HISTORIA DE LA CULTURA MATERIAL
EN LA AMERICA EQUINOCCIAL TOMO III   
VÍAS, TRANSPORTES, COMUNICACIONES
VICTOR MANUEL PATIÑO
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CAPITULO XV

 

TAMBOS, POSADAS, HOTELES

Tambos.

En la época prehispánica, en la porción meridional del área del presente estudio, concretamente en el Ecuador interandino que estuvo sometido a la dominación incaica, existía la institución de los tambos, a modo de posadas donde se refugiaban los ejércitos en marcha, o los pasajeros que utilizaban los caminos imperiales. Tambo, del quechua tampu, quiere decir eso, venta o mesón (GONZÁLEZ HOLGUÍN, 1952, XXXVI, 337), u hostalaj e (SARMIENTO DE GAMBOA: ERDMANN, 1963; HYSLOP, 1984, 14, 275-293). Fuera de ellos había en los caminos incaicos, para uso de los chaskis o mensajeros, unas casetas llamadas chaskiwasi (ibid., 304-310).

Alguno atribuye a Huayna Cápac (OVIEDO Y VALDÉS, 1959, V, 102), y otro a Manco Cápac II o Inca Yupanqui, la institución de los tambos (MONTESINOS, 1930, 40). Acerca de la distancia a que estaban localizados sobre los caminos, discrepan los autores. La fuente que se acaba de citar, dice que de tres en tres o de cuatro en cuatro leguas (ibid., op. cit.), y hay quien afirma que cada cuatro leguas (CIEZA, 1984, I, 108,173). La legua del siglo XVI era, por lo general, de 6.4 kms. (ERDMANN, op. cit., 82; HYSLOP, op. cit., 294-303).

De los relictos que quedan se han podido reconstruir parcialmente las características arquitectónicas. Existe un croquis del tambo de Saña en el Perú, hecho por Pablo Carrera (VON HACEN, 1976, 189). El de Huánuco-Pampa ha sido estudiado en detalle, en 1965, por Craig Morris, del Institute of Andean Research (GASPARINI and MARCOLIE5, 1980, 108; Hvslop, op. cit., 280-292). Según Cobo, los tambos oscilaban en sus dimensiones entre 35 y 100 metros de largo (100-300’) por 10 y 17 (30-50’) de ancho; “sin división de aposentos, ni apartamientos, y con dos o tres puertas, todas en la una acera a iguales trechos”. En su tiempo, los mejor preservados eran los de Vilcas Huamanga) y el del pueblo de Moho (Chuquiabo) (COBO, 1956, II, 129-131). Quizá por esto a las plataformas arqueológicas para vivienda se les llame tambos en Colombia (PATIÑO, 1990, II, 56-58).

Administraba cada tambo un funcionario (quipu camayo o campa camayoc) encargado de llevar la estadística de los suministros que entraban y los que salían o se consumían (MURRA, 1983, 160, 183-187). A este funcionario lo llama otro autor tampu camayoc = ventero o mesonero (GONZÁLEZ HOLGUÍN, op. cit.). Los había de varias clases según los servicios que se prestaran allí, y de todos modos el tambero estaba exento de la mita (POMA DE AYALA, 1944, 1072-1093).

Otro autor diferencia dos clases de instalaciones para descansar en los caminos: el corpahuasi, que sólo servía de posada, y el verdadero tambo con suministros, de mayor tamaño que el primero, quizá de dos aguas y corrales anexos para las llamas. Cita las ruinas de algunos de éstos en Paredones, entre Alausí y Deleg, a más de 4.000 metros de altura; entre Cuenca y Deleg y entre Cuenca y Pucará. A veces había tres o cuatro casas juntas (ERDMANN, 1963, 62-69).

Poma de Ayala (1944, 1084-1087) ofrece una lista de los tambos de que tuvo noticia, empezando en los reales del Nuevo Reino. Como algunos nombres están muy alterados, se ponen al frente, entre corchetes, los que se consideran correctos de acuerdo con la pronunciación actual:  

Ciudad Real     

Guáitara

Reynas

Tezén

Moscatán [Moscopán]  

Pemampero [Pimampiro]

Panche

Dejaba

Cañaveral         

Popayán

Uaput  

loza [luza]

Pasto  

Atres [Atriz]

Guayllabamba  

Otavalo

Onequito [Añaquito]      

Cocheque [Cochisquí]

Quito   

Mullala [Mulaló]

Panchalla [Panzaleo]    

Uanote

Lata conga [La Tacunga]         

Senegueta

Hambato          

Hatun cañaria [Hatun cañar]

Guaynacapac   

Canaria

Mullo pongo     

Quenca

Mucha [Mocha]

Turne

Chilehali          

Cazacuno

Riobamba        

Concha numa   

Yaguarcocha    

Cocha

Caranqui          

Loxa

Otros autores dan listas que difieren en algunos nombres (REGAL, 1936, 12; PÉREZ, R., 1947, 270; SALOMON, 1986, 154-158 y mapa 159). De todos modos, algunos de la lista de Poma están en localidades muy distantes de la que le precede o de la que le sigue.

Mitas de construcción y mantenimiento de tambos.

