

 

 

(CONTINUACIÓN CAPITULO 1 2)

 

Ecuador interandino y oriental.

El cabildo de Quito reclamó contra las ordenanzas que prohibían cargar a los indios (PÉREZ, 1947, 282), ante el presidente La Gasca [“Lo tolera La Gasca en Quito por no haber bestias” (BENZONI, 1572, 158v.)], y después contra otra disposición en el mismo sentido, del virrey Velasco en 1604 (PÉREZ, 1947, 283-284), que otorgó el permiso en cuanto a los transportes para cosas del abasto de las poblaciones, pero no para fines comerciales. Algunas autoridades usaban esto, como se deduce de una cédula de 1596 sobre la residencia del licenciado Auncibay, en la cual se habla de que autorizó llevar cargas a hombros de indios, con muertes resultantes (GARCÉS G., 1935, I, 549-550). Otros abusos en este sentido sobre la base de documentos se refieren a indios de Macas (PÉREZ, 1947, 286-290).

Menos los caminos de Guayaquil y Bahía de Caráquez, que se andaban en mulas, los demás de la Audiencia de Quito estaban servidos por cargueros indios (RUMAZO, 1948, I, 53). En el Ecuador interandino, los indios serranos cargaban pesos mayores que los yungas o calentanos y se cansaban menos. Cuando se fatigaban mucho, se azotaban los pies con ortigas, para restablecer la circulación; las mujeres se destinaban al carguío de las cosas caseras (ATIENZA, 1931, 49.50, 113-116). La obligación de cargar recayó también en los indígenas amazónicos de Baeza, Archidona, Sevilla del Oro y otros asentamientos de la vertiente oriental andina; cada parcialidad fue asignada para determinada actividad en el transporte. Una de las reclamaciones que presentaron los quijos a raíz de la rebelión de 1581?, fue la de dejar de cargar durante dos años, que al parecer les fue concedida para calmarlos (OBEREM, vol. cit ., 78, 177-178).  

Nuevo Reino.

En el Nuevo Reino de Granada, las consecuencias de cargar a los indios eran mortales, y el licenciado Miguel Díaz promulgó las disposiciones que lo prohibían (AGUADO , 1916, I, 493). En Tunja, como en todas partes, los encomenderos utilizaban a sus indios encomendados para el transporte de cargas (ibid., 503), y por eso aquellos y el propio Gonzalo Jiménez de Quesada se opusieron a implantar las nuevas leyes (FRIEDE, 1979, II, 331).

Por las tremendas dificultades que tuvo que afrontar Alonso Luis de Lugo en su entrada por el Opón, se resolvió hacer una salida por el Carare, estableciendo a siete leguas de la desembocadura un puerto:

... hicieron tambos y asignaron puerto
hasta donde llegaban los bajeles
con muchas y diversas mercancías
que metían con indios en el Reino,
ocasión grandemente perniciosa
para disminuirse naturales,
porque como de bestias careciesen,
suplían con los indios esta falta
alquilándolos los encomenderos
como si fueran mulos o caballos,
y aun a estos sus amos danles grano,
porque no desfallezcan y se queden
por falta de alimentos desmayados;
pero los miserables indios nunca
tenían más socorro de comida
de aquella que traían de sus casas,
y a trueco de ganar los alquileres,
hacían poca cuenta de sus vidas...

(CASTELLANOS, 1955, IV, 434; SIMÓN, 1953, III, 195-196).

A raíz del descubrimiento de las minas de esmeraldas de Muzo, en 1560, hubo un aflujo de inmigrantes que querían participar en la riqueza. Por consiguiente, aumentó el tráfico, y se buscó la manera de establecer un camino al Magdalena.

Un historiador recuerda, a este propósito, que las Leyes de Partidas disponían que no se sobrecargaran los animales en campaña, por el riesgo que para los ejércitos mismos implicaba, y que fue peor la situación de los indios del Nuevo Reino; hasta que, andando el tiempo, mediante providencias enérgicas de algunos gobernantes se fomentó la cría de mulas para suspender el servicio de los indios (FERNÁNDEZ PIEDRAHITA, 1942, III, 234-235). Esto tuvo lugar en la época del presidente Venero de Leiva, que era protector de los naturales (ZAMORA, 1945, I, 236).  

No sirvió que se criaran buenas bestias en el Nuevo Reino, porque los indios siguieron haciendo el papel de acémilas. De la cantera de Villa de Leiva llevaban piedras de molino aun de 200 quintales, hasta Santa Fe, rodando por toda clase de terrenos, por más de treinta leguas (SIMÓN, 1981-1982, IV, 473 -474).

En el Camino de Honda a Bogotá, en 1825-1830 los cargueros gastaban 12-15 días con 75 kgs. a cuestas, mientras que las mulas acortaban el tiempo a 6-7 días (BOUSSIGAULT, 1985, III, 68). A mediados del siglo XIX, los viajeros veían centenares de indios encorvados bajo la carga en el mismo camino (CANÉ, 1907, 100).

Para viajar entre Bogotá y los Llanos, en el siglo XVII, los indios cargueros, a causa del infernal camino, a sus hijos pequeños que iban a seguir el mismo oficio, “les tuercen los dedos de los pies para que con menos trabajo puedan bajar y subir aquellos riscos” (MANTILLA, 1984, 982).  

Venezuela

En Venezuela, esto fue costumbre seguida en las primeras exploraciones de los españoles. Se subraya como excepcional el buen trato que daba Antonio Sedeño a los indios cargueros, pues aunque iban encollerados, él se preocupaba de que las jornadas no excedieran de dos leguas diarias (CASTELLANOS, 1955, I, 513-514). El carguío de indios a los principios en Barquisimeto, se pone entre las causas de su extinción (ARELLANO MORENO, 1950, 119).

En las ordenanzas de Vázquez de Cisneros para Mérida, dictadas en 1620, se prohibió cargar indios (GUTIÉRREZ DE ARCE, 1946, 1169; ARCILA FARÍAS, 1957, 269); lo cual demuestra que era costumbre. El provincial franciscano Juan del Águila en 1621, en la época del gobernador de Venezuela, Francisco de la Hoz y Berrío, vio indios con cargas intolerantes (sic por intolerables) en el camino de Aragua a Caracas (PERERA, 1964, I, 36).

Las ordenanzas que impedían cargar indios fueron ignoradas o incumplidas, en la mayoría de los casos. Por consiguiente, el papel que los cargueros desempeñaron en el comercio y en la economía general de las posesiones españolas y en el régimen de vida social y familiar, no debe ser subestimado. El autor ha sostenido y demostrado que la introducción de animales domésticos no benefició a los indios americanos sino en una mínima parte, que no se compadece con la enorme significación que los animales domésticos han tenido en otras áreas del mundo, donde sí contribuyeron a aligerar el trabajo del hombre (PATIÑO, 1970-1971, V, 13-16). Aunque en algunos sitios hubo indios con bestias, ya para desplazarse ellos mismos, ya como granjería y medio de movilizar a otros por un precio determinado, esto constituyó la excepción. Mucho más frecuente fue el caso de que en los caminos uno o varios indios cargados se hicieran a un lado para dar paso a una recua que venía en sentido contrario. Es más: un visitante extranjero a la Nueva Granada dice que a sus montañas ningún carruaje llegó, excepto a espaldas de hombre (HOLT0N, 1857, 353). Cuatro omnibuses fueron llevados por cargueros, del puerto de Conejo en Honda a Bogotá (LISBOA, 1984, 186).

Se pondrán unos ejemplos de diferentes épocas, para llegar a la conclusión de que no varió mucho, a través de por lo menos tres siglos, el modo de vida de los cargueros.

 

Fig. 5.a INDIO CARGUERO peruano llevando la espaldea y las pertenencias de un español montado.

Fig. 5.b INDIO CARGUERO maltratado por un español.

(Reproducido por de Poma de ayala, 1944, folio 531 bis, 527 bis).

Sistema de vida y atuendo del carguero.

El carguero casi siempre iba desnudo, apenas con taparrabos, salvo en las grandes alturas. La carga se protegía con hojas de bihao y otras adecuadas, y desde principios del siglo XVIII y quizá fines del XVII, con encerados o telas encauchadas (PATIÑO, 1967-1968, III, 353, 357, 359, 363, 377-378; SAFFRAY, 1948, 277). Ahora se usan plásticos. Los viajeros han dejado varias descripciones del matalotaje — que incluía hojas de bihao para improvisar ranchos en el trayecto—, la comida típica y otros pormenores sobre el camino del Quindío. También se cargaban hojas de bihao en el camino Cartago-Nóvita (BOUNSSIINGAULT, 1985, IV, 110).