Los españoles adoptaron la institución de los tambos, en vista de sus ventajas. Allí podían obtener comida, alojamiento, forraje para las cabalgaduras. El cabildo de Quito dicté las primeras disposiciones en 1544, 1546 y 1548 (RUMAZO, 1934 , II, 1:124, 223-224; 2: 76, 94-96; PÉREZ, R., op. cit., 270-271). La primera ordenanza general sobre tambos la dicté Cristóbal Vaca de Castro en 1543 (RECAL, op. cit., 14), o mejor en 1540, refrendada el 31 de mayo de 1543 (VON HAGEN, 1976,60,113;—, 1955,169-170). Luego, el 20 de mayo de 1549, el presidente La Gasca hizo unas ordenanzas sobre la materia; fijó el arancel que se debía cobrar por víveres y otras cosas necesarias obtenidas en los tambos; agua, yerba y lefla debían ser gratuitas (RUMAZO, op. cit, 2: 214-221).

El príncipe de Esquilache (1615-1621) reajusté la paga que se debía dar a los tamberos (HANKE, 1978, II, 176). El marqués de Guadalcázar (1622-1629), que sucedió a aquél en el mando, reafirmó la obligación de los indígenas de atender a las cabalgaduras de los viajeros en los tambos, que en algunas partes se había omitido (ibid., II, 255). Varios funcionarios se preocuparon por la mejora o, al menos, por la reglamentación del servicio (MATIENZO, 1910, 25-27; POLO DE ONDEGARDO , 1916, I, 120-123).

Durante el período en que ejerció el virreinato del Perú, Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera (1639-1648), comisionó al licenciado Diego de Baños y Sotomayor para dictar una nueva ordenanza, lo que se hizo. En las tres “veredas” o caminos incaicos, existían entonces unos 140 tambos (BOSE, 1951, 11). Esa reglamentación se efectuó, en realidad, sobre los correos, que mejoraron notablemente (HANKE RODRÍGUEZ, 1978, III, 159-160).

Los tamberos — por lo general indígenas — estaban obligados a suministrar gratuitamente a cada español viajero, un pollo, un conejo (cuí) y un bocal de agua o chicha (BENZO NI , 1572,138v.; —, 1965, 161), cosa que intentó quitar el virrey Núñez Vela. De las nuevas leyes promulgadas por este infortunado mandatario, esa medida fue lo que dolió más a los españoles, pues estaban acostumbrados a no pagar en los tambos (FERNÁNDEZ DIEGO, 1963, I, 346; GUTIÉRREZ DE SANTA CLARA, 1963, II, 162-163; 170). Gonzalo Pizarro, una vez triunfante, ordenó restablecer el servicio a costa de los indios (ibid., III, 60.61, 250-251).

En 1573 se arrendaron los tambos a particulares, algunos de los cuales vendían los víveres a precios mayores que los establecidos, y continuó la serie de abusos que ya había empezado de tiempo atrás, pues muchos viajeros no pagaban a los tamberos el valor de sus consumos (BENZONI, o p . c i t.; SANTILLÁN, 1968, 136; POMA DE AYALA , op. cit., 538-540). En este caso, como en otros en que se pusieron en conflicto las disposiciones legales con el interés de los particulares, prevaleció éste, y los abusos continuaron durante todo la dominación española (PÉREZ, R., 1947, 272-275).

De Quito a Pasto había nueve jornadas con venta (J. DE LA ESPADA, 1897, III, 16). Había tambos en el camino de Guayaquil a Daule (TORRES DE MENDOZA, 1868, IX, 295). Pero a la falta de ellos en el trayecto Cuenca-Guayaquil en el si glo XVIII, se atribuía la gran mortandad de los arrieros indios, que de 4.000 habíanse reducido a sólo cuatro (REQUENA , op. cit., 42-43). Todavía a mediados del siglo XVIII perduraban tambos espaciosos en el Ecuador interandino (JUAN Y ULLOA, 1983, II, 287), y aun más tarde, pues un viajero en 1832 dice haberse alojado en el tambo prehispánico de la hacienda Callo, a 3.160 metros de altura (BOUSSINGAULT , 1985, V, 124).

Pero no fue sólo en la jurisdicción de Quito donde los indios debieron atender a este servicio. En Popayán, la obligación de hacer tambos y mantenerlos está consignada en las ordenanzas de Inclán Valdés. El mismo visitador ordenó se hicieran tambos, puentes, caminos, por los indios de Guambia, Polindara, Pisabarro, Totoró, Ambaló, Tunía, Cerrillos, Cajibío, Cobaló, Puracé, Timbío, Piagua, Sotará, Rioblanco, Pisojé, Yambitará, Julumito, Cajete, Paniquitá, Chapa, Calucé, Hatofrío (OLANO, 1910, Doc. 28, 33).

A Domingo Núñez el cabildo de Pasto le otorgó, en 1573, unas tierras sobre el camino que iba de esa ciudad a Madrigal, si construía un tambo (SAÑUDO, 1938, I, 20). En 1832, a Juan B. Boussingault le tocó esperar una hora en el Tambo Obispo cerca de Pasto, mientras pasaba una recua con provisiones para Popayán (BOUSSINGAULT, 1903, V, 105).

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