En Barbacoas:

Los sujetos que allí quieren no entrar a pie, los cargan los indios a la espalda (...) Pero sea del modo que sea es penonísimo, ya por haber de tolerar el hedor que despiden los indios cargueros del continuo sudor, y más también por la incomodidad y peligro que hay, porque continuamente es preciso encorvarse el carguero para poder pasar con tanta rama y maleza que tiene el monte, y es preciso ir muy alerta por no arañarse el rostro (SERRA, 1956, II, 91).

En el istmo de Panamá, en el siglo XVII para el transporte a hombros se usaban las redes o chagras, “sobre las cabezas de las mujeres, cargando tanta cantidad, que hace más bulto que ellas” (R0CHA: MELÉNDEZ, 1682, III, 357). Otra vasija usada allí mismo ha sido el motete, atados o agajes (VERGARA Y VELASCO, 1974, III, 1160), en los cuales llevan a veces tanto peso como las bestias (ARIAS PEÑA et al., 1981, 158, 163; RUBIO, 1950, 63). Pero en la parte oriental del Istmo se utilizaba el balancín (WAFER, 1967, 88, 102).

Los quijos del Ecuador cargan en canastos especiales llamados ashangas o en redes (shigra) (OBEREM, vol. cit., 176). Los grandes cestos para objetos pesados, llamados suriana en la Guayana, se llevaban a la espalda, sujetos con una tira que se apoyaba en la frente (im THURN, 1883, 216, 280-281); rara vez en los hombros (SCHOMBURGK, 1923, II, 1). Otros adminículos para cargar pueden verse en NORDENSKIOLD, 1924, 3:171-174; 1930, 8: 234-235. Los guatemaltecos cargaban en la cabeza o al hombro con una faja llamada metatpali (FUENTES Y GUZMÁN, 1969, I, 237; 323).

Transporte de pasajeros.

Los tamemes o cargueros acarreaban no solamente mercancías, sino también personas. Hubo por lo menos tres modalidades:

1. En pasos de ríos no muy hondos y en lugares de peligro, lo más sencillo era izar al pasajero y depositarlo al otro lado. Desde luego, este sistema es impracticable en largos trayectos. Todavía se usa en orillas de ríos y del mar, para que el pasajero no se moje.

2. En silletas colgadas de una faja o correa sobre la frente y los hombros del carguero, se sentaba el pasajero que necesariamente iba mirando hacia atrás. Fue lo más común. Las silletas eran de corteza de árboles entre Cali y Buenaventura, en la época de la conquista (CIEZA, 1984, I, 43); y de guadua o madera liviana en el Quindío, en los tiempos de Humboldt. En el camino a Barbacoas, los pasajeros iban sentados en una tabla que se ataba con una soga de majagua que en medio hace cinta, que ciñen en la frente (los cargueros] y otras dos que ciñen a las espaldas, o sentado en una silla atada del mismo modo. Y si es mujer va metida en un saparo o canasto que es lo mismo (SERRA, 1956, II, 91).

Andas.

Los caciques o sacos cuevas de Panamá en la época de la conquista, se hacían llevar por varios cargueros: iban “echados en una hamaca, la cual va en un palo largo puesta, que de su naturaleza es muy liviano, e los extremos de aquel palo puestos sobre los hombros de aquellos indios, e van corriendo, o medio trotando, en galope, con el señor a cuestas” (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, III, 313; LORHROP, 1937, I, 23). Ese palo liviano era el balso Ochroma, que se siguió usando para cargar enfermos en hamacas y aun imágenes religiosas en las procesiones (ROSA, 1945, 318). Entre los muiscas sólo al Zipa se llevaba en andas (PLAZA, 1850, 47, 52, 54), del mismo modo que los incas, cuyos preferidos para esto eran los anderos nicanas (Cartas de Indias, 1974, 11, 485; MURRA, 1983, 115, 122, 223; CABELLO VALBOA, 1951, 432). Las parihuelas para cargar personas se llaman huantu o rampa (GARCILASO, 1944, I, 80; ATIENZA, 1931, 123).

Se ha mencionado el caso del cacique Manaure, de Coro, que se hacía llevar por sus súbditos en andas revestidas de oro (CASTELLANOS, 1955, II, 30; CARVAJAL, J ., 1956, 224). Lo mismo ocurría con Nutibara, que se transportaba en andas de oro a hombros de principales y acompañado de muchas mujeres ( CIEZA , 1984, I, 20), y con varios caciques ansermas (ibid., 27). Durante el período colonial, muchos españoles encomenderos o sus mujeres se hacían transportar por indios en andas o hamacas (POMA DE AYALA, 1944, 565; OBEREM, 1970, 1, 69, 95, 176; SALAS, 1960, 128; GUTIERREZ DE SANTA CLARA, 1963, III, 69).

3. La silla de manos se usó también en América, no sólo para personajes empingorotados, sino para otros que no lo eran tanto. Los quijos del Ecuador estaban obligados a cargar en litera al gobernador y a mujeres españoles (OBEREM, vol. cit., 95, 69). La costumbre perduró hasta el siglo XIX entre Papallacta y Baeza (ibid., 176). A la virreina mujer de Díaz Pimienta, cuando vino en 1782, por estar enferma la llevaron, entre Honda y Santa Fe de Bogotá, cien cargueros que se remudaban de trecho en trecho. A la Boca de Monte salió a esperar la comitiva Mon y Velarde, que era oidor entonces, en vehículo de medas (ORTIZ, S. E., 1970, IV, 2: 276). ‘En guando’ o ‘en parihuela’ se entiende cuando son dos los cargueros, uno a cada extremo. Indios remudándose de diez en diez llevaron a Francisco de Carvajal, de Huamanga a Lima, en litera de madera liviana (GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, 1963, III, 344).

Los religiosos, pese a la tan cantaleteada renunciación a las comodidades, se hicieron transportar por indios en parihuelas, andas o hamacas. Así en Méjico-Guatemala (XIMÉNEZ, 1929, I, 321, 332, 333), los franciscanos; en el oriente ecuatoriano, los jesuítas (JOUANEN, 1941, I, 622), y otra vez franciscanos, en el oriente del Perú (IZAGUIRRE, 1927, 9).  

A lomo de cargueros, principalmente indios, pero también mestizos, negros y aun blancos que peleaban porque no les decían don o su merced (HUMBOLDT, 1816-1824, , 77.78), se movilizaron en América ecuatorial los elementos de cultura material importados por los europeos y los criollos: telas, sombreros, guantes, zapatos y chapines; el vino y el aceite y los demás mantenimientos que estaba vedado producir en América y debían ser importados; hierro y acero para herramientas, espuelas, rejas, etc.; loza y otros objetos de uso doméstico. Igualmente, de esta manera fueron movilizados los elementos de cultura espiritual: libros, papel, instrumentos musicales, pinturas y esculturas religiosas y profanas. Para transportar un piano de Nare a Rionegro se empleaban, en el siglo XIX, 12 a 16 cargueros que andaban con esa impedimenta unas dos leguas diarias (SAFFRAY, 1948, 78). En indios se transportaron los médicos y los elementos de la Expedición de la Vacuna (PAREDES BORJA, 1963, II, 46).

Pero los cargueros constituían un gremio, y como ha ocurrido siempre en toda la historia con las asociaciones limitativas, se opusieron al cambio en los sistemas de transporte, aun siendo su profesión para los otros — no para ellos — degradante. Rechazaron primero la mejora de los caminos: los de Pasto, “porque enseñados desde niños a cargar como bestias, por el interés del flete que ganan, aguantan las mataduras en las espaldas toda la vida por un corto interés, y por la golosina del guarapo que beben en Barbacoas” (SERRA, 1956, II, 94). Después se opusieron tenazmente al uso de recuas cuando se ampliaron y mejoraron un poco los caminos (H0LT0N, 1981, 213). En este caso, el rival era el animal; él y quien lo conducía, simbolizaron el cambio que los privaba del medio acostumbrado de subsistencia. Los cargueros de Nare se opusieron tozudamente al implantamiento de recuas en el camino hacia Rionegro (HUMBOLDT, 1816-1824, I, 78-79). Esta oposición se mantuvo durante varias décadas (SAFFRAY, 1948, 79). Después los muleros y dueños de arrias se opondrían, a su vez, a la introducción de vehículos.  

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